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lunes, 2 de febrero de 2026

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Esto dice el Señor: Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos”

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su billetera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar…  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.

Después de más de 2026 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el evangelio de San Mateo, Jesús exhorta a sus discípulos a que no se instalen en la comodidad y les pide que sean la sal que da sabor al mundo, y también los exhorta a que sean luz para que podamos vencer las oscuridades del sufrimiento, del egoísmo, del miedo que hay en nuestra vida.

Dios nos propone un proyecto de liberación y de salvación para que hagamos un mundo nuevo de felicidad y de paz.  Si queremos hacer esto hemos de dar testimonio con palabras y gestos concretos de nuestra fe, para que el Reino de Dios se haga una realidad en nuestro mundo.

Ser cristiano debe ser para nosotros un compromiso serio y exigente que nos obligue a dar testimonio, incluso en los ambientes adverso, de nuestra fe.  No podemos sentirnos satisfechos simplemente porque venimos a misa el domingo y cumplimos algunos ritos que la Iglesia nos pide. Hemos de, día a día, ser sal que da sabor, que aportemos una mayor riqueza de amor y de esperanza a la vida de aquellos que caminan a nuestro lado.

No podemos se cristianos insípidos, instalados en la mediocridad, sino que hemos de llevar alegría, entusiasmo, optimismo, esperanza a los demás.  En medio de tanto egoísmo, desesperanza, de una vida sin sentido que viven muchas personas, hemos de dar testimonio de un mundo nuevo de amor y de esperanza.

Ser cristiano es también ser una luz encendida en la noche del mundo, alumbrando los caminos de la vida, de la libertad, del amor, de la fraternidad.  Hemos de ser luz para muchas personas que viven en la superficialidad y en una vida sin sentido.

Hemos de ser luz para este mundo que quiere prescindir de Dios y que quiere poner sus esperanzas en los bienes materiales.  Hemos de ser luz para todas esas personas que se encierran en sí mismas creyendo que así son felices.  Hemos de ser luz para que muchas personas amplíen sus horizontes para fijarse en Dios y en los demás y no sólo en ellos mismos.

Como cristianos no podemos esconder nuestra fe en la vida privada, no podemos actuar desde la sombra para que no nos vean.  Tenemos que hacernos presentes en la vida pública para que todo el mundo se dé cuenta de nuestra presencia.  Seremos, pues, luz, cuando practiquemos el bien, cuando demos ejemplo de vida cristiana no sólo aquí en la Iglesia sino en cualquier lugar.  No lo olvidemos: no nos avergoncemos de lo que somos, y somos sal y luz del mundo.

lunes, 3 de febrero de 2025

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas que acabamos de proclamar nos presentan el tema de la vocación.  Todos hemos sido llamados por Dios y de Él hemos recibido una misión para llevarla a cabo en el mundo.

La 1ª lectura nos ha narrado la vocación del profeta Isaías.  El profeta, ante el llamado de Dios, tiene miedo porque él sabe que él es un pecador y por eso no merece estar en la presencia de Dios.  Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser profeta purificando sus labios para que sea un instrumento que anuncie la Palabra de Dios.

Todos hemos sido llamados para algo.  Cuántas veces hemos oído decir a alguien: “yo he nacido para esto” y también hemos oído decir: “yo no he estoy hecho para esto”.  Todo hombre y toda mujer se sienten llamados a desempeñar algún papel, a ejercer una función, a tener un objetivo en la vida.

Cada uno de nosotros tiene su historia de vocación: de muchas formas Dios entra en nuestra vida, nos desafía para una misión, y pide una respuesta positiva a lo que Él nos propone.  Dios, día a día nos va diciendo lo que quiere de nosotros.

La misión que Dios nos propone está, muchas veces, llena de dificultades, de sufrimientos, de conflictos, de enfrentamientos.  Por eso, cuando Dios nos encomienda una misión en esta vida, esa misión puede resultarnos una cruz difícil de llevar, de ahí, que muchas veces rehusamos y evitamos cumplir con la misión que Dios nos encomienda.

Por ello, hemos de vencer la apatía, y la comodidad que nos impide llevar a cabo la misión a la que Dios nos ha destinado. 

¿Estamos listos, como el profeta Isaías, para decirle a Dios: “Aquí estoy Señor, envíame?”  Hay que ponerse a la disposición de Dios, para lo que Él quiera.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos presenta a san Pablo reconociendo que él fue un perseguidor de la Iglesia, pero ahora se siente orgulloso de haber sido elegido y enviado por Dios a predicar.

Lo que san Pablo enseña, él lo ha recibido de los apóstoles, los cuales iban repitiendo lo que Jesús había hecho y enseñado.

El cristianismo se irá extendiendo de una generación a otra de un modo parecido a como una antorcha olímpica o una carrera de relevos, la llama o el protagonismo va pasando de unos a otros.

Nosotros hemos recibido la fe gracias a los que la han vivido antes que nosotros y nos la han transmitido. Ahora somos nosotros los llamados a pasarla a quienes vienen después. No digamos ahora que, en nuestra generación, la cadena se está rompiendo. Que los hijos no aceptan lo que les transmiten sus padres. Que somos incapaces de cumplir esta misión.

Todos tenemos que dar testimonio de nuestra fe y ser transmisores de la Tradición de la Iglesia, todos tenemos que ser continuadores de la tarea de los primeros apóstoles.

EN el Evangelio de san Lucas nos ha relatado el encuentro de Jesús con Pedro, Santiago, Juan y sus compañeros pescadores.  Jesús se acerca a ellos, les pide que tengan confianza y los invita a echar de nuevo las redes.  Y se realizó lo imposible, la pesca abundante.

Nosotros como cristianos, somos seguidores de Jesús. Y a todos nos dice lo mismo que a Pedro: “no temas”.

Todos debemos salir a pescar, a predicar el Evangelio de Jesús con nuestras palabras y con nuestra vida, en nuestras familias, con nuestros hijos, nietos, padres o hermanos; en nuestro pueblo: con nuestros amigos, vecinos, conocidos, en nuestros lugares de trabajo o de estudio: con nuestros compañeros; en nuestros lugares de diversión, hacer realidad los valores del Evangelio: el perdón, el amor, la comprensión, la generosidad, la solidaridad…

Esta labor de ser mensajeros del Evangelio de Jesús no la hacemos los cristianos en el templo, sino en la vida, donde vivimos y con quienes vivimos; compartiendo sus alegrías y sus penas, sus gozos y sus problemas, sus éxitos y sus fracasos.

Donde las personas trabajamos, luchamos, sufrimos y disfrutamos es donde tenemos que hacer presente el Evangelio de Jesús.  Ahí es donde tenemos que demostrar que el evangelio nos puede dar luz que nos ayude a todos a ser más felices. Ahí es donde los cristianos debemos ser responsables de anunciar a los demás nuestra fe.

Al terminar la Eucaristía deberíamos decirle a Dios: Aquí estoy, Señor. Mándame a mí a seguir anunciando tu Evangelio a lo largo de toda la semana.

lunes, 29 de enero de 2024

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan del problema del mal y el dolor.  Hoy, como ayer, no faltan las desgracias, los problemas, los sufrimientos y un sin fin de preocupaciones. Los cristianos tenemos la suerte de poder contar con la orientación de Jesús y con la ayuda de la oración.

La 1ª lectura, del libro de Job, nos presenta lo inútil que puede ser esa lucha diaria por vivir una vida vacía y llena de sufrimientos.  Job representa a todas esas personas que sufren y no son felices.

Nos puede parecer que todo en la vida es dolor, trabajo, esfuerzo y esto se repite cada día.  Trabajar, luchar, angustiarse, comer, dormir y volver a hacer lo mismo al día siguiente.  ¿Qué sentido tiene nuestra vida?

Dice con angustia Job: “Corren mis días más que la lanzadera,
se van consumiendo faltos de esperanza… Mi vida es un soplo”.
   En esta palabras se perciben el aburrimiento y la frustración que muchas personas viven tratando de buscar la felicidad y viviendo una vida sin sentido.

La vida nos ofrece placeres, éxitos y alegrías, y después sólo obtenemos fracasos, ansiedades y nuevos deseos de felicidad.   ¿La vida del hombre no tendrá sentido? ¿Estamos condenados a vivir una espiral de aburrimiento y vacío? Si seguimos las propuestas de un mundo que pone su felicidad en el gozar y en la adquisición de bienes, seguramente nos encontraremos al final de la vida decepcionados, porque ahí no encontraremos la verdadera felicidad.

Sin Dios, la vida carece de sentido.  Sólo con Dios podremos obtener sentido a nuestra vida y vivir una vida en plenitud.

La 2ª lectura de la 1ª carta de san Pablo a los Corintios, nos dice claramente que la obligación de todo cristiano es anunciar el Evangelio del Reino de Dios.  El Señor elige a personas diversas para la propagación del Evangelio: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio…”,

Ante lo que dice hoy San Pablo, tenemos que pensar que el proclamar la Palabra de Dios por todos nosotros, los cristianos, no es un “capricho” sino un deber (generalmente nada cómodo ni remunerado) que brota del compromiso de nuestra fe. 

Ahora bien, Dios es amor, por lo cual, Dios no puede constituirse en motivo de pelea, división o guerra.  No puede imponerse la fe en Dios por la violencia, sea ésta física o moral. Dios no nos hace buenos a la fuerza, Dios desea que seamos buenos, pero no a la fuerza. ¿Somos así nosotros con nuestra fe?

El Evangelio de san Marcos nos relata hoy un típico día  en la vida de Jesús.

Cuando le dicen que la suegra de Simón está con fiebre, “Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó”.  Hay aquí tres verbos de gran importancia para nuestra vida: “acercarse”, “tomar de la mano” y “levantarla”

“Acercarse”.  Vivimos amontonados, pero unos lejos de otros.  La distancia con el otro no se mide en metros o kilómetros.  La distancia con el otro se mide con el corazón. Estamos cerca cuando nuestro corazón se acerca a los demás.  Jesús se acercó a la suegra de Pedro que estaba enferma.  Acercarnos a los que están bien es fácil.  Pero lo importante para el cristiano es acercarse al que sufren, al que está solo, al que está enfermo.  No podemos esperar que el que está mal nos busque, sino que debemos ser nosotros los que busquemos a los que sufren.

“La tomó de la mano”  Las manos no son para llevarlas en el bolsillo. Las manos son para ofrecérselas a los demás y para tomar la mano de los demás.  Cuando nos saludamos, solemos tomarnos de la mano como señal de amistad. Tomar  la mano a alguien, ya es acortar las distancias entre los dos. Tomar la mano a alguien, es abrir la puerta del corazón e invitar al otro a entrar; tomar la mano a alguien, es decirle que tú eres importante para mí.

Hay una frase que dice: “cristiano es el que da la mano. El que no da la mano, ése no es cristiano, y poco importa lo que pueda hacer con esa mano libre”.

“Y la levantó” Debemos tener nuestras manos libres para levantar al que se ha caído; para levantar al pecador de su pecado; al débil para que pueda ponerse de pie; al que te ha ofendido, para que sienta tu perdón y se levante; al que te hirió, para expresarle que no estás enfadado, y se levante; al que te pide ayuda, para que te sienta hermano, y se levante.

Hoy  Jesús nos invita a actuar con los demás como Él lo hizo y a que en medio de tantas ocupaciones y actividades nos preguntemos cuáles son importantes y ver si no estamos viviendo horas muertas, horas de aburrimiento diariamente, pudiendo acercarnos, tomando de la mano y levantando a tantos hermanos nuestros que se encuentran tirados por los caminos de la vida.

lunes, 30 de enero de 2023

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo” 

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar…  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.

Después de más de 2000 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos dice que tenemos que ser “sal”  y “luz del mundo”.

La sal era un elemento tan importe en la sociedad romana que, hasta la palabra “salario” se derivaba de la costumbre romana de pagar a los soldados con una ración determinada de sal. La sal era necesaria para evitar la corrupción de los alimentos y para darles sabor.

La sal tan pequeña e insignificante, pero siempre presente e indispensable en todas las mesas, hoy se nos propone como modelo del discípulo. La sal da sabor.  A una vida sin sentido, donde nos ahogan las preocupaciones y el trabajo, el cristiano debe darle sentido y sabor a su vida.

La sal también sirve para conservar, para evitar la corrupción. Así debe ser el cristiano, está llamado a evitar que se corrompa la comunidad, no puede permitir que se pudran las personas. Y hay muchas plagas que intentan corromperlas: la ambición, la mentira, el poder. La misión del cristiano es: preservar, cuidar, proteger la comunidad. Pero no pasivamente sino de una manera activa.

La sal sirve para conservar en buen estado. El cristiano debe conservar en sí y en la comunidad, el buen sabor de la vida de Dios. La sal ayuda a fijar algunas pinturas, el agua, las substancias. El discípulo de Jesús debe fijar y proteger la imagen de Dios en su persona y en las demás personas. Vivir como hijo de Dios y tratar a los demás como hijos de Dios.

Pero no solamente somos sal, Jesús nos dice que somos también luz de mundo.  Dios es la luz, nosotros somos hijos de la luz, la luz de Cristo debe iluminar nuestro caminar hacia el Padre.

La luz de Cristo no sólo debe iluminarnos a nosotros, los cristianos, sino que nosotros, los cristianos debemos iluminar con nuestra vida a la sociedad en la que vivimos. Vivir iluminados por la luz de Cristo es vivir en continua y constante lucha contra la mentira; contra la mentira que habita fácilmente en nosotros mismos y contra las múltiples mentiras con las que nos desayunamos cada mañana cuando escuchamos y leemos los medios de comunicación social.

Luchar contra la mentira, en cristiano, es ser auténtico, sincero y responsable uno mismo y proclamar la verdad del evangelio en voz alta y crítica frente a las voces mentirosas e interesadas de la sociedad en la que vivimos. En definitiva, vivir en la luz de Dios, en la luz de Cristo, es vivir convertido a la verdad de Cristo.

lunes, 31 de enero de 2022

 

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos presentan el tema de la vocación.  Todos hemos sido llamados por Dios y de Él hemos recibido una misión para llevarla a cabo en el mundo.

La 1ª lectura nos ha narrado la vocación del profeta Isaías.  El profeta, ante el llamado de Dios, tiene miedo porque él sabe que él es un pecador y por eso no merece estar en la presencia de Dios.  Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser profeta purificando sus labios para que sea un instrumento que anuncie la Palabra de Dios.

Todos hemos sido llamados para algo.  Cuántas veces hemos oído decir a alguien: “yo he nacido para esto” y también hemos oído decir: “yo no he estoy hecho para esto”.  Todo hombre y toda mujer se sienten llamados a desempeñar algún papel, a ejercer una función, a tener un objetivo en la vida.

Cada uno de nosotros tiene su historia de vocación: de muchas formas Dios entra en nuestra vida, nos desafía para una misión, y pide una respuesta positiva a lo que Él nos propone.  Dios, día a día nos va diciendo lo que quiere de nosotros.

La misión que Dios nos propone está, muchas veces, llena de dificultades, de sufrimientos, de conflictos, de enfrentamientos.  Por eso, cuando Dios nos encomienda una misión en esta vida, esa misión puede resultarnos una cruz difícil de llevar, de ahí, que muchas veces rehusamos y evitamos cumplir con la misión que Dios nos encomienda.

Por ello, hemos de vencer la apatía, y la comodidad que nos impide llevar a cabo la misión a la que Dios nos ha destinado. 

¿Estamos listos, como el profeta Isaías, para decirle a Dios: “Aquí estoy Señor, envíame?”  Hay que ponerse a la disposición de Dios, para lo que Él quiera.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos presenta a san Pablo reconociendo que él fue un perseguidor de la Iglesia, pero ahora se siente orgulloso de haber sido elegido y enviado por Dios a predicar.

Lo que san Pablo enseña, él lo ha recibido de los apóstoles, los cuales iban repitiendo lo que Jesús había hecho y enseñado.

El cristianismo se irá extendiendo de una generación a otra de un modo parecido a como una antorcha olímpica o una carrera de relevos, la llama o el protagonismo va pasando de unos a otros.

Nosotros hemos recibido la fe gracias a los que la han vivido antes que nosotros y nos la han transmitido. Ahora somos nosotros los llamados a pasarla a quienes vienen después. No digamos ahora que, en nuestra generación, la cadena se está rompiendo. Que los hijos no aceptan lo que les transmiten sus padres. Que somos incapaces de cumplir esta misión.

Todos tenemos que dar testimonio de nuestra fe y ser transmisores de la Tradición de la Iglesia, todos tenemos que ser continuadores de la tarea de los primeros apóstoles.

EN el Evangelio de san Lucas vemos a Pedro, acompañado de Santiago y Juan. “Desde hoy serás pescador de hombres”,  le dijo Jesús a Pedro.  Entonces, “llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron”

Los hombres y mujeres no podemos inventarnos misiones de parte de Dios; no podemos asumir por nuestra propia cuenta y riesgo misiones específicas de parte de Dios.  Pero ¡eso sí! cuando Dios llama, no hay pretexto para decir no.  Ni siquiera la propia indignidad o supuesta incapacidad pueden ser excusas. Porque si Dios llama, prepara a sus enviados con todo lo necesario para la misión encomendada.

Tras la llamada viene la respuesta de amor al plan que Dios nos propone. Quizá estamos llamados a desempeñar misiones concretas de servicio a nuestros hermanos. Hay vocaciones singulares de tipo político, económico, sanitario, social.  Algunos son llamados al servicio de la comunidad eclesial como sacerdotes, diáconos o religiosos. La llamada de Dios no es escuchada con los oídos, sino a través de mediaciones: personas, acontecimientos, lecturas etc. Todos somos llamados.

Lo que cuenta es que estemos atentos para escuchar su llamada y prontos para responder como Isaías – «aquí estoy, mándame»- o como Pedro y los apóstoles -«dejándolo todo, lo siguieron».

Dios llama a Isaías, un seglar, para llevar el mensaje a su pueblo. Jesús llama a Pedro, Juan y Santiago para llevar la buena nueva al mundo entero. Hoy se habla mucho de la participación de los seglares en la labor apostólica de la Iglesia.

Nosotros los sacerdotes y vosotros los seglares, tenemos una misma vocación. A unos y a otros, nos llama Dios, como llamó a Isaías o a Pedro.

Es una llamada personal, cada uno con sus dones o carismas, tiene un quehacer en la Iglesia, un quehacer misional apostólico. ¿Nos sentimos llamados?

¿Somos los mirones que sólo sabemos criticar y comentar lo que hace “esa Iglesia” de la cual muchas veces nos sentimos unos simples espectadores?

Todos vamos en la misma barca enviados por Jesús a pescar.

Como Isaías, como Pedro y los demás apóstoles, nosotros hemos respondido al Señor que estamos dispuestos a ir a donde nos quiera enviar. Nosotros tenemos que ser su voz, su brazo, sus pies, para hacer llegar el evangelio a todos los extremos del mundo. Tarea excesiva para la debilidad de nuestra condición humana. Pero el Señor no nos envía con las manos vacías. Él está con nosotros. Por la gracia de Dios, reconoce Pablo, soy lo que soy. Ser cristiano, estar llamado al apostolado es una gracia de Dios, pero no es una gracia para nosotros solos, sino para compartirla con los demás. Somos cristianos para los demás. Anunciar el evangelio es hacer al mundo entero partícipe de nuestra fe y de nuestra esperanza.

Trabajar por el evangelio, evangelizar, es ante todo vivir como cristianos para los demás y de cara a los demás. Así como nadie enciende una vela para esconderla bajo la mesa, así nadie se hace cristiano para quedarse en casa, en el estrecho recinto de lo privado, sino para salir por las plazas y caminos con la buena noticia por adelante. ¡Ánimo, hermanos, no tengáis miedo a ser pescadores de hombres!

lunes, 1 de febrero de 2021

 

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

El Señor nos ha hecho para ser felices, pero vemos que en nuestra vida hay cruces y hay dolor.  Las lecturas de este domingo son una respuesta para luchar contra el mal y cómo sobrellevar el dolor.

La 1ª lectura del libro de Job nos habla del sufrimiento y de sus consecuencias en nuestra vida.

Hay tanta gente que sufre hoy en nuestro mundo: pobres que no tienen lo suficiente para vivir; drogadictos que han perdido su ilusión por superarse y vivir con dignidad; inmigrantes que vuelven de nuevo a sus casas porque no encuentran trabajo para sustentar a sus familias; ancianos que viven con una pensión tan insuficiente que no tienen para poder vivir; jóvenes que no encuentran sentido ni futuro para vivir; trabajadores que viven estresados porque tienen que trabajar doce o más horas diarias para enriquecer más a sus patronos; hombres o mujeres que viven el engaño y la infidelidad de su cónyuge. Hay tanta gente que ha perdido la esperanza y el rumbo de su vida y no saben para qué vivir así.

Hoy, como nunca, tenemos tantas medicinas y remedios para las enfermedades, y sin embargo el hombre sigue sufriendo y sigue enfermo.  La peor enfermedad que vive el hombre de hoy es la desesperanza, el desgarro del corazón.

Ante tanto dolor y sufrimiento, ante tanta desgracia, quizás nos preguntemos: “¿Por qué no hace algo Dios para solucionar todo esto?”  Jesús ha venido a sanarnos, a curarnos, pero ha venido a decirnos que nosotros como cristianos no podemos ser indiferentes ante el sufrimiento humano, que nosotros si vivimos como auténticos cristianos podemos solucionar el problema del mal y del dolor del ser humano. Aprendamos a confiar en Dios y poner nuestro granito de arena en buscar soluciones ante tanto mal como existe hoy en nuestro mundo, no seamos indiferentes, no esperemos que sean otros los que solucionen estos problemas.  De nosotros depende erradicar el mal de nuestro mundo con la ayuda de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos recuerda la obligación que todo bautizado, tiene de evangelizar.

Evangelizar no es un capricho, o un sin tengo tiempo, evangelizar es un deber que todos tenemos de proclamar la Palabra de Dios. 

Hay que evangelizar no sólo para liberar al hombre del pecado y se acerque a Dios, sino que hay que evangelizar también para acabar con los males que existen en nuestra sociedad.  Muchos de los males y de los antivalores que se viven hoy en día es porque los cristianos, por miedo o por vergüenza no evangelizamos, no damos testimonio de nuestra fe.  Muchos creen que con rezar y decir “soy bueno, no le hago mal a nadie” ya es suficiente. 

Evangelizar es liberar al hombre del pecado, pero es también liberar a nuestro mundo del mal y de sus consecuencias con nuestro testimonio y con nuestro estilo de vida cristiana.  Recuerden lo que hoy nos decía san Pablo: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”

El Evangelio de san Marcos nos decía que “Jesús curó a muchos enfermos de diverso males”.

Jesús siempre estuvo cercano a los enfermos, al dolor humano, sea por enfermedad, desgracia o por el mal que causamos a otros seres humanos por culpa de nuestro egoísmo y de nuestras injusticias.

La enfermedad y el dolor no es algo que Dios quiere para nosotros.  La enfermedad y el dolor son parte de los límites que tenemos los seres humanos.  Somos seres limitados, sólo Dios es el ser perfecto.  Por eso, aunque Jesús curó a muchos enfermos, a nosotros nos toca hoy seguir luchando contra el mal, contra la enfermedad.

Dios, no desea ni quiere la enfermedad ni el dolor porque Dios es amigo de la vida, y ama apasionadamente la felicidad, la salud, el gozo y la plenitud de los hombres.

Por eso, es preocupante ver, hoy, con qué facilidad nos hemos acostumbrado a la muerte: la muerte de la naturaleza destruida por la contaminación industrial, la muerte en las carreteras, la muerte por la violencia, la muerte de los que no llegan a nacer, la muerte de las almas.

Es desalentador observar con qué indiferencia escuchamos cifras aterradoras que nos hablan de la miseria de algunos países del mundo, y con qué pasividad contemplamos la violencia callada, pero eficaz y constante, de estructuras injustas que hunden a los débiles en la marginación.

Por todas partes se gritan reivindicaciones insolidarias. Cada uno reivindica para sí. Los dolores y sufrimientos ajenos nos preocupan poco. Cada uno parece interesarse sólo por su problema, su convenio colectivo, su bienestar y seguridad personal.

La apatía se va apoderando de muchos. Corremos el riesgo de hacernos cada vez más incapaces de amar la vida y conmovernos con el que no puede vivir feliz.

Como cristianos tenemos que trabajar siempre por la vida, por buscar la felicidad para todos los seres humanos, para que el amor sea la norma de nuestra vida.

martes, 4 de febrero de 2020


V DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 
La Palabra de Dios de este Domingo nos invita a reflexionar sobre el compromiso cristiano.  No podemos instalarnos en una vida cómoda, ni llevar una vida cristiana hecha de gestos vacíos.  Tenemos que vivir comprometidos con la transformación de este mundo para convertirnos nosotros en luz que brille en este mundo.

 
El profeta Isaías nos decía en la 1ª lectura: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo” 
 

Hay que compartir el pan con el que tiene hambre, hay que pensar en los que no tienen lo que nosotros tenemos, hay que vestir al desnudo, hay que dar y darse uno mismo.  En la ley de Dios no cabe el egoísmo, no cabe el que todo lo guarda para sí mismo, el que no abre su corazón y su cartera a las necesidades de los demás hombres. Si actuamos así no somos cristianos, si no miramos hacia los demás, tampoco Dios nos mirará a nosotros.

 
No, nos engañemos. Es imposible ser hijo de Dios y no querer a los demás hombres. Ni el Bautismo ni la Penitencia ni la misma Eucaristía nos servirán para algo mientras tengamos el corazón cerrado al prójimo.

 
Hay que dar, pero, dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Ponerse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar...  Desterrar la calumnia, la lengua desatada que corre a su capricho, sin respetar la buena fama del prójimo... No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

San Pablo, en su 1ª carta a los Corintios, nos recordaba que “ser luz” es identificarnos con Cristo.
 
Después de más de 2000 años de Evangelio, nuestra civilización “cristiana” todavía actúa como si la salvación del mundo y de los hombres estuviese en el poder de las armas, en la estabilidad de la economía, en trabajo para todos, en la paz social, en la eliminación del terrorismo, etc.

 Pero San Pablo nos dice que la salvación está en la “locura de la cruz” y que la vida en plenitud está en el amor desinteresado que debemos dar a los demás.  Habría que preguntarse hoy quién tiene razón: ¿nuestros teóricos salvadores del mundo, formados en las más importantes universidades del mundo, o san Pablo, formado en la universidad de Jesús?

 
Todos deberíamos ser instrumentos humildes, a través de los cuales Dios actúa para salvar al mundo.  Dejemos que sea el Espíritu de Dios, a través nuestro, el que actúe en el mundo para que la Palabra de Dios que anunciemos sea eficaz.

En el evangelio de San Mateo, Jesús exhorta a sus discípulos a que no se instalen en la comodidad y les pide que sean la sal que da sabor al mundo, y también los exhorta a que sean luz para que podamos vencer las oscuridades del sufrimiento, del egoísmo, del miedo que hay en nuestra vida.

Dios nos propone un proyecto de liberación y de salvación para que hagamos un mundo nuevo de felicidad y de paz.  Si queremos hacer esto hemos de dar testimonio con palabras y gestos concretos de nuestra fe, para que el Reino de Dios se haga una realidad en nuestro mundo.

Ser cristiano debe ser para nosotros un compromiso serio y exigente que nos obligue a dar testimonio, incluso en los ambientes adverso, de nuestra fe.  No podemos sentirnos satisfechos simplemente porque venimos a misa el domingo y cumplimos algunos ritos que la Iglesia nos pide. Hemos de, día a día, ser sal que da sabor, que aportemos una mayor riqueza de amor y de esperanza a la vida de aquellos que caminan a nuestro lado.

No podemos se cristianos insípidos, instalados en la mediocridad, sino que hemos de llevar alegría, entusiasmo, optimismo, esperanza a los demás.  En medio de tanto egoísmo, desesperanza, de una vida sin sentido que viven muchas personas, hemos de dar testimonio de un mundo nuevo de amor y de esperanza.

Ser cristiano es también ser una luz encendida en la noche del mundo, alumbrando los caminos de la vida, de la libertad, del amor, de la fraternidad.  Hemos de ser luz para muchas personas que viven en la superficialidad y en una vida sin sentido.

Hemos de ser luz para este mundo que quiere prescindir de Dios y que quiere poner sus esperanzas en los bienes materiales.  Hemos de ser luz para todas esas personas que se encierran en sí mismas creyendo que así son felices.  Hemos de ser luz para que muchas personas amplíen sus horizontes para fijarse en Dios y en los demás y no sólo en ellos mismos.

Como cristianos no podemos esconder nuestra fe en la vida privada, no podemos actuar desde la sombra para que no nos vean.  Tenemos que hacernos presentes en la vida pública para que todo el mundo se dé cuenta de nuestra presencia.  Seremos, pues, luz, cuando practiquemos el bien, cuando demos ejemplo de vida cristiana no sólo aquí en la Iglesia sino en cualquier lugar.  No lo olvidemos: no nos avergoncemos de lo que somos, y somos sal y luz del mundo.

martes, 5 de febrero de 2019

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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V DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Las lecturas que acabamos de proclamar nos presentan el tema de la vocación.  Todos hemos sido llamados por Dios y de Él hemos recibido una misión para llevarla a cabo en el mundo.
 
La 1ª lectura nos ha narrado la vocación del profeta Isaías.  El profeta, ante el llamado de Dios, tiene miedo porque él sabe que él es un pecador y por eso no merece estar en la presencia de Dios.  Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser profeta purificando sus labios para que sea un instrumento que anuncie la Palabra de Dios.
 
Todos hemos sido llamados para algo.  Cuántas veces hemos oído decir a alguien: “yo he nacido para esto” y también hemos oído decir: “yo no he estoy hecho para esto”.  Todo hombre y toda mujer se sienten llamados a desempeñar algún papel, a ejercer una función, a tener un objetivo en la vida.
 
Cada uno de nosotros tiene su historia de vocación: de muchas formas Dios entra en nuestra vida, nos desafía para una misión, y pide una respuesta positiva a lo que Él nos propone.  Dios, día a día nos va diciendo lo que quiere de nosotros.
 
La misión que Dios nos propone está, muchas veces, llena de dificultades, de sufrimientos, de conflictos, de enfrentamientos.  Por eso, cuando Dios nos encomienda una misión en esta vida, esa misión puede resultarnos una cruz difícil de llevar, de ahí, que muchas veces rehusamos y evitamos cumplir con la misión que Dios nos encomienda.
 
Por ello, hemos de vencer la apatía, y la comodidad que nos impide llevar a cabo la misión a la que Dios nos ha destinado.  Es preciso también que tomemos conciencia de nuestras limitaciones y defectos, pero éstos no pueden servir de disculpa para no realizar la misión que Dios nos quiere confiar.  Si Dios nos pide un servicio, Dios nos dará la fuerza para superar nuestras limitaciones y para cumplir lo que me pide.  Lo que hemos de hacer siempre es hacer la voluntad de Dios.
 
¿Estamos listos, como el profeta Isaías, para decirle a Dios: “Aquí estoy Señor, envíame?”  Hay que ponerse a la disposición de Dios, para lo que Él quiera.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos presenta a san Pablo reconociendo que él fue un perseguidor de la Iglesia, pero ahora se siente orgulloso de haber sido elegido y enviado por Dios a predicar.
 
Lo que san Pablo enseña, él lo ha recibido de los apóstoles, los cuales iban repitiendo lo que Jesús había hecho y enseñado.
 
El cristianismo se irá extendiendo de una generación a otra de un modo parecido a como una antorcha olímpica o una carrera de relevos, la llama o el protagonismo va pasando de unos a otros.
 
Nosotros hemos recibido la fe gracias a los que la han vivido antes que nosotros y nos la han transmitido. Ahora somos nosotros los llamados a pasarla a quienes vienen después. No digamos ahora que, en nuestra generación, la cadena se está rompiendo. Que los hijos no aceptan lo que les transmiten sus padres. Que somos incapaces de cumplir esta misión.
 
Todos tenemos que dar testimonio de nuestra fe y ser transmisores de la Tradición de la Iglesia, todos tenemos que ser continuadores de la tarea de los primeros apóstoles.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha relatado el encuentro de Jesús con Pedro, Santiago, Juan y sus compañeros pescadores.  Jesús se acerca a ellos, les pide que tengan confianza y los invita a echar de nuevo las redes.  Y se realizó lo imposible, la pesca abundante.
 
En este episodio se encierra como resumido todo lo que es y supone nuestro ser cristiano.   Primero el encuentro con Jesús. Y esto es fundamental.  Y aquí se impone que nos preguntemos por nuestra fe.  ¿Por qué soy yo cristiano?
 
Para ser cristiano no es suficiente con haber nacido en un pueblo y en una familia cristiana.  Para ser cristianos hay que encontrarse con Cristo.  ¿Y cómo encontrarnos con Cristo si no lo conocemos, si rezamos poco y cuando lo hacemos es para pedir cosas? ¿Y cómo podemos encontrarnos con Cristo si no somos solidarios con los demás?
 
Jesús sigue llamándonos a todos a adherirnos a Él, a que no haya nadie ni nada más importante que Él en nuestras vidas.  Jesús sigue llamándonos por medio de la Iglesia, de los que nos rodean, de todos los que nos necesitan. 
 
Jesús nos llama a ser su voz que anuncia el amor de Dios y denuncia la injusticia,  Jesús nos llama a ser sus manos que consuelan y socorren al desvalido,  Jesús nos llama a ser sus pies para recorrer el mundo y anunciar por todos los caminos la Buena Noticia de un Dios que nos ama con locura. 
 
Aquellos pescadores, Pedro, Juan y Santiago, se dejaron seducir por Jesús, ¿seremos nosotros capaces también de dejarnos seducir por Él y ser tan valientes como ellos para dejar nuestra comodidad para seguirlo a Él?