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lunes, 9 de marzo de 2026

 

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



El Cuarto Domingo de Cuaresma, es conocido con el nombre de Domingo Laetare, ya que las primeras palabras de la Antífona de Entrada en Latín son “Laetare Jerusalén” que quiere decir en Español, “Regocíjate, Jerusalén”.   Hoy nos recuerda la Iglesia que la alegría es compatible con la mortificación y el dolor.   Nos dice que la penitencia no es lo que se opone a la alegría, sino la tristeza. 

La 1ª lectura del primer libro de Samuel nos presenta la elección de David como rey de Israel.  La mirada de Dios no es como la mirada del hombre: el hombre se fija en las apariencias y Dios mira el corazón.  Cuando debamos elegir a una persona para algo, hemos de analizar muy bien todas las posibilidades y escoger la mejor de ellas.

Que un hombre sea educado y buen galán, y además, tenga una buena chequera, no significa que sea un buen esposo y un padre excelente.  Que una mujer tenga una bonita figura y llame la atención, no significa que sea la mujer ideal para formar un hogar estable y con ella se construya un matrimonio feliz.  Que un candidato tenga títulos y mucha palabrería, no significa que realmente sea un excelente servidor de la comunidad.  Muchos países, ciudades, iglesias y empresas han sufrido las desgracias de los buenos candidatos que resultaron ser verdaderos incompetentes para tales funciones.  Hay muchos matrimonios que han fracasado porque los cónyuges se dejaron llevar por las apariencias.

Tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de elegir a una persona, porque las apariencias engañan.  Por desgracia, muchas veces, juzgamos a nuestro prójimo por las apariencias.  Sin embargo, para Dios, lo que cuenta es lo que hay en el interior del corazón de la persona.  Nosotros nos fijamos en las apariencias, Dios ve el corazón.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios nos dice que gracias al bautismo hemos pasado de la oscuridad a la luz, y por lo tanto tenemos que vivir y dar testimonio de la luz practicando la bondad, la justicia y la verdad.

Si somos hijos de la luz, tratemos de actuar y de hacer siempre la cosas bien; caminemos en la Verdad unidos a Cristo, de tal forma que toda nuestra vida sea una manifestación del amor de Dios, de su perdón, de su misericordia para todos aquellos con los que nos encontremos en la vida.

Si somos hijos de la luz, no juzguemos a nadie, pero no nos quedemos mudos ante el pecado; si denunciamos a los pecadores, si los ponemos al descubierto no es con el afán de sólo denunciar, sino también de anunciar una vida nueva, y de proponerles a Cristo como camino de salvación para todos, sin importar lo que hayan hecho anteriormente.

Luz y tinieblas son dos maneras de vivir, pero para nosotros los cristianos sólo hay una: vivir como hijos de la luz, es decir, dejarnos iluminar por Cristo.

El Evangelio de san Juan nos ha relatado cómo Jesús ilumina los ojos de un ciego de nacimiento y le ofrece la fe, la luz para ver la vida con una mirada nueva.

Hay muchas maneras de quedarse ciego en la vida.  Ciegos no son solamente los que carecen de visión en sus ojos, también son ciegos en su espíritu los que cierran su corazón a la bondad, al amor.  Ciegos son los que provocan desgracias, los que hacen sufrir al ser humano.  Ciegos son los que no viven en la verdad.

Ciego es aquel que se pasa la vida entera ocupado en no hacer nada provechoso con su vida, que no se pregunta nunca “qué voy hacer de mí”.  Nos instalamos en la vida y vamos viviendo aunque no sepamos ni por qué ni para qué.

La sociedad de consumo, la publicidad y las modas van a ir diciéndome qué me tiene que interesar, qué me tiene que gustar, cómo tengo que pensar o cómo voy a vivir.  Son otros los que deciden y fabrican mi vida.  Yo me dejo llevar ciegamente.  Están también todos aquellos ciegos que viven haciendo lo que les apetece, sin escuchar nunca a su conciencia, al contario, tratan de acallar con los medios que sean esa voz interior que nos recuerda nuestra dignidad de personas responsables, nuestra dignidad de hijos de Dios.

Probablemente el mejor modo de vivir ciegos es mentirnos a nosotros mismos.  Construirnos una mentira, fabricarnos una personalidad falsa, y vivir el resto de nuestra vida de manera falsa y engañosa. 

Es muy tentador también ignorar aquello que nos obliga a cambiar.  Cerrar los ojos y convertirnos en ciegos para no ver lo que nos cuestiona nuestra vida.  Ver sólo lo que queremos ver, utilizar una medida diferente para juzgar a los otros y para juzgarnos a nosotros mismos.

En el Evangelio hemos visto que Jesús puede “abrir los ojos” a la persona, pero para eso hay que dejar que Jesús actúe en nuestra vida.  Pecado es resistirse a la luz, no querer ver, estar contra la luz.

Adoptemos la postura humilde y sincera del ciego que se dejó iluminar por Jesús y gritaba con firmeza “Señor, que vea”. Hemos de pedir la fe, es el don de Dios que nos trae Jesús. Jesús nos irá dando la luz, nos irá abriendo a la fe.

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