IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)
En este domingo IV del tiempo pascual celebramos el domingo del Buen Pastor. Jesucristo es el Buen Pastor porque nos conoce, nos ama y da la vida por nosotros. Él es también la puerta. A través de Él entramos en la Iglesia; a través de Él accedemos a la salvación; a través de Él conocemos y llegamos a Dios.
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles es una invitación a la conversión, es decir, a un cambio importante de rumbo en lo que sentimos, pensamos y hacemos.
A lo largo de la historia siempre se ha considerado al niño como un sujeto infatigable de preguntas: ¿Por qué…? ¿Qué hago mamá, papá? Dependiendo de las respuestas a esas preguntas, hemos dado al niño amor, paz, tranquilidad, sobre todo a esa temprana edad que comienza el desarrollo de su personalidad.
Los jóvenes como están formando su propia personalidad, no quieren que nadie influya en ellos y por eso casi no preguntan nada y rechazan cualquier tipo de orientación sobre la sociedad y sobre Dios. Los ancianos no preguntan sino que se preguntan a ellos mismos: ¿Qué he hecho con mi vida?
Hoy ni los niños ni los adultos preguntan, pues no existe un diálogo profundo entre las personas. Se tiene mucha información a través de la televisión y de Internet y son estos medios los que establecen lo que tenemos que pensar sobre las cosas y las personas. Pero estos medios que configuran nuestra manera de pensar y de vivir hacen que no seamos críticos a lo que nos dicen y todo lo que nos dicen nos lo creamos.
Hoy nos decía la 1ª lectura que le preguntaron a Pedro: “¿Qué tenemos que hacer?” No tengamos miedo de preguntar sobre los temas fundamentales para vivir y morir como auténticos cristianos. No tengamos miedo de preguntarle al Señor: ¿Qué me pides que hagas Jesús? No tengamos miedo a la respuesta que nos dé el Señor.
La 2ª lectura de la primera carta de San Pedro nos dice que Cristo nos ha dejado un ejemplo para que sigamos sus huellas y aceptemos el sufrimiento.
Siempre, tarde o temprano, aparece en la vida del hombre el tema del sufrimiento físico o psíquico y, ante ese mal surge la angustiosa pregunta: ¿Qué sentido tiene el sufrir injustamente? Cristo no intentó darnos unas enseñanzas sobre el mal en sus diversas formas, sino que lo asumió, Él inocente, hasta morir una muerte de cruz.
Cuando nuestras fuerzas flaqueen, ante el sufrimiento personal o de nuestros hermanos, miremos la “cruz” y allí encontraremos la respuesta. Amemos la cruz, y en ella tendrás la experiencia suave y dolorosa de poder compartir tu sufrimiento y el de tus hermanos con el de Cristo.
El Evangelio de san Juan nos ha hablado de Cristo Pastor y de nosotros sus ovejas.
Mucha gente vive inundada de sonidos. Mucha gente no tiene la oportunidad de disfrutar de un minuto de silencio. La televisión, el radio, el ruido de los coches que van y vienen, los gritos de los niños que juegan o de las mamás que regañan a los hijos que no les obedecen, todo ello sin parar, desde el amanecer hasta el anochecer.
Pero esos no son los únicos ruidos que nos rodean. De hecho, hay ruidos que son aún más dañinos: el ruido del egoísmo que nos llama a olvidarnos de los demás; el ruido de la soberbia que nos empuja a creernos mejores que otros; el ruido de la inseguridad que nos empuja a devaluarnos y a dejar que nos abusen y lastimen y el ruido de la rutina que nos impide reconocer la belleza de la vida, la alegría de vivir, el regalo de nuestra existencia.
Sin embargo, el evangelio de hoy nos da la oportunidad de distinguir un sonido especial de entre los ruidos que nos rodean. Hay una canción que dice: Cuánto he esperado este momento, cuánto he esperado que estuvieras así; cuánto he esperado que me hablaras, cuánto he esperado que vinieras a mí. Yo sé bien lo que has sufrido, yo sé bien lo que has llorado, yo sé bien lo que has vivido, pues de tu lado no me he ido… Pues nadie te ama como yo, pues nadie te ama como yo; mira la cruz: esa es mi más grande prueba. Nadie te ama como yo.
El Pastor nos llama a escuchar su voz en medio de nuestra soledad o del amor que compartimos. El Pastor nos llama a escuchar su voz en medio de nuestras alegrías y tristezas. El Pastor nos llama a escuchar su voz en la voz de los que sufren. El Pastor nos llama a escuchar su voz en la voz de los que aclaman y cantan.
El Pastor nos llama a escuchar su voz, su voz que es la voz del amigo que nos ama; su voz es la voz del que conforta y calma; su voz es la voz del que acompaña nuestras penas; su voz es la voz del que defiende causas justas; su voz se dibuja en las estrellas; su voz es silencio lleno de esperanza; su voz que susurra día con día: “¡cuánto he esperado que me hablaras!”
Unamos, pues, nuestras voces y dejemos que se vuelvan una sola. Y que esa sola voz le cante al mundo: “Pues nadie te ama como yo, pues nadie te ama como yo; mira la Cruz: esa es mi más grande prueba. Nadie te ama como yo”.
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