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lunes, 9 de marzo de 2026

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



El Cuarto Domingo de Cuaresma, es conocido con el nombre de Domingo Laetare, ya que las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son “Laetare Jerusalén” que quiere decir en Español, “Regocíjate, Jerusalén”.   Hoy nos recuerda la Iglesia que la alegría es compatible con la mortificación y el dolor.   Nos dice que la penitencia no es lo que se opone a la alegría, sino la tristeza. 

La 1ª lectura del primer libro de Samuel nos presenta la elección de David como rey de Israel.  La mirada de Dios no es como la mirada del hombre: el hombre se fija en las apariencias y Dios mira el corazón.  Cuando debamos elegir a una persona para algo, hemos de analizar muy bien todas las posibilidades y escoger la mejor de ellas.

Que un hombre sea educado y buen galán, y además, tenga una buena chequera, no significa que sea un buen esposo y un padre excelente.  Que una mujer tenga una bonita figura y llame la atención, no significa que sea la mujer ideal para formar un hogar estable y con ella se construya un matrimonio feliz.  Que un candidato tenga títulos y mucha palabrería, no significa que realmente sea un excelente servidor de la comunidad.  Muchos países, ciudades, iglesias y empresas han sufrido las desgracias de los buenos candidatos que resultaron ser verdaderos incompetentes para tales funciones.  Hay muchos matrimonios que han fracasado porque los cónyuges se dejaron llevar por las apariencias.

Tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de elegir a una persona, porque las apariencias engañan.  Por desgracia, muchas veces, juzgamos a nuestro prójimo por las apariencias.  Sin embargo, para Dios, lo que cuenta es lo que hay en el interior del corazón de la persona.  Nosotros nos fijamos en las apariencias, Dios ve el corazón.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios nos dice que gracias al bautismo hemos pasado de la oscuridad a la luz, y por lo tanto tenemos que vivir y dar testimonio de la luz practicando la bondad, la justicia y la verdad.

Si somos hijos de la luz, tratemos de actuar y de hacer siempre la cosas bien; caminemos en la Verdad unidos a Cristo, de tal forma que toda nuestra vida sea una manifestación del amor de Dios, de su perdón, de su misericordia para todos aquellos con los que nos encontremos en la vida.

Si somos hijos de la luz, no juzguemos a nadie, pero no nos quedemos mudos ante el pecado; si denunciamos a los pecadores, si los ponemos al descubierto no es con el afán de sólo denunciar, sino también de anunciar una vida nueva, y de proponerles a Cristo como camino de salvación para todos, sin importar lo que hayan hecho anteriormente.

Luz y tinieblas son dos maneras de vivir, pero para nosotros los cristianos sólo hay una: vivir como hijos de la luz, es decir, dejarnos iluminar por Cristo.

El Evangelio de san Juan nos ha relatado cómo Jesús ilumina los ojos de un ciego de nacimiento y le ofrece la fe, la luz para ver la vida con una mirada nueva.

Hay muchas maneras de quedarse ciego en la vida.  Ciegos no son solamente los que carecen de visión en sus ojos, también son ciegos en su espíritu los que cierran su corazón a la bondad, al amor.  Ciegos son los que provocan desgracias, los que hacen sufrir al ser humano.  Ciegos son los que no viven en la verdad.

Ciego es aquel que se pasa la vida entera ocupado en no hacer nada provechoso con su vida, que no se pregunta nunca “qué voy hacer de mí”.  Nos instalamos en la vida y vamos viviendo aunque no sepamos ni por qué ni para qué.

La sociedad de consumo, la publicidad y las modas van a ir diciéndome qué me tiene que interesar, qué me tiene que gustar, cómo tengo que pensar o cómo voy a vivir.  Son otros los que deciden y fabrican mi vida.  Yo me dejo llevar ciegamente.  Están también todos aquellos ciegos que viven haciendo lo que les apetece, sin escuchar nunca a su conciencia, al contario, tratan de acallar con los medios que sean esa voz interior que nos recuerda nuestra dignidad de personas responsables, nuestra dignidad de hijos de Dios.

Probablemente el mejor modo de vivir ciegos es mentirnos a nosotros mismos.  Construirnos una mentira, fabricarnos una personalidad falsa, y vivir el resto de nuestra vida de manera falsa y engañosa. 

Es muy tentador también ignorar aquello que nos obliga a cambiar.  Cerrar los ojos y convertirnos en ciegos para no ver lo que nos cuestiona nuestra vida.  Ver sólo lo que queremos ver, utilizar una medida diferente para juzgar a los otros y para juzgarnos a nosotros mismos.

En el Evangelio hemos visto que Jesús puede “abrir los ojos” a la persona, pero para eso hay que dejar que Jesús actúe en nuestra vida.  Pecado es resistirse a la luz, no querer ver, estar contra la luz.

Adoptemos la postura humilde y sincera del ciego que se dejó iluminar por Jesús y gritaba con firmeza “Señor, que vea”. Hemos de pedir la fe, es el don de Dios que nos trae Jesús. Jesús nos irá dando la luz, nos irá abriendo a la fe.

lunes, 2 de marzo de 2026

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Todos hemos experimentado, a lo largo de nuestra vida, diferentes tipos de necesidades.  Tenemos la necesidad de ser amados, de amar, de tener cosas, la necesidad de descansar.  La Palabra de Dios, en este tercer domingo de Cuaresma, nos va a iluminar sobre cuáles de estas necesidades son fundamentales para nuestra vida.

En la 1ª lectura del libro del Éxodo hemos escuchado cómo el pueblo de Israel, en medio del desierto, camino hacia la libertad, duda de la presencia de Dios en medio de ellos.  Pero Dios no abandona a su pueblo, a pesar de las murmuraciones.

Nosotros, creemos en Dios, pero muchas veces la vida se nos complica.  Y cuando las cosas no salen como nosotros queremos se nos puede derrumbar la fe y podemos, como el pueblo de Israel darle la espalda a Dios y dudar de Él creyendo que nuestra sed de felicidad la podemos saciar al margen de Dios e incluso podemos llegar a renegar de Dios y reclamarle a Dios diciéndole que se ha olvidado de nosotros.

Estamos equivocados si pensamos que Dios nos ha abandonado en algún momento de nuestra vida.  A pesar de nuestras infidelidades, el Señor permanece siempre fiel y nos busca para manifestarnos su amor incondicional.  Dios no nos ha abandonado nunca. 

Como cristianos debemos ser un signo de esperanza para ayudar a todos los hombres a que caminen por el bien y no pierdan la fe, aun cuando a veces la vida se nos vuelva difícil y complicada.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos recuerda que es la muerte de Cristo la que nos salva.  Cristo murió por nosotros, el justo por los injustos.  La muerte y la resurrección de Cristo son la prueba del amor que Dios nos tiene desde siempre y para siempre.

Hay personas que viven con indiferencia respecto a Dios, a su amor y sus propuestas.  Muchas personas se preocupan más de los resultados del futbol, de los resultados de quien quedó en tal o cual concurso de baile o de canto, de cuál es la canción de moda o de dónde va a ser la próxima fiesta, que de Dios y de su amor. 

Estamos en Cuaresma, este es un tiempo ideal para que redescubramos a Dios que nos ama tanto, y que quiere darnos la felicidad verdadera y plena.  Este es un tiempo especial para que aceptemos y vivamos el camino que nos conduce hacia Dios.  Unámonos a Cristo como una rama está unida al tronco y vivamos ya desde ahora de la felicidad plena que Dios nos ofrece.

El Evangelio de San Juan nos ha presentado el episodio de la samaritana. 

Dos personas aparecen hoy en el Evangelio: Jesús y la samaritana que se encuentran en un pozo.  Jesús que se acerca a una mujer.  En aquella época la mujer estaba marginada.  Era un escándalo que Jesús se acercara a una mujer que no contaba para nada y además samaritana, una pecadora. 

Jesús se pone a hablar con ella, y con cariño, con sabiduría lleva a esta mujer a descubrir la fuente y el agua donde puede realmente satisfacer todos sus deseos de felicidad.  Porque Jesús es el Mesías, Él es la verdadera fuente de vida y felicidad que nos puede saciar nuestros deseos de felicidad.

Dios continúa acercándose cada día a nosotros.  Porque a Dios le interesa todos lo que somos y hacemos.  Dios anda sediento de nuestro amor.  Hemos sido hechos por Él y para Él.  Y nunca encontraremos descanso ni felicidad fuera de Dios.

Preguntémonos hoy: ¿de qué tenemos sed?  Posiblemente estamos sedientos de alegría, de justicia, de verdad.

La Cuaresma es el tiempo para descubrir nuestra sed, esa sed profunda de vivir, de amar y ser amados, de crecer, de ser feliz, sed de verdad, de felicidad, de amor de vida.  ¿Dónde saciamos nuestra sed?  Jesús nos ofrece una fuente de agua viva que sacia definitivamente nuestra sed.  Jesús es la fuente inagotable de amor, de verdad, de libertad, de vida.

Aprovechemos esta Cuaresma para encontrarnos con Dios. No lo dudemos, Jesús nos espera a cada uno, si quisiéramos aceptar su Palabra, nuestra vida seguramente sería distinta, nuestra vida se vería saciada de esa sed de felicidad y de amor que todos andamos buscando. 

No lo olvidemos, Cristo es el único que puede saciar nuestra vida.  No busquemos en fuentes equivocadas.

lunes, 23 de febrero de 2026

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y la Palabra de Dios nos dice cuál debe ser el verdadero camino que el cristiano debe seguir.  El camino que tenemos que seguir es escuchar atentamente a Dios y llevar a cabo sus proyectos y hacer realidad los planes de Dios en nuestro mundo.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña la gran fe que tuvo Abraham.  Cuando Abraham recibe la llamada de Dios, sigue a Dios fielmente porque cree plenamente en Dios.  Se fía de Dios y por eso abandona su tierra y su familia dejándolo todo.

Hoy hay compañías de seguros para todo: para el coche, la casa, la empresa, la salud o la educación.  Hay modelos que aseguran sus ojos, su cuerpo.  Futbolistas que aseguran sus piernas, boxeadores que aseguran sus puños, golfistas que aseguran sus brazos.  Vemos cómo el ser humano busca seguridad en un mundo que lo amenaza continuamente.

Nos da miedo la inseguridad. Tenemos miedo a la novedad, miedo a lo desconocido, miedo a quedarnos sin seguridades.  Hay mujeres que viven en “cárceles de oro”, en las cuales las tienen sus esposos machistas que no las dejan tener amigas o salir a la esquina.  Y a pesar de su infelicidad ellas tienen miedo de separarse, perder el nivel de vida que tienen y enfrentarse a un mundo de trabajo al que no están acostumbradas.  Hay personas que no se casan porque le tienen miedo al compromiso.  Hay personas que trabajan en una empresa sea pública o privada y son testigos de injusticias, discriminaciones o corrupción y temen denunciarlas por no perder su trabajo.  Muchas personas se quejan de la situación social o política de sus pueblos, pero no son capaces de mover un dedo para que la situación cambie.

En la primera lectura de hoy, Dios le propone un nuevo camino a Abraham: salir de su tierra, es decir, abandonar su familia y su tradición, para hacer de él una gran nación, un pueblo diferente donde todos tuvieran la posibilidad de vivir dignamente.  Abraham aceptó el reto de Dios y se puso en camino.

Nosotros, ¿aceptamos sin miedo los retos de Dios y somos capaces de comprometernos con la novedad del Reino de Dios? O ¿buscamos la seguridad de que todo siga igual?

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recuerda que no debemos acobardarnos, porque Jesús camina con nosotros y Él venció a la misma muerte.

Nosotros, debemos aceptar la misión que el Señor nos ha encomendado, tenemos que dar testimonio de su Evangelio, aunque esto conlleve dificultades en muchas ocasiones.  Es cierto que el mundo de hoy vive muy al margen de Dios, pero las dificultades que nos encontremos a la hora de evangelizar nuestro mundo no pueden ser una excusa para que nosotros abandonemos nuestra misión y nuestra responsabilidad de cristianizar nuestro mundo.  Hay que esforzarse por cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado, a pesar de las dificultades que podamos encontrar.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la Transfiguración del Señor.  Jesús se revela como “el Hijo amado de Dios”.

Hay muchas ocasiones en la vida en que por diversas circunstancias estamos deprimidos, tristes, con pocas ganas de hacer nada ni de ver a nadie.  Quizás por problemas familiares, laborales, problemas con los hijos, etc., hacen que nos encontremos así.  Pasan los años, aparecen las enfermedades y vamos viendo cómo la vida se nos escapa de las manos.  A veces, hay pocos días buenos o de felicidad.  Nuestra vida transcurre de una manera monótona.  Queremos ser cristianos pero nos da pereza el compromiso.  Y levantamos los ojos al cielo, buscamos una respuesta, nuestro corazón desea paz y felicidad y nos preguntamos: ¿Dónde encontraremos descanso?, ¿Quién nos traerá un poco de consuelo?

Jesús también pasó por momentos difíciles.  Y además sus discípulos no terminaban de entenderlo.  Y Jesús se retira con sus discípulos a la soledad de una montaña, para reflexionar, para poner ante Dios su vida, para descubrir cuál es la voluntad de Dios Padre.

Como Jesús, nosotros también somos invitados a buscar esos momentos de soledad y silencio para descubrir la voluntad de Dios.  Buscar a Dios para escuchar la voz de su Hijo.  Buscar a Dios en la oración para poner ante Él nuestra vida, con todas sus grandezas y sus miserias.

Y pedir a Dios su luz, la luz que ilumine y transfigure nuestra vida, para que nuestra luz ilumine y transfigure también a otros.

Por eso, hoy, Dios Padre también nos dice a nosotros: “escuchad a mi Hijo”. 

Escuchar nos resulta más difícil que hablar.  Y sin embargo, es más provechoso escuchar que hablar.  Convivimos sin escuchar, sin valorar lo que los otros nos quieren decir.  Merecen la pena que hagamos el esfuerzo de hacer silencio y escuchar los mensajes que Dios nos envía.

No nos desanimemos en nuestro seguimiento de Jesús.  La Transfiguración es una invitación a no desanimarnos, porque si escuchamos a Dios en nuestra vida, nuestra vida no será nunca un fracaso, sino que un día alcanzaremos la resurrección, la vida definitiva, la felicidad sin fin.

Que esta Cuaresma encontremos momentos para hacer oración y poder así escuchar la voz de Dios.

lunes, 16 de febrero de 2026

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Comenzamos a recorrer el camino cuaresmal, que nos llevará hasta la fiesta de la Pascua, de la muerte y resurrección del Señor.  Para poder celebrar adecuadamente esa fiesta es necesario prepararse, por eso la Palabra de Dios nos invita a la conversión, porque vivimos en un mundo que se nos está tentando continuamente a dejar a Dios de lado, y tenemos que poner a Dios en el centro de nuestra vida, tenemos que escuchar su Palabra y vivir con fidelidad el proyecto de Dios en nuestra vida.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña que desde el principio de la humanidad, el ser humano ha tenido la tentación de alejarse de los caminos de Dios.

Nosotros, los seres humanos, no podemos olvidarnos que Dios es nuestro origen y nuestro destino último.  Somos seres que Dios ha creado por amor, que nos ha dado su propia vida y nos ha regalado la libertad, por eso Dios nunca se impone y respeta siempre nuestras decisiones.  Pero el hombre no puede creerse Dios, éste es el gran pecado del origen de la humanidad y sigue siendo el pecado de hoy: querer ser Dios.

Cuando aceptamos nuestra condición de criaturas de Dios y reconocemos que Dios es nuestro Padre que nos da la vida, que nos ama y que nos enseña el camino para alcanzar la felicidad, nuestra vida se convierte en un “paraíso” donde encontramos vida, armonía, felicidad y realización.

Sin embargo, cuando el hombre le da la espalda a Dios, cuando quiere él convertirse en Dios, cuando quiere competir con Dios y no cumple las reglas de Dios, aparece el mal en la vida del ser humano.  El mal nunca viene de Dios, el mal es el resultado de nuestras decisiones equivocadas, de nuestro orgullo de querer prescindir de Dios en nuestra vida.  No podemos, por tanto, sacar a Dios de nuestras vidas, no podemos desconfiar de Dios y rechazar su autoridad porque las consecuencias serán muy negativas para nuestra vida.

No nos dejemos seducir por la serpiente que representa todo aquello o aquellas personas que nos tientan a que prescindamos de Dios, a dejar a Dios al margen de nuestra vida.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos, nos hace ver cómo Jesús ha cambiado aquella realidad del pecado desde los inicios de la humanidad: Él es el nuevo Adán que ha comenzado una historia nueva de vida y de salvación para todos.

Todos hemos experimentado continuamente la experiencia de ser atraídos por dos polos opuestos.  Diariamente tenemos que decidir si seguimos el camino de Adán o el camino de Cristo, es decir el camino del mal o el camino del bien, el camino del pecado o el camino de la salvación.  Escoger el camino de Cristo nos trae alegría, paz y salvación, escoger el camino de Adán, aunque al principio nos pueda parecer un camino de felicidad, sabemos que todo aquello que hagamos basado en el pecado y el mal no puede traernos, a la larga, nada bueno a nuestra vida.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús que se retira al desierto, busca el silencio, la soledad para encontrarse con su Padre Dios y ahí es tentado.

A nosotros nos molesta la soledad y el silencio, huimos de ellos.  No nos gusta estar solos, en silencio.  El ruido está cada vez más presente en nuestra vida, en nuestros hogares, en nuestros corazones. Con frecuencia sólo hay ruido en nuestra persona.  Cada vez nos resulta más difícil vivir sin ruido.  Jesús busca el silencio, va al desierto.  En el silencio, en la soledad se encuentra con su Padre Dios.

Jesús pasa 40 días en el desierto porque quiere encontrarse con el Padre.  También nosotros en el silencio podemos encontrarnos con la verdad que buscamos en nuestra vida, hacernos preguntas sinceras, encontrarnos con nuestra conciencia que es la voz que nos dice lo que está bien.  En el silencio podemos descubrir que no estamos solos, que Dios está con nosotros.

Y en silencio del desierto, Jesús es tentado: tienes hambre, transforma esas piedras en pan y come.  Tú eres poderoso, utiliza para ti el poder que tienes.  Necesitas hacer algo espectacular, arrójate de lo alto del Tempo.  Si me adoras conseguirás más poder y dominio sobre todos.

Nosotros somos tentados también.  La tentación nos puede llegar incluso en nuestros mejores deseos.  Cuantas veces somos tentados a buscar sólo lo mío pensando que estamos buscando el bien de los demás, a utilizar a las personas cuando creemos que los estamos ayudando.  Buscamos el dinero en los negocios, conseguir un puesto de trabajo con mayor poder, ganar el aprecio social, olvidando a todos.  Cuantas veces no nos hemos preguntado: ¿Por qué tengo que compartir mis bienes con los necesitados? ¿Por qué voy a enfrentarme con los que comenten injusticias? ¿Por qué no me hago más importante?

La cuaresma es tiempo para ver cuáles son nuestras tentaciones, descubrirlas y superarlas.  A eso se le llama conversión.  Si no tratamos de encontrar lo falso de nuestra vida, no tiene sentido la cuaresma.  Convertirnos es cambiar el corazón, ser más humanos, más generosos.  Todos nos equivocamos, pero podemos convertirnos y abrirnos confiadamente a Dios, a un Dios que nos entiende y nos perdona.

Hagamos unos minutos de silencio, aunque sean pocos, pero auténticos, cada día para descubrir nuestras tentaciones y escuchar mejor la voz de Dios y así ver cómo va nuestra vida.

lunes, 9 de febrero de 2026

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos hablaba de la libertad que Dios le da al hombre para poder cumplir los mandamientos. 

“Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad.”.  Somos libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro difícil, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de comodón. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro, encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida. 

“Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras.” Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos… Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos.

El hombre es libre para poder hace el bien o no. Aunque Dios desea que los hombres hagamos el bien, sin embargo respeta nuestra libertad.  Lo que sí hay que tener en cuenta es que el pecado no viene de Dios, sino del interior de la persona.  En nuestro interior está la capacidad para cumplir o no la voluntad de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que la verdadera sabiduría es un don del Espíritu Santo.

San Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el desorden actual en el que vivimos y que es la que siguen los que quieren dominar el mundo y buscan  el poder y la sabiduría en las fuerzas del mal y por eso se opone a Cristo y a su Evangelio, y la sabiduría de Dios que Pablo comunica a los cristianos adultos en la fe. Estos son cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y viven de acuerdo con él, y son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y de la prudencia  para “distinguir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente”.  Esta sabiduría la comunica Dios a quienes lo aman. 

El Evangelio de san Mateo nos dice cuál es la misión de Jesús.  El no ha venido a abolir la ley o los profetas, pero sí ha venido a formular la ley de una manera nueva.

Jesús dice: “habéis oído que no debéis matar,  no debéis cometer adulterio, no debéis pelearos con vuestro hermano, etc. pero yo os digo”.  Así Jesús va enumerando 6 formulaciones de la ley del A.T.  Hoy hemos leído 4 y el domingo que viene leeremos las 2 restantes.  Esas 6 formulaciones de la ley van cayendo como 6 piedras que cayesen desde lo alto de una montaña.  Son 6 piedras del legalismo judío que Jesús hace que se caigan, y esto molesta a muchas personas.

Desde el monte de las bienaventuranzas, Jesús lanzó 6 piedras que dieron en el blanco de nuestro bienestar, de nuestras seguridades, de nuestros egoísmos, de nuestros compromisos.

Esas 6 frases: “pero yo os digo”, tienen una fuerza que cambian el ritmo de todas las cosas.  “Habéis oído  que se dijo a los antiguos”“pero yo os digo”.  Con esto se pasa del legalismo a la ley del amor.

Aquellos “pero” de Cristo hicieron temblar a la justicia.  Quitaron las vendas de la hipocresía, deshicieron miles de preceptos, para abrir un camino real a la libertad de los Hijos de Dios.   Esos seis “pero” de Cristo fueron destruyendo el tradicionalismo y la costumbre.

Pero los hombres al “pero” de Cristo, pusimos nuestros propios “peros”.  “No matar”, pero, los hombres en ciertas circunstancias y motivos convertimos en lícito el matar, y esto alentó a miles de asesinos y ha habido millones de muertes en nuestro mundo.

Cristo dice: “Amad a vuestros enemigos”, pero los hombres en ciertos casos no hacemos respetar esto y por ello se ha desencadenado una salvaje caza del hombre, tan solo porque ese hombre no tiene el color de nuestra piel o no comparte nuestras ideas.

Cristo dijo: “Sed perfectos”, y nosotros decimos: pero seamos realistas, tengamos en cuenta nuestra fragilidad humana, y así nos vamos colocando fuera del evangelio.

“Habéis oído”, sí, hemos oído muchas cosas, pero hemos aprendido demasiadas habilidades para hacer que el evangelio no nos estropee excesivamente nuestro sueño o nuestra tranquilidad.   

No se trata de no hacer el mal, sino de hacer el bien para manifestar tu amor a los demás. Como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, puesto que si amas de verdad estás cumpliendo la ley entera.

Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

lunes, 2 de febrero de 2026

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su billetera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar…  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.

Después de más de 2026 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el evangelio de San Mateo, Jesús exhorta a sus discípulos a que no se instalen en la comodidad y les pide que sean la sal que da sabor al mundo, y también los exhorta a que sean luz para que podamos vencer las oscuridades del sufrimiento, del egoísmo, del miedo que hay en nuestra vida.

Dios nos propone un proyecto de liberación y de salvación para que hagamos un mundo nuevo de felicidad y de paz.  Si queremos hacer esto hemos de dar testimonio con palabras y gestos concretos de nuestra fe, para que el Reino de Dios se haga una realidad en nuestro mundo.

Ser cristiano debe ser para nosotros un compromiso serio y exigente que nos obligue a dar testimonio, incluso en los ambientes adverso, de nuestra fe.  No podemos sentirnos satisfechos simplemente porque venimos a misa el domingo y cumplimos algunos ritos que la Iglesia nos pide. Hemos de, día a día, ser sal que da sabor, que aportemos una mayor riqueza de amor y de esperanza a la vida de aquellos que caminan a nuestro lado.

No podemos se cristianos insípidos, instalados en la mediocridad, sino que hemos de llevar alegría, entusiasmo, optimismo, esperanza a los demás.  En medio de tanto egoísmo, desesperanza, de una vida sin sentido que viven muchas personas, hemos de dar testimonio de un mundo nuevo de amor y de esperanza.

Ser cristiano es también ser una luz encendida en la noche del mundo, alumbrando los caminos de la vida, de la libertad, del amor, de la fraternidad.  Hemos de ser luz para muchas personas que viven en la superficialidad y en una vida sin sentido.

Hemos de ser luz para este mundo que quiere prescindir de Dios y que quiere poner sus esperanzas en los bienes materiales.  Hemos de ser luz para todas esas personas que se encierran en sí mismas creyendo que así son felices.  Hemos de ser luz para que muchas personas amplíen sus horizontes para fijarse en Dios y en los demás y no sólo en ellos mismos.

Como cristianos no podemos esconder nuestra fe en la vida privada, no podemos actuar desde la sombra para que no nos vean.  Tenemos que hacernos presentes en la vida pública para que todo el mundo se dé cuenta de nuestra presencia.  Seremos, pues, luz, cuando practiquemos el bien, cuando demos ejemplo de vida cristiana no sólo aquí en la Iglesia sino en cualquier lugar.  No lo olvidemos: no nos avergoncemos de lo que somos, y somos sal y luz del mundo.

lunes, 26 de enero de 2026

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Todas las personas queremos ser felices, todos buscamos la felicidad y todo lo que hacemos, directa o indirectamente, es tratar de logar esa felicidad.  Pero, a veces, nos olvidamos que no todos los caminos nos llevan a la felicidad.   La Palabra de Dios nos dice hoy que Dios es feliz y que quiere comunicarnos esa felicidad.

La 1ª lectura del profeta Sofonías nos dice que sólo encontrarán la salvación y la felicidad las personas que vuelven los ojos a Dios en actitud de verdadera humildad, reconociendo su infidelidad a Dios.

Dios no ofrece su salvación a quien se siente seguro de sí mismo y satisfecho de lo que tiene; sino que ofrece su salvación a quien se reconoce pobre.  El hombre no puede poner su confianza en lo que tiene, sino que tiene que confiar en Dios.  La salvación es para quien se siente necesitado y busca a Dios con humildad y confianza.

No todos los bautizados sienten la necesidad de Dios, al igual que en Israel sólo “un resto” del pueblo, nos decía hoy Sofonías, pusieron su confianza en el Señor y por eso practicaban la justicia y Dios estaba con ellos, así hoy son pocos los cristianos que viven y se mantienen fieles a la voluntad de Dios.

El amor de Dios que se manifiesta a todas las personas es acogido y respondido con fidelidad por pocas personas.  Son muchos más los que viven al margen de Dios que los que viven fieles y necesitados de Dios.  Hoy también podemos hablar del “resto fiel a Dios”, es decir de aquellos que se siente necesitados de Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos dice quienes son los elegidos de Dios y dónde podemos encontrar la verdadera fuerza y la verdadera riqueza.

Que diferente es la forma de actuar Dios a la manera de actuar de nosotros.  Mientras nosotros buscamos lo grande, lo importante, lo que nos da éxito y eficacia, Dios prefiere lo pequeño, lo pobre, lo insignificante. 

Todos tenemos necesidad de Dios.  Todos necesitamos unos de otros.  Hay personas que son despreciados por su condición social o personal.  Pero Dios ama a todos y todos tenemos la misma dignidad de ser Hijos de Dios.

La gracia de Dios no es fruto de la inteligencia humana ni del saber de los hombres.  Dios nos elige por pura gracia suya y no por nuestros méritos o sabiduría humana.  Por eso si de algo nos tenemos que vanagloriar que sea de Cristo.

El Evangelio de San Mateo nos presenta la Bienaventuranzas.  Las Bienaventuranzas son disposiciones del corazón que se nos invita a tener, si queremos seguir  Jesús.  En ellas se contiene la máxima expresión de lo que significa ser cristiano.

La Bienaventuranzas nos presenta el camino para alcanzar la felicidad.

Dichosos los pobres de espíritu, los que son sencillos y humildes; los que, por no tener, es más fácil que confíen en Dios que los que tienen, que confían en sus bienes.

Dichosos los sufridos, los que tiene capacidad de aguante ante las adversidades y no responden con violencia a los contratiempos de la vida y de la convivencia.  Se puede ser más feliz renunciando a los propios derechos por amor, que estando continuamente reclamando los derechos que uno tiene.

Dichosos los que lloran.  En nuestra vida se da la cruz y la gloria, el dolor y la alegría.  Llegaremos a la gloria del cielo, pero hay que pasar por la cruz.

Dichosos los que afrontan con valor el dolor y las lágrimas, porque después de llorar con todas las lágrimas podrán reír con todas las risas.  Se puede ser más feliz asumiendo el dolor y las lágrimas que huyendo de ellos.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, dichosos los que quieren que la voluntad de Dios se cumpla; la justicia es lo que se ajusta a la voluntad de Dios y la voluntad de Dios es nuestra felicidad.

Dichosos los misericordiosos, los que confían en la misericordia de Dios, los que reconocen sus miserias, los que experimentan cuánto los ama Dios.  Se puede ser más feliz siendo comprensivo, siempre, con los pecados y miserias de los demás que “llevando la cuenta del mal”, porque el amor no lleva cuenta del mal, olvida las ofensas.

Dichosos los limpios de corazón.  Esta Bienaventuranza es una condena hacia aquellas personas que se dedican a ser buenos pero no tienen tiempo de hacer el bien.

Dichosos los que trabajan por la paz, los que se dedican a la reconciliación más que a la división.  Se puede ser más feliz viviendo reconciliado con Dios, con uno mismo y con los demás, que viviendo enemistados y divididos.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia.  Dichosos los que, por ser fieles a la voluntad de Dios, encuentran dificultades en su vida.  Se puede ser más feliz siendo coherente con lo que se cree, con nuestra fe, aunque esto nos complique la vida.

Que el Señor nos ayude a vivir el espíritu de las bienaventuranzas y nos haga encontrar la auténtica felicidad.