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lunes, 26 de enero de 2026

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Todas las personas queremos ser felices, todos buscamos la felicidad y todo lo que hacemos, directa o indirectamente, es tratar de logar esa felicidad.  Pero, a veces, nos olvidamos que no todos los caminos nos llevan a la felicidad.   La Palabra de Dios nos dice hoy que Dios es feliz y que quiere comunicarnos esa felicidad.

La 1ª lectura del profeta Sofonías nos dice que sólo encontrarán la salvación y la felicidad las personas que vuelven los ojos a Dios en actitud de verdadera humildad, reconociendo su infidelidad a Dios.

Dios no ofrece su salvación a quien se siente seguro de sí mismo y satisfecho de lo que tiene; sino que ofrece su salvación a quien se reconoce pobre.  El hombre no puede poner su confianza en lo que tiene, sino que tiene que confiar en Dios.  La salvación es para quien se siente necesitado y busca a Dios con humildad y confianza.

No todos los bautizados sienten la necesidad de Dios, al igual que en Israel sólo “un resto” del pueblo, nos decía hoy Sofonías, pusieron su confianza en el Señor y por eso practicaban la justicia y Dios estaba con ellos, así hoy son pocos los cristianos que viven y se mantienen fieles a la voluntad de Dios.

El amor de Dios que se manifiesta a todas las personas es acogido y respondido con fidelidad por pocas personas.  Son muchos más los que viven al margen de Dios que los que viven fieles y necesitados de Dios.  Hoy también podemos hablar del “resto fiel a Dios”, es decir de aquellos que se siente necesitados de Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos dice quienes son los elegidos de Dios y dónde podemos encontrar la verdadera fuerza y la verdadera riqueza.

Que diferente es la forma de actuar Dios a la manera de actuar de nosotros.  Mientras nosotros buscamos lo grande, lo importante, lo que nos da éxito y eficacia, Dios prefiere lo pequeño, lo pobre, lo insignificante. 

Todos tenemos necesidad de Dios.  Todos necesitamos unos de otros.  Hay personas que son despreciados por su condición social o personal.  Pero Dios ama a todos y todos tenemos la misma dignidad de ser Hijos de Dios.

La gracia de Dios no es fruto de la inteligencia humana ni del saber de los hombres.  Dios nos elige por pura gracia suya y no por nuestros méritos o sabiduría humana.  Por eso si de algo nos tenemos que vanagloriar que sea de Cristo.

El Evangelio de San Mateo nos presenta la Bienaventuranzas.  Las Bienaventuranzas son disposiciones del corazón que se nos invita a tener, si queremos seguir  Jesús.  En ellas se contiene la máxima expresión de lo que significa ser cristiano.

La Bienaventuranzas nos presenta el camino para alcanzar la felicidad.

Dichosos los pobres de espíritu, los que son sencillos y humildes; los que, por no tener, es más fácil que confíen en Dios que los que tienen, que confían en sus bienes.

Dichosos los sufridos, los que tiene capacidad de aguante ante las adversidades y no responden con violencia a los contratiempos de la vida y de la convivencia.  Se puede ser más feliz renunciando a los propios derechos por amor, que estando continuamente reclamando los derechos que uno tiene.

Dichosos los que lloran.  En nuestra vida se da la cruz y la gloria, el dolor y la alegría.  Llegaremos a la gloria del cielo, pero hay que pasar por la cruz.

Dichosos los que afrontan con valor el dolor y las lágrimas, porque después de llorar con todas las lágrimas podrán reír con todas las risas.  Se puede ser más feliz asumiendo el dolor y las lágrimas que huyendo de ellos.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, dichosos los que quieren que la voluntad de Dios se cumpla; la justicia es lo que se ajusta a la voluntad de Dios y la voluntad de Dios es nuestra felicidad.

Dichosos los misericordiosos, los que confían en la misericordia de Dios, los que reconocen sus miserias, los que experimentan cuánto los ama Dios.  Se puede ser más feliz siendo comprensivo, siempre, con los pecados y miserias de los demás que “llevando la cuenta del mal”, porque el amor no lleva cuenta del mal, olvida las ofensas.

Dichosos los limpios de corazón.  Esta Bienaventuranza es una condena hacia aquellas personas que se dedican a ser buenos pero no tienen tiempo de hacer el bien.

Dichosos los que trabajan por la paz, los que se dedican a la reconciliación más que a la división.  Se puede ser más feliz viviendo reconciliado con Dios, con uno mismo y con los demás, que viviendo enemistados y divididos.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia.  Dichosos los que, por ser fieles a la voluntad de Dios, encuentran dificultades en su vida.  Se puede ser más feliz siendo coherente con lo que se cree, con nuestra fe, aunque esto nos complique la vida.

Que el Señor nos ayude a vivir el espíritu de las bienaventuranzas y nos haga encontrar la auténtica felicidad.

lunes, 22 de enero de 2024

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de hoy nos hablan de que existe el mal, pero hay un poder superior por el cual podemos ser liberados del mal, ese poder es Jesucristo, por ello debemos escuchar su voz y no endurecer nuestro corazón.

En la 1ª lectura, del libro del Deuteronomio, hemos escuchado la promesa de Dios de enviar profetas que hablarán en su nombre.

Antes de que surgieran los profetas las personas que querían conocer la voluntad de Dios recurrían a la hechicería, los adivinos y a la magia.  Por eso Moisés prohíbe recurrir a esto tipo de cosas para conocer la voluntad de Dios y les promete de parte de Dios un profeta que hable en nombre de Dios.

La Iglesia tiene el deber de proclamar la Palabra de Dios, esta es su misión y es también la misión de cada cristiano.  Pero hemos de ser fieles a la Palabra de Dios; no podemos atribuir a Dios lo que son sólo nuestras palabras o nuestras ideologías, o nuestros gustos o nuestras opiniones.

Hoy día, vivimos inundados de palabras.  Cada día nos despertamos con las palabras que oímos en la radio o en la televisión o que leemos en los periódicos.  Todo el día oímos palabras y más palabras.    Por eso la palabra ha perdido su valor, ya no se valora la palabra como antes.  Antes alguien decía “te doy mi palabra” y sabíamos que podíamos confiar en esa persona.  Hoy no, porque hay muchos que usan la palabra para prometer cambios sociales, prosperidad, trabajo, etc., pero no es verdad, no cumple esa palabra.

La Palabra de Dios siempre se cumple, por ello el verdadero profeta es aquel que anuncia y denuncia, desde la Palabra de Dios, las situaciones contrarias al Reino de Dios.  Por ello el verdadero profeta corre el riesgo de no ser escuchado e incluso ser perseguido. 

Hemos de preguntarnos: ¿hacemos caso a la Palabra de Dios que se nos hace presente en nuestra vida de muchas maneras?  ¿Dejamos que nuestra vida se transforme y se libere por esa Palabra de Dios?

La 2ª lectura, de la primera carta de San Pablo a los Corintios,  es toda una catequesis sobre los diferentes estados de vida en los que un cristiano puede vivir plenamente su fe.

Los hombres y las mujeres tienen pleno derecho de elegir libremente entre ambos estados de vida: matrimonio o celibato.  Ambos son, igualmente, dones de Dios.

El soltero, el casado y el viudo pueden cumplir dignamente en la comunidad eclesial una misión muy positiva a favor de la propagación del Reino.  Todos debemos trabajar por la Iglesia, nadie puede sentirse al margen, ni poner excusas por su estado civil.

El Evangelio de san Marcos afirmaba hoy que Jesús enseñaba con autoridad.

En la vida diaria encontramos tres clases de palabras: palabras vacías, palabras autoritarias y palabras con autoridad.

Las palabras vacías son las de los charlatanes, las de los que no hacen lo que dicen, las de ciertos políticos que se preocupan por el número de votos y se olvidan del bien de los votantes, dejando de cumplir tantas promesas.

Las palabras autoritarias son las de los dictadores, las de aquellos con los que a la fuerza hay que estar de acuerdo, digan lo que digan.

Las palabras con autoridad son las de los que viven lo que dicen. Sus palabras responden a su vida honrada. A estos se les escucha con respeto y con agrado; por eso las multitudes se juntaban para oír a Jesús porque sus palabras estaban de acuerdo con su vida.  Con esa autoridad pudo Jesús liberar a un hombre de un demonio. 

Hay personas que dicen: “No sé que me pasa; parece que tengo el demonio en el cuerpo”.  Esto quiere decir que hay personas que se dejan dominar por las fuerzas del mal, del pecado, fuerzas que no nos dejan ser nosotros mismo y de las que deseamos liberarnos.  Las fuerzas del mal nos dominan, nos hacen sufrir y hacen sufrir a quienes nos rodean.  Las fuerzas del mal hoy son: traumas, complejos, adiciones, depresiones, genio, fobias, miedos, etc.

¡Cómo nos hacen sufrir los complejos! Estos demonios dominan, impiden a la persona ser libre, ser ella misma.  Los traumas, los miedos, los complejos, la timidez, paralizan a la persona.  ¿Cuantas cosas podríamos hacer si no le tuviéramos miedo a la crítica? Hoy sigue habiendo muchas fuerzas del mal que impiden que los hombres alcancemos la felicidad y la plenitud de vida.

Jesús, está vivo y sigue expulsando demonios, quiere liberarnos de ellos, y Él lo hace cuando se lo pedimos en la oración, cuando estamos en comunión con Él.  Estando unidos al Señor nada es imposible para liberarnos de tantas fuerzas del mal que nos atacan diariamente y que nos hacen perder nuestra dignidad de Hijos de Dios.

Jesús emplea su autoridad, no contra los hombres, sino contra las fuerzas que nos oprimen. Lo que de verdad necesita la humanidad es ser liberada de las fuerzas que causan los sufrimientos y nos hacen tantas veces ser tan infelices.

lunes, 23 de enero de 2023

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Todas las personas queremos ser felices, todos buscamos la felicidad y todo lo que hacemos, directa o indirectamente, es tratar de logar esa felicidad.  Pero, a veces, nos olvidamos que no todos los caminos nos llevan a la felicidad.   La Palabra de Dios nos dice hoy que Dios es feliz y que quiere comunicarnos esa felicidad.

En la 1ª lectura el Profeta Sofonías nos invita a la moderación, la pobreza, la humildad, la honradez, la búsqueda de la paz y la verdad, porque Dios no aprecia a los que confían en sus propias fuerzas, en sus riquezas, en ellos mismos.

Dios no hace pactos con los orgullosos y prepotentes que dominan el mundo y que pretenden crear la historia según sus caprichos.  Dios no está donde hay violencia y donde se vive la ley del más fuerte; Dios no apoya la política de los que dominan el mundo.  Hay que tener cuidado con aquellos que en nombre de Dios quieren imponerse y dominar el mundo, porque éstos no son los métodos de Dios.

Nuestra sociedad se dice cristiana, pero no vive según los criterios de Dios porque ensalza a los que tienen poder, a los que triunfan por cualquier medio, a los poderosos, a los que imponen el poder y la fuerza por las armas.

Hoy, la sociedad alaba a los que triunfan y margina a los pobres, a los débiles, a los sencillos, a los pacíficos, a los que no pueden hacer oír su voz ante las injusticias.  Hemos de renunciar a la prepotencia, al orgullo, al autoritarismo, a la autosuficiencia tanto en nuestra relación con Dios, como en nuestra relación con los demás.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios es una denuncia contra la actitud de aquellos que ponen su seguridad en personas y son orgullosos y autosuficientes y nos invita a buscar la verdadera sabiduría en Cristo.

Un gran número de personas creen que el secreto de la realización plena del ser humano está en tener una buena preparación intelectual, en el éxito profesional, en el reconocimiento social, en el bienestar económico, en el poder político, etc.  San Pablo nos dice que quien busca en su vida solamente este tipo de cosas está apostando por el caballo perdedor.  El hombre sólo se realiza plenamente cuando descubre a Cristo y aprende con Él el amor total y el don de la vida.

Aunque Dios no es el dirigente de ningún sindicato de obreros, sin embargo, Él se solidariza con los pobres, los humildes, los explotados y a todos ofrece, sin distinción la salvación.

El Evangelio de San Mateo nos ha presentado las Bienaventuranzas. 

Las bienaventuranzas quizás sean el pasaje más conocido y comentado de todos los evangelios. Pero también es uno de los más difíciles de vivir y de practicar. Las Bienaventuranzas tienen un único fin: la felicidad. Desde la antigüedad el hombre busca ser feliz y procura por todos los medios alcanzar su plena realización. Durante siglos se había imaginado que teniendo más riqueza, comodidades, poder y fuerza, podría ser feliz; pero entre más tiene y se esfuerza, se encuentra más vacío e incompleto.

Con sus palabras Jesús declara felices a los que por siglos habían sido considerados como perdedores y llenos de desgracias.

La primera bienaventuranza es como un resumen de todas las demás: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. No se es feliz cuando se tienen muchas cosas, se es feliz cuando el corazón está en paz y armonía y no necesita cosas externas para saciarse.

¿Cuándo nos sentimos más infelices?  Cuando hemos perdido lo que teníamos, cuando nos llenamos de odio o de envida, cuando ponemos nuestro corazón en los bienes materiales.  Jesús no nos condena a la pobreza ni a la miseria.  Jesús no está de acuerdo con la pobreza creada por las injusticias.

Vivimos en un mundo que a fuerza de proclamarlo ha creído que se puede ser feliz de una manera fácil y superficial, pero ha creado una nueva generación de individuos apáticos ante el sufrimiento y dolor de los hermanos. Jesucristo nos viene a enseñar que Dios es el Dios de los pobres, de los que tienen hambre y sed, de los que lloran… Jesús llora y sufre con ellos, comparte su dolor, pero también da sentido a ese dolor y nos enseña que en el dolor y en el sufrimiento puede haber paz y felicidad.

Ya es hora de que la comunidad cristiana sienta esta llamada de Jesús, y se decida a continuar lo que Él inició, que el Reino de Dios se haga presente ya entre nosotros, que se haga presente la fraternidad de una humanidad en la que desaparezca todo tipo de exclusión, de miseria, de hambre, de incultura, Tengámoslo bien claro, Dios ama a los pobres, por eso no quiere que haya pobres; por eso serán dichosos los que deciden dedicarse a construir un mundo en el que no haya pobreza, porque el mundo de hermanos es el mundo en el que Dios será Padre de todos.

¿Queremos ser felices? Vivamos las bienaventuranzas

lunes, 24 de enero de 2022

 

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

La liturgia de este domingo es una invitación a que todos los bautizados nos comprometamos a anunciar el Evangelio a toda persona, especialmente a los más alejados.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta cómo Dios escoge a Jeremías para consagrarlo y constituirlo profeta.  Jeremías tendrá que soportar todo tipo de dificultades en su misión, pero no abandonará la tarea que Dios le ha encomendado.

¿Quiénes son hoy los profetas?  Los profetas no son una clase especial de personas, sino que profeta es todo aquel que ha sido bautizado.  Dios se sirve de los profetas para seguir interviniendo en el mundo.

El profeta es el hombre que vive con los ojos puestos en Dios y en el mundo. El profeta es el hombre que habla en nombre de Dios.  Cuando lo que dice nos gusta, es de nuestro agrado, recibimos bien su mensaje, pero si lo que nos tiene que decir el profeta contradice nuestras opiniones, nuestros criterios o nuestros deseos, entonces no aceptamos con facilidad lo que nos dice e incluso lo rechazamos. Quienes han hablado en nombre de Dios como auténticos profetas, no han gozado nunca de buena acogida entre sus oyentes.

No tengamos nunca miedo de dar testimonio de nuestra fe, de proclamar sincera y verdaderamente el mensaje de Dios, porque Dios está siempre al lado del auténtico profeta.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos ha presentado el himno al amor.

La palabra “amor” está en labios de todos.  Ahora bien, no todos se refieren a lo  mismo cuando pronunciar esta palabra.  Cada quien entiende la palabra amor a su gusto. ¡Cuántas veces decimos “te amo” en esta vida!

¡Conque facilidad prometemos amor! ¡Y con qué facilidad esas palabras de amor, en muchas ocasiones, se las lleva el viento!  ¿Cuántos corazones hemos roto en nuestra vida cuando hemos prometido amarlos y les hemos dado la espalda tan fácilmente?

San Pablo nos dice hoy cómo es el verdadero amor.  El amor es comprensivo:  es la capacidad de ponerme en el lugar del otro; es servicial: se demuestra en el bien hecho al otro; no tiene envidia: es el defecto de muchas personas y consiste en ponerme triste porque al otro le va bien; no es presumido: no presume del bien que hace a otra persona; no es grosero ni egoísta: no podemos estar toda la vida mirando nada más a nuestro ombligo, pensando solamente en nosotros mismos; no se irrita ni guarda rencor: todos tenemos como un cuaderno en el que vamos apuntado todo lo que nos han hecho los demás, o lo que pensamos que nos han hecho; el amor olvida todo eso, no lo tiene en cuenta; no se alegra con la injusticia: el amor quiere que todo “se ajuste” a la voluntad de Dios, así todo será más justo; se goza con la verdad: sin verdad no puede haber amor.

El verdadero amor tiene que tener también las siguientes cualidades, aún en momentos difíciles: disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites.   En el amor no se debe buscar culpables en los conflictos, sino disculpar al otro; debe haber confianza mutua; saber soportar las dificultades y no buscar caminos fáciles a los problemas.

Así debe ser nuestro amor, un amor válido para toda la vida.

El Evangelio de san Lucas nos presenta a Jesús despreciado por los habitantes de Nazaret.

A todos nos gusta que nos alaben y nos molesta que nos critiquen. Pero es necesario recibir con humildad tanto las alabanzas por nuestros aciertos, como las críticas por nuestros desaciertos. Es necesario reconocer el trabajo de la gente, valorarlo y estimularlo, y hacer una crítica seria y constructiva, cuando sea necesario, aunque no nos miren bien. Generalmente alguien nos molesta cuando nos dice nuestras verdades, cuando denuncia nuestros errores y no nos ayuda a seguir en nuestros vicios.

El camino del profeta es un camino en el que hay que luchar, muchas veces, con la incomprensión de la gente, con la soledad, con el riesgo, porque no siempre puede uno decir lo que le agrada a la gente.  Sin embargo, es un camino al que Dios nos llama y hay que ser fiel a su Palabra.

Como Jesús, nosotros también tenemos el peligro de ser rechazados por predicar lo que nos propone el evangelio. Pero no podemos renunciar frente al rechazo. Como el profeta, habrá que seguir anunciando el perdón, el amor y la paz, aunque todos nos den la espalda. Si no es para que los demás cambien, por lo menos para que ellos y sus costumbres, no terminen por cambiarnos a nosotros.

lunes, 25 de enero de 2021

 

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son una invitación a escuchar la Palabra de Dios y a evangelizar nuestro mundo. 

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos habla de la institución de los profetas por parte de Dios.

Hay muchas personas que recurren a la brujería, a los adivinos y a la magia para conocer su futuro o lo que Dios desea de uno.  Cuánta gente que se dicen adivinos se aprovecha de la ignorancia de la gente y se enriquecen a costa de ellos.  Por eso Dios no acepta y prohíbe la práctica de toda brujería, adivinación o hechicería.  Si queremos conocer los designios y deseos de Dios, Dios mismo ha instituido a los profetas.

El profeta no es un adivino, sino alguien que habla en nombre de Dios.  Ser profeta no es una vocación que uno elige, sino que se es profeta porque Dios lo llama a uno a ser profeta.  Es Dios el que lo elije, es Dios el que lo envía.  El profeta es un instrumento a través del cual Dios actúa en el mundo.

Ser profeta no es un pasatiempo ni un compromiso para los ratos libres; no es cruzarse de brazos y dejar que todo siga igual.  No se es profeta para beneficio propio, ni para venderse a los poderes del mundo, ni para sacar beneficio, ni para ser admirado, ni para conseguir fama, ni para obtener aplausos.

El profeta tiene que estar siempre al servicio de Dios, de los planes de Dios, de la verdad de Dios, y no al servicio de planes personales, interesados y egoístas de nadie. Por eso el verdadero profeta resulta incómodo muchas veces, porque señala todo aquello que está mal, porque critica la injusticia, la desigualdad, los atropellos a la dignidad humana, la opresión y el abuso de los fuertes sobre los débiles; porque denuncia el conformismo y la apatía.

Los que escuchan el mensaje de un profeta, los que escuchan su palabra tienen que acogerla como palabra del mismo Dios; por su parte el profeta debe ser fiel a lo que Dios le dice; jamás hablar en nombre propio ni de otros intereses.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios desarrolla una catequesis sobre los diferentes estados de vida en los que el cristiano puede vivir plenamente su fe en el Señor.

La comunidad de Corinto, preocupada por opiniones adversas al matrimonio, le pregunta al apóstol Pablo: ¿Sería preferible no casarse? Para Pablo lo importante es que cada persona de la comunidad cristiana se sienta a gusto y motivada para servir.  Los hombres y las mujeres tienen pleno derecho de elegir libremente entre ambos estados de vida: matrimonio o celibato.  Ambos son, igualmente, dones de Dios.

El Evangelio de san Marcos afirma por dos veces que Jesús enseña con autoridad.

Jesús convence porque habla, no de memoria, sino de corazón, con sinceridad, sintiendo lo que dice, siendo fiel a Dios que los inspira.  Jesús enseña con autoridad porque nos dice las verdades, por dolorosas que éstas sean y porque nos revela la verdad de Dios Padre.  Solo se puede hablar con autoridad si somos fieles a la verdad que Dios quiere que proclamemos.

No podremos convencer a nadie si sólo decimos palabras pasajeras.  Como Jesús tenemos que proclamar la verdad revelada por Dios aunque esa verdad vaya contra corriente en un mundo que no quiere oír la Palabra de Dios.  Como Jesús, debemos acompañar las palabras con obras concretas que muestren el amor de Dios.  Sólo así podremos hablar con autoridad.

A todos, de alguna manera nos toca ser educadores, sea en la familia, en la escuela, en la Iglesia, etc., pero la pregunta es: ¿Cómo enseñamos?

Los jóvenes necesitan maestros que transmitan un mensaje válido, un mensaje que no sea sólo palabras sino que vaya acompañado con el testimonio de nuestra vida, sólo así podremos enseñarles con autoridad.

¿Puede tener autoridad quien se limita a repetir lo que ha leído o escuchado sin hacerlo suyo en su propia vida?  ¿Qué autoridad pueden tener muchos papás, maestros, religiosos o políticos si sus palabras no están acompañadas de un testimonio de honestidad y de responsabilidad personal? 

Qué triste es que los jóvenes no encuentren maestros con autoridad a quienes poder escuchar, de quienes poder aprender lecciones de vida.  Qué triste que la enseñanza sólo sea para transmitir datos, cifras, teorías, técnicas y que no ofrezcamos respuestas a las preguntas más inquietantes del ser humano.

Educar es ante todo tarea de los padres, sobre todo en una sociedad con unos medios de comunicación con un poder increíble de seducción, de manipulación. La familia es así la mejor escuela para el afianzamiento de la personalidad de los hijos, para “enseñar con autoridad”, autoridad no sinónimo de imposición, de violencia, sino de respeto, de verdadero aprecio.

Que lo que enseñemos nosotros sea también algo que brote de lo más sincero de nuestra persona. Así enseñaremos también con autoridad.

martes, 29 de enero de 2019

IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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IV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo es una invitación a que todos los bautizados nos comprometamos a anunciar el Evangelio a toda persona, especialmente a los más alejados.
 
La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta cómo Dios escoge a Jeremías para consagrarlo y constituirlo profeta.  Jeremías tendrá que soportar todo tipo de dificultades en su misión, pero no abandonará la tarea que Dios le ha encomendado.
 
¿Quiénes son hoy los profetas?  Los profetas no son una clase especial de personas, sino que profeta es todo aquel que ha sido bautizado.  Dios se sirve de los profetas para seguir interviniendo en el mundo.
 
El profeta es el hombre que vive con los ojos puestos en Dios y en el mundo. El profeta es el hombre que habla en nombre de Dios.  Cuando lo que dice nos gusta, es de nuestro agrado, recibimos bien su mensaje, pero si lo que nos tiene que decir el profeta contradice nuestras opiniones, nuestros criterios o nuestros deseos, entonces no aceptamos con facilidad lo que nos dice e incluso lo rechazamos. Quienes han hablado en nombre de Dios como auténticos profetas, no han gozado nunca de buena acogida entre sus oyentes.
 
No tengamos nunca miedo de dar testimonio de nuestra fe, de proclamar sincera y verdaderamente el mensaje de Dios, porque Dios está siempre al lado del auténtico profeta.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos ha presentado el himno al amor.
 
La palabra “amor” está en labios de todos.  Ahora bien, no todos se refieren a lo  mismo cuando pronunciar esta palabra.  Cada quien entiende la palabra amor a su gusto. ¡Cuántas veces decimos “te amo” en esta vida!
 
¡Conque facilidad prometemos amor! ¡Y con qué facilidad esas palabras de amor, en muchas ocasiones, se las lleva el viento!  ¿Cuántos corazones hemos roto en nuestra vida cuando hemos prometido amarlos y les hemos dado la espalda tan fácilmente?
 
San Pablo nos dice hoy cómo es el verdadero amor.  El amor es comprensivo:  es la capacidad de ponerme en el lugar del otro; es servicial: se demuestra en el bien hecho al otro; no tiene envidia: es el defecto de muchas personas y consiste en ponerme triste porque al otro le va bien; no es presumido: no presume del bien que hace a otra persona; no es grosero ni egoísta: no podemos estar toda la vida mirando nada más a nuestro ombligo, pensando solamente en nosotros mismos; no se irrita ni guarda rencor: todos tenemos como un cuaderno en el que vamos apuntado todo lo que nos han hecho los demás, o lo que pensamos que nos han hecho; el amor olvida todo eso, no lo tiene en cuenta; no se alegra con la injusticia: el amor quiere que todo “se ajuste” a la voluntad de Dios, así todo será más justo; se goza con la verdad: sin verdad no puede haber amor.
 
El verdadero amor tiene que tener también las siguientes cualidades, aún en momentos difíciles: disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites.   En el amor no se debe buscar culpables en los conflictos, sino disculpar al otro; debe haber confianza mutua; saber soportar las dificultades y no buscar caminos fáciles a los problemas.
 
Así debe ser nuestro amor, un amor válido para toda la vida.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a Jesús despreciado por los habitantes de Nazaret.
 
A todos nos gusta que nos alaben y nos molesta que nos critiquen. Pero es necesario recibir con humildad tanto las alabanzas por nuestros aciertos, como las críticas por nuestros desaciertos. Es necesario reconocer el trabajo de la gente, valorarlo y estimularlo, y hacer una crítica seria y constructiva, cuando sea necesario, aunque no nos miren bien. Generalmente alguien nos molesta cuando nos dice nuestras verdades, cuando denuncia nuestros errores y no nos ayuda a seguir en nuestros vicios.
 
El camino del profeta es un camino en el que hay que luchar, muchas veces, con la incomprensión de la gente, con la soledad, con el riesgo, porque no siempre puede uno decir lo que le agrada a la gente.  Sin embargo, es un camino al que Dios nos llama y hay que ser fiel a su Palabra.
 
Como Jesús, nosotros también tenemos el peligro de ser rechazados por predicar lo que nos propone el evangelio. Pero no podemos renunciar frente al rechazo. Como el profeta, habrá que seguir anunciando el perdón, el amor y la paz, aunque todos nos den la espalda. Si no es para que los demás cambien, por lo menos para que ellos y sus costumbres, no terminen por cambiarnos a nosotros.