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lunes, 6 de abril de 2026

 



Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección de Jesús.  El tiempo de Pascua, es el tiempo fuerte del año litúrgico.  Es tiempo de alegría, de gozo porque proclamamos que Jesús ha resucitado, que Cristo vive y necesitamos 50 días para hacerlo. Esto es lo que dura el tiempo de Pascua.  Este segundo domingo de Pascua es llamado el “domingo de la divina Misericordia”.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos describe cómo vivían los primero cristianos y cómo deberíamos de vivir nosotros los cristianos de hoy.

Hay 3 cosas que hacían constantemente los primeros cristianos: eran constantes en escuchar las enseñanzas de los apóstoles, eran constantes en la fracción del pan, eran constantes en la oración.  Y además vivían unidos y lo tenían todo en común.

Todos necesitamos estos puntos de apoyo, sin los cuales nuestro seguimiento de Jesús se debilita.  Por eso la Iglesia tiene la catequesis y la formación en la fe, para llevar adelante las enseñanzas de los apóstoles.    Tenemos celebraciones de los sacramentos, especialmente la celebración de la santa misa diaria.  Tenemos la Pastoral Social, para que en la medida de los posible, no haya necesitados entre nosotros.  Si en una parroquia no estuviesen presentes estas tres dimensiones, fallaría su vivencia de la fe.

Además, los primeros cristianos vivían unidos.  Los que profesamos la misma fe en el Señor no podemos vivir divididos; si Cristo no nos une, nosotros mismos estaríamos desplazando a Cristo de nuestra vida, y estaríamos confundiendo al mundo de tal forma que nosotros mismos, en lugar de caminar en el amor fraterno viviríamos destruyéndonos unos a otros.

Sin embargo, qué diferente la manera de vivir y celebrar la fe los primeros cristianos, con la manera de vivirla y celebrarla nosotros.  Escuchar las enseñanzas de los apóstoles, es decir, la formación cristiana. La mayoría cree que lo sabe todo, que no necesita ni catequesis ni formación; celebrar la fracción del pan, es decir, la eucaristía. Para muchos venir a misa no es algo prioritario ni fundamental en su vida; rezar, para muchos no hay tiempo para orar, aunque sí lo hay para leer el periódico, o ver las noticias.  Hay muchos que quieren una religión a su antojo, viven totalmente indiferentes a su fe y a la Iglesia.

Si queremos ser auténticos cristianos el camino es: formación, eucaristía, oración y compartir con los más necesitados.  Quien crea que sin vivir esto se va a salvar está en un gran error.

La 2ª lectura del apóstol san Pedro nos dice que la alegría de la resurrección supera todas las contrariedades y sufrimientos que podamos tener en esta vida, porque el Señor al resucitar nos ha dado una nueva vida, una nueva esperanza.

Hay que vivir nuestra vida con esperanza, viendo más allá de los problemas y dificultades que día a día nos hacen tropezar.  Esto no significa que nos desentendamos de la vida presente, sino que enfrentemos las contrariedades de cada día con la serenidad y con la paz de quien confía en Dios y en su amor.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la figura de Tomás el incrédulo.  Una figura con la que muchas personas se pueden identificar hoy.

Tomás, después de la muerte de Jesús, ha dejado la comunidad.  El domingo de Resurrección, cuando Jesús se aparece por primera vez, Tomás no está con los discípulos.  Tomás se vuelve a su casa, sólo y desanimado.   Pero sus compañeros no lo dejan así, enseguida van a comunicarle que han visto al Señor.  Pero Tomás, no se fía, no les cree.

Como Tomás, también muchas personas han dejado o están tentados continuamente de dejar la comunidad.  Muchos, simplemente por comodidad, porque no quieren complicarse la vida.  Sin embargo, tenemos que tomar conciencia de la importancia de la Iglesia y de la comunidad para vivir nuestra fe.  La fe cristiana sólo es cristiana si estamos unidos a Jesús resucitado.  No podemos decir que tenemos fe si vivimos fuera o al margen de la Iglesia.

La fe no puede ser vivida a mi conveniencia, debe ser la fe de la Iglesia.  Separados de la Iglesia, la fe no tiene sentido.  La Iglesia podrá tener fallos y cometer errores, pero la Iglesia es el vehículo por el que Jesús resucitado se da a conocer y, por medio de la Iglesia, Jesús nos perdona lo pecados.  Jesús resucitado está en la Iglesia y la Iglesia es la presencia en la historia de Jesús resucitado.

En nosotros está, como en Tomás, hacer el esfuerzo de volver a la comunidad, a esta comunidad, volver a esta comunidad de una manera activa, interesándonos por lo que se hace, participando activamente en las celebraciones, en la catequesis, en la vida parroquial,  mostrando afecto por todos y por todo, no dejando que las críticas destruyan los lazos de unión que el Señor ha creado entre nosotros.

Es aquí, en la escucha de su Palabra cada domingo, en el compartir lo poco o mucho que tenemos.  Sintiéndonos hermanos de los demás.  Es aquí, donde Dios nos revelará su presencia si colaboramos con nuestro esfuerzo e interés. 

lunes, 13 de abril de 2020

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección de Jesús.   A este domingo se le llama el domingo “de la Divina Misericordia”.  Se le llama así porque en el evangelio de hoy Jesús da a su Iglesia el poder de perdonar los pecados, manifestando así la misericordia de Dios para con nosotros.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos ha contado cómo vivían los primeros cristianos: éstos acudían asiduamente a escuchar las enseñanzas de los apóstoles, lo tenían todo en común, y se reunían para orar en común y celebrar la Eucaristía.

Los primeros cristianos acudían a aprender cada día más sobre Jesucristo, ellos que se habían convertido a Cristo querían saber sobre todo lo que se refería a la muerte y resurrección de Jesús, querían saber quién es Jesús, qué hizo, a qué vino.  ¿Qué hacemos nosotros para escuchar las enseñanzas de los apóstoles?  ¿Enviamos a los niños a la catequesis? ¿Acudimos a los diferentes grupos de formación y evangelización que existen en la parroquia?  Hoy nos quieren imponer una manera de ser y de pensar, que muchas veces no tiene nada que ver con la enseñanza de la Iglesia, por ello debemos esforzarnos por conocer más a fondo la enseñanza de la Iglesia.

Más tarde esa comunidad cristiana descubre que Cristo es el que da sentido a sus vidas y por eso ellos, ven que su vida tiene que cambiar y por eso lo tenían en común todo, y tenerlo todo en común no era solo que tuvieran la misma fe, sino hasta los bienes materiales.  Nosotros, ¿ayudamos a los necesitados de nuestra comunidad? ¿Colaboramos con las ayudas mensuales de nuestra parroquia?

Los primeros cristianos oraban al Señor con una oración de reconocimiento de que Cristo era el centro de sus vidas, y porque así lo sentían y así lo vivían, podían celebrar la Eucaristía, signo de que vivían como una auténtica comunidad, y por medio de la cual hacían a Cristo presente en medio de ellos.  ¿Cómo oramos nosotros? ¿Cómo celebramos la Eucaristía? Los cristianos tenemos que conocernos mutuamente como cristianos y tenemos necesidad de encontrarnos para confortarnos y animarnos en la fe.

Hemos de preguntarnos hoy cómo es nuestra comunidad parroquial, si de verdad somos una comunidad de hermanos que vivimos en el amor, o somos un grupo de personas aisladas, en el que cada uno defiende sus propios intereses, aunque esto suponga ofender al resto de los hermanos.

La 2ª lectura, de la 1ª carta de san Pedro, nos invita a vivir la vida con esperanza a pesar de los sufrimientos.  El sufrimiento nos puede ayudar a madurar como personas, a dejar atrás el orgullo y la autosuficiencia, a confiar más en Dios, por eso estamos invitados a vivir la vida con esperanza y a poner nuestros ojos en la salvación que Dios nos ofrece, para ello hay que confiar mucho más en Dios y en su amor.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la figura del Tomás, el discípulo que pide pruebas para creer en Jesús resucitado.

La incredulidad de Tomás viene de que una persona separada de la comunidad no puede vivir su fe, no puede creer en Jesús.  Cuántas personas creen que pueden vivir su fe por libe, sin tener una relación con la comunidad, con la Iglesia; sin estar injertado en la comunidad no hay una fe comprometida.

Tomás después de la muerte de Jesús, ha dejado la comunidad.  Tomás se regresa a su casa, sólo y desanimado. Como Tomás, también muchos han dejado el grupo, la Iglesia, el apostolado.  Algunos se han ido, quizás decepcionados porque no encontraron alivio a sus problemas, o no encontraron un sentido para sus vidas; otros se han alejado simplemente por comodidad, porque no quisieron compromisos.  Estas personas han vuelto de nuevo a la soledad, a encerrarse en sus casas, en su trabajo, incapaces de compartir con otros lo que somos.

Esta personas también han visto al Señor, pero necesitan hacer un esfuerzo por volver de nuevo a la Iglesia, al grupo, al apostolado, porque es aquí, en la Iglesia, en la comunidad, donde Cristo nos va a mostrar sus heridas, las heridas producidas por los creyentes que no son coherentes con su fe, las heridas producidas por la insolidaridad del mundo, las heridas producidas por las injusticias.

Sin formar parte de la Iglesia, sin Jesús, estaremos secos y estériles, incapaces de encontrar la vida en plenitud; sin Jesús seremos un rebaño asustado, incapaz de enfrentarnos al mundo, sin Jesús estaremos divididos, en conflictos y no seremos comunidad de hermanos.  Sin Iglesia, sin comunidad no se puede vivir la fe.

martes, 23 de abril de 2019

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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II DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor.  Este domingo se llama el domingo de la Divina Misericordia.  En el Salmo Responsorial hemos repetido varias veces la frase “porque es eterna su misericordia”.
 
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado los comienzos de la Iglesia naciente.  Poco a poco se iban uniendo a la Iglesia nuevos creyentes que abrazaban la fe que los apóstoles predicaban. Y así, quienes se convertían a la fe en Jesús iban reuniéndose cada semana.
 
Se iba formando la primera comunidad cristiana.  ¿Qué características debe tener una comunidad cristiana?
 
Una comunidad cristiana, tiene que ser una comunidad de fe.  La fe se vive en comunidad y no por libre y en solitario.  Lo que mantiene al grupo cristiano unido a Cristo y a sus pastores, es la fe en Cristo resucitado. 
 
Otra característica que debe tener una comunidad cristiana es ser una comunidad que vive de la Eucaristía y de la oración.  En la primera comunidad cristiana eran constantes en la celebración de la Eucaristía o fracción del pan y en las oraciones.   Sin Eucaristía viva y eficaz no puede haber una comunidad cristiana.  En la Eucaristía culmina también la oración, y la oración ha de ser parte importante de nuestro vivir diario.
 
Una tercera característica que debe tener una auténtica comunidad cristiana es ser una comunidad misionera.  Hay que evangelizar, y esto es una tarea de todo bautizado: anunciar la salvación de Dios y el perdón de los pecados.
 
El libro de los Hechos de los apóstoles nos decía que el número de los creyentes iba creciendo.  Y  hoy, ¿crecemos o disminuimos en número? ¿Será que nos vamos alejando cada vez más del estilo de vida de las primitivas comunidades cristianas y por eso cada vez son menos los que viven una fe comprometida?
 
La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta la visión que tiene san Juan de Cristo resucitado. 
 
Cristo ya no es víctima de los soldados que lo crucificaron.  Ahora Cristo es “el primero y el último, el que está vivo, el que murió pero ahora vive”  Cristo es el que tiene “las llaves de la muerte y del más allá”.
 
Nos llamamos y decimos que somos cristianos, es decir, que creemos en Cristo, lo amamos y confiamos en Él.  Y, sin embargo, muchas veces nos olvidamos del Señor, vivimos como si no existiera, nos comportamos como si su persona hubiera desaparecido para siempre.  Y no es así.  Cristo está vivo, está presente de modo real y verdadero en la Eucaristía.  Esa lámpara al lado del sagrario nos recuerda la presencia real de Cristo entre nosotros.
 
No cerremos nuestro corazón a la oportunidad que Dios nos da de salvarnos y de vivir con Él eternamente.
 
El Evangelio de san Juan nos presenta la primera de las apariciones de Jesús resucitado a sus apóstoles, pero faltaba Tomás.
 
Tomas, es el que necesitaba ver para creer.  A nosotros también nos cuesta  creer, nosotros también quisiéramos ver y tocar las heridas del Señor.
 
A veces nos puede parecer que el Señor es como un fantasma que vive en nuestra imaginación.  Creer es difícil, por eso el Señor tuvo que decir: “Dichosos los que crean sin haber visto”
 
Pero ¿cómo creer? ¿Cómo experimentar hoy en nuestro corazón que el Señor está vivo?
 
El Evangelio nos dice que Tomás no estaba con los discípulos cuando se presentó Jesús.  Aquí hay una llamada a no abandonar la comunidad.  Hay que ver cómo está nuestra participación en esta comunidad en la que vivimos, quizás estamos abandonando nuestra participación en la misa y en los sacramentos, quizás no rezamos, quizás nuestra vida moral deja mucho que desear.
 
El Evangelio nos dice que Tomás no creyó a sus compañeros.  Y nosotros no nos tendremos que preguntar si a base de tanto criticar a los obispos, a los sacerdotes, a los catequistas, a todos lo que hacen algo en la Iglesia, no hemos terminado desconfiando de aquellos que nos trasmiten el mensaje del Señor.  Porque todos somos criticables, ¿pero sabemos criticar con cariño?
 
El Señor invita a Tomás a tocar sus heridas.  El Señor también nos invita a ver y tocar las heridas de todos los que sufren en nuestro mundo para sanarlas.
 
Este es el camino para creer. Un camino que pasa por permanecer en la comunidad, confiar en el testimonio de los apóstoles y de todos los que a lo largo de los siglos han creído y nos han transmitido su fe, y por último salir a remediar el sufrimiento de nuestros hermanos que sufren.   Quizás entonces, Dios tenga a bien revelarnos su rostro, dejarnos experimentar en el corazón la alegría profunda del Resucitado, quizás entonces, como Tomás, saldrán también de nuestra boca aquellas palabras de adoración y reconocimiento: ¡Señor mío y Dios mío!