Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta XI domingo ordinario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta XI domingo ordinario. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de junio de 2026

 



En este Domingo, la Palabra de Dios nos recuerda la presencia constante de Dios en el mundo y la voluntad que Él tiene de ofrecer a los hombres, a cada paso, su vida y su salvación.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha presentado al Dios de la “alianza”, que elige a un Pueblo para establecer con él lazos de comunión y de familiaridad; a ese Pueblo, Dios le confía una misión sacerdotal: Israel debe ser el Pueblo reservado para el servicio de Dios, esto es, para ser un signo de Dios en medio de las naciones.

Vivimos un tiempo en el que no es fácil, en medio de la vorágine en la que la vida discurre, reconocer la presencia, el amor y el cuidado de Dios por la humanidad que creó. Algunos de nuestros contemporáneos llegan a hablar incluso de la “muerte de Dios”, para expresar la realidad de una historia en donde Dios parece estar totalmente ausente.

¿Es Dios quien está ausente de la historia de los hombres, o son los hombres quienes apuestan por otros dioses (esto es, otros esquemas de felicidad) y no tienen tiempo disponible para encontrarse con el Dios de la “alianza” y de la comunión? ¿Es Dios quien se ha vuelto indiferente e insensible al destino de los hombres, o son los hombres los que prefieren andar por caminos de orgullo y de autosuficiencia al margen de Dios? ¿Habrá renunciado Dios a establecer lazos de familia con nosotros, o somos nosotros los que, en nombre de una pretendida libertad, preferimos construir la historia del mundo lejos de Dios y de sus propuestas?

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos sugiere que la comunidad de los discípulos es, fundamentalmente, una comunidad de personas a las que Dios ama. Su misión en el mundo es dar testimonio del amor de Dios por los hombres, un amor eterno, inquebrantable, gratuito y absolutamente único.

El amor de Dios es totalmente gratuito, incondicional y eterno. No espera nada a cambio; no pone condiciones para derramarse sobre el hombre. En una época en la que la cultura dominante vende la imagen del amor interesado, condicionado y efímero, el amor de Dios constituye un tremendo desafío para los creyentes. El amor de Dios es universal. No margina ni discrimina a nadie, no distingue entre amigos y enemigos, no condena irremediablemente. ¿Nosotros, discípulos de Jesús, somos testigos de ese amor?

El Evangelio de san Mateo nos muestra una catequesis sobre la elección, la llamada, y el envío de los “doce” discípulos (que representan a la totalidad del Pueblo de Dios) a anunciar el “Reino”. Esos “doce” serán los continuadores de la misión de Jesús y deberán llevar la propuesta de salvación y de liberación que Dios hace a los hombres por Jesús, a toda la tierra.

Dios nunca se ausentó de la historia de los hombres; Él continúa conduciendo la historia de la salvación e insiste en llevar a su Pueblo al encuentro de la verdadera libertad, de la verdadera felicidad, de la vida definitiva. ¿Cómo actúa hoy Dios en el mundo? La respuesta que el Evangelio nos da es: a través de esos discípulos que aceptan responder positivamente a la llamada de Jesús y se embarcan en la aventura del “Reino”.

Ellos continúan hoy en el mundo la obra de Jesús y anuncian, con palabras y con gestos, ese mundo nuevo de felicidad sin fin que Dios quiere ofrecer a los hombres.

Jesús no llama a “especialistas” para seguirlo y para dar testimonio del “Reino”. Los “doce” representan a la totalidad del Pueblo de Dios. Es a la totalidad del Pueblo de Dios (los “doce”) a los que enviará, a fin de continuar la obra de Jesús en medio de los hombres y anunciarles el “Reino”

¿Cuál es la misión de los discípulos de Jesús? Es luchar objetivamente contra todo aquello que esclaviza al hombre y que le impide ser feliz. Hoy hay estructuras que generan guerra, violencia, terror, muerte: la misión de los discípulos de Jesús es contestarlas y desmontarlas; hoy hay “valores” que generan esclavitud, opresión, sufrimiento: la misión de los discípulos de Jesús es rechazarlos y denunciarlos; hoy hay sistemas de explotación (disfrazados de sistemas económicos productores de bienestar) que generan miseria, marginación, debilidad, exclusión: la misión de los discípulos de Jesús es combatirlos. La propuesta liberadora de Jesús tiene que estar presente (a través de los discípulos) en cualquier lugar donde haya un hermano víctima de la esclavitud y de la injusticia. ¿Es esto lo que yo intento hacer?

lunes, 10 de junio de 2024

 

XI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo es una invitación a tener confianza en Dios, a poner en Él nuestras esperanzas, porque Dios, a diferencia de los hombres, nunca nos defrauda.

En la 1ª lectura del profeta Ezequiel, se nos recordaba cómo Dios se vale de las cosas pequeñas para actuar en el mundo.

Muchas veces, las personas ponen su confianza en la gente poderosa.  Sin embargo, los poderosos de este mundo son personas como nosotros y por lo tanto pueden defraudarnos y no solamente eso, sino que pueden volverse en contra nuestra para destruirnos.

Hoy el Señor nos dice que quien pone en Él su confianza jamás se verá defraudado, ni oprimido, ni destruido, sino que encontrará la paz y la seguridad que sólo procede de Dios, de ese Dios que nos ama fiel y eternamente.

Los cristianos, los que pertenecemos a la Iglesia no podemos estar de acuerdo con la violencia ni podemos cometer injusticias, ni explotar o aprovecharnos de nadie para lograr nuestros intereses personales, ni podemos creernos que somos más que los demás.  No pongamos, pues, nuestras esperanzas en los poderosos de este mundo, porque Dios ha escogido a los humildes, a los que aparentemente no valen, para salvar a este mundo.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos invitaba a tener confianza en Dios.  Por eso, debemos esforzarnos en agradar al Señor no sólo con nuestras palabras, sino con nuestras obras y con nuestra misma vida.

Nuestra fe se tiene que traducir en obras de amor y de esta manera estaremos manifestando que ya desde ahora poseemos la Vida eterna, porque estaremos con Dios y Dios en nosotros.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba dos parábolas para decirnos cómo es el Reino de Dios.  

En la parábola de la semilla que germina y crece sin que el sembrador sepa cómo, se nos dice que el Reino de Dios es ante todo un don, un regalo. La segunda parábola, la de la semilla de mostaza nos habla de que el Reino no nace de la fuerza, ni del poder, ni de la apariencia, sino de lo pequeño, de lo humilde, de lo pobre, como la semilla de mostaza que siendo la más pequeña de las semillas se convierte en la más alta y grande de los arbustos.

Indudablemente que es más agradable cosechar y recibir los frutos, pero para que un árbol dé frutos se requiere la siembra confiada y silenciosa, el sudor y la paciencia, la fertilidad de la tierra, los abonos necesarios y un buen temporal.

El trabajo de todos los días, la educación continua en los valores del Reino, la constante relación en la familia, en la pequeña comunidad, la unidad y atención de los pequeños, son semillas del Reino que debemos sembrar siempre. Pero el ritmo de nuestros tiempos nos lleva por otros caminos. Se abandonan las cosas pequeñas como el diálogo en familia, la comunicación entre los cercanos, la oración, la escucha atenta del Evangelio, la relación con los amigos y la construcción de la pequeña comunidad… preferimos los grandes eventos, los clamorosos sucesos, la ropa y los modernos y costosos “juguetes” que nos entretienen y esclavizan.

Se rescatan los grandes grupos financieros y se olvidan las inmensas masas que a duras penas sobreviven. Y lo más triste, es que muchos han perdido la esperanza y luchan entre las dudas y el desaliento.

¿Qué podemos hacer para mejorar esta sociedad? Más de uno piensa que son los grandes y poderosos, los que tienen el poder político o económico, los que, por sí solos, han de operar el cambio que necesita esta humanidad para ser mejor y más feliz. No es así. Hay en el evangelio una llamada dirigida a todos, y que consiste en sembrar pequeñas semillas de una nueva humanidad.

Jesús no habla de cosas grandes. El reino de Dios es algo muy humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar tan desapercibido como la semilla más pequeña. Pero algo que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada. Quizás necesitamos todos aprender de nuevo a valorar los pequeños gestos. Probablemente no estamos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a vivir poniendo un poco más de felicidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo diario.

Un gesto amigable al hombre que vive perturbado, una sonrisa acogedora a quien está solo, una señal de cercanía a quien comienza a desesperar, un rayo de pequeña alegría en un corazón agobiado… no son cosas grandes. Son pequeñas semillas del reino de Dios que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste, que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.

lunes, 12 de junio de 2023

 

XI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


En este Domingo, la Palabra de Dios nos recuerda la presencia constante de Dios en el mundo y la voluntad que Él tiene de ofrecer a los hombres, a cada paso, su vida y su salvación.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha presentado al Dios de la “alianza”, que elige a un Pueblo para establecer con él lazos de comunión y de familiaridad; a ese Pueblo, Dios le confía una misión sacerdotal: Israel debe ser el Pueblo reservado para el servicio de Dios, esto es, para ser un signo de Dios en medio de las naciones.

Vivimos un tiempo en el que no es fácil, en medio de la vorágine en la que la vida discurre, reconocer la presencia, el amor y el cuidado de Dios por la humanidad que creó. Algunos de nuestros contemporáneos llegan a hablar incluso de la “muerte de Dios”, para expresar la realidad de una historia en donde Dios parece estar totalmente ausente.

¿Es Dios quien está ausente de la historia de los hombres, o son los hombres quienes apuestan por otros dioses (esto es, otros esquemas de felicidad) y no tienen tiempo disponible para encontrarse con el Dios de la “alianza” y de la comunión? ¿Es Dios quien se ha vuelto indiferente e insensible al destino de los hombres, o son los hombres los que prefieren andar por caminos de orgullo y de autosuficiencia al margen de Dios? ¿Habrá renunciado Dios a establecer lazos de familia con nosotros, o somos nosotros los que, en nombre de una pretendida libertad, preferimos construir la historia del mundo lejos de Dios y de sus propuestas?

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos sugiere que la comunidad de los discípulos es, fundamentalmente, una comunidad de personas a las que Dios ama. Su misión en el mundo es dar testimonio del amor de Dios por los hombres, un amor eterno, inquebrantable, gratuito y absolutamente único.

El amor de Dios es totalmente gratuito, incondicional y eterno. No espera nada a cambio; no pone condiciones para derramarse sobre el hombre. En una época en la que la cultura dominante vende la imagen del amor interesado, condicionado y efímero, el amor de Dios constituye un tremendo desafío para los creyentes. El amor de Dios es universal. No margina ni discrimina a nadie, no distingue entre amigos y enemigos, no condena irremediablemente. ¿Nosotros, discípulos de Jesús, somos testigos de ese amor?

El Evangelio de san Mateo nos muestra una catequesis sobre la elección, la llamada, y el envío de los “doce” discípulos (que representan a la totalidad del Pueblo de Dios) a anunciar el “Reino”. Esos “doce” serán los continuadores de la misión de Jesús y deberán llevar la propuesta de salvación y de liberación que Dios hace a los hombres por Jesús, a toda la tierra.

Dios nunca se ausentó de la historia de los hombres; Él continúa conduciendo la historia de la salvación e insiste en llevar a su Pueblo al encuentro de la verdadera libertad, de la verdadera felicidad, de la vida definitiva. ¿Cómo actúa hoy Dios en el mundo? La respuesta que el Evangelio nos da es: a través de esos discípulos que aceptan responder positivamente a la llamada de Jesús y se embarcan en la aventura del “Reino”.

Ellos continúan hoy en el mundo la obra de Jesús y anuncian, con palabras y con gestos, ese mundo nuevo de felicidad sin fin que Dios quiere ofrecer a los hombres.

Jesús no llama a “especialistas” para seguirlo y para dar testimonio del “Reino”. Los “doce” representan a la totalidad del Pueblo de Dios. Es a la totalidad del Pueblo de Dios (los “doce”) a los que enviará, a fin de continuar la obra de Jesús en medio de los hombres y anunciarles el “Reino”

¿Cuál es la misión de los discípulos de Jesús? Es luchar objetivamente contra todo aquello que esclaviza al hombre y que le impide ser feliz. Hoy hay estructuras que generan guerra, violencia, terror, muerte: la misión de los discípulos de Jesús es contestarlas y desmontarlas; hoy hay “valores” que generan esclavitud, opresión, sufrimiento: la misión de los discípulos de Jesús es rechazarlos y denunciarlos; hoy hay sistemas de explotación (disfrazados de sistemas económicos productores de bienestar) que generan miseria, marginación, debilidad, exclusión: la misión de los discípulos de Jesús es combatirlos. La propuesta liberadora de Jesús tiene que estar presente (a través de los discípulos) en cualquier lugar donde haya un hermano víctima de la esclavitud y de la injusticia. ¿Es esto lo que yo intento hacer?

lunes, 7 de junio de 2021

 

XI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo es una invitación a tener confianza en Dios, a poner en Él nuestras esperanzas, porque Dios, a diferencia de los hombres, nunca nos defrauda.

En la 1a. lectura de hoy, el profeta Ezequiel nos recordaba cómo Dios se vale de lo pequeño para actuar en el mundo.

Muchas veces, las personas ponen su confianza en la gente poderosa.  Sin embargo, los poderosos de este mundo son personas como nosotros y por lo tanto pueden defraudarnos y no solamente eso, sino que pueden volverse en contra nuestra para destruirnos.

Hoy el Señor nos dice que quien pone en Él su confianza jamás se verá defraudado, ni oprimido, ni destruido, sino que encontrará la paz y la seguridad que sólo procede de Dios, de ese Dios que nos ama fiel y eternamente.

Los cristianos, los que pertenecemos a la Iglesia no podemos estar de acuerdo con la violencia ni podemos cometer injusticias, ni explotar o aprovecharnos de nadie para lograr nuestros intereses personales, ni podemos creernos que somos más que los demás.  No pongamos, pues, nuestras esperanzas en los poderosos de este mundo, porque Dios ha escogido a los humildes, a los que aparentemente no valen, para salvar a este mundo.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos invitaba a tener confianza en Dios.  Por eso, debemos esforzarnos en agradar al Señor no sólo con nuestras palabras, sino con nuestras obras y con nuestra misma vida.

Nuestra fe se tiene que traducir en obras de amor y de esta manera estaremos manifestando que ya desde ahora poseemos la Vida eterna, porque estaremos con Dios y Dios en nosotros.

En el Evangelio de san Marcos, vemos a Jesús que usa dos pequeñas parábolas para explicarnos a qué se parece el Reino de los Cielos.

El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza: “al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra”.

Nosotros queremos hacer las cosas a lo grande.  Si queremos iniciar un negocio, lo pensamos a lo grande, pagamos propaganda por radio, periódicos, revistas, etc., organizamos un fiesta para inaugurar el negocio y darlo a conocer.  El Reino de Dios no tiene esos comienzos.  Crece en secreto como la semilla en la tierra.  


Por eso el Señor eligió a unos pocos hombres para instaurar su reinado en el mundo.  La mayoría de ellos eran humildes pescadores, con escasa cultura, llenos de defectos y sin medios materiales.  Sin embargo, estos hombres llegaron a difundir la doctrina de Cristo por toda la tierra, a pesar de todas las contrariedades que se les presentaron.

Somos nosotros también ese grano de mostaza en relación a la tarea que nos encomienda el Señor en medio del mundo.  No olvidemos que la tarea a hacer es grande.  Surgirán dificultades, y seremos entonces más conscientes de nuestra pequeñez.  Esto nos debe llevar a confiar más en Cristo y no olvidar que siempre tendremos la ayuda del Señor.

Si no perdemos de vista nuestra poquedad y la ayuda de la gracia, nos mantendremos siempre firmes y fieles a lo que Cristo espera de cada uno.  Con el Señor lo podemos todo.

Los obstáculos de nuestra sociedad no nos deben desanimar.  El Señor cuenta con nosotros para transformar nuestro mundo.  No dejemos de llevar a cabo aquello que está en nuestras manos, aunque nos parezca poca cosa -tan poca cosa como un insignificante grano de mostaza-, porque el Señor mismo hará crecer nuestro empeño, y la oración y el sacrificio que hayamos puesto darán sus frutos.

Un cristiano no puede quedarse de brazos cruzados ante tanta necesidad de pregonar el Evangelio.  Muchas personas han dejado a Dios y su única meta es llenar sus vidas de cosas mundanas.  A pesar de desear tanto las cosas materiales tienen mucha necesidad de escuchar la Palabra de Dios.  

Jesús nos pide hoy a las comunidades cristianas que sanemos al mundo actual de sus enfermedades espirituales y morales promoviendo la unión, la reconciliación, la justicia y la paz.  Y para que esto se realice hay que trabajar como buenos obreros para que la cosecha sea abundante. 

Ser discípulo de Jesucristo hoy, creer en su Reino, no es fácil.  Lo que nos ha dicho Jesús es muy sencillo: el Reino de Dios está dentro de nosotros, quizá sin que nos demos cuenta, como una semilla que no sabemos quién la ha sembrado, que parece pequeña.  Pero esta humilde semilla germina y crece, sin que sepamos cómo.  Germina y crece y se hace fuerte y echa ramas.  Esta es nuestra fe, esta debe ser nuestra gran confianza, nuestra firme esperanza.