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lunes, 10 de agosto de 2026

 XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Las lecturas de este domingo nos manifiestan que Dios quiere que todos los hombres se salven, a todos nos llama a la salvación sin distinción de raza ni lugar.  Todos somos uno en la fe.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace un anuncio maravilloso y esperanzador: Dios llama a todos los hombres de la tierra a participar en su salvación.

El profeta Isaías quiere construir un pueblo, una comunidad agradable a Dios, una comunidad formada por todos los grupos de personas que vivían en Israel.  Pero Isaías encuentra dificultades, porque los israelitas se creían el único pueblo de Dios y por ello cometían injusticias y divisiones contra los extranjeros.

Nosotros también, muchas veces, queremos ponerle límites a Dios.  Hemos construido fronteras artificiales para separar un país de otro; nos aislamos de las personas que no piensan como nosotros o que no son como nosotros.  Incluso vemos cómo nacen y se mantienen guerras por la independencia de un país o de una región.

Sin embargo, a Dios no le gustan las fronteras.  No le gusta la discriminación por ser de una familia concreta, de una lengua, de una nación o de una raza.  Para Dios la salvación es universal: para todos los hombres y para todos los pueblos.

Tengamos nosotros también esta visión universalista para acoger a todos los seres humanos, vengan de donde vengan, tengan la cultura que tengan, sean de la raza que sean.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos habla también de la universalidad de la salvación. 

San Pablo se dirige especialmente a los que no son judíos y se lamenta de que los judíos, los de su raza, han rechazado a Cristo.

Y nosotros. ¡Cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuántas veces no le hemos dado la espalda a Dios!  ¡Cuántas veces porque Dios no nos concede lo que le hemos pedido nos alejamos de Él!  ¡Cuántas veces, porque Dios no nos cumple nuestro capricho o nos hace esperar un poco, le protestamos o incluso nos alejamos de Él!

Por eso san Pablo no decía hoy: Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos”.

El evangelio de san Mateo nos ha presentado a una mujer cananea, gritando y pidiendo curación para su hija.  Esta mujer es un ejemplo de fe y de cómo tenemos que orar, es decir, pedirle a Dios.

En tiempos de Jesús la discriminación era un hecho patente: los judíos no se hablaban con los samaritanos, los extranjeros eran mal vistos y los romanos eran odiados.

Jesús trata con todas las personas.  Para Él no existen barreras. Y nos pide que nosotros también derribemos las barreras que hayamos podido levantar en nuestro corazón y los muros de separación tanto religiosos como sociales.

Esta mujer superando las barreras de raza y religión se acerca a Jesús y grita: “¡Te compasión de mí!”  Y Jesús pone a prueba la fe de esta mujer.  Pero esta mujer insiste, se pone de rodillas y le pide a Jesús: “Señor, ayúdame”.  Jesús se conmueve de la fe de esta mujer y le realiza el milagro.

Esta mujer no pide nada para ella misma.  Ella piensa sólo en su hija.  Esta mujer es un verdadero modelo de creyente, de oración confiada e insistente.

Fe y oración son los dos elementos principales que aparecen en este evangelio de hoy. 

Hay muchos creyentes que han perdido la costumbre de rezar.  Hay muchos que ya han olvidado las oraciones que aprendieron de niños. Hay otros que desean rezar pero no saben por dónde empezar.

Tenemos que recuperar la sana costumbre de rezar en la mañana y en la noche.  Hay gente que cuando se levantan no quieren llegar tarde a sus ocupaciones y por eso van de prisa.  Sin embargo, el despertar no es algo superficial, sino un acontecimiento importante: Dios nos está regalando un nuevo día para vivir.

Es el momento para darle gracias a Dios por el nuevo día y pedir su fuerza y su luz.  Dios nos acompañará a lo largo del día.  Podemos hacer alguna oración conocida que nos ayude a darle gracias a Dios.

La oración de la noche es también importante.  Nos disponemos a descansar de las tensiones y trabajos del día.  Dormir es abandonarse confiadamente en las manos de Dios.  Es el momento de pedir perdón y confiarnos a la misericordia de Dios con una oración sencilla.

¡Ojalá no nos olvidemos nunca de rezar con la misma fe y sencillez de esta mujer cananea que movió el corazón de Cristo para que le hiciera el milagro de la curación de su hija!