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lunes, 13 de abril de 2026

 



La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos invita a descubrir a Jesús vivo que acompaña a los hombres por los caminos del mundo.  A Jesús que con su Palabra anima los corazones afligidos y desolados.  A Jesús que en la comunidad de los discípulos se reúne para “partir el pan”; y que nos impulsa a ser testigos de su resurrección ante los hombres.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a san Pedro predicando con valentía la Buena Noticia de la resurrección de Jesucristo.

La resurrección de Cristo prueba que su vida gastada al servicio de Dios, entregado a los hombres, no fue un fracaso, sino una victoria: resucitó. 

Cuando nos sintamos decepcionados y criticados por servir a Dios y al prójimo, tenemos que pensar que nuestra vida no será una vida de fracaso ni de olvido para Dios.  El fracasado es aquel que vive al margen de Dios y de los demás.  Ningún bien que hagamos en esta vida pasará desapercibido para Dios.

Por ello, no debemos tener miedo de hacer el bien ni que nos vean como lo que somos: cristianos.  Pedro, lleno del Espíritu Santo, habla, como el mismo dice: “Claramente”. No le tiene miedo al qué dirán o a lo que el hablar con claridad de Cristo pudiera traer como consecuencia.

Hoy en día, necesitamos más cristianos que estén dispuestos a hablar con claridad de Jesús, cristianos que no tengan miedo de portarse como tales delante de los demás. Cristianos que con su vida sean capaces de testimoniar al Señor.

Vivamos nuestra vida haciendo el bien e imitando a Jesucristo para que Dios nos resucite de entre los muertos, nos acoja y nos guarde por toda la eternidad.

La 2ª lectura de San Pedro, nos habla de cuánto nos ama Dios que envió a su Hijo al mundo para salvarnos.

Ante ese amor de Dios, nuestra respuesta debe ser: obedecer a Dios, entregarnos incondicionalmente en las manos de Dios, adherirnos a sus planes, valores y proyectos.

Muchos hombres viven nada más que para sus intereses personales y para la realización de sus sueños.  Nosotros como creyentes, estamos invitados a vivir al estilo de Jesús, que es el amor y la entrega de la vida hasta las últimas consecuencias.

Hemos de tomar en serio nuestra fe cristiana y poner nuestra esperanza solamente en Dios.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado el episodio de los discípulos de Emaús.  Dos discípulos van de regreso hacia Emaús, comentando lo sucedido. 

Estos discípulos representan a todos los desesperanzados de la humanidad, a todos los angustiados, a todos los que va por la vida sin sentido, a todos los que están desencantados de las cosas.

Ellos regresan a su pueblo, a continuar con su vida, pero regresan derrotados y decepcionados. Y es entonces cuando Jesús se hace compañero de camino, pero ellos no supieron reconocerlo.  ¡Cuántas veces, Jesús nos ha acompañado en nuestra vida y no hemos sido capaces de reconocerlo hasta mucho más tarde que somos capaces de darnos cuenta que en esos momentos que pensábamos que estábamos solos, Él estuvo con nosotros!

Jesús, vivo y resucitado, camina siempre a nuestro lado.  Él es nuestro compañero de viaje que nunca nos deja solos, aunque no siempre seamos capaces de reconocerlo, y llenar nuestro corazón de esperanza.

¿Cómo nos habla el Señor? ¿Cómo hace renacer en nosotros la esperanza?  El Evangelio de hoy nos dice que, en primer lugar, a través de la Palabra de Dios.  Cuando escuchamos, meditamos, compartimos y acogemos la Palabra de Dios en nuestro corazón, Jesús nos indica el camino, nos señala perspectivas nuevas, nos da el coraje de continuar, después de cada fracaso, construyendo un mundo más humano.  Preguntémonos: ¿Qué importancia le doy a la Palabra de Dios en mi vida?

En segundo lugar: en la Eucaristía.  Siempre que venimos a misa y compartimos el Pan que Jesús nos ofrece, nos damos cuenta que Jesús continúa vivo, caminando a nuestro lado, alimentándonos a lo largo del camino, enseñándonos que la felicidad está en compartir, en amar.  Siempre que nos juntemos con los hermanos alrededor de la mesa de Dios, celebrando con alegría y amor la santa Misa y seamos capaces de compartir y de servir a los demás, encontraremos a Cristo resucitado llenando nuestra vida de sentido, de plenitud, de vida auténtica.

Cuando nos encontremos con Jesús, ¿Qué tenemos que hacer?  Tenemos que llevarlo a los demás, tenemos, sin miedo, que decir, que Jesús está vivo y que Él nos ofrece a todos una vida nueva y definitiva.

Que Jesús resucitado, que diariamente nos acompaña en la vida, no pase nunca desapercibido por nosotros y que sepamos descubrirlo siempre a nuestro lado para que diariamente nos encontremos con Él en su Palabra y en la Eucaristía.

lunes, 28 de abril de 2025

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el III domingo de Pascua. Continuamos celebrando la resurrección de Jesús, escuchando relatos de sus apariciones, después de haber resucitado.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.

El mensaje del Señor es un mensaje liberador, que no hace pactos con esquemas egoístas, injustos y opresores.  El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.

Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.

Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.

Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.

Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo.  ¿Para vosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.

Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.

El Evangelio de san Juan nos presenta a cinco apóstoles que estaban en una barca, regresando de una noche de pesca infructuosa y, al amanecer, “alguien” les dijo desde la orilla: “Muchachos, ¿tenéis pescado?… Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”.   

Sorprende la docilidad de los Apóstoles quienes, sin la menor observación, obedecieron en el acto. Y sorprende, porque todavía no se habían dado cuenta que era “el Señor”  ¡Cuántas veces nos habla el Señor desde la orilla  y no lo  reconocemos!  Nos pasa como a los Apóstoles,  pero no hacemos como ellos, sino que nos damos el lujo de despreciar las instrucciones del mismo Dios. Y    -peor aún- cuántas veces, sabiendo que es Él quien nos pide algo, no le hacemos caso, le decimos que no o le ponemos dificultades, diciéndole que mejor dejamos el asunto para otro momento. Pero el Señor siempre está a la orilla esperando que nos desocupemos de “nuestras cosas”, esperando que lo reconozcamos, que oigamos su voz y atendamos sus instrucciones.

¡Cuántas veces nos desgastamos pescando por nosotros mismos en el mar de nuestro quehacer diario, de nuestras preocupaciones cotidianas, de las presiones del trabajo y de estudio, sin escuchar al Señor y sin aprovechar su voz que nos guía!

Hoy se nos recuerda fuertemente que creer en y seguir a Jesús es ante todo una relación, una relación de amor con Dios, una relación de amor con aquel que sabemos nos amó primero. Antes de pensar en los compromisos que conlleva ser cristianos, antes de pensar en cumplir los mandamientos o vivir las bienaventuranzas, hemos de pensar en fortalecer nuestra relación con Dios.

Cuando un cristiano no se ha dado cuenta del amor de Dios y quiere cumplir con las exigencias de la caridad, la solidaridad y el perdón; es imposible ser feliz así. Hoy le podemos poner nuestro nombre a la pregunta que Jesús le hace a Pedro: ________ ¿me amas? Pues si no estás seguro de este amor, jamás podrás vivir como verdadero cristiano ni como Hijo de Dios. ¿Cómo llegar a este amor? Imagínate cómo llegas a conocer y amar a una persona: primero la tienes que conocer (Evangelios), después la tienes que tratar con frecuencia (Oración), después se puede crear un lazo de compromisos (Caridad). Tres pasos, claros y concretos que nos llevan a conocer a Jesús y amarlo como Él nos lo pide.

lunes, 8 de abril de 2024

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta, como portavoz de la Resurrección, a Pedro, en uno de sus primeros discursos diciendo al pueblo judío: “¡entregasteis al siervo del Dios de nuestros padres, lo rechazaron, pidieron en cambio el indulto de un asesino, hicieron cambiar a Pilato su decisión, cuando ya tenía decidido soltar a Jesús«. Lo más duro que Pedro les dice es: “¡Matasteis al autor de la vida!”

Pedro reconoce que este pueblo es un pueblo que asesina la Vida misma. Pedro se juega también la vida al ser tan claro. Sin embargo, se muestra enormemente comprensivo: “lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades”. Con esto se revela un drama de cualquier ser humano: podemos ser asesinos, sin darnos cuenta.

Nos ocurre con frecuencia: mientras por una parte defendemos la vida, por otra nos brotan sentimientos asesinos hacia aquellas personas que no son de nuestro agrado o que nos amenazan. Para defender la vida -en todo momento y circunstancia- se hace necesaria una fuerte espiritualidad, una sensibilidad divina, que nos permita cuidar la vida en todas sus expresiones: en la naturaleza, en la humanidad, en la historia.

Es probable que no pocos cristianos no se sientan demasiado afligidos por las muertes de las guerras. Es probable que a no pocos apenas les quiten del sueño las ejecuciones de inocentes a manos de los narcotraficantes o las muertes de tantas mujeres en manos de las redes del tráfico de seres humanos. ¡Estamos siendo solicitados, constantemente, a ser cómplices de unas muertes u otras!

Quizá votemos a favor de ciertas muertes… ¡Eso sí! ¡Por ignorancia! La ignorancia nos hace hacer estas cosas. Nosotros también cometemos pecados causados por esa misma ignorancia y debilidad. El pecado no se borra disimulándolo. Por ello, el Señor, nos llama a la conversión. Y Él, que es compasivo y misericordioso, nos concederá el perdón merecido por la muerte y resurrección de Jesús.

La 2ª lectura, de la primera carta de San Juan, nos dice que no es posible conocer a Jesús y no creer en Él; no es posible creer en Él y no vivir según sus enseñanzas.  Sólo el que vive como Él, el que cumple sus mandamientos puede decir que conoce al Señor.  San Juan llama mentiroso al que dice que conoce a Cristo pero no le afecta para nada en su vida.

Es una mentira decir que amamos a Dios y, luego en nuestra vida despreciar los valores que Dios nos propone y vivir la vida al margen de Dios y sus mandamientos.

Un creyente que dice amar a Dios pero en su vida lo único que hace es crear injusticias, conflictos, opresión, sufrimiento, vive en la mentira; un creyente que dice “conocer a Dios” y fomenta la violencia, el odio, la intransigencia, la intolerancia, está muy lejos de Dios; un creyente que dice tener “fe” y rechaza el amor, el compartir, el servicio, el venir a misa, está muy lejos de Dios y además es un mentiroso.

El Evangelio, según san Lucas, nos asegura que Jesús está vivo.  ¿Cómo podemos encontrar a Jesús resucitado?

El Evangelio nos dice, en primer lugar, que lo podemos encontrar en las Escrituras.  Cuando la comunidad se reúne para escuchar la Palabra de Dios, Cristo está presente y nos explica el sentido de las Escrituras. En segundo lugar, podemos encontrarnos con Jesús resucitado en la fracción del Pan, es decir, en la Eucaristía.

La Eucaristía es lugar privilegiado para que los creyentes abramos “los ojos de la fe”, y nos encontremos con el Señor Resucitado que alimenta y fortalece nuestras vidas, con su mismo cuerpo y sangre.

No se puede vivir plenamente la adhesión al Resucitado, sin reunirnos el día del Señor a celebrar la Eucaristía, unidos a toda la comunidad creyente. Un creyente no puede vivir “sin el domingo”. Una comunidad no puede crecer sin alimentarse de la Cena del Señor.  Necesitamos comulgar con Cristo Resucitado.

Partir el pan, no es sólo una celebración cultual, sino un estilo de vivir compartiendo, en solidaridad con tantos necesitados de justicia, defensa y amor. No olvidemos que comulgamos con Cristo cuando nos solidarizamos con los más pequeños de los suyos.

¿Qué diría el resucitado de muchas de nuestras Eucaristías, de muchas comunidades cristianas, que se reúnen para celebrar la Misa, pero no se preocupan para nada de las necesidades del hermano, de las injusticias y situaciones de discriminación…?

Nos diría que no hemos entendido lo que es la Eucaristía. Aunque las celebremos con cantos, flores y palabras bonitas, si falta la caridad con el hermano, mal podremos reconocer a Cristo, en su gesto de entrega por los hermanos.

La Eucaristía, es también un compromiso de crear comunión entre nosotros y con todos los hermanos… y hasta tenemos en ella un gesto de paz, ¿pero este gesto es realmente un signo o es una comedia?

La Eucaristía es mucho más que una celebración cultual. Es un compromiso y un estímulo para vivir auténticamente nuestra fe.

lunes, 17 de abril de 2023

 

III DOMINO DE PASCUA (CICLO A)


La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos invita a descubrir a Jesús vivo que acompaña a los hombres por los caminos del mundo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a san Pedro predicando con valentía la Buena Noticia de la resurrección de Jesucristo.

La resurrección de Cristo prueba que su vida gastada al servicio de Dios, entregado a los hombres, no fue un fracaso, sino una victoria: resucitó.  Cuando nos sintamos decepcionados y criticados por servir a Dios y al prójimo, tenemos que pensar que nuestra vida no será una vida de fracaso ni de olvido para Dios.  El fracasado es aquel que vive al margen de Dios y de los demás.  Ningún bien que hagamos en esta vida pasará desapercibido para Dios.

Por ello, no debemos tener miedo de hacer el bien ni que nos vean como lo que somos: cristianos.  Pedro, lleno del Espíritu Santo, habla, como él mismo dice: “Claramente”. No le tiene miedo al qué dirán o a lo que el hablar con claridad de Cristo pudiera traer como consecuencia.


Hoy en día, necesitamos más cristianos que estén dispuestos a hablar con claridad de Jesús, cristianos que no tengan miedo de portarse como tales delante de los demás. Cristianos que con su vida sean capaces de testimoniar al Señor.

La 2ª lectura, de la 1ª carta de San Pedro, nos invita a darnos cuenta del grande amor de Dios por los hombres, un amor que se manifestó en la cruz y en la resurrección de Jesús. No hay mayor expresión de amor que la entrega de la vida en favor de alguien; y es de esa forma como Dios nos ama. Cuando seamos capaces de darnos cuenta de cuánto nos ama Dios, entonces aceptaremos su llamada a colaborar con Él en una vida nueva.

Dios nos ama inmensamente, y nosotros debemos de dar una respuesta a ese amor.  Esa respuesta se tiene que traducir en una actitud de obediencia a Dios, de entrega incondicional en las manos de Dios, de adhesión completa a los planes, valores y proyectos de Dios.

Los hombres de nuestro tiempo viven, de forma general, pensando en sí mismos, en sus pequeños intereses personales y buscando la realización inmediata de sus sueños, deseos y prioridades.

Nosotros los creyentes, por nuestra parte, estamos invitados a vivir y a anunciar el estilo de Dios, que es el del amor y de la entrega de la vida hasta las últimas consecuencias.

El evangelio de San Lucas, nos ha narrado el episodio de los discípulos de Emaús. 

Estos discípulos representan a todos los desesperanzados de la humanidad, a todos los angustiados, a todos los que van por la vida sin sentido, a todos los que están “de vuelta” de las cosas. Ellos vuelven a su pueblo, a continuar con su vida, pero vuelven marcados por la derrota, la frustración.

Los discípulos de Emaús son la expresión de tantos cristianos de hoy y de siempre que están desilusionados, desengañados.   Les ha faltado el punto de apoyo y lo dejan todo no por despecho ni por desganas.  No están contra nada pero les ha fallado su fe.

Muchas veces nosotros hemos tenido la misma tentación de los discípulos de Emaús: huir, dejarlo todo a causa de la desilusión, el cansancio, la desesperanza, la sensación de fracaso…

La experiencia de los dos discípulos es nuestra propia experiencia. También nosotros conocemos ese camino: ¡Cuántas promesas que no han madurado en nuestras vidas, cuántos fracasos, cuántos planes que se han ido abajo, cuántas ilusiones perdidas!… Quizás también nosotros hemos abandonado el grupo. 

Cuántas veces nos hemos sentido decepcionados.  Nos decepcionan los políticos y la sociedad, nos decepciona la familia, nos cansa el trabajo y nos preguntamos: ¿para qué vivir?  ¿Qué sentido tiene todo? ¿Merece la pena luchar por un ideal?  ¿Es que en la vida no hay nada más que esta rutina de cada día?  Preguntas que de vez en cuando nos hacemos.  Preguntas molestas que muchos intentan evitar u olvidar encerrándose en sí mismos, huyendo de todo compromiso, o entregándose a las múltiples drogas que nos acechan bajo forma del consumismo, el abuso de la televisión, del sexo, del alcohol, etc.

¿Se puede vivir así la vida?  Ciertamente que no.

El problema es que nos falta fe.  Por eso con frecuencia dudamos nos confundimos y somos débiles.  Pero no lo olvidemos, Jesús siempre sale a nuestro encuentro.  Lo peor que podemos hacer en esos momentos es abandonar la comunidad, como aquellos dos discípulos.  A la Iglesia no se la abandona, sobre todo en momentos de crisis.  Prescindir de la Iglesia nos hace todavía más difícil reconocer al Señor en nuestro camino.

Hay que encontrarse con Jesús en nuestras vidas.  El encuentro con Jesús Resucitado cambió la vida de aquellos dos discípulos de Emaús. No podemos olvidar nunca que Jesús está resucitado y camina a nuestro lado. 

lunes, 25 de abril de 2022

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)

Las lecturas de hoy nos piden que tengamos la fuerza y la valentía de comportarnos como lo hicieron los apóstoles, que sigamos a Cristo cumpliendo fielmente la misión que Dios nos ha encomendado.  Cada uno tiene una misión que cumplir.  Nos han dado una vocación.  Pero no podremos desempeñarla sin la ayuda del Señor. 

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.

El mensaje del Señor es un mensaje liberador, que no hace pactos con esquemas egoístas, injustos y opresores.  El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.

Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.

Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.

Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.

Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo.  ¿Para vosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.

Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.

Las lecturas de hoy nos piden que tengamos la fuerza y la valentía de comportarnos como lo hicieron los apóstoles, que sigamos a Cristo cumpliendo fielmente la misión que Dios nos ha encomendado.  

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.

El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.

Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.

Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.

Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.

Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo. 

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.

Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.

El Evangelio de san Juan nos presenta la tercera de las apariciones de Jesús resucitado. 

Jesús resucitado nos pide que lo sigamos.  A Jesús lo seguían de cerca no solamente los doce apóstoles, también lo seguían otras muchas personas.  Seguían a Jesús para escuchar su palabra, para encontrar respuesta a sus problemas, para dar sentido a sus vidas.

Ser cristiano significa conocer profundamente a Jesús, tratar con Él como se trata a un amigo cercano para después poder seguirlo. A nosotros también nos llama Jesús, a cada uno. Jesús nos llama en nuestra vida cotidiana, en nuestros quehaceres diarios, como a sus discípulos, mientras pescaban; allí donde estamos podemos encontrarlo. Todos somos diferentes, las llamadas también son diferentes. Cada uno tenemos la nuestra.

¿Cómo seguir hoy a Jesucristo?  El seguir a Jesús no ha cambiado. Ser cristiano es ir descubriendo poco a poco la salvación que trae Jesús, es irse identificando con los valores y el estilo de vida de Jesús.  Seguir a Cristo no es buscar ningún tipo de privilegios sociales ni políticos, ni económicos, ni religiosos, ni tan siquiera salud.

En nuestra vida seguimos unos valores, unas metas, unos objetivos que son los que orientan las decisiones que tomamos. Cuando alcanzamos las metas que nos hemos propuesto nos alegramos y nos llenamos de optimismo; nuestras preocupaciones llegan cuando por nuestra limitación humana, no logramos esa meta que nos hemos propuesto.

Los valores que Cristo vivió eran valores verdaderos. Los nuestros, a veces son tan limitados y relativos. Seguir a Cristo es tratar de conocer y vivir los valores que Cristo vivió. Se trata de creer lo que Él creyó, amar lo que Él amó y esto significa, dar importancia a lo que Él dio, interesarse por lo que Él se interesó, defender la causa que Él defendió, mirar a las personas como Él las miró, acercarse a los necesitados como Él lo hizo, confiar en el Padre como Él confió, enfrentarse a la vida con la esperanza con que Él se enfrentó. Buscar a Dios que está presente en la vida, como Él lo buscó.

Hay que aprender a confiar en Dios, no en nuestras fuerzas.  El Señor está ahí, en la orilla, sigue estando aquí también, con nosotros. Y una vez más el Señor nos dice “¡ánimo, volved a echar las redes!”.

Los discípulos consiguieron aquél día una gran pesca, porque se fiaron del Señor. Nosotros estamos llamados también a fiarnos de Él, a seguir echando las redes. 

Que esta eucaristía nos ayude a tomarnos en serio nuestra vida cristiana, y que el Señor se manifieste en nuestro corazón para darnos ánimo y alegría.

lunes, 12 de abril de 2021

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)

Seguimos celebrando la resurrección del Señor Jesús.  En este tiempo de Pascua, la Iglesia nos anuncia sin descanso que Cristo ha resucitado y que ruega a Dios Padre por nosotros.  Nosotros como cristianos hemos de decirle al mundo que Jesús está vivo y continúa ofreciendo a los hombres la salvación.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta, como portavoz de la Resurrección, a Pedro, en uno de sus primeros discursos diciendo al pueblo judío: el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino”. Lo más duro que Pedro les dice es: “¡matasteis al autor de la vida!” 

Pedro reconoce que este pueblo es un pueblo que asesina la Vida misma. Pedro se juega también la vida al ser tan claro. Sin embargo, se muestra enormemente comprensivo: “lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades”. Con esto se revela un drama de cualquier ser humano: podemos ser asesinos, sin darnos cuenta. 

Nos ocurre con frecuencia: mientras por una parte defendemos la vida, por otra nos brotan sentimientos asesinos hacia aquellas personas que no son de nuestro agrado o que nos amenazan. Para defender la vida -en todo momento y circunstancia- se hace necesaria una fuerte espiritualidad, una sensibilidad divina, que nos permita cuidar la vida en todas sus expresiones: en la naturaleza, en la humanidad, en la historia. 

Es probable que no pocos cristianos no se sientan demasiado afligidos por las muertes de las guerras. Es probable que a no pocos apenas les quiten del sueño las ejecuciones de inocentes a manos de los narcotraficantes o las muertes de tantas mujeres en manos de las redes del tráfico de seres humanos. ¡Estamos siendo solicitados, constantemente, a ser cómplices de unas muertes u otras! 

Quizá votemos a favor de ciertas muertes… ¡Eso sí! ¡Por ignorancia! La ignorancia nos hace hacer estas cosas. Nosotros también cometemos pecados causados por esa misma ignorancia y debilidad. El pecado no se borra disimulándolo.  Por ello, el Señor, nos llama a la conversión. Y Él, que es compasivo y misericordioso, nos concederá el perdón merecido por la muerte y resurrección de Jesús.

El apóstol San Juan, en la 2ª lectura, nos decía que quien se deja orientar por el Evangelio de Jesús camina en la Luz, que es distinto de caminar en la oscuridad del pecado.

Pero la luz del Evangelio no ha de quedarse en un simple conocimiento de Él, sino que tiene que traducirse en obras prácticas, en el cumplimiento de los mandamientos.

Ante la situación de pecado tenemos un “defensor” que aboga ante el Padre por nosotros: Jesucristo. Por consiguiente, no podemos estar dominados por la resignación, la indiferencia o la desesperación. Cristo-Jesús, el Justo, intercede por nosotros.

Nos decía san Juan también que todos sabemos lo que es una mentira y procuramos evitarla. Sin embargo, San Juan nos muestra una clase de mentira sobre la que no sentimos demasiado temor al cometerla: “decir que conocemos a Jesucristo, que somos cristianos, pero ponemos poco esfuerzo en cumplir los mandamientos del Señor”.

De ahí que nuestras mentiras, en este terreno, sean demasiado frecuentes y van sembrando la desorientación a nuestro alrededor. Una vez más tenemos que esforzarnos para que nuestra vida de cada día se ajuste, y esté en armonía, con nuestra fe cristiana. ¡Que nuestra vida no sea una mentira!

El Evangelio de san Lucas nos presenta a Jesús manifestándoles a sus discípulos que Él está vivo, que no es un fantasma, que está vivo y ha resucitado.

El Jesús que se presenta a sus discípulos es el mismo Jesús que vive hoy en la Iglesia y se nos hace presente en la Eucaristía y en las Escrituras.  Es en la Eucaristía donde vamos conociendo los mandatos del Señor y los ponemos en práctica obedeciendo y amando a Dios y al prójimo.

Jesús resucitado, por medio de su Espíritu, abre la mente a sus discípulos para comprender; les da “un corazón para entender, ojos para ver, y oídos para oír”.

Todas las comunidades cristianas de todos los tiempos hemos de comprender las Escrituras con amor y con fe y así experimentar la presencia real de Cristo resucitado, que nos abre la mente y el corazón con la fuerza de su Espíritu, y podremos ser testigos delante de todos los pueblos.

Sin las Escrituras no sabríamos nada de Dios, los signos y gestos sacramentales no tendrían ningún sentido. Sin la Eucaristía no tendríamos alimento espiritual.  Alimentémonos de estos dos alimentos que Jesús nos ha dejado para esta vida: su Palabra y la Eucaristía.

lunes, 20 de abril de 2020

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)


La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos invita a descubrir a Jesús vivo que acompaña a los hombres por los caminos del mundo. 

La 1ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro predicando con valentía el núcleo del mensaje cristiano: Dios resucitó a Jesús y no permitió que la muerte lo derrotase. 

Algunos cristianos de hoy padecen un cierto “complejo de inferioridad” respecto a otros grupos o ideologías que les parece más atractivas o llamativas.  Sentimos miedo, a veces, de ser reconocidos como cristianos. 

No debemos olvidar que Cristo ha resucitado y esto prueba que nuestra vida la tenemos que emplear al servicio del Plan de Dios, entregándonos a los necesitados.  Hacer de nuestra vida una entrega a Dios y a los hermanos, no conduce a una vida fracasada sino a la resurrección, a vivir una vida plena.  Por ello, cuando nos sintamos desilusionados, decepcionados, fracasados, derrotados, criticados, porque empleamos nuestra vida en servir a Dios y al prójimo, recordemos que sólo así tiene sentido nuestra vida: dándonos a Dios y al prójimo.

Una vida que se hace don nunca es un fracaso; una vida vivida de forma egoísta y autosuficiente, al margen de Dios y de los demás, es la que es un fracaso, pues no lleva a una vida plena.

La 2ª lectura de San Pedro, nos habla de cuánto nos ama Dios que envió a su Hijo al mundo para salvarnos.

Ante ese amor de Dios, nuestra respuesta debe ser: obedecer a Dios, entregarnos incondicionalmente en las manos de Dios, adherirnos a sus planes, valores y proyectos.

El mundo en el que vivimos se potencia más el egoísmo y la autosuficiencia que el amor y la entrega. Los hombres de nuestro tiempo viven, de forma general, pensando en sí mismos, en sus pequeños intereses personales y buscando la realización inmediata de sus sueños, deseos y prioridades.
Nosotros los creyentes, por nuestra parte, estamos invitados a vivir y a anunciar el estilo de Dios, que es el del amor y de la entrega de la vida hasta las últimas consecuencias.

El evangelio de san Lucas nos ha relatado el episodio de los discípulos de Emaús.  Dos discípulos de la primera comunidad cristiana, decepcionados y tristes por lo que ha ocurrido, recobran la alegría y la esperanza. 

Los discípulos de Emaús son la expresión de tantos cristianos de hoy y de siempre que están desilusionados, desengañados.  

Nos decepcionan los políticos y la sociedad, nos decepciona la familia, nos cansa el trabajo; ¡cuántas promesas que no han madurado en nuestras vidas, cuántos fracasos, cuántos planes que se han ido abajo, cuántas ilusiones perdidas!, y nos preguntamos para qué vivir.  ¿Qué sentido tiene todo? ¿Merece la pena luchar por un ideal?  ¿Es que en la vida no hay nada más que esta rutina de cada día?  Preguntas que de vez en cuando nos hacemos. 

En la historia de la fe de las personas y de los grupos, muchas veces chocamos con las dudas.  No nos explicamos muchas cosas. Quizás un día nos encontramos con Cristo en nuestra vida y eso significó para nosotros descubrir a alguien que era poderoso en obras y palabras y de quien esperábamos que nos resolviera todos o al menos algunos de nuestros problemas.  Y sin embargo, a veces hemos llegado a decir: “Si Dios existiera mi hijo no habría muerto”.  

Buscamos a Jesús muy ilusionados, llenos de entusiasmo.  Pero nuestra fragilidad hace que a veces nos decepcionemos y emprendamos el camino de vuelta, volvamos al lugar de donde habíamos salido, y termina nuestra búsqueda.

¿Cómo podemos experimentar los creyentes de hoy esa presencia de Jesús resucitado? El relato de Emaús nos da 3 pistas para saber descubrir la presencia real de Cristo resucitado en medio de nosotros: En la Palabra: El discípulo de Cristo debe desear escuchar la Palabra de Dios, esa palabra que va a guiar nuestra existencia, alimentar nuestra fe y eliminar las   indecisiones del corazón. En la Eucaristía: Jesús resucitado se encuentra en la Eucaristía.  Los dos de Emaús “contaron cómo lo habían reconocido al partir el pan”. La Eucaristía dominical es como el motor de nuestra fe para vivir con entusiasmo toda la semana. En la Comunidad: los dos decepcionados regresaron a la comunidad.  Cristo nos dice: “Cuando dos o más se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”.


Ésta ha de ser nuestra tarea. Nosotros, como los de Emaús, encontramos a Cristo, escuchamos su Palabra y partimos el pan. Después de recibir sus enseñanzas y su alimento, hemos de salir entusiasmados, tratando de dar testimonio de lo que hemos visto y oído. Son muchos los que esperan un poquito de nuestra luz.

martes, 30 de abril de 2019

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
Las lecturas de hoy nos piden que tengamos la fuerza y la valentía de comportarnos como lo hicieron los apóstoles, que sigamos a Cristo cumpliendo fielmente la misión que Dios nos ha encomendado.  Cada uno tiene una misión que cumplir.  Nos han dado una vocación.  Pero no podremos desempeñarla sin la ayuda del Señor. 
 
La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.
 
El mensaje del Señor es un mensaje liberador, que no hace pactos con esquemas egoístas, injustos y opresores.  El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.
 
Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.
 
Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.
 
Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.
 
Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo.  ¿Para vosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?
 
La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.
 
Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.
 
El Evangelio de san Juan nos presenta a Pedro y a los apóstoles volviendo a su vida diaria de pescadores, pues piensan que Jesús ha muerto y todo ha terminado en un fracaso.  Y Jesús resucitado se les hace presente.
 
El Evangelio de hoy nos describe una realidad que se parece a la nuestra.  Pedro va a pescar y no pesca nada.  Hoy, nosotros también echamos las redes y no pescamos nada.  Ni acercamos a los que no conocen a Cristo, ni atraemos a los que se han alejado de la Iglesia.
 
En nuestras Iglesia cada vez somos menos, hay más bancas vacías, sobre todo de adolescentes y jóvenes.  Las causas son muchas.  Seguimos echando las redes, pero casi nadie cae en ellas.  Muchos papás y abuelos se sienten tristes de no haber podido transmitir la fe a sus hijos.  Muchos catequistas se preguntan, a veces, para qué sirve tanto esfuerzo y tantas energías gastadas en la catequesis.  Y muchos pueden sentirse cansados y decepcionados de tanto echar las redes y no conseguir nada.  Estamos en la noche de la fe.
 
Pero el Señor está ahí, en la orilla, sigue estando aquí también.  Y una vez más el Señor nos dice: “¡Animo, volved a echar las redes!”  Pero echemos las redes no fiándonos de nuestras capacidades sino del Señor.  Gracias a nuestro pequeño esfuerzo, el Señor está realizando su pesca, aunque de momento no veamos el resultado.
 
Los discípulos consiguieron aquél día una gran pesca, porque se fiaron del Señor. Nosotros estamos llamados también a fiarnos de Él, a seguir echando las redes, con los hijos, con los nietos, con todas las personas que nos rodean,  insistiéndoles para que no dejen la iglesia, hablándoles de la bondad de Dios, de lo bueno que es para vivir con plenitud, tener fe y confianza en Él. Manifestando sobre todo con nuestra vida, que realmente creemos.
 
Que esta eucaristía nos ayude a tomarnos en serio nuestra vida cristiana, y que el Señor tenga a bien manifestarse en nuestro corazón para darnos ánimo y alegría.