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lunes, 16 de marzo de 2026

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Iniciamos con este quinto domingo de Cuaresma la preparación final para la celebración de la Semana Santa.  Este domingo, la liturgia nos hace ver el triunfo de la vida sobre la muerte.  La resurrección es la culminación de la vida del cristiano.  Por el bautismo nos unimos a la muerte de Cristo, pero también por el bautismo esperamos compartir la resurrección con Cristo.

En la 1ª lectura del libro del profeta Ezequiel vemos al pueblo de Dios desterrado y alejado del Señor a causa de su infidelidad, de su pecado.  Ya no tienen futuro, su futuro es la muerte.  Pero Dios le ofrece a su pueblo una nueva oportunidad, una nueva vida para que el pueblo recobre la esperanza y renueve su vida.

Hay situaciones en las que se nos hace difícil levantar cabeza.  Perdemos a los seres queridos; perdemos los bienes materiales; nos enfermamos y la edad va acabando con nuestras capacidades.  Las ilusiones se mueren y pareciera que la posibilidad de una vida mejor es imposible e incluso perdemos las fuerzas para seguir luchando en la vida.  Vemos también que hay cristianos que causan dolor y sufrimiento a otros seres humanos y son causantes de la pobreza y de la explotación humana.

En medio de todas nuestras angustias el Señor se acerca a nosotros para darnos la mano y ofrecernos una vida más digna, menos angustiante y sobre todo el Señor nos da esperanza de que podemos alcanzar esa vida mejor que deseamos.

Pero tenemos que ser conscientes de que no vamos a ser nosotros los que salvemos al mundo, es Dios, por medio nuestro el que cambiará nuestra vida.  Por ello debemos ser colaboradores de Dios.  Los que creemos en Dios no podemos ser signo de maldad, de destrucción o de muerte para los demás, sino que hemos de ser sino de salvación y de vida.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que estar en pecado es permanecer en la muerte y estar en gracia de Dios es gozar de la vida.

Desde el día que fuimos bautizados nos convertimos en Hijos de Dios.  Nosotros como hijos de Dios no podemos dejarnos dominar por las cosas de este mundo, por las cosas pasajeras. Nosotros estamos llamados a dar testimonio de una vida nueva, una vida mejor que la que nos ofrece el mundo y para ello tenemos que dejarnos guiar por Cristo y no por lo criterios o modas de este mundo. Por eso no podemos continuar dominados por el pecado sino que hemos de vivir como lo que somos: hijos de Dios y con nuestras buenas obras, dar testimonio de nuestra fe.

El Evangelio de San Juan nos presenta a Jesús que dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.

Jesús al decirnos “yo soy la vida”, nos invita a saborear la vida en toda su plenitud.  A tener a Jesús como amigo en nuestra vida.

Jesús le grita a su amigo: “¡Lázaro, sal afuera!” y con la fuerza del Espíritu, que posee como Hijo de Dios, lo devuelve a la vida.  Jesús también nos grita a cada uno de nosotros: “sal de ahí”, comienza a vivir, sal del sueño, de la pasividad, de la mentira, de la vulgaridad.  Es hora de vivir, de participar de la vida del Resucitado.

El Evangelio de hoy nos dice que esta vida que tenemos hoy, la podemos hacer vida eterna.  El mismo Jesús nos ha dicho: “El que cree en mi vivirá para siempre, yo soy la resurrección y la vida”.

Por lo tanto ya no vivimos para la muerte, sino para la vida y si vivimos para la vida hemos de ir renunciando a las obras de la muerte: egoísmo, codicia, violencia, mentira, injusticias, esclavitud,y hemos de dedicarnos a las obras de la verdadera vida: generosidad, afecto, amistad, así podremos ir experimentando ya desde ahora la realidad de la resurrección, de nuestra futura vida en Dios.

El Señor nos invita hoy a vivir, y vivimos cuando somos capaces de amar, cuando experimentamos que somos amados, cuando nos hacemos solidarios de las miserias y de las exigencias de los demás, cuando dejamos atrás el egoísmo, cuando participamos en las obras sociales y las cosas de la Iglesia.  Así fue como vivió Jesús.

No tengamos miedo, Jesús no nos llama al sufrimiento, nos llama a vivir.  Jesús le dice a Marta: “Yo soy la vida”, y cuando proclama “yo soy la vida”, nos dice que para estar con Él hay que saber saborear esta vida nuestra en todo lo bueno que tiene, en toda su plenitud.  Hay que hacerlo sin miedo.

Creer que Jesús es la resurrección y la vida es aceptar un modo concreto de vivir: amando la vida, para que esta vida que hoy tenemos pueda ser una vida eterna y gozosa en la presencia de Dios nuestro Padre.

Por eso, que nuestra fe sea vivir en amistad gozosa con Jesús.  Es el mejor camino para resucitar con Él.

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