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lunes, 2 de febrero de 2026

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su billetera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar…  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.

Después de más de 2026 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el evangelio de San Mateo, Jesús exhorta a sus discípulos a que no se instalen en la comodidad y les pide que sean la sal que da sabor al mundo, y también los exhorta a que sean luz para que podamos vencer las oscuridades del sufrimiento, del egoísmo, del miedo que hay en nuestra vida.

Dios nos propone un proyecto de liberación y de salvación para que hagamos un mundo nuevo de felicidad y de paz.  Si queremos hacer esto hemos de dar testimonio con palabras y gestos concretos de nuestra fe, para que el Reino de Dios se haga una realidad en nuestro mundo.

Ser cristiano debe ser para nosotros un compromiso serio y exigente que nos obligue a dar testimonio, incluso en los ambientes adverso, de nuestra fe.  No podemos sentirnos satisfechos simplemente porque venimos a misa el domingo y cumplimos algunos ritos que la Iglesia nos pide. Hemos de, día a día, ser sal que da sabor, que aportemos una mayor riqueza de amor y de esperanza a la vida de aquellos que caminan a nuestro lado.

No podemos se cristianos insípidos, instalados en la mediocridad, sino que hemos de llevar alegría, entusiasmo, optimismo, esperanza a los demás.  En medio de tanto egoísmo, desesperanza, de una vida sin sentido que viven muchas personas, hemos de dar testimonio de un mundo nuevo de amor y de esperanza.

Ser cristiano es también ser una luz encendida en la noche del mundo, alumbrando los caminos de la vida, de la libertad, del amor, de la fraternidad.  Hemos de ser luz para muchas personas que viven en la superficialidad y en una vida sin sentido.

Hemos de ser luz para este mundo que quiere prescindir de Dios y que quiere poner sus esperanzas en los bienes materiales.  Hemos de ser luz para todas esas personas que se encierran en sí mismas creyendo que así son felices.  Hemos de ser luz para que muchas personas amplíen sus horizontes para fijarse en Dios y en los demás y no sólo en ellos mismos.

Como cristianos no podemos esconder nuestra fe en la vida privada, no podemos actuar desde la sombra para que no nos vean.  Tenemos que hacernos presentes en la vida pública para que todo el mundo se dé cuenta de nuestra presencia.  Seremos, pues, luz, cuando practiquemos el bien, cuando demos ejemplo de vida cristiana no sólo aquí en la Iglesia sino en cualquier lugar.  No lo olvidemos: no nos avergoncemos de lo que somos, y somos sal y luz del mundo.

lunes, 26 de enero de 2026

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Todas las personas queremos ser felices, todos buscamos la felicidad y todo lo que hacemos, directa o indirectamente, es tratar de logar esa felicidad.  Pero, a veces, nos olvidamos que no todos los caminos nos llevan a la felicidad.   La Palabra de Dios nos dice hoy que Dios es feliz y que quiere comunicarnos esa felicidad.

La 1ª lectura del profeta Sofonías nos dice que sólo encontrarán la salvación y la felicidad las personas que vuelven los ojos a Dios en actitud de verdadera humildad, reconociendo su infidelidad a Dios.

Dios no ofrece su salvación a quien se siente seguro de sí mismo y satisfecho de lo que tiene; sino que ofrece su salvación a quien se reconoce pobre.  El hombre no puede poner su confianza en lo que tiene, sino que tiene que confiar en Dios.  La salvación es para quien se siente necesitado y busca a Dios con humildad y confianza.

No todos los bautizados sienten la necesidad de Dios, al igual que en Israel sólo “un resto” del pueblo, nos decía hoy Sofonías, pusieron su confianza en el Señor y por eso practicaban la justicia y Dios estaba con ellos, así hoy son pocos los cristianos que viven y se mantienen fieles a la voluntad de Dios.

El amor de Dios que se manifiesta a todas las personas es acogido y respondido con fidelidad por pocas personas.  Son muchos más los que viven al margen de Dios que los que viven fieles y necesitados de Dios.  Hoy también podemos hablar del “resto fiel a Dios”, es decir de aquellos que se siente necesitados de Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos dice quienes son los elegidos de Dios y dónde podemos encontrar la verdadera fuerza y la verdadera riqueza.

Que diferente es la forma de actuar Dios a la manera de actuar de nosotros.  Mientras nosotros buscamos lo grande, lo importante, lo que nos da éxito y eficacia, Dios prefiere lo pequeño, lo pobre, lo insignificante. 

Todos tenemos necesidad de Dios.  Todos necesitamos unos de otros.  Hay personas que son despreciados por su condición social o personal.  Pero Dios ama a todos y todos tenemos la misma dignidad de ser Hijos de Dios.

La gracia de Dios no es fruto de la inteligencia humana ni del saber de los hombres.  Dios nos elige por pura gracia suya y no por nuestros méritos o sabiduría humana.  Por eso si de algo nos tenemos que vanagloriar que sea de Cristo.

El Evangelio de San Mateo nos presenta la Bienaventuranzas.  Las Bienaventuranzas son disposiciones del corazón que se nos invita a tener, si queremos seguir  Jesús.  En ellas se contiene la máxima expresión de lo que significa ser cristiano.

La Bienaventuranzas nos presenta el camino para alcanzar la felicidad.

Dichosos los pobres de espíritu, los que son sencillos y humildes; los que, por no tener, es más fácil que confíen en Dios que los que tienen, que confían en sus bienes.

Dichosos los sufridos, los que tiene capacidad de aguante ante las adversidades y no responden con violencia a los contratiempos de la vida y de la convivencia.  Se puede ser más feliz renunciando a los propios derechos por amor, que estando continuamente reclamando los derechos que uno tiene.

Dichosos los que lloran.  En nuestra vida se da la cruz y la gloria, el dolor y la alegría.  Llegaremos a la gloria del cielo, pero hay que pasar por la cruz.

Dichosos los que afrontan con valor el dolor y las lágrimas, porque después de llorar con todas las lágrimas podrán reír con todas las risas.  Se puede ser más feliz asumiendo el dolor y las lágrimas que huyendo de ellos.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, dichosos los que quieren que la voluntad de Dios se cumpla; la justicia es lo que se ajusta a la voluntad de Dios y la voluntad de Dios es nuestra felicidad.

Dichosos los misericordiosos, los que confían en la misericordia de Dios, los que reconocen sus miserias, los que experimentan cuánto los ama Dios.  Se puede ser más feliz siendo comprensivo, siempre, con los pecados y miserias de los demás que “llevando la cuenta del mal”, porque el amor no lleva cuenta del mal, olvida las ofensas.

Dichosos los limpios de corazón.  Esta Bienaventuranza es una condena hacia aquellas personas que se dedican a ser buenos pero no tienen tiempo de hacer el bien.

Dichosos los que trabajan por la paz, los que se dedican a la reconciliación más que a la división.  Se puede ser más feliz viviendo reconciliado con Dios, con uno mismo y con los demás, que viviendo enemistados y divididos.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia.  Dichosos los que, por ser fieles a la voluntad de Dios, encuentran dificultades en su vida.  Se puede ser más feliz siendo coherente con lo que se cree, con nuestra fe, aunque esto nos complique la vida.

Que el Señor nos ayude a vivir el espíritu de las bienaventuranzas y nos haga encontrar la auténtica felicidad.

lunes, 19 de enero de 2026

 

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



La liturgia de este domingo, nos hace ver que Jesús es la luz que quiere brillar en nosotros y en nuestro mundo, para ello, debemos dejar a un lado las divisiones y trabajar todos unidos por el proyecto del Reino de Dios.

La 1ª lectura del profeta Isaías es un canto de esperanza para el pueblo de Israel que está desalentado, dominado y desesperanzado.  Un pueblo que ha sido obligado a emigrar hacia la esclavitud, pero que regresa fortalecido y unido porque Dios está con este pueblo, porque Dios es la luz que los guía.

¡Cuántas veces, no hemos deseado que surja una gran luz que quite las tinieblas que se han apoderado de nuestro mundo!

Echando una mirada al mundo, nos encontramos con guerras, con egoísmos en el corazón de muchas personas, que sólo buscan la satisfacción de sus propios deseos e intereses, a costa de pisotear los derechos de los demás; cuántas desgracias hay actualmente en nuestro mundo, y muchas veces lo único que hacemos es quejarnos pero no somos capaces de manifestar una amor solidario por los que sufren.

Muchas personas viven una vida sin sentido y esto hace que perdamos las ilusiones, las esperanzas de cambiar nuestro futuro por uno más prometedor para todos.

En medio de todas estas angustias y tristezas, en medio de una vida que ha perdido el rumbo del amor, la alegría y la paz, el Señor se hace presente en medio de nosotros para iluminar nuestra vida y darle un sentido nuevo a nuestra existencia, para hacernos solidarios, para trabajar en la solución de los males que aquejan a nuestro mundo.  Sólo Dios es la luz que nos puede guiar a mejorar nuestra situación, a mejorar nuestro mundo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una exhortación a eliminar las divisiones dentro de la comunidad cristiana. 

San Pablo pide, en nombre de Jesucristo, que nos pongamos de acuerdo y no andemos divididos.  Es lamentable las discordias y las divisiones dentro de una comunidad porque le damos más importancia a los servidores del Evangelio que al Evangelio mismo.

Por eso, hay que preguntarnos: ¿Qué es más importante para mí, el mensajero o el mensaje del Señor? Hay personas que vienen a la Iglesia no a escuchar el mensaje de Cristo, sino a ver a la persona que presenta el mensaje del Señor; hay personas que no les importa el mensaje del Señor, sino que son seguidoras, no del Señor, sino del que presenta el mensaje.

No podemos seguir a nadie, a ninguna persona, sino sólo a Jesús, sólo el Señor es quien tiene que ser nuestro guía y maestro.  No puede ser que vengamos a la Iglesia por simpatía o no con las personas que nos presentan el mensaje del señor.

Como miembros del Cuerpo de Cristo, nuestra unión es la cruz de Cristo.  Tenemos que ser personas que hagan equipo con todos, que seamos lazos de unión.  Hemos de buscar siempre la unidad, hemos de seguir a Cristo y hemos de ser de Cristo y de nadie más.

El Evangelio de san Mateo nos presenta el programa de lo que va a ser la misión de Jesús.

Jesús comienza su vida pública y viene a implantar el Reino de Dios, pero Jesús no quiere trabajar sólo, busca y llama colaboradores.  Los escoge de entre la gente del pueblo.  Los llama uno a uno, para colaborar en su misión y convivir con Él.

Jesús también hoy, busca personas que quieran colaborar con Él, en su misión, que lo sigan.  Cuántas veces no nos habrán invitado a colaborar en algún apostolado en la Iglesia y, ¿Cuál ha sido nuestra respuesta?  ¿Cuántos se desentienden de la llamada que el Señor les hace?  ¿Cuántos hacen oídos sordos a la llamada del Señor?

Ser cristiano no es sólo venir a misa y escuchar la Palabra de Dios cada domingo.  Para eso no envió Dios a su Hijo al mundo.  Nuestra misión de cristianos requiere algo más.  El domingo venimos a misa para reunirnos como comunidad cristiana y encontrarnos con el Señor que nos da su luz y su fuerza para vivir el resto de la semana.  Por eso, hemos de interiorizar el mensaje que el Señor nos da y hacerlo vida el resto de la semana.

Vosotros vivís  en el mundo, tenéis familia, un trabajo o estudiáis, negocios, amigos, vecinos, etc., Dios quiere estar presente en todos esos lugares.  El Reino de Dios ha de llegar a todos esos lugares, Jesús nos llama hoy a dar en todas partes nuestro testimonio, a manifestar que somos cristianos, que tenemos un estilo de vida, esto es seguir a Jesús.

Jesús llamó a Pedro, Juan, Mateo, pero también te llama a ti, porque todos necesitan de Dios.  ¿Por qué nos cuesta tanto responder al llamado del Señor?

Hoy Jesús nos invitaba también a la conversión.  Hay que convertirse.  Jesús sigue presente en nuestra vida, a pesar de nuestros pecados, Él es la gran luz que ilumina nuestra vida, dejémonos iluminar por Él y seamos también nosotros luz en este mundo en que vivimos.

lunes, 12 de enero de 2026

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Con la liturgia de este domingo comenzamos lo que se llama el tiempo ordinario.  En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, vamos a ir conociendo su Palabra y sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al Siervo de Dios, a quien Dios eligió desde el seno materno para que fuese un signo en el mundo y mostrarse a toda la tierra la Buena Nueva del proyecto liberador de Dios.

Estamos en un mundo masificado.  Vemos a nuestros jóvenes que se visten igual, sin el menor asomo de personalidad, sin ningún destalle personal.  Estos jóvenes que visten igual, porque así lo dice la moda, rechazan el uniforme escolar pero no rechazan el uniforme que les impone la moda.  Pero también los adultos nos gustan la misma marca de televisión, los mismos discos, el mismo estilo de coche.  La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformados en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

Sin embargo, hoy, el profeta Isaías nos dice que Dios llama personalmente a los suyos, a cada uno nos llama Dios desde el vientre materno.  Nada de masas, ni de hombres sin nombre ni rostro.  El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre, nos ha elaborado una misión particular para que le respondamos personalmente a su llamado.

Hoy, nos encontramos frente a frente con una llamada personal, directa, con un camino que sólo cada uno de nosotros debe recorrer, con un Dios que espera una respuesta que sólo cada uno de nosotros puede dar. Hoy nos encontramos con un reto personal que tenemos que resolver individualmente y que nadie puede resolver por nosotros.

La llamada de Dios lleva consigo elegir la luz como símbolo de la existencia: «te hago luz de las naciones» dice hoy el Señor por boca del Profeta.

Quizá el gran pecado de nuestra vida cristiana sea un pecado de omisión. Hemos sido llamados para ser luz del mundo y no hacemos casi nada, o en algunas ocasiones, nada. Y, sin embargo, es urgente que seamos capaces de acoger ese reto de ser luz para este mundo que vive en tinieblas y pecado.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos desea a todos, la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  Este es el mejor saludo que nos pueden dar.

San Pablo comienza sus cartas deseando la Paz y la Gracia de Dios.  Esto es porque las comunidades cristianas primeras necesitaban paz, como también la necesitamos nosotros.  Lo que más falta en nuestras comunidades cristianas es paz.  Hay demasiada guerra, demasiados conflictos.  Y por eso, hay tan poca Gracia y nos hace tan poca gracia los carismas de los demás.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista que da testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios, que viene a quitar el pecado del mundo.

¿Pero qué es el pecado?  Pecado es el mal que podemos hacer, pero también el bien que dejamos de hacer; es hacernos daños a nosotros mismos y a los demás, es lo que destruye la felicidad de nuestra vida y ofende a Dios.

Nosotros pecamos cuando nos servimos de nuestro pequeño o gran poder económico, físico, intelectual, sexual, político, para oprimir, dominar y lograr nuestra felicidad a costa de otros.

Pecar no es sólo no robar, es también no pagar nuestros impuestos, no pagar nuestras deudas; es quedarme con un dinero que no lo he ganado con mi trabajo.  Pecar es subir los precios injustamente.  Pecar es darle un puesto de trabajo a un familiar por encima del que lo ha ganado justamente.  Pecar es atentar contra la vida, solucionar los problemas con violencia, olvidarme del pobre, del que sufre.  Pecar es discriminar a la mujer, practicar la violencia familiar, romper la paz social.

Pecar es mentir, quitarles la verdad a otros y poner mi mentira para conservar mi poder.  Pecar es fomentar la intolerancia para acabar con la paz social y así cometer todo tipo de injusticias y sembrar odios en la familia, en el trabajo, en la política, en la Iglesia.

Pecar es vivir en la oscuridad, alejándonos de los demás y al alejarnos de los hombres nos alejamos también de Dios.  Pero el pecado no sólo existen en las personas, existen también en las instituciones, porque las instituciones están formadas por personas.

Cristo viene a traernos el perdón de Dios, cuando nos reconocemos pecadores y pedimos su ayuda.  Cristo viene a quitar el pecado del mundo, es decir, a liberar a la sociedad de las cadenas de la injusticia, de la violencia, de los atentados contra la vida.

Como cristianos hemos de estar dispuestos a perdonar y también a promover la paz, el entendimiento entre todos, el progreso social.  Cristo viene a ayudarnos en esta difícil tarea.

No lo olvidemos, merece la pena quitar el pecado de nosotros y del mundo y vivir en paz con los hermanos, vivir en paz con Dios.

miércoles, 7 de enero de 2026

 

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO A)



Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor.  Con el Bautismo del Señor se nos revela al Hijo amado de Dios, que vino al mundo enviado por Dios Padre, con la  misión de salvar y liberar a los hombres.  En este día, Jesús deja la vida silenciosa de Nazaret y comienza su misión mesiánica.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado la figura del Siervo de Dios.  Este siervo de Dios es Jesús.  Dios lo ha elegido para traer la salvación a este mundo, pero no como lo hacen los poderosos del mundo.  El siervo no se impone a la fuerza, no humilla, no hunde lo pequeño y lo débil. 

Nuestro mundo está lleno de “portavoces” que pregonan a los cuatro vientos sus puntos de vista, ya sean políticos o religiosos.  Luchan para llegar a los medios de comunicación y así ganarse a muchos adeptos, discípulos o electores.  Estas personas gritan, insultan y descalifican a todos aquellos que se oponen a ellos.  Hay también personas que hablan de justicia y liberación, pero a la hora de la verdad, ellos no se “mojan las manos”, sólo saben pasar muchas horas discutiendo sobre lo que hay que hacer, pero ahí se queda todo, en solo discusiones. 

Para mejorar este mundo, por desgracia, se recurre a la violencia, a la injusticia, a la mentira, etc., Jesús, el Siervo de Dios, quiere salvar este mundo pero de una manera diferente: desde la humildad y la auténtica liberación del ser humano, desde el amor.

La 2ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice cómo lo que el profeta Isaías anunciaba en la primera lectura se ha hecho realidad en Jesús. Jesús pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos porque Dios estaba con Él.  Jesús no utiliza su fuerza ni su poder para salvar, sino que realiza su misión redentora por medio del amor y de la cruz.

El Señor, nos llama no a llevar una vida de maldad, sino una vida guiados por el Espíritu Santo.  Somos llamados por Dios a llevar una vida haciendo el bien a todos, como lo hizo el Señor.  A nosotros nos corresponde hacer que la salvación de Dios llegue a todos, sin excluir a nadie.  Y hemos de anunciar el Evangelio, no según nuestros criterios, sino al estilo de Jesús sin discriminar a nadie, haciendo el bien por todos.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado el Bautismo del Señor en el río Jordán por Juan el Bautista.

Pero ¿qué significa que Jesús se bautizara?  Por nuestro bautismo se nos quita el pecado original y nos convertimos en Hijos de Dios; el bautismo de Juan era un bautismo de conversión; Jesús no necesitaba ningún bautismo, pues no tenía pecado.  Se hizo semejante en todo a los hombres, menos en el pecado.  Jesús se bautizó como un acto de solidaridad con los hombres.  Y una vez bautizado comienza su vida pública.

Hoy nos encontramos ya con Jesús adulto, en el inicio de su vida pública.  Ha llegado la hora de la verdad.  Ha llegado la hora de manifestar al mundo para qué ha venido a este mundo.  Ha llegado la hora de manifestar en qué consiste la salvación que Dios nos trae.  Ha llegado la hora del compromiso y de la misión.  Esta es también nuestra hora, la hora de renovar nuestro trabajo, nuestra convivencia cotidiana, de vivir, y vivir por una causa, con una meta en la vida.

Hoy, es un día para que nosotros recordemos y renovemos nuestro bautismo.  El día que fuimos bautizados nos convertimos en hijos de Dios y continuadores de la misión de Jesús.  En el bautismo se nos dio el Espíritu Santo que nos hace que luchemos por la justicia hasta conseguir un mundo más humano, más fraterno, un mundo al estilo de Dios.

Somos, como Jesús, hijos, enviados por Dios a una misión y tenemos con nosotros la fuerza del Espíritu Santo para transformar el mundo.  Nosotros no somos personas que anden por el mundo sin familia y sin horizonte, ya que nuestra familia es toda la humanidad y nuestro horizonte es el Reino de Dios.

Por eso es importante y necesario que comencemos por ver la realidad que nos rodea, y que nos preguntemos ¿qué puedo hacer para cambiar esta realidad?  ¿Qué puedo hacer para que la sociedad se haga más justa y más fraterna?  Para algunos la cosa comenzará quizás por no hablar mal del vecino, otros tendrán que comenzar por hacer todo lo posible por perdonar al hermano o al compañero, buscando la reconciliación.  Otros tendrán que renovar su responsabilidad en su trabajo, otros tendrán que preguntarse si están pagando salarios justos, otros tendrán que renovar su compromiso por cumplir fielmente con sus deberes familiares.

Todos y cada uno tenemos que mirar a nuestro alrededor y ver qué podemos hacer.  Para eso somos cristianos, para eso hemos sido bautizados, para eso hemos sido hechos hijos de Dios y para eso se nos ha dado el Espíritu Santo.

Como bautizados, cada uno de nosotros está llamado a colaborar en la construcción del Reino de Dios y nuestra colaboración es única y necesaria.  Nuestro único temor debería ser el de no ser un fracaso para nosotros mismos, para los demás y para Dios.

Es la hora de la responsabilidad y del compromiso.  Que Dios renueve en nosotros la acción de su Espíritu para que cumplamos con la misión que se nos ha dado desde el día de nuestro bautismo.

lunes, 29 de diciembre de 2025

 

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (CICLO A)



¡Feliz año nuevo! Queridos hermanos: ¡Feliz año nuevo! Que el amor de Dios llene vuestros corazones y derrame sobre vosotros su paz.

El año viejo se ha terminado.  Dejemos atrás lo que ya no tiene remedio.  Dios, que es ante todo Padre, nos da una nueva oportunidad.  Dios, pone por delante de nosotros 12 meses, que son como 12 oportunidades, para intentar de nuevo sacar adelante todas nuestras asignaturas pendientes.  Aprovechemos esta oportunidad que Dios nos da para empezar bien el año 2026.

Tenemos que hacer que en este año 2026 cada persona, desde su lugar, y todos unidos, mejoremos en nuestras relaciones sociales, políticas, eclesiales y familiares.  Esforcémonos por eliminar de nuestra vida las divisiones tanto de grupos como de personas.  No caigamos en los insultos y amenazas, en las descalificaciones de unos contra otros; no difundamos verdades a medias o medias mentiras.  Que sepamos escuchar mejor las razones de los demás, que defendamos nuestras ideas con argumentos y no con prejuicios; busquemos la convivencia y no la intransigencia; la reconciliación y no la agresividad; seamos críticos con los demás, pero también con nosotros mismos cuando sea necesario.

Hagamos del año 2026 un año reconciliador, en el cual “las voluntades se dispongan a la reconciliación, los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano los pueblos busquen la unión, que las luchas se apacigüen y crezca el deseo de la paz; que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza”.

Este es un día también para dar gracias a Dios. Gracias por todo lo que hemos vivido en este año que terminamos, gracias por lo que viviremos en el año que comienza, gracias por todo lo nuevo que aparece en nuestra vida. Le pedimos a Dios que todos los buenos deseos que tenemos y que nos decimos en el Nuevo Año sepamos hacerlos realidad. Hagamos el propósito de favorecer todo lo que ayude a que haya más felicidad para todos, amigos y desconocidos. Hagamos nuestro los deseos de la bendición de la primera lectura: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz”.

Por eso comenzamos el año con una bendición.  Una bendición que proviene de Dios.  La bendición incluye la protección y la presencia de Dios en nuestras vidas.

Pero este día celebramos también la solemnidad de Santa María, Madre de Dios.  Es la fiesta de la madre de Jesús, de nuestra madre. Fiesta que habla, desde el corazón de la madre, de hijos y de fraternidad.  Porque es deseo de una madre ver a sus hijos vivir unidos en el amor con que a todos ellos los trajo a la vida. Y cuando el amor fraterno se rompe, el corazón de la madre queda herido. Un corazón, el de María, que sabía conservar todas las cosas que los sencillos decían de su Hijo, y que ella meditaba en su corazón. 

En esta mujer, María, se encarnó Jesús en la historia, “nacido de una mujer”. La mujer en la que es sembrada la vida, está hoy con frecuencia amenazada de muerte. Por el hambre y la pobreza, la destrucción y la miseria en el mundo pobre y excluido. Por la violencia del varón en este mundo que a sí mismo se llama civilizado.

En este día, celebración litúrgica de la Maternidad de María, la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de la Paz, poniendo un bien tan preciado y necesario bajo la protección de la Madre de Dios.



Este domingo es un eco de la fiesta de la Natividad del Señor. Y lo es, además, porque mañana celebraremos la Epifanía.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos ha hablado hoy de cómo la sabiduría en persona canta a sus propias excelencias. 

Antes de manifestarse a los hombres, la sabiduría preexistía ya junto a Dios, se identifica por una parte con la palabra de Dios, presentada en forma de persona, y por otra como una niebla que cubre la tierra, a la manera del espíritu que cubra la superficie del caos al comienzo de la creación.

La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría con mayúsculas; no de la del hombre, sino la de Dios.  Es todo un himno del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.

Nosotros, debemos vivir de acuerdo a la sabiduría divina, es decir, vivir de acuerdo a los valores más fundamentales de la vida, con un comportamiento justo, honrado y humanista; en definitiva eso es vivir con sabiduría.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos hace ver que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo.  Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia.

Dios tiene que ser bendecido por nosotros porque previamente Dios ha derramado sobre la humanidad, toda clase de bendiciones espirituales.

El Evangelio de san Juan, nos dice lo que es Dios, lo que es Jesucristo y lo que es el hecho de la Encarnación con esa expresión tan inaudita: “el Verso se hizo carne y habitó entre nosotros” La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra.

“Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). Toda la historia de la humanidad, reflejada en la historia de Israel, es una historia de salvación. Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más.

Decimos en el Credo: “Por nosotros… se hizo hombre”. Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Él pronuncia el nombre de cada persona y piensa en cada uno al verificar el milagro de amor y generosidad de “plantar su tienda entre nosotros”.

Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, san Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron”

Si Dios hubiera venido como Dios ¿quién no lo hubiera recibido? Si el Mesías se hubiera presentado en plan Mesías, ¿quién lo hubiera despreciado? El problema es que no se le conoció. Sabemos la vida de Jesús. Sabemos que no se pareció en nada al Mesías esperado. Sabemos que resultaba desconcertante: que el mismo Juan Bautista llegó a dudar de él… Problema pues de ceguera. Pero problema también de corazón.  Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y lo escuchan.

Hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje. Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se le sigue.

Con respecto a la Palabra de Dios, los hombres de hoy tenemos mayor responsabilidad que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión. Nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. Y ¡nos es tan fácil escucharlo! 

Nos duele, y lo consideramos una insensatez, que hijos, nietos o sobrinos no quieran escucharnos y aprovechar la riqueza de nuestra ciencia y de nuestra experiencia. ¿Cuál es la gravedad de nuestra insensatez si no nos acercamos a escuchar la Palabra del mismísimo Dios? ¿La escucho de verdad? Un cristiano tiene que ser un “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica”

Jesús no ha venido sólo a ofrecernos asombrosas orientaciones para nuestra vida. Los ángeles no cantan: os ha nacido un legislador, sino “os ha nacido un Salvador, Emmanuel” (Dios con nosotros). Jesús se revela como “la fuerza de nuestra fuerza y la fuerza de nuestra debilidad”.

Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.  Y asegura: “Sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él podemos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.



Celebramos hoy la fiesta de la Epifanía del Señor.  La Epifanía es la segunda fiesta más importante del tiempo de Navidad.  Epifanía significa manifestación.  Hoy el niño Jesús se da a conocer a todas aquellas personas que lo buscan con sincero corazón.

La 1ª lectura del profeta Isaías anuncia la llegada de la Luz salvadora de Dios, que cambiará a Jerusalén y que atraerá a la ciudad de Dios a todos los pueblos de mundo.

El profeta Isaías, nos invita a que levantemos nuestra mirada porque ha surgido una Luz que nos orientará e iluminará. Nos invita también a dejar a un lado la oscuridad del pecado para que dejemos paso a la Luz de la salvación que es Cristo, porque Cristo ha venido para ser “Luz que alumbra a todos los hombres de buena voluntad”.

Cuando en nuestra vida aparezca la oscuridad, la duda, las dificultades y preocupaciones, los sufrimientos y las tristezas, levantemos nuestros ojos al cielo y se nos mostrará la estrella de Jesús que alumbrará nuestro camino con la luz de su paz.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que todos los hombres, son miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa de salvación en Jesucristo.

La salvación es para todos los hombres.  La fe es un regalo y un don de Dios, que el Señor concede a todos los hombres de buena voluntad, sean del país que sea o de la raza que sea.  La fe en Jesús es la luz que nos orienta hacia Dios, al igual que la estrella orientó a los Magos hasta Belén donde estaba Jesús.  Lo importante es que nos dejemos guiar por Jesús, aunque haya momentos difíciles en nuestra vida, hemos de dejarnos guiar por esa luz que es Jesús.

El Evangelio de san Mateo nos ha relatado la adoración de los Magos.  Los Magos representan a todos los hombres y mujeres que buscan a Dios para adorarlo.

Dios nos llama siempre a través de una señal, en el evangelio de hoy es una estrella en la noche, algo que todos pueden ver, pero cuyo significado sólo lo entienden los que buscan sinceramente a Dios.

Todos somos llamados por Dios, pero para encontrarnos con Él, es necesario tener los ojos y el corazón bien abiertos para responder a su llamada.  Los Magos estaban seguros de que Dios los llamaba y por eso salen en su búsqueda.  Han dejado todo: tierra, casa, lo único importante es encontrarse con Dios.

Los Magos representan hoy a todos esos hombres y mujeres que buscan crecer en su fe, que tienen un corazón dispuesto a creer, a confiar, dispuestos a hacer camino; y este camino puede ser muy largo, superando toda clase de obstáculos.

Los Magos ven la estrella.  La estrella es la voz de Dios que nos manifiesta su amor.  Los Magos están abiertos a la llamada de Dios, vigilan, escuchan, buscan.  No son hombres superficiales, distraídos, sino que siguen la estrella. 

Los Magos no son hombres que hayan reducido su vida a vivir lo mejor posible, a aprovecharse, a disfrutar la vida.  Son capaces de dejar su tierra y familia, y ponerse en camino a buscar a Dios.  No están apegados o atados a las cosas, lugares o personas.  Son libres y llenos de esperanza, capaces de dejarlo todo por seguir la llamada.  Siguen la estrella a pesar de las dudas y de las pruebas del camino.

Los Magos no tienen duda, ese niño es el Dios Salvador y se arrodillan y lo adoran y le ofrecen regalos.  Adorar es quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante Dios, admirando su misterio desde nuestra pequeñez.

Le ofrecieron regalos.  Regalar algo es un gesto muy humano, expresa el deseo de ofrecer algo gratis, o mejor, darnos gratuitamente al amigo o a la persona querida o necesitada.  Hoy olvidamos lo que es el verdadero regalo, regalamos como un cumplimiento, o por interés para que nos regalen.

El Evangelio nos dice que le ofrecieron regalos valiosos: oro, incienso y mirra.  Lo valioso es entregar lo mejor que uno tiene, así lo hizo Dios con nosotros, al entregarnos a su Hijo.  No es cuestión de regalos sino de regalarse uno mismo a Dios.

Vieron al niño y se regresaron por otros caminos.  Si nosotros encontramos a Dios también haremos caminos nuevos, diferentes, nuestra vida ha de ser distinta.  Tenemos que tener la capacidad, cuando nos encontramos con Dios, de renovarnos y cambiar.  Dios cambia siempre nuestros planes.  Hay que confiar siempre en los planes de Dios, aunque no se entienda nada.  Creer es aceptar el camino que nos presenta Dios es estar siempre disponible, humildes y confiados.

Ver la estrella y seguirla, compartir, superar las dudas y buscar, cambiar y renovarnos, descubrir a Dios y confiar en Él.  Estas son las actitudes que hemos de aprender de los Magos. 

Pidámosle al Señor que los Magos nos dejen de regalo estas actitudes, para encontrarnos con Dios.

lunes, 22 de diciembre de 2025

 

NAVIDAD (CICLO A)



Cada año la fiesta de la Navidad nos lleva a fijar nuestra mirada en aquellas cosas simples y profundas que dan sentido y son el fundamento de nuestra vida: la fe en Dios, el valor de la familia y el poder del amor.  En estos días también se fortalece nuestra esperanza en la realización de una sociedad más justa y fraterna.  Todo esto que, quizás, nos parece lejano y difícil en Navidad lo vemos cercano y posible.

Navidad es el sí de Dios al hombre.  La Navidad nos recuerda, una vez más, que Dios no se ha desentendido del hombre sino que nos ha enviado a su Hijo, que nace en la humildad del pesebre, para acompañarnos con su palabra y su presencia.  Dios se hacer cercano a nosotros.  Esta cercanía de Dios es nuestra mayor riqueza y la fuente de nuestra esperanza.  El hombre ya no camina solo: Dios camina junto al hombre.

Sin embargo, no podemos dejar de pensar y de dolernos, en estos días en que celebramos el amor de Dios y proclamamos la esperanza de un mundo nuevo, en esa otra realidad de marginación que aún existe y que no podemos ver con indiferencia.  Recordemos que el niño Dios a quien hoy celebramos ha nacido en la pobreza y que a lo largo de su vida se ha identificado con los que sufren.  En nuestro mundo sigue habiendo violencia, desprecio por la vida; la droga invade y atrapa a muchos de nuestros jóvenes y no tan jóvenes, destruyendo sus ideales y su futuro; sigue habiendo muchos niños viviendo en la calle; hay enfrentamientos y rencores que dificultan el diálogo.

Todas estas sombras existen y nos duelen, pero no deben hacer que nos olvidemos de las riquezas y potencialidades que poseemos y que deberíamos, con responsabilidad y compromiso social, ponerlas al servicio de nuestros hermanos más necesitados. Porque esto también forma parte del mensaje de Navidad.

“Un niño os ha nacido, os ha nacido un Salvador”.  Así dijeron los ángeles a los pastores.  Y la señal de este Salvador es que encontrareis a un Niño, envuelto en pañales, acostado en un pesebre. No lo busquemos disfrazado de ropajes, ni en otros sitios que no lo vamos a encontrar.  Envuelto en pañales y en un pesebre, esa es la señal que dieron los ángeles.  Un Dios pobre que vive cerca de nosotros.  Así lo escucharon los pastores y fueron a ver qué era eso: era, por primera vez, la primera Navidad de la historia de la humanidad.  Hoy, hace 2016 años, en Belén de Judá, nació Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero.  Él es el Salvador que los hombres esperábamos.

Desde entonces Dios vino a nuestra tierra, a caminar por nuestros caminos, a compartir el pan y las penas, las alegrías y tristezas, a contarnos historias que ayudan a vivir con sentido y a morir con esperanza, a pedirnos que seamos dichosos y felices, a decirnos que no somos esclavos, somos hijos del Padre Dios que nos quiere.

Desde entonces, el amor de Dios sigue presente en el mundo entero, para cada hombre y cada mujer, cada anciano, cada niño, cada joven, que quiera aceptarlo.

Desde entonces, nosotros, cada uno de nosotros, somos llamados a dar testimonio de su amor en la familia y en el trabajo, en nuestra colonia y en nuestro pueblo, en los grupos, tanto civiles como religiosos, y en la labor al servicio de los que sufren, cerca de nosotros o en cualquier lugar del mundo.

Desde entonces todos los domingos, Jesús muerto y resucitado nos sigue convocando alrededor de su mesa, en la Eucaristía, para compartir con toda la comunidad cristiana el don de su palabra y de su Cuerpo y su Sangre, alimento de  vida eterna.

Desde entonces, hace hoy 2025 años, el perdón, la misericordia, la salvación de Dios se sigue derramando inagotablemente sobre cada uno de nosotros y sobre toda persona.

Alegrémonos y celebremos la Buena Noticia, la mejor noticia de toda la historia de la humanidad: el Nacimiento de Jesús.  Hagamos fiesta, que nazca la paz y la alegría en el corazón de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.  Que los oprimidos y los tristes se llenen de gozo y de alegría y que los que andan perdidos en la noche de la vida encuentren la única luz que los puede iluminar: Jesús.  Porque Dios está con nosotros, es un Dios cercano que nos ama y que nos salva y quiere que todos tengamos en Él vida plena.

Celebremos la Navidad en familia, con la familia.  Imitemos a Jesús, María y José para que la armonía y la fortaleza de Niño Dios nos ayuden a soportar todas las dificultades, a vivir en paz y en una total confianza en Dios.

Convirtámonos nosotros en actores de la Navidad, recorramos como los pastores el camino hacia Belén para encontrarnos con ese Niños que es Jesús, nuestro Salvador.  Hay que encontrarse con el Niño Jesús para que la Navidad sea una fiesta de paz y de familia.

Pidamos hoy, en esta misa de Navidad dos cosas: que todos nos sintamos más hermanos unos de otros, sin excluir a nadie, de modo que crezca la calidad de nuestro amor. Y que todos queramos acoger en nuestra vida la venida personal de Dios a nosotros, acoger su Palabra para que nos sintamos realmente queridos por Él. Y así, hoy y siempre, el amor de Dios dé frutos en todos nosotros.

Jesús vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, que nosotros que somos los suyos, recibamos en nuestras vidas a Jesús, que viene a salvarnos.



En este último domingo del año celebramos una fiesta entrañable. En el ambiente de la Navidad tenemos un recuerdo de la familia de Jesús, María y José en Nazaret. No sabemos muchas cosas de su vida. Pero una sí es segura: Jesús quiso nacer y vivir en una familia, quiso experimentar nuestra existencia humana y por añadidura, en una familia pobre, trabajadora, que tendría muchos momentos de paz y serenidad, pero que también supo de estrecheces económicas, de emigración, de persecución y de muerte.

La familia es la promotora y educadora de la fe. Sólo se puede aprender y asimilar el verdadero amor de Dios, viviéndolo en comunidad, y la primera y mejor comunidad es la familia. La familia da la verdadera sustancia de la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el inicio de las relaciones interpersonales más cercanas como con los parientes, las amistades y el pequeño grupo; sino que también da el verdadero sentido de la comunidad humana, como en las relaciones sociales, económicas y políticas.

Jesús encuentra en José y María el pequeño círculo que lo va haciendo madurar y entender la protección de su Padre Dios. Con ellos aprende las oraciones de todo judío, las tradiciones y las costumbres, que le descubren a un Dios que es fiel a su pueblo. Pero al mismo tiempo queda abierto para la nueva experiencia del amor con los demás, de la universalidad del amor de su Padre Dios y del verdadero culto y adoración al Señor.

¿Qué sentido de Dios vivimos en la familia? ¿Hay una verdadera educación y enseñanza del amor de Dios, de la búsqueda de la hermandad y del sentido de nuestras prácticas religiosas? ¿Es nuestra familia una oportunidad de encuentro con Dios?

A Jesús se le conoce como “el hijo de José el carpintero”. Como en todos nuestros pueblos y comunidades aprendería desde pequeño el mismo oficio de su padre José, y sabría la forma de irse ganando la vida, confiando en la providencia pero “sudando para llevar el pan a la mesa”. Sin embargo la migración y el cambio de sistema, no favorecen ni la convivencia ni la educación para el trabajo.

Los niños y los jóvenes pasan demasiado tiempo ociosos, solos y sin beneficio. O bien, desde muy pequeños son obligados a sostener y aportar a las familias, no en compañía de los padres, sino con riesgos y peligros del trabajo en la calle o en economías informales. El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual.

Los salarios, con su raquítico aumento frente a la constante inflación, no permiten una sana educación, una buena alimentación, y un tiempo de eficaz convivencia. Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona ¿Cómo vivir más y mejores momentos de relación entre padres e hijos y aun con la misma pareja? Son fuertes retos que tiene que afrontar toda familia.

La educación, el ir creciendo de la mano de los padres, se ha ido perdiendo y va quedando bajo la responsabilidad de la escuela, de la calle y de los medios de comunicación. Y aunque hay quienes aportan y ofrecen medios para hacer madurar la persona, son tan pocos y están tan opacados, que es difícil que lleguen a la mayoría de los niños y los jóvenes, que frecuentemente se ven sometidos a un bombardeo y agresiva oferta de pornografía y permisividad que los ahoga y los induce al alcohol, a la droga y al vida fácil.

No se educa para el amor ni para la responsabilidad. No se enseña a tener iniciativas propositivas y planes formativos. No se propicia un ambiente de servicio y de compartir, sino de competencia, individualismo y gozo personal. ¿Qué tendríamos que cambiar para educar mejor a los jóvenes y a los niños?

Nos vemos amenazados, además, por graves problemas de secuestros, de trata de menores, de pornografía, de drogadicción y pandillerismo, y optamos por encerrarnos y proteger cuanto podemos a los pequeños, pero apenas se les ofrece libertad, la confunden con libertinaje, con corrupción y ambición.

Hoy más que nunca tenemos que buscar caminos que fortalezcan la familia, la pareja, la relación entre los hermanos y la convivencia con los demás. El modelo de la Sagrada Familia aparece como un ideal al que debemos tender: crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. ¿En qué tendremos que poner más atención para mejorar nuestras familias? ¿Buscamos a los hijos como lo hacían María y José?

Pidamos hoy a Dios nuestro Padre, Él que nos dio en la Sagrada Familia de su Hijo un modelo perfecto para nuestras familias, que sepamos practicar las virtudes domésticas y estar unidos por los lazos del amor para que podamos ir un día a gozar con la Sagrada Familia de las alegrías eternas.