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lunes, 20 de abril de 2026

 



En este domingo IV del tiempo pascual celebramos el domingo del Buen Pastor. Jesucristo es el Buen Pastor porque nos conoce, nos ama y da la vida por nosotros.  Él es también la puerta.  A través de Él entramos en la Iglesia; a través de Él accedemos a la salvación; a través de Él conocemos y llegamos a Dios.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles es una invitación a la conversión, es decir, a un cambio importante de rumbo en lo que sentimos, pensamos y hacemos.

A lo largo de la historia siempre se ha considerado al niño como un sujeto infatigable de preguntas: ¿Por qué…? ¿Qué hago mamá, papá?  Dependiendo de las respuestas a esas preguntas, hemos dado al niño amor, paz, tranquilidad, sobre todo a esa temprana edad que comienza el desarrollo de su personalidad.

Los jóvenes como están formando su propia personalidad, no quieren que nadie influya en ellos y por eso casi no preguntan nada y rechazan cualquier tipo de orientación sobre la sociedad y sobre Dios. Los ancianos no preguntan sino que se preguntan a ellos mismos: ¿Qué he hecho con mi vida?

Hoy ni los niños ni los adultos preguntan, pues no existe un diálogo profundo entre las personas. Se tiene mucha información a través de la televisión y de Internet y son estos medios los que establecen lo que tenemos que pensar sobre las cosas y las personas.  Pero estos medios que configuran nuestra manera de pensar y de vivir hacen que no  seamos críticos a lo que nos dicen y todo lo que nos dicen nos lo creamos.

Hoy nos decía la 1ª lectura que le preguntaron a Pedro: “¿Qué tenemos que hacer?”  No tengamos miedo de preguntar sobre los temas fundamentales para vivir y morir como auténticos cristianos.  No tengamos miedo de preguntarle al Señor: ¿Qué me pides que hagas Jesús?  No tengamos miedo a la respuesta que nos dé el Señor.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pedro nos dice que Cristo nos ha dejado un ejemplo para que sigamos sus huellas y aceptemos el sufrimiento.

Siempre, tarde o temprano, aparece en la vida del hombre el tema del sufrimiento físico o psíquico y, ante ese mal surge la angustiosa pregunta: ¿Qué sentido tiene el sufrir injustamente? Cristo no intentó darnos unas enseñanzas sobre el mal en sus diversas formas, sino que lo asumió, Él inocente, hasta morir una muerte de cruz.

Cuando nuestras fuerzas flaqueen, ante el sufrimiento personal o de nuestros hermanos, miremos la “cruz” y allí encontraremos la respuesta. Amemos la cruz, y en ella tendrás la experiencia suave y dolorosa de poder compartir tu sufrimiento y el de tus hermanos con el de Cristo.

El Evangelio de san Juan nos ha hablado de Cristo Pastor y de nosotros sus ovejas.

Mucha gente vive inundada de sonidos. Mucha gente no tiene la oportunidad de disfrutar de un minuto de silencio. La televisión, el radio, el ruido de los coches que van y vienen, los gritos de los niños que juegan o de las mamás que regañan a los hijos que no les obedecen, todo ello sin parar, desde el amanecer hasta el anochecer.

Pero esos no son los únicos ruidos que nos rodean. De hecho, hay ruidos que son aún más dañinos: el ruido del egoísmo que nos llama a olvidarnos de los demás; el ruido de la soberbia que nos empuja a creernos mejores que otros; el ruido de la inseguridad que nos empuja a devaluarnos y a dejar que nos abusen y lastimen y el ruido de la rutina que nos impide reconocer la belleza de la vida, la alegría de vivir, el regalo de nuestra existencia.

Sin embargo, el evangelio de hoy nos da la oportunidad de distinguir un sonido especial de entre los ruidos que nos rodean.  Hay una canción que dice: Cuánto he esperado este momento, cuánto he esperado que estuvieras así; cuánto he esperado que me hablaras, cuánto he esperado que vinieras a mí. Yo sé bien lo que has sufrido, yo sé bien lo que has llorado, yo sé bien lo que has vivido, pues de tu lado no me he ido… Pues nadie te ama como yo, pues nadie te ama como yo; mira la cruz: esa es mi más grande prueba. Nadie te ama como yo.

El Pastor nos llama a escuchar su voz en medio de nuestra soledad o del amor que compartimos. El Pastor nos llama a escuchar su voz en medio de nuestras alegrías y tristezas. El Pastor nos llama a escuchar su voz en la voz de los que sufren.  El Pastor nos llama a escuchar su voz en la voz de los que aclaman y cantan.

El Pastor nos llama a escuchar su voz, su voz que es la voz del amigo que nos ama; su voz es la voz del que conforta y calma; su voz es la voz del que acompaña nuestras penas; su voz es la voz del que defiende causas justas; su voz se dibuja en las estrellas; su voz es silencio lleno de esperanza; su voz que susurra día con día: “¡cuánto he esperado que me hablaras!”

Unamos, pues, nuestras voces y dejemos que se vuelvan una sola. Y que esa sola voz le cante al mundo: “Pues nadie te ama como yo, pues nadie te ama como yo; mira la Cruz: esa es mi más grande prueba. Nadie te ama como yo”.

lunes, 6 de abril de 2026

 



Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección de Jesús.  El tiempo de Pascua, es el tiempo fuerte del año litúrgico.  Es tiempo de alegría, de gozo porque proclamamos que Jesús ha resucitado, que Cristo vive y necesitamos 50 días para hacerlo. Esto es lo que dura el tiempo de Pascua.  Este segundo domingo de Pascua es llamado el “domingo de la divina Misericordia”.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos describe cómo vivían los primero cristianos y cómo deberíamos de vivir nosotros los cristianos de hoy.

Hay 3 cosas que hacían constantemente los primeros cristianos: eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles, eran constantes en la fracción del pan, eran constantes en la oración.  Y además vivían unidos y lo tenían todo en común.

Todos necesitamos estos puntos de apoyo, sin los cuales nuestro seguimiento de Jesús se debilita.  Por eso la Iglesia tiene la catequesis y la formación en la fe, para llevar adelante las enseñanzas de los apóstoles.    Tenemos celebraciones de los sacramentos, especialmente la celebración de la santa misa diaria.  Tenemos la Pastoral Social, para que en la medida de los posible, no haya necesitados entre nosotros.  Si en una parroquia no estuviesen presentes estas tres dimensiones, fallaría su vivencia de la fe.

Además, los primeros cristianos vivían unidos.  Los que profesamos la misma fe en el Señor no podemos vivir divididos; si Cristo no nos une, nosotros mismos estaríamos desplazando a Cristo de nuestra vida, y estaríamos confundiendo al mundo de tal forma que nosotros mismos, en lugar de caminar en el amor fraterno viviríamos destruyéndonos unos a otros.

Sin embargo, qué diferente la manera de vivir y celebrar la fe los primeros cristianos, con la manera de vivirla y celebrarla nosotros.  Escuchar las enseñanzas de los apóstoles, es decir, la formación cristiana. La mayoría cree que lo sabe todo, que no necesita ni catequesis ni formación; celebrar la fracción del pan, es decir, la eucaristía. Para muchos venir a misa no es algo prioritario ni fundamental en su vida; rezar, para muchos no hay tiempo para orar, aunque sí lo hay para leer el periódico, o ver las noticias.  Hay muchos que quieren una religión a su antojo, viven totalmente indiferentes a su fe y a la Iglesia.

Si queremos ser auténticos cristianos el camino es: formación, eucaristía, oración y compartir con los más necesitados.  Quien crea que sin vivir esto se va a salvar está en un gran error.

La 2ª lectura del apóstol san Pedro nos dice que la alegría de la resurrección supera todas las contrariedades y sufrimientos que podamos tener en esta vida, porque el Señor al resucitar nos ha dado una nueva vida, una nueva esperanza.

Hay que vivir nuestra vida con esperanza, viendo más allá de los problemas y dificultades que día a día nos hacen tropezar.  Esto no significa que nos desentendamos de la vida presente, sino que enfrentemos las contrariedades de cada día con la serenidad y con la paz de quien confía en Dios y en su amor.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la figura de Tomás el incrédulo.  Una figura con la que muchas personas se pueden identificar hoy.

Tomás, después de la muerte de Jesús, ha dejado la comunidad.  El domingo de Resurrección, cuando Jesús se aparece por primera vez, Tomás no está con los discípulos.  Tomás se vuelve a su casa, sólo y desanimado.   Pero sus compañeros no lo dejan así, enseguida van a comunicarle que han visto al Señor.  Pero Tomás, no se fía, no les cree.

Como Tomás, también muchas personas han dejado o están tentados continuamente de dejar la comunidad.  Muchos, simplemente por comodidad, porque no quieren complicarse la vida.  Sin embargo, tenemos que tomar conciencia de la importancia de la Iglesia y de la comunidad para vivir nuestra fe.  La fe cristiana sólo es cristiana si estamos unidos a Jesús resucitado.  No podemos decir que tenemos fe si vivimos fuera o al margen de la Iglesia.

La fe no puede ser vivida a mi conveniencia, debe ser la fe de la Iglesia.  Separados de la Iglesia, la fe no tiene sentido.  La Iglesia podrá tener fallos y cometer errores, pero la Iglesia es el vehículo por el que Jesús resucitado se da a conocer y, por medio de la Iglesia, Jesús nos perdona lo pecados.  Jesús resucitado está en la Iglesia y la Iglesia es la presencia en la historia de Jesús resucitado.

En nosotros está, como en Tomás, hacer el esfuerzo de volver a la comunidad, a esta comunidad, volver a esta comunidad de una manera activa, interesándonos por lo que se hace, participando activamente en las celebraciones, en la catequesis, en la vida parroquial,  mostrando afecto por todos y por todo, no dejando que las críticas destruyan los lazos de unión que el Señor ha creado entre nosotros.

Es aquí, en la escucha de su Palabra cada domingo, en el compartir lo poco o mucho que tenemos.  Sintiéndonos hermanos de los demás.  Es aquí, donde Dios nos revelará su presencia si colaboramos con nuestro esfuerzo e interés. 

lunes, 23 de marzo de 2026

 

DOMINGO DE RAMOS (CICLO A)



Iniciamos hoy, con el recuerdo de la entrada de Jesús a Jerusalén en un burro, la Semana Santa.

La lectura de la Pasión nos recuerda los últimos momentos vividos intensamente por Jesús.  La Pasión y la muerte de Jesús nos introducen en la contemplación de un Dios que es amor.  Por amor, vino a nuestro encuentro, asumió nuestras limitaciones y fragilidades, experimentó el hambre, el sueño, el cansancio, la tentación, sudó sangre antes de aceptar la voluntad del Padre.  Por amor es arrojado en tierra, aplastado contra la tierra, traicionado, abandonado e incomprendido.

La lectura de la Pasión debe ayudarnos para descubrir el drama que hoy vive la humanidad y nuestra actitud ante esta situación.

Abramos nuestros oídos y también nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón, para descubrir, en la lectura de la pasión, nuestra realidad.  Hoy, sigue habiendo personas que traicionan y venden a su amigo, a su familia, o a su pueblo por dinero.

El miedo de los discípulos ante el peligro sigue siendo también nuestro miedo de que nos vean vivir auténticamente nuestra fe.  La falsa promesa de Pedro de acompañar a Jesús y estar dispuesto a morir con Él, y la negación posterior, sigue siendo nuestras falsas promesas de cumplir con nuestros apostolados, con nuestra entrega generosa a las cosas de Dios, para luego olvidarnos de nuestros compromisos y negar nuestra participación.  La debilidad en la oración por parte de los discípulos, el sueño que no los deja ver la realidad y la invitación a estar siempre vigilantes y orantes porque no es fácil asumir la cruz de cada día, es también nuestro sueño de las pocas ganas que le ponemos a participar cada domingo en misa, a asistir a misa, a la formación cristiana, a ser ciudadanos comprometidos con nuestra sociedad y con la Iglesia.

Hoy también seguimos viendo a personas al servicio de la opresión y de la corrupción.  Hay soldados que trabajan por un sueldo sin importarles la desgracia de la gente.  Hay sumos sacerdotes y senadores que viven más interesados en eliminar a aquellos que son oposición, que en trabajar por el país.  Nos encontramos con personas que buscan la justicia por medios violentos, como lo que quiso hacer Pedro que sacó la espada para defender a Jesús.  Existen también hoy juicios como el que le hicieron a Jesús.  Recordemos que el juicio a Jesús no fue otra cosa sino una falsa de los poderosos de aquella época, ya que antes de ser enjuiciado ya estaba condenado a muerte.

Hoy también existen “testigos” dispuestos a declarar lo que les digan y hay también sumos sacerdotes que se escandalizan y se rasgan sus vestiduras por la blasfemia de Jesús, pero tranquilamente buscan su muerte sin importarles nada esa muerte.  Hoy también encontramos a personas que se “lavan las manos” para esconder su complicidad en los males de este mundo, pero están también los que reconocen a Jesús como verdaderamente el Hijo de Dios.

¿Dónde o con qué personaje nos queremos nosotros identificar esta Semana Santa?  ¿Cómo vas a vivir esta Semana Santa?

Participemos en las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa.  En estos días vamos a renovar los misterios centrales de nuestra fe.

Ojala que estos días los vivamos con autenticidad, que nos sirvan para renovar y enraizar más nuestra vida cristiana personal y comunitaria.  Ojala que estos días sirvan para que nos encontremos personalmente con Cristo, para que transforme nuestras vidas.  Ojala que quien resucita para la Iglesia y para el mundo en el domingo de resurrección, resucite sobre todo en nuestros corazones y en nuestras vidas.

Celebra la Semana Santa con sentido cristiano.  Participa en las celebraciones litúrgicas y vive en tu vida lo que celebramos.

lunes, 9 de marzo de 2026

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



El Cuarto Domingo de Cuaresma, es conocido con el nombre de Domingo Laetare, ya que las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son “Laetare Jerusalén” que quiere decir en Español, “Regocíjate, Jerusalén”.   Hoy nos recuerda la Iglesia que la alegría es compatible con la mortificación y el dolor.   Nos dice que la penitencia no es lo que se opone a la alegría, sino la tristeza. 

La 1ª lectura del primer libro de Samuel nos presenta la elección de David como rey de Israel.  La mirada de Dios no es como la mirada del hombre: el hombre se fija en las apariencias y Dios mira el corazón.  Cuando debamos elegir a una persona para algo, hemos de analizar muy bien todas las posibilidades y escoger la mejor de ellas.

Que un hombre sea educado y buen galán, y además, tenga una buena chequera, no significa que sea un buen esposo y un padre excelente.  Que una mujer tenga una bonita figura y llame la atención, no significa que sea la mujer ideal para formar un hogar estable y con ella se construya un matrimonio feliz.  Que un candidato tenga títulos y mucha palabrería, no significa que realmente sea un excelente servidor de la comunidad.  Muchos países, ciudades, iglesias y empresas han sufrido las desgracias de los buenos candidatos que resultaron ser verdaderos incompetentes para tales funciones.  Hay muchos matrimonios que han fracasado porque los cónyuges se dejaron llevar por las apariencias.

Tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de elegir a una persona, porque las apariencias engañan.  Por desgracia, muchas veces, juzgamos a nuestro prójimo por las apariencias.  Sin embargo, para Dios, lo que cuenta es lo que hay en el interior del corazón de la persona.  Nosotros nos fijamos en las apariencias, Dios ve el corazón.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios nos dice que gracias al bautismo hemos pasado de la oscuridad a la luz, y por lo tanto tenemos que vivir y dar testimonio de la luz practicando la bondad, la justicia y la verdad.

Si somos hijos de la luz, tratemos de actuar y de hacer siempre la cosas bien; caminemos en la Verdad unidos a Cristo, de tal forma que toda nuestra vida sea una manifestación del amor de Dios, de su perdón, de su misericordia para todos aquellos con los que nos encontremos en la vida.

Si somos hijos de la luz, no juzguemos a nadie, pero no nos quedemos mudos ante el pecado; si denunciamos a los pecadores, si los ponemos al descubierto no es con el afán de sólo denunciar, sino también de anunciar una vida nueva, y de proponerles a Cristo como camino de salvación para todos, sin importar lo que hayan hecho anteriormente.

Luz y tinieblas son dos maneras de vivir, pero para nosotros los cristianos sólo hay una: vivir como hijos de la luz, es decir, dejarnos iluminar por Cristo.

El Evangelio de san Juan nos ha relatado cómo Jesús ilumina los ojos de un ciego de nacimiento y le ofrece la fe, la luz para ver la vida con una mirada nueva.

Hay muchas maneras de quedarse ciego en la vida.  Ciegos no son solamente los que carecen de visión en sus ojos, también son ciegos en su espíritu los que cierran su corazón a la bondad, al amor.  Ciegos son los que provocan desgracias, los que hacen sufrir al ser humano.  Ciegos son los que no viven en la verdad.

Ciego es aquel que se pasa la vida entera ocupado en no hacer nada provechoso con su vida, que no se pregunta nunca “qué voy hacer de mí”.  Nos instalamos en la vida y vamos viviendo aunque no sepamos ni por qué ni para qué.

La sociedad de consumo, la publicidad y las modas van a ir diciéndome qué me tiene que interesar, qué me tiene que gustar, cómo tengo que pensar o cómo voy a vivir.  Son otros los que deciden y fabrican mi vida.  Yo me dejo llevar ciegamente.  Están también todos aquellos ciegos que viven haciendo lo que les apetece, sin escuchar nunca a su conciencia, al contario, tratan de acallar con los medios que sean esa voz interior que nos recuerda nuestra dignidad de personas responsables, nuestra dignidad de hijos de Dios.

Probablemente el mejor modo de vivir ciegos es mentirnos a nosotros mismos.  Construirnos una mentira, fabricarnos una personalidad falsa, y vivir el resto de nuestra vida de manera falsa y engañosa. 

Es muy tentador también ignorar aquello que nos obliga a cambiar.  Cerrar los ojos y convertirnos en ciegos para no ver lo que nos cuestiona nuestra vida.  Ver sólo lo que queremos ver, utilizar una medida diferente para juzgar a los otros y para juzgarnos a nosotros mismos.

En el Evangelio hemos visto que Jesús puede “abrir los ojos” a la persona, pero para eso hay que dejar que Jesús actúe en nuestra vida.  Pecado es resistirse a la luz, no querer ver, estar contra la luz.

Adoptemos la postura humilde y sincera del ciego que se dejó iluminar por Jesús y gritaba con firmeza “Señor, que vea”. Hemos de pedir la fe, es el don de Dios que nos trae Jesús. Jesús nos irá dando la luz, nos irá abriendo a la fe.

lunes, 9 de febrero de 2026

 

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos hablaba de la libertad que Dios le da al hombre para poder cumplir los mandamientos. 

“Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad.”.  Somos libres, capaces de hacer el bien o de hacer el mal. Tenemos ante nosotros, de forma continua, dos caminos: uno que nos aleja de Dios, otro que nos acerca a Él. Uno, es fácil de recorrer, cómodo de andar, atractivo a nuestros ojos. El otro difícil, duro y estrecho, poco apetecible a nuestro espíritu de comodón. Pero ya sabemos por la fe, y por la experiencia muchas veces, que al término del camino ancho nos aguarda la tristeza, el fracaso, la angustia, la muerte. En cambio, después de recorrer el camino duro, encontramos la paz, la alegría, la esperanza, la vida. 

“Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras.” Sí, Dios ha querido ser justo con nosotros, quiere darnos lo que merezcamos… Y al mismo tiempo, como haciendo trampa y llevado de su misericordia, ha prometido ayudarnos, venir a nuestro lado cuando le llamemos con fe y confianza, ha prometido darnos su gracia, sin dejar por eso de premiar el éxito final que con su ayuda y nuestro pobre esfuerzo consigamos.

El hombre es libre para poder hace el bien o no. Aunque Dios desea que los hombres hagamos el bien, sin embargo respeta nuestra libertad.  Lo que sí hay que tener en cuenta es que el pecado no viene de Dios, sino del interior de la persona.  En nuestro interior está la capacidad para cumplir o no la voluntad de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que la verdadera sabiduría es un don del Espíritu Santo.

San Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el desorden actual en el que vivimos y que es la que siguen los que quieren dominar el mundo y buscan  el poder y la sabiduría en las fuerzas del mal y por eso se opone a Cristo y a su Evangelio, y la sabiduría de Dios que Pablo comunica a los cristianos adultos en la fe. Estos son cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y viven de acuerdo con él, y son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y de la prudencia  para “distinguir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo conveniente”.  Esta sabiduría la comunica Dios a quienes lo aman. 

El Evangelio de san Mateo nos dice cuál es la misión de Jesús.  El no ha venido a abolir la ley o los profetas, pero sí ha venido a formular la ley de una manera nueva.

Jesús dice: “habéis oído que no debéis matar,  no debéis cometer adulterio, no debéis pelearos con vuestro hermano, etc. pero yo os digo”.  Así Jesús va enumerando 6 formulaciones de la ley del A.T.  Hoy hemos leído 4 y el domingo que viene leeremos las 2 restantes.  Esas 6 formulaciones de la ley van cayendo como 6 piedras que cayesen desde lo alto de una montaña.  Son 6 piedras del legalismo judío que Jesús hace que se caigan, y esto molesta a muchas personas.

Desde el monte de las bienaventuranzas, Jesús lanzó 6 piedras que dieron en el blanco de nuestro bienestar, de nuestras seguridades, de nuestros egoísmos, de nuestros compromisos.

Esas 6 frases: “pero yo os digo”, tienen una fuerza que cambian el ritmo de todas las cosas.  “Habéis oído  que se dijo a los antiguos”, “pero yo os digo”.  Con esto se pasa del legalismo a la ley del amor.

Aquellos “pero” de Cristo hicieron temblar a la justicia.  Quitaron las vendas de la hipocresía, deshicieron miles de preceptos, para abrir un camino real a la libertad de los Hijos de Dios.   Esos seis “pero” de Cristo fueron destruyendo el tradicionalismo y la costumbre.

Pero los hombres al “pero” de Cristo, pusimos nuestros propios “peros”.  “No matar”, pero, los hombres en ciertas circunstancias y motivos convertimos en lícito el matar, y esto alentó a miles de asesinos y ha habido millones de muertes en nuestro mundo.

Cristo dice: “Amad a vuestros enemigos”, pero los hombres en ciertos casos no hacemos respetar esto y por ello se ha desencadenado una salvaje caza del hombre, tan solo porque ese hombre no tiene el color de nuestra piel o no comparte nuestras ideas.

Cristo dijo: “Sed perfectos”, y nosotros decimos: pero seamos realistas, tengamos en cuenta nuestra fragilidad humana, y así nos vamos colocando fuera del evangelio.

“Habéis oído”, sí, hemos oído muchas cosas, pero hemos aprendido demasiadas habilidades para hacer que el evangelio no nos estropee excesivamente nuestro sueño o nuestra tranquilidad.   

No se trata de no hacer el mal, sino de hacer el bien para manifestar tu amor a los demás. Como decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, puesto que si amas de verdad estás cumpliendo la ley entera.

Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

lunes, 2 de febrero de 2026

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos”

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su billetera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar…  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.

Después de más de 2026 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el evangelio de San Mateo, Jesús exhorta a sus discípulos a que no se instalen en la comodidad y les pide que sean la sal que da sabor al mundo, y también los exhorta a que sean luz para que podamos vencer las oscuridades del sufrimiento, del egoísmo, del miedo que hay en nuestra vida.

Dios nos propone un proyecto de liberación y de salvación para que hagamos un mundo nuevo de felicidad y de paz.  Si queremos hacer esto hemos de dar testimonio con palabras y gestos concretos de nuestra fe, para que el Reino de Dios se haga una realidad en nuestro mundo.

Ser cristiano debe ser para nosotros un compromiso serio y exigente que nos obligue a dar testimonio, incluso en los ambientes adverso, de nuestra fe.  No podemos sentirnos satisfechos simplemente porque venimos a misa el domingo y cumplimos algunos ritos que la Iglesia nos pide. Hemos de, día a día, ser sal que da sabor, que aportemos una mayor riqueza de amor y de esperanza a la vida de aquellos que caminan a nuestro lado.

No podemos se cristianos insípidos, instalados en la mediocridad, sino que hemos de llevar alegría, entusiasmo, optimismo, esperanza a los demás.  En medio de tanto egoísmo, desesperanza, de una vida sin sentido que viven muchas personas, hemos de dar testimonio de un mundo nuevo de amor y de esperanza.

Ser cristiano es también ser una luz encendida en la noche del mundo, alumbrando los caminos de la vida, de la libertad, del amor, de la fraternidad.  Hemos de ser luz para muchas personas que viven en la superficialidad y en una vida sin sentido.

Hemos de ser luz para este mundo que quiere prescindir de Dios y que quiere poner sus esperanzas en los bienes materiales.  Hemos de ser luz para todas esas personas que se encierran en sí mismas creyendo que así son felices.  Hemos de ser luz para que muchas personas amplíen sus horizontes para fijarse en Dios y en los demás y no sólo en ellos mismos.

Como cristianos no podemos esconder nuestra fe en la vida privada, no podemos actuar desde la sombra para que no nos vean.  Tenemos que hacernos presentes en la vida pública para que todo el mundo se dé cuenta de nuestra presencia.  Seremos, pues, luz, cuando practiquemos el bien, cuando demos ejemplo de vida cristiana no sólo aquí en la Iglesia sino en cualquier lugar.  No lo olvidemos: no nos avergoncemos de lo que somos, y somos sal y luz del mundo.

lunes, 26 de enero de 2026

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Todas las personas queremos ser felices, todos buscamos la felicidad y todo lo que hacemos, directa o indirectamente, es tratar de logar esa felicidad.  Pero, a veces, nos olvidamos que no todos los caminos nos llevan a la felicidad.   La Palabra de Dios nos dice hoy que Dios es feliz y que quiere comunicarnos esa felicidad.

La 1ª lectura del profeta Sofonías nos dice que sólo encontrarán la salvación y la felicidad las personas que vuelven los ojos a Dios en actitud de verdadera humildad, reconociendo su infidelidad a Dios.

Dios no ofrece su salvación a quien se siente seguro de sí mismo y satisfecho de lo que tiene; sino que ofrece su salvación a quien se reconoce pobre.  El hombre no puede poner su confianza en lo que tiene, sino que tiene que confiar en Dios.  La salvación es para quien se siente necesitado y busca a Dios con humildad y confianza.

No todos los bautizados sienten la necesidad de Dios, al igual que en Israel sólo “un resto” del pueblo, nos decía hoy Sofonías, pusieron su confianza en el Señor y por eso practicaban la justicia y Dios estaba con ellos, así hoy son pocos los cristianos que viven y se mantienen fieles a la voluntad de Dios.

El amor de Dios que se manifiesta a todas las personas es acogido y respondido con fidelidad por pocas personas.  Son muchos más los que viven al margen de Dios que los que viven fieles y necesitados de Dios.  Hoy también podemos hablar del “resto fiel a Dios”, es decir de aquellos que se siente necesitados de Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos dice quienes son los elegidos de Dios y dónde podemos encontrar la verdadera fuerza y la verdadera riqueza.

Que diferente es la forma de actuar Dios a la manera de actuar de nosotros.  Mientras nosotros buscamos lo grande, lo importante, lo que nos da éxito y eficacia, Dios prefiere lo pequeño, lo pobre, lo insignificante. 

Todos tenemos necesidad de Dios.  Todos necesitamos unos de otros.  Hay personas que son despreciados por su condición social o personal.  Pero Dios ama a todos y todos tenemos la misma dignidad de ser Hijos de Dios.

La gracia de Dios no es fruto de la inteligencia humana ni del saber de los hombres.  Dios nos elige por pura gracia suya y no por nuestros méritos o sabiduría humana.  Por eso si de algo nos tenemos que vanagloriar que sea de Cristo.

El Evangelio de San Mateo nos presenta la Bienaventuranzas.  Las Bienaventuranzas son disposiciones del corazón que se nos invita a tener, si queremos seguir  Jesús.  En ellas se contiene la máxima expresión de lo que significa ser cristiano.

La Bienaventuranzas nos presenta el camino para alcanzar la felicidad.

Dichosos los pobres de espíritu, los que son sencillos y humildes; los que, por no tener, es más fácil que confíen en Dios que los que tienen, que confían en sus bienes.

Dichosos los sufridos, los que tiene capacidad de aguante ante las adversidades y no responden con violencia a los contratiempos de la vida y de la convivencia.  Se puede ser más feliz renunciando a los propios derechos por amor, que estando continuamente reclamando los derechos que uno tiene.

Dichosos los que lloran.  En nuestra vida se da la cruz y la gloria, el dolor y la alegría.  Llegaremos a la gloria del cielo, pero hay que pasar por la cruz.

Dichosos los que afrontan con valor el dolor y las lágrimas, porque después de llorar con todas las lágrimas podrán reír con todas las risas.  Se puede ser más feliz asumiendo el dolor y las lágrimas que huyendo de ellos.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, dichosos los que quieren que la voluntad de Dios se cumpla; la justicia es lo que se ajusta a la voluntad de Dios y la voluntad de Dios es nuestra felicidad.

Dichosos los misericordiosos, los que confían en la misericordia de Dios, los que reconocen sus miserias, los que experimentan cuánto los ama Dios.  Se puede ser más feliz siendo comprensivo, siempre, con los pecados y miserias de los demás que “llevando la cuenta del mal”, porque el amor no lleva cuenta del mal, olvida las ofensas.

Dichosos los limpios de corazón.  Esta Bienaventuranza es una condena hacia aquellas personas que se dedican a ser buenos pero no tienen tiempo de hacer el bien.

Dichosos los que trabajan por la paz, los que se dedican a la reconciliación más que a la división.  Se puede ser más feliz viviendo reconciliado con Dios, con uno mismo y con los demás, que viviendo enemistados y divididos.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia.  Dichosos los que, por ser fieles a la voluntad de Dios, encuentran dificultades en su vida.  Se puede ser más feliz siendo coherente con lo que se cree, con nuestra fe, aunque esto nos complique la vida.

Que el Señor nos ayude a vivir el espíritu de las bienaventuranzas y nos haga encontrar la auténtica felicidad.

lunes, 19 de enero de 2026

 

III DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



La liturgia de este domingo, nos hace ver que Jesús es la luz que quiere brillar en nosotros y en nuestro mundo, para ello, debemos dejar a un lado las divisiones y trabajar todos unidos por el proyecto del Reino de Dios.

La 1ª lectura del profeta Isaías es un canto de esperanza para el pueblo de Israel que está desalentado, dominado y desesperanzado.  Un pueblo que ha sido obligado a emigrar hacia la esclavitud, pero que regresa fortalecido y unido porque Dios está con este pueblo, porque Dios es la luz que los guía.

¡Cuántas veces, no hemos deseado que surja una gran luz que quite las tinieblas que se han apoderado de nuestro mundo!

Echando una mirada al mundo, nos encontramos con guerras, con egoísmos en el corazón de muchas personas, que sólo buscan la satisfacción de sus propios deseos e intereses, a costa de pisotear los derechos de los demás; cuántas desgracias hay actualmente en nuestro mundo, y muchas veces lo único que hacemos es quejarnos pero no somos capaces de manifestar una amor solidario por los que sufren.

Muchas personas viven una vida sin sentido y esto hace que perdamos las ilusiones, las esperanzas de cambiar nuestro futuro por uno más prometedor para todos.

En medio de todas estas angustias y tristezas, en medio de una vida que ha perdido el rumbo del amor, la alegría y la paz, el Señor se hace presente en medio de nosotros para iluminar nuestra vida y darle un sentido nuevo a nuestra existencia, para hacernos solidarios, para trabajar en la solución de los males que aquejan a nuestro mundo.  Sólo Dios es la luz que nos puede guiar a mejorar nuestra situación, a mejorar nuestro mundo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una exhortación a eliminar las divisiones dentro de la comunidad cristiana. 

San Pablo pide, en nombre de Jesucristo, que nos pongamos de acuerdo y no andemos divididos.  Es lamentable las discordias y las divisiones dentro de una comunidad porque le damos más importancia a los servidores del Evangelio que al Evangelio mismo.

Por eso, hay que preguntarnos: ¿Qué es más importante para mí, el mensajero o el mensaje del Señor? Hay personas que vienen a la Iglesia no a escuchar el mensaje de Cristo, sino a ver a la persona que presenta el mensaje del Señor; hay personas que no les importa el mensaje del Señor, sino que son seguidoras, no del Señor, sino del que presenta el mensaje.

No podemos seguir a nadie, a ninguna persona, sino sólo a Jesús, sólo el Señor es quien tiene que ser nuestro guía y maestro.  No puede ser que vengamos a la Iglesia por simpatía o no con las personas que nos presentan el mensaje del señor.

Como miembros del Cuerpo de Cristo, nuestra unión es la cruz de Cristo.  Tenemos que ser personas que hagan equipo con todos, que seamos lazos de unión.  Hemos de buscar siempre la unidad, hemos de seguir a Cristo y hemos de ser de Cristo y de nadie más.

El Evangelio de san Mateo nos presenta el programa de lo que va a ser la misión de Jesús.

Jesús comienza su vida pública y viene a implantar el Reino de Dios, pero Jesús no quiere trabajar sólo, busca y llama colaboradores.  Los escoge de entre la gente del pueblo.  Los llama uno a uno, para colaborar en su misión y convivir con Él.

Jesús también hoy, busca personas que quieran colaborar con Él, en su misión, que lo sigan.  Cuántas veces no nos habrán invitado a colaborar en algún apostolado en la Iglesia y, ¿Cuál ha sido nuestra respuesta?  ¿Cuántos se desentienden de la llamada que el Señor les hace?  ¿Cuántos hacen oídos sordos a la llamada del Señor?

Ser cristiano no es sólo venir a misa y escuchar la Palabra de Dios cada domingo.  Para eso no envió Dios a su Hijo al mundo.  Nuestra misión de cristianos requiere algo más.  El domingo venimos a misa para reunirnos como comunidad cristiana y encontrarnos con el Señor que nos da su luz y su fuerza para vivir el resto de la semana.  Por eso, hemos de interiorizar el mensaje que el Señor nos da y hacerlo vida el resto de la semana.

Vosotros vivís  en el mundo, tenéis familia, un trabajo o estudiáis, negocios, amigos, vecinos, etc., Dios quiere estar presente en todos esos lugares.  El Reino de Dios ha de llegar a todos esos lugares, Jesús nos llama hoy a dar en todas partes nuestro testimonio, a manifestar que somos cristianos, que tenemos un estilo de vida, esto es seguir a Jesús.

Jesús llamó a Pedro, Juan, Mateo, pero también te llama a ti, porque todos necesitan de Dios.  ¿Por qué nos cuesta tanto responder al llamado del Señor?

Hoy Jesús nos invitaba también a la conversión.  Hay que convertirse.  Jesús sigue presente en nuestra vida, a pesar de nuestros pecados, Él es la gran luz que ilumina nuestra vida, dejémonos iluminar por Él y seamos también nosotros luz en este mundo en que vivimos.

miércoles, 7 de enero de 2026

 

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO A)



Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor.  Con el Bautismo del Señor se nos revela al Hijo amado de Dios, que vino al mundo enviado por Dios Padre, con la  misión de salvar y liberar a los hombres.  En este día, Jesús deja la vida silenciosa de Nazaret y comienza su misión mesiánica.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado la figura del Siervo de Dios.  Este siervo de Dios es Jesús.  Dios lo ha elegido para traer la salvación a este mundo, pero no como lo hacen los poderosos del mundo.  El siervo no se impone a la fuerza, no humilla, no hunde lo pequeño y lo débil. 

Nuestro mundo está lleno de “portavoces” que pregonan a los cuatro vientos sus puntos de vista, ya sean políticos o religiosos.  Luchan para llegar a los medios de comunicación y así ganarse a muchos adeptos, discípulos o electores.  Estas personas gritan, insultan y descalifican a todos aquellos que se oponen a ellos.  Hay también personas que hablan de justicia y liberación, pero a la hora de la verdad, ellos no se “mojan las manos”, sólo saben pasar muchas horas discutiendo sobre lo que hay que hacer, pero ahí se queda todo, en solo discusiones. 

Para mejorar este mundo, por desgracia, se recurre a la violencia, a la injusticia, a la mentira, etc., Jesús, el Siervo de Dios, quiere salvar este mundo pero de una manera diferente: desde la humildad y la auténtica liberación del ser humano, desde el amor.

La 2ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice cómo lo que el profeta Isaías anunciaba en la primera lectura se ha hecho realidad en Jesús. Jesús pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos porque Dios estaba con Él.  Jesús no utiliza su fuerza ni su poder para salvar, sino que realiza su misión redentora por medio del amor y de la cruz.

El Señor, nos llama no a llevar una vida de maldad, sino una vida guiados por el Espíritu Santo.  Somos llamados por Dios a llevar una vida haciendo el bien a todos, como lo hizo el Señor.  A nosotros nos corresponde hacer que la salvación de Dios llegue a todos, sin excluir a nadie.  Y hemos de anunciar el Evangelio, no según nuestros criterios, sino al estilo de Jesús sin discriminar a nadie, haciendo el bien por todos.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado el Bautismo del Señor en el río Jordán por Juan el Bautista.

Pero ¿qué significa que Jesús se bautizara?  Por nuestro bautismo se nos quita el pecado original y nos convertimos en Hijos de Dios; el bautismo de Juan era un bautismo de conversión; Jesús no necesitaba ningún bautismo, pues no tenía pecado.  Se hizo semejante en todo a los hombres, menos en el pecado.  Jesús se bautizó como un acto de solidaridad con los hombres.  Y una vez bautizado comienza su vida pública.

Hoy nos encontramos ya con Jesús adulto, en el inicio de su vida pública.  Ha llegado la hora de la verdad.  Ha llegado la hora de manifestar al mundo para qué ha venido a este mundo.  Ha llegado la hora de manifestar en qué consiste la salvación que Dios nos trae.  Ha llegado la hora del compromiso y de la misión.  Esta es también nuestra hora, la hora de renovar nuestro trabajo, nuestra convivencia cotidiana, de vivir, y vivir por una causa, con una meta en la vida.

Hoy, es un día para que nosotros recordemos y renovemos nuestro bautismo.  El día que fuimos bautizados nos convertimos en hijos de Dios y continuadores de la misión de Jesús.  En el bautismo se nos dio el Espíritu Santo que nos hace que luchemos por la justicia hasta conseguir un mundo más humano, más fraterno, un mundo al estilo de Dios.

Somos, como Jesús, hijos, enviados por Dios a una misión y tenemos con nosotros la fuerza del Espíritu Santo para transformar el mundo.  Nosotros no somos personas que anden por el mundo sin familia y sin horizonte, ya que nuestra familia es toda la humanidad y nuestro horizonte es el Reino de Dios.

Por eso es importante y necesario que comencemos por ver la realidad que nos rodea, y que nos preguntemos ¿qué puedo hacer para cambiar esta realidad?  ¿Qué puedo hacer para que la sociedad se haga más justa y más fraterna?  Para algunos la cosa comenzará quizás por no hablar mal del vecino, otros tendrán que comenzar por hacer todo lo posible por perdonar al hermano o al compañero, buscando la reconciliación.  Otros tendrán que renovar su responsabilidad en su trabajo, otros tendrán que preguntarse si están pagando salarios justos, otros tendrán que renovar su compromiso por cumplir fielmente con sus deberes familiares.

Todos y cada uno tenemos que mirar a nuestro alrededor y ver qué podemos hacer.  Para eso somos cristianos, para eso hemos sido bautizados, para eso hemos sido hechos hijos de Dios y para eso se nos ha dado el Espíritu Santo.

Como bautizados, cada uno de nosotros está llamado a colaborar en la construcción del Reino de Dios y nuestra colaboración es única y necesaria.  Nuestro único temor debería ser el de no ser un fracaso para nosotros mismos, para los demás y para Dios.

Es la hora de la responsabilidad y del compromiso.  Que Dios renueve en nosotros la acción de su Espíritu para que cumplamos con la misión que se nos ha dado desde el día de nuestro bautismo.