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lunes, 21 de septiembre de 2026

 XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a cambiar.  A superarnos.  Dios siempre está esperándonos.  Hay que ser humildes y convertirnos a Dios y así podremos agradar al Señor y convencernos que, el mundo, necesita más que nunca de la presencia de Jesucristo.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos dice hoy que cada uno es responsable de lo que hace; no se vale echarles la culpa a los demás o a Dios.

Las personas nunca quieren echarse la culpa de nada de lo que ocurre.  Hay personas que no tienen lo más mínimo para vivir dignamente.  La culpa es de la economía internacional.  Hay situaciones de violencia y de injusticia.  La culpa es del gobierno que no cumple las leyes ni pone suficientes policías.

Esta manera de pensar hace que siempre encontremos una excusa a los males presentes ya que pensamos que son otros los que los causan.  Es cierto que somos solidarios en los pecados sociales y comunitarios, pero Dios juzgará a cada uno según su personal responsabilidad y conducta.  Por eso el profeta Ezequiel levantó su voz para decir que cada uno es responsable de lo que hace sea para bien o para mal.

Ciertamente que a veces, la familia o las circunstancias en las que vivimos pueden influirnos a la hora de hacer el bien o el mal, pero siempre tendremos la oportunidad de cambiar. No debemos decir que no podemos cambiar porque venimos de una familia desintegrada o vivimos en un barrio de gente de mal vivir.  No podemos decir que porque mis padres son ladrones yo también tengo que serlo y así justificarnos para no cambiar y dejarlo que todo siga igual. 

Es cada persona quien dará cuentas al Señor de su conducta.  Y no se vale echarle la culpa a los papás, o a la sociedad en la que vivimos.  Tenemos que ver cuál es nuestra responsabilidad en tantos males como hay en la sociedad y no echarles siempre la culpa a los demás de lo que ocurre o de lo que soy.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses nos invita a que nos comportemos y vivamos de modo humilde y servicial como lo hizo Jesús.

Los valores que vivió Cristo, no son demasiado apreciados en muchos ambientes de nuestro mundo.  Para la sociedad, los grandes ganadores no son los que ponen su vida al servicio de los demás con humildad y sencillez, sino que son los que se enfrentan al mundo con agresividad, con autosuficiencia y se esfuerzan por ser los mejores, aunque eso signifique emplear cualquier medio para alcanzar sus metas y superar a los demás. 

Nosotros tenemos que seguir el ejemplo de Cristo que con su humildad y su servicio nos ha salvado.

El Evangelio de San Mateo nos habla de un padre que manda a sus dos hijos a trabajar a la viña, los dos responden de distinta manera, uno le dice que sí pero luego no va, el otro le dice que no pero luego va. 

Ante la llamada de Dios, hay dos posibles respuestas.  Hay quienes escuchan la llamada de Dios, pero no se quieren comprometer porque les da miedo el compromiso y no van a trabajar a la viña del Señor, aunque le hayan dicho que sí a Dios; y hay quienes acogen la llamada de Dios y le responden de forma generosa.  ¿De qué lado estoy yo?

No basta con decirle “sí” a Dios, a la hora de trabajar o comprometernos en un apostolado en la viña del Señor, sino que lo importante es vivir un verdadero compromiso en la viña del Señor.

Con Dios tenemos que ser coherentes, no puede haber contradicción entre lo que decimos y lo que hacemos, porque seguir a Jesús no es cuestión de palabras, sino de compromiso en nuestra vida.  Por eso Jesús nos dice hoy que quien quiera seguirlo tiene que esforzarse por cumplir en su vida la palabra dada a Dios.

El Señor critica hoy la postura de quienes dicen “si” a Dios de palabra para luego decirle “no”, porque se olvidan de su compromiso a la hora de la verdad, a la hora de poder contar con esas personas.  Se nos olvida con mucha frecuencia que ser cristiano es trabajar en la viña del Señor.

No tengamos miedo de decirle “sí” a Dios, no tengamos miedo del compromiso, porque nadie está dispensado de colaborar con Dios para hacer de este mundo, un mundo más humano y fraterno.  No nos desentendamos del “sí” dado a Dios, pensando que deben ser otros los que colaboren y participen, porque no son otros, sino que somos nosotros los llamados a comprometernos con Dios.

Pidámosle al Señor, con fe y humildad que sea Él quien nos ayude a seguirlo en nuestra vida de cada día y que cumplamos fielmente la palabra que le hemos dado, sin miedo al compromiso, porque Él nos dará mucho más de lo que nosotros hagamos por nuestro mundo o por nuestra Iglesia.

jueves, 17 de septiembre de 2026

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 


La liturgia de este domingo nos invita a descubrir a un Dios cuyos caminos y cuyos pensamientos están por encima de los caminos y de los pensamientos de los hombres.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recuerda que debemos buscar al Señor y seguir sus caminos; hay que dejar que Él sea el que guíe nuestra vida y no seguir los caminos erróneos de los hombres.

Si le preguntamos a la gente si creen en Dios, seguramente la mayoría nos diría que sí, pero ¿creemos en el Dios verdadero?  ¿No tenemos otros dioses a los cuales estamos sometidos y a los que les dedicamos más tiempo y más energías que al Dios verdadero?

Nuestra cultura actual, quiere prescindir de Dios.  Cree que el hombre es el único señor de su destino y que cada persona tiene derecho a construir su felicidad al margen de Dios y sus valores, considera que los antivalores del mundo pueden llegar a ser mejores que los valores de Dios.

Por eso el profeta Isaías nos invita a buscar a Dios, a volvernos a Él.  Es decir, a reorganizar nuestra vida, de modo que Dios sea el centro de nuestra existencia, que Dios ocupe siempre en nuestra vida el primer lugar.

Si volvemos a Dios, Dios tendrá compasión y misericordia de nosotros.  No nos encerremos en nosotros mismos.  Abramos nuestro corazón a Dios, dejemos que Él habite dentro de nosotros.  Dios no viene a destruirnos, ni a quitarnos nuestra libertad, sino que Dios viene a dignificarnos y hacernos felices.  Si buscamos, sinceramente a Dios, nunca quedaremos defraudados.  No demos nuestro corazón a los ídolos de este mundo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos muestra el dilema en el que se encuentra san Pablo; no sabe qué elegir si el bien de su muerte para unirse a Cristo para siempre, o seguir viviendo para ejercer su misión de servicio a la comunidad. 

Cada uno de nosotros tenemos una misión en el mundo y no podemos huir, renunciar o abandonar la tarea que Dios nos ha encomendado, hasta que esa tarea la llevemos hasta el final, aunque encontremos dificultades a la hora de cumplir con nuestra misión.  Como cristianos debemos saber que el trabajo que realicemos por y para el Señor no será inútil a pesar de las contrariedades que podamos tener.  Hay que seguir adelante con ánimo, confiando en la ayuda del Señor y la presencia del Espíritu Santo.

El Evangelio de san Mateo nos decía hoy que todos somos invitados a trabajar en la viña del Señor y no hay trabajadores de primera o de segunda clase.  Lo que hay es personas que aceptan la invitación del Señor.

Al escuchar este evangelio de hoy, podríamos pensar que Dios es injusto al pagar lo mismo a todos.  Pero Dios no es injusto porque les paga a todos lo que había convenido con cada uno.

Dios no nos da recompensas según pensamos que son nuestros méritos.  Todo lo que Dios nos da es un don gratuito, nos da lo que no hemos merecido.  Dios nos ama con amor infinito y generoso a todos, ¿por qué vamos a tener envidia de que ame a otros igual que a nosotros?  No olvidemos que Dios es bueno con todos, lo merezcamos o no.

El mercado de trabajo, en el sistema capitalista, pone precio a lo que hacen los obreros, pero no valora la dignidad de los trabajadores.  El sistema sólo tiene ojos para ver el rendimiento que producen los trabajadores, pero no su dignidad.  El Papa San Juan Pablo II en la encíclica “Laborem Exercens” (los que trabajan) decía que el sistema capitalista consideraba el trabajo como una mercancía, que ponía precio al esfuerzo del trabajador, pero menospreciaba la dignidad humana del obrero.

En el año de 1891, el Papa León XIII decía que el salario para ser justo no basta con haber sido fijado en el mercado, sino que debe ser suficiente para el trabajador.

Por eso hay que preguntarse: ¿cómo se puede fijar un salario mínimo para los demás, y asignarse a sí mismo los que fijan ese salario mínimo, un salario cien veces superior al salario mínimo?  ¿Se creen que son más que los demás?

En nuestras manos está que todos los seres humanos puedan ejercer su derecho a trabajar, a aportar su esfuerzo para incrementar el bienestar de todos y mejorar el mundo.  En nuestras manos está quitar las trabas que ponemos a ciertas personas y dar facilidades para que todos puedan trabajar y vivir con dignidad de su trabajo.

En nuestras manos está hacer que el trabajo no se reduzca a una mercancía, sino que sea la auténtica expresión del hombre, que, por el trabajo, coopera con Dios en la creación y en la vida y en la felicidad de todos.  Hay que darse cuenta que la vida no es un negocio, sino una convivencia y hay que superar esa mentalidad de pensar que el tiempo es oro, para convencernos de que el tiempo es la gran oportunidad para vivir como hermanos.  Sino no nos damos cuenta de todo esto, no tendremos futuro como humanidad.

No olvidemos que Dios no es un negociante, sino un Padre lleno de amor para con todos.

martes, 1 de septiembre de 2026

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 


 La liturgia de este domingo nos hace ver la responsabilidad que tenemos con nuestros hermanos que están cerca de nosotros.  No podemos ser indiferentes ante aquello que amenaza la vida y la felicidad de un hermano porque todos somos responsables de corregir y aceptar la corrección.

 La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos presenta la responsabilidad que tiene un profeta de corregir el mal de su pueblo.  El profeta debe ser el vigilante de sus hermanos, por eso debe estar siempre con los oídos bien abiertos y los ojos bien despiertos para escuchar y ver los peligros que acechan a su comunidad.

 El profeta debe denunciar todo aquello que está mal tanto en el mundo como en la vida de las personas.  Es verdad que Dios juzgará a cada uno según su propia conducta, pero también es verdad que somos responsables del mal que otros hacen por culpa nuestra o del bien que dejan de hacer por falta de ejemplo o de colaboración.

 Cuando vemos el mal en el mundo y en las personas y nos callamos, guardamos silencio, nos convertimos en cómplices de ese mal y esto conlleva consecuencias muy negativas tanto para las personas, como para las familias, como para una comunidad.

 Cuantas veces sabemos de algún joven que se droga y nos callamos, o de una personas alcohólica y nos callamos, o de un esposo agresivo y nos callamos y cuando ocurre una desgracia por culpa de nuestro silencio, entonces decimos: “Yo sospechaba algo” o “ah, si hubiera hecho”, “si hubiera dicho” ¿Pero ya para qué?  Por eso, no nos callemos ante el mal y esforcémonos por corregir a todo aquel que anda en malos pasos.

 La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos invita a poner como centro de nuestra vida cristiana, el mandamiento del amor.

 Amor.  Que palabra tan grande y tan profunda, pero también tan manipulada.  En nombre del amor se engaña, se estafa, se mal forman a los hijos, se malogran vidas.  El amor del que nos habla san Pablo, nada tiene que ver con el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas.  Cuantas veces decimos que es amor y lo que en realidad es egoísmo.  Pablo habla del amor que hace crecer, que genera vida.

 Amor no significa no corregir lo que está mal o permitir que los hijos hagan lo que quieren.  El amor verdadero genera vida y felicidad.  El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida, en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso sincero, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección cuando sea necesario.

 El evangelio de san Mateo nos propone hoy que ayudemos a los hermanos a tomar conciencia de sus errores.

 Por desgracia, cada día vivimos más en una sociedad individualista.  Esto se refleja incluso en el lenguaje cuando utilizamos frases como “es mi vida”, “que nadie se meta conmigo” “es mi problema” “que cada quien haga lo que quiera”.

 Es verdad, que en épocas pasadas tuvimos que soportar que las autoridades civiles y religiosas dirigiesen demasiado nuestra vida.  Aquello de antes no era bueno, pero es que ahora nos hemos pasado al otro extremo, en el que cualquier corrección sobre nuestra conducta hiere nuestra susceptibilidad.  Por eso es necesario que encontremos un equilibrio.

 En la sociedad civil tenemos leyes y normas que regulan nuestra convivencia, pero esas leyes y normas sólo nos dicen lo que no podemos ni debemos hacer, pero no orientan nuestra vida y mucho menos le dan sentido a la vida.  Es necesario en nuestra sociedad una moral y una ética que nos orienten y den respuestas al sentido de la vida.  Nosotros, como cristianos, tenemos esa moral que puede orientar y dar sentido a nuestra vida.

 Esto es lo que nos propone Jesús en el evangelio de hoy: la corrección fraterna.  Es decir la necesidad que todos tenemos de corregir y ser corregidos por los demás en nuestros defectos y errores y orientarnos por el buen camino.  Porque nadie puede decir que está tan seguro de sí mismo como para pensar que nunca comete errores. 

 Corregir no es fácil, porque cuando corregimos a alguien, a veces, no lo hacemos con cariño y respeto.  A veces, bajo el pretexto de corregir, lo que hacemos es humillar al otro que no piensa ni actúa como nosotros.  Por eso la corrección ha de hacerse con sumo cuidado que nunca haya duda de que esa corrección busca el bien del otro.  Y esto es importantísimo también en la familia, ya que es en la familia donde primero se ejerce la corrección y la orientación, y es ahí donde todos tienen que esforzarse para que la corrección y la orientación se hagan con respeto y cariño.

 Todos estamos invitados a descubrir y practicar este instrumento inmejorable para conseguir ser mejores.  Corregirnos y orientarnos mutuamente en el mandamiento que nos dejó Jesús: el amor a Dios y al prójimo, como Él nos ha amado.   Que Dios nos dé la sabiduría de corazón para hacerlo bien.

  

lunes, 24 de agosto de 2026

 

XXII DOMINGO DELTIEMPO ORDINARIO (CICLO A)




Las lecturas de este domingo nos dicen que a veces es difícil ser cristiano por las incomprensiones que lleva consigo y porque si queremos ser seguidores de Dios al cien por cien, el camino es difícil porque hay que tomar la cruz para seguir a Cristo.

 La 1ª lectura del profeta Jeremías nos hace ver que ser profeta no es una vocación fácil, cómoda y tranquila.  La historia de Jeremías, es la historia de todos aquellos a los que Dios llama a ser profetas.

 Ser profeta significa ser signo de Dios y de sus valores en este mundo y por lo tanto, el profeta tiene que enfrentarse a la injusticia, a la opresión, al pecado y cuestionar los intereses egoístas de los poderosos de este mundo; por eso el camino del profeta es un camino de críticas, calumnias, amenazas y mucho sufrimiento por ser fiel al encargo de Dios.

 El que halaga a la gente dice a la gente lo que la gente quiere y les gusta escuchar aunque no sea verdad. Por eso este tipo de personas son bien acogidos y recibidos.  El profeta no puede halagar a un pueblo que se aparta de Dios.

 Qué difícil es nadar contra corriente.  De igual forma, es arriesgado predicar lo que la gente no quiere oír, como también es una empresa difícil corregir los comportamientos o costumbres equivocadas de las personas.  Y esta es la misión ingrata, incómoda y llena de amargura del profeta.

 Por ello, anunciar la Palabra de Dios, muchas veces, es ocasión de incomodidad hasta de sufrimiento.  Y sin embargo el profeta no puede callarse porque está seducido por Dios y por su proyecto de amor que no se puede silenciar.  Por eso Jeremías decía: “Me sedujiste Señor, y me dejé seducir”.  Que bella declaración de entrega y de fe hecha a un Dios que es amor y que al amor nos invita.

 La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos dice que el culto que Dios quiere es el de nuestra vida, una vida vivida en amor, en servicio, en donación y en entrega a Dios y a los hermanos.

 El cristiano es alguien que no pacta con un mundo que se construye al margen o contra los valores de Dios.  Como cristianos no podemos estar de acuerdo con la violencia como medio para resolver los problemas, ni con la mentalidad materialista de conseguir las cosas a cualquier precio, ni con las leyes neoliberales que crean cada vez más pobres, ni con una globalización que favorece a unos pocos y aumenta la miseria.

 Por eso, San Pablo, nos dice que nuestra vida ha de ser “limpia y ejemplar”, ajustándonos a lo que agrada a Dios.

 El Evangelio de san Mateo pone frente a frente la manera de pensar de los hombres y la manera de pensar Dios.

 Pedro no acepta que seguir a Jesús signifique sufrimiento, tampoco quiere que Jesús sufra y por eso el Señor le llama la atención: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios”.

 Jesús no quiere el sufrimiento ni lo busca para Él ni para los demás.  La primera predicción de Jesús fue una invitación a ser felices.  Entonces, ¿Qué nos quiere decir Jesús hoy al decirnos que hemos de tomar nuestra cruz?

 ¿Por qué sufrir?  Hay sufrimientos que salen de las entrañas de nuestro ser.  En lo más profundo de nuestro ser hay un deseo ilimitado de felicidad y cuando no la alcanzamos, nos llenamos de sufrimientos.  Por eso es importante que nos demos cuenta que los seres humanos somos limitados, es decir, somos finitos, nos enfermamos, sufrimos y morimos.  Si aceptamos que somos seres limitados, hemos de aceptar que el sufrimiento ha de llegar. Es algo natural a nuestro ser el enfermarnos, envejecer, morir y tantos otros límites.

 Pero en nuestra vida encontramos también otros sufrimientos que creamos nosotros para nosotros mismos y para los demás.   Son los sufrimientos que son fruto de nuestros egoísmos e injusticias: el reparto injusto de los bienes, el hambre, la violencia, etc.  Nosotros generamos dolor y sufrimiento al apoderarnos de lo que no nos pertenece; generamos dolor con el terrorismo y las guerras.  Estos sufrimientos son malos y los podemos y debemos evitar.

 Dios nos pide que de ningún modo nosotros provoquemos sufrimiento a los demás, sino que nos ayudemos a vivir dignamente.  Cuando se ama y se vive intensamente la vida, no se puede ser indiferente al dolor de los demás.  ¿Cómo podemos disfrutar sabiendo que se sufre a nuestro lado?

 Jesús buscó aliviar los sufrimientos de la gente, buscó la felicidad para todos.  Y esto lo llevó a la cruz porque sus enemigos no aceptaron lo que Jesús hacía y decía y Jesús no huyó, fue consecuente y aceptó la cruz por fidelidad y amor.

 Convenzámonos, “llevar la cruz” siguiendo a Jesús no significa añadir y buscar para nuestra vida nuevos sufrimientos, nuevas mortificaciones y nuevas cargas, como si esto nos identificara más con el crucificado. Quien de verdad quiere seguir a Jesús no se pone a buscar sufrimientos, se dispone a seguir el camino de Jesús que es desvivirse por los demás.

lunes, 17 de agosto de 2026

 XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de hoy son una invitación a confesar nuestra fe en Jesucristo, el Hijo de Dios.  La fe no es una opinión sobre Jesús, sino una respuesta a Jesús que nos cuestiona nuestro estilo de vida.  La fe no es algo rutinario sino una responsabilidad y un compromiso personal con Dios.

 La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al mayordomo Sobná que abusa del poder que tiene y por eso Dios lo destituye de su cargo por haber usado su cargo en beneficio propio, y no como un servicio en favor de los demás.

 Esta primera lectura nos invita a reflexionar sobre el sentido del poder.  El poder es un servicio a la comunidad.  Quien ejerce el poder, debe hacerlo con cuidado, con bondad, con compresión, con tolerancia, con misericordia y pensando siempre en los demás.  La autoridad no es cuestión de poder sino de servir a todos.  El que tiene el poder no puede usarlo para satisfacer sus intereses personales.

 Sobná ejercía el poder, asociado a la corrupción, al aprovechamiento del servicio de la autoridad para fines egoístas e intereses personales. Y Dios nos dice que el ejercicio del poder sólo tiene sentido en cuanto está al servicio del bien común.  El ejercicio de un cargo público no es para buscar intereses personales sino para ejercerlo en beneficio del bien común.

 Por desgracia los abusos de poder de algunos gobernantes no han cambiado desde entonces.  Muchos utilizan el poder para su propia ambición, o por delirios de grandeza, negocios sucios, éxito del partido o como tapadera de sus propios intereses.

 Nosotros como creyentes tenemos que estar dispuestos a poner fin a estas situaciones, no viviendo de forma superficial sino viviendo desde el Evangelio, aunque ello a veces nos complique la vida.  Puede ser que eso no cambie mucho las cosas, pero al menos no nos sentiremos cómplices de la injusticia.

 La 2ª lectura de san Pablo a los romanos en una invitación a contemplar la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios.  Nosotros, tenemos que reconocer nuestra incapacidad de entender los proyectos de Dios, porque Dios, en su infinita sabiduría, nos sobrepasa completamente.

 El verdadero creyente no es aquel que “sabe” todo sobre Dios, que cree conocerlo perfectamente y dominarlo; sino que es aquel que con honestidad y verdad reconoce su pequeñez y se pone confiadamente en las manos de Dios y con asombro y admiración adora y alaba a Dios.

 El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a Jesús preguntado: “¿quién dice la gente que soy yo?” “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

 ¿Quién es Jesús? ¿Qué es lo que dicen los hombres de Jesús?  Muchas personas ven a Jesús como un hombre bueno, generoso, atento a los sufrimientos de los otros, que soñó con un mundo diferente; otros ven en Jesús a un admirable maestro de moral; otros ven a Jesús como un revolucionario, preocupado en construir una sociedad más justa y más libre, que intentó promocionar a los pobres y marginados.

 Estas maneras de ver a Jesús, es verlo como un simple hombre, un hombre especial y excepcional, pero un hombre que marcó la historia y dejó un recuerdo imborrable.

 Pero Jesús fue algo más que un simple hombre.  Él fue y es “el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

 La propuesta de vida que Él presentó no es, solamente, una propuesta de un hombre bueno, sino que es una propuesta de Dios para ser feliz y salvarnos.

 Pero hoy Jesús nos pregunta a todos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”  Es una pregunta par que nos demos cuenta cuál es el lugar que Cristo ocupa en mi vida.

 Responder a esta pregunta nos obliga a pensar en el significado que Cristo tiene en mi vida, en la atención que le doy a sus propuestas, en la importancia que sus valores tienen en mis decisiones, en el esfuerzo que hago o que no hago para seguirlo.  ¿Quién es Cristo para mí? ¿Qué pienso yo de Jesús vivo que me habla, me acoge, me acompaña; qué me dice, que guardo de Él?

 Pero también hoy hemos de preguntarnos: ¿Qué es la Iglesia?  Porque Jesús le dijo a Pedro: “Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia”.  De esta manera Jesús asegura su presencia entre nosotros por medio de la Iglesia y a través de una cabeza visible: el Papa. 

 Pedro y sus sucesores, como “piedras” que son, puestas por Cristo, hacen posible la unidad de la fe en la Iglesia, no por sus capacidades humanas, sino porque: “¡Dichoso tú, Simón, Hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos!”

 Creamos en la Iglesia y amemos a la Iglesia, fundada por Jesús para ser signo e instrumento de nuestra unión con Dios, para ser signo e instrumento de unión de los hombres entre sí, bajo la guía de los sucesores de aquel Pedro que recibió de Jesús el poder de las “llaves del Reino de los Cielos, que recibió de Jesús el poder de “atar y desatar””



 



lunes, 10 de agosto de 2026

 XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Las lecturas de este domingo nos manifiestan que Dios quiere que todos los hombres se salven, a todos nos llama a la salvación sin distinción de raza ni lugar.  Todos somos uno en la fe.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace un anuncio maravilloso y esperanzador: Dios llama a todos los hombres de la tierra a participar en su salvación.

El profeta Isaías quiere construir un pueblo, una comunidad agradable a Dios, una comunidad formada por todos los grupos de personas que vivían en Israel.  Pero Isaías encuentra dificultades, porque los israelitas se creían el único pueblo de Dios y por ello cometían injusticias y divisiones contra los extranjeros.

Nosotros también, muchas veces, queremos ponerle límites a Dios.  Hemos construido fronteras artificiales para separar un país de otro; nos aislamos de las personas que no piensan como nosotros o que no son como nosotros.  Incluso vemos cómo nacen y se mantienen guerras por la independencia de un país o de una región.

Sin embargo, a Dios no le gustan las fronteras.  No le gusta la discriminación por ser de una familia concreta, de una lengua, de una nación o de una raza.  Para Dios la salvación es universal: para todos los hombres y para todos los pueblos.

Tengamos nosotros también esta visión universalista para acoger a todos los seres humanos, vengan de donde vengan, tengan la cultura que tengan, sean de la raza que sean.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos habla también de la universalidad de la salvación. 

San Pablo se dirige especialmente a los que no son judíos y se lamenta de que los judíos, los de su raza, han rechazado a Cristo.

Y nosotros. ¡Cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuántas veces no le hemos dado la espalda a Dios!  ¡Cuántas veces porque Dios no nos concede lo que le hemos pedido nos alejamos de Él!  ¡Cuántas veces, porque Dios no nos cumple nuestro capricho o nos hace esperar un poco, le protestamos o incluso nos alejamos de Él!

Por eso san Pablo nos decía hoy: Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos”.

El evangelio de san Mateo nos ha presentado a una mujer cananea, gritando y pidiendo curación para su hija.  Esta mujer es un ejemplo de fe y de cómo tenemos que orar, es decir, pedirle a Dios.

En tiempos de Jesús la discriminación era un hecho patente: los judíos no se hablaban con los samaritanos, los extranjeros eran mal vistos y los romanos eran odiados.

Jesús trata con todas las personas.  Para Él no existen barreras. Y nos pide que nosotros también derribemos las barreras que hayamos podido levantar en nuestro corazón y los muros de separación tanto religiosos como sociales.

Esta mujer superando las barreras de raza y religión se acerca a Jesús y grita: “¡Te compasión de mí!”  Y Jesús pone a prueba la fe de esta mujer.  Pero esta mujer insiste, se pone de rodillas y le pide a Jesús: “Señor, ayúdame”.  Jesús se conmueve de la fe de esta mujer y le realiza el milagro.

Esta mujer no pide nada para ella misma.  Ella piensa sólo en su hija.  Esta mujer es un verdadero modelo de creyente, de oración confiada e insistente.

Fe y oración son los dos elementos principales que aparecen en este evangelio de hoy. 

Hay muchos creyentes que han perdido la costumbre de rezar.  Hay muchos que ya han olvidado las oraciones que aprendieron de niños. Hay otros que desean rezar pero no saben por dónde empezar.

Tenemos que recuperar la sana costumbre de rezar en la mañana y en la noche.  Hay gente que cuando se levantan no quieren llegar tarde a sus ocupaciones y por eso van de prisa.  Sin embargo, el despertar no es algo superficial, sino un acontecimiento importante: Dios nos está regalando un nuevo día para vivir.

Es el momento para darle gracias a Dios por el nuevo día y pedir su fuerza y su luz.  Dios nos acompañará a lo largo del día.  Podemos hacer alguna oración conocida que nos ayude a darle gracias a Dios.

La oración de la noche es también importante.  Nos disponemos a descansar de las tensiones y trabajos del día.  Dormir es abandonarse confiadamente en las manos de Dios.  Es el momento de pedir perdón y confiarnos a la misericordia de Dios con una oración sencilla.

¡Ojalá no nos olvidemos nunca de rezar con la misma fe y sencillez de esta mujer cananea que movió el corazón de Cristo para que le hiciera el milagro de la curación de su hija!

 

lunes, 3 de agosto de 2026

 XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a descubrir la manera de librarnos de todos los temores y miedos  en los que a veces se ve envuelta nuestra vida.  Una manera de hacerlo es buscar refugio en Dios, un Dios que no se impone a la fuerza, sino que quiere que nosotros lo aceptemos libremente.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos relata el encuentro de Elías con Dios.

En nuestro mundo actual hay demasiado ruido; demasiados gritos; las armas no están calladas.  Intentar encontrarse con Dios en medio de este estilo de vida que vivimos es a veces muy difícil. Todos los seres humanos queremos buscar a Dios y encontrarnos con Él, pero a Dios no lo vamos a encontrar en la violencia, el ruido, en la guerra, en la prisa con la que vamos siempre viviendo nuestra vida.

Si queremos encontrarnos con Dios, es necesario hacer silencio en nuestra vida para reflexionar y orar.  Es en la serenidad y tranquilidad donde vamos a     sentir el suave murmullo de Dios, donde vamos a sentir la caricia de Dios y donde vamos a encontrar paz.

Cuando estemos angustiados, cuando pasemos por momentos de sufrimientos, en nuestras dudas, no nos cansemos nunca de buscar a Dios, pero busquemos a Dios con sencillez, con humildad y Él se hará presente en nuestra vida, no de una manera espectacular sino de una manera sencilla como lo hizo con el profeta Elías.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos manifestaba la gran pena que san Pablo sentía por su pueblo, ya que, habiendo sido elegido el pueblo judío como el nuevo pueblo de Dios, no aceptaron a Jesús como su Mesías y Salvador.

Esta lectura es una gran advertencia para nosotros.  A nosotros se nos ha ofrecido el conocimiento de Dios, se nos ha ofrecido la fe, la Buena Noticia de la Salvación.  ¿Cuál es nuestra aptitud? ¿Aceptamos a Cristo en nuestra vida o dudamos de Él y su mensaje o nos es indiferente? 

 Como dice san Pablo, si nosotros, que somos cristianos de toda la vida y se nos ha ofrecido el mensaje de salvación de Dios, no lo aceptamos y no vivimos coherentemente con nuestra fe, la salvación será ofrecida a otros que quizás aún no conocen a Dios pero que sí quieren recibir los beneficios de esa salvación que Dios nos ofrece.

Si hemos sigo elegidos por Dios, hagamos vida nuestra fe.

En el Evangelio de san Mateo Jesús le dice a sus discípulos: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”

El ser humano es un ser con muchos miedos.  Tenemos miedo de muchas cosas: a la muerte, al sufrimiento y al dolor, a la incomprensión, a la soledad, a perder lo que tenemos, al futuro, a las personas que no conocemos.  El miedo nos paraliza, nos hace vivir a la defensiva.

¿Qué podemos hacer con nuestros miedos?  ¿Olvidarnos de ellos?  ¿No hacerles caso? ¿Huir de ellos?  Huir del miedo es lo que hace la mayoría de las personas.  Otros huyen del miedo teniendo muchas cosas, viajando, siempre de prisa de un lugar a otro, buscando diversiones a cualquier precio.

Pero ¿realmente podemos vencer el miedo con diversiones y evasiones?  No es tan fácil librarse de los miedos en nuestra vida.  Normalmente cuando vencemos un miedo, viene otro a ocupar su lugar.  Además huir de los miedos no significa superarlos.  Y por eso cuando parece que huyendo de nuestros miedos los hemos superado, aparecen de nuevo.

Jesús cuando se encuentra con Pedro asustado por la tempestad no le dice que huya, que salga corriendo.  Le dice que confíe en Él.  Confiar en Jesús es lo mismo que tener fe.

La fe es necesaria para vencer nuestros miedos y superar las dificultades de la vida.  Por ello, el problema no es no tener miedo, ya que los miedos son algo propio del ser humano, el problema es no confiar en Dios.

La fe consiste en saber que Dios se encuentra siempre a mi lado, para ayudarme a superar los miedos.  Dios, siempre nos toma de su mano y nos conduce por caminos seguros.

En el mundo hay muchas cosas negativas que nos causan temor y miedo, pero si tenemos fe, si confiamos en Dios, podremos vencer todos esos miedos.  Con la ayuda de Dios podemos superar el miedo que nos paraliza a trabajar por un mundo mejor.  Con la ayuda de Dios podemos superar nuestros miedos y caminar alegres por la vida.