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lunes, 25 de agosto de 2025

 


 

Las lecturas de este domingo son una invitación a vivir desde la humildad y la generosidad.

La 1ª lectura, del libro del Eclesiástico, nos decía: “hazte tanto más pequeño cuánto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor”. 

Cuando un niño está dando los primeros pasos, necesita la ayuda de una persona mayor para no caerse cada dos por tres.  Así sucede en nuestra vida cristiana. Aunque seamos personas adultas, estamos dando primeros pasos hacia Dios: ¡estamos caminando hacia el Reino!  Por eso necesitamos de una mano amiga que nos ayude para no caer cada dos por tres en nuestro inseguro caminar. Y esa mano amiga es Dios. 

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, nos recordaba precisamente que Dios es esa mano amiga que necesitamos  ya que Dios, nuestro Padre, no es un Dios distante, lejano, despreocupado de nosotros. Dios se ha hecho: cercano, próximo, fraterno, por medio de Jesús.Está al lado nuestro para darnos esa mano que necesitamos; y ofrecernos la ayuda indispensable para llegar al final del camino: ¡al Reino de Dios!

El evangelio de san Lucas, nos hablaba de la virtud de la humildad.  Esta virtud de la humildad es una de las más olvidadas por nosotros.  A las personas les gusta despertar la admiración de la gente y que las señalen como personas importantes, famosas, poderosas, influyentes.  Sin embargo, la Palabra de Dios nos insiste que la humildad es querida por Dios.

La persona que desea estar llena de grandezas humanas, poco lugar le deja a Dios en su vida.  Sin embargo, la persona que es humilde, sencilla, y que no es vanidosa, tiene mucho lugar para Dios en su vida.  Y Dios vive en esa persona.  El orgulloso, el vanidoso, el creído, se enfrenta a Dios y le cierra la puerta de su vida. El humilde se abre a Él y Dios vive en él.

Hay dos maneras de perder el cariño y el respeto de los demás, incluso de hacerse rechazar hasta el punto de quedarse sin amigos ni personas que nos valoren: una es el creerse uno más de lo que uno es, valorarse más de lo debido, compararse con los demás y pensar que somos más inteligentes, más fuertes, más atractivos que los demás.  Querer buscar los primeros puestos, exigir un trato preferencial, querer tener siempre la última palabra en todo; hablar siempre de uno mismo, proclamar los propios éxitos; querer ser el centro del grupo y, a veces, humillar a los que sobresalen, para que no nos hagan sobra

La otra actitud que nos puede hacer perder relación y amistad sería la falsa humildad de quitarse importancia, simulando desconocer nuestras virtudes, y al mismo tiempo exagerar nuestros defectos.

Lo que nos puede hacer que no perdamos la amistad de los demás y la de Dios es la verdadera humildad.  Como nos decía la 1ª lectura: “En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso”

La humildad verdadera es cuando reconocemos nuestros defectos y limitaciones asumiéndolos sin angustias, y cuando somos consciente de las propias cualidades, dando gracias a Dios por ellas y poniéndolas a disposición de los demás, entonces es fuente de amistad y de buenas relaciones.

Lo contrario de la humildad verdadera es la soberbia y el orgullo, es decir, el querer ser más que los demás, querer sobresalir, tener los primeros puestos y vivir en la mentira sobre uno mismo: creerse autosuficiente, sin necesidad de Dios y de los demás.

La soberbia impide ejercitar el perdón de las ofensas y son frecuentes los enfrentamientos entre familiares que llevan incluso a la destrucción de las familias.

En la segunda parábola que hemos escuchado hoy en el evangelio nos dice Jesús, que cuando invitemos a alguien a una fiesta no lo hagamos por intereses.

Nosotros consideramos normal amar al que nos ama, hacer favores a quien nos los hace, ser amable con quien lo es con nosotros. Pero Cristo nos dice que quien quiera ser discípulo suyo ha de amar con otra generosidad: hemos de amar y hacer favores incluso cuando sepamos que no vamos a recibir nada de aquellos a quienes ayudamos o estamos favoreciendo.

Por eso esta palabra que hoy escuchamos nos invita a preguntarnos con sinceridad: ¿buscamos dar o buscamos recibir?

Que el Señor nos ayude a conocernos interiormente, para que podamos proceder en nuestra vida con una verdadera humildad y generosidad.

lunes, 28 de abril de 2025

 

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el III domingo de Pascua. Continuamos celebrando la resurrección de Jesús, escuchando relatos de sus apariciones, después de haber resucitado.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.

El mensaje del Señor es un mensaje liberador, que no hace pactos con esquemas egoístas, injustos y opresores.  El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.

Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.

Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.

Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.

Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo.  ¿Para vosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.

Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.

El Evangelio de san Juan nos presenta a cinco apóstoles que estaban en una barca, regresando de una noche de pesca infructuosa y, al amanecer, “alguien” les dijo desde la orilla: “Muchachos, ¿tenéis pescado?… Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”.   

Sorprende la docilidad de los Apóstoles quienes, sin la menor observación, obedecieron en el acto. Y sorprende, porque todavía no se habían dado cuenta que era “el Señor”  ¡Cuántas veces nos habla el Señor desde la orilla  y no lo  reconocemos!  Nos pasa como a los Apóstoles,  pero no hacemos como ellos, sino que nos damos el lujo de despreciar las instrucciones del mismo Dios. Y    -peor aún- cuántas veces, sabiendo que es Él quien nos pide algo, no le hacemos caso, le decimos que no o le ponemos dificultades, diciéndole que mejor dejamos el asunto para otro momento. Pero el Señor siempre está a la orilla esperando que nos desocupemos de “nuestras cosas”, esperando que lo reconozcamos, que oigamos su voz y atendamos sus instrucciones.

¡Cuántas veces nos desgastamos pescando por nosotros mismos en el mar de nuestro quehacer diario, de nuestras preocupaciones cotidianas, de las presiones del trabajo y de estudio, sin escuchar al Señor y sin aprovechar su voz que nos guía!

Hoy se nos recuerda fuertemente que creer en y seguir a Jesús es ante todo una relación, una relación de amor con Dios, una relación de amor con aquel que sabemos nos amó primero. Antes de pensar en los compromisos que conlleva ser cristianos, antes de pensar en cumplir los mandamientos o vivir las bienaventuranzas, hemos de pensar en fortalecer nuestra relación con Dios.

Cuando un cristiano no se ha dado cuenta del amor de Dios y quiere cumplir con las exigencias de la caridad, la solidaridad y el perdón; es imposible ser feliz así. Hoy le podemos poner nuestro nombre a la pregunta que Jesús le hace a Pedro: ________ ¿me amas? Pues si no estás seguro de este amor, jamás podrás vivir como verdadero cristiano ni como Hijo de Dios. ¿Cómo llegar a este amor? Imagínate cómo llegas a conocer y amar a una persona: primero la tienes que conocer (Evangelios), después la tienes que tratar con frecuencia (Oración), después se puede crear un lazo de compromisos (Caridad). Tres pasos, claros y concretos que nos llevan a conocer a Jesús y amarlo como Él nos lo pide.

lunes, 23 de diciembre de 2024

 

DÍA DE NAVIDAD (CICLO C)


Hoy, hace 2024 años, en Belén de Judá, en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada, de María Virgen, esposa de José el Carpintero, de la casa y familia de David, nació Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero. Él es el Salvador que los hombres esperaban.

Aquí tienen la señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. No lo busquéis disfrazado con otros ropajes, ni en otros sitios que no lo vais a encontrar. Envuelto en pañales y en un pesebre, esa es la señal que dieron los ángeles. Un Dios pobre y que vive cercano a los pobres.

Hace 2024 el mundo vivió la primera Navidad.  El Mesías, anunciado por miles de años, había llegado por fin al mundo pero no mostrando su majestad y su poderío como se esperaba.  En vez de eso, llegó revestido de pobreza en un pesebre.  En ese momento de su nacimiento, ni siquiera las autoridades locales sabían que había llegado al mundo el Rey de Reyes.  

Desde entonces Dios vino a nuestra tierra, a caminar por nuestros caminos, a compartir el pan y las penas, las alegrías y tristezas, a contarnos historias que ayudan a vivir con sentido y a morir con esperanza, a pedirnos que seamos dichosos y felices, a decirnos que no somos esclavos, somos hijos del Padre Dios que nos quiere con locura.

Desde entonces, el amor de Dios sigue presente en el mundo entero, para cada hombre y cada mujer, cada anciano, cada niño, cada joven, que quiera aceptarlo.

Desde entonces, nosotros, cada uno de nosotros, somos llamados a dar testimonio de su amor en la familia y en el trabajo, en barrio y en el pueblo, en los grupos y asociaciones, y en la labor al servicio a los que sufren cerca de nosotros o en cualquier lugar del mundo.

Desde entonces, hace hoy 2024 años, el perdón, la misericordia, la salvación de Dios se sigue derramando inagotablemente sobre cada uno de nosotros y sobre toda persona.

Nosotros, que hemos experimentado la cercanía de Jesús en nuestra vida: hemos de ser mensajeros y testigos del amor nacido en Belén. Hemos de anunciar por los caminos de la vida esta Buena Noticia, para que el mensaje de la Navidad sea luz y salvación para todos.

Alegrémonos. Celebramos la Buena Noticia, la mejor noticia de toda la historia de la humanidad: el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Que suene la fiesta, que nazca la paz y la alegría en el corazón de todos los hombres y mujeres de Buena voluntad, que canten los oprimidos, que se alegren los tristes, que se llenen de gozo los que andan perdidos en la noche de las penas y la angustia. Porque Dios está con nosotros, es un Dios cercano que ama y que nos salva y quiere que todos tengamos en Él vida plena.

Es cierto que las fiestas de Navidad son días de alegría para disfrutarlos y celebrarlos.  Pero también es cierto que siempre debemos recordar a quien debemos esta gran festividad, quien debe estar en el centro de esta fiesta.  Navidad es primeramente la celebración del nacimiento del Verbo Encarnado, el Príncipe de la Paz.  Y durante estas fechas tan señaladas, debemos tratar que en nuestras casas, entre nuestros familiares y entre nuestros amigos, reine la paz mucho más que la opulencia. 

En muchas casas, esta Navidad no estará Dios.  Para las personas que no celebran la Navidad con Dios, estos días pueden parecer vacíos y ruidosos.  No experimentarán la plenitud del amor y la paz que el nacimiento de Nuestro Señor entre nosotros debe traernos.  En una palabra, para esas personas  son fiestas tristes y aburridas.  Pero para nosotros, los cristianos, deben ser fiestas de oración y de unidad.  Nosotros sabemos que esas dos cosas son las que nos traen la verdadera felicidad y la paz duradera.

Solamente recordar que en un día como hoy, hace 2024 años nació nuestro Salvador, es suficiente motivo para alegrarnos.  La venida del Mesías constituye, en sí, el hecho central de las fiestas navideñas.  Cristo vino a traernos el regalo más precioso de la vida, la salvación. 

Hoy, lo irrelevante para el mundo (lo casi invisible), cobra importancia. El Dios de los cielos se deja tocar, acariciar, besar, adorar por todos nosotros. Para nosotros, este acontecimiento de la Navidad, no es algo del pasado. No ha quedado olvidado en un pesebre con telarañas de más de 2024 años. ¡Dios ha nacido! ¡Dios nace en cada persona que lo busca! ¡En las personas que, como los pastores, saben dejar algo de sí mismas y buscar al Dios escondido en la humilde figura de un niño recién nacido!

¿Dónde tienes tú a Dios? ¿Cómo lo vives? ¿Has hecho de tu corazón un pesebre para que Dios nazca?

Dios, que es amor, quiere un lugar donde vivir. Un rincón donde ese amor se pueda cuidar, crecer y prolongarse a través de nosotros en los demás. Esa habitación, ese pesebre es el corazón de los creyentes.

¡Sí, hermanos! ¡Feliz Navidad! Porque Dios se ha puesto a nuestra altura, a nuestro alcance para que comprendamos la gran vida que nos espera en el cielo.

Día de Navidad. Día de felicitar a Dios por el alumbramiento de su Hijo. Día de felicitar a María por darnos a Jesucristo, camino y garantía de salvación. Día de felicitarnos mutuamente porque un Niño se nos ha dado, porque contamos con un hermano que compartirá nuestros gozos y nuestras miserias, nuestros dolores y nuestros éxitos, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías. ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Nacimiento de Cristo!


Hoy, en un mundo en el que los hombres y las mujeres trabajan fuera de casa, en el que la empresa sólo mide la productividad, en el que a la gente se la valora por lo que tiene, se añora más que nunca una familia en la que te escuchen, te quieran por lo que eres y te amen desde la gratuidad.

Y, por supuesto, la familia donde esto se vivió por excelencia es la familia de Nazaret.

Hoy se nos invita a contemplar el hogar de Nazaret, el primer hogar cristiano. Como nosotros, Jesús ha querido nacer y vivir en una familia. Pensamos que, no sólo para nosotros, seguidores de Jesús, sino para toda persona de buena voluntad, Jesús, María y José, viviendo en familia, son como un espejo donde podemos admirar las cualidades humanas más auténticas y las virtudes cristianas más elevadas.

No nos engañemos, pase lo que pase y se diga lo que se diga: la familia es insustituible.El consejo del padre, el cariño de la madre, la observación del hermano, las angustias y las alegrías compartidas en común, todo esto viene a definir el carácter y a preparar moralmente al hombre y a la mujer para lo que va a ser el día de mañana. Sin duda, el futuro de la Iglesia depende también, en gran medida, del grado de salud de la familia.

La tarea pastoral, de evangelización y catequesis, sobre todo a nivel de niños y de jóvenes, sin el protagonismo educativo de la familia, es construir sobre arena. Así se suele decir: que “Catequesis sin familia es catequesis sin futuro”.

La fe depende, en buena parte, de que la persona haya tenido desde la infancia una experiencia religiosa positiva.

La persona vuelve, casi siempre, a aquello que ha vivido en sus primeros años con satisfacción, seguridad y sentido gratificante. Por el contrario, si falta esta experiencia religiosa en el hogar, será difícil despertarla más adelante en otros ámbitos como la parroquia o la catequesis.

Por eso, es una gracia para el hijo poder ver a sus padres rezando. Si los ve orar de verdad, quedarse en silencio, cerrar los ojos, desgranar las cuentas del rosario o leer despacio el evangelio, el niño capta la importancia de esos momentos, percibe “la presencia” de Dios como algo bueno, aprende un lenguaje religioso y unos signos que quedan grabados en él, interioriza unas actitudes y se va despertando en su conciencia el sentido de Dios. Nada puede sustituir esa experiencia primera.

Para que la familia sea fiel a sí misma y cumpla su misión, ante todo ha de realizarse como comunidad de amor.Y para lograr esa comunidad es imprescindible poner en práctica algunos medios: La convivencia.La casa, no puede ser sólo un hotel. La “convivencia” no consiste sólo en “estar en casa”, sino en compartir la vida. No es cuestión de estar sólo de “cuerpo presente” sino también con toda el alma.

El diálogo. Sigue siendo una asignatura pendiente. Especialmente en las parejas y entre padres e hijos, sobre todo cuando éstos se han hecho jóvenes.

Es don inestimable que los hijos tengan unos padres abiertos a sus ideas y modos de vida, dispuestos al dialogo con ellos, el diálogo será educativo para hijos y para padres.

Si nuestras familias quieren ser comunidad de amor  es necesario, que en ella se den: Expresiones de afecto.Es decisivo el lenguaje de los signos, de los gestos, de los pequeños detalles. El verdadero amor, se expresa con pequeños detalles. Por eso es preocupante cuando una mujer dice que su marido no tiene nunca un detalle.Esto es signo de que ese matrimonio está siendo invadido por el aburrimiento, carcoma del amor. En cambio, un detalle inteligente puede llenar más el corazón que el más espléndido de los regalos.

Es indiscutible hoy el papel de la familia como educadora, transmisora de valores, necesario para consolidar la personalidad de las personas y la moral en una sociedad.

No existe grupo, ni ámbito social mejor dotado que la familia para trasmitir los criterios, las ideas, los valores fundamentales en los que apoyar la vida personal y social de los hijos. Si los que la integran la familia aciertan a convivir con afecto, con un conocimiento profundo de realidades humanas, puede ser la mejor escuela del vivir para apoyar sus vidas. La familia, con seguridad, seguirá siendo el grupo más entrañable y querido. El trato en intimidad amorosa seguirá propiciando el mejor ámbito para el conocimiento, la ayuda de quienes las integran.

Podemos hacer una mejor sociedad, haciendo mejores a nuestras familias, librando a nuestras familias del mal, alejando a nuestras familias de la tentación, enseñando desde el hogar la importancia de la rectitud frente a la corrupción, la importancia de la autenticidad frente a la hipocresía, la importancia de los valores del espíritu frente al consumismo y al ansia por tener más cosas.

Quien mantiene los valores familiares, será capaz de infundir valores en la generación posterior y la relación entre los seres humanos será una relación de alegría, una relación que llena de gozo el corazón.

lunes, 12 de febrero de 2024

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


La Cuaresma que iniciamos es la gran invitación de Dios a dejarnos hablar amorosamente por Él.  Debemos saber aprovechar este tiempo favorable y dar frutos de conversión.  “Arrepentíos  y creed”,  es la invitación que nos hace Jesús.  ¿Y cómo podemos arrepentirnos, sino escuchamos a Dios?  ¿Y cómo podemos escuchar, si no hacemos silencio en nuestro corazón?

Es necesario hacer callar muchas voces y mucho ruido cotidiano, para oír mejor la llamada de Jesús, a cambiar, a renovarnos, a revisar la gracia de nuestro bautismo, a morir al pecado y resucitar a Cristo.

La cuaresma es tiempo de cambio.  A veces nos cuesta creer en la posibilidad de cambiar.  Parece difícil poder cambiar.  Pero lo más importante para cambiar es fiarse de Dios.  Para Dios nada hay imposible.

La 1ª lectura, del libro del Génesis, nos ha hablado del diluvio universal.  En los tiempos en que ocurrieron estos hechos, la sociedad en que vivía Noé se había alejado completamente de Dios, como está pasando ahora. Y, como a muchos les ocurre hoy en día, nada les parecía pecado. 

El pecado es algo incompatible con Dios y con los proyectos de Dios para el hombre y para el mundo; por eso, cuando el odio, la violencia, el egoísmo, el orgullo, la prepotencia llenan el mundo y producen la infidelidad de los hombres, Dios tiene que intervenir para corregir el rumbo de la humanidad.

El pecado no es una realidad que pueda coexistir con esa vida nueva que Dios nos quiere ofrecer. El pecado destruye la vida y asesina la felicidad del hombre; por eso, tiene que ser eliminado de nuestra existencia.

En tiempos de Noé, el agua del diluvio terminó con la vida corrupta contraria al plan de Dios y surgió una vida renovada, de acuerdo al plan de Dios.  Sin embargo, nuestro mundo se halla inundado por nuevo diluvios, como son el diluvio de la vulgaridad, de la inmoralidad, de la violencia, de la increencia, y nosotros, como Noé, debemos ser fieles a Dios para que estos diluvios no se sigan dando y brille la vida nueva que Dios nos quiere dar.

La 2ª lectura, de San Pedro, nos ha recordado que, con la muerte y resurrección de Jesús, Dios hace un nuevo y definitivo pacto con el hombre, un pacto que queda sellado con las aguas del sacramento del Bautismo. 

A través del Bautismo, Dios ha creado una nueva humanidad y somos llamados a nacer a una vida nueva en Dios a través de la gracia que recibimos en dicho sacramento.  A partir del Bautismo somos hijos de Dios y de esta manera Dios puede actuar en nosotros y hacer una humanidad nueva.

El agua que recibimos en el Bautismo ya no es un agua que destruye, sino un agua que nos purifica y regenera. 

Pero no pensemos, ni por un momento, que simplemente por haber sido bautizados ya estamos salvados y podemos hacer lo que queramos.  Después de quedar limpios en el Bautismo, si caemos en pecado, aún nos queda un camino a seguir: arrepentirnos y confesar nuestros pecados.

El Evangelio de san Marcos nos ha narrado las tentaciones de Jesús en el desierto y la llamada a la conversión.

Jesús, asumió de tal forma nuestra vida, que incluso fue tentado, como lo somos cada uno de nosotros. 

A lo largo de nuestra vida llegan momentos en los que nos tenemos que definir, y ahí, es donde somos tentados: O nos decimos por una cosa o nos dejamos llevar por otras sugerencias.  Jesús es tentado y en la tentación opta por lo que el Espíritu le dice.

La vida es la que nos presenta momentos de opción en los que tenemos que dar la talla. Y, optamos por dejarnos guiar por Dios, por nuestra conciencia, o, bien optamos por dejarnos guiar por las apariencias tentadoras y apetecibles.

La Cuaresma es un buen momento para que cada uno de nosotros, que nos decimos cristianos, examinemos qué lugar ocupa Dios en mi vida, en mis proyectos y en mis decisiones.

Como Jesús, nosotros hoy estamos sometidos a tentaciones de todo tipo: oportunidades para dejar a Dios de lado y enfocar nuestra vida por otros rumbos.

Nadie, por muy santo que sea se ve libre de la tentación. Y esto no es malo, es simplemente un aspecto de nuestra condición humana. El sentir tentaciones no es malo, ni significa que seamos malos. Es algo normal y natural. Lo raro sería no tenerlas. 

Jesús vence las tentaciones y nos muestra el camino para ello: tener a Dios como cimiento, dejarnos iluminar por su palabra a la hora de buscar solución a nuestros problemas, a nuestros proyectos, a nuestros deseos.  Si Dios y su Palabra son el sustento de nuestra vida, venceremos las tentaciones.

¿Qué tentaciones me seducen y me acorralan? ¿Cómo las voy a vencer?

lunes, 17 de abril de 2023

 

III DOMINO DE PASCUA (CICLO A)


La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos invita a descubrir a Jesús vivo que acompaña a los hombres por los caminos del mundo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a san Pedro predicando con valentía la Buena Noticia de la resurrección de Jesucristo.

La resurrección de Cristo prueba que su vida gastada al servicio de Dios, entregado a los hombres, no fue un fracaso, sino una victoria: resucitó.  Cuando nos sintamos decepcionados y criticados por servir a Dios y al prójimo, tenemos que pensar que nuestra vida no será una vida de fracaso ni de olvido para Dios.  El fracasado es aquel que vive al margen de Dios y de los demás.  Ningún bien que hagamos en esta vida pasará desapercibido para Dios.

Por ello, no debemos tener miedo de hacer el bien ni que nos vean como lo que somos: cristianos.  Pedro, lleno del Espíritu Santo, habla, como él mismo dice: “Claramente”. No le tiene miedo al qué dirán o a lo que el hablar con claridad de Cristo pudiera traer como consecuencia.


Hoy en día, necesitamos más cristianos que estén dispuestos a hablar con claridad de Jesús, cristianos que no tengan miedo de portarse como tales delante de los demás. Cristianos que con su vida sean capaces de testimoniar al Señor.

La 2ª lectura, de la 1ª carta de San Pedro, nos invita a darnos cuenta del grande amor de Dios por los hombres, un amor que se manifestó en la cruz y en la resurrección de Jesús. No hay mayor expresión de amor que la entrega de la vida en favor de alguien; y es de esa forma como Dios nos ama. Cuando seamos capaces de darnos cuenta de cuánto nos ama Dios, entonces aceptaremos su llamada a colaborar con Él en una vida nueva.

Dios nos ama inmensamente, y nosotros debemos de dar una respuesta a ese amor.  Esa respuesta se tiene que traducir en una actitud de obediencia a Dios, de entrega incondicional en las manos de Dios, de adhesión completa a los planes, valores y proyectos de Dios.

Los hombres de nuestro tiempo viven, de forma general, pensando en sí mismos, en sus pequeños intereses personales y buscando la realización inmediata de sus sueños, deseos y prioridades.

Nosotros los creyentes, por nuestra parte, estamos invitados a vivir y a anunciar el estilo de Dios, que es el del amor y de la entrega de la vida hasta las últimas consecuencias.

El evangelio de San Lucas, nos ha narrado el episodio de los discípulos de Emaús. 

Estos discípulos representan a todos los desesperanzados de la humanidad, a todos los angustiados, a todos los que van por la vida sin sentido, a todos los que están “de vuelta” de las cosas. Ellos vuelven a su pueblo, a continuar con su vida, pero vuelven marcados por la derrota, la frustración.

Los discípulos de Emaús son la expresión de tantos cristianos de hoy y de siempre que están desilusionados, desengañados.   Les ha faltado el punto de apoyo y lo dejan todo no por despecho ni por desganas.  No están contra nada pero les ha fallado su fe.

Muchas veces nosotros hemos tenido la misma tentación de los discípulos de Emaús: huir, dejarlo todo a causa de la desilusión, el cansancio, la desesperanza, la sensación de fracaso…

La experiencia de los dos discípulos es nuestra propia experiencia. También nosotros conocemos ese camino: ¡Cuántas promesas que no han madurado en nuestras vidas, cuántos fracasos, cuántos planes que se han ido abajo, cuántas ilusiones perdidas!… Quizás también nosotros hemos abandonado el grupo. 

Cuántas veces nos hemos sentido decepcionados.  Nos decepcionan los políticos y la sociedad, nos decepciona la familia, nos cansa el trabajo y nos preguntamos: ¿para qué vivir?  ¿Qué sentido tiene todo? ¿Merece la pena luchar por un ideal?  ¿Es que en la vida no hay nada más que esta rutina de cada día?  Preguntas que de vez en cuando nos hacemos.  Preguntas molestas que muchos intentan evitar u olvidar encerrándose en sí mismos, huyendo de todo compromiso, o entregándose a las múltiples drogas que nos acechan bajo forma del consumismo, el abuso de la televisión, del sexo, del alcohol, etc.

¿Se puede vivir así la vida?  Ciertamente que no.

El problema es que nos falta fe.  Por eso con frecuencia dudamos nos confundimos y somos débiles.  Pero no lo olvidemos, Jesús siempre sale a nuestro encuentro.  Lo peor que podemos hacer en esos momentos es abandonar la comunidad, como aquellos dos discípulos.  A la Iglesia no se la abandona, sobre todo en momentos de crisis.  Prescindir de la Iglesia nos hace todavía más difícil reconocer al Señor en nuestro camino.

Hay que encontrarse con Jesús en nuestras vidas.  El encuentro con Jesús Resucitado cambió la vida de aquellos dos discípulos de Emaús. No podemos olvidar nunca que Jesús está resucitado y camina a nuestro lado. 

lunes, 6 de marzo de 2023

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


A partir de este 3er. domingo de Cuaresma y hasta el final de la Cuaresma, la liturgia nos presenta unas catequesis bautismales dirigidas a los catecúmenos que se preparaban para celebrar su bautismo en la gran fiesta de Pascua.

En la 1ª lectura del libro del Éxodo hemos escuchado cómo el pueblo de Israel, en medio del desierto, camino hacia la libertad, duda de la presencia de Dios en medio de ellos.  Pero Dios no abandona a su pueblo, a pesar de las murmuraciones.

Nosotros, creemos en Dios, pero muchas veces la vida se nos complica.  Y cuando las cosas no salen como nosotros queremos se nos puede derrumbar la fe y podemos, como el pueblo de Israel darle la espalda a Dios y dudar de Él creyendo que nuestra sed de felicidad la podemos saciar al margen de Dios e incluso podemos llegar a blasfemar de Dios y reclamarle a Dios diciéndole que se ha olvidado de nosotros.

Estamos equivocados si pensamos que Dios nos ha abandonado en algún momento de nuestra vida.  A pesar de nuestras infidelidades, el Señor permanece siempre fiel y nos busca para manifestarnos su amor incondicional.  Dios no nos ha abandonado nunca. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos dice también que Dios siempre nos acompaña a pesar de nuestros pecados y de nuestras infidelidades. 

Hay personas que viven con indiferencia respecto a Dios, a su amor y sus propuestas.  Muchas personas se preocupan más de los resultados del futbol, de los resultados de quien quedó en tal o cual concurso de baile o de canto, de cuál es la canción de moda o dónde va a ser el próximo baile que de Dios y de su amor. 

Estamos en Cuaresma, este es un tiempo ideal para que redescubramos a Dios que nos ama tanto, y que quiere darnos la felicidad verdadera y plena.  Este es un tiempo especial para que aceptemos y vivamos el camino que nos conduce hacia Dios.  Unámonos a Cristo como una rama está unida al tronco y vivamos ya desde ahora de la felicidad plena que Dios nos ofrece.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la primera catequesis bautismal con el episodio de la samaritana.

En los tiempos modernos hay muchos adelantos en medicina, en libertades políticas y en tantas cosas. El nivel de vida ha mejorado.  Sin embargo, no somos felices a pesar de tanto adelanto, a pesar del consumismo y a pesar de que, al parecer, todo nos está permitido. La felicidad es el agua viva de la que nos habla el Evangelio de hoy.

Todos los seres vivientes tenemos sed de felicidad.  No es que seamos infelices, no; pero es relativamente fácil encontrarse con personas que buscan más, que quieren más, que sienten una insatisfacción no del todo precisada, pero ahí está.

Los pozos y las fuentes eran, cuando no había agua corriente, lugar de encuentro. “Ir al pozo”, era el lugar más común de hacer amistades. Allí todos llegaban con la misma necesidad, con la misma búsqueda.

Los pozos y las fuentes de hoy quizá son otros. El agua la tenemos en casa. Damos al grifo  y ya está ahí. No tenemos que ir a buscarla. Pero seguimos saliendo de casa en busca de algo o de alguienporque el hogar no lo da todo, sobre todo cuando estamos vacíos. Hay hogares que no lo dan todo, ni siquiera dan lo esencial. Te dan pan, pero desprovisto de gestos de ternura. Por eso, algunos van al bar, al café, a las tiendas o simplemente “a dar la vuelta para ver gente”

El pozo del corazón humano es muy profundo y no podemos llenarlo con las pequeñas felicidades que encontramos en la vida.  Si tenemos una casita queremos tener un palacio.  La samaritana del Evangelio, había tenido cinco maridos. Y fueron cinco sueños o, mejor dicho, cinco fracasos. El que ahora tenía no era su marido. Sin embargo, ella, una y otra vez, intentaba ser feliz. Y todos, una y otra vez, intentamos ser felices y nunca estamos satisfechos. Y aunque tuviéramos todo lo que deseáramos, lo cual es imposible, todo lo podríamos perder en unos segundos.

La samaritana es una mujer en busca de felicidad. Nada se le pone por delante para ser feliz. Pero tiene que descubrir, ayudada por Jesús, que el lugar de la felicidad no está donde ella creía que estaba. Hay que desplazarse hacia el manantial de agua que viene de Dios.

Los creyentes sabemos que la felicidad depende de “arrimarnos” a Jesús, fuente de verdadera felicidad.

Hagamos hoy nosotros como la samaritana, acerquémonos a Jesús y digámosle: “Señor, dame de esa agua que nos da la felicidad en plenitud”

lunes, 23 de enero de 2023

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Todas las personas queremos ser felices, todos buscamos la felicidad y todo lo que hacemos, directa o indirectamente, es tratar de logar esa felicidad.  Pero, a veces, nos olvidamos que no todos los caminos nos llevan a la felicidad.   La Palabra de Dios nos dice hoy que Dios es feliz y que quiere comunicarnos esa felicidad.

En la 1ª lectura el Profeta Sofonías nos invita a la moderación, la pobreza, la humildad, la honradez, la búsqueda de la paz y la verdad, porque Dios no aprecia a los que confían en sus propias fuerzas, en sus riquezas, en ellos mismos.

Dios no hace pactos con los orgullosos y prepotentes que dominan el mundo y que pretenden crear la historia según sus caprichos.  Dios no está donde hay violencia y donde se vive la ley del más fuerte; Dios no apoya la política de los que dominan el mundo.  Hay que tener cuidado con aquellos que en nombre de Dios quieren imponerse y dominar el mundo, porque éstos no son los métodos de Dios.

Nuestra sociedad se dice cristiana, pero no vive según los criterios de Dios porque ensalza a los que tienen poder, a los que triunfan por cualquier medio, a los poderosos, a los que imponen el poder y la fuerza por las armas.

Hoy, la sociedad alaba a los que triunfan y margina a los pobres, a los débiles, a los sencillos, a los pacíficos, a los que no pueden hacer oír su voz ante las injusticias.  Hemos de renunciar a la prepotencia, al orgullo, al autoritarismo, a la autosuficiencia tanto en nuestra relación con Dios, como en nuestra relación con los demás.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una denuncia contra la actitud de aquellos que ponen su seguridad en personas y son orgullosos y autosuficientes y nos invita a buscar la verdadera sabiduría en Cristo.

Un gran número de personas creen que el secreto de la realización plena del ser humano está en tener una buena preparación intelectual, en el éxito profesional, en el reconocimiento social, en el bienestar económico, en el poder político, etc.  San Pablo nos dice que quien busca en su vida solamente este tipo de cosas está apostando por el caballo perdedor.  El hombre sólo se realiza plenamente cuando descubre a Cristo y aprende con Él el amor total y el don de la vida.

Aunque Dios no es el dirigente de ningún sindicato de obreros, sin embargo, Él se solidariza con los pobres, los humildes, los explotados y a todos ofrece, sin distinción la salvación.

El Evangelio de San Mateo nos ha presentado las Bienaventuranzas. 

Las bienaventuranzas quizás sean el pasaje más conocido y comentado de todos los evangelios. Pero también es uno de los más difíciles de vivir y de practicar. Las Bienaventuranzas tienen un único fin: la felicidad. Desde la antigüedad el hombre busca ser feliz y procura por todos los medios alcanzar su plena realización. Durante siglos se había imaginado que teniendo más riqueza, comodidades, poder y fuerza, podría ser feliz; pero entre más tiene y se esfuerza, se encuentra más vacío e incompleto.

Con sus palabras Jesús declara felices a los que por siglos habían sido considerados como perdedores y llenos de desgracias.

La primera bienaventuranza es como un resumen de todas las demás: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. No se es feliz cuando se tienen muchas cosas, se es feliz cuando el corazón está en paz y armonía y no necesita cosas externas para saciarse.

¿Cuándo nos sentimos más infelices?  Cuando hemos perdido lo que teníamos, cuando nos llenamos de odio o de envida, cuando ponemos nuestro corazón en los bienes materiales.  Jesús no nos condena a la pobreza ni a la miseria.  Jesús no está de acuerdo con la pobreza creada por las injusticias.

Vivimos en un mundo que a fuerza de proclamarlo ha creído que se puede ser feliz de una manera fácil y superficial, pero ha creado una nueva generación de individuos apáticos ante el sufrimiento y dolor de los hermanos. Jesucristo nos viene a enseñar que Dios es el Dios de los pobres, de los que tienen hambre y sed, de los que lloran… Jesús llora y sufre con ellos, comparte su dolor, pero también da sentido a ese dolor y nos enseña que en el dolor y en el sufrimiento puede haber paz y felicidad.

Ya es hora de que la comunidad cristiana sienta esta llamada de Jesús, y se decida a continuar lo que Él inició, que el Reino de Dios se haga presente ya entre nosotros, que se haga presente la fraternidad de una humanidad en la que desaparezca todo tipo de exclusión, de miseria, de hambre, de incultura, Tengámoslo bien claro, Dios ama a los pobres, por eso no quiere que haya pobres; por eso serán dichosos los que deciden dedicarse a construir un mundo en el que no haya pobreza, porque el mundo de hermanos es el mundo en el que Dios será Padre de todos.

¿Queremos ser felices? Vivamos las bienaventuranzas