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miércoles, 7 de enero de 2026

 

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO A)



Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor.  Con el Bautismo del Señor se nos revela al Hijo amado de Dios, que vino al mundo enviado por Dios Padre, con la  misión de salvar y liberar a los hombres.  En este día, Jesús deja la vida silenciosa de Nazaret y comienza su misión mesiánica.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado la figura del Siervo de Dios.  Este siervo de Dios es Jesús.  Dios lo ha elegido para traer la salvación a este mundo, pero no como lo hacen los poderosos del mundo.  El siervo no se impone a la fuerza, no humilla, no hunde lo pequeño y lo débil. 

Nuestro mundo está lleno de “portavoces” que pregonan a los cuatro vientos sus puntos de vista, ya sean políticos o religiosos.  Luchan para llegar a los medios de comunicación y así ganarse a muchos adeptos, discípulos o electores.  Estas personas gritan, insultan y descalifican a todos aquellos que se oponen a ellos.  Hay también personas que hablan de justicia y liberación, pero a la hora de la verdad, ellos no se “mojan las manos”, sólo saben pasar muchas horas discutiendo sobre lo que hay que hacer, pero ahí se queda todo, en solo discusiones. 

Para mejorar este mundo, por desgracia, se recurre a la violencia, a la injusticia, a la mentira, etc., Jesús, el Siervo de Dios, quiere salvar este mundo pero de una manera diferente: desde la humildad y la auténtica liberación del ser humano, desde el amor.

La 2ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice cómo lo que el profeta Isaías anunciaba en la primera lectura se ha hecho realidad en Jesús. Jesús pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos porque Dios estaba con Él.  Jesús no utiliza su fuerza ni su poder para salvar, sino que realiza su misión redentora por medio del amor y de la cruz.

El Señor, nos llama no a llevar una vida de maldad, sino una vida guiados por el Espíritu Santo.  Somos llamados por Dios a llevar una vida haciendo el bien a todos, como lo hizo el Señor.  A nosotros nos corresponde hacer que la salvación de Dios llegue a todos, sin excluir a nadie.  Y hemos de anunciar el Evangelio, no según nuestros criterios, sino al estilo de Jesús sin discriminar a nadie, haciendo el bien por todos.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado el Bautismo del Señor en el río Jordán por Juan el Bautista.

Pero ¿qué significa que Jesús se bautizara?  Por nuestro bautismo se nos quita el pecado original y nos convertimos en Hijos de Dios; el bautismo de Juan era un bautismo de conversión; Jesús no necesitaba ningún bautismo, pues no tenía pecado.  Se hizo semejante en todo a los hombres, menos en el pecado.  Jesús se bautizó como un acto de solidaridad con los hombres.  Y una vez bautizado comienza su vida pública.

Hoy nos encontramos ya con Jesús adulto, en el inicio de su vida pública.  Ha llegado la hora de la verdad.  Ha llegado la hora de manifestar al mundo para qué ha venido a este mundo.  Ha llegado la hora de manifestar en qué consiste la salvación que Dios nos trae.  Ha llegado la hora del compromiso y de la misión.  Esta es también nuestra hora, la hora de renovar nuestro trabajo, nuestra convivencia cotidiana, de vivir, y vivir por una causa, con una meta en la vida.

Hoy, es un día para que nosotros recordemos y renovemos nuestro bautismo.  El día que fuimos bautizados nos convertimos en hijos de Dios y continuadores de la misión de Jesús.  En el bautismo se nos dio el Espíritu Santo que nos hace que luchemos por la justicia hasta conseguir un mundo más humano, más fraterno, un mundo al estilo de Dios.

Somos, como Jesús, hijos, enviados por Dios a una misión y tenemos con nosotros la fuerza del Espíritu Santo para transformar el mundo.  Nosotros no somos personas que anden por el mundo sin familia y sin horizonte, ya que nuestra familia es toda la humanidad y nuestro horizonte es el Reino de Dios.

Por eso es importante y necesario que comencemos por ver la realidad que nos rodea, y que nos preguntemos ¿qué puedo hacer para cambiar esta realidad?  ¿Qué puedo hacer para que la sociedad se haga más justa y más fraterna?  Para algunos la cosa comenzará quizás por no hablar mal del vecino, otros tendrán que comenzar por hacer todo lo posible por perdonar al hermano o al compañero, buscando la reconciliación.  Otros tendrán que renovar su responsabilidad en su trabajo, otros tendrán que preguntarse si están pagando salarios justos, otros tendrán que renovar su compromiso por cumplir fielmente con sus deberes familiares.

Todos y cada uno tenemos que mirar a nuestro alrededor y ver qué podemos hacer.  Para eso somos cristianos, para eso hemos sido bautizados, para eso hemos sido hechos hijos de Dios y para eso se nos ha dado el Espíritu Santo.

Como bautizados, cada uno de nosotros está llamado a colaborar en la construcción del Reino de Dios y nuestra colaboración es única y necesaria.  Nuestro único temor debería ser el de no ser un fracaso para nosotros mismos, para los demás y para Dios.

Es la hora de la responsabilidad y del compromiso.  Que Dios renueve en nosotros la acción de su Espíritu para que cumplamos con la misión que se nos ha dado desde el día de nuestro bautismo.

martes, 7 de enero de 2025

 

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO C)


Con la fiesta del Bautismo de Jesús termina el tiempo de Navidad y comienza el tiempo ordinario. Con el Bautismo de Jesús comienza su vida pública. Él no necesitaba el bautismo de Juan, que era un bau­tismo de conversión para renovar el interior de las personas que se le acercaban, pues Jesús es Hijo de Dios y no tenía pecado, pero participó de este rito que hacía Juan el Bautista y así expresó el comienzo de su misión.

El Bautismo de Jesús es algo importante en el evangelio: en él se nos anuncia claramente que Jesús es el predilecto de Dios, su Mesías y Enviado, lleno de su Espíritu, dispuesto a iniciar su misión de Maestro y Salvador.

El profeta Isaías nos hace como un retrato profético de Jesús: “Mirad a mi siervo, mi Elegido, en quien tengo mis complacencias.  En Él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones”.

San Lucas en el evangelio nos ha dicho cómo se cumple este retrato de Jesús.  Se abre el cielo.  Los cielos cerrados indican la separación entre Dios y el hombre, consecuencia del pecado.  Son la señal de la ira de Dios frente a la humanidad pecadora.

Los hombres ya no viven y no se mueven en Dios, y esta lejanía de Dios determina la profunda miseria del hombre.  Con Cristo ha terminado el tiempo de la enemistad entre Dios y el hombre, por eso se abre los cielos.

Se oye también la voz de Dios: “Tu eres mi Hijo, el predilecto, en ti me complazco”.  No se abren solo los cielos, se ha roto también el silencio de Dios.  Dios toma la palabra y cuando se oye su voz es para indicar su presencia: su Hijo.  Jesús es la Palabra definitiva que el Padre tiene que decir al mundo.  Y baja el Espíritu sobre Jesús en forma de paloma. 

El Espíritu está presente, ahora, en la nueva creación.  Con el bautismo de Jesús comienza una historia, la historia del mundo nuevo.

Hoy, que celebramos el bautismo de Jesús, debemos pensar también en nuestro propio bautismo.  “No todos los bautizados son cristianos”. Esta frase que parece un poco contradictoria es una gran denuncia de la situación de nuestras prácticas sacramentales. Parece contradictoria pues cualquier bautizado es hijo de Dios y, por tanto, cristiano; pero, al mismo tiempo, es una denuncia, porque es cierto que muchos bautizados dejan mucho que desear en su seguimiento de Cristo, aunque todos podríamos ser un poco mejores cristianos.  

El bautismo, como cualquier sacramento, no es automático, no funciona por sí solo, sino que necesita la colaboración de la persona que lo recibe. El sacramento es un encuentro entre Dios y el ser humano. Dios pone su parte: la Gracia, que quita el pecado original y nos hace hijos de Dios y la persona responde con el seguimiento; si falta la respuesta no se produce el encuentro.

Por desgracia, muchas personas, quizás influenciados por amigos poco Católicos o simplemente porque ignoran la importancia de este sacramento para los niños llevan a sus hijos a bautizar pensando más en la fiesta, el convite o en la ropa en vez de pensar en el sacramento en sí. Lo convierten en un acto social. Llevan al niño a la iglesia a bautizar pensando que, cómo somos Católicos, tiene que ser bautizado. No piensan en las responsabilidades que trae este sacramento para los padres y padrinos. Da verdadera pena ver algunos bautismos en los que hay tan poca fe alrededor.

Desde el mismo momento en que se recibe este sacramento, el bautizado ya está comprometido a vivir una vida santa. Sus padres se comprometen a dar testimonio de su fe a su hijo para que, con los años, se convierta en un buen cristiano, evangelizando como lo hicieron los primeros cristianos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Al ser bautizados como hijos e hijas de Dios adquirimos la más alta dignidad.

Los padres y padrinos deben tener en cuenta que han recibido un mandato de Cristo. Desde el momento que llevan sus hijos a bautizar deben enseñarlos a vivir una vida sin mancha, a evangelizar con su propio ejemplo y a amar a los demás.

Pertenecer a la Iglesia por medio del bautismo no significa nada en sí mismo, si no va acompañado de la correspondiente respuesta de la persona que recibe ese sacramento: hay que amar a Dios con la práctica de una vida cristiana, de una vida de sacramentos, de una vida de amor al prójimo.

martes, 4 de enero de 2022

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR Y BAUTISMO DEL SEÑOR

EPIFANÍA DEL SEÑOR (CICLO C)

En este día celebramos la Epifanía del Señor. Esa palabra significa “manifestación, aparición”.  La fiesta de la Epifanía del Señor no es otra cosa que la certeza que tenemos los cristianos de que Dios no hace distinción de personas, razas, culturas y pueblos.

Con la fiesta de la Epifanía la Iglesia termina el tiempo de Navidad.  Espero que haya sido un tiempo de abundantes bendiciones y gracias de Dios para todos vosotros.

El profeta Isaías en la 1ª lectura, anuncia la universalidad de la salvación.  Como muchos otros hombres de Dios, el profeta invitó constantemente al pueblo elegido a dejar las actitudes nacionalistas y excluyentes para asumir su vocación de ser instrumento de salvación para todos.

El profeta Isaías nos presenta a Jerusalén como el lugar donde la gloria y la luz de Dios brillan de una manera nueva y diferente.  Para nosotros los cristianos, ésta imagen de Jerusalén es figura de la Iglesia, cuya misión es ser luz para atraer a todos los pueblos de la tierra para su encuentro con Dios y mediante este encuentro, alcanzar la salvación.  Todos debemos ser luz para los demás.  Quienes vivan en las tinieblas, pero deseen vivir en la luz, han de buscar en la Iglesia y encontrar en ella a Cristo, luz de todos los pueblos que quiere que todos los hombres tengamos vida y felicidad.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos dice que todos somos “hijos de Dios” y por lo tanto todos somos destinatarios de la salvación y si somos hijos de Dios, esto quiere decir que somos hermanos y por lo tanto debemos amar sin límites, compartir y ser solidarios unos con otros.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la adoración de los Magos al niño Jesús.

Los Magos representan a todo nosotros, a todos los laicos, a toda la humanidad que busca una estrella que de sentido a la vida.

Como a los Magos, Dios, nos llama a emprender un viaje, es decir, a salir de nosotros mismos y dejarnos guiar por su luz.  Jesús viene a llenar de luz nuestra vida, a ser el guía de nuestro caminar diario.  Jesús nos guiará hasta el Padre, hasta la luz verdadera que no tiene ocaso, que no tiene fin.

Los Magos vieron una estrella y la siguieron.  Ellos dejaron su casa, su tierra, sus quehaceres y siguen la estrella.  Nosotros también hemos de dejar muchas cosas atrás para poder seguir a Cristo.

Dios nos llama siempre a través de una señal.  La señal por la cual Dios nos llama sólo la entienden aquellos que buscan a Dios.  La estrella que vieron los Magos todo el mundo la vio pero sólo ellos descubrieron qué significaba.

Todos somos llamados por Dios, pero para encontrar a Dios es necesario estar con los ojos y con el corazón bien abiertos a lo que ocurre a nuestro alrededor, por más insignificante que sea, Dios a través de esos signos nos está hablando y nos está llamando.

Hoy se nos está invitando a ponernos de pie, a no conformarnos con esta vida indiferente, carente de sentido.  Dios nos sigue llamando, sigue esperando que lo encontremos.  Pero primero tendremos que despertar ese deseo de encontrarnos con Él.  Y es aquí donde creo que está el problema: el problema es que hay mucha gente que no busca a Dios, ni quieren encontrarse con Él.

Hemos utilizado a Dios como quien utiliza una medicina, nos acordamos de Él cuando nos duele algo, pero cuando se nos pasa, también pasamos rápidamente de Él. 

Cuando los Magos encuentran al niño, le ofrecen sus regalos, lo mejor que ellos tienen.  Nosotros también tenemos un regalo que ofrecerle al niño Dios, y ese regalo debe ser el mejor regalo que le podamos dar: la fe, nuestra entrega al servicio de Dios, nuestra disponibilidad, nuestra persona, en una palabra, el mejor regalo que le podemos ofrecer al niño Dios es nuestra propia persona.

Y volvieron por otro camino. Si nosotros encontramos a Dios también haremos caminos nuevos, diferentes, nuestra vida ha de ser distinta.

¿Buscamos la  Verdad, buscamos a Dios? ¿Le hemos buscado con sinceridad, con la inteligencia, con el afecto, en un camino largo, en el que ha habido claridad y noche oscura? ¿Le hemos buscado donde Él nos ha dicho que está?

¿Qué cofre abro ante este Dios, qué le entrego y comparto? ¿La sobras de vida o todo mi ser?

Dejémonos guiar por la estrella de Belén y si así lo hacemos, podemos estar seguros que no nos perderemos en la vida, sino que iremos por caminos seguros.

Dios quiere manifestarse a nosotros, y hoy una vez más nos llama, quiere que lo busquemos y que seamos también señal para otros que lo buscan.

BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO C)

El jueves celebrábamos la fiesta de la Epifanía, la manifestación de la salvación de Dios que es ofrecida a todos los hombres en Jesús-niño.  Hoy celebramos de nuevo la manifestación de la salvación de Dios que ahora se nos presenta en Jesús-adulto. 

Con la fiesta del Bautismo de Jesús termina el ciclo de la Navidad y comienza la primera parte del tiempo ordinario que nos llevará hasta el miércoles de ceniza.

Con el Bautismo de Jesús comienza su vida pública.  El Señor no tenía que ser bautizado porque nunca tuvo pecado. Se bautizó por la misma razón que cumplió con algunas otras leyes judías que tampoco tenía la obligación de cumplir. Vino a este mundo como hombre y quiso sujetarse a las leyes de Moisés, como lo hacían todos los judíos, pero nada de esto le obligaba. Todas estas leyes eran las que regían al pueblo Israelita, el pueblo que Dios eligió para preparar la venida del Señor. Y Jesús cumplió con ellas para darnos un ejemplo de cómo debemos actuar nosotros, de cómo debemos cumplir con los mandamientos de nuestra fe.

Hoy, que celebramos el bautismo de Jesús, debemos pensar también en nuestro propio bautismo.  “No todos los bautizados son cristianos”. Esta frase que parece un poco contradictoria es una gran denuncia de la situación de nuestras prácticas sacramentales. Parece contradictoria pues cualquier bautizado es hijo de Dios y, por tanto, cristiano; pero, al mismo tiempo, es una denuncia, porque es cierto que muchos bautizados dejan mucho que desear en su seguimiento de Cristo, aunque todos podríamos ser un poco mejores cristianos.  

El bautismo, como cualquier sacramento, no es automático, no funciona por sí solo, sino que necesita la colaboración de la persona que lo recibe. El sacramento es un encuentro entre Dios y el ser humano. Dios pone su parte: la Gracia, que quita el pecado original y nos hace hijos de Dios y la persona responde con el seguimiento; si falta la respuesta no se produce el encuentro.

Pertenecer a la Iglesia por medio del bautismo no significa nada en sí mismo, si no va acompañado de la correspondiente respuesta de la persona que recibe ese sacramento: hay que amar a Dios con la práctica de una vida cristiana, de una vida de sacramentos, de una vida de amor al prójimo.

Por desgracia, muchas personas, quizás influenciados por amigos poco Católicos o simplemente porque ignoran la importancia de este sacramento para los niños, no llevan a sus hijos e hijas a bautizar en los primeros días después de su nacimiento. Llevan a sus hijos a bautizar pensando más en la fiesta, el convite o en la ropa en vez de pensar en el sacramento en sí. Lo convierten en un acto social. Llevan al niño a la iglesia a bautizar pensando que, cómo somos Católicos, tiene que ser bautizado. No piensan en las responsabilidades que trae este sacramento para los padres y padrinos. Da verdadera pena ver algunos bautismos en los que hay tan poca fe alrededor.

El bautismo es el comienzo de nuestra misión profética. Desde el mismo momento en que se recibe este sacramento, el bautizado ya está comprometido a vivir una vida santa. Sus padres se comprometen a dar testimonio de su fe a su hijo para que, con los años, se convierta en un buen cristiano, evangelizando como lo hicieron los primeros cristianos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Al ser bautizados como hijos e hijas de Dios adquirimos la más alta dignidad. En el momento del bautismo, por la gracia del Espíritu Santo, inmediatamente se produce el milagro de un nuevo nacimiento. El agua bautismal es signo de la muerte al pecado y del renacimiento espiritual a la vida eterna con Cristo.

Los padres y padrinos deben tener en cuenta que han recibido un mandato de Cristo. Desde el momento que llevan sus hijos a bautizar deben enseñarlos a vivir una vida sin mancha, a evangelizar con su propio ejemplo y a amar a los demás.

El bautizado debe ser portador de esperanza en medio de nuestro mundo y de nuestra Iglesia. Debemos tener deseos de Dios expresándolo con un testimonio de vida, lleno de amor y de convicción. Vemos cómo falta esperanza, vemos cómo las cosas de este mundo empequeñecen nuestro corazón, vemos cómo el desánimo se apodera de nuestras comunidades cristianas y de los grupos. ¡Contagiemos la alegría y la serenidad! ¡Tenemos una fuerza interior única! Nuestro tesoro es Jesús y su gracia. ¡Somostemplos del Espíritu Santo!

¡Despertémonos! Tenemos por delante todo un año para descubrir que Dios, está verdaderamente con nosotros animándonos, sosteniéndonos, dirigiendo nuestros pasos hacia la plenitud. Él es la fuerza y la vida. Levantemos el corazón y vayamos confiados a Jesús. Él espera nuestra respuesta. Dispongámonos a seguirlo con fidelidad.

lunes, 4 de enero de 2021

 

 EL BAUTISMO DE JESÚS (CICLO B)

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor.  Con esta fiesta termina el tiempo de Navidad e iniciamos la primera parte del Tiempo Ordinario que durará hasta el miércoles de Ceniza que iniciaremos la Cuaresma.

El Señor se sometió voluntariamente a que Juan el Bautista lo bautizara.  Él no necesitaba ser bautizado.  Entonces, ¿por qué Jesús, hombre justo, sin pecado, quiso bautizarse?, ¿por qué quiso hacer caso a esta llamada a la conversión que Juan hacía?  

El Señor recibió el bautismo de Juan como un gesto de solidaridad con nosotros los pecadores.  Jesús no tiene pecado pero quiere estar entre los hombres de su tiempo y por eso se pone en la fila de los pecadores esperando turno para ser bautizado.  Con el bautismo, Jesús se hace cercano a nosotros y nos enseña a ser humildes. Sin embargo, lo que para Jesús no era necesario –ser bautizado- para nosotros sí lo es.  Para nosotros, es una obligación estar bautizados.

Hoy, al celebrar la fiesta del bautismo de Jesús, es un buen momento para recordar también nuestro bautismo.  Pero nuestro bautismo es distinto al bautismo que administraba Juan el Bautista que era un bautismo de conversión.  Era un bautismo para aquellos hombres y mujeres que querían purificarse, reorientar y comenzar una vida más digna; era para aquellos que querían hacer penitencia y volver al buen camino, para aquellos que querían poner en orden sus vidas.

Nosotros ahora, somos bautizados con el Espíritu Santo.  Esto hace una gran diferencia con el bautismo de Juan, puesto que ahora el agua no es sólo un signo de nuestro deseo de conversión sino que por la fuerza del Espíritu Santo se borra en nosotros el pecado original y todos los pecados y nos convertimos en verdaderos Hijos de Dios.

En este día, hemos de preguntarnos todos: ¿para qué he sido bautizado?  Para lo mismo que Jesús: para cumplir en nuestra vida la misión de testigos de Dios en medio de la sociedad.  Para luchar por la justicia, por la verdad, por los valores que Dios quiere hacer triunfar en la vida. Como Jesús, los bautizados tenemos que vivir en el mundo haciendo el bien y liberando del demonio y sus seducciones a nuestros semejantes, repartir alegría y amor, poner paz y entendimiento entre las gentes y los pueblos.

Ser bautizados significa, pues, no solamente haber recibido un sacramento cuando éramos niños, sino que supone el vivir como profetas, sacerdotes y reyes.  Por el bautismo nosotros somos incorporados a Cristo, a su Cuerpo Místico que es la Iglesia y hemos sido ungidos por el Espíritu Santo para continuar la misión de Jesús de ir al mundo entero y anunciar la Buena Noticia de la salvación para todos.

Nuestro compromiso bautismal, las promesas que en nuestro bautismo hicieron nuestros padres y padrinos, es un compromiso con Cristo. Tenemos que ser como Cristo, cristianos, de manera que con Pablo podamos también decir que Cristo vive en nosotros. Y, como Cristo, tenemos que hacer de nuestra vida una vida al servicio del mundo, sin limitaciones, ni escapismos.

Pero hoy, por muchos esfuerzos que hacemos en las charlas bautismales, son muchas las personas que no viven conforme a la gracia que recibieron en el bautismo ni buscan el sacramento para sus hijos pensando en dicha gracia.

Existen muchos bautizados que viven como si no fueran cristianos.  Se han quedado en la entrada y de ahí no han pasado.  No se interesan por conocer más a Dios, a quien dicen creer y a quien dice seguir.  No conocen su fe y por lo tanto no se esfuerzan en crecer y madurar esa fe.  Viven una religión de ritos externos; pensando que ser cristianos es simplemente no hacer lo que la religión nos prohíbe.  Muchas veces las prácticas religiosas se reducen a magia y supersticiones: asistir a misa en Navidad, año nuevo, miércoles de ceniza, o “cuando nos nace” y ya con eso es suficiente para todo el año.

Con mucha frecuencia se celebra el bautismo con mucha ligereza, por costumbre, por conveniencia social, un motivo más para hacer fiesta o por otras motivaciones de carácter mágico.  Cuantos papás hay también que dejan a sus niños muchísimo tiempo sin bautizar, sin hacerlos hijos de Dios.  

Tomemos, pues conciencia de la importancia del sacramento del bautismo, porque por el bautismo nos convertimos en Hijos de Dios, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo y no olvidemos que el bautismo es la puerta necesaria para recibir los demás sacramentos.  No olvidemos que por el simple hecho de estar bautizados no nos convertimos en cristianos, seremos auténticos cristianos, en la medida que hagamos realidad en nuestra vida los compromisos adquiridos en el bautismo.

Pidamos a Dios en esta Eucaristía que el Espíritu que se nos dio en el bautismo nos de la fuerza necesaria para continuar con la misión de Jesús y gozar un día de su mismo destino.

martes, 7 de enero de 2020

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO A)
El lunes celebrábamos la fiesta de la Epifanía, es decir, la Manifestación del Señor a todos los pueblos de la tierra.  Y hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor que es la manifestación de Dios que proclama a Jesús como su Hijo amado, que vino al mundo con la misión de salvar y liberar a los hombres. 
 
La 1ª lectura, del profeta Isaías nos decía: “La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará”. 
 
La caña cascada ya no sirve para nada, le falta consistencia. Mejor es tirarla, terminar de quebrarla, hacerla astillas para el fuego. Y la mecha que humea da poca luz, apenas si alumbra. También dan ganas de apagarla de una vez y encender otra luz más fuerte y segura.  Así pensamos los hombres.
 
Tenemos poca paciencia los unos con los otros.  Nos aguantamos con dificultad, nos echamos en cara los defectos, prescindimos rápidamente de los que nos estorban, eliminamos a los que no rinden.  Dios no actúa así, Dios sabe esperar, Dios tiene una gran paciencia. Y al débil lo anima para que siga caminando, al que está triste le infunde la esperanza de una eterna alegría, y al que lucha y se afana le promete una victoria final, una victoria definitiva.
 
La 2ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos dice que Jesús “pasó por el mundo haciendo el bien” y liberando a todos los que vivían oprimidos. Nosotros también debemos pasar por el mundo haciendo el bien.  Como bautizados debemos dar testimonio con gestos concretos de la bondad, la misericordia, el perdón y el amor de Dios por los hombres.  Hemos de comprometernos a liberar a los oprimidos por el demonio del egoísmo, de la injusticia, de la explotación, de la soledad, de la enfermedad, del analfabetismo, del sufrimiento.
 
También nos decía hoy la 2ª lectura que “Dios no hace acepción de personas”.  Por ello, nosotros hemos de aceptar a todos las personas, hemos de reconocer la igualdad y la dignidad de todo ser humano.  No podemos, ni debemos discriminar a nadie por su color, raza, sexo, etc.
 
El Evangelio de san Mateo nos ha narrado el bautismo de Jesús en el río Jordán por Juan el Bautista.  El bautismo de Jesús marcó el comienzo de su actividad pública como Mesías de Dios.
 
El bautismo de Juan el Bautista era un signo de muerte y de vida nueva: los que lo recibían se sumergían bajo el agua para indicar que allí quedaba sepultada todas sus injusticias y pecados que habían cometido, indicando con ello que daban muerte al estilo de vida que habían llevado hasta entonces.  La salida del agua era el signo de un compromiso: no volver a comportarse como antes, sino tratar de poner en práctica la justicia de Dios.
 
Jesús pide el Bautismo de Juan, pero Él estaba totalmente limpio y no tenía nada de qué arrepentirse, por eso Juan el Bautista se resistía a bautizarlo.  Jesús no era cómplice ni mucho menos culpable de ninguna injusticia, ni tenía ningún pecado.
 
Jesús se bautizó porque quiso ser solidario con los pecadores.  Quiso mezclarse con los pecadores, quiso ponerse al lado de la gente de mal vivir.  Toda la vida del Señor fue buscar a los pecadores para salvarlos, para que cambiaran de vida y construyeran una sociedad en la que nadie tuviera que robar, matar ni cometer injusticias, una sociedad donde nadie quedara excluido.
 
Otra razón por la cual Jesús se bautizó fue para comprometerse a morir por la humanidad.  Jesús no tenía que morir a ninguna injusticia, su bautismo fue el anuncio de la muerte que estaba dispuesto a sufrir.  Al bautizarse Jesús se está comprometiendo a cumplir todo lo que Dios quiere, es decir, a luchar por una humanidad nueva que viva la fraternidad y la solidaridad.
 
El bautismo de Jesús nos invita a pensar hoy en nuestro bautismo.  Muchos ven el bautismo como una fiesta social, o como un pretexto para una fiesta familiar.  Otros lo ven como un requisito, pero el bautismo no es un pasaporte a la eternidad.  El bautismo es un regalo de Dios y un compromiso personal de vivir al estilo de Jesús. 
 
El bautismo nos tiene que llevar a renunciar al pecado, al egoísmo y a la cultura de la muerte, y al compromiso de creer firmemente en Dios.  Por el bautismo formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo y nos hacemos templos del Espíritu Santo.
 
Hoy, algunas personas piden el bautismo para sus hijos pero sin someterse a ninguna reflexión sobre la responsabilidad de educar en la fe a esos hijos, sin aceptar, por tanto, ninguna preparación, o haciéndolo a regañadientes.
 
El bautismo no es un rito mágico. El bautismo ha de partir de la fe, porque nos hace Hijos de Dios y nos hace formar parte de una gran familia.
 
Preguntémonos hoy: ¿Qué sentido le hemos dado a nuestro bautismo? ¿Cómo estoy viviendo mi dignidad de Hijo de Dios? ¿Cómo estoy viviendo mis compromisos bautismales?