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lunes, 15 de junio de 2026



Miedo y confianza son palabras que aparecen hoy en la Palabra de Dios que hemos proclamado.  Por encima de nuestros miedos hemos de tener confianza en Dios porque sabemos que Dios nos cuida.

En la 1ª lectura vemos como Jeremías es perseguido por el mensaje que anuncia y todo lo que denuncia, sin embargo no deja de confiar en Dios y de anunciar fielmente las propuestas de Dios para los hombres.

Ser profeta no es fácil.  A la gente no le gusta que pongan en duda o que cuestionen su forma incorrecta de vivir, sus injusticias o sus antivalores.  Por eso la vida del profeta es una vida de incomprensión, soledad, lucha y riesgo.  Y sin embargo es un camino que Dios nos llama a recorrer con fidelidad a su Palabra.

El profeta, como el verdadero cristiano es aquel que es capaz de decir con valentía verdades que duelen y que provocan críticas y conflictos y en algunas circunstancias, incluso, con peligro de su vida.  Sabemos bien, que todo aquel que ha querido hacer el bien, siempre encuentra dificultades.  Por eso el profeta Jeremías nos decía que “oía la acusación de la gente”.

Criticar al que quiere hacer bien las cosas es el deporte nacional.  Es lo que toda la vida sabe muy bien hacer la gente. En la actualidad hacer las cosas bien no es aplaudido.  Incluso, en ocasiones, es perseguido.  Hoy, parece que lo que es más popular, lo que le gusta a mucha gente es ir contra el sistema, ir contra lo que está bien, e incluso ir contra Dios y sus valores.

Por eso, si somos auténticos cristianos, estemos seguros de una cosa: siempre vamos a ser criticados y calumniados.  Sin embargo, Dios nunca abandona a aquel que le es fiel. 

Por eso es importante que, delante del Señor pensemos y nos preguntemos: ¿estoy dispuesto a ser distinto, a ser auténtico, a ser fiel a Dios?  Porque, cuando intentamos vivir como buenos cristianos se tiene que notar lo que somos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos habla de la entrada del pecado en el mundo.  El pecado es una vieja realidad en el mundo.  Tan vieja como el hombre ya que el hombre, y sólo el hombre, es el responsable de la condición pecadora de la humanidad.

No podemos cerrar nuestros ojos ante la realidad de pecado que existe en nuestro mundo.  Es verdad que el mal destaca escandalosamente en el mundo.  Algunos acontecimientos que marcan nuestro tiempo confirman que una historia construida sobre el pecado y al margen de Dios es una historia llena de egoísmo y de injusticias.

Pero si el pecado es una vieja realidad, también lo es el perdón y la gracia de Dios y aunque aparezca más calladamente, tienen más fuerza y más valor que el pecado.

El Evangelio de san Mateo nos dice hoy que la Palabra liberadora de Jesús no puede ser silenciada, escondida sino que tiene que ser proclamada “sin miedo”.

Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos hoy, es la falta de credibilidad de las instituciones y de las personas.  Hoy, ni los políticos, ni los empresarios, ni los sindicatos nos inspiran confianza.  Y lo que es peor, muchas veces tampoco nos inspira confianza el vecino, incluso desconfiamos también de los familiares.

Parece que ya nadie confía en nadie.  Es verdad que son muchísimos los problemas con que nos enfrentamos hoy en día: la corrupción, la falta de trabajo, el terrorismo, la incertidumbre económica, la falta de moral social y política, las guerras, el hambre, la pobreza cada día mayor. Todo esto nos lleva a vivir con miedo, atemorizados, encerrados en nosotros mismos, despreocupados de los demás.

Si perdemos la confianza en nosotros mismos y en la bondad del mundo, estamos perdidos.  Contra el mal y la pérdida de confianza, el evangelio nos invita a confiar en Dios.  Dios, nuestro Padre que cuida de la naturaleza, de los animales, ¡cuánto más no cuidará del hombre, hecho a su imagen y semejanza!

Hay que tener confianza en que el mundo, a pesar de todo, se encamina al encuentro con Dios.  Confianza en que nuestros trabajos y aportaciones en la construcción de un mundo mejor, por muy pequeños que sean, son importantes.  Confianza en las personas.

Jesucristo nos repetía hoy: “¡No tengáis miedo!” porque nada malo puede sucedernos si ponemos en Dios nuestra confianza.

martes, 2 de junio de 2026

 



El Jueves Santo Jesucristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de subir al cielo, se ve opacado por la tristeza de su Pasión y muerte.

Por eso la Iglesia ha instituido esta fiesta del Corpus Christi en esta época en que ya hemos superado la tristeza de la Pasión y muerte del Señor y hemos disfrutado de la alegría de la resurrección durante el tiempo pascal.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos ha recordado cómo el pueblo de Israel caminaba por el desierto hacia la tierra prometida y siente hambre y sed.  Y Dios que no abandona nunca a su pueblo acude en su ayuda y le ofrece agua y el maná. 

Cuando el hombre lo tiene todo y no carece de nada, nos olvidamos con frecuencia de los tiempos pasados.  El pueblo de Israel una vez que se había establecido en la tierra prometida y tenían bienes para vivir, e incluso para vivir con cierta abundancia se olvidaron de Dios.  El libro del Deuteronomio levanta la voz para recordarnos que no podemos vivir en plenitud si le damos la espalda a Dios. 

No sólo de pan vive el hombre; el pan es necesario, es imprescindible, pero el alimento que sacia, que da plenitud, sólo lo puede dar Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos dice que la participación en la Eucaristía nos tiene que llevar a la unidad.  No podemos destruir la unidad de la Iglesia con nuestras actitudes egoístas y nuestros comportamientos insolidarios.

El pan que recibimos en la Eucaristía es uno porque Cristo es uno.  Por eso, no puede haber divisiones ni favoritismos en una comunidad cristiana.  Si todos comulgamos un mismo pan, no podemos estar divididos, porque Cristo no está dividido.  Celebrar la Eucaristía supone estar en unidad de vida con uno mismo y con los hermanos de la comunidad y de todas las comunidades del mundo.

Cuando comulgamos no recibimos a distintos Cristos, sino que todos recibimos al mismo Cristo.  Al comulgar todos nos debemos sentir unidos a todos y todos ser uno con Cristo.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Cristo como “el pan vivo… para que el mundo tenga vida”.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres. Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse. Cierto que se ha quedado como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.

Es tan real la presencia de Jesucristo, en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Cristo entra dentro de nosotros para dar a nuestra vida, Su vida, para dar a nuestra oscuridad su Luz.

Así como necesitamos el alimento material para vivir, así también necesitamos el alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo para conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el bautismo.  No puede uno vivir como cristiano y no alimentarse del Pan de la Vida en la Eucaristía.  Como tampoco puede haber una comunidad cristiana auténtica si no tiene como sustento la celebración de la Eucaristía.

Pero para poder recibir a Cristo en la Eucaristía es necesario recibirlo en estado de gracia.  La gracia es un regalo sobrenatural dado por Dios para ayudarnos en el camino que nos lleva al Cielo. Y la gracia se pierde por el pecado, es decir, por nuestro rechazo a Dios o a Sus Mandamientos.  Para comulgar bien Dios nos pide ir con un corazón puro, limpio y receptivo a Él.

Pero, además de estar en estado de gracia, para recibir a Cristo en la Eucaristía hay otras condiciones que son necesarias: Fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Confianza plena en Dios y abandono y entrega total a Dios.

Estas disposiciones fundamentales de parte nuestra permiten que haya “común-unión” o Comunión: unión de Cristo con nosotros y de nosotros en Cristo. Si no tenemos estas disposiciones, no puede darse la Comunión.

Recibimos a Cristo con nuestra boca. Pero eso no basta, pues tenemos que unirnos a Él en el pensamiento, en el sentir, en la voluntad; con nuestro cuerpo, con nuestra alma y con nuestro corazón.

Celebrar el “día del Corpus” es honrar a Jesucristo, presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas.  Celebrar la Eucaristía es dar gracias a Dios.

Demos gracias a Dios hoy, por el regalo de su presencia viva en la hostia consagrada.  Demos gracia a Dios hoy por poder recibir este alimento tan necesario para nuestra vida de cristianos.  Demos gracias a Dios hoy porque se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual.

lunes, 19 de mayo de 2025

 

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


La liturgia de este domingo de Pascua nos presenta la promesa de Jesús de enviar su Espíritu para fortalecer nuestra fe, y la Paz que concede a quienes viven en su presencia.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta un problema muy serio que vivieron las primeras comunidades cristianas y que provocó fuertes enfrentamientos dentro de ellas.

Algunos de los primeros cristianos no se habían desprendido de todas las leyes judías y defendían que había que cumplir ciertas leyes judías.  Con esto, cerraban la puerta a muchos que querían hacerse cristianos pero no eran judíos. 

Los apóstoles, reunidos en asamblea y bajo la luz del Espíritu Santo decidieron que para ser cristiano era suficiente seguir la doctrina y el Evangelio de Cristo.  No era necesario hacerse judío para ser cristiano.

Nos decía la lectura: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”  Nuestro mundo de hoy está marcado por el individualismo, fruto de ideologías y de nuestra misma cultura que nos hace que nos aislemos de los demás.  Por nuestra forma de pensar y nuestra manera de vivir confundimos, a veces, la verdad, con nuestra verdad, y creemos que siendo la nuestra la única verdad, los que no piensan como nosotros, los que no están de acuerdo con nosotros, están equivocados.  Por eso surgen las confrontaciones y las divisiones.  Para evitar esta dificultad y llegar a un consenso, nada mejor que encontrarse en diálogo sincero, nada mejor que dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de tomar una decisión importante en nuestra vida.

La Iglesia de hoy, al igual que las Comunidades cristianas primeras, están constituidas por hombres y no por ángeles. Pero la Iglesia, a pesar de estar integrada por hombres, es la Iglesia de Cristo Jesús, y está iluminada y orientada por el Espíritu de Dios.

Los errores e incertidumbres se resuelven, por consiguiente, bajo la iluminación del Espíritu Santo y la presencia del mismo Jesús “hasta el final de los tiempos”.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia celestial.

La construcción de los cielos nuevos y la tierra nueva debe empezar desde el interior de cada persona. Ese mundo nuevo no se construye con la violencia de las armas, ni por deseos de poder. 

Ese mundo sólo es posible construirlo con la fuerza del Amor. Pero no con cualquier amor, porque en la humanidad todos hablamos del amor, pero cada uno lo entiende a su manera. 

Amor al estilo de Jesús. El amor al estilo de Jesús es el único que puede hacer cambiarnos y cambiar este mundo.

En el Evangelio de san Juan, Jesús nos decía: “el que me ama cumplirá mi palabra”.

Jesús nos habla de amor, pero un amor traducido en obras, un amor que cumple, un amor que es realidad.  Quizás algunos piensen que amar es cumplir las leyes y con eso ya es suficiente.  Pero es todo lo contrario, no se trata simplemente de cumplir leyes, sino de amar y de amar de verdad.

Nos decía también hoy Jesús: “y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”  Ser cristiano no es cuestión de leyes y de ritos, sino fundamentalmente es vivir la presencia de Dios, experimentar su amor y ser expresión de su amor. 

Jesús nos hace hoy también una recomendación: “no perdáis la paz”.   En este nuestro mundo donde la violencia se ha adueñado de todos los ámbitos, donde se justifican las guerras más crueles y ya pasan desapercibidas las muertes de tantos hermanos nuestros, donde corremos el riesgo de perder la paz, de acobardarnos, Cristo nos invita a que fortalezcamos nuestro corazón.

¿Cómo no tener miedo a los horrores del narcotráfico cuando se han metido a todos nuestros pueblos y a todas las comunidades? ¿Nos quedaremos cruzados de brazos viendo cómo nuestros jóvenes se corrompen y se contagian de la ambición del poder y del dinero? Escuchemos la palabra de Jesús y miremos las verdaderas causas y ataquemos, no con las ametralladoras que no sirven de nada, sino yendo al fondo de los problemas.

Si logramos dar valores y fortaleza de corazón a los niños y a los jóvenes, no caerán en la garras del vicio. Pero si descuidamos su educación y nosotros mismos no somos ejemplo de coherencia y de perseverancia ¡qué fácil caerán los ingenuos jóvenes!

En esta tarea no estamos solos. Nunca el cristiano debería sentirse huérfano. Lo que configura la vida del verdadero creyente no es el ansia del placer, ni la lucha por el éxito, ni la obediencia a una ley. El verdadero creyente no cae ni en el legalismo ni en la anarquía, sino que busca con el corazón limpio la verdad.

lunes, 12 de mayo de 2025

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy del amor.  El amor es lo que identifica a los seguidores de Jesús.  Para poder amar, como Jesús nos lo pide hoy, hay que cambiar muchas cosas en nuestra vida y a muchos no les gustan los cambios porque es más cómodo vivir de la manera a la que estamos acostumbrados.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha narrado como Pablo y Bernabé recorren centenares de kilómetros para evangelizar.  Ellos habían experimentado el nuevo sentido de sus vidas y no podían guardárselo para ellos.

Pablo y Bernabé pedían a los nuevos cristianos fidelidad y perseverancia en las tribulaciones.  “Hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”, nos decía san Pablo.

Hay que hacer una opción por el Reino de Dios y esto no es fácil.  El camino del Reino está sembrado de dificultades y la “puerta es estrecha”, aunque nunca está cerrada.

Hemos de perseverar en nuestra fe, saber qué quiere Dios de nosotros, estar dispuestos a involucrarnos en las cosas de Dios, renunciar a esas cosas que nos apartan de Dios. Dios ha hecho muchas cosas por nosotros, ¿qué estamos haciendo nosotros por Dios?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva”.

Es cierto que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y que la puerta es estrecha, pero si alcanzamos ese cielo nuevo, entramos a un mundo transformado, prometedor y alegre; entramos a un mundo nuevo “donde no habrá llanto, ni duelo, ni sufrimiento”.  El mundo del sufrimiento y de la lucha diaria dejará lugar al mundo de la felicidad, del descanso y de la paz.

Pero ya desde ahora, estamos llamados a construir esa “tierra nueva”, a superar todas aquellas cosas que impiden al ser humano vivir en plena libertad, a superar un mundo de oscuridad que nos sumerge en la cultura de la muerte y de la infelicidad.  Estamos llamados a superar el egoísmo, la codicia, los rencores, la vanidad, los miedos, las inseguridades.  Estamos llamados a construir un mundo nuevo que no esté dominado por la injusticia, la dominación de unos sobre otros, la muerte, la violencia y tantas cosas negativas como tiene hoy nuestro mundo.

Dios nos llama y nos invita a formar otro mundo, un mundo que se abra a la gracia de Dios.  Un mundo donde el mal y todas sus consecuencias ya no existan. 

El Señor, con su vida, con su palabra y su obra, hizo nuevas todas las cosas y empezó a hacer realidad un mundo nuevo sostenido con otros valores, valores diferentes a los que viven hoy la mayoría de las personas.  Es tarea nuestra ir construyendo ese “cielo nuevo y esa tierra nueva” a la que Dios nos invita.

En el Evangelio de san Juan el Señor, antes de despedirse de sus discípulos les entrega como testamento espiritual su sueño y su mandato: el gran Mandamiento del Amor.

El mundo podrá identificarnos de qué comunidad somos si cumplimos este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama, demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley.

En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, los  cristianos estamos llamados a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor. Allí están las bases sobre las que se puede construir una nueva sociedad. Mientras no vivamos el amor, no es cierto que la ley pueda cambiar la sociedad. 

Cuando nuestros políticos, sobre todo en campañas, hacen propuestas que parecen novedosas, se quedan cortos, porque siempre buscan cosas superficiales y sus sueños no tocan la base de la persona. Se fijan en los bienes materiales y no está en la base el amor y el respeto mutuo.

Pero Jesús se refiere al verdadero amor. No es el amor romántico y dulzón de los novios adolescentes. El amor del que nos habla Jesús es amar hasta dar la vida.  Es el amor de pareja que sabe superar las naturales diferencias; es el amor de padres que no crían hijos con la ilusión de después pasarles la factura en cuidados de ancianidad; es el amor al prójimo donde se tiene en cuenta a todos y cada uno, y no se miran las propias conveniencias. Así sí se podrá construir una ciudad nueva.

Hay que amar, sin mirar a quién; amar, sin contar las horas; amar, con corazón y desde el corazón; amar, buscando el bien del contrario.  Ese es el sueño de Jesús y debería ser el sueño de sus seguidores.

Desgraciadamente, los cristianos nos quedamos cortos.  Con mucha frecuencia, nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios.

Lo que hace grande a una comunidad es su capacidad de amar a los diferentes, de integrar y superar el conflicto. 

¿Cómo vivimos el gran sueño de Jesús entre nosotros? ¿Cómo damos testimonio de este amor en la familia, en el trabajo, en la construcción de la sociedad? ¿Cómo estamos construyendo esa “nueva ciudad”, esa nueva sociedad?

lunes, 5 de mayo de 2025

 

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el cuarto domingo de Pascua.  Este domingo es el domingo del Buen Pastor.  El Buen Pastor es una imagen que emplea el Señor para referirse a sí mismo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Pablo y a Bernabé en su actividad evangelizadora.  Son enviados por Jesús, para salvar no sólo a los judíos, sino a todos los que quieren recibir el mensaje del Señor.

Dios ha enviado a su Hijo para salvar a todos aquellos que acepten en libertad esta oferta de salvación de parte de Dios.  La Iglesia naciente, empieza a abrir sus puertas a la universalidad.  Los apóstoles no se quedan encerrados en predicar sólo a los judíos sino a todos los hombres, a todos los pueblos.  Esto crea envidias y celos por parte de los dirigentes religiosos judíos.

La Iglesia tiene la misión de cumplir con el mandato del Señor: “Id por todas partes y predicad el Evangelio”.   Hay que anunciar la salvación a todos los hombres a todos los pueblos.  Pero la misión de la Iglesia no es ganar seguidores sea como sea, para aumentar el número de sus fieles, ni para presumir de ser más que otros, ni para imponerse sobre otras religiones o culturas. La Iglesia tampoco busca hacer propaganda barata para aumentar su influencia en la sociedad, para controlar las creencias de las personas o para obtener mayores beneficios económicos.

La Iglesia católica se define, como su nombre indica, por su universalidad y ésta es la gran misión de la Iglesia, para esto existe para ser universal, porque esto es lo que Cristo le pidió a sus apóstoles: que todos los hombres de todo tiempo y lugar sepan del amor con que Dios los ama; sepan que Dios es su Padre y que quiere la felicidad de todos sus hijos; sepan que han sido elegidos por Dios para la vida eterna, de modo que la muerte no será una realidad definitiva sino el paso hacia la vida eterna, hacia la vida sin fin.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos hablaba hoy del cielo al que todos esperamos ir un día. San Juan ve una muchedumbre inmensa que nadie puede contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie, delante de Dios.  Es decir, la salvación de Cristo es para todos, para todos los que deseen ser salvados y se sientan necesitados de salvación.

San Juan nos dice también que nadie pasará hambre ni sed, que el mal ha sido vencido y erradicado definitivamente, y Dios en medio de todos, secando las lágrimas.  ¡Qué imagen tan sencilla, tan maternal, tan cariñosa, para expresar todo el amor que tendremos y que saciará nuestro corazón por completo, porque veremos a Dios cara a cara!

Sin embargo nosotros no olvidamos que seguimos aún en este mundo, en medio de las luchas y los problemas de cada día.  Pero es bueno detenernos de vez en cuando y elevar nuestros ojos hacia la patria definitiva.

En el Evangelio de san Juan, Jesús se nos presenta como el Buen Pastor, el único Pastor, y nosotros –todos—somos parte de su Rebaño.

Como cristianos, tenemos que reconocer la voz de Dios, y Jesús es esa voz que nos da vida. Hay muchas formas de apagar una voz: la violencia, un ruido más fuerte, cambiarla por otras voces, taparnos los oídos. San Juan nos ofrece una de las señales de que pertenecemos a Jesús, de que somos de Él: si somos capaces de conocer su voz.  “Discípulo es el que sabe escuchar la voz de Jesús”.

Sería importante que recordáramos cuales voces influyen en nuestra vida diaria si las voces del mundo o la voz de Jesús.  La voz de Jesús es una voz que se presenta como la gran noticia de salvación, pero es una voz que nos pide también una verdadera conversión.

La voz de Jesús es una voz misericordiosa que transforma a las personas, pero también es una voz llena de autoridad para exigir verdad y coherencia entre nuestra fe  y nuestra vida, no es primero sí y luego no.

Hay que tener el oído y el corazón muy atentos porque hay muchas voces que quieren ahogar la voz de Jesús, como si Él no tuviera nada que decir a nuestro mundo de hoy.  Nuestro gran reto hoy es saber reconocer esa voz amorosa entre tantas voces que quieren ahogarla y que llegan a nosotros diariamente para confundirnos y ensordecernos.

Si Jesús pide el reconocimiento de su voz, lo que Él ofrece es mucho más importante: Él nos conoce. Conoce nuestro interior y, lo más importante, ¡conociéndonos nos ama! Nosotros vamos por la vida y, aunque no lo queramos, llevamos como especie de máscaras. Algunas personas nos conocen superficialmente, otras conocen un aspecto nuestro, otras solamente nuestro nombre, el cargo o situación que ocupamos dentro de un grupo, de una familia o de una sociedad. Y así nos tratan y así nos respetan o nos ignoran. Pero Jesús conoce  nuestro interior. Así dirige su voz a cada uno de nosotros. Su voz es una voz amiga.

Jesús no se deja engañar por nuestras expresiones y máscaras porque descubre las razones de nuestras alegrías, de nuestros complejos y de nuestros temores. Sabe descubrir nuestro lado positivo y lo mejor de nuestro corazón.  La voz del Señor nos lanza a la esperanza, nos levanta de nuestros fracasos, nos mantiene alertas en nuestras luchas.

Reconocer a Jesús como pastor nos obliga a seguirlo. No nos podemos quedar en la romántica figura de un pastor cargando a su oveja, sino que implica un seguimiento incondicional.

Preguntémonos hoy: ¿estoy siguiendo la voz de Jesús, que da vida o la voz del mundo que es una voz de ambiciones y egoísmo?

lunes, 28 de abril de 2025

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el III domingo de Pascua. Continuamos celebrando la resurrección de Jesús, escuchando relatos de sus apariciones, después de haber resucitado.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.

El mensaje del Señor es un mensaje liberador, que no hace pactos con esquemas egoístas, injustos y opresores.  El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.

Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.

Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.

Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.

Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo.  ¿Para vosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.

Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.

El Evangelio de san Juan nos presenta a cinco apóstoles que estaban en una barca, regresando de una noche de pesca infructuosa y, al amanecer, “alguien” les dijo desde la orilla: “Muchachos, ¿tenéis pescado?… Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”.   

Sorprende la docilidad de los Apóstoles quienes, sin la menor observación, obedecieron en el acto. Y sorprende, porque todavía no se habían dado cuenta que era “el Señor”  ¡Cuántas veces nos habla el Señor desde la orilla  y no lo  reconocemos!  Nos pasa como a los Apóstoles,  pero no hacemos como ellos, sino que nos damos el lujo de despreciar las instrucciones del mismo Dios. Y    -peor aún- cuántas veces, sabiendo que es Él quien nos pide algo, no le hacemos caso, le decimos que no o le ponemos dificultades, diciéndole que mejor dejamos el asunto para otro momento. Pero el Señor siempre está a la orilla esperando que nos desocupemos de “nuestras cosas”, esperando que lo reconozcamos, que oigamos su voz y atendamos sus instrucciones.

¡Cuántas veces nos desgastamos pescando por nosotros mismos en el mar de nuestro quehacer diario, de nuestras preocupaciones cotidianas, de las presiones del trabajo y de estudio, sin escuchar al Señor y sin aprovechar su voz que nos guía!

Hoy se nos recuerda fuertemente que creer en y seguir a Jesús es ante todo una relación, una relación de amor con Dios, una relación de amor con aquel que sabemos nos amó primero. Antes de pensar en los compromisos que conlleva ser cristianos, antes de pensar en cumplir los mandamientos o vivir las bienaventuranzas, hemos de pensar en fortalecer nuestra relación con Dios.

Cuando un cristiano no se ha dado cuenta del amor de Dios y quiere cumplir con las exigencias de la caridad, la solidaridad y el perdón; es imposible ser feliz así. Hoy le podemos poner nuestro nombre a la pregunta que Jesús le hace a Pedro: ________ ¿me amas? Pues si no estás seguro de este amor, jamás podrás vivir como verdadero cristiano ni como Hijo de Dios. ¿Cómo llegar a este amor? Imagínate cómo llegas a conocer y amar a una persona: primero la tienes que conocer (Evangelios), después la tienes que tratar con frecuencia (Oración), después se puede crear un lazo de compromisos (Caridad). Tres pasos, claros y concretos que nos llevan a conocer a Jesús y amarlo como Él nos lo pide.

lunes, 17 de marzo de 2025

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


En este III domingo de Cuaresma, las lecturas de la misa de hoy nos hablan de la necesidad de convertirse, de volverse a Dios.  Para animarnos a esta conversión las lecturas destacan también la misericordia y la paciencia de Dios.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos recuerda cómo Dios elige a Moisés para ser el líder que libere a su pueblo de la esclavitud.

La humanidad exige hoy una liberación política, cultura y económica: los pueblos luchan por su libertad, no queremos hoy dictaduras, aunque sean disfrazadas de democracias; los pobres luchan para liberarse de la miseria, de la ignorancia, de la enfermedad; los obreros luchan por el derecho a un trabajo digno; las mujeres luchan por la defensa de su dignidad; los estudiantes luchan por un sistema educativo que los prepare bien para desempeñar un papel útil en la sociedad.

Tenemos que ser conscientes que donde haya una persona que trabaje por un mundo más justo y más humano, allí está Dios, ese Dios que no está de brazos cruzados ante las injusticias.

Dios actúa en nuestra vida y en nuestra historia a través de hombres y mujeres de buena voluntad que aceptan, como Moisés, ser instrumentos de Dios para mejorar este mundo.

Ante los sufrimientos e injusticias hay que preguntarse: ¿qué estoy haciendo?  ¿Vivimos con la pasividad de quien cree que ya ha hecho lo suficiente y que ahora les toca a los demás? O ¿Somos como Moisés que colaboramos con Dios en la construcción de un mundo más justo y más humano?

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos advierte que cumplir ritos externos y vacíos no es lo importante; lo importante es estar en comunión con Dios, hacer la voluntad de Dios y vivir de acuerdo a los planes de Dios.

San Pablo nos dice que en el éxodo, todos cruzaron el mar rojo y todos se alimentaron de la misma comida y bebida, pero no todos llegaron a la tierra prometida.  El que todos los cristianos hayan recibido el mismo bautismo y participen de la misma Eucaristía, puede que tampoco sea suficiente para alcanzar la salvación. 

Los sacramentos no son ritos mágicos que produzcan su efecto mecánicamente; exigen nuestra colaboración de fe y de vida.  El pertenecer a la Iglesia “no es un seguro de vida”.  Lo importante es como dice Jesús: “escuchar y practicar la Palabra de Dios”.

Hay que dejar de aparentar ser cristiano y optar por ser cristiano de verdad.

El Evangelio de San Lucas nos ha relatado unos hechos trágicos que ocurrieron en tiempos de Jesús. 

La vida moderna ha traído consigo un aumento notable del número de muertes repentinas. Hombres jóvenes destruidos por el infarto o la crisis cerebral. Vidas destrozadas en cualquier carretera. Accidentes laborales y tragedias de todo tipo.

Todos sabemos que nuestra vida es limitada y que siempre está amenazada por la enfermedad, el accidente o la desgracia. Es una equivocación considerar la muerte como algo irrelevante y cerrar los ojos a una realidad que pertenece a la misma vida: la existencia de cada persona puede quedar truncada en cualquier momento.  La posibilidad de que de nuestra vida acabe en cualquier momento nos ha de hacer pensar qué estamos haciendo con ella.

Ante la posibilidad de que nuestra vida se acabe en cualquier momento, es urgente la necesidad de convertirnos porque no sabemos ni el día ni la hora, porque si no nos convertimos ahora, no hay esperanza para después de la muerte.

Jesús nos invita a tomarnos la vida con responsabilidad. Hay personas que todavía piensan que siempre hay tiempo para cambiar, quizás el año que viene, quizás unos momentos antes de morir me arrepentiré, pediré perdón y todo arreglado. No podemos jugar con Dios y mucho menos con la vida. Dios nos llama a través de las desgracias propias y ajenas, a través de los acontecimientos de cada día, en el sufrimiento de los demás, en la injusticia y en las tareas por hacer un mundo mejor, Dios nos llama a que nos mojemos, a que nos impliquemos, a que nos convirtamos.

Nosotros somos esa higuera del Evangelio y hemos de dar frutos.  Es triste que en nuestros ambientes llamados cristianos, se den los graves pecados sociales y personales que destruyen la armonía y ofenden la dignidad de las personas.

Hoy, muchos llamados cristianos siguen viviendo su fe muy lejos de los frutos de amor y justicia que nos pide Jesús. Hoy es tiempo especial para mirar seriamente nuestras vidas y examinar los frutos que estamos dando.

lunes, 10 de marzo de 2025

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y las lecturas nos invitan a transfigurarnos, a convertirnos, para que la vida diaria y sus valores vayan haciéndose presentes en nuestros pensamientos y acciones.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham que es modelo de fe, de obediencia y de confianza en Dios para todos los creyentes.  Abraham es un hombre que acepta los proyectos de Dios y se pone al servicio total de Dios, por ello Dios hace una alianza con él.

Hoy día, existen personas que quieren prescindir de Dios en la construcción de un mundo mejor.  Hoy Dios nos dice que no es posible hacer de este mundo un paraíso sin contar con Él.  Hoy como siempre, los caminos del hombre no coinciden con los de Dios.  Y los caminos de Dios nos resultan, a veces, extraños y sorprendentes.

El hombre de hoy, también hace coaliciones, pero sus coaliciones son con la técnica, el dinero, el poder, el placer, que son los ídolos actuales.  Sin embargo, el hombre de fe, el hombre creyente tiene que hacer alianzas con Dios, tiene que unirse a Dios, tiene que ponerse al servicio de Dios y comprometerse con el proyecto que Dios tiene para este mundo y sólo así se producirá el milagro como con Abraham.

La Cuaresma es el tiempo especial para ver nuestra alianza con Dios; para ver si está deteriorada o rota y decidirnos a fortalecer esa alianza con Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, es una denuncia contra la actitud de ciertos cristianos que con su manera de vivir y de actuar se muestran como enemigos de la cruz de Cristo.

¿Cuándo somos enemigos de la cruz de Cristo?  Hay personas que llevan en el pecho la cruz, pero la llevan como un elemento de lujo o como una especie de amuleto para que los proteja.  Hay personas que se signan con la cruz en diversos momento del día: al empezar un camino, al cerrar un negocio, al hacer un examen, etc.  Muchas veces llevamos una cruz o hacemos el signo de la cruz pero sin ninguna vinculación real con la cruz de Cristo.

Por eso nos gusta una vida tranquila sin mucho compromiso real con la cruz de Cristo.  Preferimos la gracia barata que es el más grande y mortal enemigo de la Iglesia.  La gracia barata se manifiesta en el perdón sin arrepentimiento ni deseo de cambio en nuestra vida; en los sacramentos sin formación y sin preparación y en una fe tibia y sin compromiso real con Cristo.

Hay que tomar en serio la cruz de Cristo y esto significa tomar con valentía las incomodidades y los dolores de esta vida pero sin huir de este mundo, esforzándonos por mejorarlo no sólo con las fuerzas humanas sino también con la gracia de Dios.

Tomar la cruz es seguir al Señor hasta las últimas consecuencias, aunque seamos perseguidos por causa de la justicia, por causa de Jesús y llegar así a convertirnos en ciudadanos del cielo.

El Evangelio de san Lucas nos presenta la Transfiguración del Señor. Jesús se lleva a sus discípulos al monte, al silencio y allí les muestra su gloria, allí el Padre hace oír su mensaje: Éste es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”.  

Hoy se nos dirige a nosotros esas palabras.  Es difícil escuchar.  Muy difícil.  Oímos ruidos.  Mucha gente vive la experiencia de que su palabra se convierte en un ruido más de tantos que escuchamos.  Algunos llegan a decir: “Me siento solo, nadie me escucha, nadie me toma en serio, nadie toma en serio lo que digo”.  Es tremenda la soledad que siente las personas que no son escuchadas. 

Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar.

La soledad es saber que nadie te escucha, que nadie guarda tu palabra en su corazón, que nadie te comprende. Que nadie te presta atención.

Dios, nuestro Padre, nos pide hoy que lo escuchemos, que le prestemos atención, que le demos importancia a Él, que escuchemos a su Hijo que es la Palabra de Dios, su enviado.  Hay que hacer las “obras de Dios”, pero es necesario también escuchar a Dios.  Cuando escuchamos a Dios vamos a sentir que Dios también nos escucha a nosotros, que nos toma en cuenta.

Nos sobran ruidos, preocupaciones, ansiedades, por eso necesitamos hacer silencio en nuestra vida para escuchar seriamente a Dios que nos habla.  Hay que escuchar a Jesús porque sabemos que dice la verdad.  Porque sabemos que Él nos puede decir por qué vivir y por qué morir.  Hay que escuchar a Jesús porque así descubriremos cual es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Hay que escuchar a Jesús para darnos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Que no se nos olvide que ser cristiano es vivir escuchando a Jesús, sólo desde la escucha, cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana.  Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.