Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta XXII domingo ordinario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta XXII domingo ordinario. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de agosto de 2025

 


 

Las lecturas de este domingo son una invitación a vivir desde la humildad y la generosidad.

La 1ª lectura, del libro del Eclesiástico, nos decía: “hazte tanto más pequeño cuánto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor”. 

Cuando un niño está dando los primeros pasos, necesita la ayuda de una persona mayor para no caerse cada dos por tres.  Así sucede en nuestra vida cristiana. Aunque seamos personas adultas, estamos dando primeros pasos hacia Dios: ¡estamos caminando hacia el Reino!  Por eso necesitamos de una mano amiga que nos ayude para no caer cada dos por tres en nuestro inseguro caminar. Y esa mano amiga es Dios. 

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, nos recordaba precisamente que Dios es esa mano amiga que necesitamos  ya que Dios, nuestro Padre, no es un Dios distante, lejano, despreocupado de nosotros. Dios se ha hecho: cercano, próximo, fraterno, por medio de Jesús.Está al lado nuestro para darnos esa mano que necesitamos; y ofrecernos la ayuda indispensable para llegar al final del camino: ¡al Reino de Dios!

El evangelio de san Lucas, nos hablaba de la virtud de la humildad.  Esta virtud de la humildad es una de las más olvidadas por nosotros.  A las personas les gusta despertar la admiración de la gente y que las señalen como personas importantes, famosas, poderosas, influyentes.  Sin embargo, la Palabra de Dios nos insiste que la humildad es querida por Dios.

La persona que desea estar llena de grandezas humanas, poco lugar le deja a Dios en su vida.  Sin embargo, la persona que es humilde, sencilla, y que no es vanidosa, tiene mucho lugar para Dios en su vida.  Y Dios vive en esa persona.  El orgulloso, el vanidoso, el creído, se enfrenta a Dios y le cierra la puerta de su vida. El humilde se abre a Él y Dios vive en él.

Hay dos maneras de perder el cariño y el respeto de los demás, incluso de hacerse rechazar hasta el punto de quedarse sin amigos ni personas que nos valoren: una es el creerse uno más de lo que uno es, valorarse más de lo debido, compararse con los demás y pensar que somos más inteligentes, más fuertes, más atractivos que los demás.  Querer buscar los primeros puestos, exigir un trato preferencial, querer tener siempre la última palabra en todo; hablar siempre de uno mismo, proclamar los propios éxitos; querer ser el centro del grupo y, a veces, humillar a los que sobresalen, para que no nos hagan sobra

La otra actitud que nos puede hacer perder relación y amistad sería la falsa humildad de quitarse importancia, simulando desconocer nuestras virtudes, y al mismo tiempo exagerar nuestros defectos.

Lo que nos puede hacer que no perdamos la amistad de los demás y la de Dios es la verdadera humildad.  Como nos decía la 1ª lectura: “En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso”

La humildad verdadera es cuando reconocemos nuestros defectos y limitaciones asumiéndolos sin angustias, y cuando somos consciente de las propias cualidades, dando gracias a Dios por ellas y poniéndolas a disposición de los demás, entonces es fuente de amistad y de buenas relaciones.

Lo contrario de la humildad verdadera es la soberbia y el orgullo, es decir, el querer ser más que los demás, querer sobresalir, tener los primeros puestos y vivir en la mentira sobre uno mismo: creerse autosuficiente, sin necesidad de Dios y de los demás.

La soberbia impide ejercitar el perdón de las ofensas y son frecuentes los enfrentamientos entre familiares que llevan incluso a la destrucción de las familias.

En la segunda parábola que hemos escuchado hoy en el evangelio nos dice Jesús, que cuando invitemos a alguien a una fiesta no lo hagamos por intereses.

Nosotros consideramos normal amar al que nos ama, hacer favores a quien nos los hace, ser amable con quien lo es con nosotros. Pero Cristo nos dice que quien quiera ser discípulo suyo ha de amar con otra generosidad: hemos de amar y hacer favores incluso cuando sepamos que no vamos a recibir nada de aquellos a quienes ayudamos o estamos favoreciendo.

Por eso esta palabra que hoy escuchamos nos invita a preguntarnos con sinceridad: ¿buscamos dar o buscamos recibir?

Que el Señor nos ayude a conocernos interiormente, para que podamos proceder en nuestra vida con una verdadera humildad y generosidad.

martes, 27 de agosto de 2019

XXII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx


XXII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
 
 
La liturgia de este domingo nos habla de los valores de la humildad, la gratuidad y el amor desinteresado.
 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos decía: “Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor.”. 
 
Hay una virtud muy olvidada hoy en día y es la virtud de la humildad.  A la gente le gusta que los admiren y que los señalen como personas importantes, famosas, poderosas, influyentes.
 
La Palabra de Dios nos dice que la humildad, es una virtud muy querida por Dios.  La persona que se cree grande e importante le cierra a Dios las puertas de su corazón.  El orgulloso, el vanidoso, el creído, se enfrenta a Dios y le cierra la puerta de su vida.
 
Sin embargo, la persona que es humilde, sencilla, y que no es vanidosa, tiene mucho sitio en su corazón para Dios.  Y Dios está y vive en esa persona.  El humilde se abre a Dios y Dios vive en él, por eso el humilde es una persona servicial y buena.
 
Tenemos dos ejemplos (entre otros muchos) muy edificantes para nosotros: el de la Virgen María cuando dijo: “he aquí la esclava del Señor”; y porque Dios vio su humildad, el Señor se encarnó en ella. Y el ejemplo de Jesús: que se humilló hasta la muerte en cruz. Y por eso ha merecido la salvación para todos nosotros.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos invita a acercarnos a Dios, ya que Dios es nuestro Padre, no es un Dios lejano o distante, sino un Dios que se preocupa por nosotros.
 
Dios está a nuestro lado para darnos esa mano que necesitamos; y ofrecernos su ayuda para llegar al final del camino: ¡al Reino de Dios!
 
Cuando un niño está dando los primeros pasos, necesita la ayuda de una persona mayor para no caerse cada dos por tres.  Así sucede en nuestra vida cristiana. Aunque seamos personas adultas, estamos dando primeros pasos hacia Dios: ¡estamos caminando hacia el Reino!  Por eso necesitamos de una mano amiga que nos ayude para no caer cada dos por tres en nuestro inseguro caminar. Y esa mano amiga es Dios. 
 
El Evangelio de san Lucas nos dice cómo debemos prepararnos para entrar al Reino de los Cielos.
 
Los hombres somos como los árboles: los hay que crecen libremente y buscan alcanzar las alturas, dan sombra y frutos. Hay otras plantas que son parásitas, que no conformes con alimentarse de otro árbol, lo ahogan, lo estrangulan y acaban secándolo.  Igual que lo hacen algunas personas.
 
Hay personas que suben a los primeros puestos pero ahogando, como los árboles a otras muchas personas.  Nos cuesta ceder el paso, darle atención al otro, buscarle un lugar a quien lo necesita. La vida se ha vuelto una competencia desenfrenada por conquistar lugares, por subir a lo más alto, no importa que se tenga que aplastar a los demás.
 
Para muchas personas la única meta de su vida es tener más, ser el más importante, tener más poder, aparecer como el mejor, y esto hace que con frecuencia llevemos una vida hueca, triste y vacía porque nunca tenemos bastante, nunca nos sentimos satisfechos con lo que tenemos o somos.  En el afán por tener más, por subir más alto, muchos terminan llevando una vida sin sentido, insatisfechos por no alcanzar sus metas, siempre deseando lo que no se tiene.  Y se buscan entonces los primero lugares, la ostentación y la apariencia.
 
La sociedad nos obliga a buscar los primero puestos; Jesús nos invita a ser servidores unos de otros, a buscar los últimos lugares no para eludir responsabilidades, sino para darnos cuenta que todos somos iguales.  Mientras que la sociedad alaba y ensalza a los grades, Jesús nos dice lo contrario: “el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.
 
La amistad no se puede usar para beneficio propio.  La amistad siempre debe hacernos crecer, nunca debemos manipular a las personas. “¿Qué provecho puedo sacar de esta persona?”  Es el pensamiento del mundo, y con mucha frecuencia las relaciones que se establecen tienen fines utilitarios y es difícil vivir de manera desinteresada. Muchos se preguntan cuánto han recibido y de quién esperan un reconocimiento, por el contrario Jesús enseña que lo importante no es recibir, sino dar, dar con alegría, dar con prontitud, dar con gratuidad.