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lunes, 4 de mayo de 2026

 



En este domingo de pascua  la Iglesia nos invita  a prepararnos para recibir el gran don y regalo de Pascua: el Espíritu Santo. Jesús no nos deja huérfanos, sino que con el Padre nos enviarán el Espíritu Santo.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta al diácono Felipe predicando a los samaritanos. Esta lectura de hoy nos hacer ver la necesidad y la urgencia que tenemos de evangelizar y de ser coherentes con el sacramento de la Confirmación.

No podemos quedarnos sin hacer nada.  No digamos que no tenemos tiempo.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar algo de tiempo a los demás.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar horas a la familia, a los enfermos, a los amigos, a la Parroquia.  ¡Nunca es tiempo perdido!  Es preocupante que se atente contra los derechos de la familia en la educación de los hijos y nos quedemos de brazos cruzados e indiferentes.

Que importantes es, pues, que todos evangelicemos.  Nos decía la primera lectura que la predicación de Felipe produjo que “la ciudad se llenara de alegría”.  Ese es el resultado que produce la predicación del Evangelio en las personas que lo acogen: sus corazones se llenan de alegría.  Cristo se convierte en el sentido de su vida, la fe nos da esperanza.  La predicación libera a los que viven sometidos al yugo del mal, de la enfermedad, de la muerte.  Cuando Dios está en nuestros corazones, ni siquiera la enfermedad nos puede entristecer o inquietar: acaso nos haga sufrir, pero no arrancará de nosotros la paz.

Evidentemente la alegría del evangelio no es la misma que la alegría del mundo,  la alegría del evangelio no tiene que ver con el tener mucho dinero, con el vivir cómodamente, con el tener buena salud.   La alegría del evangelio es la alegría que Dios da a los que lo acogen.   Es la alegría del que ha descubierto que su vida, su destino, está en manos de Dios.  

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro exhorta a los creyentes a glorificar a Cristo Jesús. Es algo que sólo se puede hacer desde la alegría y el gozo, desde el agradecimiento que supone el saberse salvados, rescatados por el Señor.

En un ambiente de consumismo, de indiferencia religiosa, los cristianos tenemos una tarea muy importante que realizar en este mundo.  Esa tarea es la que hoy nos decía san Pedro: dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza”. La fe no tiene miedo a la razón.  Fomentemos el diálogo que es el camino que la Iglesia ha escogido para seguir evangelizando.

La Iglesia necesita laicos cristianos bien formados para que den razón de su fe y de su esperanza a quienes se la pidan en el ámbito de la cultura, de la política, de la vida, del trabajo. La cultura ha de ser evangelizada desde dentro, desde sus raíces más hondas y profundas. Necesitamos cada día más una cultura liberadora del hombre  y que dé y promueva la esperanza en todos. Desterremos para siempre la violencia, la guerra, la exclusión,  el hambre, la muerte, dando razón de nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado las palabras de despedida de Jesús a sus apóstoles y la promesa de enviar al Espíritu Santo y de estar siempre con nosotros.

Jesús nos decía hoy: yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad.  El amor es la gran verdad de Dios, Dios es amor y la relación nuestra con Él y también con los hermanos ha de ser una relación de amor. Pero para amar es necesario vivir en la verdad. Trabajar por la verdad, hacer la verdad, decir la verdad es una de las grandes pruebas de generosidad, de amor.

Para poder realizar una vida auténticamente humana es fundamental el comprender la grandeza de vivir en la verdad, comprender que la búsqueda de la verdad nos acerca a las personas y conduce al diálogo. El respeto a la verdad aproxima a los grupos, fortalece la justicia y nos encamina hacia la verdadera paz, en definitiva a vivir como  hermanos. Especialmente, los que tienen responsabilidades en la sociedad, necesitan creer en la eficacia de la verdad y empeñarse en la búsqueda de la sinceridad social.

Por experiencia sabemos lo difícil y duro que es en ocasiones decir la verdad, vivir en la verdad. Por eso Jesús nos promete y envía su Espíritu que necesitamos, que nos ayude, nos defienda.  Nosotros si queremos ser seguidores del Señor, hemos de aceptar responsablemente el espíritu de verdad, hemos de ser dóciles al Espíritu de la Verdad.

Necesitamos recordar la verdad de Jesús. Si la olvidamos, no sabremos quiénes somos ni qué estamos llamados a ser. Nos desviaremos del evangelio una y otra vez.  Lo que configura la vida de un verdadero creyente no es la lucha por el éxito ni siquiera la obediencia estricta a una ley, sino la búsqueda gozosa de la verdad de Dios en la vida diaria bajo el impulso del Espíritu.

La Iglesia, hoy, necesita de auténticos cristianos, que sean capaces de dar razones de su fe, desde la auténtica verdad que es Cristo.  Recordemos que la verdad es lo que nos hará auténticas personas libres.

lunes, 27 de abril de 2026

 



La liturgia de este quinto domingo de Pascua nos invita a reflexionar sobre la Iglesia y la necesidad de que como comunidad cristiana estemos organizados, tomando parte activa en los diferentes ministerios de la Iglesia para seguir a Cristo Camino, Verdad y Vida.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha relatado la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia. Hemos leído cómo los Apóstoles decidieron delegar en“siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, para que los ayudaran en el servicio a las comunidades cristianas que se iban formando, de manera que ellos pudieran dedicarse mejor“a la oración y al servicio de la palabra”.

En la Iglesia, no sólo los sacerdotes, religiosos y religiosas tienen funciones de servicio en la Iglesia, sino que también vosotros, los laicos, podéis y debéis realizar funciones de servicio en la Iglesia.  Y este derecho os viene por el simple hecho de estar bautizados.  Por el Bautismo formáis parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y por la Confirmación sois fortalecidos por el Espíritu Santo y enviados por el Señor a evangelizar, así como a ejercer funciones de servicio dentro de la misma Iglesia.

Es un derecho y un deber que vosotros los laicos, como bautizados, ejerzáis un apostolado y un servicio a la Iglesia.

Pero la Iglesia, aun cuando debe dedicarse en primer lugar a la oración y al anuncio de la Palabra de Dios, no puede descuidar su preocupación por el bienestar de los que sufren las consecuencias de la pobreza, de la injusticia social, de la enfermedad.  La Iglesia tiene que cuidar y asistir, desde un auténtico amor cristiano y en nombre de Cristo, a quienes necesitan de nuestra ayuda, viendo en el necesitado el Rostro del mismo Cristo a quien hemos de amar sirviéndolo.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro nos dice que en la Iglesia, cada cristiano es una piedra viva y Cristo es la piedra angular.  La piedra angular es la piedra central en un arco, sin la cual el arco no se sostiene; es la piedra más importante.  Por lo tanto, si Cristo es la piedra angular, quiere decir que Él es la clave de nuestra vida, de la vida de la Iglesia.

Pero, no podemos olvidar, que nosotros somos piedras vivas; es decir, miembros activos en la edificación de la Iglesia.  La Iglesia tiene que ser una comunidad viva de cristianos, en la que cada uno desempeña una función o ministerio.

Hemos de preguntarnos: ¿Cristo, es la piedra angular de mi vida?, es decir, para nosotros los cristianos, Cristo ¿es la referencia fundamental de mi vida?  ¿Te sientes parte viva de la Iglesia? 

Si Cristo es la piedra angular de nuestra vida, la referencia fundamental, entonces ¿Por qué estamos colaborando con nuestro silencio y nuestra apatía a construir una sociedad, un mundo, tan alejado de los valores del Evangelio?  ¿Estamos siendo, verdaderamente piedras vivas?

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús como el único camino para llegar a Dios Padre.  Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Van pasando los años y nos damos cuenta que permanecemos fieles a muy pocas cosas.  Venimos a la cita con el Señor, cada domingo, a pesar de que amigos o vecinos hayan abandonado la fe, porque nos damos cuenta que somos débiles, necesitados de la ayuda de Dios, necesitados de esperanza, y creemos que sólo en Dios podemos encontrar la felicidad y la esperanza.

Vivimos tiempos en los que necesitamos alimentar la esperanza.  Las crisis económicas, la subida de precios, las dificultades en el trabajo, la preocupación por la educación de los hijos, la violencia, etc.  Son tantos los problemas sociales y personales que a menudo nos podemos sentir agobiados, desconcertados, desesperanzados.  Y venimos a la Iglesia para encontrar luz y consuelo y escuchar esas palabras reconfortantes de Jesús que nos dice: No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí”.  Sabemos que con Jesús nada malo nos puede ocurrir, aunque caminemos por caminos oscuros, aunque no veamos salida, el Señor siempre está a nuestro lado, su vara y su cayado nos dan seguridad, sus palabras nos reconfortan y nos animan a seguir tras sus pasos.

El Señor nos anima a nos desesperar, a tomar la cruz de cada día, esa cruz hecha de contrariedades, de inconvenientes, de problemas y a seguir adelante, tras Él, porque Él es el Camino que nos lleva a la plenitud, Él es la Verdad que nos revela quienes somos y quién es Dios, y Él la Vida que tanto deseamos.

Este domingo, el Señor nos invita a que no vayamos por la vida siguiendo caminos falsos que hacen que nos perdamos; que busquemos la verdad, porque todos necesitamos la verdad para poder vivir, que no nos dejemos engañar por ese ambiente de falsedad en el que vivimos, donde todo es relativo y engañoso, que trabajemos y defendamos la vida desde su comienzo hasta su final.

No vayamos por la vida desorientados y desnortados.

lunes, 20 de abril de 2026

 



En este domingo IV del tiempo pascual celebramos el domingo del Buen Pastor. Jesucristo es el Buen Pastor porque nos conoce, nos ama y da la vida por nosotros.  Él es también la puerta.  A través de Él entramos en la Iglesia; a través de Él accedemos a la salvación; a través de Él conocemos y llegamos a Dios.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles es una invitación a la conversión, es decir, a un cambio importante de rumbo en lo que sentimos, pensamos y hacemos.

A lo largo de la historia siempre se ha considerado al niño como un sujeto infatigable de preguntas: ¿Por qué…? ¿Qué hago mamá, papá?  Dependiendo de las respuestas a esas preguntas, hemos dado al niño amor, paz, tranquilidad, sobre todo a esa temprana edad que comienza el desarrollo de su personalidad.

Los jóvenes como están formando su propia personalidad, no quieren que nadie influya en ellos y por eso casi no preguntan nada y rechazan cualquier tipo de orientación sobre la sociedad y sobre Dios. Los ancianos no preguntan sino que se preguntan a ellos mismos: ¿Qué he hecho con mi vida?

Hoy ni los niños ni los adultos preguntan, pues no existe un diálogo profundo entre las personas. Se tiene mucha información a través de la televisión y de Internet y son estos medios los que establecen lo que tenemos que pensar sobre las cosas y las personas.  Pero estos medios que configuran nuestra manera de pensar y de vivir hacen que no  seamos críticos a lo que nos dicen y todo lo que nos dicen nos lo creamos.

Hoy nos decía la 1ª lectura que le preguntaron a Pedro: “¿Qué tenemos que hacer?”  No tengamos miedo de preguntar sobre los temas fundamentales para vivir y morir como auténticos cristianos.  No tengamos miedo de preguntarle al Señor: ¿Qué me pides que hagas Jesús?  No tengamos miedo a la respuesta que nos dé el Señor.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pedro nos dice que Cristo nos ha dejado un ejemplo para que sigamos sus huellas y aceptemos el sufrimiento.

Siempre, tarde o temprano, aparece en la vida del hombre el tema del sufrimiento físico o psíquico y, ante ese mal surge la angustiosa pregunta: ¿Qué sentido tiene el sufrir injustamente? Cristo no intentó darnos unas enseñanzas sobre el mal en sus diversas formas, sino que lo asumió, Él inocente, hasta morir una muerte de cruz.

Cuando nuestras fuerzas flaqueen, ante el sufrimiento personal o de nuestros hermanos, miremos la “cruz” y allí encontraremos la respuesta. Amemos la cruz, y en ella tendrás la experiencia suave y dolorosa de poder compartir tu sufrimiento y el de tus hermanos con el de Cristo.

El Evangelio de san Juan nos ha hablado de Cristo Pastor y de nosotros sus ovejas.

Mucha gente vive inundada de sonidos. Mucha gente no tiene la oportunidad de disfrutar de un minuto de silencio. La televisión, el radio, el ruido de los coches que van y vienen, los gritos de los niños que juegan o de las mamás que regañan a los hijos que no les obedecen, todo ello sin parar, desde el amanecer hasta el anochecer.

Pero esos no son los únicos ruidos que nos rodean. De hecho, hay ruidos que son aún más dañinos: el ruido del egoísmo que nos llama a olvidarnos de los demás; el ruido de la soberbia que nos empuja a creernos mejores que otros; el ruido de la inseguridad que nos empuja a devaluarnos y a dejar que nos abusen y lastimen y el ruido de la rutina que nos impide reconocer la belleza de la vida, la alegría de vivir, el regalo de nuestra existencia.

Sin embargo, el evangelio de hoy nos da la oportunidad de distinguir un sonido especial de entre los ruidos que nos rodean.  Hay una canción que dice: Cuánto he esperado este momento, cuánto he esperado que estuvieras así; cuánto he esperado que me hablaras, cuánto he esperado que vinieras a mí. Yo sé bien lo que has sufrido, yo sé bien lo que has llorado, yo sé bien lo que has vivido, pues de tu lado no me he ido… Pues nadie te ama como yo, pues nadie te ama como yo; mira la cruz: esa es mi más grande prueba. Nadie te ama como yo.

El Pastor nos llama a escuchar su voz en medio de nuestra soledad o del amor que compartimos. El Pastor nos llama a escuchar su voz en medio de nuestras alegrías y tristezas. El Pastor nos llama a escuchar su voz en la voz de los que sufren.  El Pastor nos llama a escuchar su voz en la voz de los que aclaman y cantan.

El Pastor nos llama a escuchar su voz, su voz que es la voz del amigo que nos ama; su voz es la voz del que conforta y calma; su voz es la voz del que acompaña nuestras penas; su voz es la voz del que defiende causas justas; su voz se dibuja en las estrellas; su voz es silencio lleno de esperanza; su voz que susurra día con día: “¡cuánto he esperado que me hablaras!”

Unamos, pues, nuestras voces y dejemos que se vuelvan una sola. Y que esa sola voz le cante al mundo: “Pues nadie te ama como yo, pues nadie te ama como yo; mira la Cruz: esa es mi más grande prueba. Nadie te ama como yo”.

lunes, 13 de abril de 2026

 



La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos invita a descubrir a Jesús vivo que acompaña a los hombres por los caminos del mundo.  A Jesús que con su Palabra anima los corazones afligidos y desolados.  A Jesús que en la comunidad de los discípulos se reúne para “partir el pan”; y que nos impulsa a ser testigos de su resurrección ante los hombres.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a san Pedro predicando con valentía la Buena Noticia de la resurrección de Jesucristo.

La resurrección de Cristo prueba que su vida gastada al servicio de Dios, entregado a los hombres, no fue un fracaso, sino una victoria: resucitó. 

Cuando nos sintamos decepcionados y criticados por servir a Dios y al prójimo, tenemos que pensar que nuestra vida no será una vida de fracaso ni de olvido para Dios.  El fracasado es aquel que vive al margen de Dios y de los demás.  Ningún bien que hagamos en esta vida pasará desapercibido para Dios.

Por ello, no debemos tener miedo de hacer el bien ni que nos vean como lo que somos: cristianos.  Pedro, lleno del Espíritu Santo, habla, como el mismo dice: “Claramente”. No le tiene miedo al qué dirán o a lo que el hablar con claridad de Cristo pudiera traer como consecuencia.

Hoy en día, necesitamos más cristianos que estén dispuestos a hablar con claridad de Jesús, cristianos que no tengan miedo de portarse como tales delante de los demás. Cristianos que con su vida sean capaces de testimoniar al Señor.

Vivamos nuestra vida haciendo el bien e imitando a Jesucristo para que Dios nos resucite de entre los muertos, nos acoja y nos guarde por toda la eternidad.

La 2ª lectura de San Pedro, nos habla de cuánto nos ama Dios que envió a su Hijo al mundo para salvarnos.

Ante ese amor de Dios, nuestra respuesta debe ser: obedecer a Dios, entregarnos incondicionalmente en las manos de Dios, adherirnos a sus planes, valores y proyectos.

Muchos hombres viven nada más que para sus intereses personales y para la realización de sus sueños.  Nosotros como creyentes, estamos invitados a vivir al estilo de Jesús, que es el amor y la entrega de la vida hasta las últimas consecuencias.

Hemos de tomar en serio nuestra fe cristiana y poner nuestra esperanza solamente en Dios.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado el episodio de los discípulos de Emaús.  Dos discípulos van de regreso hacia Emaús, comentando lo sucedido. 

Estos discípulos representan a todos los desesperanzados de la humanidad, a todos los angustiados, a todos los que va por la vida sin sentido, a todos los que están desencantados de las cosas.

Ellos regresan a su pueblo, a continuar con su vida, pero regresan derrotados y decepcionados. Y es entonces cuando Jesús se hace compañero de camino, pero ellos no supieron reconocerlo.  ¡Cuántas veces, Jesús nos ha acompañado en nuestra vida y no hemos sido capaces de reconocerlo hasta mucho más tarde que somos capaces de darnos cuenta que en esos momentos que pensábamos que estábamos solos, Él estuvo con nosotros!

Jesús, vivo y resucitado, camina siempre a nuestro lado.  Él es nuestro compañero de viaje que nunca nos deja solos, aunque no siempre seamos capaces de reconocerlo, y llenar nuestro corazón de esperanza.

¿Cómo nos habla el Señor? ¿Cómo hace renacer en nosotros la esperanza?  El Evangelio de hoy nos dice que, en primer lugar, a través de la Palabra de Dios.  Cuando escuchamos, meditamos, compartimos y acogemos la Palabra de Dios en nuestro corazón, Jesús nos indica el camino, nos señala perspectivas nuevas, nos da el coraje de continuar, después de cada fracaso, construyendo un mundo más humano.  Preguntémonos: ¿Qué importancia le doy a la Palabra de Dios en mi vida?

En segundo lugar: en la Eucaristía.  Siempre que venimos a misa y compartimos el Pan que Jesús nos ofrece, nos damos cuenta que Jesús continúa vivo, caminando a nuestro lado, alimentándonos a lo largo del camino, enseñándonos que la felicidad está en compartir, en amar.  Siempre que nos juntemos con los hermanos alrededor de la mesa de Dios, celebrando con alegría y amor la santa Misa y seamos capaces de compartir y de servir a los demás, encontraremos a Cristo resucitado llenando nuestra vida de sentido, de plenitud, de vida auténtica.

Cuando nos encontremos con Jesús, ¿Qué tenemos que hacer?  Tenemos que llevarlo a los demás, tenemos, sin miedo, que decir, que Jesús está vivo y que Él nos ofrece a todos una vida nueva y definitiva.

Que Jesús resucitado, que diariamente nos acompaña en la vida, no pase nunca desapercibido por nosotros y que sepamos descubrirlo siempre a nuestro lado para que diariamente nos encontremos con Él en su Palabra y en la Eucaristía.

lunes, 6 de abril de 2026

 



Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección de Jesús.  El tiempo de Pascua, es el tiempo fuerte del año litúrgico.  Es tiempo de alegría, de gozo porque proclamamos que Jesús ha resucitado, que Cristo vive y necesitamos 50 días para hacerlo. Esto es lo que dura el tiempo de Pascua.  Este segundo domingo de Pascua es llamado el “domingo de la divina Misericordia”.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos describe cómo vivían los primero cristianos y cómo deberíamos de vivir nosotros los cristianos de hoy.

Hay 3 cosas que hacían constantemente los primeros cristianos: eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles, eran constantes en la fracción del pan, eran constantes en la oración.  Y además vivían unidos y lo tenían todo en común.

Todos necesitamos estos puntos de apoyo, sin los cuales nuestro seguimiento de Jesús se debilita.  Por eso la Iglesia tiene la catequesis y la formación en la fe, para llevar adelante las enseñanzas de los apóstoles.    Tenemos celebraciones de los sacramentos, especialmente la celebración de la santa misa diaria.  Tenemos la Pastoral Social, para que en la medida de los posible, no haya necesitados entre nosotros.  Si en una parroquia no estuviesen presentes estas tres dimensiones, fallaría su vivencia de la fe.

Además, los primeros cristianos vivían unidos.  Los que profesamos la misma fe en el Señor no podemos vivir divididos; si Cristo no nos une, nosotros mismos estaríamos desplazando a Cristo de nuestra vida, y estaríamos confundiendo al mundo de tal forma que nosotros mismos, en lugar de caminar en el amor fraterno viviríamos destruyéndonos unos a otros.

Sin embargo, qué diferente la manera de vivir y celebrar la fe los primeros cristianos, con la manera de vivirla y celebrarla nosotros.  Escuchar las enseñanzas de los apóstoles, es decir, la formación cristiana. La mayoría cree que lo sabe todo, que no necesita ni catequesis ni formación; celebrar la fracción del pan, es decir, la eucaristía. Para muchos venir a misa no es algo prioritario ni fundamental en su vida; rezar, para muchos no hay tiempo para orar, aunque sí lo hay para leer el periódico, o ver las noticias.  Hay muchos que quieren una religión a su antojo, viven totalmente indiferentes a su fe y a la Iglesia.

Si queremos ser auténticos cristianos el camino es: formación, eucaristía, oración y compartir con los más necesitados.  Quien crea que sin vivir esto se va a salvar está en un gran error.

La 2ª lectura del apóstol san Pedro nos dice que la alegría de la resurrección supera todas las contrariedades y sufrimientos que podamos tener en esta vida, porque el Señor al resucitar nos ha dado una nueva vida, una nueva esperanza.

Hay que vivir nuestra vida con esperanza, viendo más allá de los problemas y dificultades que día a día nos hacen tropezar.  Esto no significa que nos desentendamos de la vida presente, sino que enfrentemos las contrariedades de cada día con la serenidad y con la paz de quien confía en Dios y en su amor.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la figura de Tomás el incrédulo.  Una figura con la que muchas personas se pueden identificar hoy.

Tomás, después de la muerte de Jesús, ha dejado la comunidad.  El domingo de Resurrección, cuando Jesús se aparece por primera vez, Tomás no está con los discípulos.  Tomás se vuelve a su casa, sólo y desanimado.   Pero sus compañeros no lo dejan así, enseguida van a comunicarle que han visto al Señor.  Pero Tomás, no se fía, no les cree.

Como Tomás, también muchas personas han dejado o están tentados continuamente de dejar la comunidad.  Muchos, simplemente por comodidad, porque no quieren complicarse la vida.  Sin embargo, tenemos que tomar conciencia de la importancia de la Iglesia y de la comunidad para vivir nuestra fe.  La fe cristiana sólo es cristiana si estamos unidos a Jesús resucitado.  No podemos decir que tenemos fe si vivimos fuera o al margen de la Iglesia.

La fe no puede ser vivida a mi conveniencia, debe ser la fe de la Iglesia.  Separados de la Iglesia, la fe no tiene sentido.  La Iglesia podrá tener fallos y cometer errores, pero la Iglesia es el vehículo por el que Jesús resucitado se da a conocer y, por medio de la Iglesia, Jesús nos perdona lo pecados.  Jesús resucitado está en la Iglesia y la Iglesia es la presencia en la historia de Jesús resucitado.

En nosotros está, como en Tomás, hacer el esfuerzo de volver a la comunidad, a esta comunidad, volver a esta comunidad de una manera activa, interesándonos por lo que se hace, participando activamente en las celebraciones, en la catequesis, en la vida parroquial,  mostrando afecto por todos y por todo, no dejando que las críticas destruyan los lazos de unión que el Señor ha creado entre nosotros.

Es aquí, en la escucha de su Palabra cada domingo, en el compartir lo poco o mucho que tenemos.  Sintiéndonos hermanos de los demás.  Es aquí, donde Dios nos revelará su presencia si colaboramos con nuestro esfuerzo e interés. 

lunes, 23 de marzo de 2026

 

DOMINGO DE RAMOS (CICLO A)



Iniciamos hoy, con el recuerdo de la entrada de Jesús a Jerusalén en un burro, la Semana Santa.

La lectura de la Pasión nos recuerda los últimos momentos vividos intensamente por Jesús.  La Pasión y la muerte de Jesús nos introducen en la contemplación de un Dios que es amor.  Por amor, vino a nuestro encuentro, asumió nuestras limitaciones y fragilidades, experimentó el hambre, el sueño, el cansancio, la tentación, sudó sangre antes de aceptar la voluntad del Padre.  Por amor es arrojado en tierra, aplastado contra la tierra, traicionado, abandonado e incomprendido.

La lectura de la Pasión debe ayudarnos para descubrir el drama que hoy vive la humanidad y nuestra actitud ante esta situación.

Abramos nuestros oídos y también nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón, para descubrir, en la lectura de la pasión, nuestra realidad.  Hoy, sigue habiendo personas que traicionan y venden a su amigo, a su familia, o a su pueblo por dinero.

El miedo de los discípulos ante el peligro sigue siendo también nuestro miedo de que nos vean vivir auténticamente nuestra fe.  La falsa promesa de Pedro de acompañar a Jesús y estar dispuesto a morir con Él, y la negación posterior, sigue siendo nuestras falsas promesas de cumplir con nuestros apostolados, con nuestra entrega generosa a las cosas de Dios, para luego olvidarnos de nuestros compromisos y negar nuestra participación.  La debilidad en la oración por parte de los discípulos, el sueño que no los deja ver la realidad y la invitación a estar siempre vigilantes y orantes porque no es fácil asumir la cruz de cada día, es también nuestro sueño de las pocas ganas que le ponemos a participar cada domingo en misa, a asistir a misa, a la formación cristiana, a ser ciudadanos comprometidos con nuestra sociedad y con la Iglesia.

Hoy también seguimos viendo a personas al servicio de la opresión y de la corrupción.  Hay soldados que trabajan por un sueldo sin importarles la desgracia de la gente.  Hay sumos sacerdotes y senadores que viven más interesados en eliminar a aquellos que son oposición, que en trabajar por el país.  Nos encontramos con personas que buscan la justicia por medios violentos, como lo que quiso hacer Pedro que sacó la espada para defender a Jesús.  Existen también hoy juicios como el que le hicieron a Jesús.  Recordemos que el juicio a Jesús no fue otra cosa sino una falsa de los poderosos de aquella época, ya que antes de ser enjuiciado ya estaba condenado a muerte.

Hoy también existen “testigos” dispuestos a declarar lo que les digan y hay también sumos sacerdotes que se escandalizan y se rasgan sus vestiduras por la blasfemia de Jesús, pero tranquilamente buscan su muerte sin importarles nada esa muerte.  Hoy también encontramos a personas que se “lavan las manos” para esconder su complicidad en los males de este mundo, pero están también los que reconocen a Jesús como verdaderamente el Hijo de Dios.

¿Dónde o con qué personaje nos queremos nosotros identificar esta Semana Santa?  ¿Cómo vas a vivir esta Semana Santa?

Participemos en las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa.  En estos días vamos a renovar los misterios centrales de nuestra fe.

Ojala que estos días los vivamos con autenticidad, que nos sirvan para renovar y enraizar más nuestra vida cristiana personal y comunitaria.  Ojala que estos días sirvan para que nos encontremos personalmente con Cristo, para que transforme nuestras vidas.  Ojala que quien resucita para la Iglesia y para el mundo en el domingo de resurrección, resucite sobre todo en nuestros corazones y en nuestras vidas.

Celebra la Semana Santa con sentido cristiano.  Participa en las celebraciones litúrgicas y vive en tu vida lo que celebramos.

lunes, 16 de marzo de 2026

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Iniciamos con este quinto domingo de Cuaresma la preparación final para la celebración de la Semana Santa.  Este domingo, la liturgia nos hace ver el triunfo de la vida sobre la muerte.  La resurrección es la culminación de la vida del cristiano.  Por el bautismo nos unimos a la muerte de Cristo, pero también por el bautismo esperamos compartir la resurrección con Cristo.

En la 1ª lectura del libro del profeta Ezequiel vemos al pueblo de Dios desterrado y alejado del Señor a causa de su infidelidad, de su pecado.  Ya no tienen futuro, su futuro es la muerte.  Pero Dios le ofrece a su pueblo una nueva oportunidad, una nueva vida para que el pueblo recobre la esperanza y renueve su vida.

Hay situaciones en las que se nos hace difícil levantar cabeza.  Perdemos a los seres queridos; perdemos los bienes materiales; nos enfermamos y la edad va acabando con nuestras capacidades.  Las ilusiones se mueren y pareciera que la posibilidad de una vida mejor es imposible e incluso perdemos las fuerzas para seguir luchando en la vida.  Vemos también que hay cristianos que causan dolor y sufrimiento a otros seres humanos y son causantes de la pobreza y de la explotación humana.

En medio de todas nuestras angustias el Señor se acerca a nosotros para darnos la mano y ofrecernos una vida más digna, menos angustiante y sobre todo el Señor nos da esperanza de que podemos alcanzar esa vida mejor que deseamos.

Pero tenemos que ser conscientes de que no vamos a ser nosotros los que salvemos al mundo, es Dios, por medio nuestro el que cambiará nuestra vida.  Por ello debemos ser colaboradores de Dios.  Los que creemos en Dios no podemos ser signo de maldad, de destrucción o de muerte para los demás, sino que hemos de ser sino de salvación y de vida.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que estar en pecado es permanecer en la muerte y estar en gracia de Dios es gozar de la vida.

Desde el día que fuimos bautizados nos convertimos en Hijos de Dios.  Nosotros como hijos de Dios no podemos dejarnos dominar por las cosas de este mundo, por las cosas pasajeras. Nosotros estamos llamados a dar testimonio de una vida nueva, una vida mejor que la que nos ofrece el mundo y para ello tenemos que dejarnos guiar por Cristo y no por lo criterios o modas de este mundo. Por eso no podemos continuar dominados por el pecado sino que hemos de vivir como lo que somos: hijos de Dios y con nuestras buenas obras, dar testimonio de nuestra fe.

El Evangelio de San Juan nos presenta a Jesús que dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.

Jesús al decirnos “yo soy la vida”, nos invita a saborear la vida en toda su plenitud.  A tener a Jesús como amigo en nuestra vida.

Jesús le grita a su amigo: “¡Lázaro, sal afuera!” y con la fuerza del Espíritu, que posee como Hijo de Dios, lo devuelve a la vida.  Jesús también nos grita a cada uno de nosotros: “sal de ahí”, comienza a vivir, sal del sueño, de la pasividad, de la mentira, de la vulgaridad.  Es hora de vivir, de participar de la vida del Resucitado.

El Evangelio de hoy nos dice que esta vida que tenemos hoy, la podemos hacer vida eterna.  El mismo Jesús nos ha dicho: “El que cree en mi vivirá para siempre, yo soy la resurrección y la vida”.

Por lo tanto ya no vivimos para la muerte, sino para la vida y si vivimos para la vida hemos de ir renunciando a las obras de la muerte: egoísmo, codicia, violencia, mentira, injusticias, esclavitud,y hemos de dedicarnos a las obras de la verdadera vida: generosidad, afecto, amistad, así podremos ir experimentando ya desde ahora la realidad de la resurrección, de nuestra futura vida en Dios.

El Señor nos invita hoy a vivir, y vivimos cuando somos capaces de amar, cuando experimentamos que somos amados, cuando nos hacemos solidarios de las miserias y de las exigencias de los demás, cuando dejamos atrás el egoísmo, cuando participamos en las obras sociales y las cosas de la Iglesia.  Así fue como vivió Jesús.

No tengamos miedo, Jesús no nos llama al sufrimiento, nos llama a vivir.  Jesús le dice a Marta: “Yo soy la vida”, y cuando proclama “yo soy la vida”, nos dice que para estar con Él hay que saber saborear esta vida nuestra en todo lo bueno que tiene, en toda su plenitud.  Hay que hacerlo sin miedo.

Creer que Jesús es la resurrección y la vida es aceptar un modo concreto de vivir: amando la vida, para que esta vida que hoy tenemos pueda ser una vida eterna y gozosa en la presencia de Dios nuestro Padre.

Por eso, que nuestra fe sea vivir en amistad gozosa con Jesús.  Es el mejor camino para resucitar con Él.

lunes, 9 de marzo de 2026

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



El Cuarto Domingo de Cuaresma, es conocido con el nombre de Domingo Laetare, ya que las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son “Laetare Jerusalén” que quiere decir en Español, “Regocíjate, Jerusalén”.   Hoy nos recuerda la Iglesia que la alegría es compatible con la mortificación y el dolor.   Nos dice que la penitencia no es lo que se opone a la alegría, sino la tristeza. 

La 1ª lectura del primer libro de Samuel nos presenta la elección de David como rey de Israel.  La mirada de Dios no es como la mirada del hombre: el hombre se fija en las apariencias y Dios mira el corazón.  Cuando debamos elegir a una persona para algo, hemos de analizar muy bien todas las posibilidades y escoger la mejor de ellas.

Que un hombre sea educado y buen galán, y además, tenga una buena chequera, no significa que sea un buen esposo y un padre excelente.  Que una mujer tenga una bonita figura y llame la atención, no significa que sea la mujer ideal para formar un hogar estable y con ella se construya un matrimonio feliz.  Que un candidato tenga títulos y mucha palabrería, no significa que realmente sea un excelente servidor de la comunidad.  Muchos países, ciudades, iglesias y empresas han sufrido las desgracias de los buenos candidatos que resultaron ser verdaderos incompetentes para tales funciones.  Hay muchos matrimonios que han fracasado porque los cónyuges se dejaron llevar por las apariencias.

Tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de elegir a una persona, porque las apariencias engañan.  Por desgracia, muchas veces, juzgamos a nuestro prójimo por las apariencias.  Sin embargo, para Dios, lo que cuenta es lo que hay en el interior del corazón de la persona.  Nosotros nos fijamos en las apariencias, Dios ve el corazón.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios nos dice que gracias al bautismo hemos pasado de la oscuridad a la luz, y por lo tanto tenemos que vivir y dar testimonio de la luz practicando la bondad, la justicia y la verdad.

Si somos hijos de la luz, tratemos de actuar y de hacer siempre la cosas bien; caminemos en la Verdad unidos a Cristo, de tal forma que toda nuestra vida sea una manifestación del amor de Dios, de su perdón, de su misericordia para todos aquellos con los que nos encontremos en la vida.

Si somos hijos de la luz, no juzguemos a nadie, pero no nos quedemos mudos ante el pecado; si denunciamos a los pecadores, si los ponemos al descubierto no es con el afán de sólo denunciar, sino también de anunciar una vida nueva, y de proponerles a Cristo como camino de salvación para todos, sin importar lo que hayan hecho anteriormente.

Luz y tinieblas son dos maneras de vivir, pero para nosotros los cristianos sólo hay una: vivir como hijos de la luz, es decir, dejarnos iluminar por Cristo.

El Evangelio de san Juan nos ha relatado cómo Jesús ilumina los ojos de un ciego de nacimiento y le ofrece la fe, la luz para ver la vida con una mirada nueva.

Hay muchas maneras de quedarse ciego en la vida.  Ciegos no son solamente los que carecen de visión en sus ojos, también son ciegos en su espíritu los que cierran su corazón a la bondad, al amor.  Ciegos son los que provocan desgracias, los que hacen sufrir al ser humano.  Ciegos son los que no viven en la verdad.

Ciego es aquel que se pasa la vida entera ocupado en no hacer nada provechoso con su vida, que no se pregunta nunca “qué voy hacer de mí”.  Nos instalamos en la vida y vamos viviendo aunque no sepamos ni por qué ni para qué.

La sociedad de consumo, la publicidad y las modas van a ir diciéndome qué me tiene que interesar, qué me tiene que gustar, cómo tengo que pensar o cómo voy a vivir.  Son otros los que deciden y fabrican mi vida.  Yo me dejo llevar ciegamente.  Están también todos aquellos ciegos que viven haciendo lo que les apetece, sin escuchar nunca a su conciencia, al contario, tratan de acallar con los medios que sean esa voz interior que nos recuerda nuestra dignidad de personas responsables, nuestra dignidad de hijos de Dios.

Probablemente el mejor modo de vivir ciegos es mentirnos a nosotros mismos.  Construirnos una mentira, fabricarnos una personalidad falsa, y vivir el resto de nuestra vida de manera falsa y engañosa. 

Es muy tentador también ignorar aquello que nos obliga a cambiar.  Cerrar los ojos y convertirnos en ciegos para no ver lo que nos cuestiona nuestra vida.  Ver sólo lo que queremos ver, utilizar una medida diferente para juzgar a los otros y para juzgarnos a nosotros mismos.

En el Evangelio hemos visto que Jesús puede “abrir los ojos” a la persona, pero para eso hay que dejar que Jesús actúe en nuestra vida.  Pecado es resistirse a la luz, no querer ver, estar contra la luz.

Adoptemos la postura humilde y sincera del ciego que se dejó iluminar por Jesús y gritaba con firmeza “Señor, que vea”. Hemos de pedir la fe, es el don de Dios que nos trae Jesús. Jesús nos irá dando la luz, nos irá abriendo a la fe.

lunes, 2 de marzo de 2026

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Todos hemos experimentado, a lo largo de nuestra vida, diferentes tipos de necesidades.  Tenemos la necesidad de ser amados, de amar, de tener cosas, la necesidad de descansar.  La Palabra de Dios, en este tercer domingo de Cuaresma, nos va a iluminar sobre cuáles de estas necesidades son fundamentales para nuestra vida.

En la 1ª lectura del libro del Éxodo hemos escuchado cómo el pueblo de Israel, en medio del desierto, camino hacia la libertad, duda de la presencia de Dios en medio de ellos.  Pero Dios no abandona a su pueblo, a pesar de las murmuraciones.

Nosotros, creemos en Dios, pero muchas veces la vida se nos complica.  Y cuando las cosas no salen como nosotros queremos se nos puede derrumbar la fe y podemos, como el pueblo de Israel darle la espalda a Dios y dudar de Él creyendo que nuestra sed de felicidad la podemos saciar al margen de Dios e incluso podemos llegar a renegar de Dios y reclamarle a Dios diciéndole que se ha olvidado de nosotros.

Estamos equivocados si pensamos que Dios nos ha abandonado en algún momento de nuestra vida.  A pesar de nuestras infidelidades, el Señor permanece siempre fiel y nos busca para manifestarnos su amor incondicional.  Dios no nos ha abandonado nunca. 

Como cristianos debemos ser un signo de esperanza para ayudar a todos los hombres a que caminen por el bien y no pierdan la fe, aun cuando a veces la vida se nos vuelva difícil y complicada.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos recuerda que es la muerte de Cristo la que nos salva.  Cristo murió por nosotros, el justo por los injustos.  La muerte y la resurrección de Cristo son la prueba del amor que Dios nos tiene desde siempre y para siempre.

Hay personas que viven con indiferencia respecto a Dios, a su amor y sus propuestas.  Muchas personas se preocupan más de los resultados del futbol, de los resultados de quien quedó en tal o cual concurso de baile o de canto, de cuál es la canción de moda o de dónde va a ser la próxima fiesta, que de Dios y de su amor. 

Estamos en Cuaresma, este es un tiempo ideal para que redescubramos a Dios que nos ama tanto, y que quiere darnos la felicidad verdadera y plena.  Este es un tiempo especial para que aceptemos y vivamos el camino que nos conduce hacia Dios.  Unámonos a Cristo como una rama está unida al tronco y vivamos ya desde ahora de la felicidad plena que Dios nos ofrece.

El Evangelio de San Juan nos ha presentado el episodio de la samaritana. 

Dos personas aparecen hoy en el Evangelio: Jesús y la samaritana que se encuentran en un pozo.  Jesús que se acerca a una mujer.  En aquella época la mujer estaba marginada.  Era un escándalo que Jesús se acercara a una mujer que no contaba para nada y además samaritana, una pecadora. 

Jesús se pone a hablar con ella, y con cariño, con sabiduría lleva a esta mujer a descubrir la fuente y el agua donde puede realmente satisfacer todos sus deseos de felicidad.  Porque Jesús es el Mesías, Él es la verdadera fuente de vida y felicidad que nos puede saciar nuestros deseos de felicidad.

Dios continúa acercándose cada día a nosotros.  Porque a Dios le interesa todos lo que somos y hacemos.  Dios anda sediento de nuestro amor.  Hemos sido hechos por Él y para Él.  Y nunca encontraremos descanso ni felicidad fuera de Dios.

Preguntémonos hoy: ¿de qué tenemos sed?  Posiblemente estamos sedientos de alegría, de justicia, de verdad.

La Cuaresma es el tiempo para descubrir nuestra sed, esa sed profunda de vivir, de amar y ser amados, de crecer, de ser feliz, sed de verdad, de felicidad, de amor de vida.  ¿Dónde saciamos nuestra sed?  Jesús nos ofrece una fuente de agua viva que sacia definitivamente nuestra sed.  Jesús es la fuente inagotable de amor, de verdad, de libertad, de vida.

Aprovechemos esta Cuaresma para encontrarnos con Dios. No lo dudemos, Jesús nos espera a cada uno, si quisiéramos aceptar su Palabra, nuestra vida seguramente sería distinta, nuestra vida se vería saciada de esa sed de felicidad y de amor que todos andamos buscando. 

No lo olvidemos, Cristo es el único que puede saciar nuestra vida.  No busquemos en fuentes equivocadas.

lunes, 23 de febrero de 2026

 

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y la Palabra de Dios nos dice cuál debe ser el verdadero camino que el cristiano debe seguir.  El camino que tenemos que seguir es escuchar atentamente a Dios y llevar a cabo sus proyectos y hacer realidad los planes de Dios en nuestro mundo.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña la gran fe que tuvo Abraham.  Cuando Abraham recibe la llamada de Dios, sigue a Dios fielmente porque cree plenamente en Dios.  Se fía de Dios y por eso abandona su tierra y su familia dejándolo todo.

Hoy hay compañías de seguros para todo: para el coche, la casa, la empresa, la salud o la educación.  Hay modelos que aseguran sus ojos, su cuerpo.  Futbolistas que aseguran sus piernas, boxeadores que aseguran sus puños, golfistas que aseguran sus brazos.  Vemos cómo el ser humano busca seguridad en un mundo que lo amenaza continuamente.

Nos da miedo la inseguridad. Tenemos miedo a la novedad, miedo a lo desconocido, miedo a quedarnos sin seguridades.  Hay mujeres que viven en “cárceles de oro”, en las cuales las tienen sus esposos machistas que no las dejan tener amigas o salir a la esquina.  Y a pesar de su infelicidad ellas tienen miedo de separarse, perder el nivel de vida que tienen y enfrentarse a un mundo de trabajo al que no están acostumbradas.  Hay personas que no se casan porque le tienen miedo al compromiso.  Hay personas que trabajan en una empresa sea pública o privada y son testigos de injusticias, discriminaciones o corrupción y temen denunciarlas por no perder su trabajo.  Muchas personas se quejan de la situación social o política de sus pueblos, pero no son capaces de mover un dedo para que la situación cambie.

En la primera lectura de hoy, Dios le propone un nuevo camino a Abraham: salir de su tierra, es decir, abandonar su familia y su tradición, para hacer de él una gran nación, un pueblo diferente donde todos tuvieran la posibilidad de vivir dignamente.  Abraham aceptó el reto de Dios y se puso en camino.

Nosotros, ¿aceptamos sin miedo los retos de Dios y somos capaces de comprometernos con la novedad del Reino de Dios? O ¿buscamos la seguridad de que todo siga igual?

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recuerda que no debemos acobardarnos, porque Jesús camina con nosotros y Él venció a la misma muerte.

Nosotros, debemos aceptar la misión que el Señor nos ha encomendado, tenemos que dar testimonio de su Evangelio, aunque esto conlleve dificultades en muchas ocasiones.  Es cierto que el mundo de hoy vive muy al margen de Dios, pero las dificultades que nos encontremos a la hora de evangelizar nuestro mundo no pueden ser una excusa para que nosotros abandonemos nuestra misión y nuestra responsabilidad de cristianizar nuestro mundo.  Hay que esforzarse por cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado, a pesar de las dificultades que podamos encontrar.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la Transfiguración del Señor.  Jesús se revela como “el Hijo amado de Dios”.

Hay muchas ocasiones en la vida en que por diversas circunstancias estamos deprimidos, tristes, con pocas ganas de hacer nada ni de ver a nadie.  Quizás por problemas familiares, laborales, problemas con los hijos, etc., hacen que nos encontremos así.  Pasan los años, aparecen las enfermedades y vamos viendo cómo la vida se nos escapa de las manos.  A veces, hay pocos días buenos o de felicidad.  Nuestra vida transcurre de una manera monótona.  Queremos ser cristianos pero nos da pereza el compromiso.  Y levantamos los ojos al cielo, buscamos una respuesta, nuestro corazón desea paz y felicidad y nos preguntamos: ¿Dónde encontraremos descanso?, ¿Quién nos traerá un poco de consuelo?

Jesús también pasó por momentos difíciles.  Y además sus discípulos no terminaban de entenderlo.  Y Jesús se retira con sus discípulos a la soledad de una montaña, para reflexionar, para poner ante Dios su vida, para descubrir cuál es la voluntad de Dios Padre.

Como Jesús, nosotros también somos invitados a buscar esos momentos de soledad y silencio para descubrir la voluntad de Dios.  Buscar a Dios para escuchar la voz de su Hijo.  Buscar a Dios en la oración para poner ante Él nuestra vida, con todas sus grandezas y sus miserias.

Y pedir a Dios su luz, la luz que ilumine y transfigure nuestra vida, para que nuestra luz ilumine y transfigure también a otros.

Por eso, hoy, Dios Padre también nos dice a nosotros: “escuchad a mi Hijo”. 

Escuchar nos resulta más difícil que hablar.  Y sin embargo, es más provechoso escuchar que hablar.  Convivimos sin escuchar, sin valorar lo que los otros nos quieren decir.  Merecen la pena que hagamos el esfuerzo de hacer silencio y escuchar los mensajes que Dios nos envía.

No nos desanimemos en nuestro seguimiento de Jesús.  La Transfiguración es una invitación a no desanimarnos, porque si escuchamos a Dios en nuestra vida, nuestra vida no será nunca un fracaso, sino que un día alcanzaremos la resurrección, la vida definitiva, la felicidad sin fin.

Que esta Cuaresma encontremos momentos para hacer oración y poder así escuchar la voz de Dios.