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lunes, 23 de noviembre de 2020

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

Hoy estamos comenzando un nuevo año litúrgico.  Comenzamos el tiempo de Adviento.  Adviento significa “el que viene”, o “el que ha de venir”, y con esto la Liturgia nos quiere ayudar para prepararnos a recibir al que “ha de venir”, es decir a Cristo. 

El tiempo de Adviento tiene un doble significado: es tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida de Dios a los hombres, y a la vez es un tiempo de prepararnos hacia la llegada de la segunda venida de Cristo, al fin de los tiempos. Por este doble motivo, el tiempo de Adviento aparece como un tiempo de devota y gozosa espera. 

La 1ª lectura del profeta Isaías, es un clamor, un grito, una sentida oración que nace de lo más profundo del corazón: ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!
En tu presencia se estremecerían las montañas.
 El pueblo de Israel se sentía huérfano y perdido y clama a Dios como padre, por un Salvador.

Quizás, en más de una ocasión nos hemos preguntado: ¿por qué permite Dios que nos desviemos de sus caminos? ¿Por qué permite Dios tanta injusticia? ¿Por qué no arregla Dios este mundo de una vez para siempre? 

La respuesta a estas preguntas es que muchas personas prescinden de Dios en sus vidas y no viven los mandamientos. 

Como cristianos hemos de reconocer que sólo Dios puede salvar y redimir a este mundo.  Nosotros, por nosotros mismos, somos incapaces de superar la indiferencia, el egoísmo, la violencia, la mentira, la injusticia que tantas veces están presentes en nuestra vida. Cuando uno contempla los males del mundo: hambre, guerra, violencia, injusticia, terrorismo, etc., y comprobamos la impotencia de la humanidad para salir de esta situación, nos damos cuenta que esto ocurre porque nos olvidamos de Dios, el mundo se olvida de Dios y hemos de tomar conciencia de que Dios es nuestro Padre y nuestro Salvador y Él está siempre dispuesto a ofrecernos, gratuita e incondicionalmente, la salvación.  ¿Estamos dispuestos en este Adviento que estamos comenzando a acoger a Dios en nuestra vida? 

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios, nos recuerda que Dios nos ha llenado de dones, nos ha comunicado su Espíritu. 

A través de los dones que Dios nos da, Dios viene a nuestro encuentro y nos manifiesta su amor.  Y a pesar de esos dones que Dios nos da nos cansamos, nos fatigamos y corremos el peligro de abandonarlo todo. Por eso, debemos reavivar la esperanza.  No hay por qué desanimarse.  Los dones que Dios nos da son para que seamos fieles a Él y seamos felices.  Por ello hemos de estar vigilantes y preparados para acoger a Dios que viene a nuestro encuentro y nos muestra su amor a través de sus dones que nos da y hay que estar vigilantes para que esos dones no sean utilizados para fines egoístas. 

El Evangelio de san Marco, nos invita a esperar en el Señor. Pero esperar y confiar en Dios, no significa descuido y no hacer nada.  No nos olvidemos que el tiempo y sobre todo nuestro tiempo se acaba. 

La tarea que tenemos entre manos, que Dios nos ha encomendado es inmensa y no podemos echarnos para atrás y encomendársela a otros.  Cada uno de nosotros, como cristianos, nos hemos comprometido a seguir a Jesús, nos hemos responsabilizado de construir, junto con Jesús, un mundo más justo y más fraterno.  Dios ha creado este mundo con todo lo bello y bueno que hay para que nosotros, responsablemente lo gobernemos y lo cuidemos. 

Por eso, Dios quiere que seamos una humanidad de verdaderos hermanos, porque Dios nos quiere a todos como hijos y espera que nos encontremos con Él al final de los tiempos. 

Mientras llega ese final de los tiempos, el evangelio de hoy nos invitaba a estar vigilantes.  A estar siempre preparados.  No podemos jugar con Dios y dejar de lado lo que debemos hacer hoy para mañana.  No podemos esperar a que la tarea que Dios nos ha encomendado, la realicen otros.  A todos nos toca trabajar y estar vigilantes.  La venida del Señor será cuando menos lo pensemos y Él quiere encontrarnos dispuestos para abrirnos la puerta y entrar con Él al Reino de los Cielos. 

Por eso el Adviento, más que un tiempo limitado a estas cuatro semanas, ha de ser una actitud permanente, para vivir siempre comprometidos con Dios, con los hermanos en la construcción de un mundo mejor.  Todos podemos responder a la llamada de Dios: aliviando sufrimientos, tratando de hacer felices a los demás, cada uno según sus posibilidades, pero todos tenemos capacidad para ayudar. 

No olvidemos de pensar en estos días cómo llevar a cabo nuestro compromiso con Dios.  Compromiso que puede empezar por nuestra familia, nuestros amigos, nuestro trabajo.  No olvidemos que allí donde haya alguien que trabaje por la paz, por la justicia, por ayudar a quienes sufren allí está presente, allí nace Jesús, no le demos la espalda. 

Por eso la mejor actitud que podemos tener para este Adviento es vigilar: ¡Velemos porque nos sabemos ni el día ni la hora! 

Vigilar porque estamos malgastado nuestra vida, nuestra realización como personas.  Hay que despertar de nuestra indiferencia e involucrarnos en la promoción del ser humano.  Que este Adviento sea tiempo de esperanza, hagámosla realidad con Jesús nuestro hermano.

lunes, 13 de abril de 2020

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección de Jesús.   A este domingo se le llama el domingo “de la Divina Misericordia”.  Se le llama así porque en el evangelio de hoy Jesús da a su Iglesia el poder de perdonar los pecados, manifestando así la misericordia de Dios para con nosotros.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos ha contado cómo vivían los primeros cristianos: éstos acudían asiduamente a escuchar las enseñanzas de los apóstoles, lo tenían todo en común, y se reunían para orar en común y celebrar la Eucaristía.

Los primeros cristianos acudían a aprender cada día más sobre Jesucristo, ellos que se habían convertido a Cristo querían saber sobre todo lo que se refería a la muerte y resurrección de Jesús, querían saber quién es Jesús, qué hizo, a qué vino.  ¿Qué hacemos nosotros para escuchar las enseñanzas de los apóstoles?  ¿Enviamos a los niños a la catequesis? ¿Acudimos a los diferentes grupos de formación y evangelización que existen en la parroquia?  Hoy nos quieren imponer una manera de ser y de pensar, que muchas veces no tiene nada que ver con la enseñanza de la Iglesia, por ello debemos esforzarnos por conocer más a fondo la enseñanza de la Iglesia.

Más tarde esa comunidad cristiana descubre que Cristo es el que da sentido a sus vidas y por eso ellos, ven que su vida tiene que cambiar y por eso lo tenían en común todo, y tenerlo todo en común no era solo que tuvieran la misma fe, sino hasta los bienes materiales.  Nosotros, ¿ayudamos a los necesitados de nuestra comunidad? ¿Colaboramos con las ayudas mensuales de nuestra parroquia?

Los primeros cristianos oraban al Señor con una oración de reconocimiento de que Cristo era el centro de sus vidas, y porque así lo sentían y así lo vivían, podían celebrar la Eucaristía, signo de que vivían como una auténtica comunidad, y por medio de la cual hacían a Cristo presente en medio de ellos.  ¿Cómo oramos nosotros? ¿Cómo celebramos la Eucaristía? Los cristianos tenemos que conocernos mutuamente como cristianos y tenemos necesidad de encontrarnos para confortarnos y animarnos en la fe.

Hemos de preguntarnos hoy cómo es nuestra comunidad parroquial, si de verdad somos una comunidad de hermanos que vivimos en el amor, o somos un grupo de personas aisladas, en el que cada uno defiende sus propios intereses, aunque esto suponga ofender al resto de los hermanos.

La 2ª lectura, de la 1ª carta de san Pedro, nos invita a vivir la vida con esperanza a pesar de los sufrimientos.  El sufrimiento nos puede ayudar a madurar como personas, a dejar atrás el orgullo y la autosuficiencia, a confiar más en Dios, por eso estamos invitados a vivir la vida con esperanza y a poner nuestros ojos en la salvación que Dios nos ofrece, para ello hay que confiar mucho más en Dios y en su amor.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la figura del Tomás, el discípulo que pide pruebas para creer en Jesús resucitado.

La incredulidad de Tomás viene de que una persona separada de la comunidad no puede vivir su fe, no puede creer en Jesús.  Cuántas personas creen que pueden vivir su fe por libe, sin tener una relación con la comunidad, con la Iglesia; sin estar injertado en la comunidad no hay una fe comprometida.

Tomás después de la muerte de Jesús, ha dejado la comunidad.  Tomás se regresa a su casa, sólo y desanimado. Como Tomás, también muchos han dejado el grupo, la Iglesia, el apostolado.  Algunos se han ido, quizás decepcionados porque no encontraron alivio a sus problemas, o no encontraron un sentido para sus vidas; otros se han alejado simplemente por comodidad, porque no quisieron compromisos.  Estas personas han vuelto de nuevo a la soledad, a encerrarse en sus casas, en su trabajo, incapaces de compartir con otros lo que somos.

Esta personas también han visto al Señor, pero necesitan hacer un esfuerzo por volver de nuevo a la Iglesia, al grupo, al apostolado, porque es aquí, en la Iglesia, en la comunidad, donde Cristo nos va a mostrar sus heridas, las heridas producidas por los creyentes que no son coherentes con su fe, las heridas producidas por la insolidaridad del mundo, las heridas producidas por las injusticias.

Sin formar parte de la Iglesia, sin Jesús, estaremos secos y estériles, incapaces de encontrar la vida en plenitud; sin Jesús seremos un rebaño asustado, incapaz de enfrentarnos al mundo, sin Jesús estaremos divididos, en conflictos y no seremos comunidad de hermanos.  Sin Iglesia, sin comunidad no se puede vivir la fe.

martes, 31 de marzo de 2020

Domingo de Ramos (Ciclo A)


Con el domingo de Ramos comienza la “semana mayor” de todo el año: la Semana Santa. Para mucha gente son unos simples días de vacaciones. Para los cristianos es el momento de celebrar los misterios centrales de nuestra fe: Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.  Para estos misterios de nuestra salvación, nos hemos ido preparando durante el tiempo de Cuaresma.
Jesús, hoy, entra solemnemente en Jerusalén, que es el centro religioso y político de Israel.  Para entrar a Jerusalén, Jesús escogió el momento más importante, que era la celebración de la Pascua judía. 
Jesús entró a Jerusalén como Mesías –Rey montado en un burrito.  A medida que Jesús recorría en su modesto burrito las estrechas calles de la ciudad, la gente lo fue reconociendo y comenzó a extender sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calle. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
El día que Jesús entró en Jerusalén, las multitudes, al reconocerlo, lo acogieron como si fuera una estrella musical: las multitudes se agolparon, gritaron, se atropellaron; seguramente hubo algunas personas desmayadas…
Sin embargo, el Viernes Santo constatamos, con dolor, que muchos de los que lo habían proclamado como el Mesías–Rey gritaron: “¡crucifícalo, crucifícalo!”
Los seres humanos somos volubles, pasamos bruscamente del amor al odio. Esta inestabilidad se hace mucho más fuerte cuando los individuos entramos a formar parte de una multitud; allí nos masificamos, renunciamos a nuestra autonomía, nos dejamos manipular. Jesús fue una víctima más del humor cambiante de las multitudes.
En la proclamación de la Pasión de San Mateo hemos escuchado, paso a paso, la entrega de Jesús, el beso de la traición, la negación de Pedro, las burlas y las aclamaciones irónicas de los soldados: “¡Viva el rey de los Judíos!”, los gritos de “¡Crucifícalo!”, hasta la última exclamación en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, para que Jesús dando un fuerte grito, expire. 
Es la dolorosa realidad que cada día se hace presente en nuestras vidas. Por una parte se exalta al hombre, se le alaba y por otra se le desprecia, se le tortura y se le aniquila. Escuchamos la proclamación de los derechos humanos, la exaltación al respeto y a la igualdad de la mujer, se defiende apasionadamente a los niños y a los pobres, y los telediarios dan cuenta de abusos, de drogas, de violaciones, de secuestros y de la trata de personas. Es la pasión de Jesús vivida cada día en la persona de cada hombre y cada mujer.
Aquello que sucedió en aquel día, lo que pasó en esa semana, no es historia del pasado, se trata de una especie de profecía anticipada de todo lo que ocurre siempre en el mundo y en nuestra historia.
Hoy seguimos encontrando personas que son víctimas de la injusticia, de la soledad, de la traición, de la indiferencia, de la ausencia de amor. Y siempre los actores serán los mismos, quizás con alguna pequeña diferencia, el Herodes que condena, Pilato lavándose las manos, el Pedro que niega al amigo por temor al compromiso, la huida, el beso de la traición… la muchedumbre que igual en un momento alaba y exalta y en otro, se burla, condena e insulta.
Domingo de Ramos, Semana Santa… es la historia de Cristo encarnada en la humanidad, con la posibilidad de que nosotros cambiemos las situaciones y nos unamos a Jesús, Hijo de David, en su misión de paz y de amor.
La semana santa debe vivirse en este clima del gran amor de Jesús, pero al mismo tiempo debe vivirse como un fuerte reclamo ante las agresiones a la dignidad del hombre. No podemos vivir una semana santa sin compromisos, sin atención al hermano.
Quiero exhortaros para que estos días santos sean en verdad santos, dedicados a la vida de familia y al fomento de la espiritualidad que tanta falta nos hace. Participemos activamente en las ceremonias litúrgicas de esta Semana.
Cada cosa tiene su tiempo en la vida. Y la Semana Santa es tiempo de encuentro con nosotros mismos, con nuestra familia y con ese Dios que tanto nos ama. La fiesta tiene otro momento.


martes, 24 de marzo de 2020

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)

Iniciamos con este quinto domingo de Cuaresma la preparación final para la celebración de la Semana Santa.  La liturgia de hoy gira en torno a la última de las catequesis bautismales que nos ha ido presentando el evangelista San Juan.  Este domingo vemos como Cristo es la vida.

En la 1ª lectura, del profeta Ezequiel, Dios ofrece a su pueblo exiliado, desesperado y sin futuro una vida nueva. 

En nuestra vida personal, muchas veces pasamos por situaciones de desesperanza, en las que parece que nada tiene sentido y nos sentimos vacío, y nos sumergimos en una situación en la que parece que no hay salida.

La Palabra de Dios nos garantiza: no estamos perdidos y abandonados a nuestra suerte y a la muerte.  Dios camina a nuestro lado; Dios está sacando vida de la muerte, dándonos fuerzas para salir de estas situaciones y avanzar al encuentro de la vida plena.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que estar en pecado es permanecer en la muerte y estar en gracia de Dios es gozar de la vida.

Desde el día que fuimos bautizados nos convertimos en Hijos de Dios.  Nosotros como hijos de Dios no podemos dejarnos dominar por las cosas de este mundo, por las cosas pasajeras. Nosotros estamos llamados a dar testimonio de una vida nueva, una vida mejor que la que nos ofrece el mundo y para ello tenemos que dejarnos guiar por Cristo y no por lo criterios o modas de este mundo. Por eso no podemos continuar dominados por el pecado sino que hemos de vivir como lo que somos: hijos de Dios y con nuestras buenas obras, dar testimonio de nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos ofrece la tercera y última catequesis bautismal que recibían los catecúmenos que iban a recibir el bautismo la Vigilia Pascual: la resurrección de Lázaro.

El evangelio de hoy nos sitúa ante una lucha esperanzadora por la vida y ante una fe que es capaz de esperar la resurrección de quien ya tiene 4 días muerto.  Las dos hermanas de Lázaro le mandan decir a Jesús: “Señor, el que tú amas está enfermo”.  Nuestro país también hoy está enfermo.  Todos los males que estamos sufriendo, toda la violencia que estamos padeciendo, la degradación que estamos viviendo sólo la podemos entender porque hemos expulsado a Dios de nuestras familias, de nuestras calles, de nuestros negocios. 

Queremos recluir a Dios a la sacristía, o algún evento social o para alguna fiesta folclórica.  Por ello hoy nosotros también podemos decir: “Señor, éste país está enfermo”.  Pero a la vez que debemos aceptar que estamos enfermos, hay también que aceptar la curación y las prescripciones que nos pueden llevar a la salvación.

Mucho se ha hablado de los muertos que se acumulan día tras día en los ámbitos del narcotráfico. Se han mencionado también las personas inocentes que como daños colaterales han perecido. Se ha hablado mucho de las incontables extorsiones, de los secuestros y de las drogas que proliferan por dondequiera, pero se ha tomado menos en cuenta la corrupción que a diario invade todos los ámbitos de nuestra vida, que ha penetrado en las familias, en las instituciones y en las estructuras que rigen nuestro país. Es una corrupción y hedor penetrante al que parece que nos hemos acostumbrado y del que solamente en ocasiones excepcionales somos conscientes.

Hemos alejado a Dios de nuestras vidas y hemos optado por otros valores: el placer, el dinero, la ambición, el poder. Pero cuando descubrimos que se han metido como una grave enfermedad en todo el cuerpo, nos asustamos y quisiéramos echar marcha atrás pero sin dejar de vivir en corrupción. El llanto de María y sus desesperación bien pudiera representar el llanto de tantas madres y hermanas que lloran por el ser asesinado o desaparecido, por el hijo o la hija sumida en las drogas, por quien ha perdido el camino. Pero ese mismo llanto podría también hacernos vislumbrar un rayo de esperanza: junto a nosotros, en la misma lucha, con mucho mayor amor y con mucho más poder, camina Jesús. Para Él Lázaro es el amigo a quien tanto ama; para Él todos los que sufren y están atormentados son también su “amigo amado”.

Jesús hoy nos ordena quitar la losa que tapa la vida y que confina a la oscuridad.  Quizás también nosotros estemos tentados a decirle y a expresar nuestro pesimismo porque sentimos que ya nada puede hacerse, que no encontramos salidas. Que nuestro país huele a corrupción, huele a miedo, a muerte y droga, que nuestras familias no perciben el aroma de la armonía y del cariño, que todo, todo huele mal. Pero cuando todo huele mal, Jesús está ahí cerca y nos dice: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”.

También a nosotros nos dice Jesús: “Sal de ahí”. Podremos salir de la muerte y corrupción no basados en nuestras propias fuerzas, sino basados en su amor. Confiados en su palabra asumimos el compromiso de desatar, de quitar losas, de acrecentar la fe. “Desatadlo, para que pueda andar”. Es la tarea que debemos asumir todos. La fe es el motor que nos moverá para, desde nuestra fe, comprometernos a crear un país mejor. Hay que desatar tantas cadenas de injusticia, hay que quitar tantas losas que oprimen, pero sobre todo necesitamos experimentar una fe viva en Cristo que es “la resurrección y la vida”.

martes, 17 de marzo de 2020

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


El Cuarto Domingo de Cuaresma, es conocido con el nombre de Domingo Laetare, ya que las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son “Laetare Jerusalén” que quiere decir en castellano, “Alégrate, Jerusalén”.  Pero es también el domingo de la Luz. Cristo nos permite ver. Cura nuestra ceguera y nos muestra la belleza del mundo que nos rodea.

La 1ª lectura, del primer libro de Samuel, nos ha narrado la elección de David como rey de Israel.  David era el más pequeño y el último de los hijos de Jesé.  Nadie hubiera pensado en él para ser rey.  Pero la mirada de Dios no es como la mirada del hombre: pues el hombre ve las apariencias y Dios ve el corazón.

Hoy día seguimos haciendo lo mismo: valoramos a los fuertes, a los poderosos o envidiamos a los ricos queriendo ser como ellos. Nos fijamos en las apariencias. Pero Dios sigue mirando el corazón.

Cuántas veces se ha servido Dios a lo largo de la historia de la salvación de aquellos que no cuentan, de los más pequeños, de los que son el blanco de los celos y las envidias de todos.

Muchas veces somos muy dados a criticar y descalificar a los demás, a sacar conclusiones equivocadas sobre los demás, porque nosotros sólo vemos las apariencias y a veces las apariencias pueden traicionarnos, porque las cosas no son siempre como parecen. 

Cuando nosotros somos el blanco de las críticas y las descalificaciones, nos debe consolar saber que Dios conoce la verdad, la verdadera intención de nuestros actos porque Dios es el único que conoce nuestro corazón.  Y estemos seguros que Dios es mucho más compasivo y comprensivo que aquellos que nos juzgan.

Es necesario aprender de Dios y aprender a mirar, más allá de las apariencias, de la ropa que la persona viste, de la profesión que ejerce; es necesario aprender a ver el corazón y a descubrir la riqueza que se esconde detrás de aquellos que parecen que no piensan o actúan según nuestros criterios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios nos dice que gracias al bautismo hemos pasado de la oscuridad a la luz, y por lo tanto tenemos que vivir y dar testimonio de la luz practicando la bondad, la justicia y la verdad.

Si somos hijos de la luz, tratemos de actuar y de hacer siempre la cosas bien; caminemos en la Verdad unidos a Cristo, de tal forma que toda nuestra vida sea una manifestación del amor de Dios, de su perdón, de su misericordia para todos aquellos con los que nos encontremos en la vida.

Si somos hijos de la luz, no juzguemos a nadie, pero no nos quedemos mudos ante el pecado; si denunciamos a los pecadores, si los ponemos al descubierto no es con el afán de sólo denunciar, sino también de anunciar una vida nueva, y de proponerles a Cristo como camino de salvación para todos, sin importar lo que hayan hecho anteriormente.

Luz y tinieblas son dos maneras de vivir, pero para nosotros los cristianos sólo hay una: vivir como hijos de la luz, es decir, dejarnos iluminar por Cristo.

En el Evangelio de San Juan, Jesús se presenta como “la luz del mundo”; su misión es liberar a los hombres de las tinieblas del pecado.

Los seres humanos estamos hechos para ver la luz, para vivir en la verdad. Nos da miedo caminar en tinieblas. Hay una ceguera más triste que la privación de la vista, es la ceguera del espíritu, el no ver la verdad, no quererla ver.

Ciegos somos nosotros creyentes, cuando nos alejamos de Jesús, de su palabra.

Vivir en la oscuridad de la mentira es una de las cosas más normales en nuestra actual convivencia social. El mentir se acepta como algo necesario en el mundo político, en la información de los medios de comunicación, en nuestras relaciones con los demás. Parece que nos hemos convencido de que tenemos que mentir, que sin mentir no funciona nada en este mundo.

Jesús hoy nos propone vivir en la luz de la verdad.  Aquellas personas que se oponen a las propuestas de Jesús son los que están instalados en la mentira y la luz de Jesús los incomoda; son los que tienen miedo de enfrentarse a las críticas, que se dejan manipular por la opinión dominante, y que, por miedo, prefieren continuar esclavos antes que ser hombres libres; son aquellos que, a pesar de darse cuenta de las ventajas de la “luz”, prefieren la comodidad de una vida de ceguera, de una vida de esclavos.

La Palabra de Dios nos invita, en este tiempo de Cuaresma, a un proceso de renovación que nos lleve a dejar todo lo que nos esclaviza, nos oprime, en el fondo, todo lo que impide que brille en nosotros la “luz” de Dios y que impide nuestra plena realización.

Seamos luz para iluminar las “tinieblas” del mundo que generan sufrimiento, injusticias y mentiras.  Seamos luz, en medio de tantas tinieblas.

martes, 10 de marzo de 2020

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)

Todos hemos experimentado, a lo largo de nuestra vida, diferentes tipos de necesidades.  Tenemos la necesidad de ser amados, de amar, de tener cosas, la necesidad de descansar.  La Palabra de Dios, en este tercer domingo de Cuaresma, nos va a iluminar sobre cuáles de estas necesidades son fundamentales para nuestra vida.

La 1ª lectura, del libro del Éxodo, terminaba diciendo: “¿Está el Señor entre nosotros o no?”.  Quizás alguna vez nos hemos hecho esta pregunta.  Quizá nos la hemos hecho ante un momento de desengaño, o de soledad, o ante una desgracia.  La respuesta es sí: Dios está con nosotros, está a favor nuestro, nunca nos deja.

Todos nosotros, todos los días tenemos la experiencia de un Dios que nos libera y nos salva, que está presente a nuestro lado, que nos tiende la mano.  Sin embargo en nuestra vida, hay momentos que nos hacen dudar de la bondad de Dios, de su amor, de su proyecto para salvarnos.  Sin embargo la Palabra de Dios nos dice que Dios nunca abandona a nadie.  Él está a nuestro lado, en cada paso que damos, para ofrecernos gratuitamente y con amor el agua que calma nuestra sed de vida y de felicidad.

La 1ª lectura nos muestra que habían sido los israelitas los que habían abandonado a Dios, desesperados porque no tenían agua.  Nosotros también muchas veces somos egoístas, cómodos, que nos pasamos la vida lamentándonos y acusando a Dios y a los otros de las dificultades que la vida nos trae.  Y las dificultades no son un castigo; son, muchas veces, parte de la pedagogía de Dios para fortalecernos, para renovarnos, para madurarnos, para que seamos menos orgullosos y autosuficientes.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos dice que Dios siempre nos acompaña a pesar de nuestros pecados y de nuestras infidelidades.  Dios siempre nos ofrece de forma gratuita e incondicional su salvación.

No podemos permanecer indiferentes ante Dios y su amor.  Hoy hay personas que se preocupan más de los resultados de la liga de futbol y de las votaciones de los diferentes concursos que hay en televisión que de Dios y de su amor.  Por ello, ya es tiempo de que nos preocupemos de descubrir al Dios que nos ama, al Dios que quiere nuestra felicidad plena y de que aceptemos el camino que Él nos propone para alcanzar el cielo.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado el episodio de la samaritana.

La mayoría de las personas le temen y huyen a la soledad, a la tristeza, a una vida vacía, al sufrimiento y al dolor.  Todos deseamos ser felices.  Diariamente, incluso sin ser conscientes de ello, buscamos la felicidad y la buscamos dónde sea y como sea.  Probamos lo que sea con tal de apagar nuestra sed de felicidad.

La samaritana que va al pozo a buscar agua, representa lo que nosotros diariamente hacemos en nuestra vida: buscamos continuamente un agua que apague una sed profunda, nuestra sed de felicidad.

Pero una cosa es saciar esa sed definitivamente y otra calmar nuestra sed momentáneamente.  Muchos creen que van a resolver su sed de felicidad como la samaritana: “llenando” su vida, su vacío interior, su deseo de ser felices, con la compañía de un hombre o de una mujer, o buscando seguridad en la vida, o buscando afecto en ciertas relaciones personales.  Hay tantas personas que si no encuentran agua en un “pozo” y fracasan, buscan saciar su sed en otro “pozo”.  Así andan de pozo en pozo, sin saber cómo resolver verdaderamente esa sed de felicidad.

Estas personas que buscan la felicidad por caminos equivocados lo único que hacen es vivir llenando vacíos y “tapando huecos” de día en día, buscando llenar ese vacío de felicidad con experiencias que lejos de apagar la sed lo que hacen es aumentar cada día más su falta de felicidad.

¿Cómo podemos saciar definitivamente nuestra sed de felicidad?  Cristo, en el evangelio de hoy, nos invita a acudir a Él.  El Señor no sólo tiene la respuesta: ¡Él es la Respuesta! Jesús nos dice: “el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás”

La sed de felicidad que todo ser humano experimenta, es en realidad una sed de Dios y por lo tanto, no podrá ser saciada sino solamente en Dios.

Que Cristo sea la fuente de nuestra felicidad no significa que renunciemos a las fuentes de alegría que Dios lícitamente ha querido que disfrutemos en nuestra vida.  Pero tampoco se trata de quedarnos en ellas, o de agarrarnos a ellas cuando Dios nos pide dar un paso más. 

Hoy Jesús nos invita a volver a Dios.  Él es la fuente de donde nos vienen tantas alegrías, por eso debemos darle gracias y buscar en Él esa agua viva que apague definitivamente, por toda la eternidad, nuestra sed de felicidad.

martes, 3 de marzo de 2020

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y la Palabra de Dios nos dice cuál debe ser el verdadero camino que el cristiano debe seguir.  El camino que tenemos que seguir es escuchar atentamente a Dios y llevar a cabo sus proyectos y hacer realidad los planes de Dios en nuestro mundo.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta la figura de Abraham.  Abraham es el hombre de fe, que vive en una constante escucha de Dios, que sabe leer sus señales, que acepta las llamadas de Dios y que responde a ellas con una obediencia total y con una entrega confiada en Dios.

La figura de Abraham es una llamada de atención muy fuerte para nosotros que no tenemos tiempo para buscar a Dios, ni para darnos cuenta de las señales que Él nos envía porque estamos muy ocupados en ganar dinero o en nuestros proyectos personales.

Abraham es también el hombre de la confianza en Dios.  Dios le pide que salga de su tierra y de su casa para ir a otra tierra.  Cuando nosotros escuchamos algo así, lo primero que pedimos es garantías.  Garantías para hacer el viaje, garantías de qué vamos a encontrar al otro lado, garantías de que va a mejorar nuestra situación, garantías en definitiva de que merece la pena dejar atrás aquello que en estos momentos nos da seguridad.

Abraham no pide garantías a Dios, él confió en la Palabra de Dios, por ello la fe de Abraham es puesta como ejemplo y modelo para los creyentes.

Nosotros como Abraham avanzamos muchas veces a través de lo desconocido, y debemos conducirnos únicamente por la fe y la confianza en Dios.  Nuestra vida es incierta en muchos momentos. Los planes de Dios nos desconciertan a menudo; parece que a los malvados les va mejor que a los que intentamos ser honestos; somos blancos de las envidias, de las iras, de las injusticias de nuestros enemigos; muchas veces nos vemos acosados y nos sentimos acorralados. Sólo la fe y la confianza en Dios nos ayudan a avanzar. Por muy duras que nos parezca las cosas que Dios nos pide hay que tener confianza en Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recuerda que no debemos acobardarnos, porque Jesús camina con nosotros y Él venció a la misma muerte.

Nosotros, debemos aceptar la misión que el Señor nos ha encomendado, tenemos que dar testimonio de su Evangelio, aunque esto conlleve dificultades en muchas ocasiones.  Es cierto que el mundo de hoy vive muy al margen de Dios, pero las dificultades que nos encontremos a la hora de evangelizar nuestro mundo no pueden ser una excusa para que nosotros abandonemos nuestra misión y nuestra responsabilidad de cristianizar nuestro mundo. 

Hay que esforzarse por cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado, a pesar de las dificultades que podamos encontrar.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la Transfiguración del Señor.  Jesús se revela como “el Hijo amado de Dios”.

Hay muchas ocasiones en la vida en que por diversas circunstancias estamos deprimidos, tristes, con pocas ganas de hacer nada ni de ver a nadie.  Quizás por problemas familiares, laborales, problemas con los hijos, etc., hacen que nos encontremos así.  Pasan los años, aparecen las enfermedades y vamos viendo cómo la vida se nos escapa de las manos.  A veces, hay pocos días buenos o de felicidad.  Nuestra vida transcurre de una manera monótona.  Queremos ser cristianos pero nos da pereza el compromiso.  Y levantamos los ojos al cielo, buscamos una respuesta, nuestro corazón desea paz y felicidad y nos preguntamos: ¿Dónde encontraremos descanso?, ¿Quién nos traerá un poco de consuelo?

Jesús también pasó por momentos difíciles.  Y además sus discípulos no terminaban de entenderlo.  Y Jesús se retira con sus discípulos a la soledad de un monte, para reflexionar, para poner ante Dios su vida, para descubrir cuál es la voluntad de Dios Padre.

Como Jesús, nosotros también somos invitados a buscar esos momentos de soledad y silencio para descubrir la voluntad de Dios.  Buscar a Dios para escuchar la voz de su Hijo.  Buscar a Dios en la oración para poner ante Él nuestra vida, con todas sus grandezas y sus miserias.

Y pedir a Dios su luz, la luz que ilumine y transfigure nuestra vida, para que nuestra luz ilumine y transfigure también a otros.

Por eso, hoy, Dios Padre también nos dice a nosotros: “escuchad a mi Hijo”. 

Escuchar nos resulta más difícil que hablar.  Y sin embargo, es más provechoso escuchar que hablar.  Convivimos sin escuchar, sin valorar lo que los otros nos quieren decir.  Merecen la pena que hagamos el esfuerzo de hacer silencio y escuchar los mensajes que Dios nos envía.

No nos desanimemos en nuestro seguimiento de Jesús.  La Transfiguración es una invitación a no desanimarnos, porque si escuchamos a Dios en nuestra vida, nuestra vida no será nunca un fracaso, sino que un día alcanzaremos la resurrección, la vida definitiva, la felicidad sin fin.

Que esta Cuaresma encontremos momentos para hacer oración y poder así escuchar la voz de Dios.

miércoles, 26 de febrero de 2020


I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


 

El tiempo de Cuaresma que iniciamos es una invitación a revisar cómo va nuestra vida cristiana.  Es una invitación de Dios que nos dice que aún tenemos posibilidad de avanzar más y mejor por nuestro camino de cada día, para vivir más abiertos a Dios Padre, más cercano a Jesús, más confiados al Espíritu Santo.

 
La 1ª lectura del Génesis, nos dice que Dios creó al hombre para ser feliz y para vivir eternamente.  El destino del hombre no es el dolor, el pecado o la muerte.  El hombre fue creado para el Paraíso.  Y el Paraíso es el encuentro feliz del hombre consigo mismo, con el mundo y con Dios.

 
Ahora bien, siempre que prescindimos de Dios y nos encerramos en nosotros mismos, creamos situaciones de egoísmo, de orgullo y de prepotencia y construimos caminos de sufrimiento y de muerte.
 

Dios nos ha creado para la felicidad y Dios tiene un proyecto tanto para el mundo como para nosotros para que seamos felices.  Pero Dios no impone nada y respeta siempre, de forma absoluta, nuestra libertad; sin embargo, nos muestra diariamente el camino hacia esa felicidad que soñó para nosotros.

 
Dios nos ha creado por amor, el fin de nuestra existencia no es el fracaso, la disolución en la nada, sino la felicidad sin fin, la comunión plena con Dios.  Sin embargo constatamos que hay mal en el mundo, pero ese mal es el resultado de nuestras decisiones equivocadas, de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo y autosuficiencia.  Cuando el hombre escoge vivir orgullosamente sólo, ignorando las propuestas de Dios y prescindiendo del amor, construye situaciones de egoísmo, de injusticia, de prepotencia, de sufrimiento, de pecado.  ¿Cuáles son los caminos que yo elijo? El camino de Dios es de felicidad, pero cuando elijo mi camino prescindiendo de Dios esa felicidad no se hace realidad en mi vida.

 
La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos propone dos ejemplos: Adán y Jesús.  Adán representa al hombre que ignora las propuestas de Dios y toma decisiones sin contar con Dios; Jesús es el hombre que vive obedeciendo a Dios.  La forma de actuar de Adán genera egoísmo, sufrimiento y muerte; la manera de actuar Jesús crea vida plena y definitiva.

 
Algunos acontecimientos que marcan la historia de nuestro tiempo confirman que una historia construida al margen de Dios es una historia marcada por el egoísmo, por la injusticia, por la prepotencia y, por tanto, es una historia de sufrimiento y de muerte. Cuando el hombre deja de escuchar a Dios, da fácilmente oídos al lucro fácil, destruye la naturaleza, explota a los otros hombres, se vuelve injusto y prepotente, sacrifica en provecho propio la vida de sus hermanos.  Todo aquello que hagamos basado en el pecado y el mal no puede traernos, a la larga, nada bueno a nuestra vida.
 

El evangelio de San Mateo, nos presentaba las tentaciones de Jesús.

 
Jesús fue probado con tres tentaciones: la primera que convirtiera las piedras en pan.   Se le propone a Jesús que ponga sus poderes de hijo de Dios al servicio de su egoísmo, que se olvide del hambre de muchas personas y que se olvide de que el hambre se acabará cuando el pan se comparta, cuando los hombres vivan la solidaridad.

 
La segunda tentación es que se tire de lo más alto del Templo para que los ángeles lo recojan.  Es la tentación de querer manejar a Dios poniéndolo a prueba, jugando con Él, sometiéndolo a nuestros caprichos para que haga milagritos espectaculares como si se tratara de un mago.

 
La tercera tentación es ofrecerle al Señor riqueza, poder dominio sobre la gente y los pueblo para que abandone su misión. Se le propone a Jesús que escoja el triunfo sobre la muerte; el dominio sobre la fraternidad; la riqueza sobre la solidaridad, la soberbia sobre el amor.

 
Jesús no sólo fue tentado en el desierto, también durante su vida fue tentado por amigos y enemigos, por los escribas y fariseos que intentaban apartarlo de su misión.
 

Nosotros también somos tentados diariamente.  Cuando tenemos que tomar una decisión importante en nuestra vida, casi siempre se nos ofrecen varias opciones: cumplir nuestro deber aunque sea difícil de hacerlo, o buscar nuestro interés personal.
 

No podemos buscar soluciones fáciles a los problemas, no podemos buscar que Dios nos lo resuelva todo con un milagro, no podemos utilizar a Dios para nuestros caprichos, no podemos utilizar a Dios para servirnos de Él.

 
Hoy también tenemos la gran tentación de considerar como bueno lo que hace o dice la mayoría sin tomar en cuenta lo que dice Dios.

 
La Cuaresma es tiempo para descubrir cuáles son nuestras tentaciones para superarlas.  Dejarlas de lado.  A eso se le llama conversión.  Si no hacemos esto, no tiene sentido la Cuaresma, que debe ser un tiempo para liberarnos de nuestros errores.

 
Las tentaciones es optar por el camino equivocado en nuestra vida. Hoy Jesús nos dice que podemos vencer cualquier tentación que se nos presente, con la ayuda de Dios, para optar por cumplir la misión para la que Dios nos ha dado esta vida y no apartarnos nunca de Él.

 

martes, 18 de febrero de 2020


VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 
Hoy, la Palabra de Dios nos habla a los cristianos de cosas muy importantes: de las condiciones para ser discípulos de Jesús, de ser templos del Espíritu, de la bondad de Dios para con todos y de nuestro comportamiento con los hermanos.

 
La 1ª lectura del libro del Levítico nos decía: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”

 
Cuando oímos hablar de “santidad”, pensamos en lugares lejanos y en personas con estilos de vida bien extraños.  Pensamos que la santidad es para las monjitas, para los sacerdotes y religiosos; pero no para mí, que soy un cristiano normal, que me esfuerzo apenas por vivir como tal.  Además, nos preguntamos ¿cómo se hace uno “santo”?

 
Vosotros los laicos, como los sacerdotes y religiosos estamos llamados a la santidad, es decir “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.  Buscar la santidad es la tarea esencial de un cristiano.  La santidad es indispensable para transformar las familias, la parroquia y la sociedad.  Y para ello el cristiano ha de trabajar por la paz, la solidaridad, frecuentar los sacramentos, hacer oración y vivir la devoción a la Virgen María.

 
Hay que esforzarse por buscar la santidad de vida para poder anunciar al mundo el Evangelio y así dar testimonio de vida cristiana.  Es en el mundo y desde el mundo donde el cristiano tiene que buscar la santidad.  Es en el mundo donde tiene que vivir su fe.  Si queremos que este mundo sea santo, tenemos que empezar por ser santos nosotros.

 
La santidad requiere esfuerzo.  No hay un atajo mágico en el camino hacia el cielo, pero es algo que todos podemos alcanzar.

 
La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios nos recordaba que somos Templos del Espíritu Santo y que Dios habita en nosotros.

 
Ante las dificultades de la vida, los cristianos confiamos en el amor.  Queremos sentirnos amados y ayudados por un Dios que se ha comprometido con nosotros.  Y el mejor agradecimiento que podemos mostrarle a Dios es el vivir unidos, en comunidad, en la Iglesia, siendo todos, una gran familia.  Por eso nos decía san Pablo: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” Es lo que san Pablo les dice a los recién bautizados de la comunidad de Corinto.

 
Todos los bautizados formamos un solo cuerpo, somos parte de la misma comunidad, de la misma parroquia, y estamos llamados a ser un signo de unidad para las personas que conviven con nosotros. “Mirad como se aman”, era la expresión de la gente cuando veían el estilo de vida de los primeros cristianos.

 
El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús diciendo: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”.

 
La Ley del Talión decía: “ojo por ojo, diente por diente”.  Esta ley ha quedado totalmente abolida por Jesús.  Sin embargo, y por desgracia, la ley del Talión sigue existiendo en muchas culturas, aunque oficialmente haya desaparecido de nuestro mundo actual, la violencia legalizada sigue estando muy vigente.  Aún existen países donde está en vigor la pena de muerte, donde hay guerras, donde innumerables poblaciones mueren de hambre, donde hay niños condenados a morir en su infancia.  Son las violencias de las desigualdades sociales, las violencias personales, las violencias de género, y tantas y tantas violencias que avergüenzan a nuestro mundo civilizado.

 
Jesús nos dice que amemos a todos, también a nuestros enemigos, sea cual sea su posición política o ideológica.  Nuestros enemigos no pueden seguir siéndolo para siempre, porque ellos también son seres humanos, seres que sufren, que buscan y esperan, como nosotros.  Sí, ya sé que en la mente de muchos de nosotros, al hablar de enemigos, no sólo estarán esas personas molestas y fastidiosas que nos cuesta mucho tratar diariamente con cariño, sino también estaremos pensando en los grandes asesinos, en los narcotraficantes y en los corruptos.  ¿Cómo amar o aceptar a tales personas?

 
Los cristianos tenemos que saber que amar al delincuente injusto y violento no significa dar por buena su actuación injusta y violenta; condenar la injusticia y la violencia no significa que tengamos que odiar a esas personas.  La violencia nunca se solucionará con violencia.

 
El mal, a pesar de las apariencias, siempre será débil.  El odio brota del miedo; la ofensa tiene necesidad de venganza.  En cambio el amor es la única fuerza capaz de cortar de raíz la violencia.  Es urgente un “¡ya basta!” a la violencia y aceptar la propuesta de la no violencia que Cristo nos ofrece.

 
El cristiano es vencedor no cuando consigue quitarle las armas a su enemigo, sino cuando dejando sus propias armas, convierte al enemigo en amigo.  La fuerza del amor es la única fuerza capaz de acabar con el mal y con los enemigos.