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lunes, 30 de marzo de 2026

 

JUEVES SANTO (CICLO A)



Nos hemos reunidos en esta tarde de Jueves Santo para celebrar como cristianos el recuerdo de la última Cena de Jesús con sus discípulos.

Hemos escuchado en la 1ª lectura del libro del Éxodo, que el pueblo de Israel celebra su “pascua”, es decir el “paso”: el paso de la esclavitud de Egipto a la libertad, el paso de la muerte a la vida.  Y lo celebra comiendo el cordero pascual al que no le rompían ni siquiera un solo hueso.  El rito de la cena de la pascua, entre los judíos es un rito de fiesta, de liberación, de alegría, es un rito de libertad.

Jesús celebra con sus apóstoles también la pascua hebrea.  Y en esta cena pascual, Cristo se identifica con el cordero pascual, que carga con los pecados del pueblo y sacrifica su vida por el pueblo, por la salvación del pueblo de Dios.  Cristo es el cordero pascual al que, como el cordero de la Antigua Alianza, tampoco le quiebran ni un hueso, pero que se inmola por todos nosotros.

La última Cena del Señor no se trata de una cena más.  San Juan nos dice: “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”.  Toda la vida de Cristo fue amor, pero sobre todo, en este momento final de su vida, es el momento del amor hasta el extremo.

En esta Cena, y en su oración en el Huerto, y en sus azotes, y en la cruz, y en el sepulcro, y en su resurrección, Cristo no sólo nos dio amor sino que nos enseñó como tenemos que amarnos entre nosotros: “amaos como yo os he amado”.

¿Cómo vivió Cristo el amor?  ¿Cómo amó Cristo?  El Evangelio nos dice que Cristo expresó su amor de tres maneras. 

En primer lugar Cristo expresó su amor con el gesto del lavatorio de los pies.  Lavar los pies a alguien era signo de acogida y de hospitalidad.  Normalmente lo hacía el esclavo o una mujer o la esposa a su marido, los hijos al padre, es decir un inferior a un superior.  Jesús al lavar los pies a sus discípulos se hace servidor de los suyos. 

Por eso cuando Cristo nos dice que amemos como Él nos ha amado, nos está invitando a que seamos servidores unos de otros, haciendo que el otro se sienta acogido, que el otro se sienta recibido, que el otro se sienta amado.  Por eso la Iglesia, en este día del jueves Santo celebra el día del amor fraterno, del amor al hermano.

En segundo lugar, Jesús expresó su amor con la institución de la Eucaristía.  Cristo tomó el pan, pronunció la acción de gracias y dijo: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros” Cristo, a través del Pan Eucarístico, nos da su propio Cuerpo a nosotros.  Cristo se nos da, entra dentro de mi propio cuerpo, entra dentro de mí cada vez que lo recibo en la comunión.  No hay cosa más grande, no hay forma más grande de manifestar el amor por nosotros.  Cristo quiere darme de su Cuerpo y de su Sangre; Cristo quiere que su vida, su misma vida circule dentro de mí, eso es amor.

Cristo lo que nos quiere decir con la Eucaristía es: “Yo quiero vivir dentro de ti; quiero que tengamos una misma vida tú y yo.  Pero como la vida tuya se acaba, como tu vida se extingue, yo quiero darte mi vida, que no termina nunca; quiero que tú y yo tengamos una misma vida”.

En tercer lugar, Jesús manifestó su amor cuando le dijo a sus discípulos: “Haced esto en conmemoración mía”.  Con este mandato a los discípulos, Cristo está constituyendo a los apóstoles en los primeros sacerdotes.  Con estas palabras, Cristo instituye el Orden Sacerdotal.  Cada sacerdote es un regalo del amor de Cristo.

El sacerdote, ministro de Jesucristo, tiene el encargo de Cristo de presidir la asamblea cristiana.  Cristo, a través de sus sacerdotes, sigue amando.  Cuando el sacerdote dice: “Esto es mi Cuerpo”, en la misa, es Cristo mismo quien dice estas palabras; cuando en la confesión oímos: “Yo te absuelvo de tus pecados” es Cristo mismo el que te está perdonando tus pecados.  En cada sacramento es el mismo Cristo que nos da su amor, que nos entrega su amor a través del sacerdote.

No olvidemos, pues, el verdadero significado del Jueves Santo, es el día del amor.  Del amor total de Jesús por nosotros.  Nunca nadie había amado tanto.  Esta tarde, Jesús “os amó” y nos amó y nos sigue amando hasta el fin, hasta dar su vida por nosotros.  Dios nos ama, esta es la mejor noticia.  Este es el mejor regalo.  Este amor se nos da, hoy, en la Eucaristía y lo reconocemos al partir el pan con el hermano.  Y lo que ahora nos hace falta es creer en ese amor. 

No basta creer que Dios existe, es necesario creer que Dios nos ama.  El Dios que se ha manifestado en Jesucristo, es todo Amor y sólo Amor.

Lo que ahora nos hace falta es dejarnos amar por Cristo, dejarse alcanzar, conquistar, enamorarnos de Cristo, dejarnos llenar por el mismo Dios, que hoy se nos ofrece en pan y vino.  Hemos de sentirnos amados, queridos, aceptados, salvados por el amor de Dios.

A partir de este día, ningún ser humano está ya solo.  Nadie vive olvidado.  Ningún grito deja de ser escuchado, porque el Amor de Dios está con nosotros y en nosotros para siempre.



Hoy, Viernes Santo, recordamos la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.  Ayer veíamos a Cristo dándose en el sacramento de la Eucaristía sobre el altar, hoy el altar está desnudo, única vez que sucede esto en todo el año, hoy está desnudo el altar, como Cristo está sólo en la cruz.

En este día de Viernes Santo, nos podemos preguntar: ¿por qué tenía que morir Cristo en la cruz? ¿Por qué tanto dolor, tanto sufrimiento?  Ya el mismo Jesús había anunciado que “era necesario que el Hijo del Hombre padeciese y muriese”.

La muerte de Jesús en la cruz es la mayor prueba del amor de Dios por nosotros, porque nos ama.  Jesús entrega su vida en la cruz.  Pero en esa misma cruz Dios acaba con el poder de la muerte, y Jesús muriendo destruyó nuestra muerte y nos abrió el camino del cielo y de la esperanza en la vida eterna.  Jesús murió por nosotros, porque nos ama y murió por nuestra salvación, para rescatarnos del poder de la muerte y del mal y así darnos una vida sin miedo.  La promesa de Jesús al buen ladrón, es la promesa para todos nosotros: hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.

Cristo desde la cruz no solamente manifiesta cuánto nos ama sino que además asume en sí mismo y en su corazón cada uno de los dolores de las personas, cada uno de nuestros sufrimientos, todo el dolor del mundo.  Cristo, el inocente, el que no tenía por qué sufrir nada, ha sido capaz de cargar con los dolores de la humanidad.  Cristo ha soportado lo que nosotros debíamos sufrir.  Pero además de cargar con nuestro dolor físico, con nuestras enfermedades, ha cargado con nuestras culpas.  Porque eran nuestras culpas las que Él llevaba como dice el profeta Isaías y nuestros pecados los que lo golpearon.  Han sido nuestras rebeldías quienes lo han herido.  Cristo ha soportado el castigo, que nosotros merecíamos por nuestras culpas.

Cristo no carga solamente con el dolor, sino con el dolor y el pecado.  Y Cristo, nos dice la carta a los Hebreos que hemos proclamado, aprendió sufriendo a obedecer.  El Señor dirigió súplicas a su Padre para que lo librara de la muerte, pero Dios Padre quiere que pase por la prueba final y no quiere ahorrar a su Hijo el paso de la muerte ni tampoco el dolor.  Y Jesús en el huerto de Getsemaní, le dice: “Padre que no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Cristo ha venido al mundo para quitar a los hombres sus cargas y para cargar con nuestras cruces, para cargar con los pesos del mundo, para carga con las muertes del mundo.  Ha venido para salvar y redimir al hombre y dar un sentido al sufrimiento.

Desde la cruz, Cristo continúa siendo nuestro maestro.  Desde la cruz sigue enseñándonos, nos da lecciones de oración y de perdón.  Le pide a Dios Padre que perdone a los que lo están crucificando.  Perdona al ladrón arrepentido, que le pide que lo lleve al Paraíso.  Desde la cruz, Jesús nos da lecciones de generosidad y entrega.  Entrega al cielo al ladrón arrepentido, entrega a su Madre al discípulo amado, a Juan, y con él nos la entrega a todos nosotros; entrega su sangre por cada uno de nosotros.  Cristo desde la cruz abre sus brazos para darnos el gran abrazo a toda la humanidad.

Asumiendo Cristo nuestro dolor, nuestros pecados, con esa entrega total, Él nos está redimiendo a cada uno de nosotros.  Cristo nos ha salvado.  No tengamos ya miedo al dolor, no tengamos ya miedo a la muerte, no tengamos ya miedo a las consecuencias del pecado, porque Cristo, con su cruz, con su donación total, ha redimido al mundo.

Vamos a pedir ahora por todas las necesidades del mundo y después adoraremos, con respeto y veneración, el árbol de la cruz y de la muerte, que se ha convertido para nosotros en árbol de salvación de vida eterna.



Esta noche, es la noche más importante del año.  Esta noche es más importante aún que la noche de Navidad.  En la noche de Navidad celebramos el nacimiento del Señor, pero, como se nos dice en el Pregón Pascual, “¿de qué nos serviría haber nacido, si no hubiésemos sido rescatados?”

Estamos pues, viviendo esta noche, la celebración más importante del año, culminación de la Semana Santa y eje de toda nuestra vida cristiana.  Esta es una noche de fiesta y de esperanza, una noche de vela ante el paso del mundo viejo al nuevo, de la esclavitud a la libertad, de la desesperación a la esperanza y de la muerte a la vida.  Cristo ha vencido a los poderes de la muerte.

En la liturgia de la Palabra, las diversas lecturas que hemos proclamado nos han ido recordando la historia del pueblo de Israel, las grandes hazañas que el Señor ha hecho por la humanidad.  La primera de todas fue la creación del mundo.  Dios por amor, ha creado el mundo y ha puesto al hombre como dueño, como Señor de las cosas.  Hemos oído también el paso de la esclavitud a la libertad del pueblo de Israel con la salida de Egipto y el paso del mar Rojo.  El pueblo de Israel queda libre.

Todas esas hazañas que Dios hizo con el pueblo de Israel son como antecedentes de lo que el Señor realizará después con nosotros. Esta noche, se nos invita a nosotros a salir de las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. Hoy es una noche santa para recordar esas hazañas de Dios, las maravillas que Dios ha hecho por nosotros. 

Desde que hemos empezado la liturgia, hemos realizado varios signos que nos hablan de la Noche Santa: hemos encendido el fuego; fuego nuevo, del cual hemos encendido el Cirio Pascual, símbolo de la luz; hemos entrado en procesión en la Iglesia, que estaba a oscuras, con la sola luz de Cristo, con la del Cirio Pascual; de esa luz hemos ido encendiendo después nuestras velas hasta que se ha iluminado toda la Iglesia, hasta que nos ha iluminado la Luz, símbolo de Cristo resucitado, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha iluminado el mundo con su luz.

Hoy es Pascua.  Hoy celebramos que Cristo “pasa”, que Cristo atraviesa los umbrales de la muerte y sale a la vida.  Cristo vence la muerte y resucita: es la Pascua, el “paso” del Señor.  El bautismo es pasar de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz.  Esta noche es noche de gozo y de alegría.

Esta noche no estamos celebrando algo que ocurrió en el pasado como cuando celebramos el día de la patria, o el cumpleaños de un personaje histórico.  Celebrar la Pascua es tomar conciencia que también nosotros estamos llamados a resucitar a una vida nueva.  Creer en la resurrección es creer en la acción de Dios en la historia.  Es creer en el poder de Dios que actúa en los pequeños y en los más débiles.  Es creer que la lucha a favor de la vida y de los pobres y desvalidos es mucho más fuerte que las bombas más poderosas de cualquier pueblo o nación.  Es creer que hasta de lo más débil y frágil, Dios puede hacer surgir algo nuevo.

En esta noche santa, vamos a pedirle al Señor del fuego y de la luz, que ilumine los corazones y las inteligencias de los hombres, para que a nadie le falte el calor de una mirada atenta y de una mano generosa, para que nadie muera por falta de pan y de misericordia, para que brille siempre en el mundo el fuego del amor y de la generosidad.  Encendamos en el corazón de todas las personas del mundo la luz y la llama de este Cirio Pascual, la Luz de Cristo, para que arda e ilumine la vida de todas las personas de buena voluntad.

En esta noche Santa demos gracias a Dios por la resurrección de Jesucristo y porque Él nos ha unido a su misma resurrección, nos ha tomado de la mano y nos ha salvado, nos ha redimido, nos ha liberado de las cadenas que nos ataban.  ¡Feliz Pascua de resurrección!



Hoy se nos invita a alegrarnos con toda la Iglesia del mundo entero, para celebrar la mayor de todas las fiestas, para celebrar lo que da sentido a nuestra fe y la razón de ser de nuestra vida y de nuestra esperanza: ¡Jesús ha resucitado, y está vivo!  La muerte no ha vencido a Jesús, sino que Él ha salido victorioso del sepulcro y ahora es el Señor de todos.

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”, preguntan los dos hombres con vestidos deslumbrantes, a las mujeres que habían ido muy de mañana a llevar los perfumes para ungir el cuerpo del Señor.  Los dos personajes continúan diciendo: “No está aquí: ¡Ha resucitado!”

Sí hermanos, el lugar de Cristo no está entre los muertos, Él vive entre los vivos, vive en su Iglesia, vive en cada uno de los redimidos, vive en este mundo aún dominado por el pecado, la injusticia y la violencia, pero este mundo espera la liberación final con la segunda venida de Cristo, cuando derrote definitivamente al mal e inaugure el reino de nuestro Dios.

Los primeros testigos de la resurrección no fueron los apóstoles, dominados por el dolor y el miedo y encerrados por temor a la muerte; los primero testigos fueron las mujeres.  No es difícil imaginar cuales serían, en aquel momento, los sentimientos de estas mujeres; sentimientos de tristeza y desaliento por la muerte de su Señor, sentimientos de incredulidad y de fracaso ante un hecho demasiado sorprendente para ser verdadero.  Sin embargo la tumba estaba abierta y vacía: ya no está el cuerpo.

Y es a ellas a quienes Jesús les pide que vayan y anuncien a los discípulos la noticia más grande de todos los tiempos: la muerte ha sido vencida, el amor venció al odio, la mansedumbre del Cordero inmolado venció la brutalidad de la violencia, el perdón venció a la venganza, la vida venció a la muerte, y los suyos, los que creen en Jesús no morirán jamás.

Pedro y Juan, avisados por las mujeres, corrieron al sepulcro y comprobaron que ellas tenían razón.  La fe de los apóstoles en Jesús, el Mesías esperado había sufrido una dura prueba por el escándalo de la cruz.  Durante su detención, condena y muerte se habían dispersado, y ahora se encontraban juntos y desorientados.  Pero Cristo resucitado se hace presente ante ellos para disipar todas sus dudas.

Pueden venir persecuciones, la Iglesia puede ser colmada de calumnias e injurias, se pueden llenar los campos de mártires, pero nada ni nadie la podrá destruir, pues la victoria de la Iglesia no es otra que la victoria de Cristo, nuestro Cordero Pascual inmolado y resucitado.  Por lo tanto no tengáis miedo.  Nuestra fe en Cristo resucitado es lo que vence al mundo.

A nosotros, como a los apóstoles, también nos pueden venir dudas para dejar de creer en Dios.  Cuando vemos la situación de conflictos y de guerras que se viven en el mundo, cuando vemos que hay tantos niños inocentes que sufren injustamente, quizás nos preguntemos¿es posible que Jesús haya resucitado, si el mundo sigue estando tan mal, si las personas somos todavía tan egoístas?

Por eso nuestro camino tiene que ser el mismo que siguieron los apóstoles y, en definitiva, el mismo que siguió también Jesús.  Se trata de entender y de vivir que Jesús resucitado, a quien nos sentimos profundamente unidos por la fe y por el bautismo que hemos recibido, ha plantado en el mundo una semilla de vida nueva, ha empezado una nueva manera de vivir, una manera diferente de existir como personas: “Jesús de Nazaret –decía San Pedro– pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal; porque Dios estaba con Él”

Creer en Jesús resucitado es procurar que mi vida tenga los mismos intereses que tuvieron Jesús y los apóstoles.  Así los decía san Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes del allá arriba”.

Alegrémonos, pues, hoy, en Cristo resucitado porque al resucitar Cristo ha hecho que nosotros pasemos de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios.

Hoy la Iglesia entera, nos recuerda una gran verdad: “nuestro Redentor está vivo, siempre vivo, intercediendo por nosotros ante Dios Padre”

Hay una palabra que vamos a escuchar durante todo este tiempo de pascua de resurrección y es la palabra “Aleluya” que significa “alabado sea Dios, bendito sea Dios”.  Alabado sea Dios porque al resucitar a su Hijo Jesús, nos ha hecho resucitar también a nosotros.

Por eso, como hombres llamados a resucitar con Cristo, hemos de ser, ya desde ahora, hombre y mujeres nuevos y renovados.  Hemos de alejar de nosotros el miedo porque Cristo resucitó y está vivo y nos trae la paz.  Seamos fuertes en la fe: nuestra fe iluminada por Cristo, debe brillar en este mundo.  Seamos hombres de oración, porque desde que Cristo ha resucitado la oración ya no es tiempo perdido, sino el mejor tiempo empleado cada día.

¡Jesús resucito y está vivo!  Que vive para siempre, que se ha quedado con nosotros, que ya no muere más, porque la muerte ya no tiene ningún poder sobre Él.

Acojamos también nosotros al Señor que viene a nosotros en cada Eucaristía, en  su Palabra, en los pobres. El Resucitado sale al encuentro de cada uno y de todos sus discípulos para mostrárseles vivo, perdonarlos, darles su paz, reunirlos en fraternidad, darles el Espíritu Santo y enviarlos en misión por el mundo entero.

¡Feliz Pascua de resurrección!

lunes, 23 de marzo de 2026

 

DOMINGO DE RAMOS (CICLO A)



Iniciamos hoy, con el recuerdo de la entrada de Jesús a Jerusalén en un burro, la Semana Santa.

La lectura de la Pasión nos recuerda los últimos momentos vividos intensamente por Jesús.  La Pasión y la muerte de Jesús nos introducen en la contemplación de un Dios que es amor.  Por amor, vino a nuestro encuentro, asumió nuestras limitaciones y fragilidades, experimentó el hambre, el sueño, el cansancio, la tentación, sudó sangre antes de aceptar la voluntad del Padre.  Por amor es arrojado en tierra, aplastado contra la tierra, traicionado, abandonado e incomprendido.

La lectura de la Pasión debe ayudarnos para descubrir el drama que hoy vive la humanidad y nuestra actitud ante esta situación.

Abramos nuestros oídos y también nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón, para descubrir, en la lectura de la pasión, nuestra realidad.  Hoy, sigue habiendo personas que traicionan y venden a su amigo, a su familia, o a su pueblo por dinero.

El miedo de los discípulos ante el peligro sigue siendo también nuestro miedo de que nos vean vivir auténticamente nuestra fe.  La falsa promesa de Pedro de acompañar a Jesús y estar dispuesto a morir con Él, y la negación posterior, sigue siendo nuestras falsas promesas de cumplir con nuestros apostolados, con nuestra entrega generosa a las cosas de Dios, para luego olvidarnos de nuestros compromisos y negar nuestra participación.  La debilidad en la oración por parte de los discípulos, el sueño que no los deja ver la realidad y la invitación a estar siempre vigilantes y orantes porque no es fácil asumir la cruz de cada día, es también nuestro sueño de las pocas ganas que le ponemos a participar cada domingo en misa, a asistir a misa, a la formación cristiana, a ser ciudadanos comprometidos con nuestra sociedad y con la Iglesia.

Hoy también seguimos viendo a personas al servicio de la opresión y de la corrupción.  Hay soldados que trabajan por un sueldo sin importarles la desgracia de la gente.  Hay sumos sacerdotes y senadores que viven más interesados en eliminar a aquellos que son oposición, que en trabajar por el país.  Nos encontramos con personas que buscan la justicia por medios violentos, como lo que quiso hacer Pedro que sacó la espada para defender a Jesús.  Existen también hoy juicios como el que le hicieron a Jesús.  Recordemos que el juicio a Jesús no fue otra cosa sino una falsa de los poderosos de aquella época, ya que antes de ser enjuiciado ya estaba condenado a muerte.

Hoy también existen “testigos” dispuestos a declarar lo que les digan y hay también sumos sacerdotes que se escandalizan y se rasgan sus vestiduras por la blasfemia de Jesús, pero tranquilamente buscan su muerte sin importarles nada esa muerte.  Hoy también encontramos a personas que se “lavan las manos” para esconder su complicidad en los males de este mundo, pero están también los que reconocen a Jesús como verdaderamente el Hijo de Dios.

¿Dónde o con qué personaje nos queremos nosotros identificar esta Semana Santa?  ¿Cómo vas a vivir esta Semana Santa?

Participemos en las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa.  En estos días vamos a renovar los misterios centrales de nuestra fe.

Ojala que estos días los vivamos con autenticidad, que nos sirvan para renovar y enraizar más nuestra vida cristiana personal y comunitaria.  Ojala que estos días sirvan para que nos encontremos personalmente con Cristo, para que transforme nuestras vidas.  Ojala que quien resucita para la Iglesia y para el mundo en el domingo de resurrección, resucite sobre todo en nuestros corazones y en nuestras vidas.

Celebra la Semana Santa con sentido cristiano.  Participa en las celebraciones litúrgicas y vive en tu vida lo que celebramos.

lunes, 16 de marzo de 2026

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Iniciamos con este quinto domingo de Cuaresma la preparación final para la celebración de la Semana Santa.  Este domingo, la liturgia nos hace ver el triunfo de la vida sobre la muerte.  La resurrección es la culminación de la vida del cristiano.  Por el bautismo nos unimos a la muerte de Cristo, pero también por el bautismo esperamos compartir la resurrección con Cristo.

En la 1ª lectura del libro del profeta Ezequiel vemos al pueblo de Dios desterrado y alejado del Señor a causa de su infidelidad, de su pecado.  Ya no tienen futuro, su futuro es la muerte.  Pero Dios le ofrece a su pueblo una nueva oportunidad, una nueva vida para que el pueblo recobre la esperanza y renueve su vida.

Hay situaciones en las que se nos hace difícil levantar cabeza.  Perdemos a los seres queridos; perdemos los bienes materiales; nos enfermamos y la edad va acabando con nuestras capacidades.  Las ilusiones se mueren y pareciera que la posibilidad de una vida mejor es imposible e incluso perdemos las fuerzas para seguir luchando en la vida.  Vemos también que hay cristianos que causan dolor y sufrimiento a otros seres humanos y son causantes de la pobreza y de la explotación humana.

En medio de todas nuestras angustias el Señor se acerca a nosotros para darnos la mano y ofrecernos una vida más digna, menos angustiante y sobre todo el Señor nos da esperanza de que podemos alcanzar esa vida mejor que deseamos.

Pero tenemos que ser conscientes de que no vamos a ser nosotros los que salvemos al mundo, es Dios, por medio nuestro el que cambiará nuestra vida.  Por ello debemos ser colaboradores de Dios.  Los que creemos en Dios no podemos ser signo de maldad, de destrucción o de muerte para los demás, sino que hemos de ser sino de salvación y de vida.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que estar en pecado es permanecer en la muerte y estar en gracia de Dios es gozar de la vida.

Desde el día que fuimos bautizados nos convertimos en Hijos de Dios.  Nosotros como hijos de Dios no podemos dejarnos dominar por las cosas de este mundo, por las cosas pasajeras. Nosotros estamos llamados a dar testimonio de una vida nueva, una vida mejor que la que nos ofrece el mundo y para ello tenemos que dejarnos guiar por Cristo y no por lo criterios o modas de este mundo. Por eso no podemos continuar dominados por el pecado sino que hemos de vivir como lo que somos: hijos de Dios y con nuestras buenas obras, dar testimonio de nuestra fe.

El Evangelio de San Juan nos presenta a Jesús que dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.

Jesús al decirnos “yo soy la vida”, nos invita a saborear la vida en toda su plenitud.  A tener a Jesús como amigo en nuestra vida.

Jesús le grita a su amigo: “¡Lázaro, sal afuera!” y con la fuerza del Espíritu, que posee como Hijo de Dios, lo devuelve a la vida.  Jesús también nos grita a cada uno de nosotros: “sal de ahí”, comienza a vivir, sal del sueño, de la pasividad, de la mentira, de la vulgaridad.  Es hora de vivir, de participar de la vida del Resucitado.

El Evangelio de hoy nos dice que esta vida que tenemos hoy, la podemos hacer vida eterna.  El mismo Jesús nos ha dicho: “El que cree en mi vivirá para siempre, yo soy la resurrección y la vida”.

Por lo tanto ya no vivimos para la muerte, sino para la vida y si vivimos para la vida hemos de ir renunciando a las obras de la muerte: egoísmo, codicia, violencia, mentira, injusticias, esclavitud,y hemos de dedicarnos a las obras de la verdadera vida: generosidad, afecto, amistad, así podremos ir experimentando ya desde ahora la realidad de la resurrección, de nuestra futura vida en Dios.

El Señor nos invita hoy a vivir, y vivimos cuando somos capaces de amar, cuando experimentamos que somos amados, cuando nos hacemos solidarios de las miserias y de las exigencias de los demás, cuando dejamos atrás el egoísmo, cuando participamos en las obras sociales y las cosas de la Iglesia.  Así fue como vivió Jesús.

No tengamos miedo, Jesús no nos llama al sufrimiento, nos llama a vivir.  Jesús le dice a Marta: “Yo soy la vida”, y cuando proclama “yo soy la vida”, nos dice que para estar con Él hay que saber saborear esta vida nuestra en todo lo bueno que tiene, en toda su plenitud.  Hay que hacerlo sin miedo.

Creer que Jesús es la resurrección y la vida es aceptar un modo concreto de vivir: amando la vida, para que esta vida que hoy tenemos pueda ser una vida eterna y gozosa en la presencia de Dios nuestro Padre.

Por eso, que nuestra fe sea vivir en amistad gozosa con Jesús.  Es el mejor camino para resucitar con Él.

lunes, 9 de marzo de 2026

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



El Cuarto Domingo de Cuaresma, es conocido con el nombre de Domingo Laetare, ya que las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son “Laetare Jerusalén” que quiere decir en Español, “Regocíjate, Jerusalén”.   Hoy nos recuerda la Iglesia que la alegría es compatible con la mortificación y el dolor.   Nos dice que la penitencia no es lo que se opone a la alegría, sino la tristeza. 

La 1ª lectura del primer libro de Samuel nos presenta la elección de David como rey de Israel.  La mirada de Dios no es como la mirada del hombre: el hombre se fija en las apariencias y Dios mira el corazón.  Cuando debamos elegir a una persona para algo, hemos de analizar muy bien todas las posibilidades y escoger la mejor de ellas.

Que un hombre sea educado y buen galán, y además, tenga una buena chequera, no significa que sea un buen esposo y un padre excelente.  Que una mujer tenga una bonita figura y llame la atención, no significa que sea la mujer ideal para formar un hogar estable y con ella se construya un matrimonio feliz.  Que un candidato tenga títulos y mucha palabrería, no significa que realmente sea un excelente servidor de la comunidad.  Muchos países, ciudades, iglesias y empresas han sufrido las desgracias de los buenos candidatos que resultaron ser verdaderos incompetentes para tales funciones.  Hay muchos matrimonios que han fracasado porque los cónyuges se dejaron llevar por las apariencias.

Tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de elegir a una persona, porque las apariencias engañan.  Por desgracia, muchas veces, juzgamos a nuestro prójimo por las apariencias.  Sin embargo, para Dios, lo que cuenta es lo que hay en el interior del corazón de la persona.  Nosotros nos fijamos en las apariencias, Dios ve el corazón.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios nos dice que gracias al bautismo hemos pasado de la oscuridad a la luz, y por lo tanto tenemos que vivir y dar testimonio de la luz practicando la bondad, la justicia y la verdad.

Si somos hijos de la luz, tratemos de actuar y de hacer siempre la cosas bien; caminemos en la Verdad unidos a Cristo, de tal forma que toda nuestra vida sea una manifestación del amor de Dios, de su perdón, de su misericordia para todos aquellos con los que nos encontremos en la vida.

Si somos hijos de la luz, no juzguemos a nadie, pero no nos quedemos mudos ante el pecado; si denunciamos a los pecadores, si los ponemos al descubierto no es con el afán de sólo denunciar, sino también de anunciar una vida nueva, y de proponerles a Cristo como camino de salvación para todos, sin importar lo que hayan hecho anteriormente.

Luz y tinieblas son dos maneras de vivir, pero para nosotros los cristianos sólo hay una: vivir como hijos de la luz, es decir, dejarnos iluminar por Cristo.

El Evangelio de san Juan nos ha relatado cómo Jesús ilumina los ojos de un ciego de nacimiento y le ofrece la fe, la luz para ver la vida con una mirada nueva.

Hay muchas maneras de quedarse ciego en la vida.  Ciegos no son solamente los que carecen de visión en sus ojos, también son ciegos en su espíritu los que cierran su corazón a la bondad, al amor.  Ciegos son los que provocan desgracias, los que hacen sufrir al ser humano.  Ciegos son los que no viven en la verdad.

Ciego es aquel que se pasa la vida entera ocupado en no hacer nada provechoso con su vida, que no se pregunta nunca “qué voy hacer de mí”.  Nos instalamos en la vida y vamos viviendo aunque no sepamos ni por qué ni para qué.

La sociedad de consumo, la publicidad y las modas van a ir diciéndome qué me tiene que interesar, qué me tiene que gustar, cómo tengo que pensar o cómo voy a vivir.  Son otros los que deciden y fabrican mi vida.  Yo me dejo llevar ciegamente.  Están también todos aquellos ciegos que viven haciendo lo que les apetece, sin escuchar nunca a su conciencia, al contario, tratan de acallar con los medios que sean esa voz interior que nos recuerda nuestra dignidad de personas responsables, nuestra dignidad de hijos de Dios.

Probablemente el mejor modo de vivir ciegos es mentirnos a nosotros mismos.  Construirnos una mentira, fabricarnos una personalidad falsa, y vivir el resto de nuestra vida de manera falsa y engañosa. 

Es muy tentador también ignorar aquello que nos obliga a cambiar.  Cerrar los ojos y convertirnos en ciegos para no ver lo que nos cuestiona nuestra vida.  Ver sólo lo que queremos ver, utilizar una medida diferente para juzgar a los otros y para juzgarnos a nosotros mismos.

En el Evangelio hemos visto que Jesús puede “abrir los ojos” a la persona, pero para eso hay que dejar que Jesús actúe en nuestra vida.  Pecado es resistirse a la luz, no querer ver, estar contra la luz.

Adoptemos la postura humilde y sincera del ciego que se dejó iluminar por Jesús y gritaba con firmeza “Señor, que vea”. Hemos de pedir la fe, es el don de Dios que nos trae Jesús. Jesús nos irá dando la luz, nos irá abriendo a la fe.

lunes, 2 de marzo de 2026

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Todos hemos experimentado, a lo largo de nuestra vida, diferentes tipos de necesidades.  Tenemos la necesidad de ser amados, de amar, de tener cosas, la necesidad de descansar.  La Palabra de Dios, en este tercer domingo de Cuaresma, nos va a iluminar sobre cuáles de estas necesidades son fundamentales para nuestra vida.

En la 1ª lectura del libro del Éxodo hemos escuchado cómo el pueblo de Israel, en medio del desierto, camino hacia la libertad, duda de la presencia de Dios en medio de ellos.  Pero Dios no abandona a su pueblo, a pesar de las murmuraciones.

Nosotros, creemos en Dios, pero muchas veces la vida se nos complica.  Y cuando las cosas no salen como nosotros queremos se nos puede derrumbar la fe y podemos, como el pueblo de Israel darle la espalda a Dios y dudar de Él creyendo que nuestra sed de felicidad la podemos saciar al margen de Dios e incluso podemos llegar a renegar de Dios y reclamarle a Dios diciéndole que se ha olvidado de nosotros.

Estamos equivocados si pensamos que Dios nos ha abandonado en algún momento de nuestra vida.  A pesar de nuestras infidelidades, el Señor permanece siempre fiel y nos busca para manifestarnos su amor incondicional.  Dios no nos ha abandonado nunca. 

Como cristianos debemos ser un signo de esperanza para ayudar a todos los hombres a que caminen por el bien y no pierdan la fe, aun cuando a veces la vida se nos vuelva difícil y complicada.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos recuerda que es la muerte de Cristo la que nos salva.  Cristo murió por nosotros, el justo por los injustos.  La muerte y la resurrección de Cristo son la prueba del amor que Dios nos tiene desde siempre y para siempre.

Hay personas que viven con indiferencia respecto a Dios, a su amor y sus propuestas.  Muchas personas se preocupan más de los resultados del futbol, de los resultados de quien quedó en tal o cual concurso de baile o de canto, de cuál es la canción de moda o de dónde va a ser la próxima fiesta, que de Dios y de su amor. 

Estamos en Cuaresma, este es un tiempo ideal para que redescubramos a Dios que nos ama tanto, y que quiere darnos la felicidad verdadera y plena.  Este es un tiempo especial para que aceptemos y vivamos el camino que nos conduce hacia Dios.  Unámonos a Cristo como una rama está unida al tronco y vivamos ya desde ahora de la felicidad plena que Dios nos ofrece.

El Evangelio de San Juan nos ha presentado el episodio de la samaritana. 

Dos personas aparecen hoy en el Evangelio: Jesús y la samaritana que se encuentran en un pozo.  Jesús que se acerca a una mujer.  En aquella época la mujer estaba marginada.  Era un escándalo que Jesús se acercara a una mujer que no contaba para nada y además samaritana, una pecadora. 

Jesús se pone a hablar con ella, y con cariño, con sabiduría lleva a esta mujer a descubrir la fuente y el agua donde puede realmente satisfacer todos sus deseos de felicidad.  Porque Jesús es el Mesías, Él es la verdadera fuente de vida y felicidad que nos puede saciar nuestros deseos de felicidad.

Dios continúa acercándose cada día a nosotros.  Porque a Dios le interesa todos lo que somos y hacemos.  Dios anda sediento de nuestro amor.  Hemos sido hechos por Él y para Él.  Y nunca encontraremos descanso ni felicidad fuera de Dios.

Preguntémonos hoy: ¿de qué tenemos sed?  Posiblemente estamos sedientos de alegría, de justicia, de verdad.

La Cuaresma es el tiempo para descubrir nuestra sed, esa sed profunda de vivir, de amar y ser amados, de crecer, de ser feliz, sed de verdad, de felicidad, de amor de vida.  ¿Dónde saciamos nuestra sed?  Jesús nos ofrece una fuente de agua viva que sacia definitivamente nuestra sed.  Jesús es la fuente inagotable de amor, de verdad, de libertad, de vida.

Aprovechemos esta Cuaresma para encontrarnos con Dios. No lo dudemos, Jesús nos espera a cada uno, si quisiéramos aceptar su Palabra, nuestra vida seguramente sería distinta, nuestra vida se vería saciada de esa sed de felicidad y de amor que todos andamos buscando. 

No lo olvidemos, Cristo es el único que puede saciar nuestra vida.  No busquemos en fuentes equivocadas.

lunes, 23 de febrero de 2026

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y la Palabra de Dios nos dice cuál debe ser el verdadero camino que el cristiano debe seguir.  El camino que tenemos que seguir es escuchar atentamente a Dios y llevar a cabo sus proyectos y hacer realidad los planes de Dios en nuestro mundo.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña la gran fe que tuvo Abraham.  Cuando Abraham recibe la llamada de Dios, sigue a Dios fielmente porque cree plenamente en Dios.  Se fía de Dios y por eso abandona su tierra y su familia dejándolo todo.

Hoy hay compañías de seguros para todo: para el coche, la casa, la empresa, la salud o la educación.  Hay modelos que aseguran sus ojos, su cuerpo.  Futbolistas que aseguran sus piernas, boxeadores que aseguran sus puños, golfistas que aseguran sus brazos.  Vemos cómo el ser humano busca seguridad en un mundo que lo amenaza continuamente.

Nos da miedo la inseguridad. Tenemos miedo a la novedad, miedo a lo desconocido, miedo a quedarnos sin seguridades.  Hay mujeres que viven en “cárceles de oro”, en las cuales las tienen sus esposos machistas que no las dejan tener amigas o salir a la esquina.  Y a pesar de su infelicidad ellas tienen miedo de separarse, perder el nivel de vida que tienen y enfrentarse a un mundo de trabajo al que no están acostumbradas.  Hay personas que no se casan porque le tienen miedo al compromiso.  Hay personas que trabajan en una empresa sea pública o privada y son testigos de injusticias, discriminaciones o corrupción y temen denunciarlas por no perder su trabajo.  Muchas personas se quejan de la situación social o política de sus pueblos, pero no son capaces de mover un dedo para que la situación cambie.

En la primera lectura de hoy, Dios le propone un nuevo camino a Abraham: salir de su tierra, es decir, abandonar su familia y su tradición, para hacer de él una gran nación, un pueblo diferente donde todos tuvieran la posibilidad de vivir dignamente.  Abraham aceptó el reto de Dios y se puso en camino.

Nosotros, ¿aceptamos sin miedo los retos de Dios y somos capaces de comprometernos con la novedad del Reino de Dios? O ¿buscamos la seguridad de que todo siga igual?

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recuerda que no debemos acobardarnos, porque Jesús camina con nosotros y Él venció a la misma muerte.

Nosotros, debemos aceptar la misión que el Señor nos ha encomendado, tenemos que dar testimonio de su Evangelio, aunque esto conlleve dificultades en muchas ocasiones.  Es cierto que el mundo de hoy vive muy al margen de Dios, pero las dificultades que nos encontremos a la hora de evangelizar nuestro mundo no pueden ser una excusa para que nosotros abandonemos nuestra misión y nuestra responsabilidad de cristianizar nuestro mundo.  Hay que esforzarse por cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado, a pesar de las dificultades que podamos encontrar.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la Transfiguración del Señor.  Jesús se revela como “el Hijo amado de Dios”.

Hay muchas ocasiones en la vida en que por diversas circunstancias estamos deprimidos, tristes, con pocas ganas de hacer nada ni de ver a nadie.  Quizás por problemas familiares, laborales, problemas con los hijos, etc., hacen que nos encontremos así.  Pasan los años, aparecen las enfermedades y vamos viendo cómo la vida se nos escapa de las manos.  A veces, hay pocos días buenos o de felicidad.  Nuestra vida transcurre de una manera monótona.  Queremos ser cristianos pero nos da pereza el compromiso.  Y levantamos los ojos al cielo, buscamos una respuesta, nuestro corazón desea paz y felicidad y nos preguntamos: ¿Dónde encontraremos descanso?, ¿Quién nos traerá un poco de consuelo?

Jesús también pasó por momentos difíciles.  Y además sus discípulos no terminaban de entenderlo.  Y Jesús se retira con sus discípulos a la soledad de una montaña, para reflexionar, para poner ante Dios su vida, para descubrir cuál es la voluntad de Dios Padre.

Como Jesús, nosotros también somos invitados a buscar esos momentos de soledad y silencio para descubrir la voluntad de Dios.  Buscar a Dios para escuchar la voz de su Hijo.  Buscar a Dios en la oración para poner ante Él nuestra vida, con todas sus grandezas y sus miserias.

Y pedir a Dios su luz, la luz que ilumine y transfigure nuestra vida, para que nuestra luz ilumine y transfigure también a otros.

Por eso, hoy, Dios Padre también nos dice a nosotros: “escuchad a mi Hijo”. 

Escuchar nos resulta más difícil que hablar.  Y sin embargo, es más provechoso escuchar que hablar.  Convivimos sin escuchar, sin valorar lo que los otros nos quieren decir.  Merecen la pena que hagamos el esfuerzo de hacer silencio y escuchar los mensajes que Dios nos envía.

No nos desanimemos en nuestro seguimiento de Jesús.  La Transfiguración es una invitación a no desanimarnos, porque si escuchamos a Dios en nuestra vida, nuestra vida no será nunca un fracaso, sino que un día alcanzaremos la resurrección, la vida definitiva, la felicidad sin fin.

Que esta Cuaresma encontremos momentos para hacer oración y poder así escuchar la voz de Dios.

lunes, 16 de febrero de 2026

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Comenzamos a recorrer el camino cuaresmal, que nos llevará hasta la fiesta de la Pascua, de la muerte y resurrección del Señor.  Para poder celebrar adecuadamente esa fiesta es necesario prepararse, por eso la Palabra de Dios nos invita a la conversión, porque vivimos en un mundo que se nos está tentando continuamente a dejar a Dios de lado, y tenemos que poner a Dios en el centro de nuestra vida, tenemos que escuchar su Palabra y vivir con fidelidad el proyecto de Dios en nuestra vida.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña que desde el principio de la humanidad, el ser humano ha tenido la tentación de alejarse de los caminos de Dios.

Nosotros, los seres humanos, no podemos olvidarnos que Dios es nuestro origen y nuestro destino último.  Somos seres que Dios ha creado por amor, que nos ha dado su propia vida y nos ha regalado la libertad, por eso Dios nunca se impone y respeta siempre nuestras decisiones.  Pero el hombre no puede creerse Dios, éste es el gran pecado del origen de la humanidad y sigue siendo el pecado de hoy: querer ser Dios.

Cuando aceptamos nuestra condición de criaturas de Dios y reconocemos que Dios es nuestro Padre que nos da la vida, que nos ama y que nos enseña el camino para alcanzar la felicidad, nuestra vida se convierte en un “paraíso” donde encontramos vida, armonía, felicidad y realización.

Sin embargo, cuando el hombre le da la espalda a Dios, cuando quiere él convertirse en Dios, cuando quiere competir con Dios y no cumple las reglas de Dios, aparece el mal en la vida del ser humano.  El mal nunca viene de Dios, el mal es el resultado de nuestras decisiones equivocadas, de nuestro orgullo de querer prescindir de Dios en nuestra vida.  No podemos, por tanto, sacar a Dios de nuestras vidas, no podemos desconfiar de Dios y rechazar su autoridad porque las consecuencias serán muy negativas para nuestra vida.

No nos dejemos seducir por la serpiente que representa todo aquello o aquellas personas que nos tientan a que prescindamos de Dios, a dejar a Dios al margen de nuestra vida.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos, nos hace ver cómo Jesús ha cambiado aquella realidad del pecado desde los inicios de la humanidad: Él es el nuevo Adán que ha comenzado una historia nueva de vida y de salvación para todos.

Todos hemos experimentado continuamente la experiencia de ser atraídos por dos polos opuestos.  Diariamente tenemos que decidir si seguimos el camino de Adán o el camino de Cristo, es decir el camino del mal o el camino del bien, el camino del pecado o el camino de la salvación.  Escoger el camino de Cristo nos trae alegría, paz y salvación, escoger el camino de Adán, aunque al principio nos pueda parecer un camino de felicidad, sabemos que todo aquello que hagamos basado en el pecado y el mal no puede traernos, a la larga, nada bueno a nuestra vida.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús que se retira al desierto, busca el silencio, la soledad para encontrarse con su Padre Dios y ahí es tentado.

A nosotros nos molesta la soledad y el silencio, huimos de ellos.  No nos gusta estar solos, en silencio.  El ruido está cada vez más presente en nuestra vida, en nuestros hogares, en nuestros corazones. Con frecuencia sólo hay ruido en nuestra persona.  Cada vez nos resulta más difícil vivir sin ruido.  Jesús busca el silencio, va al desierto.  En el silencio, en la soledad se encuentra con su Padre Dios.

Jesús pasa 40 días en el desierto porque quiere encontrarse con el Padre.  También nosotros en el silencio podemos encontrarnos con la verdad que buscamos en nuestra vida, hacernos preguntas sinceras, encontrarnos con nuestra conciencia que es la voz que nos dice lo que está bien.  En el silencio podemos descubrir que no estamos solos, que Dios está con nosotros.

Y en silencio del desierto, Jesús es tentado: tienes hambre, transforma esas piedras en pan y come.  Tú eres poderoso, utiliza para ti el poder que tienes.  Necesitas hacer algo espectacular, arrójate de lo alto del Tempo.  Si me adoras conseguirás más poder y dominio sobre todos.

Nosotros somos tentados también.  La tentación nos puede llegar incluso en nuestros mejores deseos.  Cuantas veces somos tentados a buscar sólo lo mío pensando que estamos buscando el bien de los demás, a utilizar a las personas cuando creemos que los estamos ayudando.  Buscamos el dinero en los negocios, conseguir un puesto de trabajo con mayor poder, ganar el aprecio social, olvidando a todos.  Cuantas veces no nos hemos preguntado: ¿Por qué tengo que compartir mis bienes con los necesitados? ¿Por qué voy a enfrentarme con los que comenten injusticias? ¿Por qué no me hago más importante?

La cuaresma es tiempo para ver cuáles son nuestras tentaciones, descubrirlas y superarlas.  A eso se le llama conversión.  Si no tratamos de encontrar lo falso de nuestra vida, no tiene sentido la cuaresma.  Convertirnos es cambiar el corazón, ser más humanos, más generosos.  Todos nos equivocamos, pero podemos convertirnos y abrirnos confiadamente a Dios, a un Dios que nos entiende y nos perdona.

Hagamos unos minutos de silencio, aunque sean pocos, pero auténticos, cada día para descubrir nuestras tentaciones y escuchar mejor la voz de Dios y así ver cómo va nuestra vida.