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lunes, 16 de marzo de 2026

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Iniciamos con este quinto domingo de Cuaresma la preparación final para la celebración de la Semana Santa.  Este domingo, la liturgia nos hace ver el triunfo de la vida sobre la muerte.  La resurrección es la culminación de la vida del cristiano.  Por el bautismo nos unimos a la muerte de Cristo, pero también por el bautismo esperamos compartir la resurrección con Cristo.

En la 1ª lectura del libro del profeta Ezequiel vemos al pueblo de Dios desterrado y alejado del Señor a causa de su infidelidad, de su pecado.  Ya no tienen futuro, su futuro es la muerte.  Pero Dios le ofrece a su pueblo una nueva oportunidad, una nueva vida para que el pueblo recobre la esperanza y renueve su vida.

Hay situaciones en las que se nos hace difícil levantar cabeza.  Perdemos a los seres queridos; perdemos los bienes materiales; nos enfermamos y la edad va acabando con nuestras capacidades.  Las ilusiones se mueren y pareciera que la posibilidad de una vida mejor es imposible e incluso perdemos las fuerzas para seguir luchando en la vida.  Vemos también que hay cristianos que causan dolor y sufrimiento a otros seres humanos y son causantes de la pobreza y de la explotación humana.

En medio de todas nuestras angustias el Señor se acerca a nosotros para darnos la mano y ofrecernos una vida más digna, menos angustiante y sobre todo el Señor nos da esperanza de que podemos alcanzar esa vida mejor que deseamos.

Pero tenemos que ser conscientes de que no vamos a ser nosotros los que salvemos al mundo, es Dios, por medio nuestro el que cambiará nuestra vida.  Por ello debemos ser colaboradores de Dios.  Los que creemos en Dios no podemos ser signo de maldad, de destrucción o de muerte para los demás, sino que hemos de ser sino de salvación y de vida.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que estar en pecado es permanecer en la muerte y estar en gracia de Dios es gozar de la vida.

Desde el día que fuimos bautizados nos convertimos en Hijos de Dios.  Nosotros como hijos de Dios no podemos dejarnos dominar por las cosas de este mundo, por las cosas pasajeras. Nosotros estamos llamados a dar testimonio de una vida nueva, una vida mejor que la que nos ofrece el mundo y para ello tenemos que dejarnos guiar por Cristo y no por lo criterios o modas de este mundo. Por eso no podemos continuar dominados por el pecado sino que hemos de vivir como lo que somos: hijos de Dios y con nuestras buenas obras, dar testimonio de nuestra fe.

El Evangelio de San Juan nos presenta a Jesús que dice: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.

Jesús al decirnos “yo soy la vida”, nos invita a saborear la vida en toda su plenitud.  A tener a Jesús como amigo en nuestra vida.

Jesús le grita a su amigo: “¡Lázaro, sal afuera!” y con la fuerza del Espíritu, que posee como Hijo de Dios, lo devuelve a la vida.  Jesús también nos grita a cada uno de nosotros: “sal de ahí”, comienza a vivir, sal del sueño, de la pasividad, de la mentira, de la vulgaridad.  Es hora de vivir, de participar de la vida del Resucitado.

El Evangelio de hoy nos dice que esta vida que tenemos hoy, la podemos hacer vida eterna.  El mismo Jesús nos ha dicho: “El que cree en mi vivirá para siempre, yo soy la resurrección y la vida”.

Por lo tanto ya no vivimos para la muerte, sino para la vida y si vivimos para la vida hemos de ir renunciando a las obras de la muerte: egoísmo, codicia, violencia, mentira, injusticias, esclavitud,y hemos de dedicarnos a las obras de la verdadera vida: generosidad, afecto, amistad, así podremos ir experimentando ya desde ahora la realidad de la resurrección, de nuestra futura vida en Dios.

El Señor nos invita hoy a vivir, y vivimos cuando somos capaces de amar, cuando experimentamos que somos amados, cuando nos hacemos solidarios de las miserias y de las exigencias de los demás, cuando dejamos atrás el egoísmo, cuando participamos en las obras sociales y las cosas de la Iglesia.  Así fue como vivió Jesús.

No tengamos miedo, Jesús no nos llama al sufrimiento, nos llama a vivir.  Jesús le dice a Marta: “Yo soy la vida”, y cuando proclama “yo soy la vida”, nos dice que para estar con Él hay que saber saborear esta vida nuestra en todo lo bueno que tiene, en toda su plenitud.  Hay que hacerlo sin miedo.

Creer que Jesús es la resurrección y la vida es aceptar un modo concreto de vivir: amando la vida, para que esta vida que hoy tenemos pueda ser una vida eterna y gozosa en la presencia de Dios nuestro Padre.

Por eso, que nuestra fe sea vivir en amistad gozosa con Jesús.  Es el mejor camino para resucitar con Él.

lunes, 11 de marzo de 2024

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


Estamos ya en el último domingo de Cuaresma preparándonos para vivir intensamente la Semana Santa. 

La 1ª lectura, del profeta Jeremías, es una llamada a la responsabilidad personal para poner de manifiesto que aunque cambien las cosas, Dios no cambia y mantiene su promesa de salvación.

Hemos de ser fieles a Dios y buscar siempre el bien común, hemos de estar siempre atentos a descubrir la voz de Dios; hemos de estar siempre con la mente y el corazón abiertos para encontrarnos con Dios tanto en la prosperidad como en la adversidad, en compañía o en soledad.

Para poder encontrarnos con Dios no es esencial obedecer leyes, no deberíamos de amar a Dios porque hay una ley, un mandamiento que nos lo manda, sino que hemos de amar a Dios por convicción no por imposición.

Hay personas que creen que el hombre va a ser mejor con nuevas y mejores leyes, con más estudios, con mayores ingresos económicos, con mayor libertad, etc., y nos olvidamos que “hecha la ley, hecha la trampa”.  Se le ha hecho de todo al ser humano: torturarlo, perseguirlo, amarlo, llenarlo de cosas, de placeres, y al final descubrimos que hay una hierba mala que resiste todos los climas y culturas.  Necesitamos algo distinto y eso es lo que hoy nos dice la primera lectura: hay que ir a la raíz, directo al corazón.

El corazón es la sede de los pensamientos, decisiones y afectos más profundos y ahí es donde debemos permitir que entre Dios si de veras queremos acabar con el problema de mal. 

No es cumpliendo leyes como vamos a mejorar, a ser más felices, sino metiendo a Dios en nuestro corazón.

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, nos describe con palabras conmovedoras y llenas de realismo la oración y la angustia de Jesús.

Jesús es solidario con todos los hombres, es solidario con todos los instantes de nuestra vida.  No estamos solos frente a los problemas, frente a nuestra fragilidad o debilidad; Cristo nos entiende, camina a nuestro lado, nos anima cuando no podemos caminar y nos muestra el camino que nosotros debemos recorrer para vivir esa vida plena que Dios nos quiere ofrecer.

Jesús nos enseña que el único criterio de nuestra vida debe ser el amor, esa fue la única arma que Él utilizó, aunque el amor enfrentado al mundo muchas veces nos lleve a la muerte, por ello el Señor también nos recomienda la oración.  Amor y oración es el camino que nos enseña Jesús para nuestra vida.

El evangelio de san Juan nos muestra a unos griegos que le dicen a Felipe: “Quisiéramos ver a Jesús”. 

“queremos ver a Jesús”, esta es también la petición que el mundo moderno nos hace a los cristianos.  Y nosotros debemos satisfacer esa petición.  Nosotros, los cristianos, deberíamos de estar preparados para poder hablar de Jesús con todos aquellos que aún no lo conocen o están más apartados de Él.

Nosotros en nuestra vida cristiana nos hemos encontrado con Dios y debemos de compartir ese descubrimiento con otros. Nosotros que somos discípulos del Señor, debemos de conocerlo bien para mostrarlo a otros.

El mundo moderno está orgulloso de sus conquistas, de su progreso.  Progresar significa hacer mucho camino, correr, caminar cada vez más deprisa.  El hombre moderno corre, está devorado por la velocidad, pero en su carrera ha terminado por olvidarse de Dios, ha terminado por olvidarse de la oración, del amor, de la caridad.  El hombre de hoy incluso se ha olvidado de sí mismo, ya no sabe ni a donde va.  ¿Y para qué tanto correr?

El hombre de hoy, a pesar de tantas cosas como tiene le falta algo, el hombre de hoy se siente vacío y frustrado y esto es debido a que siente nostalgia de algo que ha perdido y lo que ha perdido es a Dios.

Hay que volverle a dar al hombre el deseo de Dios, el deseo de conocer a Dios.  Y conocer a Dio no de una forma teórica.  A Dios no lo podemos enseñar teóricamente, hay que experimentarlo, hay que vivirlo.  Hay que tener el corazón limpio para que Dios entre  en él.  Cristo nos dice: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

Hoy, día, nos lamentamos de la indiferencia, del desinterés de muchas personas de nuestro tiempo hacia Dios, hacia las cosas de la Iglesia.  Hoy día hay muchas personas dormidas en la fe, pero ante esto se nos plantea una pregunta: ¿qué hacemos nosotros por despertar a tantas personas dormidas?  ¿Qué imagen de Dios somos capaces de presentar a otras personas? 

Hay muchas personas que las dejamos dormir.  Y nos olvidamos que nosotros tenemos una marca, la marca de los hijos de Dios.  En todos los hombres existe esta marca, quizá, en algunos, sepultada por el polvo y el sueño.  Nuestra tarea es hacer que todas esas personas despierten a Dios.

lunes, 20 de marzo de 2023

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


Nos encontramos hoy en el 5to. y último domingo de Cuaresma, el próximo domingo celebraremos el Domingo de Ramos.

La liturgia de hoy gira en torno a la última de las catequesis bautismales que nos ha ido presentando el evangelista S. Juan.   A lo largo de estos tres últimos domingos hemos visto como Cristo es el agua viva que puede colmar nuestra sed para siempre; el domingo pasado veíamos como Cristo es también la luz del mundo, el único que puede iluminar nuestros momentos de oscuridad, y este domingo vemos como Cristo es la vida.

En la 1ª lectura del libro del profeta Ezequiel vemos al pueblo de Dios desterrado y alejado del Señor a causa de su infidelidad, de su pecado.  Ya no tienen futuro, su futuro es la muerte.  Pero Dios le ofrece a su pueblo una nueva oportunidad, una nueva vida para que el pueblo recobre la esperanza y renueve su vida.

Hay situaciones en las que se nos hace difícil levantar cabeza.  Perdemos a los seres queridos; perdemos los bienes materiales; nos enfermamos y la edad va acabando con nuestras capacidades.  Las ilusiones se mueren y pareciera que la posibilidad de una vida mejor es imposible e incluso perdemos las fuerzas para seguir luchando en la vida.  Vemos también que hay cristianos que causan dolor y sufrimiento a otros seres humanos y son causantes de la pobreza y de la explotación humana.

En medio de todas nuestras angustias el Señor se acerca a nosotros para darnos la mano y ofrecernos una vida más digna, menos angustiante y sobre todo el Señor nos da esperanza de que podemos alcanzar esa vida mejor que deseamos.

Pero tenemos que ser conscientes de que no vamos a ser nosotros los que salvemos al mundo, es Dios, por medio nuestro el que cambiará nuestra vida.  Por ello debemos ser colaboradores de Dios.  Los que creemos en Dios no podemos ser signo de maldad, de destrucción o de muerte para los demás, sino que hemos de ser signo de salvación y de vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos recuerda que el día de nuestro bautismo optamos por Cristo y por la vida nueva que Él nos ofrece, por ello nos invita San Pablo, a ser coherentes con esa opción, a vivir como hijos de Dios.

Nuestra vida no se puede desarrollar viviendo al margen de Dios y de sus propuestas, esto es vivir “según la carne”, sino vivir según los planes y propuestas que Dios tiene proyectado para cada uno de nosotros, y esto es vivir “según el Espíritu”.  Como bautizados hemos escogido vivir identificándonos con Cristo.  Una vida sin Cristo, tarde o temprano, conduce al fracaso de la persona.  Una vida con Cristo nos da felicidad.

El Evangelio de San Juan, nos ofrece la 3ra., y última catequesis bautismal que recibían los catecúmenos que iban a recibir el bautismo la Vigilia Pascual. 

Para los “amigos” de Jesús, es decir, para toda persona que acepta y vive según los criterios de Dios, no hay muerte.  Podremos morir físicamente, pero esa muerte no es desaparición o destrucción: es el paso hacia la vida definitiva.

Jesús le dice a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida, ¿crees esto?”  Esta es la pregunta que Jesús nos hace hoy a nosotros.

Muchos que se llaman creyentes, viven en realidad como ateos, porque no creen en la vida, porque no luchan para que haya vida allá donde la vida está amenazada.

Creer que Cristo es la resurrección y la vida es comprometernos a no destruir la fama de los demás, es solidarizarse con los pobres, es perdonar, es amar. Sobre todo amar, porque al final sólo queda el amor y el amor es la verdadera vida.

Jesús le grita a su amigo: “¡Lázaro, sal de allí!” y con la fuerza del Espíritu, que posee como Hijo de Dios, lo devuelve a la vida.  Jesús también nos grita a cada uno de nosotros: “sal de ahí”, comienza a vivir, sal del sueño, de la pasividad, de la mentira, de la vulgaridad.  Es hora de vivir, de participar de la vida del Resucitado.

Por lo tanto ya no vivimos para la muerte, sino para la vida y si vivimos para la vida hemos de ir renunciando a las obras de la muerte: egoísmo, codicia, violencia, mentira, injusticias, esclavitud, y hemos de dedicarnos a las obras de la verdadera vida: generosidad, afecto, amistad, así podremos ir experimentando ya desde ahora la realidad de la resurrección, de nuestra futura vida en Dios.

El Señor nos invita hoy a vivir, y vivimos cuando somos capaces de amar, cuando experimentamos que somos amados, cuando nos hacemos solidarios de las miserias y de las exigencias de los demás, cuando dejamos atrás el egoísmo, cuando participamos en las obras sociales y en las cosas de la Iglesia.  Así fue como vivió Jesús.

No tengamos miedo, Jesús no nos llama al sufrimiento, nos llama a vivir.  Jesús le dice a Marta: “Yo soy la vida”, y cuando proclama “yo soy la vida”, nos dice que para estar con Él hay que saber saborear esta vida nuestra en todo lo bueno que tiene, en toda su plenitud.  Hay que hacerlo sin miedo.

lunes, 28 de marzo de 2022

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)

Las lecturas de este domingo de Cuaresma nos hablan de novedad, de dejarnos transformar por el Señor por medio de la conversión y por lo tanto de caminar hacia delante con esperanza.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos decía: “No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo
”.  Esto es lo que dice el Señor a su pueblo para que olviden su pasado pecador y se abran al futuro que el Señor nos está dando.

El profeta Isaías nos invita a mirar hacia delante.  Lo pasado ya no volverá.  Los errores cometidos no se podrán corregir.  Los éxitos alcanzados no se repetirán.  Lo que quedó roto no se podrá pegar.  El pasado fue pero ya no existe.  Nada podemos hacer por cambiarlo. Sucedió así y se acabó.

“Yo voy a realizar algo nuevo”, nos decía el Señor.  El que se quede mirando al pasado se va a perder eso nuevo que Dios quiere hacer con nosotros. No podemos quedarnos mirando el sufrimiento del pasado porque no tiene ningún sentido. 

Muchas personas viven arrastrando cargas pesadas de su pasado.  Traen al presente una y otra vez lo que quedó en el pasado.  Ya lo han superado, pero aún lo arrastran como una pesada carga a la que creen estar condenadas y de la que no pueden liberarse.  Incluso mucha gente que viene a confesarse se acusan  “de todos los pecados de mi vida pasada”.  Como si no hubieran quedado ya perdonados.  Como si Dios, después de haberlos perdonado, aún tuviera en cuenta esos pecados.  Como si Dios se resistiera a olvidar lo que ya ha perdonado.  Si vivimos así no estaremos entendiendo a este Dios que quiere olvidar nuestro pasado y comenzar algo nuevo con nosotros.

En este tiempo de Cuaresma, se nos invita a dejar definitivamente atrás el pasado y adherirnos a la vida nueva que Dios nos propone.

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses es una llamada a liberarnos de la “basura” que nos impide encontrarnos de verdad con Cristo e identificarnos con Él.

Hay personas que toda su vida se la pasan codiciando cosas, sin embargo, para quien quiere seguir a Cristo, nada ni nadie es más importante que la fe y llegar a un conocimiento de Cristo.  Tenemos que esforzarnos, día a día, por alcanzar el mejor premio: conocer más a Cristo y vivir la caridad.

Si los deportistas se preparan duramente para ganar una medalla en las olimpiadas, San Pablo nos invita a alcanzar un premio decisivo: ¡la posesión de Dios!

Hay que avivar nuestra fe para lograr un mayor acercamiento al Señor.

El Evangelio de San Juan nos relataba hoy el episodio de la mujer adúltera. La cuaresma, tiempo para la conversión y la celebración del perdón de Dios, nos exige hoy que seamos portadores de ese mismo perdón. Porque quien se siente perdonado sabe perdonar con igual generosidad.

La verdad es que en nuestra vida de cada día está muy metida esta actitud de condenar a los demás. Están las personas que todo lo ven negro, enseguida encuentran los defectos de los demás, y de ahí a despreciarlos sólo hay un paso. Están otros, los que culpan de todo a los demás, que si el gobierno, que si la economía, que si los obispos, que si los sacerdotes , que si los maestros, que si la televisión, que si esto y lo otro. Todos tienen la culpa de lo que me pasa, menos yo, claro, porque yo soy la víctima. Y luego están los que nunca están contentos con nada, empezando consigo mismo, y necesitan buscar alguien a quien atormentar y condenar. En fin, todos conocemos estas actitudes, porque todos tenemos algo de ellas.

Jesús nos propone un camino, un camino de verdadera liberación. Primero el perdón, buscar el perdón y la reconciliación con Dios. Y el perdón tiene al menos dos efectos.

El perdón, en primer lugar, libera a la persona que ha pecado u ofendido a otra persona. Condenar a alguien es negarle toda posibilidad de cambio, toda posibilidad de conseguir un futuro distinto para sí mismo y en su relación con los demás. El perdón, por el contrario, deja siempre abierta una puerta para que a través de ella pueda cambiar, avanzar y crecer quien realmente desee hacerlo y, por lo tanto desee verdaderamente comenzar una vida nueva.

El perdón, en segundo lugar, libera a quien perdona. Cuando perdonamos estamos renunciando a participar en ese juego de la oposición, el enfrentamiento o el conflicto cada vez mayor, que hace mal a todos y bien a nadie. El que perdona se libera de esa bola de nieve cada vez más grande, más poderosa y más peligrosa de los resentimientos, de la tristeza del corazón, del sufrimiento de su existencia.

El perdón es doblemente liberador. Jesús en todo aparece como un hombre profundamente libre y que, en consecuencia, practica generosamente el perdón. Como sólo Dios sabe hacerlo. Nosotros, cristianos, también en esto estamos llamados a la imitación o al seguimiento de Jesús y en ello nos va una buena parte de nuestra libertad.

Tenemos que acostumbrarnos a practicar la misericordia, tenemos que esforzarnos en impedir que esos sentimientos de condena y desprecio por los demás que surgen desde nuestro corazón a veces sin quererlo, se conviertan en gestos de auténtica condena y desprecio. Tenemos que cultivar esa misericordia que nos hace comprender las circunstancias del otro, salvar siempre a la persona, solidarizarnos con el pecador, no con el pecado. Para así parecernos cada día más a Jesús, para así ser cada día más humanos, hombres y mujeres libres de todo prejuicio y maldad.

Que la Eucaristía nos ayude a sentirnos perdonados y a saber perdonar, como diremos dentro de unos momentos en el Padrenuestro.

lunes, 15 de marzo de 2021

 

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Estamos ya cerca de la Semana Santa, el próximo domingo celebraremos el domingo de Ramos. Durante todo este tiempo de cuaresma hemos ido haciendo un recorrido por la Historia de la Salvación para prepararnos a celebrar mejor la Pascua: la muerte y resurrección de Jesús.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos ha presentado la propuesta de Dios de hacer una nueva Alianza con su pueblo.  

Unas de las grandes preocupaciones de Dios es que el hombre se realice como persona, que alcance la felicidad plena.  Por eso Dios quiere cambiar el corazón del hombre.  Sólo con un corazón transformado el hombre será capaz de aceptar los planes de Dios y de conducir su vida de acuerdo a los valores que Dios nos propone para que así podamos alcanzar la armonía, la paz y la verdadera felicidad.

Dios lo que nos pide es que lo acojamos a Él en nuestra vida, que nos dejemos transformar, que aceptemos los retos que Dios nos propone para poder formar parte de la familia de Dios.  Tenemos que aceptar incondicionalmente las propuestas que Dios nos hace, no podemos ponerle “peros” a lo que Dios nos pide.  

Hay que estar atentos a los proyectos de Dios, aceptar sus planes, conducir nuestra vida de acuerdo a sus valores y dar testimonio de nuestro ser cristianos viviendo en comunión con Dios.

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos nos presenta a Jesucristo, el sumo sacerdote de la nueva Alianza, que se solidariza con los hombres y les señala el camino de la salvación.

Jesús vino a nuestro encuentro, asumió nuestra humanidad, conoció nuestra fragilidad, compartió nuestros dolores, miedos e inseguridades. Él comprendió a los hombres y sus flaquezas.

No estamos solos frente a nuestra fragilidad y debilidad; Cristo nos entiende, camina a nuestro lado, nos anima cuando no podemos caminar. Sobre todo, Cristo, camina con nosotros, nos muestra el camino hacia esa vida plena y definitiva que Dios nos quiere ofrecer. 

¿Tenemos tiempo en nuestra vida para escuchar a Dios y responder a sus retos? ¿Cumplimos siempre su voluntad? O no nos interesa lo que Dios tenga que decirnos o proponernos.

El evangelio de san Juan nos describe el temor y la angustia que Jesús está sintiendo ante la hora de su muerte.  Jesús no vivió para morir en la cruz. En su vida alivió los sufrimientos de las gentes, buscó la felicidad para todos.  Esto fue lo que lo llevó a la cruz porque sus enemigos no aceptaron lo que Jesús hacía y decía.

Tengámoslo claro, Dios no envió a su Hijo para que sufriera, para que lo mataran. Dios no quiere el sufrimiento de nadie. El Padre envió a su Hijo para salvarnos, para anunciarnos el Reino de Dios. No es el sufrimiento de Jesús lo que nos salva, sino el amor con que vivió ese sufrimiento. Jesús no murió de muerte natural, fue asesinado por la causa que defendía. 

A Jesús no le mataron por “ser bueno“, sino porque cuestionó y rechazó las instituciones y poderes que pervertían a aquella sociedad.

No siempre se ha entendido bien el sufrimiento. Hay sufrimientos que podríamos llamar normales: enfermedades, achaques, envejecimiento, son sufrimientos inevitables.  Hemos de tratar de superar estos sufrimientos, el dolor de la enfermedad, de nuestras torpezas personales. Hemos de buscar disminuirlos, evitarlos en lo posible, es legítimo. La vida es un don de Dios y hemos de conservarla mientras esté de nuestra mano.

Pero nuestra vida tiene también su límite: la muerte, y este dolor no podemos suprimirlo ni evitarlo.

Hay además un sufrimiento en el mundo fruto de nuestros egoísmos e injusticias. Injusticias con que nos herimos mutuamente, provocamos el reparto injusto de bienes, el hambre, generamos miseria y dolor, las amenazas, el terrorismo, la guerra. Estos sufrimientos son consecuencia de nuestra maldad, y hay que evitarlos. Dios quiere que vivamos como hermanos, que no provoquemos el sufrimiento de los demás, que nos ayudemos a vivir dignamente. 

Podemos y debemos también impedir los sufrimientos causados por las injusticias, por la privación de los derechos humanos, por el hambre, por la incultura, por no tener una casa digna.

Jesús sufrió, y como Él todos los que nos comprometemos en la tarea de organizar este mundo como un mundo de hermanos, un mundo justo, sufriremos el acoso de quienes se benefician de las injusticias, de los perversos.

Cuando se ama y se vive intensamente la vida, no se puede ser indiferente a las injusticias y al dolor grande o pequeño que provocan en las gentes. El amar incluye solidaridad en el dolor, porque “no existe ningún sufrimiento que nos pueda ser ajeno”. 

Quien quiere seguir a Jesús se dispone a seguir el camino de Jesús, que es desvivirse por los demás.

martes, 24 de marzo de 2020

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)

Iniciamos con este quinto domingo de Cuaresma la preparación final para la celebración de la Semana Santa.  La liturgia de hoy gira en torno a la última de las catequesis bautismales que nos ha ido presentando el evangelista San Juan.  Este domingo vemos como Cristo es la vida.

En la 1ª lectura, del profeta Ezequiel, Dios ofrece a su pueblo exiliado, desesperado y sin futuro una vida nueva. 

En nuestra vida personal, muchas veces pasamos por situaciones de desesperanza, en las que parece que nada tiene sentido y nos sentimos vacío, y nos sumergimos en una situación en la que parece que no hay salida.

La Palabra de Dios nos garantiza: no estamos perdidos y abandonados a nuestra suerte y a la muerte.  Dios camina a nuestro lado; Dios está sacando vida de la muerte, dándonos fuerzas para salir de estas situaciones y avanzar al encuentro de la vida plena.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que estar en pecado es permanecer en la muerte y estar en gracia de Dios es gozar de la vida.

Desde el día que fuimos bautizados nos convertimos en Hijos de Dios.  Nosotros como hijos de Dios no podemos dejarnos dominar por las cosas de este mundo, por las cosas pasajeras. Nosotros estamos llamados a dar testimonio de una vida nueva, una vida mejor que la que nos ofrece el mundo y para ello tenemos que dejarnos guiar por Cristo y no por lo criterios o modas de este mundo. Por eso no podemos continuar dominados por el pecado sino que hemos de vivir como lo que somos: hijos de Dios y con nuestras buenas obras, dar testimonio de nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos ofrece la tercera y última catequesis bautismal que recibían los catecúmenos que iban a recibir el bautismo la Vigilia Pascual: la resurrección de Lázaro.

El evangelio de hoy nos sitúa ante una lucha esperanzadora por la vida y ante una fe que es capaz de esperar la resurrección de quien ya tiene 4 días muerto.  Las dos hermanas de Lázaro le mandan decir a Jesús: “Señor, el que tú amas está enfermo”.  Nuestro país también hoy está enfermo.  Todos los males que estamos sufriendo, toda la violencia que estamos padeciendo, la degradación que estamos viviendo sólo la podemos entender porque hemos expulsado a Dios de nuestras familias, de nuestras calles, de nuestros negocios. 

Queremos recluir a Dios a la sacristía, o algún evento social o para alguna fiesta folclórica.  Por ello hoy nosotros también podemos decir: “Señor, éste país está enfermo”.  Pero a la vez que debemos aceptar que estamos enfermos, hay también que aceptar la curación y las prescripciones que nos pueden llevar a la salvación.

Mucho se ha hablado de los muertos que se acumulan día tras día en los ámbitos del narcotráfico. Se han mencionado también las personas inocentes que como daños colaterales han perecido. Se ha hablado mucho de las incontables extorsiones, de los secuestros y de las drogas que proliferan por dondequiera, pero se ha tomado menos en cuenta la corrupción que a diario invade todos los ámbitos de nuestra vida, que ha penetrado en las familias, en las instituciones y en las estructuras que rigen nuestro país. Es una corrupción y hedor penetrante al que parece que nos hemos acostumbrado y del que solamente en ocasiones excepcionales somos conscientes.

Hemos alejado a Dios de nuestras vidas y hemos optado por otros valores: el placer, el dinero, la ambición, el poder. Pero cuando descubrimos que se han metido como una grave enfermedad en todo el cuerpo, nos asustamos y quisiéramos echar marcha atrás pero sin dejar de vivir en corrupción. El llanto de María y sus desesperación bien pudiera representar el llanto de tantas madres y hermanas que lloran por el ser asesinado o desaparecido, por el hijo o la hija sumida en las drogas, por quien ha perdido el camino. Pero ese mismo llanto podría también hacernos vislumbrar un rayo de esperanza: junto a nosotros, en la misma lucha, con mucho mayor amor y con mucho más poder, camina Jesús. Para Él Lázaro es el amigo a quien tanto ama; para Él todos los que sufren y están atormentados son también su “amigo amado”.

Jesús hoy nos ordena quitar la losa que tapa la vida y que confina a la oscuridad.  Quizás también nosotros estemos tentados a decirle y a expresar nuestro pesimismo porque sentimos que ya nada puede hacerse, que no encontramos salidas. Que nuestro país huele a corrupción, huele a miedo, a muerte y droga, que nuestras familias no perciben el aroma de la armonía y del cariño, que todo, todo huele mal. Pero cuando todo huele mal, Jesús está ahí cerca y nos dice: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”.

También a nosotros nos dice Jesús: “Sal de ahí”. Podremos salir de la muerte y corrupción no basados en nuestras propias fuerzas, sino basados en su amor. Confiados en su palabra asumimos el compromiso de desatar, de quitar losas, de acrecentar la fe. “Desatadlo, para que pueda andar”. Es la tarea que debemos asumir todos. La fe es el motor que nos moverá para, desde nuestra fe, comprometernos a crear un país mejor. Hay que desatar tantas cadenas de injusticia, hay que quitar tantas losas que oprimen, pero sobre todo necesitamos experimentar una fe viva en Cristo que es “la resurrección y la vida”.

martes, 2 de abril de 2019

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo de Cuaresma nos hablan de novedad, de dejarnos transformar por el Señor por medio de la conversión y por lo tanto de caminar hacia delante con esperanza.
 
La 1ª lectura del profeta Isaías nos decía: “No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo
”.  Esto es lo que dice el Señor a su pueblo para que olviden su pasado pecador y se abran al futuro que el Señor nos está dando.
 
El profeta Isaías nos invita a mirar hacia delante.  Lo pasado ya no volverá.  Los errores cometidos no se podrán corregir.  Los éxitos alcanzados no se repetirán.  Lo que quedó roto no se podrá pegar.  El pasado fue pero ya no existe.  Nada podemos hacer por cambiarlo. Sucedió así y se acabó.
 
“Yo voy a realizar algo nuevo”, nos decía el Señor.  El que se quede mirando al pasado se va a perder eso nuevo que Dios quiere hacer con nosotros. No podemos quedarnos mirando el sufrimiento del pasado porque no tiene ningún sentido. 
 
Muchas personas viven arrastrando cargas pesadas de su pasado.  Traen al presente una y otra vez lo que quedó en el pasado.  Ya lo han superado, pero aún lo arrastran como una pesada carga a la que creen estar condenadas y de la que no pueden liberarse.  Incluso mucha gente que viene a confesarse se acusan  “de todos los pecados de mi vida pasada”.  Como si no hubieran quedado ya perdonados.  Como si Dios, después de haberlos perdonado, aún tuviera en cuenta esos pecados.  Como si Dios se resistiera a olvidar lo que ya ha perdonado.  Si vivimos así no estaremos entendiendo a este Dios que quiere olvidar nuestro pasado y comenzar algo nuevo con nosotros.
 
En este tiempo de Cuaresma, se nos invita a dejar definitivamente atrás el pasado y adherirnos a la vida nueva que Dios nos propone.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses es una llamada a liberarnos de la “basura” que nos impide encontrarnos de verdad con Cristo e identificarnos con Él.
 
Hay personas que toda su vida se la pasan codiciando cosas, sin embargo, para quien quiere seguir a Cristo, nada ni nadie es más importante que la fe y llegar a un conocimiento de Cristo.  Tenemos que esforzarnos, día a día, por alcanzar el mejor premio: conocer más a Cristo y vivir la caridad.
 
Si los deportistas se preparan duramente para ganar una medalla en las olimpiadas, San Pablo nos invita a alcanzar un premio decisivo: ¡la posesión de Dios!
 
Hay que avivar nuestra fe para lograr un mayor acercamiento al Señor.
 
El Evangelio de San Juan nos enseña a no condenar a los demás, porque en el fondo todos somos pecadores y todos merecemos ser condenados por una u otra causa.
 
En nuestra vida está muy metida la actitud de condenar a los demás.  Hay personas que todo lo ven negro y encuentran siempre defectos en los demás y por lo tanto terminan despreciando a los demás.  Están también aquellos que culpan de todo a los demás: al gobierno, a la economía, a los obispos, sacerdotes, televisión, etc.  Todos tienen culpa de lo que me pasa, menos yo, porque yo soy la víctima.  Están también los que nunca están contentos con nada, ni con ellos mismos y siempre buscan a quien amargar la vida.
 
¡Con qué facilidad condenamos a los demás! Aunque todos somos imperfectos, acusando a los demás como fiscales nos creemos inocentes. Nos parece lo más natural echar la culpa a los otros.  Todos nos creemos jueces de los demás, cuando eso es competencia exclusiva de Dios. Él es el único que conoce íntegramente a la persona con sus condicionamientos psicológicos y sus limitaciones de la libertad, y por tanto la responsabilidad y culpabilidad de cada uno.
 
Jesús nos propone un camino, un camino de verdadera liberación.  Primero el perdón, buscar el perdón y la reconciliación con Dios. Él está ahí, siempre dispuesto a acogernos, en Él no encontraremos nunca condena.  Pero ¡ojo! no hagamos de Dios un Dios bonachón y tonto, dispuesto a pasar por todo. 
 
Jesús nos lo deja claro: Dios no condena al pecador pero sí al pecado.  Dios acoge al pecador pero rechaza el pecado, por eso las palabras de Jesús: "Nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno, vete y no peques más".  Dios nos puede liberar de la esclavitud del pecado si nos dejamos moldear por Él, si aceptamos su ayuda.
 
En segundo lugar, tenemos que acostumbrarnos a practicar la misericordia,  tenemos que esforzarnos en impedir que esos sentimientos de condena y desprecio por los demás que surgen desde nuestro corazón a veces sin quererlo, se conviertan en gestos de auténtica condena y desprecio.
 
Tenemos que cultivar esa misericordia que nos haga comprender las circunstancias del otro, salvar siempre a la persona, solidarizarnos con el pecador.   Para así parecernos cada día más a Jesús, para así ser cada día más humanos, hombres y mujeres libres de todo prejuicio y maldad.