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lunes, 19 de octubre de 2026

 XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos dice que el amor es lo que Dios pide, o incluso, el amor es lo que Dios exige a cada creyente.  Que nuestro corazón se sumerja en el amor.

 

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha relatado cómo el pueblo de Israel, una vez que se estableció como pueblo y se organizaron socialmente se olvidaron que una vez fueron pobres y cerraron su corazón a los necesitados y muchas veces se convirtieron en opresores, aprovechándose de los inmigrantes pobres, viudas y huérfanos. 

 

Si le echamos una mirada a nuestro mundo, vamos a descubrir que esta situación que se denuncia en esta lectura sigue estando presente entre nosotros.  Hay muchísimos pobres que sólo cuentan con sus manos para trabajar, que no tienen tierra, ni dinero, ni conocimientos, ni influencias y por lo tanto son mano de obra barata. 

 

Cuantas personas hoy son explotadas, utilizadas, maltratadas, condenadas a una vida solitaria.  Me refiero a esas personas que tienen sida, y son expulsados de sus hogares, condenados a vivir una vida de sombras, lejos, muchas veces, de sus hogares; cuántos enfermos incurables son abandonados, condenados a la soledad, y a veces los escondemos y evitamos que los vean.  Necesitamos aprender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los más débiles, los más necesitados, los más abandonados, deben ser respetados, protegidos y amados.

 

Dios no acepta un mundo construido de esta forma y por lo tanto, nosotros como creyentes, no podemos tolerar estas situaciones en las que se violan los derechos y la dignidad de los pobres.  ¿Podemos ser cristianos y a la vez se explotadores de los más necesitados? 

 

Hoy Dios nos dice que Él está a favor de los débiles, de los necesitados.

 

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos pone el ejemplo de unos cristianos: los tesalonicenses.  Ellos son el prototipo, son ejemplo de una comunidad cristiana, de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al Evangelio de Jesús.

 

Estas personas habían experimentado que los ídolos no salvaban a nadie.  Y aceptaron el mensaje evangélico.  Por eso san Pablo da gracias a Dios. 

 

El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla que ofrece muy grandes cosechas calladamente.  La fe cristiana es como una semilla que germina en buenas obras.  Por eso es necesario sembrar el mensaje de Dios, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.  No lo podemos callar.  Es pues, con nuestro ejemplo como tenemos que evangelizar a este mundo que quiere prescindir de Dios.

 

Por ello, quien conoce a Dios, debe abandonar los ídolos, quien conoce el bien tiene que alejarse del mal, quien conoce la verdad tiene que dejar atrás el engaño.  Seamos ejemplo de vida cristiana para todos los que nos conozcan.

 

El Evangelio de san Mateo nos recuerda lo esencial, lo verdaderamente importante, el único mandamiento que realmente hay que cumplir, porque cumpliendo éste se cumple con todo lo demás.

 

El amor, sí el amor, esa palabra que tanto significa y que tan mal utilizamos, a veces.  El amor, esa asignatura que reprobamos demasiadas veces.  El amor, eso que tanto necesitamos y que tan pocas veces saboreamos.

 

Amar a Dios, amar al prójimo y amarse a uno mismo.  Esto es lo que nos pedía Jesús.  Quizás el problema de tanto desamor en el mundo es que no hemos aprendido a amarnos a nosotros mismos.  Hemos querido amar a Dios y al prójimo y nos faltaba algo fundamental: el amor hacia nuestra propia persona, eso que los psicólogos llaman autoestima, tan necesaria para vivir con plenitud.  Un amor hacia nosotros mismos que nada tiene que ver con el egoísmo y el orgullo.

 

Y ¿cómo podemos edificar nuestra autoestima?  Primero necesitamos humildad, mucha humildad para aceptarnos con nuestros defectos y cualidades; humildad para aceptar nuestra historia con todo lo bueno y malo que hay en ella; humildad para reconocernos poca cosa, y a la vez como lo más importante del mundo, porque cada uno de nosotros es únicos y queridos por Dios.

 

Nuestro mundo cree que la felicidad, está en tener muchas cosas, en ser más que nadie, en aparentar.  Pero Dios nos propone otro camino, el camino de ser hijos suyos y hermanos todos.  Hay que empezar por reconocernos como hijos de Dios y hermanos.  Hay que descubrir que nuestra dignidad no depende de las cosas que tengo, ni de mis cualidades, ni de lo que hago, sino del amor que Dios me tiene.

 

Es triste que poco a poco, la falta de amor vaya haciendo de nosotros un ser solitario, un ser nunca satisfecho, que la falta de amor vaya deshumanizando nuestros esfuerzos y luchas por obtener unos determinados objetivos políticos y sociales.

 

Si nos falta amor nos falta todo. Hemos perdido nuestras raíces. Hemos abandonado la fuente más importante de vida y felicidad. Dios nos ha creado para amar.

lunes, 12 de octubre de 2026

 



La liturgia de este domingo nos dice que Dios es nuestra prioridad; pero nos avisa también que Dios nos convoca a un compromiso efectivo en la construcción del mundo. Hoy, también, celebramos el Domund.

 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recordaba que Dios es el verdadero Señor de la historia y que Él es el que nos conduce a la felicidad y realización plena.  Los hombres somos instrumentos de los que Dios se sirve para realizar sus proyectos de salvación.

 

Sólo Dios es grande, sólo Dios es el Señor.  Por eso quienes dan culto a un hombre, quien se apoya en el hombre, comete la simpleza de agarrarse a una rama seca y quebradiza, pensando que así podrá salvarse de morir enterrado.

 

Fuera de Dios nadie podrá hacer nada que realmente nos sirva de algo.  “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mi no hay Dios”, nos decía hoy la primera lectura.

 

La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses nos presenta el ejemplo de una comunidad cristiana que pone a Dios en el centro de su camino.

 

Hoy, una comunidad cristiana que viva, con fidelidad y entusiasmo, la fe, la esperanza y la caridad, no es noticia; sin embargo, los medios de comunicación social explotan, con gusto, la vida de una comunidad cristiana que esté marcada por escándalos, por infidelidades. 

 

Por eso san Pablo nos invita a fijarnos en los testimonios de fe, de amor y de esperanza que hay a nuestro alrededor y a que veamos ahí la presencia y la acción de Dios en el mundo.

 

El Evangelio de San Mateo nos presentaba hoy esa frase tan polémica: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

 

Más de una vez se ha usado esta frase para defender la total separación entre el ámbito político y el ámbito religioso o también se  ha utilizado como excusa para no afrontar los deberes ciudadanos frente al bien común.  No se refería a esto Jesús cuando dijo esta famosa frase.  Todo cristiano tiene que cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones políticas y con sus obligaciones religiosas, tanto se trate de la obligación de mandar como de la obligación de obedecer.

 

Lo que Cristo condena con toda claridad es la manipulación de la religión a favor de un partido o gobierno, pero al mismo tiempo también denuncia al gobierno que impone una religión.

 

Siempre han existidos gobernantes que confunden su propio proyecto político con la causa de Dios, pero también ha habido representantes de Dios que han querido tener poder político.  Por eso se han manipulado autoridades pero también nos hemos callado antes injusticias con nuestro silencio e indiferencia, como si el cristiano no tuviera que exigir justicia y verdad. 

 

Por supuesto que Jesús no pone a Dios y al César al mismo nivel.  Jesús afirma la primacía de Dios.

 

Devolver a Dios lo que es de Dios supone reconocer que sólo Él es el Señor, pero también supone devolverle el pueblo, la creación y su proyecto de justicia y fraternidad. Nadie queda excluido de la obligación de promover una verdadera justicia y nadie puede esconderse en la sacristía en los momentos de crisis donde urge la presencia, la valentía y el dinamismo de los cristianos. Pero tampoco nadie puede apropiarse la inteligencia y la bondad divina utilizando la religión para sus proyectos personales o partidistas.

 

El verdadero cristiano no puede permanecer indiferente ante la política como si la religión fuera un tranquilizante; al contrario, hay que llevar el Evangelio y la presencia de Dios a la vida social, económica y política.

Hoy celebramos el Domund.  Como nos dice el papa León en su Mensaje para esta jornada, "ningún bautizado es ajeno o indiferente a la misión; todos, cada uno según su vocación y condición de vida, participan en la gran obra que Cristo confía a su Iglesia". "Uno en Cristo, unidos en la misión" es el lema de este año. Con Cristo, con Jesús, hacemos de nuestra vida misión. Recordamos a quienes dan su vida, su tiempo, lo que son, en esta tarea de hacer presente el Reino en nuestro mundo. Y nos sentimos unidos a todos ellos y a quienes comparten su vida en territorios de misión. 




lunes, 5 de octubre de 2026

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

 

Las lecturas de este domingo son una invitación de parte de Dios a que seamos felices, porque Dios lo que desea para todos es la felicidad y por eso cada vez que celebramos la eucaristía somos invitados al banquete festivo con su Hijo Jesús.

 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de un banquete donde Dios nos dará su paz y secará las lágrimas de nuestros ojos.

 

Hoy como ayer, el mundo nos ofrece muchos supuestos “salvadores” de todos nuestros problemas, por eso el profeta Isaías nos llama a la esperanza porque sabemos que Dios nos va a salvar y podremos celebrar gozosos con Él nuestra salvación.

 

Dios tiene un proyecto de vida para cada uno de nosotros, y ese proyecto de vida es para todos, nadie queda excluido, a no ser que él no quiera.  Hay personas que piensan que Dios nos ha abandonado, y no es así.  Nosotros sus hijos no somos una humanidad abandonada a su suerte, somos personas a las que Dios ama, a quienes invita a formar parte de su familia y a quienes ofrece la vida plena y definitiva.  Tenemos que tomar conciencia de que no vamos solos por el mundo, Dios nos acompaña, por eso hemos de tener esperanza y confianza en nuestro caminar por esta tierra.

 

Ahora bien, hemos de aceptar la invitación que Dios nos hace a formar parte de su familia si queremos participar un día de una fiesta de vida eterna.  Y aceptar la invitación de Dios significa poner como prioridad en nuestra vida el amor, dar testimonio de los valores del Reino y construir, ya aquí, una nueva tierra de justicia, de solidaridad, de compartir y de amor.

 

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos hace ver que San Pablo está acostumbrado a todo.  Sabe vivir en pobreza y en abundancia.  Conoce tener de sobra y vivir en escasez.  Se ha ejercitado en la paciencia frente a las grandes dificultades a la hora de anunciar el Evangelio.

 

San Pablo nos ofrece hoy una regla de oro para vivir nuestra fe.  Nos dice que ni pobreza ni riqueza han de ser objeto de nuestras preocupaciones diarias.  Ser cristiano implica abrir el corazón a las necesidades de los hermanos pobres y desfavorecidos y compartir nuestra vida y nuestros bienes.

 

Por eso ni la pobreza ni la riqueza nos deben intranquilizar ni hacernos perder la paz, la alegría, en cualquiera de esas dos situaciones en las que nos encontremos.  Lo importante es vivir en armonía y amistad con Dios y en solidaridad con los hermanos: ya sea en pobreza o en abundancia.

 

El hombre no es más feliz por tener muchos bienes económicos sino por necesitar pocas cosas para poder desarrollar su vida.  Recordad las palabras que hoy nos decía San Pablo: “todo lo puedo en Aquel que me conforta” es decir que la verdadera paz y felicidad la tienen aquellos que han puesto su confianza únicamente en el Señor.

 

El Evangelio de San Mateo nos decía hoy que el Reino de los cielos se parece a un rey que celebra la boda de su hijo.

 

Todos somos invitados a formar parte del Reino de Dios.  Pero cada uno tiene que decidir y escoger si quiere o no formar parte de la familia de Dios.  Somos libres de pensar y de actuar y Dios quiere que respondamos libremente a su invitación, quiere que vivamos en libertad aquí en esta vida, y que en libertad decidamos también nuestra vida futura.

 

Los invitados no aceptaron la invitación, tenían otros asuntos más importantes.  Estas personas son aquellos que están demasiado ocupados en escalar puestos en la vida, o en conquistar la fama, o en imponer a otros sus criterios, o en disfrutar del dinero. Hay muchas personas que no les interesa Dios porque lo único que les interesa es el saber o la ciencia o simplemente la justicia social o sus negocios o el futuro.  Estas personas no tienen el corazón abierto y disponible para las propuestas de Dios. Son aquellas personas que dicen que Dios puede esperar, porque ellos tienen ocupaciones más importantes.

 

Aunque muchos no acepten la invitación de Dios, la fiesta no se suprime: se llama a los que están en los cruces de los caminos y así se llena la sala.  Estas personas que aceptan la invitación son todos aquellos que, a pesar de sus limitaciones y de sus pecados, tienen el corazón disponible para Dios y para los desafíos que Dios les propone.

 

Hay un detalle importante en la parábola, el Señor exige un “traje de fiesta” para entrar con dignidad al banquete.  Esto quiere decir que no se es cristiano por el simple hecho de estar bautizado.  La salvación no es una conquista, hecha de una vez para siempre, sino un sí a Dios siempre renovado, y que implica un compromiso real, serio y exigente con los valores de Dios.  Tenemos que diariamente hacer una opción por Dios.  No podemos tener un compromiso a medias con Dios, sino que hay que comprometerse seria y coherentemente con Él cada día de nuestra vida.  El traje que pide Jesús es tener una mente, un corazón y una vida al estilo de Dios.

 

Ser cristiano no es cuestión de teoría sino de compromiso con Dios.

 


lunes, 21 de septiembre de 2026

 XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a cambiar.  A superarnos.  Dios siempre está esperándonos.  Hay que ser humildes y convertirnos a Dios y así podremos agradar al Señor y convencernos que, el mundo, necesita más que nunca de la presencia de Jesucristo.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos dice hoy que cada uno es responsable de lo que hace; no se vale echarles la culpa a los demás o a Dios.

Las personas nunca quieren echarse la culpa de nada de lo que ocurre.  Hay personas que no tienen lo más mínimo para vivir dignamente.  La culpa es de la economía internacional.  Hay situaciones de violencia y de injusticia.  La culpa es del gobierno que no cumple las leyes ni pone suficientes policías.

Esta manera de pensar hace que siempre encontremos una excusa a los males presentes ya que pensamos que son otros los que los causan.  Es cierto que somos solidarios en los pecados sociales y comunitarios, pero Dios juzgará a cada uno según su personal responsabilidad y conducta.  Por eso el profeta Ezequiel levantó su voz para decir que cada uno es responsable de lo que hace sea para bien o para mal.

Ciertamente que a veces, la familia o las circunstancias en las que vivimos pueden influirnos a la hora de hacer el bien o el mal, pero siempre tendremos la oportunidad de cambiar. No debemos decir que no podemos cambiar porque venimos de una familia desintegrada o vivimos en un barrio de gente de mal vivir.  No podemos decir que porque mis padres son ladrones yo también tengo que serlo y así justificarnos para no cambiar y dejarlo que todo siga igual. 

Es cada persona quien dará cuentas al Señor de su conducta.  Y no se vale echarle la culpa a los papás, o a la sociedad en la que vivimos.  Tenemos que ver cuál es nuestra responsabilidad en tantos males como hay en la sociedad y no echarles siempre la culpa a los demás de lo que ocurre o de lo que soy.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses nos invita a que nos comportemos y vivamos de modo humilde y servicial como lo hizo Jesús.

Los valores que vivió Cristo, no son demasiado apreciados en muchos ambientes de nuestro mundo.  Para la sociedad, los grandes ganadores no son los que ponen su vida al servicio de los demás con humildad y sencillez, sino que son los que se enfrentan al mundo con agresividad, con autosuficiencia y se esfuerzan por ser los mejores, aunque eso signifique emplear cualquier medio para alcanzar sus metas y superar a los demás. 

Nosotros tenemos que seguir el ejemplo de Cristo que con su humildad y su servicio nos ha salvado.

El Evangelio de San Mateo nos habla de un padre que manda a sus dos hijos a trabajar a la viña, los dos responden de distinta manera, uno le dice que sí pero luego no va, el otro le dice que no pero luego va. 

Ante la llamada de Dios, hay dos posibles respuestas.  Hay quienes escuchan la llamada de Dios, pero no se quieren comprometer porque les da miedo el compromiso y no van a trabajar a la viña del Señor, aunque le hayan dicho que sí a Dios; y hay quienes acogen la llamada de Dios y le responden de forma generosa.  ¿De qué lado estoy yo?

No basta con decirle “sí” a Dios, a la hora de trabajar o comprometernos en un apostolado en la viña del Señor, sino que lo importante es vivir un verdadero compromiso en la viña del Señor.

Con Dios tenemos que ser coherentes, no puede haber contradicción entre lo que decimos y lo que hacemos, porque seguir a Jesús no es cuestión de palabras, sino de compromiso en nuestra vida.  Por eso Jesús nos dice hoy que quien quiera seguirlo tiene que esforzarse por cumplir en su vida la palabra dada a Dios.

El Señor critica hoy la postura de quienes dicen “si” a Dios de palabra para luego decirle “no”, porque se olvidan de su compromiso a la hora de la verdad, a la hora de poder contar con esas personas.  Se nos olvida con mucha frecuencia que ser cristiano es trabajar en la viña del Señor.

No tengamos miedo de decirle “sí” a Dios, no tengamos miedo del compromiso, porque nadie está dispensado de colaborar con Dios para hacer de este mundo, un mundo más humano y fraterno.  No nos desentendamos del “sí” dado a Dios, pensando que deben ser otros los que colaboren y participen, porque no son otros, sino que somos nosotros los llamados a comprometernos con Dios.

Pidámosle al Señor, con fe y humildad que sea Él quien nos ayude a seguirlo en nuestra vida de cada día y que cumplamos fielmente la palabra que le hemos dado, sin miedo al compromiso, porque Él nos dará mucho más de lo que nosotros hagamos por nuestro mundo o por nuestra Iglesia.

jueves, 17 de septiembre de 2026

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 


La liturgia de este domingo nos invita a descubrir a un Dios cuyos caminos y cuyos pensamientos están por encima de los caminos y de los pensamientos de los hombres.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recuerda que debemos buscar al Señor y seguir sus caminos; hay que dejar que Él sea el que guíe nuestra vida y no seguir los caminos erróneos de los hombres.

Si le preguntamos a la gente si creen en Dios, seguramente la mayoría nos diría que sí, pero ¿creemos en el Dios verdadero?  ¿No tenemos otros dioses a los cuales estamos sometidos y a los que les dedicamos más tiempo y más energías que al Dios verdadero?

Nuestra cultura actual, quiere prescindir de Dios.  Cree que el hombre es el único señor de su destino y que cada persona tiene derecho a construir su felicidad al margen de Dios y sus valores, considera que los antivalores del mundo pueden llegar a ser mejores que los valores de Dios.

Por eso el profeta Isaías nos invita a buscar a Dios, a volvernos a Él.  Es decir, a reorganizar nuestra vida, de modo que Dios sea el centro de nuestra existencia, que Dios ocupe siempre en nuestra vida el primer lugar.

Si volvemos a Dios, Dios tendrá compasión y misericordia de nosotros.  No nos encerremos en nosotros mismos.  Abramos nuestro corazón a Dios, dejemos que Él habite dentro de nosotros.  Dios no viene a destruirnos, ni a quitarnos nuestra libertad, sino que Dios viene a dignificarnos y hacernos felices.  Si buscamos, sinceramente a Dios, nunca quedaremos defraudados.  No demos nuestro corazón a los ídolos de este mundo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos muestra el dilema en el que se encuentra san Pablo; no sabe qué elegir si el bien de su muerte para unirse a Cristo para siempre, o seguir viviendo para ejercer su misión de servicio a la comunidad. 

Cada uno de nosotros tenemos una misión en el mundo y no podemos huir, renunciar o abandonar la tarea que Dios nos ha encomendado, hasta que esa tarea la llevemos hasta el final, aunque encontremos dificultades a la hora de cumplir con nuestra misión.  Como cristianos debemos saber que el trabajo que realicemos por y para el Señor no será inútil a pesar de las contrariedades que podamos tener.  Hay que seguir adelante con ánimo, confiando en la ayuda del Señor y la presencia del Espíritu Santo.

El Evangelio de san Mateo nos decía hoy que todos somos invitados a trabajar en la viña del Señor y no hay trabajadores de primera o de segunda clase.  Lo que hay es personas que aceptan la invitación del Señor.

Al escuchar este evangelio de hoy, podríamos pensar que Dios es injusto al pagar lo mismo a todos.  Pero Dios no es injusto porque les paga a todos lo que había convenido con cada uno.

Dios no nos da recompensas según pensamos que son nuestros méritos.  Todo lo que Dios nos da es un don gratuito, nos da lo que no hemos merecido.  Dios nos ama con amor infinito y generoso a todos, ¿por qué vamos a tener envidia de que ame a otros igual que a nosotros?  No olvidemos que Dios es bueno con todos, lo merezcamos o no.

El mercado de trabajo, en el sistema capitalista, pone precio a lo que hacen los obreros, pero no valora la dignidad de los trabajadores.  El sistema sólo tiene ojos para ver el rendimiento que producen los trabajadores, pero no su dignidad.  El Papa San Juan Pablo II en la encíclica “Laborem Exercens” (los que trabajan) decía que el sistema capitalista consideraba el trabajo como una mercancía, que ponía precio al esfuerzo del trabajador, pero menospreciaba la dignidad humana del obrero.

En el año de 1891, el Papa León XIII decía que el salario para ser justo no basta con haber sido fijado en el mercado, sino que debe ser suficiente para el trabajador.

Por eso hay que preguntarse: ¿cómo se puede fijar un salario mínimo para los demás, y asignarse a sí mismo los que fijan ese salario mínimo, un salario cien veces superior al salario mínimo?  ¿Se creen que son más que los demás?

En nuestras manos está que todos los seres humanos puedan ejercer su derecho a trabajar, a aportar su esfuerzo para incrementar el bienestar de todos y mejorar el mundo.  En nuestras manos está quitar las trabas que ponemos a ciertas personas y dar facilidades para que todos puedan trabajar y vivir con dignidad de su trabajo.

En nuestras manos está hacer que el trabajo no se reduzca a una mercancía, sino que sea la auténtica expresión del hombre, que, por el trabajo, coopera con Dios en la creación y en la vida y en la felicidad de todos.  Hay que darse cuenta que la vida no es un negocio, sino una convivencia y hay que superar esa mentalidad de pensar que el tiempo es oro, para convencernos de que el tiempo es la gran oportunidad para vivir como hermanos.  Sino no nos damos cuenta de todo esto, no tendremos futuro como humanidad.

No olvidemos que Dios no es un negociante, sino un Padre lleno de amor para con todos.

martes, 1 de septiembre de 2026

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 


 La liturgia de este domingo nos hace ver la responsabilidad que tenemos con nuestros hermanos que están cerca de nosotros.  No podemos ser indiferentes ante aquello que amenaza la vida y la felicidad de un hermano porque todos somos responsables de corregir y aceptar la corrección.

 La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos presenta la responsabilidad que tiene un profeta de corregir el mal de su pueblo.  El profeta debe ser el vigilante de sus hermanos, por eso debe estar siempre con los oídos bien abiertos y los ojos bien despiertos para escuchar y ver los peligros que acechan a su comunidad.

 El profeta debe denunciar todo aquello que está mal tanto en el mundo como en la vida de las personas.  Es verdad que Dios juzgará a cada uno según su propia conducta, pero también es verdad que somos responsables del mal que otros hacen por culpa nuestra o del bien que dejan de hacer por falta de ejemplo o de colaboración.

 Cuando vemos el mal en el mundo y en las personas y nos callamos, guardamos silencio, nos convertimos en cómplices de ese mal y esto conlleva consecuencias muy negativas tanto para las personas, como para las familias, como para una comunidad.

 Cuantas veces sabemos de algún joven que se droga y nos callamos, o de una personas alcohólica y nos callamos, o de un esposo agresivo y nos callamos y cuando ocurre una desgracia por culpa de nuestro silencio, entonces decimos: “Yo sospechaba algo” o “ah, si hubiera hecho”, “si hubiera dicho” ¿Pero ya para qué?  Por eso, no nos callemos ante el mal y esforcémonos por corregir a todo aquel que anda en malos pasos.

 La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos invita a poner como centro de nuestra vida cristiana, el mandamiento del amor.

 Amor.  Que palabra tan grande y tan profunda, pero también tan manipulada.  En nombre del amor se engaña, se estafa, se mal forman a los hijos, se malogran vidas.  El amor del que nos habla san Pablo, nada tiene que ver con el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas.  Cuantas veces decimos que es amor y lo que en realidad es egoísmo.  Pablo habla del amor que hace crecer, que genera vida.

 Amor no significa no corregir lo que está mal o permitir que los hijos hagan lo que quieren.  El amor verdadero genera vida y felicidad.  El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida, en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso sincero, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección cuando sea necesario.

 El evangelio de san Mateo nos propone hoy que ayudemos a los hermanos a tomar conciencia de sus errores.

 Por desgracia, cada día vivimos más en una sociedad individualista.  Esto se refleja incluso en el lenguaje cuando utilizamos frases como “es mi vida”, “que nadie se meta conmigo” “es mi problema” “que cada quien haga lo que quiera”.

 Es verdad, que en épocas pasadas tuvimos que soportar que las autoridades civiles y religiosas dirigiesen demasiado nuestra vida.  Aquello de antes no era bueno, pero es que ahora nos hemos pasado al otro extremo, en el que cualquier corrección sobre nuestra conducta hiere nuestra susceptibilidad.  Por eso es necesario que encontremos un equilibrio.

 En la sociedad civil tenemos leyes y normas que regulan nuestra convivencia, pero esas leyes y normas sólo nos dicen lo que no podemos ni debemos hacer, pero no orientan nuestra vida y mucho menos le dan sentido a la vida.  Es necesario en nuestra sociedad una moral y una ética que nos orienten y den respuestas al sentido de la vida.  Nosotros, como cristianos, tenemos esa moral que puede orientar y dar sentido a nuestra vida.

 Esto es lo que nos propone Jesús en el evangelio de hoy: la corrección fraterna.  Es decir la necesidad que todos tenemos de corregir y ser corregidos por los demás en nuestros defectos y errores y orientarnos por el buen camino.  Porque nadie puede decir que está tan seguro de sí mismo como para pensar que nunca comete errores. 

 Corregir no es fácil, porque cuando corregimos a alguien, a veces, no lo hacemos con cariño y respeto.  A veces, bajo el pretexto de corregir, lo que hacemos es humillar al otro que no piensa ni actúa como nosotros.  Por eso la corrección ha de hacerse con sumo cuidado que nunca haya duda de que esa corrección busca el bien del otro.  Y esto es importantísimo también en la familia, ya que es en la familia donde primero se ejerce la corrección y la orientación, y es ahí donde todos tienen que esforzarse para que la corrección y la orientación se hagan con respeto y cariño.

 Todos estamos invitados a descubrir y practicar este instrumento inmejorable para conseguir ser mejores.  Corregirnos y orientarnos mutuamente en el mandamiento que nos dejó Jesús: el amor a Dios y al prójimo, como Él nos ha amado.   Que Dios nos dé la sabiduría de corazón para hacerlo bien.