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lunes, 22 de junio de 2026

 



Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la vida y las condiciones necesarias para seguir a Jesús.

La 1ª lectura, del 2° libro de los Reyes,  nos muestra cómo todos podemos colaborar en la realización del proyecto salvador de Dios.  Unos pueden colaborar de forma directa como el profeta Eliseo; otros indirectamente como la mujer de Sunem.  Todos tenemos un papel que desempeñar en la Iglesia, todos tenemos que colaborar para que Dios se haga presente en el mundo.

La mujer de Sunem acoge al profeta como si del mismo Dios se tratara.  Es una acogida extraordinaria.  La recompensa también es extraordinaria: para una mujer hebrea la mayor desgracia era no darle ningún hijo a su marido.  El Señor da este premio a la sunamita:El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”. 

Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente todo lo que se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que redime y salva.

Hoy podemos preguntarnos: ¿premia Dios en esta vida nuestros esfuerzos y sacrificios por los demás? La respuesta es sí.  Dios es un Dios de vivos y por tanto es Señor de la vida cotidiana.  No hay que esperar al tiempo futuro para esperar su premio.  La alegría, la limpieza de corazón, el amor a los demás, ya son regalos de Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Romanos, nos habla del bautismo.  Por medio del bautismo la vida de divina está en nuestro interior. Esa vida divina tiene que ir creciendo en nosotros hasta hacerse expresión en nuestros pensamientos y en nuestras obras, así se manifestará la resurrección y daremos muerte en nosotros al pecado.

¿Para qué nos bautizamos?  Para ser cristianos y ser cristianos es vivir una vida nueva y renunciar al pecado.  Pecar significa cerrarse en uno mismo y rechazar a Dios y a los demás.  “Pecar” es rechazar la comunión con Dios e ignorar, conscientemente, sus propuestas.

No podemos ignorar que el pecado existe, existe porque el pecado es el egoísmo que genera injusticia y explotación; es el orgullo que genera conflicto y división; es la venganza que genera violencia y muerte.

Lo que se le pide al cristiano es que renuncie a esta realidad y oriente su vida de acuerdo con los criterios  y los valores de Jesús.

En el evangelio de hoy de san Mateo, ¡Jesús no nos lo pone fácil!  El evangelio de hoy empieza con unas frases muy fuertes: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”.

¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella?

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él quiere, lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, por encima de todo.

¿Qué querría decir, por ejemplo, amar al padre o a la madre más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo de aquel hijo que ve que podría dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar en un grupo cristiano, y no lo hace porque sus padres lo quieren todo el día a su lado. Los padres no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de Jesús.

¿Y que querría decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades.

O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que “esto es perder el tiempo en tonterías”.

Estos son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia.  Hay algo que está por encima de la familia: el reino de Dios y su justicia.

lunes, 15 de junio de 2026



Miedo y confianza son palabras que aparecen hoy en la Palabra de Dios que hemos proclamado.  Por encima de nuestros miedos hemos de tener confianza en Dios porque sabemos que Dios nos cuida.

En la 1ª lectura vemos como Jeremías es perseguido por el mensaje que anuncia y todo lo que denuncia, sin embargo no deja de confiar en Dios y de anunciar fielmente las propuestas de Dios para los hombres.

Ser profeta no es fácil.  A la gente no le gusta que pongan en duda o que cuestionen su forma incorrecta de vivir, sus injusticias o sus antivalores.  Por eso la vida del profeta es una vida de incomprensión, soledad, lucha y riesgo.  Y sin embargo es un camino que Dios nos llama a recorrer con fidelidad a su Palabra.

El profeta, como el verdadero cristiano es aquel que es capaz de decir con valentía verdades que duelen y que provocan críticas y conflictos y en algunas circunstancias, incluso, con peligro de su vida.  Sabemos bien, que todo aquel que ha querido hacer el bien, siempre encuentra dificultades.  Por eso el profeta Jeremías nos decía que “oía la acusación de la gente”.

Criticar al que quiere hacer bien las cosas es el deporte nacional.  Es lo que toda la vida sabe muy bien hacer la gente. En la actualidad hacer las cosas bien no es aplaudido.  Incluso, en ocasiones, es perseguido.  Hoy, parece que lo que es más popular, lo que le gusta a mucha gente es ir contra el sistema, ir contra lo que está bien, e incluso ir contra Dios y sus valores.

Por eso, si somos auténticos cristianos, estemos seguros de una cosa: siempre vamos a ser criticados y calumniados.  Sin embargo, Dios nunca abandona a aquel que le es fiel. 

Por eso es importante que, delante del Señor pensemos y nos preguntemos: ¿estoy dispuesto a ser distinto, a ser auténtico, a ser fiel a Dios?  Porque, cuando intentamos vivir como buenos cristianos se tiene que notar lo que somos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos habla de la entrada del pecado en el mundo.  El pecado es una vieja realidad en el mundo.  Tan vieja como el hombre ya que el hombre, y sólo el hombre, es el responsable de la condición pecadora de la humanidad.

No podemos cerrar nuestros ojos ante la realidad de pecado que existe en nuestro mundo.  Es verdad que el mal destaca escandalosamente en el mundo.  Algunos acontecimientos que marcan nuestro tiempo confirman que una historia construida sobre el pecado y al margen de Dios es una historia llena de egoísmo y de injusticias.

Pero si el pecado es una vieja realidad, también lo es el perdón y la gracia de Dios y aunque aparezca más calladamente, tienen más fuerza y más valor que el pecado.

El Evangelio de san Mateo nos dice hoy que la Palabra liberadora de Jesús no puede ser silenciada, escondida sino que tiene que ser proclamada “sin miedo”.

Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos hoy, es la falta de credibilidad de las instituciones y de las personas.  Hoy, ni los políticos, ni los empresarios, ni los sindicatos nos inspiran confianza.  Y lo que es peor, muchas veces tampoco nos inspira confianza el vecino, incluso desconfiamos también de los familiares.

Parece que ya nadie confía en nadie.  Es verdad que son muchísimos los problemas con que nos enfrentamos hoy en día: la corrupción, la falta de trabajo, el terrorismo, la incertidumbre económica, la falta de moral social y política, las guerras, el hambre, la pobreza cada día mayor. Todo esto nos lleva a vivir con miedo, atemorizados, encerrados en nosotros mismos, despreocupados de los demás.

Si perdemos la confianza en nosotros mismos y en la bondad del mundo, estamos perdidos.  Contra el mal y la pérdida de confianza, el evangelio nos invita a confiar en Dios.  Dios, nuestro Padre que cuida de la naturaleza, de los animales, ¡cuánto más no cuidará del hombre, hecho a su imagen y semejanza!

Hay que tener confianza en que el mundo, a pesar de todo, se encamina al encuentro con Dios.  Confianza en que nuestros trabajos y aportaciones en la construcción de un mundo mejor, por muy pequeños que sean, son importantes.  Confianza en las personas.

Jesucristo nos repetía hoy: “¡No tengáis miedo!” porque nada malo puede sucedernos si ponemos en Dios nuestra confianza.

lunes, 8 de junio de 2026

 



En este Domingo, la Palabra de Dios nos recuerda la presencia constante de Dios en el mundo y la voluntad que Él tiene de ofrecer a los hombres, a cada paso, su vida y su salvación.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha presentado al Dios de la “alianza”, que elige a un Pueblo para establecer con él lazos de comunión y de familiaridad; a ese Pueblo, Dios le confía una misión sacerdotal: Israel debe ser el Pueblo reservado para el servicio de Dios, esto es, para ser un signo de Dios en medio de las naciones.

Vivimos un tiempo en el que no es fácil, en medio de la vorágine en la que la vida discurre, reconocer la presencia, el amor y el cuidado de Dios por la humanidad que creó. Algunos de nuestros contemporáneos llegan a hablar incluso de la “muerte de Dios”, para expresar la realidad de una historia en donde Dios parece estar totalmente ausente.

¿Es Dios quien está ausente de la historia de los hombres, o son los hombres quienes apuestan por otros dioses (esto es, otros esquemas de felicidad) y no tienen tiempo disponible para encontrarse con el Dios de la “alianza” y de la comunión? ¿Es Dios quien se ha vuelto indiferente e insensible al destino de los hombres, o son los hombres los que prefieren andar por caminos de orgullo y de autosuficiencia al margen de Dios? ¿Habrá renunciado Dios a establecer lazos de familia con nosotros, o somos nosotros los que, en nombre de una pretendida libertad, preferimos construir la historia del mundo lejos de Dios y de sus propuestas?

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos sugiere que la comunidad de los discípulos es, fundamentalmente, una comunidad de personas a las que Dios ama. Su misión en el mundo es dar testimonio del amor de Dios por los hombres, un amor eterno, inquebrantable, gratuito y absolutamente único.

El amor de Dios es totalmente gratuito, incondicional y eterno. No espera nada a cambio; no pone condiciones para derramarse sobre el hombre. En una época en la que la cultura dominante vende la imagen del amor interesado, condicionado y efímero, el amor de Dios constituye un tremendo desafío para los creyentes. El amor de Dios es universal. No margina ni discrimina a nadie, no distingue entre amigos y enemigos, no condena irremediablemente. ¿Nosotros, discípulos de Jesús, somos testigos de ese amor?

El Evangelio de san Mateo nos muestra una catequesis sobre la elección, la llamada, y el envío de los “doce” discípulos (que representan a la totalidad del Pueblo de Dios) a anunciar el “Reino”. Esos “doce” serán los continuadores de la misión de Jesús y deberán llevar la propuesta de salvación y de liberación que Dios hace a los hombres por Jesús, a toda la tierra.

Dios nunca se ausentó de la historia de los hombres; Él continúa conduciendo la historia de la salvación e insiste en llevar a su Pueblo al encuentro de la verdadera libertad, de la verdadera felicidad, de la vida definitiva. ¿Cómo actúa hoy Dios en el mundo? La respuesta que el Evangelio nos da es: a través de esos discípulos que aceptan responder positivamente a la llamada de Jesús y se embarcan en la aventura del “Reino”.

Ellos continúan hoy en el mundo la obra de Jesús y anuncian, con palabras y con gestos, ese mundo nuevo de felicidad sin fin que Dios quiere ofrecer a los hombres.

Jesús no llama a “especialistas” para seguirlo y para dar testimonio del “Reino”. Los “doce” representan a la totalidad del Pueblo de Dios. Es a la totalidad del Pueblo de Dios (los “doce”) a los que enviará, a fin de continuar la obra de Jesús en medio de los hombres y anunciarles el “Reino”

¿Cuál es la misión de los discípulos de Jesús? Es luchar objetivamente contra todo aquello que esclaviza al hombre y que le impide ser feliz. Hoy hay estructuras que generan guerra, violencia, terror, muerte: la misión de los discípulos de Jesús es contestarlas y desmontarlas; hoy hay “valores” que generan esclavitud, opresión, sufrimiento: la misión de los discípulos de Jesús es rechazarlos y denunciarlos; hoy hay sistemas de explotación (disfrazados de sistemas económicos productores de bienestar) que generan miseria, marginación, debilidad, exclusión: la misión de los discípulos de Jesús es combatirlos. La propuesta liberadora de Jesús tiene que estar presente (a través de los discípulos) en cualquier lugar donde haya un hermano víctima de la esclavitud y de la injusticia. ¿Es esto lo que yo intento hacer?

martes, 2 de junio de 2026

 



El Jueves Santo Jesucristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de subir al cielo, se ve opacado por la tristeza de su Pasión y muerte.

Por eso la Iglesia ha instituido esta fiesta del Corpus Christi en esta época en que ya hemos superado la tristeza de la Pasión y muerte del Señor y hemos disfrutado de la alegría de la resurrección durante el tiempo pascal.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos ha recordado cómo el pueblo de Israel caminaba por el desierto hacia la tierra prometida y siente hambre y sed.  Y Dios que no abandona nunca a su pueblo acude en su ayuda y le ofrece agua y el maná. 

Cuando el hombre lo tiene todo y no carece de nada, nos olvidamos con frecuencia de los tiempos pasados.  El pueblo de Israel una vez que se había establecido en la tierra prometida y tenían bienes para vivir, e incluso para vivir con cierta abundancia se olvidaron de Dios.  El libro del Deuteronomio levanta la voz para recordarnos que no podemos vivir en plenitud si le damos la espalda a Dios. 

No sólo de pan vive el hombre; el pan es necesario, es imprescindible, pero el alimento que sacia, que da plenitud, sólo lo puede dar Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos dice que la participación en la Eucaristía nos tiene que llevar a la unidad.  No podemos destruir la unidad de la Iglesia con nuestras actitudes egoístas y nuestros comportamientos insolidarios.

El pan que recibimos en la Eucaristía es uno porque Cristo es uno.  Por eso, no puede haber divisiones ni favoritismos en una comunidad cristiana.  Si todos comulgamos un mismo pan, no podemos estar divididos, porque Cristo no está dividido.  Celebrar la Eucaristía supone estar en unidad de vida con uno mismo y con los hermanos de la comunidad y de todas las comunidades del mundo.

Cuando comulgamos no recibimos a distintos Cristos, sino que todos recibimos al mismo Cristo.  Al comulgar todos nos debemos sentir unidos a todos y todos ser uno con Cristo.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Cristo como “el pan vivo… para que el mundo tenga vida”.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres. Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse. Cierto que se ha quedado como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.

Es tan real la presencia de Jesucristo, en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Cristo entra dentro de nosotros para dar a nuestra vida, Su vida, para dar a nuestra oscuridad su Luz.

Así como necesitamos el alimento material para vivir, así también necesitamos el alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo para conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el bautismo.  No puede uno vivir como cristiano y no alimentarse del Pan de la Vida en la Eucaristía.  Como tampoco puede haber una comunidad cristiana auténtica si no tiene como sustento la celebración de la Eucaristía.

Pero para poder recibir a Cristo en la Eucaristía es necesario recibirlo en estado de gracia.  La gracia es un regalo sobrenatural dado por Dios para ayudarnos en el camino que nos lleva al Cielo. Y la gracia se pierde por el pecado, es decir, por nuestro rechazo a Dios o a Sus Mandamientos.  Para comulgar bien Dios nos pide ir con un corazón puro, limpio y receptivo a Él.

Pero, además de estar en estado de gracia, para recibir a Cristo en la Eucaristía hay otras condiciones que son necesarias: Fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Confianza plena en Dios y abandono y entrega total a Dios.

Estas disposiciones fundamentales de parte nuestra permiten que haya “común-unión” o Comunión: unión de Cristo con nosotros y de nosotros en Cristo. Si no tenemos estas disposiciones, no puede darse la Comunión.

Recibimos a Cristo con nuestra boca. Pero eso no basta, pues tenemos que unirnos a Él en el pensamiento, en el sentir, en la voluntad; con nuestro cuerpo, con nuestra alma y con nuestro corazón.

Celebrar el “día del Corpus” es honrar a Jesucristo, presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas.  Celebrar la Eucaristía es dar gracias a Dios.

Demos gracias a Dios hoy, por el regalo de su presencia viva en la hostia consagrada.  Demos gracia a Dios hoy por poder recibir este alimento tan necesario para nuestra vida de cristianos.  Demos gracias a Dios hoy porque se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual.

lunes, 25 de mayo de 2026

 



Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad.  Esta fiesta es una invitación no a comprender este misterio de un único Dios en tres personas distintas, sino que la fiesta de hoy es una invitación a contemplar a Dios que es amor, que es familia, que es comunidad y que creó a los hombres para hacerles compartir este misterio de amor.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha narrado un diálogo entre Dios y Moisés en el monte Sinaí.  Ahí Dios-Padre se revela como un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad.  Es un Dios cercano a su pueblo, que siempre lo acompaña.

El gran poder de Dios es su misericordia y su compasión.  Igual que Moisés se encontró con Dios, también nosotros nos podemos encontrar con Él si lo buscamos con un corazón sincero.  Para eso es necesario abandonar nuestras preocupaciones y entregarnos sinceramente a Dios.

Nuestra sociedad quiere prescindir de Dios, por ello, nosotros, como hijos suyos que somos debemos decir como Moisés: “Sé Tú nuestro Dios”.

Hemos de reconocer que hoy, muchas personas sustituyen al Dios verdadero por los nuevos dioses: el poder, dinero, fama, triunfo, los ídolos del mundo del deporte, del cine, de la televisión a los que se veneran con toda una liturgia de adoración laica; se les ofrece ofrendas: “estatuillas doradas” (oscars), “medallas de oro, plata y bronce y hasta “zapatos de oro”.  Estos son los nuevos becerros de oro.

Sin embargo, hoy, Dios nos deja ver que Él es el verdadero Dios, un Dios “con corazón”, y con un corazón lleno de amor, de bondad, de ternura, de misericordia y de fidelidad.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos ha presentado el saludo litúrgico con el que comenzamos todas nuestras celebraciones eucarísticas.  Es la confesión de la Trinidad Santa que hoy celebramos.

A cada una de las personas de la Trinidad se le atribuye una cualidad: a Jesús, la gracia; a Dios Padre, el amor; al Espíritu Santo, la comunión.

Por medio de los sacramentos Jesús nos comunica la gracia.  La gracia es la vida divina, que Dios nos comunica para hacernos sus hijos por medio del bautismo.  Esa vida divina que está en nosotros como semilla, tiene que ir creciendo con nuestra colaboración en la edificación del Reino de Dios.

El Evangelio de san Juan nos decía: “Tanto amó Dios al mundo”.  Dios nos ama tanto que nos ofrece una vida plena y definitiva.  Su amor es gratuito, incondicional, absoluto, válido para siempre; pero Dios respeta nuestra libertad y acepta que rechacemos ese amor, esa vida que Él nos quiere dar. Sin embargo, rechazar ese amor es optar por una vida de infelicidad, sufrimiento y muerte.  Por más que nos alejemos de Dios, no podemos dejar de ser parte de su familia.

Precisamente, celebrar la fiesta de la Trinidad es celebrar que Dios es familia, que no es un ser sólo y aislado.

La Trinidad no es un problema de matemáticas.  Lo que celebramos hoy es que Dios, nuestro Dios es una comunidad, una familia.  Una familia tan unida que todos quieren lo mismo.  Una familia que se ama tanto que el uno se entrega al otro por completo. 

Nosotros formamos parte de esa familia de Dios.  Dios ha querido que participemos de su familia.  Al través del bautismo nos hemos hecho parte de esa familia de Dios.

Es importante que los seres humanos no nos olvidemos que somos parte de una familia.  Solemos decir que el hombre es un ser social.  Por eso la vida, la vida humana, la de las personas, es imposible sin los demás, sin la sociedad.

Los problemas surgen en nuestro mundo, porque en este mundo vamos sembrado cada día más el individualismo, llegamos a decir: “sólo yo, o sólo mi familia, o sólo mi país”.  Y no nos damos cuenta que Dios ha hecho este mundo sin fronteras, sin alambradas, sin papeles y por lo tanto todos somos necesarios para trabajar por el bien común, por esta gran familia que es la humanidad.

No podemos olvidar que el único desarrollo sostenible, el único progreso verdaderamente humano, la única oportunidad para la paz, la última posibilidad de felicidad depende de todos y cuenta con todos.  Dios quiere que el cielo sea para todos porque somos una sola familia.

Recordemos hoy al hacer la señal de la cruz con nuestra mano, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho que estamos consagrando nuestra persona y expresando el deseo de acoger a Dios Trinidad en nosotros.  Deseando que los pensamientos de nuestra mente, las palabras de nuestra boca, los sentimientos de nuestro corazón, las obras de nuestras manos, sean los de un hombre que vive “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.  

Cuando oramos así, el Padre nos escucha y el Padre nos ama al vernos unidos a Jesucristo que es nuestro hermano y que por la fuerza del Espíritu Santo nos hace ser una familia que trabaja por un mundo mejor.



lunes, 18 de mayo de 2026

 



El tiempo litúrgico  de Pascua concluye con el domingo de Pentecostés, en el que los cristianos celebramos la venida del Espíritu Santo a los Apóstoles, los orígenes de la Iglesia y el comienzo de la misión a todos los pueblos y naciones.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los apóstoles.

Hoy celebramos el nacimiento de la Iglesia.  Los apóstoles habían visto vivo al Señor, pero seguían teniendo miedo a los judíos, miedo de ser asesinados.  No sabían qué hacer, ni qué predicar, ni a donde ir.  Por eso se habían juntado a rezar, junto a la Virgen María, para pedir el Espíritu que Jesús les había prometido.

De pronto, sin saber cómo, se llenaron del Espíritu Santo y se les quitó el miedo y con valentía salieron a la calle a anunciar a Jesucristo, y muchas personas los escuchaban y los entendían.

Pentecostés es todo lo contrario al episodio de la Torre de Babel, en Babel Dios confundió la lengua y no se entendían las personas.  En Pentecostés, hablando diferentes idiomas todos entienden a los apóstoles.

Sin embargo, hoy, sigue habiendo Torres de Babel.  Cuando el hombre, cree que puede ser dios, lo único que consigue es convertirse en un peligro para sus semejantes.

Todavía hoy sigue habiendo muchas personas que se endiosan a sí mismos y se comportan como amos, como señores de sus semejantes, violando sus derechos, limitando su libertad, esclavizando sus conciencias, pisoteando sus dignidad y exigiendo obediencia y sometimiento como el que debemos tener sólo a Dios.

Hoy hay verdaderas babeles, es decir, hoy hay muchos obstáculos para que los seres humanos nos podamos entender: esclavitud sexual, represión, desaparecidos, limpiezas étnicas, guerras, bloques militares, la carrera armamentista, tortura, hambre, el neoliberalismo, justicia que no es imparcial, imposición de la democracia por la fuerza de la violencia, etc.

Todas estas situaciones, fruto del egoísmo humano, hacen que los hombres no nos entendamos y no podamos vivir en fraternidad.

Sin embargo, Jesús nos ha enviado al Espíritu Santo para que nos dejemos guiar por Él y así construyamos un mundo donde todos los seres humanos nos podamos entender en el único idioma que todos hablamos y entendemos: el idioma del amor, y así construyamos un mundo más humano y fraterno.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que hemos recibido el Espíritu Santo para que vivamos unidos y a cada uno nos ha dado un don especial para ponerlo al servicio de la Iglesia, al servicio del bien común.

Los dones que hemos recibido son para construir la unidad; por eso los dones que el Espíritu Santo nos da no son para ser utilizados en beneficio propio, sino que deben ser puestos al servicio de todos.

En el Evangelio de san Juan vemos que Jesús se presenta en medio de sus discípulos, como lo había prometido: “me voy y volveré a vosotros”.  Atraviesa las puertas de la casa y las puertas internas del miedo de sus discípulos y les comunica a sus discípulos cuatro dones fundamentales: la paz, el gozo, la misión y el Espíritu Santo.

¿Qué significa para nosotros la venida el Espíritu Santo?

El Espíritu de Jesús está hoy en cada uno de nosotros, está en nuestras comunidades cristianas, está en nuestra iglesia.  Está en nuestro corazón y en nuestra vida, está entre nosotros.  ¿Cómo es posible entonces esa apatía religiosa de muchas personas que ha recibido al Espíritu Santo pero que no viven ni practican su fe?

Si vivimos conscientemente la presencia del Espíritu Santo dentro de nosotros, podremos sentir una vida nueva, una fuerza dentro de nosotros que nos hace tener seguridad y confianza en nosotros mismos; sentiremos la alegría de saber que Dios está con nosotros, sentiremos su fuerza para poder comunicarnos con Dios y con los demás y para ser sus testigos en medio de nuestro mundo.

El Espíritu Santo iluminará nuestra inteligencia para llevar a cabo nuestros mejores proyectos, nuestras mejores metas; para ser solidarios, para construir un mejor futuro tanto para nosotros como para los demás.

El Espíritu Santo nos hace vivir con esperanza ante el futuro, teniendo más capacidad para amar y también para dejarnos amar, teniendo fuerza para iniciar cada día con nuevo ánimo, porque Dios está con nosotros.

Por eso, celebremos este día, fiesta de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, con la firme determinación de dejar que el Espíritu de Dios actúe en nosotros para que su Reino de amor, justicia, hermandad vayan siendo realidad en nosotros y en nuestro mundo.

Digamos hoy con fuerte voz: “¡Ven, Espíritu Santo!”

lunes, 19 de mayo de 2025

 

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


La liturgia de este domingo de Pascua nos presenta la promesa de Jesús de enviar su Espíritu para fortalecer nuestra fe, y la Paz que concede a quienes viven en su presencia.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta un problema muy serio que vivieron las primeras comunidades cristianas y que provocó fuertes enfrentamientos dentro de ellas.

Algunos de los primeros cristianos no se habían desprendido de todas las leyes judías y defendían que había que cumplir ciertas leyes judías.  Con esto, cerraban la puerta a muchos que querían hacerse cristianos pero no eran judíos. 

Los apóstoles, reunidos en asamblea y bajo la luz del Espíritu Santo decidieron que para ser cristiano era suficiente seguir la doctrina y el Evangelio de Cristo.  No era necesario hacerse judío para ser cristiano.

Nos decía la lectura: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”  Nuestro mundo de hoy está marcado por el individualismo, fruto de ideologías y de nuestra misma cultura que nos hace que nos aislemos de los demás.  Por nuestra forma de pensar y nuestra manera de vivir confundimos, a veces, la verdad, con nuestra verdad, y creemos que siendo la nuestra la única verdad, los que no piensan como nosotros, los que no están de acuerdo con nosotros, están equivocados.  Por eso surgen las confrontaciones y las divisiones.  Para evitar esta dificultad y llegar a un consenso, nada mejor que encontrarse en diálogo sincero, nada mejor que dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de tomar una decisión importante en nuestra vida.

La Iglesia de hoy, al igual que las Comunidades cristianas primeras, están constituidas por hombres y no por ángeles. Pero la Iglesia, a pesar de estar integrada por hombres, es la Iglesia de Cristo Jesús, y está iluminada y orientada por el Espíritu de Dios.

Los errores e incertidumbres se resuelven, por consiguiente, bajo la iluminación del Espíritu Santo y la presencia del mismo Jesús “hasta el final de los tiempos”.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia celestial.

La construcción de los cielos nuevos y la tierra nueva debe empezar desde el interior de cada persona. Ese mundo nuevo no se construye con la violencia de las armas, ni por deseos de poder. 

Ese mundo sólo es posible construirlo con la fuerza del Amor. Pero no con cualquier amor, porque en la humanidad todos hablamos del amor, pero cada uno lo entiende a su manera. 

Amor al estilo de Jesús. El amor al estilo de Jesús es el único que puede hacer cambiarnos y cambiar este mundo.

En el Evangelio de san Juan, Jesús nos decía: “el que me ama cumplirá mi palabra”.

Jesús nos habla de amor, pero un amor traducido en obras, un amor que cumple, un amor que es realidad.  Quizás algunos piensen que amar es cumplir las leyes y con eso ya es suficiente.  Pero es todo lo contrario, no se trata simplemente de cumplir leyes, sino de amar y de amar de verdad.

Nos decía también hoy Jesús: “y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”  Ser cristiano no es cuestión de leyes y de ritos, sino fundamentalmente es vivir la presencia de Dios, experimentar su amor y ser expresión de su amor. 

Jesús nos hace hoy también una recomendación: “no perdáis la paz”.   En este nuestro mundo donde la violencia se ha adueñado de todos los ámbitos, donde se justifican las guerras más crueles y ya pasan desapercibidas las muertes de tantos hermanos nuestros, donde corremos el riesgo de perder la paz, de acobardarnos, Cristo nos invita a que fortalezcamos nuestro corazón.

¿Cómo no tener miedo a los horrores del narcotráfico cuando se han metido a todos nuestros pueblos y a todas las comunidades? ¿Nos quedaremos cruzados de brazos viendo cómo nuestros jóvenes se corrompen y se contagian de la ambición del poder y del dinero? Escuchemos la palabra de Jesús y miremos las verdaderas causas y ataquemos, no con las ametralladoras que no sirven de nada, sino yendo al fondo de los problemas.

Si logramos dar valores y fortaleza de corazón a los niños y a los jóvenes, no caerán en la garras del vicio. Pero si descuidamos su educación y nosotros mismos no somos ejemplo de coherencia y de perseverancia ¡qué fácil caerán los ingenuos jóvenes!

En esta tarea no estamos solos. Nunca el cristiano debería sentirse huérfano. Lo que configura la vida del verdadero creyente no es el ansia del placer, ni la lucha por el éxito, ni la obediencia a una ley. El verdadero creyente no cae ni en el legalismo ni en la anarquía, sino que busca con el corazón limpio la verdad.

lunes, 12 de mayo de 2025

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy del amor.  El amor es lo que identifica a los seguidores de Jesús.  Para poder amar, como Jesús nos lo pide hoy, hay que cambiar muchas cosas en nuestra vida y a muchos no les gustan los cambios porque es más cómodo vivir de la manera a la que estamos acostumbrados.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha narrado como Pablo y Bernabé recorren centenares de kilómetros para evangelizar.  Ellos habían experimentado el nuevo sentido de sus vidas y no podían guardárselo para ellos.

Pablo y Bernabé pedían a los nuevos cristianos fidelidad y perseverancia en las tribulaciones.  “Hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”, nos decía san Pablo.

Hay que hacer una opción por el Reino de Dios y esto no es fácil.  El camino del Reino está sembrado de dificultades y la “puerta es estrecha”, aunque nunca está cerrada.

Hemos de perseverar en nuestra fe, saber qué quiere Dios de nosotros, estar dispuestos a involucrarnos en las cosas de Dios, renunciar a esas cosas que nos apartan de Dios. Dios ha hecho muchas cosas por nosotros, ¿qué estamos haciendo nosotros por Dios?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva”.

Es cierto que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y que la puerta es estrecha, pero si alcanzamos ese cielo nuevo, entramos a un mundo transformado, prometedor y alegre; entramos a un mundo nuevo “donde no habrá llanto, ni duelo, ni sufrimiento”.  El mundo del sufrimiento y de la lucha diaria dejará lugar al mundo de la felicidad, del descanso y de la paz.

Pero ya desde ahora, estamos llamados a construir esa “tierra nueva”, a superar todas aquellas cosas que impiden al ser humano vivir en plena libertad, a superar un mundo de oscuridad que nos sumerge en la cultura de la muerte y de la infelicidad.  Estamos llamados a superar el egoísmo, la codicia, los rencores, la vanidad, los miedos, las inseguridades.  Estamos llamados a construir un mundo nuevo que no esté dominado por la injusticia, la dominación de unos sobre otros, la muerte, la violencia y tantas cosas negativas como tiene hoy nuestro mundo.

Dios nos llama y nos invita a formar otro mundo, un mundo que se abra a la gracia de Dios.  Un mundo donde el mal y todas sus consecuencias ya no existan. 

El Señor, con su vida, con su palabra y su obra, hizo nuevas todas las cosas y empezó a hacer realidad un mundo nuevo sostenido con otros valores, valores diferentes a los que viven hoy la mayoría de las personas.  Es tarea nuestra ir construyendo ese “cielo nuevo y esa tierra nueva” a la que Dios nos invita.

En el Evangelio de san Juan el Señor, antes de despedirse de sus discípulos les entrega como testamento espiritual su sueño y su mandato: el gran Mandamiento del Amor.

El mundo podrá identificarnos de qué comunidad somos si cumplimos este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama, demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley.

En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, los  cristianos estamos llamados a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor. Allí están las bases sobre las que se puede construir una nueva sociedad. Mientras no vivamos el amor, no es cierto que la ley pueda cambiar la sociedad. 

Cuando nuestros políticos, sobre todo en campañas, hacen propuestas que parecen novedosas, se quedan cortos, porque siempre buscan cosas superficiales y sus sueños no tocan la base de la persona. Se fijan en los bienes materiales y no está en la base el amor y el respeto mutuo.

Pero Jesús se refiere al verdadero amor. No es el amor romántico y dulzón de los novios adolescentes. El amor del que nos habla Jesús es amar hasta dar la vida.  Es el amor de pareja que sabe superar las naturales diferencias; es el amor de padres que no crían hijos con la ilusión de después pasarles la factura en cuidados de ancianidad; es el amor al prójimo donde se tiene en cuenta a todos y cada uno, y no se miran las propias conveniencias. Así sí se podrá construir una ciudad nueva.

Hay que amar, sin mirar a quién; amar, sin contar las horas; amar, con corazón y desde el corazón; amar, buscando el bien del contrario.  Ese es el sueño de Jesús y debería ser el sueño de sus seguidores.

Desgraciadamente, los cristianos nos quedamos cortos.  Con mucha frecuencia, nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios.

Lo que hace grande a una comunidad es su capacidad de amar a los diferentes, de integrar y superar el conflicto. 

¿Cómo vivimos el gran sueño de Jesús entre nosotros? ¿Cómo damos testimonio de este amor en la familia, en el trabajo, en la construcción de la sociedad? ¿Cómo estamos construyendo esa “nueva ciudad”, esa nueva sociedad?

lunes, 5 de mayo de 2025

 

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el cuarto domingo de Pascua.  Este domingo es el domingo del Buen Pastor.  El Buen Pastor es una imagen que emplea el Señor para referirse a sí mismo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Pablo y a Bernabé en su actividad evangelizadora.  Son enviados por Jesús, para salvar no sólo a los judíos, sino a todos los que quieren recibir el mensaje del Señor.

Dios ha enviado a su Hijo para salvar a todos aquellos que acepten en libertad esta oferta de salvación de parte de Dios.  La Iglesia naciente, empieza a abrir sus puertas a la universalidad.  Los apóstoles no se quedan encerrados en predicar sólo a los judíos sino a todos los hombres, a todos los pueblos.  Esto crea envidias y celos por parte de los dirigentes religiosos judíos.

La Iglesia tiene la misión de cumplir con el mandato del Señor: “Id por todas partes y predicad el Evangelio”.   Hay que anunciar la salvación a todos los hombres a todos los pueblos.  Pero la misión de la Iglesia no es ganar seguidores sea como sea, para aumentar el número de sus fieles, ni para presumir de ser más que otros, ni para imponerse sobre otras religiones o culturas. La Iglesia tampoco busca hacer propaganda barata para aumentar su influencia en la sociedad, para controlar las creencias de las personas o para obtener mayores beneficios económicos.

La Iglesia católica se define, como su nombre indica, por su universalidad y ésta es la gran misión de la Iglesia, para esto existe para ser universal, porque esto es lo que Cristo le pidió a sus apóstoles: que todos los hombres de todo tiempo y lugar sepan del amor con que Dios los ama; sepan que Dios es su Padre y que quiere la felicidad de todos sus hijos; sepan que han sido elegidos por Dios para la vida eterna, de modo que la muerte no será una realidad definitiva sino el paso hacia la vida eterna, hacia la vida sin fin.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos hablaba hoy del cielo al que todos esperamos ir un día. San Juan ve una muchedumbre inmensa que nadie puede contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie, delante de Dios.  Es decir, la salvación de Cristo es para todos, para todos los que deseen ser salvados y se sientan necesitados de salvación.

San Juan nos dice también que nadie pasará hambre ni sed, que el mal ha sido vencido y erradicado definitivamente, y Dios en medio de todos, secando las lágrimas.  ¡Qué imagen tan sencilla, tan maternal, tan cariñosa, para expresar todo el amor que tendremos y que saciará nuestro corazón por completo, porque veremos a Dios cara a cara!

Sin embargo nosotros no olvidamos que seguimos aún en este mundo, en medio de las luchas y los problemas de cada día.  Pero es bueno detenernos de vez en cuando y elevar nuestros ojos hacia la patria definitiva.

En el Evangelio de san Juan, Jesús se nos presenta como el Buen Pastor, el único Pastor, y nosotros –todos—somos parte de su Rebaño.

Como cristianos, tenemos que reconocer la voz de Dios, y Jesús es esa voz que nos da vida. Hay muchas formas de apagar una voz: la violencia, un ruido más fuerte, cambiarla por otras voces, taparnos los oídos. San Juan nos ofrece una de las señales de que pertenecemos a Jesús, de que somos de Él: si somos capaces de conocer su voz.  “Discípulo es el que sabe escuchar la voz de Jesús”.

Sería importante que recordáramos cuales voces influyen en nuestra vida diaria si las voces del mundo o la voz de Jesús.  La voz de Jesús es una voz que se presenta como la gran noticia de salvación, pero es una voz que nos pide también una verdadera conversión.

La voz de Jesús es una voz misericordiosa que transforma a las personas, pero también es una voz llena de autoridad para exigir verdad y coherencia entre nuestra fe  y nuestra vida, no es primero sí y luego no.

Hay que tener el oído y el corazón muy atentos porque hay muchas voces que quieren ahogar la voz de Jesús, como si Él no tuviera nada que decir a nuestro mundo de hoy.  Nuestro gran reto hoy es saber reconocer esa voz amorosa entre tantas voces que quieren ahogarla y que llegan a nosotros diariamente para confundirnos y ensordecernos.

Si Jesús pide el reconocimiento de su voz, lo que Él ofrece es mucho más importante: Él nos conoce. Conoce nuestro interior y, lo más importante, ¡conociéndonos nos ama! Nosotros vamos por la vida y, aunque no lo queramos, llevamos como especie de máscaras. Algunas personas nos conocen superficialmente, otras conocen un aspecto nuestro, otras solamente nuestro nombre, el cargo o situación que ocupamos dentro de un grupo, de una familia o de una sociedad. Y así nos tratan y así nos respetan o nos ignoran. Pero Jesús conoce  nuestro interior. Así dirige su voz a cada uno de nosotros. Su voz es una voz amiga.

Jesús no se deja engañar por nuestras expresiones y máscaras porque descubre las razones de nuestras alegrías, de nuestros complejos y de nuestros temores. Sabe descubrir nuestro lado positivo y lo mejor de nuestro corazón.  La voz del Señor nos lanza a la esperanza, nos levanta de nuestros fracasos, nos mantiene alertas en nuestras luchas.

Reconocer a Jesús como pastor nos obliga a seguirlo. No nos podemos quedar en la romántica figura de un pastor cargando a su oveja, sino que implica un seguimiento incondicional.

Preguntémonos hoy: ¿estoy siguiendo la voz de Jesús, que da vida o la voz del mundo que es una voz de ambiciones y egoísmo?