II DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)
Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección de Jesús. El tiempo de Pascua, es el tiempo fuerte del año litúrgico. Es tiempo de alegría, de gozo porque proclamamos que Jesús ha resucitado, que Cristo vive y necesitamos 50 días para hacerlo. Esto es lo que dura el tiempo de Pascua. Este segundo domingo de Pascua es llamado el “domingo de la divina Misericordia”.
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos describe cómo vivían los primero cristianos y cómo deberíamos de vivir nosotros los cristianos de hoy.
Hay 3 cosas que hacían constantemente los primeros cristianos: eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles, eran constantes en la fracción del pan, eran constantes en la oración. Y además vivían unidos y lo tenían todo en común.
Todos necesitamos estos puntos de apoyo, sin los cuales nuestro seguimiento de Jesús se debilita. Por eso la Iglesia tiene la catequesis y la formación en la fe, para llevar adelante las enseñanzas de los apóstoles. Tenemos celebraciones de los sacramentos, especialmente la celebración de la santa misa diaria. Tenemos la Pastoral Social, para que en la medida de los posible, no haya necesitados entre nosotros. Si en una parroquia no estuviesen presentes estas tres dimensiones, fallaría su vivencia de la fe.
Además, los primeros cristianos vivían unidos. Los que profesamos la misma fe en el Señor no podemos vivir divididos; si Cristo no nos une, nosotros mismos estaríamos desplazando a Cristo de nuestra vida, y estaríamos confundiendo al mundo de tal forma que nosotros mismos, en lugar de caminar en el amor fraterno viviríamos destruyéndonos unos a otros.
Sin embargo, qué diferente la manera de vivir y celebrar la fe los primeros cristianos, con la manera de vivirla y celebrarla nosotros. Escuchar las enseñanzas de los apóstoles, es decir, la formación cristiana. La mayoría cree que lo sabe todo, que no necesita ni catequesis ni formación; celebrar la fracción del pan, es decir, la eucaristía. Para muchos venir a misa no es algo prioritario ni fundamental en su vida; rezar, para muchos no hay tiempo para orar, aunque sí lo hay para leer el periódico, o ver las noticias. Hay muchos que quieren una religión a su antojo, viven totalmente indiferentes a su fe y a la Iglesia.
Si queremos ser auténticos cristianos el camino es: formación, eucaristía, oración y compartir con los más necesitados. Quien crea que sin vivir esto se va a salvar está en un gran error.
La 2ª lectura del apóstol san Pedro nos dice que la alegría de la resurrección supera todas las contrariedades y sufrimientos que podamos tener en esta vida, porque el Señor al resucitar nos ha dado una nueva vida, una nueva esperanza.
Hay que vivir nuestra vida con esperanza, viendo más allá de los problemas y dificultades que día a día nos hacen tropezar. Esto no significa que nos desentendamos de la vida presente, sino que enfrentemos las contrariedades de cada día con la serenidad y con la paz de quien confía en Dios y en su amor.
El Evangelio de san Juan nos ha presentado la figura de Tomás el incrédulo. Una figura con la que muchas personas se pueden identificar hoy.
Tomás, después de la muerte de Jesús, ha dejado la comunidad. El domingo de Resurrección, cuando Jesús se aparece por primera vez, Tomás no está con los discípulos. Tomás se vuelve a su casa, sólo y desanimado. Pero sus compañeros no lo dejan así, enseguida van a comunicarle que han visto al Señor. Pero Tomás, no se fía, no les cree.
Como Tomás, también muchas personas han dejado o están tentados continuamente de dejar la comunidad. Muchos, simplemente por comodidad, porque no quieren complicarse la vida. Sin embargo, tenemos que tomar conciencia de la importancia de la Iglesia y de la comunidad para vivir nuestra fe. La fe cristiana sólo es cristiana si estamos unidos a Jesús resucitado. No podemos decir que tenemos fe si vivimos fuera o al margen de la Iglesia.
La fe no puede ser vivida a mi conveniencia, debe ser la fe de la Iglesia. Separados de la Iglesia, la fe no tiene sentido. La Iglesia podrá tener fallos y cometer errores, pero la Iglesia es el vehículo por el que Jesús resucitado se da a conocer y, por medio de la Iglesia, Jesús nos perdona lo pecados. Jesús resucitado está en la Iglesia y la Iglesia es la presencia en la historia de Jesús resucitado.
En nosotros está, como en Tomás, hacer el esfuerzo de volver a la comunidad, a esta comunidad, volver a esta comunidad de una manera activa, interesándonos por lo que se hace, participando activamente en las celebraciones, en la catequesis, en la vida parroquial, mostrando afecto por todos y por todo, no dejando que las críticas destruyan los lazos de unión que el Señor ha creado entre nosotros.
Es aquí, en la escucha de su Palabra cada domingo, en el compartir lo poco o mucho que tenemos. Sintiéndonos hermanos de los demás. Es aquí, donde Dios nos revelará su presencia si colaboramos con nuestro esfuerzo e interés.
No hay comentarios:
Publicar un comentario