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lunes, 22 de junio de 2026

 



Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la vida y las condiciones necesarias para seguir a Jesús.

La 1ª lectura, del 2° libro de los Reyes,  nos muestra cómo todos podemos colaborar en la realización del proyecto salvador de Dios.  Unos pueden colaborar de forma directa como el profeta Eliseo; otros indirectamente como la mujer de Sunem.  Todos tenemos un papel que desempeñar en la Iglesia, todos tenemos que colaborar para que Dios se haga presente en el mundo.

La mujer de Sunem acoge al profeta como si del mismo Dios se tratara.  Es una acogida extraordinaria.  La recompensa también es extraordinaria: para una mujer hebrea la mayor desgracia era no darle ningún hijo a su marido.  El Señor da este premio a la sunamita:El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”. 

Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente todo lo que se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que redime y salva.

Hoy podemos preguntarnos: ¿premia Dios en esta vida nuestros esfuerzos y sacrificios por los demás? La respuesta es sí.  Dios es un Dios de vivos y por tanto es Señor de la vida cotidiana.  No hay que esperar al tiempo futuro para esperar su premio.  La alegría, la limpieza de corazón, el amor a los demás, ya son regalos de Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Romanos, nos habla del bautismo.  Por medio del bautismo la vida de divina está en nuestro interior. Esa vida divina tiene que ir creciendo en nosotros hasta hacerse expresión en nuestros pensamientos y en nuestras obras, así se manifestará la resurrección y daremos muerte en nosotros al pecado.

¿Para qué nos bautizamos?  Para ser cristianos y ser cristianos es vivir una vida nueva y renunciar al pecado.  Pecar significa cerrarse en uno mismo y rechazar a Dios y a los demás.  “Pecar” es rechazar la comunión con Dios e ignorar, conscientemente, sus propuestas.

No podemos ignorar que el pecado existe, existe porque el pecado es el egoísmo que genera injusticia y explotación; es el orgullo que genera conflicto y división; es la venganza que genera violencia y muerte.

Lo que se le pide al cristiano es que renuncie a esta realidad y oriente su vida de acuerdo con los criterios  y los valores de Jesús.

En el evangelio de hoy de san Mateo, ¡Jesús no nos lo pone fácil!  El evangelio de hoy empieza con unas frases muy fuertes: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”.

¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella?

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él quiere, lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, por encima de todo.

¿Qué querría decir, por ejemplo, amar al padre o a la madre más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo de aquel hijo que ve que podría dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar en un grupo cristiano, y no lo hace porque sus padres lo quieren todo el día a su lado. Los padres no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de Jesús.

¿Y que querría decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades.

O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que “esto es perder el tiempo en tonterías”.

Estos son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia.  Hay algo que está por encima de la familia: el reino de Dios y su justicia.

lunes, 8 de junio de 2026

 



En este Domingo, la Palabra de Dios nos recuerda la presencia constante de Dios en el mundo y la voluntad que Él tiene de ofrecer a los hombres, a cada paso, su vida y su salvación.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha presentado al Dios de la “alianza”, que elige a un Pueblo para establecer con él lazos de comunión y de familiaridad; a ese Pueblo, Dios le confía una misión sacerdotal: Israel debe ser el Pueblo reservado para el servicio de Dios, esto es, para ser un signo de Dios en medio de las naciones.

Vivimos un tiempo en el que no es fácil, en medio de la vorágine en la que la vida discurre, reconocer la presencia, el amor y el cuidado de Dios por la humanidad que creó. Algunos de nuestros contemporáneos llegan a hablar incluso de la “muerte de Dios”, para expresar la realidad de una historia en donde Dios parece estar totalmente ausente.

¿Es Dios quien está ausente de la historia de los hombres, o son los hombres quienes apuestan por otros dioses (esto es, otros esquemas de felicidad) y no tienen tiempo disponible para encontrarse con el Dios de la “alianza” y de la comunión? ¿Es Dios quien se ha vuelto indiferente e insensible al destino de los hombres, o son los hombres los que prefieren andar por caminos de orgullo y de autosuficiencia al margen de Dios? ¿Habrá renunciado Dios a establecer lazos de familia con nosotros, o somos nosotros los que, en nombre de una pretendida libertad, preferimos construir la historia del mundo lejos de Dios y de sus propuestas?

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos sugiere que la comunidad de los discípulos es, fundamentalmente, una comunidad de personas a las que Dios ama. Su misión en el mundo es dar testimonio del amor de Dios por los hombres, un amor eterno, inquebrantable, gratuito y absolutamente único.

El amor de Dios es totalmente gratuito, incondicional y eterno. No espera nada a cambio; no pone condiciones para derramarse sobre el hombre. En una época en la que la cultura dominante vende la imagen del amor interesado, condicionado y efímero, el amor de Dios constituye un tremendo desafío para los creyentes. El amor de Dios es universal. No margina ni discrimina a nadie, no distingue entre amigos y enemigos, no condena irremediablemente. ¿Nosotros, discípulos de Jesús, somos testigos de ese amor?

El Evangelio de san Mateo nos muestra una catequesis sobre la elección, la llamada, y el envío de los “doce” discípulos (que representan a la totalidad del Pueblo de Dios) a anunciar el “Reino”. Esos “doce” serán los continuadores de la misión de Jesús y deberán llevar la propuesta de salvación y de liberación que Dios hace a los hombres por Jesús, a toda la tierra.

Dios nunca se ausentó de la historia de los hombres; Él continúa conduciendo la historia de la salvación e insiste en llevar a su Pueblo al encuentro de la verdadera libertad, de la verdadera felicidad, de la vida definitiva. ¿Cómo actúa hoy Dios en el mundo? La respuesta que el Evangelio nos da es: a través de esos discípulos que aceptan responder positivamente a la llamada de Jesús y se embarcan en la aventura del “Reino”.

Ellos continúan hoy en el mundo la obra de Jesús y anuncian, con palabras y con gestos, ese mundo nuevo de felicidad sin fin que Dios quiere ofrecer a los hombres.

Jesús no llama a “especialistas” para seguirlo y para dar testimonio del “Reino”. Los “doce” representan a la totalidad del Pueblo de Dios. Es a la totalidad del Pueblo de Dios (los “doce”) a los que enviará, a fin de continuar la obra de Jesús en medio de los hombres y anunciarles el “Reino”

¿Cuál es la misión de los discípulos de Jesús? Es luchar objetivamente contra todo aquello que esclaviza al hombre y que le impide ser feliz. Hoy hay estructuras que generan guerra, violencia, terror, muerte: la misión de los discípulos de Jesús es contestarlas y desmontarlas; hoy hay “valores” que generan esclavitud, opresión, sufrimiento: la misión de los discípulos de Jesús es rechazarlos y denunciarlos; hoy hay sistemas de explotación (disfrazados de sistemas económicos productores de bienestar) que generan miseria, marginación, debilidad, exclusión: la misión de los discípulos de Jesús es combatirlos. La propuesta liberadora de Jesús tiene que estar presente (a través de los discípulos) en cualquier lugar donde haya un hermano víctima de la esclavitud y de la injusticia. ¿Es esto lo que yo intento hacer?

lunes, 25 de mayo de 2026

 



Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad.  Esta fiesta es una invitación no a comprender este misterio de un único Dios en tres personas distintas, sino que la fiesta de hoy es una invitación a contemplar a Dios que es amor, que es familia, que es comunidad y que creó a los hombres para hacerles compartir este misterio de amor.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha narrado un diálogo entre Dios y Moisés en el monte Sinaí.  Ahí Dios-Padre se revela como un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad.  Es un Dios cercano a su pueblo, que siempre lo acompaña.

El gran poder de Dios es su misericordia y su compasión.  Igual que Moisés se encontró con Dios, también nosotros nos podemos encontrar con Él si lo buscamos con un corazón sincero.  Para eso es necesario abandonar nuestras preocupaciones y entregarnos sinceramente a Dios.

Nuestra sociedad quiere prescindir de Dios, por ello, nosotros, como hijos suyos que somos debemos decir como Moisés: “Sé Tú nuestro Dios”.

Hemos de reconocer que hoy, muchas personas sustituyen al Dios verdadero por los nuevos dioses: el poder, dinero, fama, triunfo, los ídolos del mundo del deporte, del cine, de la televisión a los que se veneran con toda una liturgia de adoración laica; se les ofrece ofrendas: “estatuillas doradas” (oscars), “medallas de oro, plata y bronce y hasta “zapatos de oro”.  Estos son los nuevos becerros de oro.

Sin embargo, hoy, Dios nos deja ver que Él es el verdadero Dios, un Dios “con corazón”, y con un corazón lleno de amor, de bondad, de ternura, de misericordia y de fidelidad.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos ha presentado el saludo litúrgico con el que comenzamos todas nuestras celebraciones eucarísticas.  Es la confesión de la Trinidad Santa que hoy celebramos.

A cada una de las personas de la Trinidad se le atribuye una cualidad: a Jesús, la gracia; a Dios Padre, el amor; al Espíritu Santo, la comunión.

Por medio de los sacramentos Jesús nos comunica la gracia.  La gracia es la vida divina, que Dios nos comunica para hacernos sus hijos por medio del bautismo.  Esa vida divina que está en nosotros como semilla, tiene que ir creciendo con nuestra colaboración en la edificación del Reino de Dios.

El Evangelio de san Juan nos decía: “Tanto amó Dios al mundo”.  Dios nos ama tanto que nos ofrece una vida plena y definitiva.  Su amor es gratuito, incondicional, absoluto, válido para siempre; pero Dios respeta nuestra libertad y acepta que rechacemos ese amor, esa vida que Él nos quiere dar. Sin embargo, rechazar ese amor es optar por una vida de infelicidad, sufrimiento y muerte.  Por más que nos alejemos de Dios, no podemos dejar de ser parte de su familia.

Precisamente, celebrar la fiesta de la Trinidad es celebrar que Dios es familia, que no es un ser sólo y aislado.

La Trinidad no es un problema de matemáticas.  Lo que celebramos hoy es que Dios, nuestro Dios es una comunidad, una familia.  Una familia tan unida que todos quieren lo mismo.  Una familia que se ama tanto que el uno se entrega al otro por completo. 

Nosotros formamos parte de esa familia de Dios.  Dios ha querido que participemos de su familia.  Al través del bautismo nos hemos hecho parte de esa familia de Dios.

Es importante que los seres humanos no nos olvidemos que somos parte de una familia.  Solemos decir que el hombre es un ser social.  Por eso la vida, la vida humana, la de las personas, es imposible sin los demás, sin la sociedad.

Los problemas surgen en nuestro mundo, porque en este mundo vamos sembrado cada día más el individualismo, llegamos a decir: “sólo yo, o sólo mi familia, o sólo mi país”.  Y no nos damos cuenta que Dios ha hecho este mundo sin fronteras, sin alambradas, sin papeles y por lo tanto todos somos necesarios para trabajar por el bien común, por esta gran familia que es la humanidad.

No podemos olvidar que el único desarrollo sostenible, el único progreso verdaderamente humano, la única oportunidad para la paz, la última posibilidad de felicidad depende de todos y cuenta con todos.  Dios quiere que el cielo sea para todos porque somos una sola familia.

Recordemos hoy al hacer la señal de la cruz con nuestra mano, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho que estamos consagrando nuestra persona y expresando el deseo de acoger a Dios Trinidad en nosotros.  Deseando que los pensamientos de nuestra mente, las palabras de nuestra boca, los sentimientos de nuestro corazón, las obras de nuestras manos, sean los de un hombre que vive “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.  

Cuando oramos así, el Padre nos escucha y el Padre nos ama al vernos unidos a Jesucristo que es nuestro hermano y que por la fuerza del Espíritu Santo nos hace ser una familia que trabaja por un mundo mejor.



lunes, 18 de mayo de 2026

 



El tiempo litúrgico  de Pascua concluye con el domingo de Pentecostés, en el que los cristianos celebramos la venida del Espíritu Santo a los Apóstoles, los orígenes de la Iglesia y el comienzo de la misión a todos los pueblos y naciones.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los apóstoles.

Hoy celebramos el nacimiento de la Iglesia.  Los apóstoles habían visto vivo al Señor, pero seguían teniendo miedo a los judíos, miedo de ser asesinados.  No sabían qué hacer, ni qué predicar, ni a donde ir.  Por eso se habían juntado a rezar, junto a la Virgen María, para pedir el Espíritu que Jesús les había prometido.

De pronto, sin saber cómo, se llenaron del Espíritu Santo y se les quitó el miedo y con valentía salieron a la calle a anunciar a Jesucristo, y muchas personas los escuchaban y los entendían.

Pentecostés es todo lo contrario al episodio de la Torre de Babel, en Babel Dios confundió la lengua y no se entendían las personas.  En Pentecostés, hablando diferentes idiomas todos entienden a los apóstoles.

Sin embargo, hoy, sigue habiendo Torres de Babel.  Cuando el hombre, cree que puede ser dios, lo único que consigue es convertirse en un peligro para sus semejantes.

Todavía hoy sigue habiendo muchas personas que se endiosan a sí mismos y se comportan como amos, como señores de sus semejantes, violando sus derechos, limitando su libertad, esclavizando sus conciencias, pisoteando sus dignidad y exigiendo obediencia y sometimiento como el que debemos tener sólo a Dios.

Hoy hay verdaderas babeles, es decir, hoy hay muchos obstáculos para que los seres humanos nos podamos entender: esclavitud sexual, represión, desaparecidos, limpiezas étnicas, guerras, bloques militares, la carrera armamentista, tortura, hambre, el neoliberalismo, justicia que no es imparcial, imposición de la democracia por la fuerza de la violencia, etc.

Todas estas situaciones, fruto del egoísmo humano, hacen que los hombres no nos entendamos y no podamos vivir en fraternidad.

Sin embargo, Jesús nos ha enviado al Espíritu Santo para que nos dejemos guiar por Él y así construyamos un mundo donde todos los seres humanos nos podamos entender en el único idioma que todos hablamos y entendemos: el idioma del amor, y así construyamos un mundo más humano y fraterno.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que hemos recibido el Espíritu Santo para que vivamos unidos y a cada uno nos ha dado un don especial para ponerlo al servicio de la Iglesia, al servicio del bien común.

Los dones que hemos recibido son para construir la unidad; por eso los dones que el Espíritu Santo nos da no son para ser utilizados en beneficio propio, sino que deben ser puestos al servicio de todos.

En el Evangelio de san Juan vemos que Jesús se presenta en medio de sus discípulos, como lo había prometido: “me voy y volveré a vosotros”.  Atraviesa las puertas de la casa y las puertas internas del miedo de sus discípulos y les comunica a sus discípulos cuatro dones fundamentales: la paz, el gozo, la misión y el Espíritu Santo.

¿Qué significa para nosotros la venida el Espíritu Santo?

El Espíritu de Jesús está hoy en cada uno de nosotros, está en nuestras comunidades cristianas, está en nuestra iglesia.  Está en nuestro corazón y en nuestra vida, está entre nosotros.  ¿Cómo es posible entonces esa apatía religiosa de muchas personas que ha recibido al Espíritu Santo pero que no viven ni practican su fe?

Si vivimos conscientemente la presencia del Espíritu Santo dentro de nosotros, podremos sentir una vida nueva, una fuerza dentro de nosotros que nos hace tener seguridad y confianza en nosotros mismos; sentiremos la alegría de saber que Dios está con nosotros, sentiremos su fuerza para poder comunicarnos con Dios y con los demás y para ser sus testigos en medio de nuestro mundo.

El Espíritu Santo iluminará nuestra inteligencia para llevar a cabo nuestros mejores proyectos, nuestras mejores metas; para ser solidarios, para construir un mejor futuro tanto para nosotros como para los demás.

El Espíritu Santo nos hace vivir con esperanza ante el futuro, teniendo más capacidad para amar y también para dejarnos amar, teniendo fuerza para iniciar cada día con nuevo ánimo, porque Dios está con nosotros.

Por eso, celebremos este día, fiesta de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, con la firme determinación de dejar que el Espíritu de Dios actúe en nosotros para que su Reino de amor, justicia, hermandad vayan siendo realidad en nosotros y en nuestro mundo.

Digamos hoy con fuerte voz: “¡Ven, Espíritu Santo!”

lunes, 27 de abril de 2026

 



La liturgia de este quinto domingo de Pascua nos invita a reflexionar sobre la Iglesia y la necesidad de que como comunidad cristiana estemos organizados, tomando parte activa en los diferentes ministerios de la Iglesia para seguir a Cristo Camino, Verdad y Vida.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha relatado la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia. Hemos leído cómo los Apóstoles decidieron delegar en“siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, para que los ayudaran en el servicio a las comunidades cristianas que se iban formando, de manera que ellos pudieran dedicarse mejor“a la oración y al servicio de la palabra”.

En la Iglesia, no sólo los sacerdotes, religiosos y religiosas tienen funciones de servicio en la Iglesia, sino que también vosotros, los laicos, podéis y debéis realizar funciones de servicio en la Iglesia.  Y este derecho os viene por el simple hecho de estar bautizados.  Por el Bautismo formáis parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y por la Confirmación sois fortalecidos por el Espíritu Santo y enviados por el Señor a evangelizar, así como a ejercer funciones de servicio dentro de la misma Iglesia.

Es un derecho y un deber que vosotros los laicos, como bautizados, ejerzáis un apostolado y un servicio a la Iglesia.

Pero la Iglesia, aun cuando debe dedicarse en primer lugar a la oración y al anuncio de la Palabra de Dios, no puede descuidar su preocupación por el bienestar de los que sufren las consecuencias de la pobreza, de la injusticia social, de la enfermedad.  La Iglesia tiene que cuidar y asistir, desde un auténtico amor cristiano y en nombre de Cristo, a quienes necesitan de nuestra ayuda, viendo en el necesitado el Rostro del mismo Cristo a quien hemos de amar sirviéndolo.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro nos dice que en la Iglesia, cada cristiano es una piedra viva y Cristo es la piedra angular.  La piedra angular es la piedra central en un arco, sin la cual el arco no se sostiene; es la piedra más importante.  Por lo tanto, si Cristo es la piedra angular, quiere decir que Él es la clave de nuestra vida, de la vida de la Iglesia.

Pero, no podemos olvidar, que nosotros somos piedras vivas; es decir, miembros activos en la edificación de la Iglesia.  La Iglesia tiene que ser una comunidad viva de cristianos, en la que cada uno desempeña una función o ministerio.

Hemos de preguntarnos: ¿Cristo, es la piedra angular de mi vida?, es decir, para nosotros los cristianos, Cristo ¿es la referencia fundamental de mi vida?  ¿Te sientes parte viva de la Iglesia? 

Si Cristo es la piedra angular de nuestra vida, la referencia fundamental, entonces ¿Por qué estamos colaborando con nuestro silencio y nuestra apatía a construir una sociedad, un mundo, tan alejado de los valores del Evangelio?  ¿Estamos siendo, verdaderamente piedras vivas?

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús como el único camino para llegar a Dios Padre.  Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Van pasando los años y nos damos cuenta que permanecemos fieles a muy pocas cosas.  Venimos a la cita con el Señor, cada domingo, a pesar de que amigos o vecinos hayan abandonado la fe, porque nos damos cuenta que somos débiles, necesitados de la ayuda de Dios, necesitados de esperanza, y creemos que sólo en Dios podemos encontrar la felicidad y la esperanza.

Vivimos tiempos en los que necesitamos alimentar la esperanza.  Las crisis económicas, la subida de precios, las dificultades en el trabajo, la preocupación por la educación de los hijos, la violencia, etc.  Son tantos los problemas sociales y personales que a menudo nos podemos sentir agobiados, desconcertados, desesperanzados.  Y venimos a la Iglesia para encontrar luz y consuelo y escuchar esas palabras reconfortantes de Jesús que nos dice: No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí”.  Sabemos que con Jesús nada malo nos puede ocurrir, aunque caminemos por caminos oscuros, aunque no veamos salida, el Señor siempre está a nuestro lado, su vara y su cayado nos dan seguridad, sus palabras nos reconfortan y nos animan a seguir tras sus pasos.

El Señor nos anima a nos desesperar, a tomar la cruz de cada día, esa cruz hecha de contrariedades, de inconvenientes, de problemas y a seguir adelante, tras Él, porque Él es el Camino que nos lleva a la plenitud, Él es la Verdad que nos revela quienes somos y quién es Dios, y Él la Vida que tanto deseamos.

Este domingo, el Señor nos invita a que no vayamos por la vida siguiendo caminos falsos que hacen que nos perdamos; que busquemos la verdad, porque todos necesitamos la verdad para poder vivir, que no nos dejemos engañar por ese ambiente de falsedad en el que vivimos, donde todo es relativo y engañoso, que trabajemos y defendamos la vida desde su comienzo hasta su final.

No vayamos por la vida desorientados y desnortados.

lunes, 13 de abril de 2026

 



La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos invita a descubrir a Jesús vivo que acompaña a los hombres por los caminos del mundo.  A Jesús que con su Palabra anima los corazones afligidos y desolados.  A Jesús que en la comunidad de los discípulos se reúne para “partir el pan”; y que nos impulsa a ser testigos de su resurrección ante los hombres.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a san Pedro predicando con valentía la Buena Noticia de la resurrección de Jesucristo.

La resurrección de Cristo prueba que su vida gastada al servicio de Dios, entregado a los hombres, no fue un fracaso, sino una victoria: resucitó. 

Cuando nos sintamos decepcionados y criticados por servir a Dios y al prójimo, tenemos que pensar que nuestra vida no será una vida de fracaso ni de olvido para Dios.  El fracasado es aquel que vive al margen de Dios y de los demás.  Ningún bien que hagamos en esta vida pasará desapercibido para Dios.

Por ello, no debemos tener miedo de hacer el bien ni que nos vean como lo que somos: cristianos.  Pedro, lleno del Espíritu Santo, habla, como el mismo dice: “Claramente”. No le tiene miedo al qué dirán o a lo que el hablar con claridad de Cristo pudiera traer como consecuencia.

Hoy en día, necesitamos más cristianos que estén dispuestos a hablar con claridad de Jesús, cristianos que no tengan miedo de portarse como tales delante de los demás. Cristianos que con su vida sean capaces de testimoniar al Señor.

Vivamos nuestra vida haciendo el bien e imitando a Jesucristo para que Dios nos resucite de entre los muertos, nos acoja y nos guarde por toda la eternidad.

La 2ª lectura de San Pedro, nos habla de cuánto nos ama Dios que envió a su Hijo al mundo para salvarnos.

Ante ese amor de Dios, nuestra respuesta debe ser: obedecer a Dios, entregarnos incondicionalmente en las manos de Dios, adherirnos a sus planes, valores y proyectos.

Muchos hombres viven nada más que para sus intereses personales y para la realización de sus sueños.  Nosotros como creyentes, estamos invitados a vivir al estilo de Jesús, que es el amor y la entrega de la vida hasta las últimas consecuencias.

Hemos de tomar en serio nuestra fe cristiana y poner nuestra esperanza solamente en Dios.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado el episodio de los discípulos de Emaús.  Dos discípulos van de regreso hacia Emaús, comentando lo sucedido. 

Estos discípulos representan a todos los desesperanzados de la humanidad, a todos los angustiados, a todos los que va por la vida sin sentido, a todos los que están desencantados de las cosas.

Ellos regresan a su pueblo, a continuar con su vida, pero regresan derrotados y decepcionados. Y es entonces cuando Jesús se hace compañero de camino, pero ellos no supieron reconocerlo.  ¡Cuántas veces, Jesús nos ha acompañado en nuestra vida y no hemos sido capaces de reconocerlo hasta mucho más tarde que somos capaces de darnos cuenta que en esos momentos que pensábamos que estábamos solos, Él estuvo con nosotros!

Jesús, vivo y resucitado, camina siempre a nuestro lado.  Él es nuestro compañero de viaje que nunca nos deja solos, aunque no siempre seamos capaces de reconocerlo, y llenar nuestro corazón de esperanza.

¿Cómo nos habla el Señor? ¿Cómo hace renacer en nosotros la esperanza?  El Evangelio de hoy nos dice que, en primer lugar, a través de la Palabra de Dios.  Cuando escuchamos, meditamos, compartimos y acogemos la Palabra de Dios en nuestro corazón, Jesús nos indica el camino, nos señala perspectivas nuevas, nos da el coraje de continuar, después de cada fracaso, construyendo un mundo más humano.  Preguntémonos: ¿Qué importancia le doy a la Palabra de Dios en mi vida?

En segundo lugar: en la Eucaristía.  Siempre que venimos a misa y compartimos el Pan que Jesús nos ofrece, nos damos cuenta que Jesús continúa vivo, caminando a nuestro lado, alimentándonos a lo largo del camino, enseñándonos que la felicidad está en compartir, en amar.  Siempre que nos juntemos con los hermanos alrededor de la mesa de Dios, celebrando con alegría y amor la santa Misa y seamos capaces de compartir y de servir a los demás, encontraremos a Cristo resucitado llenando nuestra vida de sentido, de plenitud, de vida auténtica.

Cuando nos encontremos con Jesús, ¿Qué tenemos que hacer?  Tenemos que llevarlo a los demás, tenemos, sin miedo, que decir, que Jesús está vivo y que Él nos ofrece a todos una vida nueva y definitiva.

Que Jesús resucitado, que diariamente nos acompaña en la vida, no pase nunca desapercibido por nosotros y que sepamos descubrirlo siempre a nuestro lado para que diariamente nos encontremos con Él en su Palabra y en la Eucaristía.

lunes, 2 de marzo de 2026

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Todos hemos experimentado, a lo largo de nuestra vida, diferentes tipos de necesidades.  Tenemos la necesidad de ser amados, de amar, de tener cosas, la necesidad de descansar.  La Palabra de Dios, en este tercer domingo de Cuaresma, nos va a iluminar sobre cuáles de estas necesidades son fundamentales para nuestra vida.

En la 1ª lectura del libro del Éxodo hemos escuchado cómo el pueblo de Israel, en medio del desierto, camino hacia la libertad, duda de la presencia de Dios en medio de ellos.  Pero Dios no abandona a su pueblo, a pesar de las murmuraciones.

Nosotros, creemos en Dios, pero muchas veces la vida se nos complica.  Y cuando las cosas no salen como nosotros queremos se nos puede derrumbar la fe y podemos, como el pueblo de Israel darle la espalda a Dios y dudar de Él creyendo que nuestra sed de felicidad la podemos saciar al margen de Dios e incluso podemos llegar a renegar de Dios y reclamarle a Dios diciéndole que se ha olvidado de nosotros.

Estamos equivocados si pensamos que Dios nos ha abandonado en algún momento de nuestra vida.  A pesar de nuestras infidelidades, el Señor permanece siempre fiel y nos busca para manifestarnos su amor incondicional.  Dios no nos ha abandonado nunca. 

Como cristianos debemos ser un signo de esperanza para ayudar a todos los hombres a que caminen por el bien y no pierdan la fe, aun cuando a veces la vida se nos vuelva difícil y complicada.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos recuerda que es la muerte de Cristo la que nos salva.  Cristo murió por nosotros, el justo por los injustos.  La muerte y la resurrección de Cristo son la prueba del amor que Dios nos tiene desde siempre y para siempre.

Hay personas que viven con indiferencia respecto a Dios, a su amor y sus propuestas.  Muchas personas se preocupan más de los resultados del futbol, de los resultados de quien quedó en tal o cual concurso de baile o de canto, de cuál es la canción de moda o de dónde va a ser la próxima fiesta, que de Dios y de su amor. 

Estamos en Cuaresma, este es un tiempo ideal para que redescubramos a Dios que nos ama tanto, y que quiere darnos la felicidad verdadera y plena.  Este es un tiempo especial para que aceptemos y vivamos el camino que nos conduce hacia Dios.  Unámonos a Cristo como una rama está unida al tronco y vivamos ya desde ahora de la felicidad plena que Dios nos ofrece.

El Evangelio de San Juan nos ha presentado el episodio de la samaritana. 

Dos personas aparecen hoy en el Evangelio: Jesús y la samaritana que se encuentran en un pozo.  Jesús que se acerca a una mujer.  En aquella época la mujer estaba marginada.  Era un escándalo que Jesús se acercara a una mujer que no contaba para nada y además samaritana, una pecadora. 

Jesús se pone a hablar con ella, y con cariño, con sabiduría lleva a esta mujer a descubrir la fuente y el agua donde puede realmente satisfacer todos sus deseos de felicidad.  Porque Jesús es el Mesías, Él es la verdadera fuente de vida y felicidad que nos puede saciar nuestros deseos de felicidad.

Dios continúa acercándose cada día a nosotros.  Porque a Dios le interesa todos lo que somos y hacemos.  Dios anda sediento de nuestro amor.  Hemos sido hechos por Él y para Él.  Y nunca encontraremos descanso ni felicidad fuera de Dios.

Preguntémonos hoy: ¿de qué tenemos sed?  Posiblemente estamos sedientos de alegría, de justicia, de verdad.

La Cuaresma es el tiempo para descubrir nuestra sed, esa sed profunda de vivir, de amar y ser amados, de crecer, de ser feliz, sed de verdad, de felicidad, de amor de vida.  ¿Dónde saciamos nuestra sed?  Jesús nos ofrece una fuente de agua viva que sacia definitivamente nuestra sed.  Jesús es la fuente inagotable de amor, de verdad, de libertad, de vida.

Aprovechemos esta Cuaresma para encontrarnos con Dios. No lo dudemos, Jesús nos espera a cada uno, si quisiéramos aceptar su Palabra, nuestra vida seguramente sería distinta, nuestra vida se vería saciada de esa sed de felicidad y de amor que todos andamos buscando. 

No lo olvidemos, Cristo es el único que puede saciar nuestra vida.  No busquemos en fuentes equivocadas.

lunes, 23 de febrero de 2026

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y la Palabra de Dios nos dice cuál debe ser el verdadero camino que el cristiano debe seguir.  El camino que tenemos que seguir es escuchar atentamente a Dios y llevar a cabo sus proyectos y hacer realidad los planes de Dios en nuestro mundo.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña la gran fe que tuvo Abraham.  Cuando Abraham recibe la llamada de Dios, sigue a Dios fielmente porque cree plenamente en Dios.  Se fía de Dios y por eso abandona su tierra y su familia dejándolo todo.

Hoy hay compañías de seguros para todo: para el coche, la casa, la empresa, la salud o la educación.  Hay modelos que aseguran sus ojos, su cuerpo.  Futbolistas que aseguran sus piernas, boxeadores que aseguran sus puños, golfistas que aseguran sus brazos.  Vemos cómo el ser humano busca seguridad en un mundo que lo amenaza continuamente.

Nos da miedo la inseguridad. Tenemos miedo a la novedad, miedo a lo desconocido, miedo a quedarnos sin seguridades.  Hay mujeres que viven en “cárceles de oro”, en las cuales las tienen sus esposos machistas que no las dejan tener amigas o salir a la esquina.  Y a pesar de su infelicidad ellas tienen miedo de separarse, perder el nivel de vida que tienen y enfrentarse a un mundo de trabajo al que no están acostumbradas.  Hay personas que no se casan porque le tienen miedo al compromiso.  Hay personas que trabajan en una empresa sea pública o privada y son testigos de injusticias, discriminaciones o corrupción y temen denunciarlas por no perder su trabajo.  Muchas personas se quejan de la situación social o política de sus pueblos, pero no son capaces de mover un dedo para que la situación cambie.

En la primera lectura de hoy, Dios le propone un nuevo camino a Abraham: salir de su tierra, es decir, abandonar su familia y su tradición, para hacer de él una gran nación, un pueblo diferente donde todos tuvieran la posibilidad de vivir dignamente.  Abraham aceptó el reto de Dios y se puso en camino.

Nosotros, ¿aceptamos sin miedo los retos de Dios y somos capaces de comprometernos con la novedad del Reino de Dios? O ¿buscamos la seguridad de que todo siga igual?

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recuerda que no debemos acobardarnos, porque Jesús camina con nosotros y Él venció a la misma muerte.

Nosotros, debemos aceptar la misión que el Señor nos ha encomendado, tenemos que dar testimonio de su Evangelio, aunque esto conlleve dificultades en muchas ocasiones.  Es cierto que el mundo de hoy vive muy al margen de Dios, pero las dificultades que nos encontremos a la hora de evangelizar nuestro mundo no pueden ser una excusa para que nosotros abandonemos nuestra misión y nuestra responsabilidad de cristianizar nuestro mundo.  Hay que esforzarse por cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado, a pesar de las dificultades que podamos encontrar.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la Transfiguración del Señor.  Jesús se revela como “el Hijo amado de Dios”.

Hay muchas ocasiones en la vida en que por diversas circunstancias estamos deprimidos, tristes, con pocas ganas de hacer nada ni de ver a nadie.  Quizás por problemas familiares, laborales, problemas con los hijos, etc., hacen que nos encontremos así.  Pasan los años, aparecen las enfermedades y vamos viendo cómo la vida se nos escapa de las manos.  A veces, hay pocos días buenos o de felicidad.  Nuestra vida transcurre de una manera monótona.  Queremos ser cristianos pero nos da pereza el compromiso.  Y levantamos los ojos al cielo, buscamos una respuesta, nuestro corazón desea paz y felicidad y nos preguntamos: ¿Dónde encontraremos descanso?, ¿Quién nos traerá un poco de consuelo?

Jesús también pasó por momentos difíciles.  Y además sus discípulos no terminaban de entenderlo.  Y Jesús se retira con sus discípulos a la soledad de una montaña, para reflexionar, para poner ante Dios su vida, para descubrir cuál es la voluntad de Dios Padre.

Como Jesús, nosotros también somos invitados a buscar esos momentos de soledad y silencio para descubrir la voluntad de Dios.  Buscar a Dios para escuchar la voz de su Hijo.  Buscar a Dios en la oración para poner ante Él nuestra vida, con todas sus grandezas y sus miserias.

Y pedir a Dios su luz, la luz que ilumine y transfigure nuestra vida, para que nuestra luz ilumine y transfigure también a otros.

Por eso, hoy, Dios Padre también nos dice a nosotros: “escuchad a mi Hijo”. 

Escuchar nos resulta más difícil que hablar.  Y sin embargo, es más provechoso escuchar que hablar.  Convivimos sin escuchar, sin valorar lo que los otros nos quieren decir.  Merecen la pena que hagamos el esfuerzo de hacer silencio y escuchar los mensajes que Dios nos envía.

No nos desanimemos en nuestro seguimiento de Jesús.  La Transfiguración es una invitación a no desanimarnos, porque si escuchamos a Dios en nuestra vida, nuestra vida no será nunca un fracaso, sino que un día alcanzaremos la resurrección, la vida definitiva, la felicidad sin fin.

Que esta Cuaresma encontremos momentos para hacer oración y poder así escuchar la voz de Dios.

lunes, 16 de febrero de 2026

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Comenzamos a recorrer el camino cuaresmal, que nos llevará hasta la fiesta de la Pascua, de la muerte y resurrección del Señor.  Para poder celebrar adecuadamente esa fiesta es necesario prepararse, por eso la Palabra de Dios nos invita a la conversión, porque vivimos en un mundo que se nos está tentando continuamente a dejar a Dios de lado, y tenemos que poner a Dios en el centro de nuestra vida, tenemos que escuchar su Palabra y vivir con fidelidad el proyecto de Dios en nuestra vida.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña que desde el principio de la humanidad, el ser humano ha tenido la tentación de alejarse de los caminos de Dios.

Nosotros, los seres humanos, no podemos olvidarnos que Dios es nuestro origen y nuestro destino último.  Somos seres que Dios ha creado por amor, que nos ha dado su propia vida y nos ha regalado la libertad, por eso Dios nunca se impone y respeta siempre nuestras decisiones.  Pero el hombre no puede creerse Dios, éste es el gran pecado del origen de la humanidad y sigue siendo el pecado de hoy: querer ser Dios.

Cuando aceptamos nuestra condición de criaturas de Dios y reconocemos que Dios es nuestro Padre que nos da la vida, que nos ama y que nos enseña el camino para alcanzar la felicidad, nuestra vida se convierte en un “paraíso” donde encontramos vida, armonía, felicidad y realización.

Sin embargo, cuando el hombre le da la espalda a Dios, cuando quiere él convertirse en Dios, cuando quiere competir con Dios y no cumple las reglas de Dios, aparece el mal en la vida del ser humano.  El mal nunca viene de Dios, el mal es el resultado de nuestras decisiones equivocadas, de nuestro orgullo de querer prescindir de Dios en nuestra vida.  No podemos, por tanto, sacar a Dios de nuestras vidas, no podemos desconfiar de Dios y rechazar su autoridad porque las consecuencias serán muy negativas para nuestra vida.

No nos dejemos seducir por la serpiente que representa todo aquello o aquellas personas que nos tientan a que prescindamos de Dios, a dejar a Dios al margen de nuestra vida.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos, nos hace ver cómo Jesús ha cambiado aquella realidad del pecado desde los inicios de la humanidad: Él es el nuevo Adán que ha comenzado una historia nueva de vida y de salvación para todos.

Todos hemos experimentado continuamente la experiencia de ser atraídos por dos polos opuestos.  Diariamente tenemos que decidir si seguimos el camino de Adán o el camino de Cristo, es decir el camino del mal o el camino del bien, el camino del pecado o el camino de la salvación.  Escoger el camino de Cristo nos trae alegría, paz y salvación, escoger el camino de Adán, aunque al principio nos pueda parecer un camino de felicidad, sabemos que todo aquello que hagamos basado en el pecado y el mal no puede traernos, a la larga, nada bueno a nuestra vida.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús que se retira al desierto, busca el silencio, la soledad para encontrarse con su Padre Dios y ahí es tentado.

A nosotros nos molesta la soledad y el silencio, huimos de ellos.  No nos gusta estar solos, en silencio.  El ruido está cada vez más presente en nuestra vida, en nuestros hogares, en nuestros corazones. Con frecuencia sólo hay ruido en nuestra persona.  Cada vez nos resulta más difícil vivir sin ruido.  Jesús busca el silencio, va al desierto.  En el silencio, en la soledad se encuentra con su Padre Dios.

Jesús pasa 40 días en el desierto porque quiere encontrarse con el Padre.  También nosotros en el silencio podemos encontrarnos con la verdad que buscamos en nuestra vida, hacernos preguntas sinceras, encontrarnos con nuestra conciencia que es la voz que nos dice lo que está bien.  En el silencio podemos descubrir que no estamos solos, que Dios está con nosotros.

Y en silencio del desierto, Jesús es tentado: tienes hambre, transforma esas piedras en pan y come.  Tú eres poderoso, utiliza para ti el poder que tienes.  Necesitas hacer algo espectacular, arrójate de lo alto del Tempo.  Si me adoras conseguirás más poder y dominio sobre todos.

Nosotros somos tentados también.  La tentación nos puede llegar incluso en nuestros mejores deseos.  Cuantas veces somos tentados a buscar sólo lo mío pensando que estamos buscando el bien de los demás, a utilizar a las personas cuando creemos que los estamos ayudando.  Buscamos el dinero en los negocios, conseguir un puesto de trabajo con mayor poder, ganar el aprecio social, olvidando a todos.  Cuantas veces no nos hemos preguntado: ¿Por qué tengo que compartir mis bienes con los necesitados? ¿Por qué voy a enfrentarme con los que comenten injusticias? ¿Por qué no me hago más importante?

La cuaresma es tiempo para ver cuáles son nuestras tentaciones, descubrirlas y superarlas.  A eso se le llama conversión.  Si no tratamos de encontrar lo falso de nuestra vida, no tiene sentido la cuaresma.  Convertirnos es cambiar el corazón, ser más humanos, más generosos.  Todos nos equivocamos, pero podemos convertirnos y abrirnos confiadamente a Dios, a un Dios que nos entiende y nos perdona.

Hagamos unos minutos de silencio, aunque sean pocos, pero auténticos, cada día para descubrir nuestras tentaciones y escuchar mejor la voz de Dios y así ver cómo va nuestra vida.