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lunes, 24 de noviembre de 2025

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)



Comenzamos un nuevo año litúrgico con el tiempo de Adviento.  Adviento significa “llegada”. 

El tiempo de Adviento nos recuerda que Jesús vino a nosotros en Belén y nos preparamos para recibirlo en Navidad, nos recuerda también que el Señor vendrá al final de los tiempos para juzgar al mundo y nos recuerda también que el Señor viene a nosotros en cada momento de nuestra vida.

Por ello, las lecturas de este primer domingo de Adviento nos advierten que no debemos instalarnos en la comodidad, en la pasividad, en la rutina, sino que debemos caminar, siempre atentos y vigilantes, preparados para recibir al Señor que viene y para responder a sus desafíos.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos dice que hay esperanza para el pueblo, hay esperanza para todos los pueblos de la tierra: llegará la paz de la mano de la justicia, por ello Dios nos pide que trabajemos por la paz para que se instaure la justicia.

Con la venida del Salvador, los instrumentos de guerra serán transformados en instrumento de trabajo y de paz.  Tenemos que trabajar por convertir la industria -improductiva y agresiva- de la guerra en una industria que construya una sociedad productiva para todos, una sociedad donde el alimento sea un bien para todos.

El profeta Isaías nos invita, pues, a la esperanza y a la fe.  Es la fe y la esperanza de que un día el bien, la justicia y la paz triunfaran sobre el mal.  Y será el Señor quien hará realidad esta profecía.  Por lo tanto, si estamos agobiados por noticias tristes: de luchas y enfrentamientos, de guerras y atentados, de secuestros y sufrimientos, es porque “no caminamos bajo la luz del Señor”.

El Adviento nos invita: “a subir a la casa del Señor”, a “preparar los caminos de Dios”, que son caminos de paz y de esperanza.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos decía: “ya es hora de despertaros del sueño”…  “dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz”

Muchas veces, a pesar de que queremos ser buenos, es posible que el cansancio, la monotonía, la pasividad, la indiferencia nos gane; es posible que dejemos correr las cosas, es posible que ante los problemas metamos la cabeza en un hoyo como hace el avestruz.  Huir de los problemas lo único que hace es que los problemas se hagan más grandes y se compliquen más.  No podemos dejar correr las cosas y que nos olvidemos de los compromisos que un día asumimos con Jesús y su Reino.

Por eso nos dice san Pablo hoy: ¡despertad! Renovad vuestro entusiasmo por los valores del Evangelio; es necesario estar preparados, estar siempre dispuestos, para acoger al Señor que viene.

El Evangelio de san Mateo no nos invita solamente a estar preparados para la hora de la muerte, sino a estar preparados para cada momento de la vida.  No nos manda estar sólo vigilantes para recibir la llegada del Señor a la hora de nuestra muerte, sino para recibirlo en cada momento de nuestra vida.

¿Qué cosas nos impiden acoger al Señor que viene a nuestra vida? 

Hay personas que piensan que  la vida es sólo para gozarla, y por lo tanto no tienen tiempo para compromisos (cuanta gente, el domingo tienen todo el tiempo del mundo para dormir y divertirse, pero no tienen tiempo para venir a misa).

Cuantas personas viven obsesionadas con el trabajo, olvidando todo lo demás (cuánta gente trabaja 12 horas al día y olvida que tiene una familia y que los hijos necesitan amor).

Cuanta gente viven adormecidas, sin importarles lo que pasa a su alrededor, encogiéndose de hombros ante el sufrimiento de los demás y diciendo que no pueden hacer nada que es el gobierno el que tiene que hacerlo todo.

Preguntémonos cada uno de nosotros: ¿y a mí, qué es lo que me distrae de lo importante, y me impide, tantas veces, estar atento al Señor que viene a mi vida?

En este tiempo de preparación para la celebración del nacimiento de Jesús, estamos invitados a reorganizar nuestra vida en lo esencial, a redescubrir aquello que es importante, a estar atentos a las oportunidades que el Señor, todos los días, nos ofrece, a recordar los compromisos que asumimos para con Dios y para con los hermanos, a comprometernos en la construcción del “Reino”. Esa es la mejor forma -mejor aún, la única forma- de preparar la venida del Señor.

lunes, 25 de noviembre de 2024

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)


Hoy es un día importante: ¡comienza el año cristiano!  Empezamos hoy el Adviento: Tiempo de preparación a la Navidad.  El tiempo de Adviento, es un tiempo para prepararnos a recibir a Jesucristo, que viene a nuestra vida. El Adviento es una llamada a la esperanza: esperar en el Salvador que nos va a nacer.  El Adviento es una invitación a la vigilancia: vigilar para no caer en las trampas de este mundo. El Adviento es una llamada a la perseverancia: perseverar en la fe en Jesús.

La 1ª lectura de profeta Jeremías nos dice que Dios cumple sus promesas.

El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza.  Y si algo necesitamos los seres humanos y los cristianos en particular es recuperar la esperanza.  Porque vivimos en un mundo que ha perdido los grandes ideales, un mundo en el que los proyectos que se emprenden tienen que ver más con el ganar dinero que con el procurar el bien de toda la humanidad.

Desencanto, apatía, indiferencia, son palabras que expresan nuestra forma de vivir o nuestra manera de malvivir.   Porque el único objetivo de nuestra vida está en pasarlo lo mejor posible, en que no nos falte de nada y en vivir lo más cómodamente posible.  Esto es al menos lo que nos vende la publicidad, y lo que los gobiernos nos proponen con sus planes.  

Sentimos una indiferencia cada vez mayor por todo lo que signifique la formación humana, el compromiso social, el progreso verdaderamente humano. 

Por eso, tiene mucha importancia celebrar el Adviento, recuperar al menos nosotros los cristianos la esperanza.  Una esperanza que nos dice que el mundo, a pesar de todo, se encamina hacia el encuentro con su creador.  Una esperanza que nos dice que a pesar de todo, todavía es tiempo de mejorar las condiciones de vida humanas, de luchar para que se reconozca la dignidad humana por encima de los intereses económicos, de partido o de grupo.  Una esperanza social y personal, que nos dice que nuestra aportación en el proyecto del Reino de Dios, por pequeña que sea es importante.   

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses, nos decía: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos…”

El amor es una dimensión fundamental para encontrarnos con Jesús. La persona que es egoísta se pone él como el centro de todo y se relaciona con las personas como si fuesen objetos, no como personas que tienen sus propias iniciativas, sino como instrumentos para conseguir lo que uno se propone.  La persona egoísta nunca podrá tener un encuentro personal con otros seres humanos porque no reconoce a los demás como personas, como iguales. Si no se puede encontrar con los demás, tampoco con Jesús.

Sin embargo, la persona que ama está viendo al otro como una persona distinta de uno mismo y distinta de los demás objetos, la está reconociendo como un igual con el que se puede relacionar de tú a tú. Sólo se puede encontrar uno personalmente con una persona a la que se ama, sin amor no hay encuentro personal.

El Evangelio de san Lucas nos decía: “poned atención… estad alerta…velad”

El Señor utiliza muchas imágenes para hacernos entender cuál es la verdadera actitud del cristiano: “poned atención, levantad la cabeza, estad alerta”.  No nos dice que no habrá dificultades, no nos dice que es fácil el camino, pero nos invita a que levantemos la cabeza. 

Cuando la violencia y la inseguridad nos envuelven, cuando hay gritos de dolor y angustia, una de las tentaciones mayores es la de huir, correr, hacernos los desentendidos y esconder la cabeza. Cristo nos propone otro camino: enfrentar las situaciones difíciles con la cabeza en alto, pero con vigilancia y estando alerta. Siempre será una mejor solución enfrentar las dificultades que no hacer nada. Quedarse de brazos cruzados es la peor de las soluciones.

No podemos sucumbir al miedo pero: “Estad alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan vuestra mente”.  Hay quienes, aún en esta difícil situación, optan por el camino fácil del olvido en los vicios y la embriaguez. Hay quienes quieren hacer olvidar al pueblo su dolor con pan y circo, pero que no ofrecen soluciones integrales y verdaderas. Es preciso tener cuidado con lo que embota el corazón y apaga la esperanza.

El mensaje de Jesús no nos evita los problemas y la inseguridad, pero nos enseña cómo afrontarlos. Tenemos la seguridad que las estructuras injustas sólo podrán ser removidas del corazón del hombre por el paso del amor de Dios y su justicia. Así que ¡no embotemos el corazón! ¡Llenémoslo de esperanza!

El Adviento es un tiempo  de aliento para todos los que luchan y ponen su esperanza en el Señor.  El adviento es un camino que debemos iniciar sin miedos, que debemos andar con precauciones para no caer en las trampas del mal y que debemos proseguir fortalecidos con la oración, la vigilancia y el amor.

Que el Señor nos ayude a aprovechar el tiempo, a vivir responsablemente, a comprometernos con las necesidades de nuestro mundo, a no esperar pasivamente la salvación, sino a esperarla vigilantes, de pie, soñando con el día en que nos presentaremos ante Jesucristo el Señor.

lunes, 27 de noviembre de 2023

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Hoy empezamos a celebrar con toda la Iglesia el Adviento. El Adviento es un tiempo de espera y preparación para la venida de Jesús. A lo largo de estos cuatro domingos vamos a estar vigilantes para que no nos pase nada inadvertido. Vendrá alguien a anunciarnos una buena noticia y nos traerá un importante mensaje. Por fin, una joven israelita llamada María, será la elegida para el gran acontecimiento.

Tenemos que estar con los ojos muy abiertos y vigilar, vigilar mucho, no vaya a ser que la venida de Jesús se nos pase sin darnos cuenta.

La 1ª lectura del profeta Isaías es un clamor, un grito, una sentida oración que nace de lo más profundo del corazón. Los antiguos clamaron angustiados a Dios, conscientes de la necesidad en que se encontraban, y apurados por el dolor: “¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas”. Se sentían huérfanos y perdidos y clamaron a Dios como padre, por un Salvador.

La pregunta que se plantea el profeta, en la primera lectura, seguro que nosotros también nos la hemos hecho en más de una ocasión, ante diferentes hechos, en nuestra vida. ¿Por qué permites que nos desviemos de tus caminos? ¿Por qué permites, Señor, tanta injusticia? ¿Por qué no arreglas de una vez este mundo, si todo lo puedes?

Dios es omnipotente, pero el amor sólo tiene efecto si es aceptado. El amor es oferta, no imposición. Querer forzar una respuesta de amor es hacerlo imposible, porque el amor supone la libertad de respuesta. Una persona puede amar a otra, pero si la otra permanece indiferente, el amor no puede realizarse. Un Dios-Amor no puede ser responsable de los males de la humanidad, muchos de los cuales son responsabilidad de los hombres, que no respondemos a este amor que nos viene. Por eso el mismo Isaías reconoce el pecado del pueblo (nuestra responsabilidad en el mal) y, por tanto, el disgusto de Dios.

Ahora bien, Isaías, nos recuerda que Dios es perdón que es el único Salvador y no hay otro; que Él es el que hemos de esperar. Por eso en medio de nuestras oscuridades, depresiones, angustias, hundimientos en la culpa… Dios nos ofrece nuevamente la recuperación, la paz, la reconciliación. Porque Dios es Padre fiel, y nos ha enriquecido ya con su amor.

La 2ª lectura de la 1ª carta de san Pablo a los Corintios, nos recuerda que Dios nos ha llenado de dones, nos ha comunicado su Espíritu. Pero todo estos dones, aunque Dios nos los ha dado para siempre, no es definitivo en nuestras manos. Nos cansamos, nos fatigamos y corremos el peligro de abandonarlo todo. Debemos reavivar la esperanza. No hay por qué desanimarse. Dios ha comenzado la obra; Él la llevará a buen término. Dios es fiel.

El evangelio de San Marcos, nos sitúa ante una certeza fundamental: “El Señor viene”.

Hay esperanza.  El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza.  Hoy los seres humanos necesitamos recuperar la esperanza.  Porque vivimos en un mundo en el que se han perdido los grandes ideales; donde los proyectos se ven más desde el dinero que uno se puede robar que desde el bien que puede hacer a la humanidad.

Desencanto, apatía, indiferencia, son palabras que expresan nuestra manera de vivir.  El único objetivo de la vida es pasarlo lo mejor posible, que no nos falte de nada y vivir lo más cómodamente posible. Sentimos indiferencia ante la formación humana y el compromiso social.

Por eso al comenzar este Adviento, este nuevo año cristiano, hemos de recuperar al menos nosotros los cristianos la esperanza.  Una esperanza que nos dice que el mundo, a pesar de todo, se dirige hacia el encuentro con Dios.  Una esperanza que nos dice que todavía es tiempo para mejorar las condiciones de vida humanas, de luchar para que se reconozcan la dignidad humana por encima de los intereses económicos, de partido o de grupos.

Una esperanza que nos dice que aunque sea poco, cada uno de nosotros puede aportar algo al proyecto del Reino de Dios.  Por eso la mejor actitud que podemos tener para recuperar la esperanza es la vigilancia: ¡Velad  porque nos sabemos ni el día ni la hora!

Vigilar porque estamos malgastado nuestra vida, nuestra realización como personas.  Hay que despertar de nuestra indiferencia e involucrarnos en la promoción del ser humano.

Miremos a nuestro alrededor para descubrir la presencia amorosa de Dios que denuncia nuestras injusticias y nos impulsa a salir de nuestra apatía.

Vigilemos lo que pensamos, lo que vemos, lo que decimos, lo que hacemos para que nuestro corazón no se corrompa con el virus de la indiferencia.

Pidamos a Dios, que la celebración de este Adviento nos permita recuperar la esperanza y despertar en nosotros la ilusión por un mundo, un pueblo y una familia mejores.

lunes, 28 de noviembre de 2022

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a vivir el reinado de paz y de justicia que viene a instaurar Jesucristo, el Mesías prometido.

Cristo es el Príncipe de la Paz, Él ya ha venido y nos ha dejado su paz, pero seguimos viviendo tiempos de violencia y terror, de inseguridad y de angustia. Por eso es preciso recordar que la paz, además de ser un don de Dios es tarea de todos, a cada uno nos toca construirla.

La 1ª Lectura del Profeta Isaías nos describe al Mesías y también describe ese ambiente de justicia y de paz que Él vendrá a traernos.

Y el Profeta lo hace con un relato simbólico en que nos presenta a animales      -que por instinto son enemigos entre sí- viviendo en convivencia pacífica: el lobo con el cordero, el leopardo con el cabrito, el novillo con el león... y hasta un niño con la serpiente.

Con esta descripción hecha por Isaías, en la cual nos presenta una situación aparentemente imposible, Dios quiere exigir a los seres humanos a que vivamos en paz. Nos está invitando el Señor a que, a pesar de nuestra naturaleza de pecado, por la que a veces también tendemos a ser opuestos y rivales unos de los otros -como los animales que presenta el Profeta- intentemos vivir en paz y en justicia. Y podremos convivir en paz y en justicia, si recibimos al Mesías, si aceptamos su Palabra, si vivimos de acuerdo a ella.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos invita a formar una comunidad cristiana donde reine el amor, el compartir con los demás, la armonía, la acogida.  Sin embargo, muchas veces, nuestras comunidades cristianas están divididas, se critican los unos a los otros por la espalda, hay agresividad, se discriminan a ciertas personas; algunos se agarran al poder y hacen todo lo que sea para dominar a los demás.

Por eso, San Pablo nos propone hoy algo que, mientras se hace realidad ese mundo ideal que Dios quiere, nosotros podemos hacer: hay que acogernos unos a otros como Cristo nos acoge.  Sin tener en cuenta los gustos, las simpatías o antipatías de los demás.  

Hay que “tener los mismos sentimientos” de Cristo hacia los demás, a pesar de las diferencias que puedan existir.  Tenemos que llegar a ser una sola voz, contribuir a crear una sola comunidad donde todos los creyentes tengamos “una sola alma con un solo corazón”.  Esto es lo que nos pide Dios para que vayamos construyendo el Reino de Dios en este mundo.

El Evangelio de san Mateo nos prestaba hoy a Juan Bautista invitándonos al arrepentimiento y a la conversión.

A veces decimos: yo sería feliz si… pero luego nos decimos: pero no puedo cortar, terminar, salir.  Siempre nos buscamos una excusa, una razón para no ser feliz.  Ciertamente que no podemos cambiar la realidad en que vivimos, por eso Juan Bautista nos dice que aunque no podamos cambiar la sociedad, podemos cambiar nosotros, podemos convertirnos.

Hoy hay muchos que se llaman creyentes en Dios pero no siente la necesidad de la conversión.  Creen que ya son “buenas personas”.  ¿De qué me voy a convertir yo si no hago esto ni lo otro ni...? Creernos buenos nos está impidiendo ser nuevos, descubrir la necesidad de conversión.

Creernos buenos es la postura de los fariseos y saduceos a los que Juan los llama “raza de víboras”. No es que no seas bueno; lo malo es que no seas mejor, que te contentes con la meta alcanzada. No es que no seas bueno, es que no escuchas a Dios que te pide nueva conversión. No es que no seas bueno, es que no dejas que el Espíritu te lleve donde Él quiere.

Jesús no necesita gente buena, necesita personas que se sientan pecadoras, personas necesitadas de conversión. Jesús no viene para los que ya se sienten perfectos. Con ésos Jesús no tiene nada que hacer. Toda esa gente no necesita nada ni a nadie, menos a Jesús. Jesús necesita personas que cuando escuchan las palabras del profeta, conviertan el corazón se les estremezca y reconozcan su necesidad de cambio de vida.

Dios está cerca. Sí. Dios está muy cerca de todos aquellos que se sienten pecadores. Dios está muy cerca de todos aquellos que desean algo nuevo en su vida. Dios está muy cerca de todos aquellos que se agachan para tender la mano a sus hermanos.

Nosotros en este Adviento, ¿buscaremos la verdadera conversión o nos conformaremos con celebraciones y ritos externos para adormilar la conciencia? ¿Seguiremos viviendo en la injusticia y en la mentira?











lunes, 21 de noviembre de 2022

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


Comenzamos un nuevo año litúrgico con el Adviento, este tiempo es un tiempo de esperanza que nos ofrece la Iglesia para prepararnos a celebrar con gozo la Navidad, el nacimiento de nuestro Salvador.

En un mundo como el nuestro, tan marcado por las tensiones, la injusticia o el sufrimiento, y con tanta gente hundida en su oscuridad, Dios sigue renovando sus promesas de justicia y llamándonos a alzar nuestras cabezas, porque se acerca nuestra liberación.

Adviento quiere ser tiempo de gozo y esperanza, pero también tiempo propicio para cambiar de mentalidad, vivir la conversión y dar frutos de justicia.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos dice que hay esperanza para el pueblo, hay esperanza para todos los pueblos de la tierra: llegará la paz de la mano de la justicia, por ello Dios nos pide que trabajemos por la paz para que se instaure la justicia.

Con la venida del Salvador, los instrumentos de guerra serán transformados en instrumento de trabajo y de paz.  Tenemos que trabajar por convertir la industria            -improductiva y agresiva- de la guerra en una industria que construya una sociedad productiva para todos, una sociedad donde el alimento sea un bien para todos.

El profeta Isaías nos invita, pues, a la esperanza y a la fe.  Es la fe y la esperanza de que un día el bien, la justicia y la paz triunfaran sobre el mal.  Y será el Señor quien hará realidad esta profecía.  Por lo tanto, si estamos cansados por noticias tristes: de luchas y enfrentamientos, de guerras y atentados, de secuestros y sufrimientos, es porque “no caminamos bajo la luz del Señor”.

El Adviento nos invita: “a subir a la casa del Señor”, a “preparar los caminos de Dios”, que son caminos de paz y de esperanza.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos decía: “ya es hora de despertaros del sueño”…  “dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz”

Muchas veces, a pesar de que queremos ser buenos, es posible que el cansancio, la monotonía, la pasividad, la indiferencia nos gane; es posible que dejemos correr las cosas, es posible que ante los problemas metamos la cabeza en un hoyo como hace el avestruz.  Huir de los problemas lo único que hace es que los problemas se hagan más grandes y se compliquen más.  No podemos dejar correr las cosas y que nos olvidemos de los compromisos que un día asumimos con Jesús y su Reino.

Por eso nos dice san Pablo hoy: ¡despertad! Renovad vuestro entusiasmo por los valores del Evangelio; es necesario estar preparados, estar siempre dispuestos, para acoger al Señor que viene.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos decía: “estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”. Hay que velar y estar preparado porque vivimos muchas incoherencias en nuestra vida. 

Se descuida la educación ética y moral en la enseñanza, y luego nos extrañamos por la corrupción de la vida pública.  Se incita a la ganancia del dinero fácil, se promueven los juegos de azar, y luego nos lamentamos de que se produzcan fraudes y negocios fraudulentos.

Se educa a los hijos en que no se comprometan con nada y en la búsqueda egoísta de su propio interés y provecho, y más tarde sorprende que se desentiendan de sus padres ancianos. Dejamos que los hijos vean cualquier cosa en televisión, esa televisión que nos describe violentamente muertes y asesinatos, violaciones y agresiones sexuales y luego nos quejamos de que se produzcan violencias domésticas y callejeras, conductas antisociales, y muertes inexplicables.

Cada uno se dedica a lo suyo, ignorando a quien no le sirva para su propio interés o placer inmediato, y luego nos extrañamos de sentirnos terriblemente solos. En nuestras propias familias, nos mostramos hirientes, ofensivos, distantes, desunidos, y luego nos sorprende que no sea posible la reconciliación, el perdón y la paz entre nosotros.

Se exalta el amor libre y se ve como algo normal las relaciones extramatrimoniales, y al mismo tiempo nos molestamos ante el sufrimiento inevitable de los fracasos y rupturas de los matrimonios. Nos alarmamos ante esa plaga moderna de la depresión y el “estrés”, pero seguimos fomentando un estilo de vida superficial, vacío y competitivo. Estos y otros muchos son unos signos de que estamos equivocados, dormidos, vacíos.

Este es precisamente el grito del evangelio, al comenzar un nuevo año litúrgico en este Adviento de: “Despertad. Venced el sueño. Estad en vela”. Nunca es tarde para escuchar la llamada de Jesús a “vivir vigilantes”, despertando de tanta superficialidad y asumiendo la vida de manera más responsable.

Hay que atreverse  a ser diferentes. No actuar como todo el mundo.  Lo que se necesita es que cada vez haya más personas lúcidas que se atrevan a introducir sensatez en medio de tanta locura, sentido moral en medio de tanto vacío ético, calor humano y solidaridad en el seno de tanto teoría sin corazón, austeridad en medio de tanta abundancia; justicia ante tanta desproporción de niveles.

¿De qué tengo que despertar? ¿En qué tengo que estar alerta?

lunes, 22 de noviembre de 2021

 

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

En este día, primer domingo de Adviento, comenzamos un nuevo año litúrgico, un nuevo año cristiano, antes de empezar el año civil.  Adviento significa “llegada”. 

El Adviento es un tiempo de preparación para recordar la primera venida, es decir, el nacimiento de Jesús en Belén; pero también sirve para prepararnos a la segunda y definitiva venida al final de los tiempos de Jesús, nuestro Señor.  Dios vino a nuestra historia en Belén, viene a nosotros en cada momento de nuestra vida, y vendrá al final de los tiempos.

La 1ª lectura de profeta Jeremías, nos recuerda que Dios cumple sus promesas.  “Dios no se olvida de su pueblo; el Señor cumplirá su promesa y suscitará un Salvador que impondrá justicia y derecho sobre la tierra”.

El ambiente en el que vivimos potencia, tantas veces, el miedo, el desengaño, la negatividad, la inseguridad, el pesimismo, que por ello, la primera lectura nos invita a la esperanza. 

No es el hombre el que puede fabricar el futuro, sino que el futuro, nos es dado por Dios.  Dios es el Dios del futuro, el que estará siempre al lado nuestro, compartiendo nuestras experiencias, buenas y malas.  Aunque uno pueda pensar a veces que no hay futuro, que todo se ve muy negro, Dios es el único que es capaz de abrirnos caminos y encontrarnos una salida ante cualquier situación desesperada.  Dios pues nos asegura hoy que vendrán tiempos mejores, en los que podremos vivir en paz y en prosperidad.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses, nos decía: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo”

El amor es una dimensión fundamental para encontrarnos con Jesús. La persona que es egoísta se pone él como el centro de todo y se relaciona con las personas como si fuesen objetos, no como personas que tienen sus propias iniciativas, sino como instrumentos para conseguir lo que uno se propone.  La persona egoísta nunca podrá tener un encuentro personal con otros seres humanos porque no reconoce a los demás como personas, como iguales. Si no se puede encontrar con los demás, tampoco con Jesús.

Sin embargo, la persona que ama está viendo al otro como una persona distinta de uno mismo y distinta de los demás objetos, la está reconociendo como un igual con el que se puede relacionar de tú a tú. Sólo se puede encontrar uno personalmente con una persona a la que se ama, sin amor no hay encuentro personal.

La santidad a la que nos invita san Pablo es a vivir en el amor.  No se trata de hacer cosas extraordinarias ni raras sino de vivir la vida animada por el amor para que nos podamos encontrar con los demás y con el mismo Dios.

El Evangelio de san Lucas, nos presenta unos signos catastróficos para anunciar la venida de Dios.

Nos decía el evangelio: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.” Cristo viene a liberarnos de los males que nos afligen, viene a salvarnos, a sacarnos de las situaciones a las que nos ha llevado nuestro propio pecado y de las que no podemos salir por nosotros mismos. Eso es motivo de esperanza.

El Señor también nos invita a la vigilancia, una actitud muy propia para este tiempo de Adviento.  Ante la venida de Jesús, el evangelio nos dice: “Tened cuidado: no se os embote la mente”  Esto quiere decir que los problemas de la vida, los vicios no nos desvíen del camino.  Debemos hace un buen uso de las cosas y tener confianza en el Señor para que las preocupaciones no nos esclavicen.

Esta actitud es una llamada también de atención no para vivir intranquilos, con ansiedad, sino que es una invitación a estar conscientes de lo que hacemos, de lo que queremos, de lo que somos; a vivir responsablemente; a estar dispuestos a recibir a Dios en cualquier circunstancia de nuestra vida, pues Él está esperando cualquier momento para entrar en nuestra vida y ocupar el centro.

Debemos huir de la tristeza, ya que Cristo es nuestra esperanza. Por eso nuestros miedos, nuestros males, la inseguridad de cara al futuro, el miedo a la muerte, el malestar que nos produce la conducta de alguien querido, la soledad que nos encoge el corazón, el sufrimiento por el mal que nos rodea y nuestro sufrimiento; todo esto, Jesús lo acoge con afecto y ternura y lo vive con nosotros. Vivamos el presente con confianza y esperemos con fe el futuro. Así viviremos conscientemente y prepararemos nuestro corazón para recibir al Señor.

Cristo viene a nuestro encuentro, pero sólo nos encontraremos con Él en la medida en que nosotros salgamos a buscarlo.

lunes, 23 de noviembre de 2020

I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

Hoy estamos comenzando un nuevo año litúrgico.  Comenzamos el tiempo de Adviento.  Adviento significa “el que viene”, o “el que ha de venir”, y con esto la Liturgia nos quiere ayudar para prepararnos a recibir al que “ha de venir”, es decir a Cristo. 

El tiempo de Adviento tiene un doble significado: es tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida de Dios a los hombres, y a la vez es un tiempo de prepararnos hacia la llegada de la segunda venida de Cristo, al fin de los tiempos. Por este doble motivo, el tiempo de Adviento aparece como un tiempo de devota y gozosa espera. 

La 1ª lectura del profeta Isaías, es un clamor, un grito, una sentida oración que nace de lo más profundo del corazón: ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!
En tu presencia se estremecerían las montañas.
 El pueblo de Israel se sentía huérfano y perdido y clama a Dios como padre, por un Salvador.

Quizás, en más de una ocasión nos hemos preguntado: ¿por qué permite Dios que nos desviemos de sus caminos? ¿Por qué permite Dios tanta injusticia? ¿Por qué no arregla Dios este mundo de una vez para siempre? 

La respuesta a estas preguntas es que muchas personas prescinden de Dios en sus vidas y no viven los mandamientos. 

Como cristianos hemos de reconocer que sólo Dios puede salvar y redimir a este mundo.  Nosotros, por nosotros mismos, somos incapaces de superar la indiferencia, el egoísmo, la violencia, la mentira, la injusticia que tantas veces están presentes en nuestra vida. Cuando uno contempla los males del mundo: hambre, guerra, violencia, injusticia, terrorismo, etc., y comprobamos la impotencia de la humanidad para salir de esta situación, nos damos cuenta que esto ocurre porque nos olvidamos de Dios, el mundo se olvida de Dios y hemos de tomar conciencia de que Dios es nuestro Padre y nuestro Salvador y Él está siempre dispuesto a ofrecernos, gratuita e incondicionalmente, la salvación.  ¿Estamos dispuestos en este Adviento que estamos comenzando a acoger a Dios en nuestra vida? 

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios, nos recuerda que Dios nos ha llenado de dones, nos ha comunicado su Espíritu. 

A través de los dones que Dios nos da, Dios viene a nuestro encuentro y nos manifiesta su amor.  Y a pesar de esos dones que Dios nos da nos cansamos, nos fatigamos y corremos el peligro de abandonarlo todo. Por eso, debemos reavivar la esperanza.  No hay por qué desanimarse.  Los dones que Dios nos da son para que seamos fieles a Él y seamos felices.  Por ello hemos de estar vigilantes y preparados para acoger a Dios que viene a nuestro encuentro y nos muestra su amor a través de sus dones que nos da y hay que estar vigilantes para que esos dones no sean utilizados para fines egoístas. 

El Evangelio de san Marco, nos invita a esperar en el Señor. Pero esperar y confiar en Dios, no significa descuido y no hacer nada.  No nos olvidemos que el tiempo y sobre todo nuestro tiempo se acaba. 

La tarea que tenemos entre manos, que Dios nos ha encomendado es inmensa y no podemos echarnos para atrás y encomendársela a otros.  Cada uno de nosotros, como cristianos, nos hemos comprometido a seguir a Jesús, nos hemos responsabilizado de construir, junto con Jesús, un mundo más justo y más fraterno.  Dios ha creado este mundo con todo lo bello y bueno que hay para que nosotros, responsablemente lo gobernemos y lo cuidemos. 

Por eso, Dios quiere que seamos una humanidad de verdaderos hermanos, porque Dios nos quiere a todos como hijos y espera que nos encontremos con Él al final de los tiempos. 

Mientras llega ese final de los tiempos, el evangelio de hoy nos invitaba a estar vigilantes.  A estar siempre preparados.  No podemos jugar con Dios y dejar de lado lo que debemos hacer hoy para mañana.  No podemos esperar a que la tarea que Dios nos ha encomendado, la realicen otros.  A todos nos toca trabajar y estar vigilantes.  La venida del Señor será cuando menos lo pensemos y Él quiere encontrarnos dispuestos para abrirnos la puerta y entrar con Él al Reino de los Cielos. 

Por eso el Adviento, más que un tiempo limitado a estas cuatro semanas, ha de ser una actitud permanente, para vivir siempre comprometidos con Dios, con los hermanos en la construcción de un mundo mejor.  Todos podemos responder a la llamada de Dios: aliviando sufrimientos, tratando de hacer felices a los demás, cada uno según sus posibilidades, pero todos tenemos capacidad para ayudar. 

No olvidemos de pensar en estos días cómo llevar a cabo nuestro compromiso con Dios.  Compromiso que puede empezar por nuestra familia, nuestros amigos, nuestro trabajo.  No olvidemos que allí donde haya alguien que trabaje por la paz, por la justicia, por ayudar a quienes sufren allí está presente, allí nace Jesús, no le demos la espalda. 

Por eso la mejor actitud que podemos tener para este Adviento es vigilar: ¡Velemos porque nos sabemos ni el día ni la hora! 

Vigilar porque estamos malgastado nuestra vida, nuestra realización como personas.  Hay que despertar de nuestra indiferencia e involucrarnos en la promoción del ser humano.  Que este Adviento sea tiempo de esperanza, hagámosla realidad con Jesús nuestro hermano.

martes, 26 de noviembre de 2019

I DOMINGO DE ADVIENTO(CICLO A)
 
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I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 
 
Comenzamos hoy el Adviento. Dios decide hacerse hombre, quiere compartir nuestra naturaleza con sus grandezas y debilidades, quiere vivir entre nosotros para trasmitirnos su palabra y su vida.
 
Adviento es tiempo de espera del Señor.  Las cuatro semanas del Adviento representan una llamada a la esperanza ante el nacimiento de Dios en la Navidad y su manifestación a toda la humanidad en la Epifanía. Será nuestro encuentro con Jesús el Dios niño, que ha querido nacer y crecer como uno de nosotros.
 
Adviento es el tiempo en el que oiremos a Jesús que nos predica que el Reino de Dios está cerca, ya está entre nosotros, que preparemos los caminos del Señor.
 
La 1ª lectura del profeta Isaías ilumina un momento de oscuridad que vivía el pueblo de Israel.  El pueblo vive en el exilio, sin esperanzas, sin ánimos.  El profeta les recuerda que hay futuro para el pueblo.  Que las armas de destrucción y muerte se pueden convertir e instrumentos para el trabajo y la justicia y la paz pueden reinar para siempre.
 
Nuestra vida puede estar pasando por un momento de oscuridad. Como ocurrió con el pueblo escogido, Dios quiere que salgamos de ella. Para eso tendremos que mirar adelante con esperanza.  No podemos estar pensando y recreándonos en nuestro propio dolor y estar siempre autocompadeciéndonos porque entonces no avanzaremos nunca hacia delante.
 
Pero para salir de nuestra oscuridad, habremos de caminar a la luz del Señor.  Dejemos que su luz penetre en nuestra mente y en nuestro corazón porque será capaz de ayudarnos a estrenar una vida nueva, esa vida con la que tantas veces hemos podido soñar: la vida de paz y de amor que el Padre pensó para nosotros desde la creación del mundo.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos decía: “ya es hora de despertaros del sueño”…  “dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz”
 
Es decir, ya es hora de dejar atrás una vida sin sentido, esa vida sin sentido que tantas veces llevamos y ya es hora por tanto de revestirnos del Señor viviendo de acuerdo a su evangelio.  Ya es hora de vivir una vida más cristiana, más de acuerdo al proyecto de vida que nos ofrece Jesús.
 
El evangelio de san Mateo nos ha hablado del fin de los tiempos.  Nos pone frente a la venida última del Señor.
 
Para los cristianos hay 2 venidas de Cristo: una es a la que nos estamos preparando ahora: nacimiento de Jesús; y la segunda venida será cuando Cristo, envuelto en luz, venga a juzgarnos.
 
El evangelio nos dice que el cristiano tiene que vivir en estado de espera, nuestra mirada ha de estar puesta en dirección a estas 2 venidas de Cristo.
 
Nosotros no sabemos cuándo va a llegar Cristo a juzgarnos, a pedirnos cuentas de lo que hemos hecho.  La segunda venida de Cristo no sabemos cuándo será.
 
Solamente el velar permite no ser tomados de improviso por Cristo.   Hay que estar preparado porque no sabemos cuándo va a venir el Señor. El sueño representa la indiferencia, el no tomar en serio las cosas de Dios; el dejar a Dios siempre para más tarde.  El sueño es no querer ocuparnos de Dios.
 
Jesús en el evangelio nos ha recordado los tiempos de Noé, cuando la gente comía y bebía descuidadamente sin preocuparse de lo fundamental de su vida: su relación con Dios.  Y así, mientras ellos andaban comiendo y bebiendo, llegó el diluvio.                        
 
No podemos seguir con el sueño del desinterés por Cristo, no podemos seguir sintiéndonos lejanos de Cristo.  Esperar al Salvador, significa sentirse interesados por Cristo, reconocer que tenemos necesidad de salvación. Esperar al Salvador, significa que en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, darnos cuenta que es necesario preocuparse de un negocio fundamental: Dios. 
 
No podemos ser como esos hombres que nacen, viven y mueren sin haberse comprometido con Dios, sin haber servido siquiera una vez a Dios.  Esperar al Salvador es hacer que cada día, el trabajo y nuestras responsabilidades tengan como referencia a Dios.
 
Los cristianos tenemos que centrar nuestra esperanza en una Persona viva, presente ya desde hace más de dos mil años en nuestra historia: Cristo Jesús. Cristo es la respuesta de Dios a los deseos y las preguntas de la humanidad. No nos va a salvar la política ni la economía ni los adelantos de la ciencia y la técnica, nos va a salvar Dios.