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lunes, 9 de febrero de 2026

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos hablaba de la libertad que Dios le da al hombre para poder cumplir los mandamientos. 

“Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad.”.  Somos libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro difícil, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de comodón. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro, encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida. 

“Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras.” Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos… Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos.

El hombre es libre para poder hace el bien o no. Aunque Dios desea que los hombres hagamos el bien, sin embargo respeta nuestra libertad.  Lo que sí hay que tener en cuenta es que el pecado no viene de Dios, sino del interior de la persona.  En nuestro interior está la capacidad para cumplir o no la voluntad de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que la verdadera sabiduría es un don del Espíritu Santo.

San Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el desorden actual en el que vivimos y que es la que siguen los que quieren dominar el mundo y buscan  el poder y la sabiduría en las fuerzas del mal y por eso se opone a Cristo y a su Evangelio, y la sabiduría de Dios que Pablo comunica a los cristianos adultos en la fe. Estos son cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y viven de acuerdo con él, y son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y de la prudencia  para “distinguir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente”.  Esta sabiduría la comunica Dios a quienes lo aman. 

El Evangelio de san Mateo nos dice cuál es la misión de Jesús.  El no ha venido a abolir la ley o los profetas, pero sí ha venido a formular la ley de una manera nueva.

Jesús dice: “habéis oído que no debéis matar,  no debéis cometer adulterio, no debéis pelearos con vuestro hermano, etc. pero yo os digo”.  Así Jesús va enumerando 6 formulaciones de la ley del A.T.  Hoy hemos leído 4 y el domingo que viene leeremos las 2 restantes.  Esas 6 formulaciones de la ley van cayendo como 6 piedras que cayesen desde lo alto de una montaña.  Son 6 piedras del legalismo judío que Jesús hace que se caigan, y esto molesta a muchas personas.

Desde el monte de las bienaventuranzas, Jesús lanzó 6 piedras que dieron en el blanco de nuestro bienestar, de nuestras seguridades, de nuestros egoísmos, de nuestros compromisos.

Esas 6 frases: “pero yo os digo”, tienen una fuerza que cambian el ritmo de todas las cosas.  “Habéis oído  que se dijo a los antiguos”, “pero yo os digo”.  Con esto se pasa del legalismo a la ley del amor.

Aquellos “pero” de Cristo hicieron temblar a la justicia.  Quitaron las vendas de la hipocresía, deshicieron miles de preceptos, para abrir un camino real a la libertad de los Hijos de Dios.   Esos seis “pero” de Cristo fueron destruyendo el tradicionalismo y la costumbre.

Pero los hombres al “pero” de Cristo, pusimos nuestros propios “peros”.  “No matar”, pero, los hombres en ciertas circunstancias y motivos convertimos en lícito el matar, y esto alentó a miles de asesinos y ha habido millones de muertes en nuestro mundo.

Cristo dice: “Amad a vuestros enemigos”, pero los hombres en ciertos casos no hacemos respetar esto y por ello se ha desencadenado una salvaje caza del hombre, tan solo porque ese hombre no tiene el color de nuestra piel o no comparte nuestras ideas.

Cristo dijo: “Sed perfectos”, y nosotros decimos: pero seamos realistas, tengamos en cuenta nuestra fragilidad humana, y así nos vamos colocando fuera del evangelio.

“Habéis oído”, sí, hemos oído muchas cosas, pero hemos aprendido demasiadas habilidades para hacer que el evangelio no nos estropee excesivamente nuestro sueño o nuestra tranquilidad.   

No se trata de no hacer el mal, sino de hacer el bien para manifestar tu amor a los demás. Como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, puesto que si amas de verdad estás cumpliendo la ley entera.

Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

lunes, 10 de febrero de 2025

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas de este domingo nos hablan de la verdadera felicidad.  Muchas personas se pasan toda su vida persiguiendo la felicidad, felicidad que para muchos está fuera de su alcance, y para otros, cuando creen que la han alcanzado, la felicidad desaparece como una burbuja de jabón.

El profeta Jeremías, en la primera lectura, llama maldito al hombre que confía en el hombre, y llama bendito al hombre que confía en Dios.

Confiar en el hombre es confiar en las propias fuerzas, es sentirse autosuficiente, es rechazar cualquier tipo de ayuda, cualquier tipo de auxilio de Dios.  Es creer que el ser humano es más que Dios. 

Hay personas que sólo confían en el hombre, en el poder humano y buscan la felicidad hecha a su medida y al margen de Dios, y normalmente esa felicidad está muy alejada de la felicidad que Dios quiere para nosotros.  El que confía en el hombre es aquel que no quiere formar parte de la aventura que Dios nos ha preparado.

El que confía en el hombre es aquel que sólo cree en su cuenta bancaria, en amistades influyentes, en la posición social.  En definitiva, el que construye su vida la margen de Dios.

Estas personas, puede que aparentemente les vaya bien, pero tarde o temprano será una persona sola y desamparada.

La persona que confía en el Señor es aquella que produce abundantes frutos, es aquella que se entrega absoluta e incondicionalmente a Dios.  La persona que confía en el Señor, cuando llegan los momentos duros como una enfermedad, quedarse sin trabajo, estar sólo, etc., se mantiene firme en su fe, y sigue dando frutos. 

Prescindir de Dios es nuestra vida es andar por caminos de muerte y renunciar a la felicidad y a una vida plena.  Hemos pues de hacer una opción fundamental en nuestra vida: confiar en el Señor o confiar en el hombre.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos habla hoy de la certeza de la resurrección.

Si nuestra vida terminara aquí, en la tierra, entonces, sí que lo único importante en esta vida sería llenarnos solamente de bienes materiales.  Pero nuestra vida no termina, se transforma con la muerte y comenzamos a vivir la vida de Cristo resucitado.

La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para todos nosotros.  Si no hubiera resurrección no tendría sentido cree en Dios, no tendría sentido nuestros esfuerzos por más atractiva que fuera esta vida.  La resurrección es la base y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.  No olvidemos que en la vida y en la muerte somos del Señor.

San Lucas, en el Evangelio de hoy,  nos dice que Jesús viene a proclamar dónde y cómo podemos encontrar la felicidad.

Hay personas que  confunden la felicidad con la prosperidad. Y, para muchos lo importante para ser feliz es “tener dinero”.  No tienen otro proyecto en la vida. Trabajar para tener dinero. Tener dinero para comprar cosas. Poseer cosas para adquirir una posición y ser algo en la sociedad.

Buscar, alcanzar la felicidad es el deseo más fuerte que siente todo ser humano. Todos nosotros anhelamos la felicidad, queremos ser felices.  Ser feliz es la aspiración más profundamente humana, más auténtica. Dios nos ha creado para ser felices.

Pero el problema está en que escogemos el camino equivocado y la felicidad no llega. Jesús nos propone un camino seguro de felicidad.

Jesús da un giro total a los criterios humanos sobre la felicidad, a lo que nosotros pensamos sobre la felicidad. Nos dice quiénes están en el verdadero camino de ser felices y quiénes en el camino de ser infelices, pero infelices de verdad.

Jesús declara dichosos, porque poseen el reino de Dios, ya desde ahora y no sólo en la otra vida, a los que el mundo tiene por infelices: son los pobres y los que tienen hambre, los que lloran y los que sufren, los misericordiosos que saben perdonar, los honrados y limpios de corazón, los que trabajan por la paz desde la no violencia, los perseguidos a causa de su fidelidad a Dios y a su Reino.

Y por el contrario, proclama infelices, dignos de lástima y amenazados de maldición a los que son ricos, están saciados, ríen y son aplaudidos por todos.

Las bienaventuranzas, nos ofrecen la imagen de un Dios Padre, que se coloca de parte de los pequeños y de los humildes, que “pone su fuerza  al servicio de los desheredados”, se preocupa de los excluidos, privilegia a los que no cuentan, toma en serio la suerte de quien es marginado y rechazado.

No podemos buscar la felicidad a costa del otro. Eso genera desgracia a nuestro alrededor y desgracia en el fondo del corazón.

La felicidad no está en el bienestar, en el tener. La civilización de la abundancia nos ha ofrecido medios de vida pero no nos ha hecho felices. Para lograr nuestro bienestar somos capaces de mentir, defraudar, traicionarnos a nosotros mismos y destrozarnos unos a otros. Y así, no se puede ser feliz. Pidamos hoy al Señor que descubramos el camino de la verdadera felicidad. ¿No seremos más felices cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más? 

lunes, 5 de febrero de 2024

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingo son una invitación a que no marginemos a nadie por ningún motivo ya que todos somos hijos de Dios.  Dios no excluye a nadie sino que nos acepta a todos y nos invita a formar parte de la comunidad cristiana.

La 1ª  lectura del libro del Levítico nos describe el proceso por el que un “leproso” era declarado impuro y separado de la comunidad de Israel. El leproso era un marginado, un excluido de la sociedad.

Los hombres somos capaces de inventar leyes que discriminen y excluyan en nombre de Dios a otros seres humanos de sus derechos más elementales.

Esta lectura de hoy nos invita a repensar nuestras actitudes y comportamientos hacia nuestros hermanos, ya que, a veces, por querer ser muy legales y muy justos estamos marginando o excluyendo a muchas personas de sus derechos.  En ocasiones, incluso, en nombre de Dios estamos alejando a las personas, condenándolas, catalogándolas de pecadoras, y así les estamos impidiendo que puedan llegar a tener una experiencia cercana de Dios o que se acerquen a la comunidad parroquial.

Nosotros como cristianos no podemos marginar a nadie por sus ideas, por su forma de pensar o actuar, sino que hay que acercarse a todos y tenderle la mano a todos como lo hizo Jesús con todo aquel que se encontraba en el camino de la vida.  Nosotros podemos tender siempre la mano generosa al marginado, cumpliendo la Ley suprema del amor cristiano.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios, nos da un principio de conducta cristiana que, si lo llevásemos a la práctica, evitaríamos muchos problemas en nuestra familia, en nuestro trabajo y en nuestra sociedad.  Nos decía san Pablo: “no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven”.

Pablo consigue con su exhortación dar una norma general importantísima para la conducta del cristiano: “hacedlo todo para gloria de Dios”. Todas nuestras acciones, posturas ante la vida, prácticas generales y hasta pensamientos todos deben ser para mayor gloria de Dios.

Pero no es fácil. Hay una tendencia a encerrar en la Iglesia algunas cosas y cuestiones, haciendo en la calle lo que hace la mayoría o está más de moda. Es decir solo queremos al prójimo en la Iglesia, pero al salir fuera seremos capaces de explotar o humillar a nuestros hermanos. Y si no lo hacemos directamente colaboraremos con empresas o situaciones que lo hacen. Además hacer todo por la gloria de Dios, quiere decir que todo lo creado es bueno.

Cada cristiano debe ser capaz de prescindir de sus intereses y esquemas personales, a fin de dar prioridad a los proyectos de Dios; cada cristiano debe ser capaz de superar el egoísmo y la comodidad, a fin de hacer de su propia vida un servicio y una entrega de amor a los hermanos.

El Evangelio de san Marcos nos presenta la actitud de Jesús con un leproso. Jesús “Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

«Quiero: queda limpio»”. Este gesto de Jesús pone de manifiesto que Dios no usa las enfermedades para castigar. Jesús se acerca a todos y deja que todos se acerquen a Él.

Cristo no admite divisiones, ni exclusiones. Algunas personas evaden a los marginados; les incomoda la presencia del enfermo, del pobre, del marginado. Preferimos que estén lejos, no queremos cerca el contacto directo con el dolor y la miseria, evitamos la relación y contacto con los que sufren. Existen entre nosotros muchas “lepras” que hacen infelices a los hombres y mujeres y los sitúan en el grupo de los marginados. Hay quienes nos incomodan, molestan, y preferimos no verlos y su única desgracia es sufrir injusticias y tragedias sociales.

Pero hay también otros, que sin pertenecer al mundo de la marginación social, incomodan, molestan, y preferimos no verlos; no piensan como nosotros, tienen otra visión de la organización de la vida cultural, social, económica, política.

Nos separamos, nos protegemos detrás de nuestra vida, de nuestras ideas, de nuestros intereses, de nuestras ideologías, y nos defendemos de sus ideas, de sus intereses, de sus ideologías. Así nuestra sociedad aparece dividida, separada en grupos cerrados, no se tiende la mano, los grupos tratan de ignorarse y si se hablan… a veces es casi mejor que guardaran silencio.

Se vive a la defensiva, excluyéndose mutuamente, cada vez más incapaces de romper distancias y de adoptar una postura de comprensión hacia los demás. Nos hemos acostumbrado a aceptar solo a los “nuestros”, a los demás los toleramos, o los miramos con indiferencia. Nosotros hemos de sabernos ante todo amados por Dios nuestro Padre. Sentirnos hermanos de todos los hombres y mujeres.

Jesús, curando al leproso nos enseña que el amor no margina a nadie.  No marginemos nosotros a nadie por su ideología, o su manera de pensar.

lunes, 6 de febrero de 2023

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos hablaba de la libertad que Dios le da al hombre para poder cumplir los mandamientos. “Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad”.  Somos libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro difícil, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de comodón. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro, encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida. 

“Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras”. Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos… Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos.

El hombre es libre para poder hace el bien o no. Aunque Dios desea que los hombres hagamos el bien, sin embargo respeta nuestra libertad.  Lo que sí hay que tener en cuenta es que el pecado no viene de Dios, sino del interior de la persona.  En nuestro interior está la capacidad para cumplir o no la voluntad de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que la verdadera sabiduría es un don del Espíritu Santo.

San Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el desorden actual en el que vivimos y que es la que siguen los que quieren dominar el mundo y buscan el poder y la sabiduría en las fuerzas del mal y por eso se opone a Cristo y a su Evangelio, y la sabiduría de Dios que Pablo comunica a los cristianos adultos en la fe. Estos son cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y viven de acuerdo con él, y son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y de la prudencia para “distinguir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente”.  Esta sabiduría la comunica Dios a quienes lo aman. 

El Evangelio de san Mateo nos dice que Jesús no ha venido a abolir la ley o los profetas, pero sí ha venido a formular la ley de una manera nueva.

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de Él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.

Pero Jesús nos dice que no es suficiente con cumplir la Ley.  Es necesario abrirnos a Dios Padre y colaborar con Él en hacer una vida más justa y fraterna.

Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.

Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.

Por otra parte, las conversaciones están a menudo dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.

Hay también divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”.  El Papa Francisco decía: “No a la guerra entre nosotros”.

Es lamentable como en algunas comunidades cristianas consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer nuestras propias ideas a costa de cualquier cosa y hasta hay persecuciones que parecen una caza de brujas. 

¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?  Hay que trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar como nos cuidamos unos de otros, cómo nos damos aliento y cómo nos acompañamos mutuamente en nuestras necesidades”.

Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

lunes, 7 de febrero de 2022

 

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de este domingo nos hablan de la verdadera felicidad.  Muchas personas se pasan toda su vida persiguiendo la felicidad, felicidad que para muchos está fuera de su alcance, y para otros, cuando creen que la han alcanzado, la felicidad desaparece como una burbuja de jabón.

El profeta Jeremías, en la primera lectura, llama maldito al hombre que confía en el hombre, y llama bendito al hombre que confía en Dios.

Confiar en el hombre es confiar en las propias fuerzas, es sentirse autosuficiente, es rechazar cualquier tipo de ayuda, cualquier tipo de auxilio de Dios.  Es creer que el ser humano es más que Dios. 

Hay personas que sólo confían en el hombre, en el poder humano y buscan la felicidad hecha a su medida y al margen de Dios, y normalmente esa felicidad está muy alejada de la felicidad que Dios quiere para nosotros.  El que confía en el hombre es aquel que no quiere formar parte de la aventura que Dios nos ha preparado.

El que confía en el hombre es aquel que sólo cree en su cuenta bancaria, en amistades influyentes, en la posición social.  En definitiva, el que construye su vida la margen de Dios.

Estas personas, puede que aparentemente les vaya bien, pero tarde o temprano será una persona sola y desamparada.

La persona que confía en el Señor es aquella que produce abundantes frutos, es aquella que se entrega absoluta e incondicionalmente a Dios.  La persona que confía en el Señor, cuando llegan los momentos duros como una enfermedad, quedarse sin trabajo, estar sólo, etc., se mantiene firme en su fe, y sigue dando frutos. 

Prescindir de Dios es nuestra vida es andar por caminos de muerte y renunciar a la felicidad y a una vida plena.  Hemos pues de hacer una opción fundamental en nuestra vida: confiar en el Señor o confiar en el hombre.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos habla hoy de la certeza de la resurrección.

Si nuestra vida terminara aquí, en la tierra, entonces, sí que lo único importante en esta vida sería llenarnos solamente de bienes materiales.  Pero nuestra vida no termina, se transforma con la muerte y comenzamos a vivir la vida de Cristo resucitado.

La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para todos nosotros.  Si no hubiera resurrección no tendría sentido cree en Dios, no tendría sentido nuestros esfuerzos por más atractiva que fuera esta vida.  La resurrección es la base y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.  No olvidemos que en la vida y en la muerte somos del Señor.

San Lucas, en el Evangelio de hoy,  nos dice que Jesús viene a proclamar dónde y cómo podemos encontrar la felicidad.

Hay personas que  confunden la felicidad con la prosperidad. Y, para muchos lo importante para ser feliz es “tener dinero”.  No tienen otro proyecto en la vida. Trabajar para tener dinero. Tener dinero para comprar cosas. Poseer cosas para adquirir una posición y ser algo en la sociedad.

Buscar, alcanzar la felicidad es el deseo más fuerte que siente todo ser humano. Todos nosotros anhelamos la felicidad, queremos ser felices.  Ser feliz es la aspiración más profundamente humana, más auténtica. Dios nos ha creado para ser felices.

Pero el problema está en que escogemos el camino equivocado y la felicidad no llega. Jesús nos propone un camino seguro de felicidad.

Jesús da un giro total a los criterios humanos sobre la felicidad, a lo que nosotros pensamos sobre la felicidad. Nos dice quiénes están en el verdadero camino de ser felices y quiénes en el camino de ser infelices, pero infelices de verdad.

Jesús declara dichosos, porque poseen el reino de Dios, ya desde ahora y no sólo en la otra vida, a los que el mundo tiene por infelices: son los pobres y los que tienen hambre, los que lloran y los que sufren, los misericordiosos que saben perdonar, los honrados y limpios de corazón, los que trabajan por la paz desde la no violencia, los perseguidos a causa de su fidelidad a Dios y a su Reino.

Y por el contrario, proclama infelices, dignos de lástima y amenazados de maldición a los que son ricos, están saciados, ríen y son aplaudidos por todos.

Las bienaventuranzas, nos ofrecen la imagen de un Dios Padre, que se coloca de parte de los pequeños y de los humildes, que “pone su fuerza  al servicio de los desheredados”, se preocupa de los excluidos, privilegia a los que no cuentan, toma en serio la suerte de quien es marginado y rechazado.

No podemos buscar la felicidad a costa del otro. Eso genera desgracia a nuestro alrededor y desgracia en el fondo del corazón.

La felicidad no está en el bienestar, en el tener. La civilización de la abundancia nos ha ofrecido medios de vida pero no nos ha hecho felices. Para lograr nuestro bienestar somos capaces de mentir, defraudar, traicionarnos a nosotros mismos y destrozarnos unos a otros. Y así, no se puede ser feliz.

Pidamos hoy al Señor que descubramos el camino de la verdadera felicidad. ¿No seremos más felices cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más? 

lunes, 8 de febrero de 2021

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos presenta a un Dios lleno de amor, bondad y ternura, que nos invita a nos excluir a nadie, a no marginar a nadie por ningún motivo, sino que nos aceptemos todos ya que todos formamos parte de la comunidad cristiana.

La 1ª lectura del libro del Levítico nos describe el proceso por el que un “leproso” era declarado impuro y separado de la comunidad de Israel.  El leproso era un marginado, un excluido de la sociedad, para todos los efectos, era una persona muerta en vida.

Cuando una persona tenía lepra, se pensaba que era porque él o sus padres eran pecadores y por lo tanto la lepra se veía como un castigo de Dios.  Hoy también nos encontramos con personas que ante una enfermedad, o una desgracia piensan que es un castigo de Dios y llegan a decir: “¿Qué habré hecho yo para merecer esto, Señor?”

Ni la enfermedad, ni las desgracias son queridas por Dios, son consecuencia del mal uso de nuestra libertad y de las limitaciones humanas.  Pero Dios no castiga a nadie con la enfermedad o la desgracia.  Por ello, no marginemos a nadie porque sufre alguna enfermedad o desgracia.  Como cristianos estamos llamados a acercarnos a todos y tender la mano a los que más nos necesitan y hacer como Jesús, acercarnos, con amor, a los enfermos y marginados y ofrecerles nuestra ayuda.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos decía: “hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios” Si este principio cristiano, lo llevásemos todos a la práctica, evitaríamos muchísimos problemas en nuestra convivencia familiar, laboral y social.

Si todo lo que hacemos, si nuestro estilo de vida, si nuestra manera de relacionarnos con los demás y con las cosas, si todos nuestros pensamientos fueran para mayor gloria de Dios, ¡que diferente sería este mundo! ¡Qué diferente serían nuestras relaciones con los demás!

Hacer todo para darle gloria a Dios, no es una tarea fácil, porque para ello tendríamos que ser capaces de prescindir de nuestros intereses egoístas y personales para dar prioridad a los planes y proyectos de Dios. 

Hay personas que creen que en la Iglesia hay que ser muy buenos pero en la calle hay que hacer lo que hace la mayoría o lo que está de moda.  Nos damos la paz en la Iglesia pero al salir a la calle somos capaces de explotar o humillar a nuestros hermanos y si no lo hacemos directamente, colaboramos con empresas o situaciones que sí lo hacen.

Como cristianos tenemos que renunciar a nuestros intereses personales o incluso a nuestros derechos, si estos van contra cualquier ser humano y hacer todo para gloria de Dios, es decir actuar siempre con amor y caridad hacia el prójimo.

El Evangelio de San Marcos nos presenta la actitud de Jesús con un leproso. Jesús “Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:
«Quiero: queda limpio»”. 
Jesús se acerca a todos y deja que todos se acerquen a Él.

Cristo no admite divisiones, ni exclusiones. Algunas personas se apartan de los marginados; les incomoda la presencia del enfermo, del pobre, del marginado. Preferimos que estén lejos, no queremos cerca el contacto directo con el dolor y la miseria, evitamos la relación y contacto con los que sufren. Existen entre nosotros muchas “lepras” que hacen infelices a los hombres y mujeres y los sitúan en el grupo de los marginados. Hay quienes nos incomodan, molestan, y preferimos no verlos y su única desgracia es sufrir injusticias y tragedias sociales.

Pero hay también otros, que nos incomodan y molestan, y preferimos no verlos. Son los que no piensan como nosotros, los que tienen otra visión de la vida cultural, social, económica o política.

Nos separamos, nos protegemos detrás de nuestra vida, de nuestras ideas, de nuestros intereses, de nuestras ideologías, y nos defendemos de sus ideas, de sus intereses, de sus ideologías. Así nuestra sociedad aparece dividida, separada en grupos cerrados, no se tiende la mano, los grupos tratan de ignorarse. Nos hemos acostumbrado a aceptar solo a los “nuestros”, a los demás los toleramos, o los miramos con indiferencia.  Hay personas con las que no nos gustan que nos vean, con las que no hablamos y si hablamos… a veces sería mejor que guardáramos silencio.  Hay grupos sociales, políticos e incluso religiosos que se ignoran. 

Claro que no todos tenemos que pensar igual, ni tenemos que formar parte de los mismos grupos sociales, políticos, religiosos, por supuesto que no, pero, al menos, hemos de mantener el respeto a las opiniones y actitudes de los demás.

Dios nos ha dado libertad para pensar, para ser diferentes. No ha querido clonarnos, nos ha hecho así, limitados pero libres y con nuestra libertad hemos de empeñarnos por trabajar todos juntos por el desarrollo y el progreso de nuestro mundo, buscando lo que nos une y no lo que nos separa. Dispuestos a ayudar sobre todo a los castigados por la vida

Jesús, curando al leproso nos enseña que el amor no margina a nadie.  No marginemos nosotros a nadie por su ideología, o su manera de pensar.

martes, 11 de febrero de 2020


VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios.

 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos hablaba de la libertad que Dios le da al hombre para poder cumplir los mandamientos. “Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad”.  Somos libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro difícil, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de comodón. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro, encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida. 

 
“Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras”. Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos... Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos.

El hombre es libre para poder hace el bien o no. Aunque Dios desea que los hombres hagamos el bien, sin embargo respeta nuestra libertad.  Lo que sí hay que tener en cuenta es que el pecado no viene de Dios, sino del interior de la persona.  En nuestro interior está la capacidad para cumplir o no la voluntad de Dios.
 

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que la verdadera sabiduría es un don del Espíritu Santo.

 
San Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el desorden actual en el que vivimos y que es la que siguen los que quieren dominar el mundo y buscan el poder y la sabiduría en las fuerzas del mal y por eso se opone a Cristo y a su Evangelio, y la sabiduría de Dios que Pablo comunica a los cristianos adultos en la fe. Estos son cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y viven de acuerdo con él, y son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y de la prudencia para “distinguir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente”.  Esta sabiduría la comunica Dios a quienes lo aman. 

 
El Evangelio de san Mateo nos dice cuál es la misión de Jesús.  Él no ha venido a abolir la ley o los profetas, pero sí ha venido a formular la ley de una manera nueva.

 
Jesús dice: “Vosotros habéis oído que no debéis matar, no debéis cometer adulterio, no debéis pelearos con vuestro hermano, etc. pero yo os digo”.  Así Jesús va enumerando 6 formulaciones de la ley del A.T.  Hoy hemos leído 4 y el domingo que viene leeremos las 2 restantes.  Esas 6 formulaciones de la ley van cayendo como 6 piedras que cayesen desde lo alto de una montaña.  Son 6 piedras del legalismo judío que Jesús hace que se caigan, y esto molesta a muchas personas.
 

Desde el monte de las bienaventuranzas, Jesús lanzó 6 piedras que dieron en el blanco de nuestro bienestar, de nuestras seguridades, de nuestros egoísmos, de nuestros compromisos.

 
Esas 6 frases: “pero yo os digo”, tienen una fuerza que cambian el ritmo de todas las cosas.  “Habéis oído que se dijo a los antiguos”, “pero yo os digo”.  Con esto se pasa del legalismo a la ley del amor.

 
Aquellos “pero” de Cristo hicieron temblar a la justicia.  Quitaron las vendas de la hipocresía, deshicieron miles de preceptos, para abrir un camino real a la libertad de los Hijos de Dios.   Esos seis “pero” de Cristo fueron destruyendo el tradicionalismo y la costumbre.

 
Pero los hombres al “pero” de Cristo, pusimos nuestros propios “peros”.  “No matar”, pero, los hombres en ciertas circunstancias y motivos convertimos en lícito el matar, y esto alentó a miles de asesinos y ha habido millones de muertes en nuestro mundo.

 
Cristo dice: “Amad a vuestros enemigos”, pero los hombres en ciertos casos no hacemos respetar esto y por ello se ha desencadenado una salvaje caza del hombre, tan solo porque ese hombre no tiene el color de nuestra piel o no comparte nuestras ideas.

 
Cristo dijo: “Sed perfectos”, y nosotros decimos: pero seamos realistas, tengamos en cuenta nuestra fragilidad humana, y así nos vamos colocando fuera del evangelio.

 
“Vosotros habéis oído”, sí, hemos oído muchas cosas, pero hemos aprendido demasiadas habilidades para hacer que el evangelio no nos estropee excesivamente nuestro sueño o nuestra tranquilidad.   

 
No se trata de no hacer el mal, sino de hacer el bien para manifestar tu amor a los demás. Como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, puesto que si amas de verdad estás cumpliendo la ley entera.

 
Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

 

martes, 12 de febrero de 2019

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos hablan de la verdadera felicidad.  Muchas personas se pasan toda su vida persiguiendo la felicidad, felicidad que para muchos está fuera de su alcance, y para otros, cuando creen que la han alcanzado, la felicidad desaparece como una burbuja de jabón.
 
El profeta Jeremías, en la primera lectura, llama maldito al hombre que confía en el hombre, y llama bendito al hombre que confía en Dios.
 
Confiar en el hombre es confiar en las propias fuerzas, es sentirse autosuficiente, es rechazar cualquier tipo de ayuda, cualquier tipo de auxilio de Dios.  Es creer que el ser humano es más que Dios. 
 
Hay personas que sólo confían en el hombre, en el poder humano y buscan la felicidad hecha a su medida y al margen de Dios, y normalmente esa felicidad está muy alejada de la felicidad que Dios quiere para nosotros.  El que confía en el hombre es aquel que no quiere formar parte de la aventura que Dios nos ha preparado.
 
El que confía en el hombre es aquel que sólo cree en su cuenta bancaria, en amistades influyentes, en la posición social.  En definitiva, el que construye su vida la margen de Dios.
 
Estas personas, puede que aparentemente les vaya bien, pero tarde o temprano será una persona sola y desamparada.
 
La persona que confía en el Señor es aquella que produce abundantes frutos, es aquella que se entrega absoluta e incondicionalmente a Dios.  La persona que confía en el Señor, cuando llegan los momentos duros como una enfermedad, quedarse sin trabajo, estar sólo, etc., se mantiene firme en su fe, y sigue dando frutos. 
 
Prescindir de Dios es nuestra vida es andar por caminos de muerte y renunciar a la felicidad y a una vida plena.  Hemos pues de hacer una opción fundamental en nuestra vida: confiar en el Señor o confiar en el hombre. 
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos habla hoy de la certeza de la resurrección.
 
Si nuestra vida terminara aquí, en la tierra, entonces, sí que lo único importante en esta vida sería llenarnos solamente de bienes materiales.  Pero nuestra vida no termina, se transforma con la muerte y comenzamos a vivir la vida de Cristo resucitado.
 
La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para todos nosotros.  Si no hubiera resurrección no tendría sentido cree en Dios, no tendría sentido nuestros esfuerzos por más atractiva que fuera esta vida.  La resurrección es la base y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.  No olvidemos que en la vida y en la muerte somos del Señor.
 
En el Evangelio de San Lucas hemos escuchado las bienaventuranzas, es decir el camino para ser felices, según Jesús.
 
Todos buscamos ser felices.  Estamos hechos para la felicidad.  Lo que sucede es que no coincidimos ni en qué es la felicidad, ni cómo conseguirla.
 
El mundo nos propone una felicidad barata, que nos deslumbra en un primer instante, pero que es de quita y pon.  Una felicidad solitaria y egoísta que alegra los sentidos pero nos deja vacíos por dentro.  Una felicidad que a la larga nos deja insatisfechos.
 
El mundo dice que es feliz el que más tiene, el que posee más comodidades y seguridades; el que más se divierte, el que va a más fiestas, el que más viaja, el que más vacaciones tiene.  El mundo nos dice que es más feliz el que disfruta más de placer, el que viste con ropas más caras, el que gasta más.
 
Para Jesús la felicidad no está en poseer, ni en tener, sino en dar; la felicidad no está en reír, sino en solidarizarnos con los que lloran; la felicidad no está en gozar, sino en acompañar a los que sufren.
 
Por eso se comprende que los pobres no son felices por su pobreza, ni los hambrientos lo son por pasar hambre, Dios no quiere la pobreza, ni el hambre; Dios no quiere el sufrimiento del ser humano; lo que Dios nos dice es que mientras haya personas pobres, que pasan hambre, que lloran y sufren, el único camino para ser felices en este mundo es solidarizarnos con esas personas, compartiendo con ellos lo que somos y tenemos.  ¿Por qué? Sencillamente, porque una familia no puede ser feliz si un hermano sufre o pasa hambre. Y todos formamos parte de la familia humana que tiene a Dios como Padre y en la que todos somos hermanos.
 
Jesús nos plantea hoy una opción: hay que elegir de qué lado estamos, que felicidad nos interesa más: la de este mundo o la que Él nos propone.  ¿A quién queremos complacer?: ¿a Dios o a los hombres?  En definitiva: queremos o no pertenecer al Reino de Dios.  Cada uno tome su decisión.