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lunes, 29 de diciembre de 2025

 

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (CICLO A)



¡Feliz año nuevo! Queridos hermanos: ¡Feliz año nuevo! Que el amor de Dios llene vuestros corazones y derrame sobre vosotros su paz.

El año viejo se ha terminado.  Dejemos atrás lo que ya no tiene remedio.  Dios, que es ante todo Padre, nos da una nueva oportunidad.  Dios, pone por delante de nosotros 12 meses, que son como 12 oportunidades, para intentar de nuevo sacar adelante todas nuestras asignaturas pendientes.  Aprovechemos esta oportunidad que Dios nos da para empezar bien el año 2026.

Tenemos que hacer que en este año 2026 cada persona, desde su lugar, y todos unidos, mejoremos en nuestras relaciones sociales, políticas, eclesiales y familiares.  Esforcémonos por eliminar de nuestra vida las divisiones tanto de grupos como de personas.  No caigamos en los insultos y amenazas, en las descalificaciones de unos contra otros; no difundamos verdades a medias o medias mentiras.  Que sepamos escuchar mejor las razones de los demás, que defendamos nuestras ideas con argumentos y no con prejuicios; busquemos la convivencia y no la intransigencia; la reconciliación y no la agresividad; seamos críticos con los demás, pero también con nosotros mismos cuando sea necesario.

Hagamos del año 2026 un año reconciliador, en el cual “las voluntades se dispongan a la reconciliación, los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano los pueblos busquen la unión, que las luchas se apacigüen y crezca el deseo de la paz; que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza”.

Este es un día también para dar gracias a Dios. Gracias por todo lo que hemos vivido en este año que terminamos, gracias por lo que viviremos en el año que comienza, gracias por todo lo nuevo que aparece en nuestra vida. Le pedimos a Dios que todos los buenos deseos que tenemos y que nos decimos en el Nuevo Año sepamos hacerlos realidad. Hagamos el propósito de favorecer todo lo que ayude a que haya más felicidad para todos, amigos y desconocidos. Hagamos nuestro los deseos de la bendición de la primera lectura: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz”.

Por eso comenzamos el año con una bendición.  Una bendición que proviene de Dios.  La bendición incluye la protección y la presencia de Dios en nuestras vidas.

Pero este día celebramos también la solemnidad de Santa María, Madre de Dios.  Es la fiesta de la madre de Jesús, de nuestra madre. Fiesta que habla, desde el corazón de la madre, de hijos y de fraternidad.  Porque es deseo de una madre ver a sus hijos vivir unidos en el amor con que a todos ellos los trajo a la vida. Y cuando el amor fraterno se rompe, el corazón de la madre queda herido. Un corazón, el de María, que sabía conservar todas las cosas que los sencillos decían de su Hijo, y que ella meditaba en su corazón. 

En esta mujer, María, se encarnó Jesús en la historia, “nacido de una mujer”. La mujer en la que es sembrada la vida, está hoy con frecuencia amenazada de muerte. Por el hambre y la pobreza, la destrucción y la miseria en el mundo pobre y excluido. Por la violencia del varón en este mundo que a sí mismo se llama civilizado.

En este día, celebración litúrgica de la Maternidad de María, la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de la Paz, poniendo un bien tan preciado y necesario bajo la protección de la Madre de Dios.



Este domingo es un eco de la fiesta de la Natividad del Señor. Y lo es, además, porque mañana celebraremos la Epifanía.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos ha hablado hoy de cómo la sabiduría en persona canta a sus propias excelencias. 

Antes de manifestarse a los hombres, la sabiduría preexistía ya junto a Dios, se identifica por una parte con la palabra de Dios, presentada en forma de persona, y por otra como una niebla que cubre la tierra, a la manera del espíritu que cubra la superficie del caos al comienzo de la creación.

La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría con mayúsculas; no de la del hombre, sino la de Dios.  Es todo un himno del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.

Nosotros, debemos vivir de acuerdo a la sabiduría divina, es decir, vivir de acuerdo a los valores más fundamentales de la vida, con un comportamiento justo, honrado y humanista; en definitiva eso es vivir con sabiduría.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos hace ver que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo.  Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia.

Dios tiene que ser bendecido por nosotros porque previamente Dios ha derramado sobre la humanidad, toda clase de bendiciones espirituales.

El Evangelio de san Juan, nos dice lo que es Dios, lo que es Jesucristo y lo que es el hecho de la Encarnación con esa expresión tan inaudita: “el Verso se hizo carne y habitó entre nosotros” La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra.

“Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). Toda la historia de la humanidad, reflejada en la historia de Israel, es una historia de salvación. Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más.

Decimos en el Credo: “Por nosotros… se hizo hombre”. Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Él pronuncia el nombre de cada persona y piensa en cada uno al verificar el milagro de amor y generosidad de “plantar su tienda entre nosotros”.

Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, san Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron”

Si Dios hubiera venido como Dios ¿quién no lo hubiera recibido? Si el Mesías se hubiera presentado en plan Mesías, ¿quién lo hubiera despreciado? El problema es que no se le conoció. Sabemos la vida de Jesús. Sabemos que no se pareció en nada al Mesías esperado. Sabemos que resultaba desconcertante: que el mismo Juan Bautista llegó a dudar de él… Problema pues de ceguera. Pero problema también de corazón.  Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y lo escuchan.

Hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje. Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se le sigue.

Con respecto a la Palabra de Dios, los hombres de hoy tenemos mayor responsabilidad que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión. Nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. Y ¡nos es tan fácil escucharlo! 

Nos duele, y lo consideramos una insensatez, que hijos, nietos o sobrinos no quieran escucharnos y aprovechar la riqueza de nuestra ciencia y de nuestra experiencia. ¿Cuál es la gravedad de nuestra insensatez si no nos acercamos a escuchar la Palabra del mismísimo Dios? ¿La escucho de verdad? Un cristiano tiene que ser un “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica”

Jesús no ha venido sólo a ofrecernos asombrosas orientaciones para nuestra vida. Los ángeles no cantan: os ha nacido un legislador, sino “os ha nacido un Salvador, Emmanuel” (Dios con nosotros). Jesús se revela como “la fuerza de nuestra fuerza y la fuerza de nuestra debilidad”.

Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.  Y asegura: “Sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él podemos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.



Celebramos hoy la fiesta de la Epifanía del Señor.  La Epifanía es la segunda fiesta más importante del tiempo de Navidad.  Epifanía significa manifestación.  Hoy el niño Jesús se da a conocer a todas aquellas personas que lo buscan con sincero corazón.

La 1ª lectura del profeta Isaías anuncia la llegada de la Luz salvadora de Dios, que cambiará a Jerusalén y que atraerá a la ciudad de Dios a todos los pueblos de mundo.

El profeta Isaías, nos invita a que levantemos nuestra mirada porque ha surgido una Luz que nos orientará e iluminará. Nos invita también a dejar a un lado la oscuridad del pecado para que dejemos paso a la Luz de la salvación que es Cristo, porque Cristo ha venido para ser “Luz que alumbra a todos los hombres de buena voluntad”.

Cuando en nuestra vida aparezca la oscuridad, la duda, las dificultades y preocupaciones, los sufrimientos y las tristezas, levantemos nuestros ojos al cielo y se nos mostrará la estrella de Jesús que alumbrará nuestro camino con la luz de su paz.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que todos los hombres, son miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa de salvación en Jesucristo.

La salvación es para todos los hombres.  La fe es un regalo y un don de Dios, que el Señor concede a todos los hombres de buena voluntad, sean del país que sea o de la raza que sea.  La fe en Jesús es la luz que nos orienta hacia Dios, al igual que la estrella orientó a los Magos hasta Belén donde estaba Jesús.  Lo importante es que nos dejemos guiar por Jesús, aunque haya momentos difíciles en nuestra vida, hemos de dejarnos guiar por esa luz que es Jesús.

El Evangelio de san Mateo nos ha relatado la adoración de los Magos.  Los Magos representan a todos los hombres y mujeres que buscan a Dios para adorarlo.

Dios nos llama siempre a través de una señal, en el evangelio de hoy es una estrella en la noche, algo que todos pueden ver, pero cuyo significado sólo lo entienden los que buscan sinceramente a Dios.

Todos somos llamados por Dios, pero para encontrarnos con Él, es necesario tener los ojos y el corazón bien abiertos para responder a su llamada.  Los Magos estaban seguros de que Dios los llamaba y por eso salen en su búsqueda.  Han dejado todo: tierra, casa, lo único importante es encontrarse con Dios.

Los Magos representan hoy a todos esos hombres y mujeres que buscan crecer en su fe, que tienen un corazón dispuesto a creer, a confiar, dispuestos a hacer camino; y este camino puede ser muy largo, superando toda clase de obstáculos.

Los Magos ven la estrella.  La estrella es la voz de Dios que nos manifiesta su amor.  Los Magos están abiertos a la llamada de Dios, vigilan, escuchan, buscan.  No son hombres superficiales, distraídos, sino que siguen la estrella. 

Los Magos no son hombres que hayan reducido su vida a vivir lo mejor posible, a aprovecharse, a disfrutar la vida.  Son capaces de dejar su tierra y familia, y ponerse en camino a buscar a Dios.  No están apegados o atados a las cosas, lugares o personas.  Son libres y llenos de esperanza, capaces de dejarlo todo por seguir la llamada.  Siguen la estrella a pesar de las dudas y de las pruebas del camino.

Los Magos no tienen duda, ese niño es el Dios Salvador y se arrodillan y lo adoran y le ofrecen regalos.  Adorar es quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante Dios, admirando su misterio desde nuestra pequeñez.

Le ofrecieron regalos.  Regalar algo es un gesto muy humano, expresa el deseo de ofrecer algo gratis, o mejor, darnos gratuitamente al amigo o a la persona querida o necesitada.  Hoy olvidamos lo que es el verdadero regalo, regalamos como un cumplimiento, o por interés para que nos regalen.

El Evangelio nos dice que le ofrecieron regalos valiosos: oro, incienso y mirra.  Lo valioso es entregar lo mejor que uno tiene, así lo hizo Dios con nosotros, al entregarnos a su Hijo.  No es cuestión de regalos sino de regalarse uno mismo a Dios.

Vieron al niño y se regresaron por otros caminos.  Si nosotros encontramos a Dios también haremos caminos nuevos, diferentes, nuestra vida ha de ser distinta.  Tenemos que tener la capacidad, cuando nos encontramos con Dios, de renovarnos y cambiar.  Dios cambia siempre nuestros planes.  Hay que confiar siempre en los planes de Dios, aunque no se entienda nada.  Creer es aceptar el camino que nos presenta Dios es estar siempre disponible, humildes y confiados.

Ver la estrella y seguirla, compartir, superar las dudas y buscar, cambiar y renovarnos, descubrir a Dios y confiar en Él.  Estas son las actitudes que hemos de aprender de los Magos. 

Pidámosle al Señor que los Magos nos dejen de regalo estas actitudes, para encontrarnos con Dios.

martes, 4 de enero de 2022

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR Y BAUTISMO DEL SEÑOR

EPIFANÍA DEL SEÑOR (CICLO C)

En este día celebramos la Epifanía del Señor. Esa palabra significa “manifestación, aparición”.  La fiesta de la Epifanía del Señor no es otra cosa que la certeza que tenemos los cristianos de que Dios no hace distinción de personas, razas, culturas y pueblos.

Con la fiesta de la Epifanía la Iglesia termina el tiempo de Navidad.  Espero que haya sido un tiempo de abundantes bendiciones y gracias de Dios para todos vosotros.

El profeta Isaías en la 1ª lectura, anuncia la universalidad de la salvación.  Como muchos otros hombres de Dios, el profeta invitó constantemente al pueblo elegido a dejar las actitudes nacionalistas y excluyentes para asumir su vocación de ser instrumento de salvación para todos.

El profeta Isaías nos presenta a Jerusalén como el lugar donde la gloria y la luz de Dios brillan de una manera nueva y diferente.  Para nosotros los cristianos, ésta imagen de Jerusalén es figura de la Iglesia, cuya misión es ser luz para atraer a todos los pueblos de la tierra para su encuentro con Dios y mediante este encuentro, alcanzar la salvación.  Todos debemos ser luz para los demás.  Quienes vivan en las tinieblas, pero deseen vivir en la luz, han de buscar en la Iglesia y encontrar en ella a Cristo, luz de todos los pueblos que quiere que todos los hombres tengamos vida y felicidad.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos dice que todos somos “hijos de Dios” y por lo tanto todos somos destinatarios de la salvación y si somos hijos de Dios, esto quiere decir que somos hermanos y por lo tanto debemos amar sin límites, compartir y ser solidarios unos con otros.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado la adoración de los Magos al niño Jesús.

Los Magos representan a todo nosotros, a todos los laicos, a toda la humanidad que busca una estrella que de sentido a la vida.

Como a los Magos, Dios, nos llama a emprender un viaje, es decir, a salir de nosotros mismos y dejarnos guiar por su luz.  Jesús viene a llenar de luz nuestra vida, a ser el guía de nuestro caminar diario.  Jesús nos guiará hasta el Padre, hasta la luz verdadera que no tiene ocaso, que no tiene fin.

Los Magos vieron una estrella y la siguieron.  Ellos dejaron su casa, su tierra, sus quehaceres y siguen la estrella.  Nosotros también hemos de dejar muchas cosas atrás para poder seguir a Cristo.

Dios nos llama siempre a través de una señal.  La señal por la cual Dios nos llama sólo la entienden aquellos que buscan a Dios.  La estrella que vieron los Magos todo el mundo la vio pero sólo ellos descubrieron qué significaba.

Todos somos llamados por Dios, pero para encontrar a Dios es necesario estar con los ojos y con el corazón bien abiertos a lo que ocurre a nuestro alrededor, por más insignificante que sea, Dios a través de esos signos nos está hablando y nos está llamando.

Hoy se nos está invitando a ponernos de pie, a no conformarnos con esta vida indiferente, carente de sentido.  Dios nos sigue llamando, sigue esperando que lo encontremos.  Pero primero tendremos que despertar ese deseo de encontrarnos con Él.  Y es aquí donde creo que está el problema: el problema es que hay mucha gente que no busca a Dios, ni quieren encontrarse con Él.

Hemos utilizado a Dios como quien utiliza una medicina, nos acordamos de Él cuando nos duele algo, pero cuando se nos pasa, también pasamos rápidamente de Él. 

Cuando los Magos encuentran al niño, le ofrecen sus regalos, lo mejor que ellos tienen.  Nosotros también tenemos un regalo que ofrecerle al niño Dios, y ese regalo debe ser el mejor regalo que le podamos dar: la fe, nuestra entrega al servicio de Dios, nuestra disponibilidad, nuestra persona, en una palabra, el mejor regalo que le podemos ofrecer al niño Dios es nuestra propia persona.

Y volvieron por otro camino. Si nosotros encontramos a Dios también haremos caminos nuevos, diferentes, nuestra vida ha de ser distinta.

¿Buscamos la  Verdad, buscamos a Dios? ¿Le hemos buscado con sinceridad, con la inteligencia, con el afecto, en un camino largo, en el que ha habido claridad y noche oscura? ¿Le hemos buscado donde Él nos ha dicho que está?

¿Qué cofre abro ante este Dios, qué le entrego y comparto? ¿La sobras de vida o todo mi ser?

Dejémonos guiar por la estrella de Belén y si así lo hacemos, podemos estar seguros que no nos perderemos en la vida, sino que iremos por caminos seguros.

Dios quiere manifestarse a nosotros, y hoy una vez más nos llama, quiere que lo busquemos y que seamos también señal para otros que lo buscan.

BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO C)

El jueves celebrábamos la fiesta de la Epifanía, la manifestación de la salvación de Dios que es ofrecida a todos los hombres en Jesús-niño.  Hoy celebramos de nuevo la manifestación de la salvación de Dios que ahora se nos presenta en Jesús-adulto. 

Con la fiesta del Bautismo de Jesús termina el ciclo de la Navidad y comienza la primera parte del tiempo ordinario que nos llevará hasta el miércoles de ceniza.

Con el Bautismo de Jesús comienza su vida pública.  El Señor no tenía que ser bautizado porque nunca tuvo pecado. Se bautizó por la misma razón que cumplió con algunas otras leyes judías que tampoco tenía la obligación de cumplir. Vino a este mundo como hombre y quiso sujetarse a las leyes de Moisés, como lo hacían todos los judíos, pero nada de esto le obligaba. Todas estas leyes eran las que regían al pueblo Israelita, el pueblo que Dios eligió para preparar la venida del Señor. Y Jesús cumplió con ellas para darnos un ejemplo de cómo debemos actuar nosotros, de cómo debemos cumplir con los mandamientos de nuestra fe.

Hoy, que celebramos el bautismo de Jesús, debemos pensar también en nuestro propio bautismo.  “No todos los bautizados son cristianos”. Esta frase que parece un poco contradictoria es una gran denuncia de la situación de nuestras prácticas sacramentales. Parece contradictoria pues cualquier bautizado es hijo de Dios y, por tanto, cristiano; pero, al mismo tiempo, es una denuncia, porque es cierto que muchos bautizados dejan mucho que desear en su seguimiento de Cristo, aunque todos podríamos ser un poco mejores cristianos.  

El bautismo, como cualquier sacramento, no es automático, no funciona por sí solo, sino que necesita la colaboración de la persona que lo recibe. El sacramento es un encuentro entre Dios y el ser humano. Dios pone su parte: la Gracia, que quita el pecado original y nos hace hijos de Dios y la persona responde con el seguimiento; si falta la respuesta no se produce el encuentro.

Pertenecer a la Iglesia por medio del bautismo no significa nada en sí mismo, si no va acompañado de la correspondiente respuesta de la persona que recibe ese sacramento: hay que amar a Dios con la práctica de una vida cristiana, de una vida de sacramentos, de una vida de amor al prójimo.

Por desgracia, muchas personas, quizás influenciados por amigos poco Católicos o simplemente porque ignoran la importancia de este sacramento para los niños, no llevan a sus hijos e hijas a bautizar en los primeros días después de su nacimiento. Llevan a sus hijos a bautizar pensando más en la fiesta, el convite o en la ropa en vez de pensar en el sacramento en sí. Lo convierten en un acto social. Llevan al niño a la iglesia a bautizar pensando que, cómo somos Católicos, tiene que ser bautizado. No piensan en las responsabilidades que trae este sacramento para los padres y padrinos. Da verdadera pena ver algunos bautismos en los que hay tan poca fe alrededor.

El bautismo es el comienzo de nuestra misión profética. Desde el mismo momento en que se recibe este sacramento, el bautizado ya está comprometido a vivir una vida santa. Sus padres se comprometen a dar testimonio de su fe a su hijo para que, con los años, se convierta en un buen cristiano, evangelizando como lo hicieron los primeros cristianos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Al ser bautizados como hijos e hijas de Dios adquirimos la más alta dignidad. En el momento del bautismo, por la gracia del Espíritu Santo, inmediatamente se produce el milagro de un nuevo nacimiento. El agua bautismal es signo de la muerte al pecado y del renacimiento espiritual a la vida eterna con Cristo.

Los padres y padrinos deben tener en cuenta que han recibido un mandato de Cristo. Desde el momento que llevan sus hijos a bautizar deben enseñarlos a vivir una vida sin mancha, a evangelizar con su propio ejemplo y a amar a los demás.

El bautizado debe ser portador de esperanza en medio de nuestro mundo y de nuestra Iglesia. Debemos tener deseos de Dios expresándolo con un testimonio de vida, lleno de amor y de convicción. Vemos cómo falta esperanza, vemos cómo las cosas de este mundo empequeñecen nuestro corazón, vemos cómo el desánimo se apodera de nuestras comunidades cristianas y de los grupos. ¡Contagiemos la alegría y la serenidad! ¡Tenemos una fuerza interior única! Nuestro tesoro es Jesús y su gracia. ¡Somostemplos del Espíritu Santo!

¡Despertémonos! Tenemos por delante todo un año para descubrir que Dios, está verdaderamente con nosotros animándonos, sosteniéndonos, dirigiendo nuestros pasos hacia la plenitud. Él es la fuerza y la vida. Levantemos el corazón y vayamos confiados a Jesús. Él espera nuestra respuesta. Dispongámonos a seguirlo con fidelidad.

lunes, 28 de diciembre de 2020

 

EPIFANIA DEL SEÑOR

Estamos celebrando la fiesta de la Epifanía o manifestación del Señor a todos los hombres y a todos los pueblos de la tierra, representados por estos tres personajes misteriosos que son los Magos.

Los Magos representan a la humanidad y, por tanto, cualquier pueblo, cualquier hombre o mujer de buena voluntad, que busque sinceramente el bien, la justicia y la paz puede verse representado en ellos. Son todos los que buscan la verdad y el amor, los que guiados por ese anhelo, como si fuera una estrella, encontraremos a Jesús y le podremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos, porque reconocemos en Él al mismo Dios hecho hombre.

Celebrar la Epifanía significa que la Iglesia tiene una dimensión universal, que toda la humanidad, que toda la familia humana es sujeto de la salvación de Dios.  Todos los hombres de buena voluntad, estamos llamados a la salvación.

Al principio de su búsqueda, estos Magos siguen la estrella buscando algo, pero más tarde se dan cuenta que no es algo lo que busca sino a alguien y ese alguien es Jesús.  Y vemos como estos sabios, investigadores del universo, terminan de rodillas ante el Niño Jesús adorándolo.

Adorar a Dios es reconocer el misterio de amor que nos supera, nos envuelve y se nos da gratis, es valorar el don recibido de la fe y sentirse agradecidos con Dios.

Ante un Dios del que no sólo sabemos sino que diariamente lo experimentamos como amor, no cabe otra cosa más que adorarlo y darle gracias.  Por eso, cuando en nuestra vida experimentemos problemas y las tinieblas se apoderen de nosotros; cuando ni siquiera sintamos deseos por hacer oración, ni por estar en la presencia del Señor, levantemos nuestras cabezas hacia el cielo, pues por encima de lo que somos, de lo que nos suceda o hacemos, está el amor de Dios que nos da fortaleza y nos da esperanza para vivir en positivo: siempre habrá una estrella, una señal de Dios que nos guía hacia la felicidad, hacia el bien, y aunque a veces, se nos oculte esa estrella, esa señal de Dios, siempre volverá de nuevo a aparecer en nuestra vida para guiarnos y conducirnos a la felicidad verdadera.

Los magos nos enseñan a buscar, a no estancarnos en lo que conocemos o en lo que vivimos, nos enseñan a buscar esa estrella capaz de iluminar y guiar nuestra vida.  Y esto nos hace preguntarnos a nosotros si realmente buscamos las respuestas a la vida dejándonos iluminar y guiar por Dios, o nos conformamos con las que otros nos dan.

Los magos nos enseñan a ir al encuentro del Señor no como simples espectadores sino cargados con nuestros regalos: el oro, el incienso y la mirra representan lo más valioso que tenemos, es decir, nosotros mismos.  Nosotros mismos debemos ser el mejor regalo que le ofrezcamos al Niño Dios.

El hombre, como los Magos debe ser un buscador de Dios, un peregrino al encuentro de Dios.  Ante Jesús no podemos permanecer indiferentes: o lo aceptamos o lo rechazamos

¡Qué gran lección nos dan los Magos!  Ellos no quieren darle la espalda a Dios.  Nosotros queremos, muchas veces, un Dios a nuestro capricho, a nuestro servicio y antojo.  Pero, somos nosotros los que debemos ir hasta Dios, somos nosotros los que debemos trabajar por nuestra Iglesia, somos nosotros los que debemos buscar y adorar a Dios.

Hemos de buscar a Dios para ofrecerle el oro de nuestra vida, una vida que debe ser una entrega diaria al señor, una vida renovada por la gracia; el incienso del testimonio de nuestra fe, de nuestra oración y nuestro compromiso evangelizador y la mirra del sacrificio, de la aceptación paciente de trabajos, sufrimientos y dificultades en nuestra vida y de la valentía cristiana.

En el evangelio, aparece también la figura de Herodes. Herodes representa al hombre que no quiere estar en gracia, que no le interesa la Palabra de Dios. Tenemos que darnos cuenta que hay muchos “Herodes” en nuestra vida, esos “Herodes” que son los falsos dioses.  Existe la idolatría de quien rechaza a Dios para servir a los ídolos.  Pero la idolatría peor es aquella de quien habiendo encontrado a Dios, convive con ídolos y no adora al único y verdadero Dios.  

Siempre existe el riesgo de perder la fe por la superficialidad, el cansancio en la búsqueda, la comodidad, la vanidad o por llenar nuestro corazón con los dioses del poder, del tener y del placer.

Los Magos, al ver la estrella se pusieron en camino.  Nosotros también tenemos que ponernos en camino.  Ponerse en camino puede significar hoy para nosotros, recuperar el interés por nuestra fe, buscar nuestra formación, la participación asidua en los sacramentos y en la vida de la comunidad.

En esta eucaristía presentemos al Señor nuestras vidas como el mejor regalo que podemos ofrecerle, para que Él la transforme y nos haga testigos de su presencia en el mundo.

jueves, 2 de enero de 2020

HOMILÍAS PARA EL II DOMINGO DE NAVIDAD Y PARA LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
II DOMINGO DE NAVIDAD (CICLO A)
 
Este domingo es un eco de la fiesta de la Natividad del Señor. Y lo es, además, porque mañana celebraremos la Epifanía.
 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos ha hablado hoy de cómo la sabiduría en persona canta a sus propias excelencias. 
 
Antes de manifestarse a los hombres, la sabiduría preexistía ya junto a Dios, se identifica por una parte con la palabra de Dios, presentada en forma de persona, y por otra como una niebla que cubre la tierra, a la manera del espíritu que cubra la superficie del caos al comienzo de la creación.
 
La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría con mayúsculas; no de la del hombre, sino la de Dios.  Es todo un himno del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.
 
Nosotros, debemos vivir de acuerdo a la sabiduría divina, es decir, vivir de acuerdo a los valores más fundamentales de la vida, con un comportamiento justo, honrado y humanista; en definitiva eso es vivir con sabiduría.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos hace ver que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo.  Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia.
 
Dios tiene que ser bendecido por nosotros porque previamente Dios ha derramado sobre la humanidad, toda clase de bendiciones espirituales.
 
El Evangelio de san Juan, nos dice lo que es Dios, lo que es Jesucristo y lo que es el hecho de la Encarnación con esa expresión tan inaudita: “el Verso se hizo carne y habitó entre nosotros” La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra.
 
“Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). Toda la historia de la humanidad, reflejada en la historia de Israel, es una historia de salvación. Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más.
 
Decimos en el Credo: “Por nosotros… se hizo hombre”. Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Él pronuncia el nombre de cada persona y piensa en cada uno al verificar el milagro de amor y generosidad de “plantar su tienda entre nosotros”.
 
Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, san Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron”
 
Si Dios hubiera venido como Dios ¿quién no lo hubiera recibido? Si el Mesías se hubiera presentado en plan Mesías, ¿quién lo hubiera despreciado? El problema es que no se le conoció. Sabemos la vida de Jesús. Sabemos que no se pareció en nada al Mesías esperado. Sabemos que resultaba desconcertante: que el mismo Juan Bautista llegó a dudar de él… Problema pues de ceguera. Pero problema también de corazón.  Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y lo escuchan.
 
Hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje. Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se le sigue.
 
Con respecto a la Palabra de Dios, los hombres de hoy tenemos mayor responsabilidad que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión. Nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. Y ¡nos es tan fácil escucharlo! 
 
Nos duele, y lo consideramos una insensatez, que hijos, nietos o sobrinos no quieran escucharnos y aprovechar la riqueza de nuestra ciencia y de nuestra experiencia. ¿Cuál es la gravedad de nuestra insensatez si no nos acercamos a escuchar la Palabra del mismísimo Dios? ¿La escucho de verdad? Un cristiano tiene que ser un “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica”
 
Jesús no ha venido sólo a ofrecernos asombrosas orientaciones para nuestra vida. Los ángeles no cantan: os ha nacido un legislador, sino “os ha nacido un Salvador, Emmanuel” (Dios con nosotros). Jesús se revela como “la fuerza de nuestra fuerza y la fuerza de nuestra debilidad”.
 
Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.  Y asegura: “Sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él podemos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.
 
LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
Estamos celebrando hoy la fiesta de la Epifanía del Señor, la manifestación de Jesús al mundo.
 

Ya desde muy antiguo, el pueblo de Israel ha esperado el nacimiento del Mesías.  La 1ª lectura, del profeta Isaías nos habla de ese Mesías que tenía que venir.  El pueblo vive en la esperanza de que nazca un día ese Salvador esperado, y esa esperanza se ha hecho ya realidad.   Eso es lo que nos presenta el evangelio de hoy: los paganos, los pueblos que no creían o no conocían a Dios, se ponen en camino hacia Cristo.  Hay 2 posturas ante Cristo que viene: la indiferencia, el miedo, la sospecha, y la otra postura: la búsqueda y la adoración.
 
Existe, pues, la postura de apartarse de Dios o de comprometerse con Dios.  Los magos son esas personas que buscan a Dios, que lo dejan todo y se ponen en movimiento a buscar al Niño que ha nacido, a buscar al Mesías, al Salvador.
 
La fiesta de la Epifanía o de los santos Reyes tiene un profundo significado muy actual y necesario para nuestra vida de cristianos.  Jesús se manifiesta como luz para todas las naciones.  Cristo no ha venido sólo para salvar a un pueblo, sino que se ha hecho hombre para salvar a todos los pueblos de la tierra, a toda la humanidad.
 
La estrella que guía a los magos busca iluminar a todos los pueblos y naciones para que seamos una sola familia.   Constantemente se ha afirmado que el mundo ahora ya no son naciones separadas, sino que es como una gran aldea donde todos participan de la misma suerte, de las mismas noticias y viven los mismos acontecimientos. Pero, si bien es cierto que los medios de comunicación y comercialización han reducido el mundo a una aldea, también es cierto que las fronteras se hacen cada vez más duras, las discriminaciones más absurdas y los individualismos más obstinados.
 
La fiesta de la Epifanía nos invita a abrir nuestra manera de ver el mundo y creer que es posible construir un mundo donde todos vivamos como hermanos.  Donde a nadie veamos como un adversario, sino como un hermano con el cual podemos compartir todo lo que somos y hacemos.  Cristo viene a hacer posible esos nuevos lazos de hermandad entre todos los hombres.
 
La estrella de oriente hizo levantar a los magos de su comodidad y lanzarse a descubrir a Cristo, el nuevo Rey. Esa misma estrella causa terror e irritación a Herodes que siente que sus intereses se ven amenazados. Hoy sucede lo mismo, al escuchar la Palabra de Dios surgen en nosotros deseos por construir un mundo nuevo; pero a la vez hay personas que al escuchar la Palabra de Dios se sienten ofendidos porque ven amenazados sus intereses y su poder.
 
Sin embargo la luz de Cristo sigue brillando para nosotros y para nuestro tiempo.  Toda persona que busca a Jesús y se encuentra con el Niño Dios sabe que Jesús es su salvador y liberador y que nos invita a toda la humanidad a formar una sola familia.
 
Contemplar y seguir la estrella de Belén tendría que hacer que todos nosotros dejáramos atrás el individualismo, ya que si Dios no hace distinción de personas, tampoco nosotros deberíamos de hacerlas.  Hemos de hacer realidad aquello de que “todo hombre, todo ser humano, es mi hermano”.  No existe razón alguna para despreciar a nadie, ni por su raza, ni por su lengua, ni por su religión, ni por su particular cultura, ni por su condición social, ni por ninguna razón. Si Cristo se hace carne humana, si participa de la suerte de todo hombre ¿por qué nosotros vamos a vivir la discriminación y las distinciones absurdas?
 
La estrella de Belén nos ofrece una nueva luz y una nueva propuesta para nuestro mundo herido de gravedad por el individualismo, la injusticia y las divisiones. También hoy, se dirige a la familia humana profundamente marcada por una grave crisis económica y moral, y por las dolorosas heridas de guerras y conflictos y nos invita como hizo con los magos diciéndonos: “Id a Belén”. Si hacemos caso a esta estrella, allí encontraremos a Cristo, nuestra esperanza. Allí encontraremos razones para levantarnos de nuestras caídas y desencuentros, allí fortaleceremos nuestros ideales y nuestras luchas. Contemplar a Cristo, que no dudó en tomar carne para hacerse uno de nosotros, nos animará a descubrir los lazos que unen a toda la humanidad: todos somos hijos de Dios. Nuestro padre es un Dios para todos sin distinciones ni discriminaciones.
 
Día de Epifanía es día para despertar los mejores ideales tanto individuales como colectivos. Es descubrir esa luz que vence a la oscuridad, es reconocer que el cielo está siempre abierto y que hay estrellas para guiar nuestros pasos, que hay ángeles humanos a nuestro lado, que podemos hacernos tiernos como niños, que el mundo puede ser nuevo y que Dios, Padre Bueno, se hace presente en nuestras oscuridades y desconciertos para mostrarnos el rumbo cierto. El día de Epifanía surgen muchas preguntas que deberemos responder con toda sinceridad: ¿Cuáles son mis ideales por los cuáles vale la pena luchar? ¿Cómo estoy abriendo mi corazón a todos los hombres? ¿Cómo lograremos superar las divisiones y los individualismos en que nos ha encerrado este mundo materialista?
 
Nuestro mundo vive alejado de muchas maneras de Dios, pero es necesario que haya una estrella encendida para que aquellos que están en actitud de búsqueda la puedan seguir y encontrar a Cristo.