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lunes, 29 de diciembre de 2025

 

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (CICLO A)



¡Feliz año nuevo! Queridos hermanos: ¡Feliz año nuevo! Que el amor de Dios llene vuestros corazones y derrame sobre vosotros su paz.

El año viejo se ha terminado.  Dejemos atrás lo que ya no tiene remedio.  Dios, que es ante todo Padre, nos da una nueva oportunidad.  Dios, pone por delante de nosotros 12 meses, que son como 12 oportunidades, para intentar de nuevo sacar adelante todas nuestras asignaturas pendientes.  Aprovechemos esta oportunidad que Dios nos da para empezar bien el año 2026.

Tenemos que hacer que en este año 2026 cada persona, desde su lugar, y todos unidos, mejoremos en nuestras relaciones sociales, políticas, eclesiales y familiares.  Esforcémonos por eliminar de nuestra vida las divisiones tanto de grupos como de personas.  No caigamos en los insultos y amenazas, en las descalificaciones de unos contra otros; no difundamos verdades a medias o medias mentiras.  Que sepamos escuchar mejor las razones de los demás, que defendamos nuestras ideas con argumentos y no con prejuicios; busquemos la convivencia y no la intransigencia; la reconciliación y no la agresividad; seamos críticos con los demás, pero también con nosotros mismos cuando sea necesario.

Hagamos del año 2026 un año reconciliador, en el cual “las voluntades se dispongan a la reconciliación, los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano los pueblos busquen la unión, que las luchas se apacigüen y crezca el deseo de la paz; que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza”.

Este es un día también para dar gracias a Dios. Gracias por todo lo que hemos vivido en este año que terminamos, gracias por lo que viviremos en el año que comienza, gracias por todo lo nuevo que aparece en nuestra vida. Le pedimos a Dios que todos los buenos deseos que tenemos y que nos decimos en el Nuevo Año sepamos hacerlos realidad. Hagamos el propósito de favorecer todo lo que ayude a que haya más felicidad para todos, amigos y desconocidos. Hagamos nuestro los deseos de la bendición de la primera lectura: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz”.

Por eso comenzamos el año con una bendición.  Una bendición que proviene de Dios.  La bendición incluye la protección y la presencia de Dios en nuestras vidas.

Pero este día celebramos también la solemnidad de Santa María, Madre de Dios.  Es la fiesta de la madre de Jesús, de nuestra madre. Fiesta que habla, desde el corazón de la madre, de hijos y de fraternidad.  Porque es deseo de una madre ver a sus hijos vivir unidos en el amor con que a todos ellos los trajo a la vida. Y cuando el amor fraterno se rompe, el corazón de la madre queda herido. Un corazón, el de María, que sabía conservar todas las cosas que los sencillos decían de su Hijo, y que ella meditaba en su corazón. 

En esta mujer, María, se encarnó Jesús en la historia, “nacido de una mujer”. La mujer en la que es sembrada la vida, está hoy con frecuencia amenazada de muerte. Por el hambre y la pobreza, la destrucción y la miseria en el mundo pobre y excluido. Por la violencia del varón en este mundo que a sí mismo se llama civilizado.

En este día, celebración litúrgica de la Maternidad de María, la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de la Paz, poniendo un bien tan preciado y necesario bajo la protección de la Madre de Dios.



Este domingo es un eco de la fiesta de la Natividad del Señor. Y lo es, además, porque mañana celebraremos la Epifanía.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos ha hablado hoy de cómo la sabiduría en persona canta a sus propias excelencias. 

Antes de manifestarse a los hombres, la sabiduría preexistía ya junto a Dios, se identifica por una parte con la palabra de Dios, presentada en forma de persona, y por otra como una niebla que cubre la tierra, a la manera del espíritu que cubra la superficie del caos al comienzo de la creación.

La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría con mayúsculas; no de la del hombre, sino la de Dios.  Es todo un himno del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.

Nosotros, debemos vivir de acuerdo a la sabiduría divina, es decir, vivir de acuerdo a los valores más fundamentales de la vida, con un comportamiento justo, honrado y humanista; en definitiva eso es vivir con sabiduría.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos hace ver que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo.  Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia.

Dios tiene que ser bendecido por nosotros porque previamente Dios ha derramado sobre la humanidad, toda clase de bendiciones espirituales.

El Evangelio de san Juan, nos dice lo que es Dios, lo que es Jesucristo y lo que es el hecho de la Encarnación con esa expresión tan inaudita: “el Verso se hizo carne y habitó entre nosotros” La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra.

“Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). Toda la historia de la humanidad, reflejada en la historia de Israel, es una historia de salvación. Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más.

Decimos en el Credo: “Por nosotros… se hizo hombre”. Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Él pronuncia el nombre de cada persona y piensa en cada uno al verificar el milagro de amor y generosidad de “plantar su tienda entre nosotros”.

Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, san Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron”

Si Dios hubiera venido como Dios ¿quién no lo hubiera recibido? Si el Mesías se hubiera presentado en plan Mesías, ¿quién lo hubiera despreciado? El problema es que no se le conoció. Sabemos la vida de Jesús. Sabemos que no se pareció en nada al Mesías esperado. Sabemos que resultaba desconcertante: que el mismo Juan Bautista llegó a dudar de él… Problema pues de ceguera. Pero problema también de corazón.  Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y lo escuchan.

Hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje. Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se le sigue.

Con respecto a la Palabra de Dios, los hombres de hoy tenemos mayor responsabilidad que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión. Nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. Y ¡nos es tan fácil escucharlo! 

Nos duele, y lo consideramos una insensatez, que hijos, nietos o sobrinos no quieran escucharnos y aprovechar la riqueza de nuestra ciencia y de nuestra experiencia. ¿Cuál es la gravedad de nuestra insensatez si no nos acercamos a escuchar la Palabra del mismísimo Dios? ¿La escucho de verdad? Un cristiano tiene que ser un “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica”

Jesús no ha venido sólo a ofrecernos asombrosas orientaciones para nuestra vida. Los ángeles no cantan: os ha nacido un legislador, sino “os ha nacido un Salvador, Emmanuel” (Dios con nosotros). Jesús se revela como “la fuerza de nuestra fuerza y la fuerza de nuestra debilidad”.

Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.  Y asegura: “Sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él podemos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.



Celebramos hoy la fiesta de la Epifanía del Señor.  La Epifanía es la segunda fiesta más importante del tiempo de Navidad.  Epifanía significa manifestación.  Hoy el niño Jesús se da a conocer a todas aquellas personas que lo buscan con sincero corazón.

La 1ª lectura del profeta Isaías anuncia la llegada de la Luz salvadora de Dios, que cambiará a Jerusalén y que atraerá a la ciudad de Dios a todos los pueblos de mundo.

El profeta Isaías, nos invita a que levantemos nuestra mirada porque ha surgido una Luz que nos orientará e iluminará. Nos invita también a dejar a un lado la oscuridad del pecado para que dejemos paso a la Luz de la salvación que es Cristo, porque Cristo ha venido para ser “Luz que alumbra a todos los hombres de buena voluntad”.

Cuando en nuestra vida aparezca la oscuridad, la duda, las dificultades y preocupaciones, los sufrimientos y las tristezas, levantemos nuestros ojos al cielo y se nos mostrará la estrella de Jesús que alumbrará nuestro camino con la luz de su paz.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que todos los hombres, son miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa de salvación en Jesucristo.

La salvación es para todos los hombres.  La fe es un regalo y un don de Dios, que el Señor concede a todos los hombres de buena voluntad, sean del país que sea o de la raza que sea.  La fe en Jesús es la luz que nos orienta hacia Dios, al igual que la estrella orientó a los Magos hasta Belén donde estaba Jesús.  Lo importante es que nos dejemos guiar por Jesús, aunque haya momentos difíciles en nuestra vida, hemos de dejarnos guiar por esa luz que es Jesús.

El Evangelio de san Mateo nos ha relatado la adoración de los Magos.  Los Magos representan a todos los hombres y mujeres que buscan a Dios para adorarlo.

Dios nos llama siempre a través de una señal, en el evangelio de hoy es una estrella en la noche, algo que todos pueden ver, pero cuyo significado sólo lo entienden los que buscan sinceramente a Dios.

Todos somos llamados por Dios, pero para encontrarnos con Él, es necesario tener los ojos y el corazón bien abiertos para responder a su llamada.  Los Magos estaban seguros de que Dios los llamaba y por eso salen en su búsqueda.  Han dejado todo: tierra, casa, lo único importante es encontrarse con Dios.

Los Magos representan hoy a todos esos hombres y mujeres que buscan crecer en su fe, que tienen un corazón dispuesto a creer, a confiar, dispuestos a hacer camino; y este camino puede ser muy largo, superando toda clase de obstáculos.

Los Magos ven la estrella.  La estrella es la voz de Dios que nos manifiesta su amor.  Los Magos están abiertos a la llamada de Dios, vigilan, escuchan, buscan.  No son hombres superficiales, distraídos, sino que siguen la estrella. 

Los Magos no son hombres que hayan reducido su vida a vivir lo mejor posible, a aprovecharse, a disfrutar la vida.  Son capaces de dejar su tierra y familia, y ponerse en camino a buscar a Dios.  No están apegados o atados a las cosas, lugares o personas.  Son libres y llenos de esperanza, capaces de dejarlo todo por seguir la llamada.  Siguen la estrella a pesar de las dudas y de las pruebas del camino.

Los Magos no tienen duda, ese niño es el Dios Salvador y se arrodillan y lo adoran y le ofrecen regalos.  Adorar es quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante Dios, admirando su misterio desde nuestra pequeñez.

Le ofrecieron regalos.  Regalar algo es un gesto muy humano, expresa el deseo de ofrecer algo gratis, o mejor, darnos gratuitamente al amigo o a la persona querida o necesitada.  Hoy olvidamos lo que es el verdadero regalo, regalamos como un cumplimiento, o por interés para que nos regalen.

El Evangelio nos dice que le ofrecieron regalos valiosos: oro, incienso y mirra.  Lo valioso es entregar lo mejor que uno tiene, así lo hizo Dios con nosotros, al entregarnos a su Hijo.  No es cuestión de regalos sino de regalarse uno mismo a Dios.

Vieron al niño y se regresaron por otros caminos.  Si nosotros encontramos a Dios también haremos caminos nuevos, diferentes, nuestra vida ha de ser distinta.  Tenemos que tener la capacidad, cuando nos encontramos con Dios, de renovarnos y cambiar.  Dios cambia siempre nuestros planes.  Hay que confiar siempre en los planes de Dios, aunque no se entienda nada.  Creer es aceptar el camino que nos presenta Dios es estar siempre disponible, humildes y confiados.

Ver la estrella y seguirla, compartir, superar las dudas y buscar, cambiar y renovarnos, descubrir a Dios y confiar en Él.  Estas son las actitudes que hemos de aprender de los Magos. 

Pidámosle al Señor que los Magos nos dejen de regalo estas actitudes, para encontrarnos con Dios.

lunes, 28 de diciembre de 2020

 

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Este día la Iglesia celebra la solemnidad litúrgica de Santa María, Madre de Dios; pero también es la octava de Navidad y la fiesta de la circuncisión de Jesús, cuando le impusieron su nombre. La liturgia no puede dejar de tener en cuenta que hoy también es el primer día del año civil y la Jornada Mundial de la Paz.

Uno de los principios cardinales sobre los que gira la vida cristiana consiste en que “Dios comienza siempre de nuevo”.  Con Dios todo puede comenzar de nuevo. Hoy también. Ahora también. Por eso es bueno comenzar el año nuevo con voluntad de renovación.  

Hoy también deberíamos de agradecerle a Dios la vida que nos ha concedido y que nos sigue conservando para poder comenzar un año más en nuestra existencia.

Dios nos va a acompañar en nuestro caminar a lo largo de estos 12 meses y nos va a sostener y ayudar en las dificultades y en los obstáculos que podamos tener.  Nos va a dar el ánimo necesario para seguir adelante, para que no caigamos y nos hundamos; nos va a ofrecer su perdón y su reconciliación, nos va a seguir diciendo que nos ama y que desea que seamos inmensamente felices en esta vida y, definitivamente, en la del más allá.  Por ello hemos comenzado el año escuchando una especial bendición de Dios.  La 1ª lectura, del libro de los Número, nos la recordaba esa bendición de Dios y la presencia continua de Dios en el transcurso de nuestros días.

Dios va a ser nuestro compañero de camino y de fatigas a lo largo de todo este año; se va a alegrar con nuestras alegrías; se va a gozar con nuestros éxitos; le va a doler nuestros sufrimientos y va a compartir nuestras preocupaciones.

Pero hoy también al comenzar este año nuevo lo hacemos recordando y celebrando a Santa María, Madre de Dios.

La maternidad había sido siempre considerada como una bendición de Dios hacia la mujer y su marido.  En la época de Jesús, y en muchas sociedades posteriores ha significado la maternidad una bendición de Dios.  Para un cristiano así debe ser también.  Sin embargo, lamentablemente hoy la maternidad es considerada por muchas mujeres como un freno, como una condición negativa que coarta su libertad y su desarrollo humano.  Algunas mujeres ven la maternidad como algo rechazable, en vez de verlo como una bendición de Dios.  María, por el contrario, aceptó ser madre, aceptó libremente llevar a cabo los planes de Dios para salvar a este mundo.

jueves, 26 de diciembre de 2019

HOMILÍAS PARA LA SAGRADA FAMILIA Y SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS. (CICLO A)
 
LA SAGRADA FAMILIA (CICLO A)
 
En este último domingo del año celebramos una fiesta entrañable. En el ambiente de la Navidad tenemos un recuerdo de la familia de Jesús, María y José en Nazaret. No sabemos muchas cosas de su vida. Pero una sí es segura: Jesús quiso nacer y vivir en una familia, quiso experimentar nuestra existencia humana y por añadidura, en una familia pobre, trabajadora, que tendría muchos momentos de paz y serenidad, pero que también supo de estrecheces económicas, de emigración, de persecución y de muerte.
 
La familia es la promotora y educadora de la fe. Sólo se puede aprender y asimilar el verdadero amor de Dios, viviéndolo en comunidad, y la primera y mejor comunidad es la familia. La familia da la verdadera sustancia de la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el inicio de las relaciones interpersonales más cercanas como con los parientes, las amistades y el pequeño grupo; sino que también da el verdadero sentido de la comunidad humana, como en las relaciones sociales, económicas y políticas.
 
Jesús encuentra en José y María el pequeño círculo que lo va haciendo madurar y entender la protección de su Padre Dios. Con ellos aprende las oraciones de todo judío, las tradiciones y las costumbres, que le descubren a un Dios que es fiel a su pueblo. Pero al mismo tiempo queda abierto para la nueva experiencia del amor con los demás, de la universalidad del amor de su Padre Dios y del verdadero culto y adoración al Señor.
 
¿Qué sentido de Dios vivimos en la familia? ¿Hay una verdadera educación y enseñanza del amor de Dios, de la búsqueda de la hermandad y del sentido de nuestras prácticas religiosas? ¿Es nuestra familia una oportunidad de encuentro con Dios?
 
A Jesús se le conoce como “el hijo de José el carpintero”. Como en todos nuestros pueblos y comunidades aprendería desde pequeño el mismo oficio de su padre José, y sabría la forma de irse ganando la vida, confiando en la providencia pero “sudando para llevar el pan a la mesa”. Sin embargo la migración y el cambio de sistema, no favorecen ni la convivencia ni la educación para el trabajo.
 
Los niños y los jóvenes pasan demasiado tiempo ociosos, solos y sin beneficio. O bien, desde muy pequeños son obligados a sostener y aportar a las familias, no en compañía de los padres, sino con riesgos y peligros del trabajo en la calle o en economías informales. El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual.
 
Los salarios, con su raquítico aumento frente a la constante inflación, no permiten una sana educación, una buena alimentación, y un tiempo de eficaz convivencia. Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona ¿Cómo vivir más y mejores momentos de relación entre padres e hijos y aun con la misma pareja? Son fuertes retos que tiene que afrontar toda familia.
 
La educación, el ir creciendo de la mano de los padres, se ha ido perdiendo y va quedando bajo la responsabilidad de la escuela, de la calle y de los medios de comunicación. Y aunque hay quienes aportan y ofrecen medios para hacer madurar la persona, son tan pocos y están tan opacados, que es difícil que lleguen a la mayoría de los niños y los jóvenes, que frecuentemente se ven sometidos a un bombardeo y agresiva oferta de pornografía y permisividad que los ahoga y los induce al alcohol, a la droga y al vida fácil.
 
No se educa para el amor ni para la responsabilidad. No se enseña a tener iniciativas propositivas y planes formativos. No se propicia un ambiente de servicio y de compartir, sino de competencia, individualismo y gozo personal. ¿Qué tendríamos que cambiar para educar mejor a los jóvenes y a los niños?
 
Nos vemos amenazados, además, por graves problemas de secuestros, de trata de menores, de pornografía, de drogadicción y pandillerismo, y optamos por encerrarnos y proteger cuanto podemos a los pequeños, pero apenas se les ofrece libertad, la confunden con libertinaje, con corrupción y ambición.
 
Hoy más que nunca tenemos que buscar caminos que fortalezcan la familia, la pareja, la relación entre los hermanos y la convivencia con los demás. El modelo de la Sagrada Familia aparece como un ideal al que debemos tender: crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. ¿En qué tendremos que poner más atención para mejorar nuestras familias? ¿Buscamos a los hijos como lo hacían María y José?
 
Pidamos hoy a Dios nuestro Padre, Él que nos dio en la Sagrada Familia de su Hijo un modelo perfecto para nuestras familias, que sepamos practicar las virtudes domésticas y estar unidos por los lazos del amor para que podamos ir un día a gozar con la Sagrada Familia de las alegrías eternas.
 
 
SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (CICLO A)
Estamos iniciando un nuevo año civil, el año 2020 y lo hacemos celebrando hoy la fiesta de Santa María, Madre de Dios y la Jornada Mundial de la Paz.
 
 
Hoy primer día de este nuevo año, hoy empezamos a escribir, ya desde este momento, los nuevos renglones de un año más de nuestra existencia. Por eso con el corazón agradecido, levantamos el ánimo y acogemos como nuestra la bendición que nos ofrece el libro de los Números: “Que el Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz” 

 
Hoy, los sacerdotes del antiguo Israel invocaban en la liturgia, sobre todo en el año nuevo, la bendición y la paz de Dios sobre todo el pueblo.
 
Pero nosotros los cristianos tenemos motivos muchos más plenos para alegrarnos y esperar que Dios bendiga nuestro nuevo año, haciendo prosperar la paz en torno nuestro.  La razón es como nos ha dicho hoy S. Pablo: “Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos”.
        
El Hijo de Dios se ha hecho hombre en el seno de la Virgen María, para que nosotros los hombres, seamos hijos adoptivos de Dios.  Por eso podemos decir llenos de confianza: Abba, Padre.
        
Somos hijos de Dios, no esclavos.  Esa es la mejor perspectiva del año que empieza.  A lo largo de sus 12 meses podremos encontrarnos con dificultades de todo tipo.  Podremos caer enfermos, sufrir, etc.  Pero no estamos solos.  ¡Somos hijos!  Pertenecemos a la familia de Dios.  No podemos dejarnos dominar por el pesimismo o la angustia.  Nos ha nacido Jesús, el Dios-con-nosotros que nos salva.   Y Jesús nos ha enseñado que Dios es Todopoderoso y que lo podemos llamar Padre. 
 
El recuerdo de la Virgen María, hace aún más agradable esta buena noticia.  Ella, María de Nazaret, una humilde joven de pueblo, fue elegida de Dios para traer a este mundo al Salvador.  Y hoy, 1 de enero, los cristianos le dedicamos una de las fiestas más solemnes del año, recordando y celebrando su maternidad: Santa María, madre de Dios.
 
Hoy también estamos celebrando la Jornada Mundial de la Paz.  El tema que este año 2020 ha escogido el Papa Francisco es: “La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”.
 
1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas
“Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles”
 
2. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad
“Muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no solo para evitar cometer nuevamente los mismos errores… sino también para que esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras”, sostiene el Papa.
 
3. La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna
Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. “Lo que afirmamos de la paz en el ámbito social vale también en lo político y económico, puesto que la cuestión de la paz impregna todas las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habrá una paz verdadera a menos que seamos capaces de construir un sistema económico más justo”.
 
4. La paz, camino de conversión ecológica
La falta de respeto por la Casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales, hace que necesitemos una conversión ecológica.
 
5. Se alcanza tanto cuanto se espera
“La paz no se logra si no se la espera”, indica el Papa y continúa: “Se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz” La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza.