LA SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO A)
Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Esta fiesta es una invitación no a comprender este misterio de un único Dios en tres personas distintas, sino que la fiesta de hoy es una invitación a contemplar a Dios que es amor, que es familia, que es comunidad y que creó a los hombres para hacerles compartir este misterio de amor.
La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha narrado un diálogo entre Dios y Moisés en el monte Sinaí. Ahí Dios-Padre se revela como un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. Es un Dios cercano a su pueblo, que siempre lo acompaña.
El gran poder de Dios es su misericordia y su compasión. Igual que Moisés se encontró con Dios, también nosotros nos podemos encontrar con Él si lo buscamos con un corazón sincero. Para eso es necesario abandonar nuestras preocupaciones y entregarnos sinceramente a Dios.
Nuestra sociedad quiere prescindir de Dios, por ello, nosotros, como hijos suyos que somos debemos decir como Moisés: “Sé Tú nuestro Dios”.
Hemos de reconocer que hoy, muchas personas sustituyen al Dios verdadero por los nuevos dioses: el poder, dinero, fama, triunfo, los ídolos del mundo del deporte, del cine, de la televisión a los que se veneran con toda una liturgia de adoración laica; se les ofrece ofrendas: “estatuillas doradas” (oscars), “medallas de oro, plata y bronce y hasta “zapatos de oro”. Estos son los nuevos becerros de oro.
Sin embargo, hoy, Dios nos deja ver que Él es el verdadero Dios, un Dios “con corazón”, y con un corazón lleno de amor, de bondad, de ternura, de misericordia y de fidelidad.
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos ha presentado el saludo litúrgico con el que comenzamos todas nuestras celebraciones eucarísticas. Es la confesión de la Trinidad Santa que hoy celebramos.
A cada una de las personas de la Trinidad se le atribuye una cualidad: a Jesús, la gracia; a Dios Padre, el amor; al Espíritu Santo, la comunión.
Por medio de los sacramentos Jesús nos comunica la gracia. La gracia es la vida divina, que Dios nos comunica para hacernos sus hijos por medio del bautismo. Esa vida divina que está en nosotros como semilla, tiene que ir creciendo con nuestra colaboración en la edificación del Reino de Dios.
El Evangelio de san Juan nos decía: “Tanto amó Dios al mundo”. Dios nos ama tanto que nos ofrece una vida plena y definitiva. Su amor es gratuito, incondicional, absoluto, válido para siempre; pero Dios respeta nuestra libertad y acepta que rechacemos ese amor, esa vida que Él nos quiere dar. Sin embargo, rechazar ese amor es optar por una vida de infelicidad, sufrimiento y muerte. Por más que nos alejemos de Dios, no podemos dejar de ser parte de su familia.
Precisamente, celebrar la fiesta de la Trinidad es celebrar que Dios es familia, que no es un ser sólo y aislado.
La Trinidad no es un problema de matemáticas. Lo que celebramos hoy es que Dios, nuestro Dios es una comunidad, una familia. Una familia tan unida que todos quieren lo mismo. Una familia que se ama tanto que el uno se entrega al otro por completo.
Nosotros formamos parte de esa familia de Dios. Dios ha querido que participemos de su familia. Al través del bautismo nos hemos hecho parte de esa familia de Dios.
Es importante que los seres humanos no nos olvidemos que somos parte de una familia. Solemos decir que el hombre es un ser social. Por eso la vida, la vida humana, la de las personas, es imposible sin los demás, sin la sociedad.
Los problemas surgen en nuestro mundo, porque en este mundo vamos sembrado cada día más el individualismo, llegamos a decir: “sólo yo, o sólo mi familia, o sólo mi país”. Y no nos damos cuenta que Dios ha hecho este mundo sin fronteras, sin alambradas, sin papeles y por lo tanto todos somos necesarios para trabajar por el bien común, por esta gran familia que es la humanidad.
No podemos olvidar que el único desarrollo sostenible, el único progreso verdaderamente humano, la única oportunidad para la paz, la última posibilidad de felicidad depende de todos y cuenta con todos. Dios quiere que el cielo sea para todos porque somos una sola familia.
Recordemos hoy al hacer la señal de la cruz con nuestra mano, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho que estamos consagrando nuestra persona y expresando el deseo de acoger a Dios Trinidad en nosotros. Deseando que los pensamientos de nuestra mente, las palabras de nuestra boca, los sentimientos de nuestro corazón, las obras de nuestras manos, sean los de un hombre que vive “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Cuando oramos así, el Padre nos escucha y el Padre nos ama al vernos unidos a Jesucristo que es nuestro hermano y que por la fuerza del Espíritu Santo nos hace ser una familia que trabaja por un mundo mejor.
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