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lunes, 23 de febrero de 2026

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y la Palabra de Dios nos dice cuál debe ser el verdadero camino que el cristiano debe seguir.  El camino que tenemos que seguir es escuchar atentamente a Dios y llevar a cabo sus proyectos y hacer realidad los planes de Dios en nuestro mundo.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña la gran fe que tuvo Abraham.  Cuando Abraham recibe la llamada de Dios, sigue a Dios fielmente porque cree plenamente en Dios.  Se fía de Dios y por eso abandona su tierra y su familia dejándolo todo.

Hoy hay compañías de seguros para todo: para el coche, la casa, la empresa, la salud o la educación.  Hay modelos que aseguran sus ojos, su cuerpo.  Futbolistas que aseguran sus piernas, boxeadores que aseguran sus puños, golfistas que aseguran sus brazos.  Vemos cómo el ser humano busca seguridad en un mundo que lo amenaza continuamente.

Nos da miedo la inseguridad. Tenemos miedo a la novedad, miedo a lo desconocido, miedo a quedarnos sin seguridades.  Hay mujeres que viven en “cárceles de oro”, en las cuales las tienen sus esposos machistas que no las dejan tener amigas o salir a la esquina.  Y a pesar de su infelicidad ellas tienen miedo de separarse, perder el nivel de vida que tienen y enfrentarse a un mundo de trabajo al que no están acostumbradas.  Hay personas que no se casan porque le tienen miedo al compromiso.  Hay personas que trabajan en una empresa sea pública o privada y son testigos de injusticias, discriminaciones o corrupción y temen denunciarlas por no perder su trabajo.  Muchas personas se quejan de la situación social o política de sus pueblos, pero no son capaces de mover un dedo para que la situación cambie.

En la primera lectura de hoy, Dios le propone un nuevo camino a Abraham: salir de su tierra, es decir, abandonar su familia y su tradición, para hacer de él una gran nación, un pueblo diferente donde todos tuvieran la posibilidad de vivir dignamente.  Abraham aceptó el reto de Dios y se puso en camino.

Nosotros, ¿aceptamos sin miedo los retos de Dios y somos capaces de comprometernos con la novedad del Reino de Dios? O ¿buscamos la seguridad de que todo siga igual?

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recuerda que no debemos acobardarnos, porque Jesús camina con nosotros y Él venció a la misma muerte.

Nosotros, debemos aceptar la misión que el Señor nos ha encomendado, tenemos que dar testimonio de su Evangelio, aunque esto conlleve dificultades en muchas ocasiones.  Es cierto que el mundo de hoy vive muy al margen de Dios, pero las dificultades que nos encontremos a la hora de evangelizar nuestro mundo no pueden ser una excusa para que nosotros abandonemos nuestra misión y nuestra responsabilidad de cristianizar nuestro mundo.  Hay que esforzarse por cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado, a pesar de las dificultades que podamos encontrar.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la Transfiguración del Señor.  Jesús se revela como “el Hijo amado de Dios”.

Hay muchas ocasiones en la vida en que por diversas circunstancias estamos deprimidos, tristes, con pocas ganas de hacer nada ni de ver a nadie.  Quizás por problemas familiares, laborales, problemas con los hijos, etc., hacen que nos encontremos así.  Pasan los años, aparecen las enfermedades y vamos viendo cómo la vida se nos escapa de las manos.  A veces, hay pocos días buenos o de felicidad.  Nuestra vida transcurre de una manera monótona.  Queremos ser cristianos pero nos da pereza el compromiso.  Y levantamos los ojos al cielo, buscamos una respuesta, nuestro corazón desea paz y felicidad y nos preguntamos: ¿Dónde encontraremos descanso?, ¿Quién nos traerá un poco de consuelo?

Jesús también pasó por momentos difíciles.  Y además sus discípulos no terminaban de entenderlo.  Y Jesús se retira con sus discípulos a la soledad de una montaña, para reflexionar, para poner ante Dios su vida, para descubrir cuál es la voluntad de Dios Padre.

Como Jesús, nosotros también somos invitados a buscar esos momentos de soledad y silencio para descubrir la voluntad de Dios.  Buscar a Dios para escuchar la voz de su Hijo.  Buscar a Dios en la oración para poner ante Él nuestra vida, con todas sus grandezas y sus miserias.

Y pedir a Dios su luz, la luz que ilumine y transfigure nuestra vida, para que nuestra luz ilumine y transfigure también a otros.

Por eso, hoy, Dios Padre también nos dice a nosotros: “escuchad a mi Hijo”. 

Escuchar nos resulta más difícil que hablar.  Y sin embargo, es más provechoso escuchar que hablar.  Convivimos sin escuchar, sin valorar lo que los otros nos quieren decir.  Merecen la pena que hagamos el esfuerzo de hacer silencio y escuchar los mensajes que Dios nos envía.

No nos desanimemos en nuestro seguimiento de Jesús.  La Transfiguración es una invitación a no desanimarnos, porque si escuchamos a Dios en nuestra vida, nuestra vida no será nunca un fracaso, sino que un día alcanzaremos la resurrección, la vida definitiva, la felicidad sin fin.

Que esta Cuaresma encontremos momentos para hacer oración y poder así escuchar la voz de Dios.

lunes, 10 de marzo de 2025

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y las lecturas nos invitan a transfigurarnos, a convertirnos, para que la vida diaria y sus valores vayan haciéndose presentes en nuestros pensamientos y acciones.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham que es modelo de fe, de obediencia y de confianza en Dios para todos los creyentes.  Abraham es un hombre que acepta los proyectos de Dios y se pone al servicio total de Dios, por ello Dios hace una alianza con él.

Hoy día, existen personas que quieren prescindir de Dios en la construcción de un mundo mejor.  Hoy Dios nos dice que no es posible hacer de este mundo un paraíso sin contar con Él.  Hoy como siempre, los caminos del hombre no coinciden con los de Dios.  Y los caminos de Dios nos resultan, a veces, extraños y sorprendentes.

El hombre de hoy, también hace coaliciones, pero sus coaliciones son con la técnica, el dinero, el poder, el placer, que son los ídolos actuales.  Sin embargo, el hombre de fe, el hombre creyente tiene que hacer alianzas con Dios, tiene que unirse a Dios, tiene que ponerse al servicio de Dios y comprometerse con el proyecto que Dios tiene para este mundo y sólo así se producirá el milagro como con Abraham.

La Cuaresma es el tiempo especial para ver nuestra alianza con Dios; para ver si está deteriorada o rota y decidirnos a fortalecer esa alianza con Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, es una denuncia contra la actitud de ciertos cristianos que con su manera de vivir y de actuar se muestran como enemigos de la cruz de Cristo.

¿Cuándo somos enemigos de la cruz de Cristo?  Hay personas que llevan en el pecho la cruz, pero la llevan como un elemento de lujo o como una especie de amuleto para que los proteja.  Hay personas que se signan con la cruz en diversos momento del día: al empezar un camino, al cerrar un negocio, al hacer un examen, etc.  Muchas veces llevamos una cruz o hacemos el signo de la cruz pero sin ninguna vinculación real con la cruz de Cristo.

Por eso nos gusta una vida tranquila sin mucho compromiso real con la cruz de Cristo.  Preferimos la gracia barata que es el más grande y mortal enemigo de la Iglesia.  La gracia barata se manifiesta en el perdón sin arrepentimiento ni deseo de cambio en nuestra vida; en los sacramentos sin formación y sin preparación y en una fe tibia y sin compromiso real con Cristo.

Hay que tomar en serio la cruz de Cristo y esto significa tomar con valentía las incomodidades y los dolores de esta vida pero sin huir de este mundo, esforzándonos por mejorarlo no sólo con las fuerzas humanas sino también con la gracia de Dios.

Tomar la cruz es seguir al Señor hasta las últimas consecuencias, aunque seamos perseguidos por causa de la justicia, por causa de Jesús y llegar así a convertirnos en ciudadanos del cielo.

El Evangelio de san Lucas nos presenta la Transfiguración del Señor. Jesús se lleva a sus discípulos al monte, al silencio y allí les muestra su gloria, allí el Padre hace oír su mensaje: “Éste es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo”.  

Hoy se nos dirige a nosotros esas palabras.  Es difícil escuchar.  Muy difícil.  Oímos ruidos.  Mucha gente vive la experiencia de que su palabra se convierte en un ruido más de tantos que escuchamos.  Algunos llegan a decir: “Me siento solo, nadie me escucha, nadie me toma en serio, nadie toma en serio lo que digo”.  Es tremenda la soledad que siente las personas que no son escuchadas. 

Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar.

La soledad es saber que nadie te escucha, que nadie guarda tu palabra en su corazón, que nadie te comprende. Que nadie te presta atención.

Dios, nuestro Padre, nos pide hoy que lo escuchemos, que le prestemos atención, que le demos importancia a Él, que escuchemos a su Hijo que es la Palabra de Dios, su enviado.  Hay que hacer las “obras de Dios”, pero es necesario también escuchar a Dios.  Cuando escuchamos a Dios vamos a sentir que Dios también nos escucha a nosotros, que nos toma en cuenta.

Nos sobran ruidos, preocupaciones, ansiedades, por eso necesitamos hacer silencio en nuestra vida para escuchar seriamente a Dios que nos habla.  Hay que escuchar a Jesús porque sabemos que dice la verdad.  Porque sabemos que Él nos puede decir por qué vivir y por qué morir.  Hay que escuchar a Jesús porque así descubriremos cual es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Hay que escuchar a Jesús para darnos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Que no se nos olvide que ser cristiano es vivir escuchando a Jesús, sólo desde la escucha, cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana.  Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.

lunes, 19 de febrero de 2024

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


La liturgia de este segundo domingo de Cuaresma nos hace ver que la fe no es siempre un camino de rosas; conlleva renuncias y exigencias. Y muchas veces, esas renuncias nos tocan lo más querido, lo más sagrado para nosotros.

La 1ª  lectura del libro del Génesis, nos resulta sumamente edificante para dar respuesta a acontecimientos inexplicables para nosotros a primera vista.

Dios, que es el Dios de la vida, pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac: hijo único en su ancianidad; y única esperanza de las promesas de Dios. Abraham acepta lo que Dios le manda, aunque aquello rompa todas sus esperanzas. La fe ejemplar de Abraham se apoya sólo en la palabra de un Dios que un día le dio un hijo y otro día estuvo a punto de quitárselo. De esta forma se elogia la disponibilidad absoluta del creyente, que obliga a sacrificar lo más valioso que uno tiene con tal de obedecer a Dios. Abraham es un buen ejemplo para nosotros que tenemos, a veces,  una fe débil y poca confianza en Dios.

Abraham nos enseña a confiar en Dios, incluso cuando todo parece caerse a nuestro alrededor y cuando los camino de Dios no los entendemos y no los comprendemos.  Cuando los sufrimientos nos llevan a la desesperación, es necesario seguir caminando con serenidad, confiando en Dios que es nuestra esperanza y que tiene un proyecto de vida para nosotros y para el mundo.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos recuerda cómo Dios nos ama con un amor inmenso y eterno.

Dios nos ama con un amor profundo, total, que nadie ni nada consigue apagar o eliminar.  Ese amor se manifiesta en Jesucristo que murió por nosotros.  Por eso, cuando pasemos por momentos de desilusión, de sentirnos solos, de sentirnos mal, cuando parece que todo el mundo está contra nosotros y que nadie nos entiende, no tengamos miedo, porque Dios nos ama.

Hemos de descubrir ese grande amor de Dios por nosotros para que tengamos el coraje y la valentía de enfrentar con serenidad y con el corazón lleno de paz esas situaciones difíciles de nuestra vida.  Como creyentes no tenemos que tener miedo de nada porque Dios nos ama y cuando seamos conscientes de este amor podremos enfrentar sin miedo la lucha por la paz y la justicia y luchar contra la opresión porque confiamos en que Dios nos ama y nos salva.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado la Transfiguración del Señor. 

Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar y se escucha la voz de Dios que dice: “Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.

Las personas ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar.

Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a los demás, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe. Si comenzamos a escuchar de verdad a Dios, podemos estar seguros que  estamos en el camino correcto para alcanzar la salvación.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser sorprendente. Quizás resulte que Jesús no es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.

Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades y nos damos cuenta que Jesús quiere conducirnos hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Escuchar y encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con Él y desde Él cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Escuchar a Jesús es darnos cuenta que ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestros pecados.

¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? “Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.

Quizás tengamos que empezar por pedirle a Dios: “Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.

lunes, 27 de febrero de 2023

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y la Palabra de Dios nos dice cuál debe ser el verdadero camino que el cristiano debe seguir.  El camino que tenemos que seguir es escuchar atentamente a Dios y llevar a cabo sus proyectos y hacer realidad los planes de Dios en nuestro mundo.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta la figura de Abraham.  Abraham es el hombre de fe, que vive en una constante escucha de Dios, que sabe leer sus señales, que acepta las llamadas de Dios y que responde a ellas con una obediencia total y con una entrega confiada en Dios.

La figura de Abraham es una llamada de atención muy fuerte para nosotros que no tenemos tiempo para buscar a Dios, ni para darnos cuenta de las señales que Él nos envía porque estamos muy ocupados en ganar dinero o en nuestros proyectos personales.

Abraham es también el hombre de la confianza en Dios.  Dios le pide que salga de su tierra y de su casa para ir a otra tierra.  Cuando nosotros escuchamos algo así, lo primero que pedimos es garantías.  Garantías para hacer el viaje, garantías de qué vamos a encontrar al otro lado, garantías de que va a mejorar nuestra situación, garantías en definitiva de que merece la pena dejar atrás aquello que en estos momentos nos da seguridad.

Abraham no pide garantías a Dios, él confió en la Palabra de Dios, por ello la fe de Abraham es puesta como ejemplo y modelo para los creyentes.

Nosotros como Abraham avanzamos muchas veces a través de lo desconocido, y debemos conducirnos únicamente por la fe y la confianza en Dios.  Nuestra vida es incierta en muchos momentos. Los planes de Dios nos desconciertan a menudo; parece que a los malvados les va mejor que a los que intentamos ser honestos; somos blancos de las envidias, de las iras, de las injusticias de nuestros enemigos; muchas veces nos vemos acosados y nos sentimos acorralados. Sólo la fe y la confianza en Dios nos ayudan a avanzar. Por muy duras que nos parezca las cosas que Dios nos pide hay que tener confianza en Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recuerda que no debemos acobardarnos, porque Jesús camina con nosotros y Él venció a la misma muerte.

Nosotros, debemos aceptar la misión que el Señor nos ha encomendado, tenemos que dar testimonio de su Evangelio, aunque esto conlleve dificultades en muchas ocasiones.  Es cierto que el mundo de hoy vive muy al margen de Dios, pero las dificultades que nos encontremos a la hora de evangelizar nuestro mundo no pueden ser una excusa para que nosotros abandonemos nuestra misión y nuestra responsabilidad de cristianizar nuestro mundo. 

Hay que esforzarse por cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado, a pesar de las dificultades que podamos encontrar.

El evangelio de San Mateo nos ha relatado la Transfiguración del Señor.  Jesús es revelado como el Hijo amado de Dios que viene a salvar y liberar a los hombres mediante la entrega de su vida por amor.

Los apóstoles viven una gozosa experiencia, una especie de luna de miel junto a Jesús. Sí. Están con la ilusión primera de todo lo que comienza. Siguen a Jesús y todo va bien. De pronto comienzan las dificultades, eso que nos hace decir: “Si lo llego a saber, no me meto en esta aventura”. “Yo creía que esto iba a resultar más fácil”.

Las personas y los grupos palpamos cada día esta realidad. Muchos se vuelven atrás a la primera dificultad; no soportan caminar entre rosas con espinas.

Como los discípulos, tenemos la tendencia de arrimarnos al “sol que más calienta”, para sacar “algún beneficio”.  Hay personas que se despersonalizan con tal de llegar a tener poder. Y llegan. Y cuando llegan ya no son personas, están despersonalizadas. Las consecuencias las pagarán los otros, además de ellos mismos.

Los seguidores de Jesús tenemos que aprender que al lado de Jesús no hay poder, sino servicio; al lado de Jesús no hay puestos, sino últimos puestos; al lado de Jesús no se ve todo claro, se va aclarando uno esperando que la Luz llegue más tarde. Y cuando llega, la verdad deslumbra.

Jesús elige a los más íntimos, para mostrarles, por unos instantes, que Él es el Hijo de Dios y para escuchar la voz de Dios Padre que dice: “Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.Es decir, Dios Padre nos dice: “pase lo que pase, triunfe o esté clavado en la cruz, es mi Hijo.  No lo traicionéis ni lo abandonéis” “Escuchadlo”

Hoy se nos grita a nosotros este imperativo.  Es difícil escuchar. Muy difícil. Oímos ruidos. Mucha gente dice: “Me siento muy solo, nadie me escucha, nadie toma en serio lo que digo”. Es tremenda la soledad que viene de sentirse excluido por no ser escuchado.

“Escuchadlo” prestad atención a Dios, dad importancia a Dios, acojed la palabra de Dios. Esta es la revelación del Padre sobre su hijo. Prestar atención a Dios es “escuchar a su Hijo, el Enviado”. Ser creyente es ser oyente, ser escuchador.

Aprendamos a callar y a saber escuchar a Dios.

lunes, 7 de marzo de 2022

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)

Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y las lecturas nos invitan a transfigurarnos, a convertirnos, para que la vida diaria y sus valores vayan haciéndose presentes en nuestros pensamientos y acciones.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham que es modelo de fe, de obediencia y de confianza en Dios para todos los creyentes.  Abraham es un hombre que acepta los proyectos de Dios y se pone al servicio total de Dios, por ello Dios hace una alianza con él.

Hoy día, existen personas que quieren prescindir de Dios en la construcción de un mundo mejor.  Hoy Dios nos dice que no es posible hacer de este mundo un paraíso sin contar con Él.  Hoy como siempre, los caminos del hombre no coinciden con los de Dios.  Y los caminos de Dios nos resultan, a veces, extraños y sorprendentes.

El hombre de hoy, también hace coaliciones, pero sus coaliciones son con la técnica, el dinero, el poder, el placer, que son los ídolos actuales.  Sin embargo, el hombre de fe, el hombre creyente tiene que hacer alianzas con Dios, tiene que unirse a Dios, tiene que ponerse al servicio de Dios y comprometerse con el proyecto que Dios tiene para este mundo y sólo así se producirá el milagro como con Abraham.

La Cuaresma es el tiempo especial para ver nuestra alianza con Dios; para ver si está deteriorada o rota y decidirnos a fortalecer esa alianza con Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, es una denuncia contra la actitud de ciertos cristianos que con su manera de vivir y de actuar se muestran como enemigos de la cruz de Cristo.

¿Cuándo somos enemigos de la cruz de Cristo?  Hay personas que llevan en el pecho la cruz, pero la llevan como un elemento de lujo o como una especie de amuleto para que los proteja.  Hay personas que se signan con la cruz en diversos momento del día: al empezar un camino, al cerrar un negocio, al hacer un examen, etc.  Muchas veces llevamos una cruz o hacemos el signo de la cruz pero sin ninguna vinculación real con la cruz de Cristo.

Por eso nos gusta una vida tranquila sin mucho compromiso real con la cruz de Cristo.  Preferimos la gracia barata que es el más grande y mortal enemigo de la Iglesia.  La gracia barata se manifiesta en el perdón sin arrepentimiento ni deseo de cambio en nuestra vida; en los sacramentos sin formación y sin preparación y en una fe tibia y sin compromiso real con Cristo.

Hay que tomar en serio la cruz de Cristo y esto significa tomar con valentía las incomodidades y los dolores de esta vida pero sin huir de este mundo, esforzándonos por mejorarlo no sólo con las fuerzas humanas sino también con la gracia de Dios.

Tomar la cruz es seguir al Señor hasta las últimas consecuencias, aunque seamos perseguidos por causa de la justicia, por causa de Jesús y llegar así a convertirnos en ciudadanos del cielo.

El Evangelio de san Lucas nos ha relatado la Transfiguración del Señor.  Jesús sube con tres apóstoles a orar al monte.  Jesús ha llevado a estos tres apóstoles a encontrarse con Dios, luego, de esta experiencia les dice que hay que volver al mundo, a la vida, a la dura vida.

Es fácil que también nosotros nos hayamos encontrado más de una vez perdidos, desorientados sin acertar a ver hacia dónde debe ir nuestra vida, sin  saber qué criterios  han de regir nuestro modo de vivir, de trabajar, de amar. No podemos  pensar según lo que otros piensan, de hacer lo que otros hacen, no podemos vivir con una personalidad prestada.

Cristo nos invita hoy también a nosotros a buscar esos momentos de silencio y de soledad, en una palabra de oración, de encuentro con lo más profundo de nosotros mismos, y a la vez de encuentro con Dios.  Él siempre está dispuesto a comunicarse con nosotros, lo hace de muchas maneras, no hay más que estar atentos.

Hoy, oímos palabras, palabras que muchas veces sobran, a veces muy ruidosas, pero muy vacías y que con frecuencia nos confunden, porque tantas veces vemos que tratan de engañarnos.

En el Evangelio, Cristo nos interpela hoy a nosotros, nos quiere transmitir que también nosotros, si somos fieles en buscar a Dios, Dios se nos hará presente en nuestra vida.

Jesús nos invita también a nosotros a subir al monte. Hemos de saber retirarnos a orar, sin olvidarvolver a la vida, hay que acertar a vivir en el mundo sin dejar de seguir sus huellas, su sabiduría,su doctrina. Nuestra tendencia, igual que la de Pedro, suele ser la de quedarnos allí en las chozas, olvidados de este mundo difícil, amenazador y corrupto. No hay otra ley ni otros profetas: éste es mi Hijo, el predilecto, hay que escuchar a Cristo.

Nosotros también necesitamos esos momentos en los que compartir la intimidad del Señor, momentos de retiro, de silencio, momentos para leer la palabra de Dios en la Biblia, para escuchar su voz en nuestro interior.

Momentos para ver los acontecimientos que nos ocurren con la mirada de Dios. Momentos para discernir lo que está bien y lo que está mal. Momentos para que nuestro espíritu recobre fuerzas.  Todo eso, hermanos es la oración.  Y en esta cuaresma se nos pide hacer un esfuerzo especial por hacer oración.  Cada uno de nosotros sabrá cómo y cuándo.  Que el Señor nos ayude también en esto, que su Espíritu nos mueva a relacionarnos con Él, como Él quiere.

lunes, 22 de febrero de 2021

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Las Lecturas de este Segundo Domingo del Tiempo de Cuaresma nos hablan de cómo debe ser nuestra respuesta al llamado que Dios hace a cada uno de nosotros y cuál será nuestra meta, si respondemos al llamado del Señor. 

La 1ª lectura del libro del Génesis, nos presenta a Abraham siendo probado en su fe y en su confianza en Dios. 

Abraham es nuestro padre en la fe.  Él tuvo una fe inconmovible, una fe a prueba de todo, y esa fe lo llevaba a tener una confianza absoluta en los planes de Dios y una obediencia ciega en la voluntad de Dios.

A Abraham Dios comenzó pidiéndole que dejara todo: “Deja tu país, deja tus parientes y deja la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré”.  Y Abraham sale sin saber a dónde va. Deja todo, renuncia a todo: patria, casa, familia, estabilidad, etc. Confía absolutamente en Dios y se deja guiar paso a paso por Dios.  Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo.  Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo único, con tal de obedecer a Dios.  Dios exige y exige el máximo de nosotros.  Puede exigirnos porque Él siempre nos da el máximo.

A nosotros también, esta cuaresma se nos llama a fortalecer nuestra fe en Dios. Se nos pide una fe adulta, firme, serena. Una fe que aprenda a centrarse en lo fundamental, que no abandone a las primeras de cambio. Una fe valiente para afrontar, desde la confianza en Dios, todas las etapas de la vida.  Abraham es un buen ejemplo para nosotros que tenemos, a veces, una fe débil y poca confianza en Dios.   

Por eso, en esta cuaresma veamos qué personas y qué cosas nos hacen apartarnos de Dios y alejémonos de ellas, aunque nos cueste, pero es preciso que nos esforcemos esta cuaresma en que Dios ocupe el lugar más importante de nuestra vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos recuerda cómo Dios nos ama con un amor inmenso y eterno.

Nos decía hoy san Pablo: “El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”.  Dios nos amó hasta el extremo del amor. Lo dijo Jesús: “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado”.  

Ante tanto amor, ¿cómo podemos permanecer insensibles?, ¿cómo podemos caminar de espaldas a Dios?, ¿cómo podemos vivir una vida tan mediocre y tranquila?, ¿cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama? No hay respuesta adecuada. Sólo cabría decir que somos unos pobres egoístas, indignos de tanto amor. Y si al menos dijéramos eso, si al menos sintiéramos un poco de dolor de amor herido, si al menos derramáramos alguna lágrima de arrepentimiento.  Dios nos ama y cuando seamos conscientes de este amor podremos enfrentar sin miedo cualquier adversidad que se nos presente en la vida.

El Evangelio de San Marcos, nos ha presentado el episodio de la Transfiguración de Jesús.  Superada la prueba del desierto, Jesús asciende a lo alto de una montaña para orar y se escucha la voz de Dios que dice: “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.

Las personas ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

También a los cristianos se nos ha olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe. Si comenzamos a escuchar de verdad a Dios, podemos estar seguros que estamos en el camino correcto para alcanzar la salvación.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser sorprendente.  Su persona se nos escapa. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades y nos damos cuenta que Jesús quiere conducirnos hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Escuchar y encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con Él y desde Él cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Escuchar a Jesús es darnos cuenta que ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestros pecados.

¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? “Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo”.  Quizás tengamos que empezar por pedirle a Dios: “Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.

Ojalá, pues, queridos hermanos, que siempre estemos dispuestos, como Abraham, como tantos otros, a escuchar a Cristo en esta cuaresma.

martes, 3 de marzo de 2020

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y la Palabra de Dios nos dice cuál debe ser el verdadero camino que el cristiano debe seguir.  El camino que tenemos que seguir es escuchar atentamente a Dios y llevar a cabo sus proyectos y hacer realidad los planes de Dios en nuestro mundo.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta la figura de Abraham.  Abraham es el hombre de fe, que vive en una constante escucha de Dios, que sabe leer sus señales, que acepta las llamadas de Dios y que responde a ellas con una obediencia total y con una entrega confiada en Dios.

La figura de Abraham es una llamada de atención muy fuerte para nosotros que no tenemos tiempo para buscar a Dios, ni para darnos cuenta de las señales que Él nos envía porque estamos muy ocupados en ganar dinero o en nuestros proyectos personales.

Abraham es también el hombre de la confianza en Dios.  Dios le pide que salga de su tierra y de su casa para ir a otra tierra.  Cuando nosotros escuchamos algo así, lo primero que pedimos es garantías.  Garantías para hacer el viaje, garantías de qué vamos a encontrar al otro lado, garantías de que va a mejorar nuestra situación, garantías en definitiva de que merece la pena dejar atrás aquello que en estos momentos nos da seguridad.

Abraham no pide garantías a Dios, él confió en la Palabra de Dios, por ello la fe de Abraham es puesta como ejemplo y modelo para los creyentes.

Nosotros como Abraham avanzamos muchas veces a través de lo desconocido, y debemos conducirnos únicamente por la fe y la confianza en Dios.  Nuestra vida es incierta en muchos momentos. Los planes de Dios nos desconciertan a menudo; parece que a los malvados les va mejor que a los que intentamos ser honestos; somos blancos de las envidias, de las iras, de las injusticias de nuestros enemigos; muchas veces nos vemos acosados y nos sentimos acorralados. Sólo la fe y la confianza en Dios nos ayudan a avanzar. Por muy duras que nos parezca las cosas que Dios nos pide hay que tener confianza en Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recuerda que no debemos acobardarnos, porque Jesús camina con nosotros y Él venció a la misma muerte.

Nosotros, debemos aceptar la misión que el Señor nos ha encomendado, tenemos que dar testimonio de su Evangelio, aunque esto conlleve dificultades en muchas ocasiones.  Es cierto que el mundo de hoy vive muy al margen de Dios, pero las dificultades que nos encontremos a la hora de evangelizar nuestro mundo no pueden ser una excusa para que nosotros abandonemos nuestra misión y nuestra responsabilidad de cristianizar nuestro mundo. 

Hay que esforzarse por cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado, a pesar de las dificultades que podamos encontrar.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la Transfiguración del Señor.  Jesús se revela como “el Hijo amado de Dios”.

Hay muchas ocasiones en la vida en que por diversas circunstancias estamos deprimidos, tristes, con pocas ganas de hacer nada ni de ver a nadie.  Quizás por problemas familiares, laborales, problemas con los hijos, etc., hacen que nos encontremos así.  Pasan los años, aparecen las enfermedades y vamos viendo cómo la vida se nos escapa de las manos.  A veces, hay pocos días buenos o de felicidad.  Nuestra vida transcurre de una manera monótona.  Queremos ser cristianos pero nos da pereza el compromiso.  Y levantamos los ojos al cielo, buscamos una respuesta, nuestro corazón desea paz y felicidad y nos preguntamos: ¿Dónde encontraremos descanso?, ¿Quién nos traerá un poco de consuelo?

Jesús también pasó por momentos difíciles.  Y además sus discípulos no terminaban de entenderlo.  Y Jesús se retira con sus discípulos a la soledad de un monte, para reflexionar, para poner ante Dios su vida, para descubrir cuál es la voluntad de Dios Padre.

Como Jesús, nosotros también somos invitados a buscar esos momentos de soledad y silencio para descubrir la voluntad de Dios.  Buscar a Dios para escuchar la voz de su Hijo.  Buscar a Dios en la oración para poner ante Él nuestra vida, con todas sus grandezas y sus miserias.

Y pedir a Dios su luz, la luz que ilumine y transfigure nuestra vida, para que nuestra luz ilumine y transfigure también a otros.

Por eso, hoy, Dios Padre también nos dice a nosotros: “escuchad a mi Hijo”. 

Escuchar nos resulta más difícil que hablar.  Y sin embargo, es más provechoso escuchar que hablar.  Convivimos sin escuchar, sin valorar lo que los otros nos quieren decir.  Merecen la pena que hagamos el esfuerzo de hacer silencio y escuchar los mensajes que Dios nos envía.

No nos desanimemos en nuestro seguimiento de Jesús.  La Transfiguración es una invitación a no desanimarnos, porque si escuchamos a Dios en nuestra vida, nuestra vida no será nunca un fracaso, sino que un día alcanzaremos la resurrección, la vida definitiva, la felicidad sin fin.

Que esta Cuaresma encontremos momentos para hacer oración y poder así escuchar la voz de Dios.

martes, 12 de marzo de 2019

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y las lecturas nos invitan a transfigurarnos, a convertirnos, para que la vida diaria y sus valores vayan haciéndose presentes en nuestros pensamientos y acciones.
 
La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham que es modelo de fe, de obediencia y de confianza en Dios para todos los creyentes.  Abraham es un hombre que acepta los proyectos de Dios y se pone al servicio total de Dios, por ello Dios hace una alianza con él.
 
Hoy día, existen personas que quieren prescindir de Dios en la construcción de un mundo mejor.  Hoy Dios nos dice que no es posible hacer de este mundo un paraíso sin contar con Él.  Hoy como siempre, los caminos del hombre no coinciden con los de Dios.  Y los caminos de Dios nos resultan, a veces, extraños y sorprendentes.
 
El hombre de hoy, también hace coaliciones, pero sus coaliciones son con la técnica, el dinero, el poder, el placer, que son los ídolos actuales.  Sin embargo, el hombre de fe, el hombre creyente tiene que hacer alianzas con Dios, tiene que unirse a Dios, tiene que ponerse al servicio de Dios y comprometerse con el proyecto que Dios tiene para este mundo y sólo así se producirá el milagro como con Abraham.
 
La Cuaresma es el tiempo especial para ver nuestra alianza con Dios; para ver si está deteriorada o rota y decidirnos a fortalecer esa alianza con Dios.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, es una denuncia contra la actitud de ciertos cristianos que con su manera de vivir y de actuar se muestran como enemigos de la cruz de Cristo.
 
¿Cuándo somos enemigos de la cruz de Cristo?  Hay personas que llevan en el pecho la cruz, pero la llevan como un elemento de lujo o como una especie de amuleto para que los proteja.  Hay personas que se signan con la cruz en diversos momento del día: al empezar un camino, al cerrar un negocio, al hacer un examen, etc.  Muchas veces llevamos una cruz o hacemos el signo de la cruz pero sin ninguna vinculación real con la cruz de Cristo.
 
Por eso nos gusta una vida tranquila sin mucho compromiso real con la cruz de Cristo.  Preferimos la gracia barata que es el más grande y mortal enemigo de la Iglesia.  La gracia barata se manifiesta en el perdón sin arrepentimiento ni deseo de cambio en nuestra vida; en los sacramentos sin formación y sin preparación y en una fe tibia y sin compromiso real con Cristo.
 
Hay que tomar en serio la cruz de Cristo y esto significa tomar con valentía las incomodidades y los dolores de esta vida pero sin huir de este mundo, esforzándonos por mejorarlo no sólo con las fuerzas humanas sino también con la gracia de Dios.
 
Tomar la cruz es seguir al Señor hasta las últimas consecuencias, aunque seamos perseguidos por causa de la justicia, por causa de Jesús y llegar así a convertirnos en ciudadanos del cielo.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta la Transfiguración del Señor. Jesús se lleva a sus discípulos al monte, al silencio y allí les muestra su gloria, allí el Padre hace oír su mensaje: “Este es mi Hijo mi escogido; escuchadlo”.  
 
Nosotros también necesitamos esos momentos en los que compartir la intimidad del Señor, momentos de retiro, de silencio, momentos para leer la palabra de Dios en la Biblia, para escuchar su voz en nuestro interior.  Momentos para ver los acontecimientos que nos ocurren con la mirada de Dios. Momentos para discernir lo que está bien y lo que está mal. Momentos para que nuestro espíritu recobre fuerzas.  Todo eso, hermanos es la oración.  Y en esta cuaresma se nos pide hacer un esfuerzo especial por hacer oración. 
 
Orar no es hablar de Dios sino hablar con Dios, como hijos suyos. Saber rezar no es difícil; basta hablar con Dios. A veces ni siquiera es necesario hablar, pues escuchar es suficiente. La oración puede ser individual o comunitaria, mental o vocal, espontánea o ya hecha: salmos, plegarias, cantos, bendiciones, y la oración por excelencia: el Padrenuestro.
 
Debemos crecer siempre en la oración, al igual que en la fe. Necesitamos orar, ya sea en medio de los quehaceres de cada día, ya sea retirándonos a solas con Dios.  Pero siempre la oración debe ser escuchar a Jesús, porque escuchándolo a Él, escuchamos a Dios, nuestro Padre.
 
Hoy, hay crisis de oración entre los cristianos; rezamos poco o rezamos mal, porque estamos materializados y nos creemos autosuficientes.
 
No hay cristiano sin oración. Igual que en la vida de Jesús, la oración lo es todo en nuestra vida cristiana.  No hay cristiano, no hay apóstol, no hay testigo, sin oración personal y comunitaria.
 
Hay que hacer oración para escuchar al Hijo amado del Padre.  Por ello hoy es un buen momento para preguntarnos: ¿Rezo yo en mi vida: mucho, poco, nada?