Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Corpus Christi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Corpus Christi. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de junio de 2026

 



El Jueves Santo Jesucristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de subir al cielo, se ve opacado por la tristeza de su Pasión y muerte.

Por eso la Iglesia ha instituido esta fiesta del Corpus Christi en esta época en que ya hemos superado la tristeza de la Pasión y muerte del Señor y hemos disfrutado de la alegría de la resurrección durante el tiempo pascal.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos ha recordado cómo el pueblo de Israel caminaba por el desierto hacia la tierra prometida y siente hambre y sed.  Y Dios que no abandona nunca a su pueblo acude en su ayuda y le ofrece agua y el maná. 

Cuando el hombre lo tiene todo y no carece de nada, nos olvidamos con frecuencia de los tiempos pasados.  El pueblo de Israel una vez que se había establecido en la tierra prometida y tenían bienes para vivir, e incluso para vivir con cierta abundancia se olvidaron de Dios.  El libro del Deuteronomio levanta la voz para recordarnos que no podemos vivir en plenitud si le damos la espalda a Dios. 

No sólo de pan vive el hombre; el pan es necesario, es imprescindible, pero el alimento que sacia, que da plenitud, sólo lo puede dar Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos dice que la participación en la Eucaristía nos tiene que llevar a la unidad.  No podemos destruir la unidad de la Iglesia con nuestras actitudes egoístas y nuestros comportamientos insolidarios.

El pan que recibimos en la Eucaristía es uno porque Cristo es uno.  Por eso, no puede haber divisiones ni favoritismos en una comunidad cristiana.  Si todos comulgamos un mismo pan, no podemos estar divididos, porque Cristo no está dividido.  Celebrar la Eucaristía supone estar en unidad de vida con uno mismo y con los hermanos de la comunidad y de todas las comunidades del mundo.

Cuando comulgamos no recibimos a distintos Cristos, sino que todos recibimos al mismo Cristo.  Al comulgar todos nos debemos sentir unidos a todos y todos ser uno con Cristo.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Cristo como “el pan vivo… para que el mundo tenga vida”.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres. Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse. Cierto que se ha quedado como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.

Es tan real la presencia de Jesucristo, en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Cristo entra dentro de nosotros para dar a nuestra vida, Su vida, para dar a nuestra oscuridad su Luz.

Así como necesitamos el alimento material para vivir, así también necesitamos el alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo para conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el bautismo.  No puede uno vivir como cristiano y no alimentarse del Pan de la Vida en la Eucaristía.  Como tampoco puede haber una comunidad cristiana auténtica si no tiene como sustento la celebración de la Eucaristía.

Pero para poder recibir a Cristo en la Eucaristía es necesario recibirlo en estado de gracia.  La gracia es un regalo sobrenatural dado por Dios para ayudarnos en el camino que nos lleva al Cielo. Y la gracia se pierde por el pecado, es decir, por nuestro rechazo a Dios o a Sus Mandamientos.  Para comulgar bien Dios nos pide ir con un corazón puro, limpio y receptivo a Él.

Pero, además de estar en estado de gracia, para recibir a Cristo en la Eucaristía hay otras condiciones que son necesarias: Fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Confianza plena en Dios y abandono y entrega total a Dios.

Estas disposiciones fundamentales de parte nuestra permiten que haya “común-unión” o Comunión: unión de Cristo con nosotros y de nosotros en Cristo. Si no tenemos estas disposiciones, no puede darse la Comunión.

Recibimos a Cristo con nuestra boca. Pero eso no basta, pues tenemos que unirnos a Él en el pensamiento, en el sentir, en la voluntad; con nuestro cuerpo, con nuestra alma y con nuestro corazón.

Celebrar el “día del Corpus” es honrar a Jesucristo, presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas.  Celebrar la Eucaristía es dar gracias a Dios.

Demos gracias a Dios hoy, por el regalo de su presencia viva en la hostia consagrada.  Demos gracia a Dios hoy por poder recibir este alimento tan necesario para nuestra vida de cristianos.  Demos gracias a Dios hoy porque se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual.

lunes, 13 de junio de 2022

 

CORPUS CHRISTI (CICLO C)


Celebramos hoy la fiesta del “Corpus Christi”, la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor.  Hoy celebramos de un modo especial, la presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía.

El Corpus Christi nos invita a manifestar nuestra fe y devoción a este sacramento, que es el “sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”.

Celebrar el “día del Corpus” es honrar a Jesucristo presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas. Es dar gracias a Dios por el don de su Palabra y de su Cuerpo, entregado por nosotros, y su Sangre, derramada por nosotros.

El pan y el vino de la eucaristía son, en primer lugar, un alimento. Jesús quiso dejarnos como signo de su presencia, como memorial de su muerte y resurrección, o sea de su entrega por nosotros, de su sacrificio redentor, un alimento. La comida, el alimento, no sólo es una necesidad básica de la naturaleza humana, sino que es también signo de fiesta, de celebración, con un fuerte valor sacramental. Cuando queremos celebrar algún acontecimiento importante nos reunimos en una comida.

Jesús también quiso que la celebración principal de la fe de los cristianos fuese un encuentro festivo alrededor de una mesa. Yen esa mesa compartimos un alimento que es Él mismo. El pan y el vino de la eucaristía no son un símbolo, sino una presencia real de Jesús en medio de nosotros, que se nos da como alimento: “Esto es mi Cuerpo… esta es mi Sangre”.   Estas palabras significan que, después de la consagración eucarística, Cristo entero, Dios y hombre, se hace presente y permanece con nosotros. Cristo en persona está en la hostia después de pronunciar estas  palabras el sacerdote.

Es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un simple símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada  –como podría parecer– sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra humanidad –cuerpo, alma y espíritu– para dar a nuestra vida, Su Vida, para dar a nuestra oscuridad, Su Luz.

Y nosotros necesitamos de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de  Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el Bautismo, gracia que es la semilla de nuestra vida espiritual.  “Quien come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí y Yo en él”, nos dice el Señor.  Es así como, recibiendo a Jesucristo en la Eucaristía, dice el Señor a Santa Catalina de Siena, “… el alma está en Mí y Yo en ella. Como el pez que está en el mar y el mar en el pez, así estoy Yo en el alma y ella en Mí…”

Este alimento nos une a Jesús (eso es comulgar: entrar en comunión con Él), y nos da fuerzas para el camino cristiano. Y, aún más, la eucaristía nos lleva a la vida nueva de Jesús resucitado, que vamos ya viviendo ahora, pero que nos abre también a la vida para siempre.

Hoy es un día especial para que valoremos la Eucaristía.  Tenemos que venir a misa alegres porque somos llamados y reunidos por el Señor alrededor de la mesa del altar y hemos de esforzarnos siempre por comulgar en la Eucaristía ya que Comulgar es mucho más que introducir el pan consagrado en nuestra boca. Comulgamos acogiendo a Cristo en nuestra vida. Por eso es tan importante retirarnos en silencio para abrir nuestro corazón al Señor: “Yo te acojo, limpia mi corazón, transforma mi vida. Quiero vivir de tu verdad y de tu espíritu. Quiero ser como eras tú, vivir y amar como vivías y amabas tú”. En ese silencio profundo vamos comulgando con Cristo.

Ahora bien, es una contradicción grave comulgar con Cristo todos los domingos en la más recogida intimidad, y no preocuparnos durante la semana de comulgar con los hermanos; compartir el pan eucarístico, e ignorar el hambre de millones de seres humanos privados de pan, justicia y paz; celebrar el “sacramento del amor”, y no revisar nuestros egoísmos individuales y colectivos o nuestra apatía ante situaciones de injusticia y olvido de los más desvalidos; escuchar la Palabra de Dios en las Escrituras, y no oír los gritos de sus hijos más necesitados; darnos todos los domingos el abrazo de paz, y no trabajar por hacerla realidad entre nosotros es una contradicción.

Porque el pan y el vino consagrados son realmente el Cuerpo y la Sangre de Jesús, es lógico que adoremos este sacramento incluso fuera de la comida concreta de la Eucaristía. Es lo que da sentido a los actos de devoción personal o comunitaria como son el sagrario, la capilla del santísimo, la oración personal, la comunión a los enfermos.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres.

martes, 1 de junio de 2021

 

CORPUS CHRISTI (CICLO B)

Jesucristo vivió en medio de nosotros, murió, resucitó y subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre. Pero Jesucristo también permanece en la Hostia Consagrada, en todos los sagrarios del mundo. Y allí está vivo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios, para ser alimento de nuestra vida espiritual. Es este gran misterio lo que conmemoramos en la Fiesta de Corpus Christi. 

El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte. Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido la festividad del Corpus Christi en esta época litúrgica en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés. 

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres… Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse…  Cierto que se ha quedado, como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver. 

En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la Hostia Consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la Hostia Consagrada -como podría parecer- sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser.

Todos los hombres hemos sido alimentados durante nueve meses en el seno de nuestra madre, con su propio cuerpo y con su propia sangre. De una manera semejante, Cristo nos alimenta con su propia carne y su propia sangre. Y nuestra alma necesita de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la gracia que recibimos en el Bautismo.

Jesucristo nos ha dicho: Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él”. Y a Santa Catalina de Siena le ha dicho el Señor que al recibirlo en la Eucaristía, “… el alma está en Mí y Yo en ella. Como el pez que está en el mar y el mar en el pez, así estoy Yo en el alma y ella en Mí…” 

Las palabras de la consagración crean una presencia real y permanente de Cristo, por tanto, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.

Por la comunión Cristo entra en nosotros y, a través de nosotros, en todo el mundo. 

El misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo es un misterio de Amor. Dios Padre nos entrega a su Hijo para pagar nuestro rescate, para redimirnos.  La presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada es muestra del infinito Amor de Dios por nosotros.  Al recibir nosotros a Jesucristo, todo Dios y todo Hombre en la Sagrada Comunión, recibimos Su Amor. Y su Amor es para amarlo a Él y para compartir ese Amor con los demás y multiplicarlo a todos. 

¡Qué agradecidos debemos estar por el Amor Infinito de Dios al regalarnos la presencia viva de Jesucristo en la Hostia Consagrada! ¡Qué agradecidos por poder recibir ese alimento tan necesario para nuestra vida espiritual!  ¡Qué agradecidos porque Jesucristo se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual! 

Hoy, al mirar el pan y el vino de la Eucaristía convertidos en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, os invito a que nos miremos también los unos a los otros. Es impensable mirar con amor hacia el altar sin mirarnos con amor los unos a los otros. Es impensable un cariño verdadero hacia el bendito pan de la Eucaristía sin saber tratamos con cariño y calor dentro de la comunidad eclesial.

¡Convirtamos esta celebración en un caluroso “gracias” al Dios que nos alimenta con su propia vida! ¡Gracias, Señor!

X DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan de la existencia del pecado desde el origen de la humanidad y la urgencia que tenemos de luchar contra el mal, con la confianza de que Cristo es más fuerte que el mal y ya lo ha vencido.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presentaba al pueblo de Israel preguntándose cómo había comenzado el mal en nuestro mundo.

El mal y el pecado existen en nuestra vida y en nuestra sociedad.  La tentación y el pecado es una experiencia que todos tenemos: niños y mayores, religiosos y laicos.  El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.  A veces, le echamos la culpa a los demás o al ambiente, sin embargos somos nosotros los que hacemos una opción libre por el mal.  Somos débiles, y ante el programa que Jesús nos ofrece, preferimos otros programas que las “serpientes” en turno nos van ofreciendo con sutiles argumentos.

En nuestra sociedad y en nuestro mundo existe el pecado a pesar de todos los avances tecnológicos.

Ante el mal no podemos quedarnos indi­ferentes o desanimados. Somos invitados a resistir, a trabajar para que el mal no triunfe en este mundo ni en nosotros mismos.

La 2ª lectura de la 2ª carta de san Pablo a los Corintios nos narraba cómo es la vida de un apóstol y de una comunidad.

En la vida de un cristiano hay momentos de dificultades que a veces nos desaniman.  Ante estas dificultades, de las que san Pablo tiene amplia experiencia, hay una respuesta: los esfuerzos que se hagan para superar esas dificultades tienen sentido, “todo es para nuestro bien”.  A veces, vale la pena sufrir un poco porque ese sufrimiento puede ser fecundo: la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria”, nos decía san Pablo.

Pero hay también otro “enemigo” que amenaza nuestra fidelidad: nuestra caducidad y el pensamiento de la muerte.  Hay personas que piensan que como ya les queda poco tiempo de vida ya no vale la pena seguir trabajando.  San Pablo nos recuerda que siempre debemos trabajar por el Reino de Dios porque así en nuestra vida y en nuestra muerte nos unimos a Cristo: “sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús”

El Evangelio de san Marcos nos hablaba del único pecado que no se puede perdonar: “todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”.  Ese “pecado contra el Espíritu” es no querer ver la luz y la llamada de Cristo, es ignorar a Dios.

También Jesús nos ha hablado hoy de quién es su verdadera familia. 

No basta dar la vida, tener los lazos de la carne y de la sangre, o como dicen los israelitas, “ser de los mismos huesos”, se necesita mucho más para ser familia: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Para ser familia no basta estar juntos y tener la misma sangre, se requiere cumplir con la misión para la que hemos sido creados: diálogo, encuentro en relación, disposición para asumir que sólo con el otro estamos completos; ser imagen del mismo Dios.

Cuando no tenemos tiempo para la relación, cuando rehusamos mirarnos a los ojos, cuando negamos nuestra mano al hermano, no bastan los lazos de la carne para ser hermanos. Por el contrario, cuando asumimos nuestra relación como hijos del verdadero Dios y miramos a Cristo como nuestro hermano que nos amplía los horizontes, descubrimos que la fraternidad no se cierra entre cuatro paredes, sino que se abre para recibir a todos los hombres y mujeres que cumplen la voluntad del Padre.

En lugar de negar a la familia, le está dando Jesús mayor fortaleza, mayor seguridad y bases más seguras.

Es pues muy importante que descubramos la fraternidad en nuestras familias, y formar nuevas familias siempre abiertas a recibir otros miembros, más allá de la sangre, que la enriquezcan y la lleven a construir el Reino, sueño de Jesús para todos los hermanos. Las relaciones en casa deben superar nuestros egoísmos y educarnos para una vida en fraternidad en todos los ámbitos. Miremos nuestras familias, miremos nuestra sociedad y preguntémonos si estamos siendo fieles a la misión o si nos hemos extraviado por los caminos. ¿Cómo es la vida en familia y cómo construimos relaciones de amistad, comprensión y amor dentro de ella?

martes, 9 de junio de 2020


CORPUS CHRISTI (CICLO A)

Hoy celebramos la fiesta del Corpus Christi, esta fiesta quiere ser un clamor que recuerde a los cristianos y al mundo que la fuente de la vida sólo se halla en Dios que se hace presente en la Eucaristía.  Por eso, nos hemos reunido hoy para celebrar esta fiesta siempre entrañable del “Corpus”, la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor. 

El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte.

Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido la festividad del Corpus Christi en esta época litúrgica en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres... Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse... Cierto que se ha quedado -dijéramos- como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.

En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada -como podría parecer- sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra humanidad -cuerpo, alma y espíritu- para dar a nuestra vida, Su Vida, para dar a nuestra oscuridad, Su Luz.

Cuando ingerimos alimentos, en virtud del proceso digestivo y metabólico, nuestro cuerpo asimila dichos alimentos. Pero cuando recibimos el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Comunión, no pensemos que asimilamos a Cristo como asimilamos los alimentos al comer, sino que es Él quien nos asimila a nosotros; es decir, el Señor nos hace semejantes a Él, al hacernos participar de su Vida Divina. ¡Así de maravilloso es este gran regalo que nos da Jesús al recibirlo en la Hostia Consagrada!

Las palabras que hemos escuchado en el evangelio de San Juan son rotundas: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.  Y el pan que yo os doy es mi carne para que el mundo tenga vida”.  “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no podréis tener vida en vosotros”.

En la Eucaristía comemos y bebemos vida.  Claro está que no podemos entender la Eucaristía como una especie de fuente mecánica.  Sabemos que la Eucaristía es la culminación de la vida de la Iglesia y del creyente, al mismo tiempo que su fuente.

Jesucristo nos ha dicho estas palabras: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él”.  Tenemos que comer para vivir, pero en modo alguno podemos reducir nuestra vida a comer o consumir.  Nuestra alma necesita de ese alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así como necesitamos del alimento material para nutrir nuestra vida corporal, así nuestra vida espiritual requiere de la Sagrada Comunión para renovar, conservar y hacer crecer la gracia que recibimos en el Bautismo.

Comulgar no es, por tanto, como piadosamente se suele decir, recibir a Cristo, sino entrar en comunión con Él, hacer causa común con Jesús. Y bien sabemos que la causa de Jesús es el hombre, sobre todo el débil, el oprimido, el empobrecido, el explotado, el reducido a la miseria y al hambre.

¡Qué agradecidos debemos estar por el Amor Infinito de Dios al regalarnos la presencia viva de Jesucristo en la hostia consagrada! ¡Qué agradecidos por poder recibir ese alimento tan necesario para nuestra vida espiritual! ¡Qué agradecidos porque Jesucristo se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual!

Pero para que se realice en nosotros y a través nuestro el contenido del Misterio Eucarístico es necesario recibir el Sacramento del Cuerpo de Cristo en estado de gracia.

Es decir: para comulgar bien, además de comprender a Quién se va a recibir y de guardar el ayuno requerido, se necesita no haber cometido pecado grave o haberlo confesado al Sacerdote, estando verdaderamente arrepentido.

Así podemos recibir la plenitud de Su Gracia y de Su Amor en el Sacramento del “Corpus Christi”, la Sagrada Eucaristía.

La fiesta del Corpus quiere ser un clamor que recuerde a los cristianos y al mundo: la fuente de la vida sólo se halla en Dios que se hace presente por Jesús en la Eucaristía.




XI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Seguimos ya con normalidad los domingos del tiempo ordinario.

En el libro del Éxodo aparece un aspecto poco conocido de la historia de Israel. Dios no sólo ha liberado a este pueblo de la esclavitud de Egipto y lo ha conducido por el desierto a la tierra prometida, sino que lo ha constituido “pueblo sacerdotal”, o sea, pueblo “mediador”. En medio de los demás pueblos, que están sumidos en la oscuridad doctrinal y moral del politeísmo, el pueblo de Israel debe ser, según la intención de Dios, signo suyo y mediador de salvación, para que todos vayan conociendo cuál es el Dios verdadero y vivan según su voluntad. ¡Cuántas veces dicen los profetas, o los salmos, que Jerusalén debe ser faro de luz, de verdad y de santidad para todos los pueblos! Otra cosa será si los israelitas entendieron esto o se encerraron en una perspectiva nacionalista que no admitía demasiado la universalidad de su misión.

En la carta a los Romanos, que seguiremos leyendo durante tres meses, Pablo hace hoy unas gozosas afirmaciones: por su muerte en la cruz, Cristo Jesús nos ha reconciliado con Dios Padre. Es una noticia como para animar a cada uno y para comunicar a los demás, como hace Pablo.

En el evangelio es Jesús quien, compadecido de las turbas que andan desorientadas, como ovejas sin pastor, no sólo se dedica él a una evangelización continuada, sino que llama a discípulos que le ayuden en esta misma tarea.

Si alguien nos pregunta sobre las posibilidades que tenemos los cristianos de hacer crecer la fe en el mundo de hoy, ¿verdad que nuestras respuestas a menudo son negativas? Cuántas veces, hablando de este tema, refiriéndonos quizá a la gente que nos rodea, o a la juventud, o a la sociedad en general, habremos oído, o incluso dicho, esta expresión: “No hay nada que hacer...”

Esta visión pesimista contrasta con la de Jesús. Él dice: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”. Es decir, el problema no es de falta de trigo, sino de falta de segadores... Por eso añade: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”.

Procuremos entrar, hermanos y hermanas, en esa forma de ver las cosas que tiene Jesús. Ensanchemos nuestras perspectivas de futuro con las que él nos propone. Impregnémonos del espíritu misionero del evangelio de hoy.

Debemos, en primer lugar, prestar atención a nuestro corazón. La misión nace en el corazón de Jesús, el cual, al ver a la multitud de gente extenuada y abandonada, se compadece de ellos.

Si no compartimos esta piedad profunda, no tendremos impulso misionero. Tenemos que cambiar nuestro corazón, como primer paso para lograr unas comunidades cristianas más proyectadas hacia fuera, más evangelizadoras.

¿Y de qué se compadece Jesús? ¿De la pobreza? ¿De la enfermedad?
Sí, desde luego: él pasa haciendo el bien, curando a muchos hombres y muchas mujeres, de cuerpo y de espíritu.

Pero el evangelio de hoy apunta a una cuestión más radical. Dice que se compadecía de la gente porque los veía extenuados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor. Es decir: Jesús se compadece del fondo de la persona. No aspira sólo a ofrecernos pequeños consuelos. Nos quiere hacer justos y por eso dará la vida, como nos ha explicado la carta de Pablo a los cristianos de Roma.
        
Las generaciones actuales de cristianos hemos ganado mucho en sensibilidad social: nos preocupan, más que en otras épocas, la injusticia, la pobreza, el tercer mundo... Este es un hecho positivo, evangélico, una gracia de Dios. Pero, ¿nos duele suficientemente que tantos hermanos nuestros hayan abandonado la Eucaristía dominical, y que tantos otros hayan perdido o medio perdido la fe, que haya tanta desorientación, que Jesucristo y su Evangelio sean desconocidos y, en definitiva, que tantos vivan como abandonados, como ovejas que no tienen pastor? ¿Qué podemos hacer por ellos? Por ellos... porque no queremos evangelizar por afán de ser más, para llenar nuestras iglesias, para tener éxito... sino para compartir con muchos la felicidad de conocer el amor que nos tiene Dios, la paz impagable que nos da el poder decir: “El Señor es mi pastor”.

Por eso Jesús llama a sus discípulos y los hace apóstoles, es decir, enviados. Él, que es el enviado del Padre, envía a la Iglesia. Hemos escuchado los nombres de los primeros doce apóstoles: Simón, llamado Pedro, y Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano, Santiago y Tadeo, Simón y Judas, el Iscariote, el que lo entregó. Sobre el fundamento de estos apóstoles Jesús levantará su Iglesia y la enviará a segar. Su Iglesia es nuestra Iglesia. Y todos nosotros, cada uno según su ministerio y su carisma, somos enviados a evangelizar.

Hermanos y hermanas, nos lo dice el Señor: “íd y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. No nos guardemos la buena noticia para nosotros solos. Seamos fieles a la misión, y acreditémosla con los signos que el mismo Evangelio nos ha confiado: curemos, resucitemos, purifiquemos, libremos del mal.