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lunes, 13 de abril de 2026

 



La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos invita a descubrir a Jesús vivo que acompaña a los hombres por los caminos del mundo.  A Jesús que con su Palabra anima los corazones afligidos y desolados.  A Jesús que en la comunidad de los discípulos se reúne para “partir el pan”; y que nos impulsa a ser testigos de su resurrección ante los hombres.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a san Pedro predicando con valentía la Buena Noticia de la resurrección de Jesucristo.

La resurrección de Cristo prueba que su vida gastada al servicio de Dios, entregado a los hombres, no fue un fracaso, sino una victoria: resucitó. 

Cuando nos sintamos decepcionados y criticados por servir a Dios y al prójimo, tenemos que pensar que nuestra vida no será una vida de fracaso ni de olvido para Dios.  El fracasado es aquel que vive al margen de Dios y de los demás.  Ningún bien que hagamos en esta vida pasará desapercibido para Dios.

Por ello, no debemos tener miedo de hacer el bien ni que nos vean como lo que somos: cristianos.  Pedro, lleno del Espíritu Santo, habla, como el mismo dice: “Claramente”. No le tiene miedo al qué dirán o a lo que el hablar con claridad de Cristo pudiera traer como consecuencia.

Hoy en día, necesitamos más cristianos que estén dispuestos a hablar con claridad de Jesús, cristianos que no tengan miedo de portarse como tales delante de los demás. Cristianos que con su vida sean capaces de testimoniar al Señor.

Vivamos nuestra vida haciendo el bien e imitando a Jesucristo para que Dios nos resucite de entre los muertos, nos acoja y nos guarde por toda la eternidad.

La 2ª lectura de San Pedro, nos habla de cuánto nos ama Dios que envió a su Hijo al mundo para salvarnos.

Ante ese amor de Dios, nuestra respuesta debe ser: obedecer a Dios, entregarnos incondicionalmente en las manos de Dios, adherirnos a sus planes, valores y proyectos.

Muchos hombres viven nada más que para sus intereses personales y para la realización de sus sueños.  Nosotros como creyentes, estamos invitados a vivir al estilo de Jesús, que es el amor y la entrega de la vida hasta las últimas consecuencias.

Hemos de tomar en serio nuestra fe cristiana y poner nuestra esperanza solamente en Dios.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado el episodio de los discípulos de Emaús.  Dos discípulos van de regreso hacia Emaús, comentando lo sucedido. 

Estos discípulos representan a todos los desesperanzados de la humanidad, a todos los angustiados, a todos los que va por la vida sin sentido, a todos los que están desencantados de las cosas.

Ellos regresan a su pueblo, a continuar con su vida, pero regresan derrotados y decepcionados. Y es entonces cuando Jesús se hace compañero de camino, pero ellos no supieron reconocerlo.  ¡Cuántas veces, Jesús nos ha acompañado en nuestra vida y no hemos sido capaces de reconocerlo hasta mucho más tarde que somos capaces de darnos cuenta que en esos momentos que pensábamos que estábamos solos, Él estuvo con nosotros!

Jesús, vivo y resucitado, camina siempre a nuestro lado.  Él es nuestro compañero de viaje que nunca nos deja solos, aunque no siempre seamos capaces de reconocerlo, y llenar nuestro corazón de esperanza.

¿Cómo nos habla el Señor? ¿Cómo hace renacer en nosotros la esperanza?  El Evangelio de hoy nos dice que, en primer lugar, a través de la Palabra de Dios.  Cuando escuchamos, meditamos, compartimos y acogemos la Palabra de Dios en nuestro corazón, Jesús nos indica el camino, nos señala perspectivas nuevas, nos da el coraje de continuar, después de cada fracaso, construyendo un mundo más humano.  Preguntémonos: ¿Qué importancia le doy a la Palabra de Dios en mi vida?

En segundo lugar: en la Eucaristía.  Siempre que venimos a misa y compartimos el Pan que Jesús nos ofrece, nos damos cuenta que Jesús continúa vivo, caminando a nuestro lado, alimentándonos a lo largo del camino, enseñándonos que la felicidad está en compartir, en amar.  Siempre que nos juntemos con los hermanos alrededor de la mesa de Dios, celebrando con alegría y amor la santa Misa y seamos capaces de compartir y de servir a los demás, encontraremos a Cristo resucitado llenando nuestra vida de sentido, de plenitud, de vida auténtica.

Cuando nos encontremos con Jesús, ¿Qué tenemos que hacer?  Tenemos que llevarlo a los demás, tenemos, sin miedo, que decir, que Jesús está vivo y que Él nos ofrece a todos una vida nueva y definitiva.

Que Jesús resucitado, que diariamente nos acompaña en la vida, no pase nunca desapercibido por nosotros y que sepamos descubrirlo siempre a nuestro lado para que diariamente nos encontremos con Él en su Palabra y en la Eucaristía.

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