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martes, 2 de junio de 2026

 



El Jueves Santo Jesucristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de subir al cielo, se ve opacado por la tristeza de su Pasión y muerte.

Por eso la Iglesia ha instituido esta fiesta del Corpus Christi en esta época en que ya hemos superado la tristeza de la Pasión y muerte del Señor y hemos disfrutado de la alegría de la resurrección durante el tiempo pascal.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos ha recordado cómo el pueblo de Israel caminaba por el desierto hacia la tierra prometida y siente hambre y sed.  Y Dios que no abandona nunca a su pueblo acude en su ayuda y le ofrece agua y el maná. 

Cuando el hombre lo tiene todo y no carece de nada, nos olvidamos con frecuencia de los tiempos pasados.  El pueblo de Israel una vez que se había establecido en la tierra prometida y tenían bienes para vivir, e incluso para vivir con cierta abundancia se olvidaron de Dios.  El libro del Deuteronomio levanta la voz para recordarnos que no podemos vivir en plenitud si le damos la espalda a Dios. 

No sólo de pan vive el hombre; el pan es necesario, es imprescindible, pero el alimento que sacia, que da plenitud, sólo lo puede dar Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos dice que la participación en la Eucaristía nos tiene que llevar a la unidad.  No podemos destruir la unidad de la Iglesia con nuestras actitudes egoístas y nuestros comportamientos insolidarios.

El pan que recibimos en la Eucaristía es uno porque Cristo es uno.  Por eso, no puede haber divisiones ni favoritismos en una comunidad cristiana.  Si todos comulgamos un mismo pan, no podemos estar divididos, porque Cristo no está dividido.  Celebrar la Eucaristía supone estar en unidad de vida con uno mismo y con los hermanos de la comunidad y de todas las comunidades del mundo.

Cuando comulgamos no recibimos a distintos Cristos, sino que todos recibimos al mismo Cristo.  Al comulgar todos nos debemos sentir unidos a todos y todos ser uno con Cristo.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Cristo como “el pan vivo… para que el mundo tenga vida”.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres. Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse. Cierto que se ha quedado como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.

Es tan real la presencia de Jesucristo, en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Cristo entra dentro de nosotros para dar a nuestra vida, Su vida, para dar a nuestra oscuridad su Luz.

Así como necesitamos el alimento material para vivir, así también necesitamos el alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo para conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el bautismo.  No puede uno vivir como cristiano y no alimentarse del Pan de la Vida en la Eucaristía.  Como tampoco puede haber una comunidad cristiana auténtica si no tiene como sustento la celebración de la Eucaristía.

Pero para poder recibir a Cristo en la Eucaristía es necesario recibirlo en estado de gracia.  La gracia es un regalo sobrenatural dado por Dios para ayudarnos en el camino que nos lleva al Cielo. Y la gracia se pierde por el pecado, es decir, por nuestro rechazo a Dios o a Sus Mandamientos.  Para comulgar bien Dios nos pide ir con un corazón puro, limpio y receptivo a Él.

Pero, además de estar en estado de gracia, para recibir a Cristo en la Eucaristía hay otras condiciones que son necesarias: Fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Confianza plena en Dios y abandono y entrega total a Dios.

Estas disposiciones fundamentales de parte nuestra permiten que haya “común-unión” o Comunión: unión de Cristo con nosotros y de nosotros en Cristo. Si no tenemos estas disposiciones, no puede darse la Comunión.

Recibimos a Cristo con nuestra boca. Pero eso no basta, pues tenemos que unirnos a Él en el pensamiento, en el sentir, en la voluntad; con nuestro cuerpo, con nuestra alma y con nuestro corazón.

Celebrar el “día del Corpus” es honrar a Jesucristo, presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas.  Celebrar la Eucaristía es dar gracias a Dios.

Demos gracias a Dios hoy, por el regalo de su presencia viva en la hostia consagrada.  Demos gracia a Dios hoy por poder recibir este alimento tan necesario para nuestra vida de cristianos.  Demos gracias a Dios hoy porque se ha quedado con nosotros para ser nuestro alimento espiritual.

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