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lunes, 8 de junio de 2026

 



En este Domingo, la Palabra de Dios nos recuerda la presencia constante de Dios en el mundo y la voluntad que Él tiene de ofrecer a los hombres, a cada paso, su vida y su salvación.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha presentado al Dios de la “alianza”, que elige a un Pueblo para establecer con él lazos de comunión y de familiaridad; a ese Pueblo, Dios le confía una misión sacerdotal: Israel debe ser el Pueblo reservado para el servicio de Dios, esto es, para ser un signo de Dios en medio de las naciones.

Vivimos un tiempo en el que no es fácil, en medio de la vorágine en la que la vida discurre, reconocer la presencia, el amor y el cuidado de Dios por la humanidad que creó. Algunos de nuestros contemporáneos llegan a hablar incluso de la “muerte de Dios”, para expresar la realidad de una historia en donde Dios parece estar totalmente ausente.

¿Es Dios quien está ausente de la historia de los hombres, o son los hombres quienes apuestan por otros dioses (esto es, otros esquemas de felicidad) y no tienen tiempo disponible para encontrarse con el Dios de la “alianza” y de la comunión? ¿Es Dios quien se ha vuelto indiferente e insensible al destino de los hombres, o son los hombres los que prefieren andar por caminos de orgullo y de autosuficiencia al margen de Dios? ¿Habrá renunciado Dios a establecer lazos de familia con nosotros, o somos nosotros los que, en nombre de una pretendida libertad, preferimos construir la historia del mundo lejos de Dios y de sus propuestas?

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos sugiere que la comunidad de los discípulos es, fundamentalmente, una comunidad de personas a las que Dios ama. Su misión en el mundo es dar testimonio del amor de Dios por los hombres, un amor eterno, inquebrantable, gratuito y absolutamente único.

El amor de Dios es totalmente gratuito, incondicional y eterno. No espera nada a cambio; no pone condiciones para derramarse sobre el hombre. En una época en la que la cultura dominante vende la imagen del amor interesado, condicionado y efímero, el amor de Dios constituye un tremendo desafío para los creyentes. El amor de Dios es universal. No margina ni discrimina a nadie, no distingue entre amigos y enemigos, no condena irremediablemente. ¿Nosotros, discípulos de Jesús, somos testigos de ese amor?

El Evangelio de san Mateo nos muestra una catequesis sobre la elección, la llamada, y el envío de los “doce” discípulos (que representan a la totalidad del Pueblo de Dios) a anunciar el “Reino”. Esos “doce” serán los continuadores de la misión de Jesús y deberán llevar la propuesta de salvación y de liberación que Dios hace a los hombres por Jesús, a toda la tierra.

Dios nunca se ausentó de la historia de los hombres; Él continúa conduciendo la historia de la salvación e insiste en llevar a su Pueblo al encuentro de la verdadera libertad, de la verdadera felicidad, de la vida definitiva. ¿Cómo actúa hoy Dios en el mundo? La respuesta que el Evangelio nos da es: a través de esos discípulos que aceptan responder positivamente a la llamada de Jesús y se embarcan en la aventura del “Reino”.

Ellos continúan hoy en el mundo la obra de Jesús y anuncian, con palabras y con gestos, ese mundo nuevo de felicidad sin fin que Dios quiere ofrecer a los hombres.

Jesús no llama a “especialistas” para seguirlo y para dar testimonio del “Reino”. Los “doce” representan a la totalidad del Pueblo de Dios. Es a la totalidad del Pueblo de Dios (los “doce”) a los que enviará, a fin de continuar la obra de Jesús en medio de los hombres y anunciarles el “Reino”

¿Cuál es la misión de los discípulos de Jesús? Es luchar objetivamente contra todo aquello que esclaviza al hombre y que le impide ser feliz. Hoy hay estructuras que generan guerra, violencia, terror, muerte: la misión de los discípulos de Jesús es contestarlas y desmontarlas; hoy hay “valores” que generan esclavitud, opresión, sufrimiento: la misión de los discípulos de Jesús es rechazarlos y denunciarlos; hoy hay sistemas de explotación (disfrazados de sistemas económicos productores de bienestar) que generan miseria, marginación, debilidad, exclusión: la misión de los discípulos de Jesús es combatirlos. La propuesta liberadora de Jesús tiene que estar presente (a través de los discípulos) en cualquier lugar donde haya un hermano víctima de la esclavitud y de la injusticia. ¿Es esto lo que yo intento hacer?

martes, 2 de junio de 2026

 



El Jueves Santo Jesucristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de subir al cielo, se ve opacado por la tristeza de su Pasión y muerte.

Por eso la Iglesia ha instituido esta fiesta del Corpus Christi en esta época en que ya hemos superado la tristeza de la Pasión y muerte del Señor y hemos disfrutado de la alegría de la resurrección durante el tiempo pascal.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos ha recordado cómo el pueblo de Israel caminaba por el desierto hacia la tierra prometida y siente hambre y sed.  Y Dios que no abandona nunca a su pueblo acude en su ayuda y le ofrece agua y el maná. 

Cuando el hombre lo tiene todo y no carece de nada, nos olvidamos con frecuencia de los tiempos pasados.  El pueblo de Israel una vez que se había establecido en la tierra prometida y tenían bienes para vivir, e incluso para vivir con cierta abundancia se olvidaron de Dios.  El libro del Deuteronomio levanta la voz para recordarnos que no podemos vivir en plenitud si le damos la espalda a Dios. 

No sólo de pan vive el hombre; el pan es necesario, es imprescindible, pero el alimento que sacia, que da plenitud, sólo lo puede dar Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos dice que la participación en la Eucaristía nos tiene que llevar a la unidad.  No podemos destruir la unidad de la Iglesia con nuestras actitudes egoístas y nuestros comportamientos insolidarios.

El pan que recibimos en la Eucaristía es uno porque Cristo es uno.  Por eso, no puede haber divisiones ni favoritismos en una comunidad cristiana.  Si todos comulgamos un mismo pan, no podemos estar divididos, porque Cristo no está dividido.  Celebrar la Eucaristía supone estar en unidad de vida con uno mismo y con los hermanos de la comunidad y de todas las comunidades del mundo.

Cuando comulgamos no recibimos a distintos Cristos, sino que todos recibimos al mismo Cristo.  Al comulgar todos nos debemos sentir unidos a todos y todos ser uno con Cristo.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Cristo como “el pan vivo… para que el mundo tenga vida”.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres. Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse. Cierto que se ha quedado como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.

Es tan real la presencia de Jesucristo, en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Cristo entra dentro de nosotros para dar a nuestra vida, Su vida, para dar a nuestra oscuridad su Luz.

Así como necesitamos el alimento material para vivir, así también necesitamos el alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo para conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el bautismo.  No puede uno vivir como cristiano y no alimentarse del Pan de la Vida en la Eucaristía.  Como tampoco puede haber una comunidad cristiana auténtica si no tiene como sustento la celebración de la Eucaristía.

Pero para poder recibir a Cristo en la Eucaristía es necesario recibirlo en estado de gracia.  La gracia es un regalo sobrenatural dado por Dios para ayudarnos en el camino que nos lleva al Cielo. Y la gracia se pierde por el pecado, es decir, por nuestro rechazo a Dios o a Sus Mandamientos.  Para comulgar bien Dios nos pide ir con un corazón puro, limpio y receptivo a Él.

Pero, además de estar en estado de gracia, para recibir a Cristo en la Eucaristía hay otras condiciones que son necesarias: Fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Confianza plena en Dios y abandono y entrega total a Dios.

Estas disposiciones fundamentales de parte nuestra permiten que haya “común-unión” o Comunión: unión de Cristo con nosotros y de nosotros en Cristo. Si no tenemos estas disposiciones, no puede darse la Comunión.

Recibimos a Cristo con nuestra boca. Pero eso no basta, pues tenemos que unirnos a Él en el pensamiento, en el sentir, en la voluntad; con nuestro cuerpo, con nuestra alma y con nuestro corazón.

Celebrar el “día del Corpus” es honrar a Jesucristo, presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas.  Celebrar la Eucaristía es dar gracias a Dios.

Demos gracias a Dios hoy, por el regalo de su presencia viva en la hostia consagrada.  Demos gracia a Dios hoy por poder recibir este alimento tan necesario para nuestra vida de cristianos.  Demos gracias a Dios hoy porque se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual.

lunes, 25 de mayo de 2026

 



Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad.  Esta fiesta es una invitación no a comprender este misterio de un único Dios en tres personas distintas, sino que la fiesta de hoy es una invitación a contemplar a Dios que es amor, que es familia, que es comunidad y que creó a los hombres para hacerles compartir este misterio de amor.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha narrado un diálogo entre Dios y Moisés en el monte Sinaí.  Ahí Dios-Padre se revela como un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad.  Es un Dios cercano a su pueblo, que siempre lo acompaña.

El gran poder de Dios es su misericordia y su compasión.  Igual que Moisés se encontró con Dios, también nosotros nos podemos encontrar con Él si lo buscamos con un corazón sincero.  Para eso es necesario abandonar nuestras preocupaciones y entregarnos sinceramente a Dios.

Nuestra sociedad quiere prescindir de Dios, por ello, nosotros, como hijos suyos que somos debemos decir como Moisés: “Sé Tú nuestro Dios”.

Hemos de reconocer que hoy, muchas personas sustituyen al Dios verdadero por los nuevos dioses: el poder, dinero, fama, triunfo, los ídolos del mundo del deporte, del cine, de la televisión a los que se veneran con toda una liturgia de adoración laica; se les ofrece ofrendas: “estatuillas doradas” (oscars), “medallas de oro, plata y bronce y hasta “zapatos de oro”.  Estos son los nuevos becerros de oro.

Sin embargo, hoy, Dios nos deja ver que Él es el verdadero Dios, un Dios “con corazón”, y con un corazón lleno de amor, de bondad, de ternura, de misericordia y de fidelidad.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos ha presentado el saludo litúrgico con el que comenzamos todas nuestras celebraciones eucarísticas.  Es la confesión de la Trinidad Santa que hoy celebramos.

A cada una de las personas de la Trinidad se le atribuye una cualidad: a Jesús, la gracia; a Dios Padre, el amor; al Espíritu Santo, la comunión.

Por medio de los sacramentos Jesús nos comunica la gracia.  La gracia es la vida divina, que Dios nos comunica para hacernos sus hijos por medio del bautismo.  Esa vida divina que está en nosotros como semilla, tiene que ir creciendo con nuestra colaboración en la edificación del Reino de Dios.

El Evangelio de san Juan nos decía: “Tanto amó Dios al mundo”.  Dios nos ama tanto que nos ofrece una vida plena y definitiva.  Su amor es gratuito, incondicional, absoluto, válido para siempre; pero Dios respeta nuestra libertad y acepta que rechacemos ese amor, esa vida que Él nos quiere dar. Sin embargo, rechazar ese amor es optar por una vida de infelicidad, sufrimiento y muerte.  Por más que nos alejemos de Dios, no podemos dejar de ser parte de su familia.

Precisamente, celebrar la fiesta de la Trinidad es celebrar que Dios es familia, que no es un ser sólo y aislado.

La Trinidad no es un problema de matemáticas.  Lo que celebramos hoy es que Dios, nuestro Dios es una comunidad, una familia.  Una familia tan unida que todos quieren lo mismo.  Una familia que se ama tanto que el uno se entrega al otro por completo. 

Nosotros formamos parte de esa familia de Dios.  Dios ha querido que participemos de su familia.  Al través del bautismo nos hemos hecho parte de esa familia de Dios.

Es importante que los seres humanos no nos olvidemos que somos parte de una familia.  Solemos decir que el hombre es un ser social.  Por eso la vida, la vida humana, la de las personas, es imposible sin los demás, sin la sociedad.

Los problemas surgen en nuestro mundo, porque en este mundo vamos sembrado cada día más el individualismo, llegamos a decir: “sólo yo, o sólo mi familia, o sólo mi país”.  Y no nos damos cuenta que Dios ha hecho este mundo sin fronteras, sin alambradas, sin papeles y por lo tanto todos somos necesarios para trabajar por el bien común, por esta gran familia que es la humanidad.

No podemos olvidar que el único desarrollo sostenible, el único progreso verdaderamente humano, la única oportunidad para la paz, la última posibilidad de felicidad depende de todos y cuenta con todos.  Dios quiere que el cielo sea para todos porque somos una sola familia.

Recordemos hoy al hacer la señal de la cruz con nuestra mano, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho que estamos consagrando nuestra persona y expresando el deseo de acoger a Dios Trinidad en nosotros.  Deseando que los pensamientos de nuestra mente, las palabras de nuestra boca, los sentimientos de nuestro corazón, las obras de nuestras manos, sean los de un hombre que vive “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.  

Cuando oramos así, el Padre nos escucha y el Padre nos ama al vernos unidos a Jesucristo que es nuestro hermano y que por la fuerza del Espíritu Santo nos hace ser una familia que trabaja por un mundo mejor.



lunes, 18 de mayo de 2026

 



El tiempo litúrgico  de Pascua concluye con el domingo de Pentecostés, en el que los cristianos celebramos la venida del Espíritu Santo a los Apóstoles, los orígenes de la Iglesia y el comienzo de la misión a todos los pueblos y naciones.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los apóstoles.

Hoy celebramos el nacimiento de la Iglesia.  Los apóstoles habían visto vivo al Señor, pero seguían teniendo miedo a los judíos, miedo de ser asesinados.  No sabían qué hacer, ni qué predicar, ni a donde ir.  Por eso se habían juntado a rezar, junto a la Virgen María, para pedir el Espíritu que Jesús les había prometido.

De pronto, sin saber cómo, se llenaron del Espíritu Santo y se les quitó el miedo y con valentía salieron a la calle a anunciar a Jesucristo, y muchas personas los escuchaban y los entendían.

Pentecostés es todo lo contrario al episodio de la Torre de Babel, en Babel Dios confundió la lengua y no se entendían las personas.  En Pentecostés, hablando diferentes idiomas todos entienden a los apóstoles.

Sin embargo, hoy, sigue habiendo Torres de Babel.  Cuando el hombre, cree que puede ser dios, lo único que consigue es convertirse en un peligro para sus semejantes.

Todavía hoy sigue habiendo muchas personas que se endiosan a sí mismos y se comportan como amos, como señores de sus semejantes, violando sus derechos, limitando su libertad, esclavizando sus conciencias, pisoteando sus dignidad y exigiendo obediencia y sometimiento como el que debemos tener sólo a Dios.

Hoy hay verdaderas babeles, es decir, hoy hay muchos obstáculos para que los seres humanos nos podamos entender: esclavitud sexual, represión, desaparecidos, limpiezas étnicas, guerras, bloques militares, la carrera armamentista, tortura, hambre, el neoliberalismo, justicia que no es imparcial, imposición de la democracia por la fuerza de la violencia, etc.

Todas estas situaciones, fruto del egoísmo humano, hacen que los hombres no nos entendamos y no podamos vivir en fraternidad.

Sin embargo, Jesús nos ha enviado al Espíritu Santo para que nos dejemos guiar por Él y así construyamos un mundo donde todos los seres humanos nos podamos entender en el único idioma que todos hablamos y entendemos: el idioma del amor, y así construyamos un mundo más humano y fraterno.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que hemos recibido el Espíritu Santo para que vivamos unidos y a cada uno nos ha dado un don especial para ponerlo al servicio de la Iglesia, al servicio del bien común.

Los dones que hemos recibido son para construir la unidad; por eso los dones que el Espíritu Santo nos da no son para ser utilizados en beneficio propio, sino que deben ser puestos al servicio de todos.

En el Evangelio de san Juan vemos que Jesús se presenta en medio de sus discípulos, como lo había prometido: “me voy y volveré a vosotros”.  Atraviesa las puertas de la casa y las puertas internas del miedo de sus discípulos y les comunica a sus discípulos cuatro dones fundamentales: la paz, el gozo, la misión y el Espíritu Santo.

¿Qué significa para nosotros la venida el Espíritu Santo?

El Espíritu de Jesús está hoy en cada uno de nosotros, está en nuestras comunidades cristianas, está en nuestra iglesia.  Está en nuestro corazón y en nuestra vida, está entre nosotros.  ¿Cómo es posible entonces esa apatía religiosa de muchas personas que ha recibido al Espíritu Santo pero que no viven ni practican su fe?

Si vivimos conscientemente la presencia del Espíritu Santo dentro de nosotros, podremos sentir una vida nueva, una fuerza dentro de nosotros que nos hace tener seguridad y confianza en nosotros mismos; sentiremos la alegría de saber que Dios está con nosotros, sentiremos su fuerza para poder comunicarnos con Dios y con los demás y para ser sus testigos en medio de nuestro mundo.

El Espíritu Santo iluminará nuestra inteligencia para llevar a cabo nuestros mejores proyectos, nuestras mejores metas; para ser solidarios, para construir un mejor futuro tanto para nosotros como para los demás.

El Espíritu Santo nos hace vivir con esperanza ante el futuro, teniendo más capacidad para amar y también para dejarnos amar, teniendo fuerza para iniciar cada día con nuevo ánimo, porque Dios está con nosotros.

Por eso, celebremos este día, fiesta de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, con la firme determinación de dejar que el Espíritu de Dios actúe en nosotros para que su Reino de amor, justicia, hermandad vayan siendo realidad en nosotros y en nuestro mundo.

Digamos hoy con fuerte voz: “¡Ven, Espíritu Santo!”

lunes, 4 de mayo de 2026

 



En este domingo de pascua  la Iglesia nos invita  a prepararnos para recibir el gran don y regalo de Pascua: el Espíritu Santo. Jesús no nos deja huérfanos, sino que con el Padre nos enviarán el Espíritu Santo.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta al diácono Felipe predicando a los samaritanos. Esta lectura de hoy nos hacer ver la necesidad y la urgencia que tenemos de evangelizar y de ser coherentes con el sacramento de la Confirmación.

No podemos quedarnos sin hacer nada.  No digamos que no tenemos tiempo.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar algo de tiempo a los demás.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar horas a la familia, a los enfermos, a los amigos, a la Parroquia.  ¡Nunca es tiempo perdido!  Es preocupante que se atente contra los derechos de la familia en la educación de los hijos y nos quedemos de brazos cruzados e indiferentes.

Que importantes es, pues, que todos evangelicemos.  Nos decía la primera lectura que la predicación de Felipe produjo que “la ciudad se llenara de alegría”.  Ese es el resultado que produce la predicación del Evangelio en las personas que lo acogen: sus corazones se llenan de alegría.  Cristo se convierte en el sentido de su vida, la fe nos da esperanza.  La predicación libera a los que viven sometidos al yugo del mal, de la enfermedad, de la muerte.  Cuando Dios está en nuestros corazones, ni siquiera la enfermedad nos puede entristecer o inquietar: acaso nos haga sufrir, pero no arrancará de nosotros la paz.

Evidentemente la alegría del evangelio no es la misma que la alegría del mundo,  la alegría del evangelio no tiene que ver con el tener mucho dinero, con el vivir cómodamente, con el tener buena salud.   La alegría del evangelio es la alegría que Dios da a los que lo acogen.   Es la alegría del que ha descubierto que su vida, su destino, está en manos de Dios.  

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro exhorta a los creyentes a glorificar a Cristo Jesús. Es algo que sólo se puede hacer desde la alegría y el gozo, desde el agradecimiento que supone el saberse salvados, rescatados por el Señor.

En un ambiente de consumismo, de indiferencia religiosa, los cristianos tenemos una tarea muy importante que realizar en este mundo.  Esa tarea es la que hoy nos decía san Pedro: dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza”. La fe no tiene miedo a la razón.  Fomentemos el diálogo que es el camino que la Iglesia ha escogido para seguir evangelizando.

La Iglesia necesita laicos cristianos bien formados para que den razón de su fe y de su esperanza a quienes se la pidan en el ámbito de la cultura, de la política, de la vida, del trabajo. La cultura ha de ser evangelizada desde dentro, desde sus raíces más hondas y profundas. Necesitamos cada día más una cultura liberadora del hombre  y que dé y promueva la esperanza en todos. Desterremos para siempre la violencia, la guerra, la exclusión,  el hambre, la muerte, dando razón de nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado las palabras de despedida de Jesús a sus apóstoles y la promesa de enviar al Espíritu Santo y de estar siempre con nosotros.

Jesús nos decía hoy: yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad.  El amor es la gran verdad de Dios, Dios es amor y la relación nuestra con Él y también con los hermanos ha de ser una relación de amor. Pero para amar es necesario vivir en la verdad. Trabajar por la verdad, hacer la verdad, decir la verdad es una de las grandes pruebas de generosidad, de amor.

Para poder realizar una vida auténticamente humana es fundamental el comprender la grandeza de vivir en la verdad, comprender que la búsqueda de la verdad nos acerca a las personas y conduce al diálogo. El respeto a la verdad aproxima a los grupos, fortalece la justicia y nos encamina hacia la verdadera paz, en definitiva a vivir como  hermanos. Especialmente, los que tienen responsabilidades en la sociedad, necesitan creer en la eficacia de la verdad y empeñarse en la búsqueda de la sinceridad social.

Por experiencia sabemos lo difícil y duro que es en ocasiones decir la verdad, vivir en la verdad. Por eso Jesús nos promete y envía su Espíritu que necesitamos, que nos ayude, nos defienda.  Nosotros si queremos ser seguidores del Señor, hemos de aceptar responsablemente el espíritu de verdad, hemos de ser dóciles al Espíritu de la Verdad.

Necesitamos recordar la verdad de Jesús. Si la olvidamos, no sabremos quiénes somos ni qué estamos llamados a ser. Nos desviaremos del evangelio una y otra vez.  Lo que configura la vida de un verdadero creyente no es la lucha por el éxito ni siquiera la obediencia estricta a una ley, sino la búsqueda gozosa de la verdad de Dios en la vida diaria bajo el impulso del Espíritu.

La Iglesia, hoy, necesita de auténticos cristianos, que sean capaces de dar razones de su fe, desde la auténtica verdad que es Cristo.  Recordemos que la verdad es lo que nos hará auténticas personas libres.

lunes, 27 de abril de 2026

 



La liturgia de este quinto domingo de Pascua nos invita a reflexionar sobre la Iglesia y la necesidad de que como comunidad cristiana estemos organizados, tomando parte activa en los diferentes ministerios de la Iglesia para seguir a Cristo Camino, Verdad y Vida.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha relatado la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia. Hemos leído cómo los Apóstoles decidieron delegar en“siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, para que los ayudaran en el servicio a las comunidades cristianas que se iban formando, de manera que ellos pudieran dedicarse mejor“a la oración y al servicio de la palabra”.

En la Iglesia, no sólo los sacerdotes, religiosos y religiosas tienen funciones de servicio en la Iglesia, sino que también vosotros, los laicos, podéis y debéis realizar funciones de servicio en la Iglesia.  Y este derecho os viene por el simple hecho de estar bautizados.  Por el Bautismo formáis parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y por la Confirmación sois fortalecidos por el Espíritu Santo y enviados por el Señor a evangelizar, así como a ejercer funciones de servicio dentro de la misma Iglesia.

Es un derecho y un deber que vosotros los laicos, como bautizados, ejerzáis un apostolado y un servicio a la Iglesia.

Pero la Iglesia, aun cuando debe dedicarse en primer lugar a la oración y al anuncio de la Palabra de Dios, no puede descuidar su preocupación por el bienestar de los que sufren las consecuencias de la pobreza, de la injusticia social, de la enfermedad.  La Iglesia tiene que cuidar y asistir, desde un auténtico amor cristiano y en nombre de Cristo, a quienes necesitan de nuestra ayuda, viendo en el necesitado el Rostro del mismo Cristo a quien hemos de amar sirviéndolo.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro nos dice que en la Iglesia, cada cristiano es una piedra viva y Cristo es la piedra angular.  La piedra angular es la piedra central en un arco, sin la cual el arco no se sostiene; es la piedra más importante.  Por lo tanto, si Cristo es la piedra angular, quiere decir que Él es la clave de nuestra vida, de la vida de la Iglesia.

Pero, no podemos olvidar, que nosotros somos piedras vivas; es decir, miembros activos en la edificación de la Iglesia.  La Iglesia tiene que ser una comunidad viva de cristianos, en la que cada uno desempeña una función o ministerio.

Hemos de preguntarnos: ¿Cristo, es la piedra angular de mi vida?, es decir, para nosotros los cristianos, Cristo ¿es la referencia fundamental de mi vida?  ¿Te sientes parte viva de la Iglesia? 

Si Cristo es la piedra angular de nuestra vida, la referencia fundamental, entonces ¿Por qué estamos colaborando con nuestro silencio y nuestra apatía a construir una sociedad, un mundo, tan alejado de los valores del Evangelio?  ¿Estamos siendo, verdaderamente piedras vivas?

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús como el único camino para llegar a Dios Padre.  Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Van pasando los años y nos damos cuenta que permanecemos fieles a muy pocas cosas.  Venimos a la cita con el Señor, cada domingo, a pesar de que amigos o vecinos hayan abandonado la fe, porque nos damos cuenta que somos débiles, necesitados de la ayuda de Dios, necesitados de esperanza, y creemos que sólo en Dios podemos encontrar la felicidad y la esperanza.

Vivimos tiempos en los que necesitamos alimentar la esperanza.  Las crisis económicas, la subida de precios, las dificultades en el trabajo, la preocupación por la educación de los hijos, la violencia, etc.  Son tantos los problemas sociales y personales que a menudo nos podemos sentir agobiados, desconcertados, desesperanzados.  Y venimos a la Iglesia para encontrar luz y consuelo y escuchar esas palabras reconfortantes de Jesús que nos dice: No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí”.  Sabemos que con Jesús nada malo nos puede ocurrir, aunque caminemos por caminos oscuros, aunque no veamos salida, el Señor siempre está a nuestro lado, su vara y su cayado nos dan seguridad, sus palabras nos reconfortan y nos animan a seguir tras sus pasos.

El Señor nos anima a nos desesperar, a tomar la cruz de cada día, esa cruz hecha de contrariedades, de inconvenientes, de problemas y a seguir adelante, tras Él, porque Él es el Camino que nos lleva a la plenitud, Él es la Verdad que nos revela quienes somos y quién es Dios, y Él la Vida que tanto deseamos.

Este domingo, el Señor nos invita a que no vayamos por la vida siguiendo caminos falsos que hacen que nos perdamos; que busquemos la verdad, porque todos necesitamos la verdad para poder vivir, que no nos dejemos engañar por ese ambiente de falsedad en el que vivimos, donde todo es relativo y engañoso, que trabajemos y defendamos la vida desde su comienzo hasta su final.

No vayamos por la vida desorientados y desnortados.

lunes, 20 de abril de 2026

 



En este domingo IV del tiempo pascual celebramos el domingo del Buen Pastor. Jesucristo es el Buen Pastor porque nos conoce, nos ama y da la vida por nosotros.  Él es también la puerta.  A través de Él entramos en la Iglesia; a través de Él accedemos a la salvación; a través de Él conocemos y llegamos a Dios.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles es una invitación a la conversión, es decir, a un cambio importante de rumbo en lo que sentimos, pensamos y hacemos.

A lo largo de la historia siempre se ha considerado al niño como un sujeto infatigable de preguntas: ¿Por qué…? ¿Qué hago mamá, papá?  Dependiendo de las respuestas a esas preguntas, hemos dado al niño amor, paz, tranquilidad, sobre todo a esa temprana edad que comienza el desarrollo de su personalidad.

Los jóvenes como están formando su propia personalidad, no quieren que nadie influya en ellos y por eso casi no preguntan nada y rechazan cualquier tipo de orientación sobre la sociedad y sobre Dios. Los ancianos no preguntan sino que se preguntan a ellos mismos: ¿Qué he hecho con mi vida?

Hoy ni los niños ni los adultos preguntan, pues no existe un diálogo profundo entre las personas. Se tiene mucha información a través de la televisión y de Internet y son estos medios los que establecen lo que tenemos que pensar sobre las cosas y las personas.  Pero estos medios que configuran nuestra manera de pensar y de vivir hacen que no  seamos críticos a lo que nos dicen y todo lo que nos dicen nos lo creamos.

Hoy nos decía la 1ª lectura que le preguntaron a Pedro: “¿Qué tenemos que hacer?”  No tengamos miedo de preguntar sobre los temas fundamentales para vivir y morir como auténticos cristianos.  No tengamos miedo de preguntarle al Señor: ¿Qué me pides que hagas Jesús?  No tengamos miedo a la respuesta que nos dé el Señor.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pedro nos dice que Cristo nos ha dejado un ejemplo para que sigamos sus huellas y aceptemos el sufrimiento.

Siempre, tarde o temprano, aparece en la vida del hombre el tema del sufrimiento físico o psíquico y, ante ese mal surge la angustiosa pregunta: ¿Qué sentido tiene el sufrir injustamente? Cristo no intentó darnos unas enseñanzas sobre el mal en sus diversas formas, sino que lo asumió, Él inocente, hasta morir una muerte de cruz.

Cuando nuestras fuerzas flaqueen, ante el sufrimiento personal o de nuestros hermanos, miremos la “cruz” y allí encontraremos la respuesta. Amemos la cruz, y en ella tendrás la experiencia suave y dolorosa de poder compartir tu sufrimiento y el de tus hermanos con el de Cristo.

El Evangelio de san Juan nos ha hablado de Cristo Pastor y de nosotros sus ovejas.

Mucha gente vive inundada de sonidos. Mucha gente no tiene la oportunidad de disfrutar de un minuto de silencio. La televisión, el radio, el ruido de los coches que van y vienen, los gritos de los niños que juegan o de las mamás que regañan a los hijos que no les obedecen, todo ello sin parar, desde el amanecer hasta el anochecer.

Pero esos no son los únicos ruidos que nos rodean. De hecho, hay ruidos que son aún más dañinos: el ruido del egoísmo que nos llama a olvidarnos de los demás; el ruido de la soberbia que nos empuja a creernos mejores que otros; el ruido de la inseguridad que nos empuja a devaluarnos y a dejar que nos abusen y lastimen y el ruido de la rutina que nos impide reconocer la belleza de la vida, la alegría de vivir, el regalo de nuestra existencia.

Sin embargo, el evangelio de hoy nos da la oportunidad de distinguir un sonido especial de entre los ruidos que nos rodean.  Hay una canción que dice: Cuánto he esperado este momento, cuánto he esperado que estuvieras así; cuánto he esperado que me hablaras, cuánto he esperado que vinieras a mí. Yo sé bien lo que has sufrido, yo sé bien lo que has llorado, yo sé bien lo que has vivido, pues de tu lado no me he ido… Pues nadie te ama como yo, pues nadie te ama como yo; mira la cruz: esa es mi más grande prueba. Nadie te ama como yo.

El Pastor nos llama a escuchar su voz en medio de nuestra soledad o del amor que compartimos. El Pastor nos llama a escuchar su voz en medio de nuestras alegrías y tristezas. El Pastor nos llama a escuchar su voz en la voz de los que sufren.  El Pastor nos llama a escuchar su voz en la voz de los que aclaman y cantan.

El Pastor nos llama a escuchar su voz, su voz que es la voz del amigo que nos ama; su voz es la voz del que conforta y calma; su voz es la voz del que acompaña nuestras penas; su voz es la voz del que defiende causas justas; su voz se dibuja en las estrellas; su voz es silencio lleno de esperanza; su voz que susurra día con día: “¡cuánto he esperado que me hablaras!”

Unamos, pues, nuestras voces y dejemos que se vuelvan una sola. Y que esa sola voz le cante al mundo: “Pues nadie te ama como yo, pues nadie te ama como yo; mira la Cruz: esa es mi más grande prueba. Nadie te ama como yo”.