Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta I Domingo de Cuaresma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta I Domingo de Cuaresma. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de febrero de 2026

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Comenzamos a recorrer el camino cuaresmal, que nos llevará hasta la fiesta de la Pascua, de la muerte y resurrección del Señor.  Para poder celebrar adecuadamente esa fiesta es necesario prepararse, por eso la Palabra de Dios nos invita a la conversión, porque vivimos en un mundo que se nos está tentando continuamente a dejar a Dios de lado, y tenemos que poner a Dios en el centro de nuestra vida, tenemos que escuchar su Palabra y vivir con fidelidad el proyecto de Dios en nuestra vida.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña que desde el principio de la humanidad, el ser humano ha tenido la tentación de alejarse de los caminos de Dios.

Nosotros, los seres humanos, no podemos olvidarnos que Dios es nuestro origen y nuestro destino último.  Somos seres que Dios ha creado por amor, que nos ha dado su propia vida y nos ha regalado la libertad, por eso Dios nunca se impone y respeta siempre nuestras decisiones.  Pero el hombre no puede creerse Dios, éste es el gran pecado del origen de la humanidad y sigue siendo el pecado de hoy: querer ser Dios.

Cuando aceptamos nuestra condición de criaturas de Dios y reconocemos que Dios es nuestro Padre que nos da la vida, que nos ama y que nos enseña el camino para alcanzar la felicidad, nuestra vida se convierte en un “paraíso” donde encontramos vida, armonía, felicidad y realización.

Sin embargo, cuando el hombre le da la espalda a Dios, cuando quiere él convertirse en Dios, cuando quiere competir con Dios y no cumple las reglas de Dios, aparece el mal en la vida del ser humano.  El mal nunca viene de Dios, el mal es el resultado de nuestras decisiones equivocadas, de nuestro orgullo de querer prescindir de Dios en nuestra vida.  No podemos, por tanto, sacar a Dios de nuestras vidas, no podemos desconfiar de Dios y rechazar su autoridad porque las consecuencias serán muy negativas para nuestra vida.

No nos dejemos seducir por la serpiente que representa todo aquello o aquellas personas que nos tientan a que prescindamos de Dios, a dejar a Dios al margen de nuestra vida.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos, nos hace ver cómo Jesús ha cambiado aquella realidad del pecado desde los inicios de la humanidad: Él es el nuevo Adán que ha comenzado una historia nueva de vida y de salvación para todos.

Todos hemos experimentado continuamente la experiencia de ser atraídos por dos polos opuestos.  Diariamente tenemos que decidir si seguimos el camino de Adán o el camino de Cristo, es decir el camino del mal o el camino del bien, el camino del pecado o el camino de la salvación.  Escoger el camino de Cristo nos trae alegría, paz y salvación, escoger el camino de Adán, aunque al principio nos pueda parecer un camino de felicidad, sabemos que todo aquello que hagamos basado en el pecado y el mal no puede traernos, a la larga, nada bueno a nuestra vida.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús que se retira al desierto, busca el silencio, la soledad para encontrarse con su Padre Dios y ahí es tentado.

A nosotros nos molesta la soledad y el silencio, huimos de ellos.  No nos gusta estar solos, en silencio.  El ruido está cada vez más presente en nuestra vida, en nuestros hogares, en nuestros corazones. Con frecuencia sólo hay ruido en nuestra persona.  Cada vez nos resulta más difícil vivir sin ruido.  Jesús busca el silencio, va al desierto.  En el silencio, en la soledad se encuentra con su Padre Dios.

Jesús pasa 40 días en el desierto porque quiere encontrarse con el Padre.  También nosotros en el silencio podemos encontrarnos con la verdad que buscamos en nuestra vida, hacernos preguntas sinceras, encontrarnos con nuestra conciencia que es la voz que nos dice lo que está bien.  En el silencio podemos descubrir que no estamos solos, que Dios está con nosotros.

Y en silencio del desierto, Jesús es tentado: tienes hambre, transforma esas piedras en pan y come.  Tú eres poderoso, utiliza para ti el poder que tienes.  Necesitas hacer algo espectacular, arrójate de lo alto del Tempo.  Si me adoras conseguirás más poder y dominio sobre todos.

Nosotros somos tentados también.  La tentación nos puede llegar incluso en nuestros mejores deseos.  Cuantas veces somos tentados a buscar sólo lo mío pensando que estamos buscando el bien de los demás, a utilizar a las personas cuando creemos que los estamos ayudando.  Buscamos el dinero en los negocios, conseguir un puesto de trabajo con mayor poder, ganar el aprecio social, olvidando a todos.  Cuantas veces no nos hemos preguntado: ¿Por qué tengo que compartir mis bienes con los necesitados? ¿Por qué voy a enfrentarme con los que comenten injusticias? ¿Por qué no me hago más importante?

La cuaresma es tiempo para ver cuáles son nuestras tentaciones, descubrirlas y superarlas.  A eso se le llama conversión.  Si no tratamos de encontrar lo falso de nuestra vida, no tiene sentido la cuaresma.  Convertirnos es cambiar el corazón, ser más humanos, más generosos.  Todos nos equivocamos, pero podemos convertirnos y abrirnos confiadamente a Dios, a un Dios que nos entiende y nos perdona.

Hagamos unos minutos de silencio, aunque sean pocos, pero auténticos, cada día para descubrir nuestras tentaciones y escuchar mejor la voz de Dios y así ver cómo va nuestra vida.

lunes, 3 de marzo de 2025

 

MIÉRCOLES DE CENIZA (CICLO C)


Las Lecturas de este importante día con que la Iglesia da inicio a la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, nos llaman a la conversión, al arrepentimiento y a la humildad… tres cosas que hay que tener en cuenta en este tiempo especial que llamamos Cuaresma, durante el cual debemos prepararnos para la conmemoración de la Pasión y Muerte del Señor y la celebración de su Resurrección triunfante el Domingo de Pascua. 

Al empezar la cuaresma, Jesús en el Evangelio de hoy nos ofrece tres herramientas, tres actividades que son necesarias para renovar y confirmar nuestro seguimiento de Jesús, y expresar la nueva vida que Dios ha hecho nacer en nosotros: la oración, el ayuno y la limosna. Constituye un buen programa para este tiempo. Cada uno de nosotros debiera salir de esta celebración de hoy concretando la práctica de este ejercicio cuaresmal: ¿Cómo y cuándo rezaremos a este Dios estos 40 días? ¿De qué cosas ayunaré este año? ¿Qué gesto de amor haré a favor de mis hermanos, en especial de los más necesitados?

La oración ha de ocupar un lugar preferente en el tiempo de Cuaresma. Una oración permanente y fiel al momento del día que hayamos decidido elegir. Una oración que refuerce nuestros vínculos con Jesús. Una oración que sea un diálogo amoroso con el Señor que consiste en hablarle, en explicarle nuestras cosas, las necesidades de los hermanos, en escucharlo en todo aquello que Él nos dice en el evangelio y en el fondo del corazón. Una oración en la que expresemos cómo lo amamos, y en la que sintamos su amor, su entrega, al contemplarlo clavado en la cruz y glorioso una vez resucitado. Y eso tanto en su persona, como en la de todos los hombres y mujeres de nuestro mundo.

En un mundo como el nuestro, enloquecido por el consumo, la diversión, la evasión, y que nos endurece el corazón ante tanta creciente pobreza y tanto sufrimiento, necesitamos ayunar. No porque nos guste el ayuno por el ayuno, ni porque esperemos acumular muchos méritos ante Dios, sino porque el ayuno nos hace capaces de abrir los ojos y de esponjar el corazón, nos hace más libres para amar y seguir a Jesús. Ayunar de aquello que nos engorda de orgullo, de vicio, de pasiones, de ataduras con las cosas, de ser esclavos de nosotros mismos y nos priva de amar, de llenarnos de Dios y de los demás. Cada uno verá de qué cosas debe ayunar. Y sabemos que no siempre el ayuno deberá ser de comida y bebida. ¿Qué ayuno hará cada uno durante esta Cuaresma para ampliar su capacidad de amar?

La limosna, ha de ser también signo de nuestra sincera conversión cuaresmal, de la autenticidad de nuestra oración, de los frutos de nuestros ayunos. Dar y compartir nuestro dinero, las cosas, el tiempo, nuestras capacidades y cualidades, nuestra persona entera. Tener demasiado hace daño. Nos hace incapaces de andar ligero, nos esclaviza, nos distancia de los demás, nos aprieta el corazón. ¿Qué daré a los demás en esta Cuaresma? ¿Más tiempo a mi familia, mayor delicadeza a mi trato con los demás? ¿Vaciar algo mi bolsillo para llenar el de aquellos que lo tienen vacío? ¿Qué haré para ser más solidario con el mundo pobre y marginado? ¿Con qué grupos puedo colaborar o aportar mi ayuda? Aquello que ahorre con mi ayuno y privaciones cuaresmales, ¿por qué no lo entrego a los necesitados?

El gesto penitencial de la imposición de la ceniza y el acercarnos a la mesa del Señor para recibir la Eucaristía han de ser expresión ante Dios y la comunidad aquí reunida de nuestro firme compromiso de ser fieles al Señor. Han de ser, también, reconocimiento de nuestra debilidad, de nuestra condición pecadora, de nuestras ganas de renovar la vida y la necesidad que todos tenemos de la comunión con Jesús.


En este tiempo de cuaresma estamos invitados a intentar recuperar el espíritu verdadero de nuestra fe, el sentido de porqué somos y nos llamamos cristianos, y esto sólo lo conseguiremos si nos tomamos en serio seguir a Jesús. Hacer del Señor el centro de nuestra vida.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio es una manifestación de fe.  El pueblo tiene que recordar su historia para no olvidarse de todo lo que Dios ha hecho por ellos.

Una persona o un pueblo que desconoce su historia es como un árbol sin raíces o un edificio sin bases. Está abocado a repetir los mismos errores del pasado. Una de las características del hombre actual, es precisamente su poco interés por la historia y por todo aquello que implique esfuerzo y sacrificio. El hombre de hoy prefiere las cosas prácticas, fáciles y rápidas.

Algunas personas pobres que lograron, por algún medio, cierta capacidad económica, son quienes más desprecian y explotan a sus hermanos.  Algunos padres de familia que pasaron una niñez difícil, y tuvieron que trabajar fuerte para progresar, hacen hasta lo imposible para ofrecerles a sus hijos todo lo necesario y hasta más, con el fin de evitarles las fatigas y sufrimientos que a ellos les tocó vivir. Muchos de estos niños y jóvenes crecen como en una caja de cristal, totalmente protegidos y dependientes. Se convierten en personas duras de corazón, miedosas e incapaces de hacer compromisos serios por su vida y por los demás. Se avergüenzan del pasado de sus padres y hasta preferirían tener otro apellido de más tradición.

Esta primera lectura pretende mantener viva la memoria histórica en el pueblo. Para que el pueblo valore y agradezca la entrega de sus antepasados y la acción de Dios en él. Para que no desprecie a los más pobres, pues él mismo fue pobre y esclavo. Para que acoja a los forasteros, pues él fue forastero en otros países. Para que comparta solidariamente con los hambrientos, pues él también pasó hambre. Para que no se convierta en explotador, pues él también fue explotado. Para que en tiempo de crisis luche por estar mejor, pues la voluntad salvífica de Dios es la plena libertad y la felicidad para sus hijos.

Vale la pena que como personas, como familia y como pueblo, mantengamos viva nuestra memoria histórica.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que nuestros labios pueden pronunciar la mejor oración dirigida a Dios si las palabras son una auténtica confesión de que Jesús es nuestro único Señor. Nada ni nadie debe ocupar nuestra mente ni nuestro corazón por encima de Él. Ningún otro señor de esta tierra puede satisfacer nuestras ansias de plenitud. Más bien, nos dejan más sedientos e insatisfechos. Dios desea liberarnos, sacarnos de la muerte. Dejemos a Dios que actúe en nuestra vida.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado las tentaciones de Jesús en el desierto.  Las tentaciones son símbolo del mal y de todo lo que nos aleja de Dios. Nosotros también somos tentados.

Resulta curioso que la Cuaresma tenga lugar a continuación de los carnavales. Porque los carnavales son el tiempo de los disfraces. El tiempo de máscaras, cuando nadie quiere mostrar su propia cara y cada uno se esconde detrás de su propio disfraz. Somos los mismos, pero disfrazados. Somos los mismos pero disimulando nuestra identidad y revistiéndonos de cualquier otro personaje.

Y lo más curioso todavía es que la Cuaresma comienza también con un disfraz: con las tentaciones de Jesús que no son sino un disfraz del demonio para engañar a Jesús. Cualquiera de las tres tentaciones no son sino disfraces del mal contra el bien.

El pecado necesita revestirse del bien para que nosotros lo aceptemos libremente. El pecado se disfraza de la bondad del placer. El pecado se disfraza de la bondad de la libertad. El pecado se disfraza de la bondad del éxito. El pecado se disfraza de la trampa de que “nadie se va a enterar”.

Los enamorados se disfrazan diciendo “es que lo hacemos por amor”. Las infidelidades se disfrazan de “oportunidades”. Las mentiras se disfrazan de “piadosas”. Unos traguitos de más, se disfrazan “para matar las penas”.

El pecado nunca presenta la cara al descubierto. Siempre aparece escondido y disfrazado.  Pero ¿dónde está el verdadero disfraz de las tentaciones de Jesús? En tratar de justificarlas con la Palabra de Dios. Por tanto utilizar a Dios como una justificación y legitimación de lo que podía y debía hacer. Y esta es la peor tentación y el peor de los disfraces.

Jesús y el diablo aparecen como dos conocedores de la Palabra de Dios. Los dos citan la Palabra de Dios. Con la única diferencia de que el Diablo leía la Escritura según sus conveniencias. En tanto que Jesús le dio una lectura correcta.

Este tiempo de Cuaresma es tiempo de gracia para nosotros, tiempo para que reflexionemos sobre qué estamos construyendo nuestra vida. Tiempo para que elijamos adherirnos definitivamente al Señor Jesús. Que su Espíritu nos ayude a vencer la tentación de ir por la vida con nuestros disfraces. Que esta Cuaresma nos quitemos nuestras máscaras para poder reconocernos como Hijos de Dios y hermanos de nuestros prójimos.

lunes, 12 de febrero de 2024

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


La Cuaresma que iniciamos es la gran invitación de Dios a dejarnos hablar amorosamente por Él.  Debemos saber aprovechar este tiempo favorable y dar frutos de conversión.  “Arrepentíos  y creed”,  es la invitación que nos hace Jesús.  ¿Y cómo podemos arrepentirnos, sino escuchamos a Dios?  ¿Y cómo podemos escuchar, si no hacemos silencio en nuestro corazón?

Es necesario hacer callar muchas voces y mucho ruido cotidiano, para oír mejor la llamada de Jesús, a cambiar, a renovarnos, a revisar la gracia de nuestro bautismo, a morir al pecado y resucitar a Cristo.

La cuaresma es tiempo de cambio.  A veces nos cuesta creer en la posibilidad de cambiar.  Parece difícil poder cambiar.  Pero lo más importante para cambiar es fiarse de Dios.  Para Dios nada hay imposible.

La 1ª lectura, del libro del Génesis, nos ha hablado del diluvio universal.  En los tiempos en que ocurrieron estos hechos, la sociedad en que vivía Noé se había alejado completamente de Dios, como está pasando ahora. Y, como a muchos les ocurre hoy en día, nada les parecía pecado. 

El pecado es algo incompatible con Dios y con los proyectos de Dios para el hombre y para el mundo; por eso, cuando el odio, la violencia, el egoísmo, el orgullo, la prepotencia llenan el mundo y producen la infidelidad de los hombres, Dios tiene que intervenir para corregir el rumbo de la humanidad.

El pecado no es una realidad que pueda coexistir con esa vida nueva que Dios nos quiere ofrecer. El pecado destruye la vida y asesina la felicidad del hombre; por eso, tiene que ser eliminado de nuestra existencia.

En tiempos de Noé, el agua del diluvio terminó con la vida corrupta contraria al plan de Dios y surgió una vida renovada, de acuerdo al plan de Dios.  Sin embargo, nuestro mundo se halla inundado por nuevo diluvios, como son el diluvio de la vulgaridad, de la inmoralidad, de la violencia, de la increencia, y nosotros, como Noé, debemos ser fieles a Dios para que estos diluvios no se sigan dando y brille la vida nueva que Dios nos quiere dar.

La 2ª lectura, de San Pedro, nos ha recordado que, con la muerte y resurrección de Jesús, Dios hace un nuevo y definitivo pacto con el hombre, un pacto que queda sellado con las aguas del sacramento del Bautismo. 

A través del Bautismo, Dios ha creado una nueva humanidad y somos llamados a nacer a una vida nueva en Dios a través de la gracia que recibimos en dicho sacramento.  A partir del Bautismo somos hijos de Dios y de esta manera Dios puede actuar en nosotros y hacer una humanidad nueva.

El agua que recibimos en el Bautismo ya no es un agua que destruye, sino un agua que nos purifica y regenera. 

Pero no pensemos, ni por un momento, que simplemente por haber sido bautizados ya estamos salvados y podemos hacer lo que queramos.  Después de quedar limpios en el Bautismo, si caemos en pecado, aún nos queda un camino a seguir: arrepentirnos y confesar nuestros pecados.

El Evangelio de san Marcos nos ha narrado las tentaciones de Jesús en el desierto y la llamada a la conversión.

Jesús, asumió de tal forma nuestra vida, que incluso fue tentado, como lo somos cada uno de nosotros. 

A lo largo de nuestra vida llegan momentos en los que nos tenemos que definir, y ahí, es donde somos tentados: O nos decimos por una cosa o nos dejamos llevar por otras sugerencias.  Jesús es tentado y en la tentación opta por lo que el Espíritu le dice.

La vida es la que nos presenta momentos de opción en los que tenemos que dar la talla. Y, optamos por dejarnos guiar por Dios, por nuestra conciencia, o, bien optamos por dejarnos guiar por las apariencias tentadoras y apetecibles.

La Cuaresma es un buen momento para que cada uno de nosotros, que nos decimos cristianos, examinemos qué lugar ocupa Dios en mi vida, en mis proyectos y en mis decisiones.

Como Jesús, nosotros hoy estamos sometidos a tentaciones de todo tipo: oportunidades para dejar a Dios de lado y enfocar nuestra vida por otros rumbos.

Nadie, por muy santo que sea se ve libre de la tentación. Y esto no es malo, es simplemente un aspecto de nuestra condición humana. El sentir tentaciones no es malo, ni significa que seamos malos. Es algo normal y natural. Lo raro sería no tenerlas. 

Jesús vence las tentaciones y nos muestra el camino para ello: tener a Dios como cimiento, dejarnos iluminar por su palabra a la hora de buscar solución a nuestros problemas, a nuestros proyectos, a nuestros deseos.  Si Dios y su Palabra son el sustento de nuestra vida, venceremos las tentaciones.

¿Qué tentaciones me seducen y me acorralan? ¿Cómo las voy a vencer?

lunes, 20 de febrero de 2023

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


Estamos viviendo ya este tiempo de Cuaresma en el que intentamos prepararnos para vivir con alegría la Pascua.  La Iglesia nos invita a hacer un esfuerzo por renovar nuestra vida cristiana, o dicho de otra manera, renovar nuestra relación con el Señor. 

La 1ª lectura del libro del Génesis nos enseña que desde el principio de la humanidad, el ser humano ha tenido la tentación de alejarse de los caminos de Dios.

Nosotros, los seres humanos, no podemos olvidarnos que Dios es nuestro origen y nuestro destino último.  Somos seres que Dios ha creado por amor, que nos ha dado su propia vida y nos ha regalado la libertad, por eso Dios nunca se impone y respeta siempre nuestras decisiones.  Pero el hombre no puede creerse Dios, éste es el gran pecado del origen de la humanidad y sigue siendo el pecado de hoy: querer ser Dios.

Cuando aceptamos nuestra condición de criaturas de Dios y reconocemos que Dios es nuestro Padre que nos da la vida, que nos ama y que nos enseña el camino para alcanzar la felicidad, nuestra vida se convierte en un “paraíso” donde encontramos vida, armonía, felicidad y realización.

Sin embargo, cuando el hombre le da  la espalda a Dios, cuando quiere él convertirse en Dios, cuando quiere competir con Dios y no cumple las reglas de Dios, aparece el mal en la vida del ser humano.  El mal es el resultado de nuestras decisiones equivocadas, de nuestro orgullo de querer prescindir de Dios en nuestra vida.  No podemos, por tanto, sacar a Dios de nuestras vidas, no podemos desconfiar de Dios y rechazar su autoridad porque las consecuencias serán muy negativas para nuestra vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos propone dos ejemplos: Adán y Jesús.  Adán representa al hombre que ignora las propuestas de Dios y toma decisiones sin contar con Dios; Jesús es el hombre que vive obedeciendo a Dios.  La forma de actuar de Adán genera egoísmo, sufrimiento y muerte; la manera de actuar Jesús crea vida plena y definitiva.

Algunos acontecimientos que marcan la historia de nuestro tiempo confirman que una historia construida al margen de Dios es una historia marcada por el egoísmo, por la injusticia, por la prepotencia y, por tanto, es una historia de sufrimiento y de muerte.  Todo aquello que hagamos basado en el pecado y el mal no puede traernos, a la larga, nada bueno a nuestra vida.

El evangelio de San Mateo, nos presentaba las tentaciones de Jesús.

Como Jesús, nosotros hoy estamos sometidos a tentaciones, es decir, oportunidades para dejar de lado a Dios y buscarnos la solución a nuestros problemas con nuestros propios medios.

No podemos negar la existencia del pecado y las tentaciones que el diablo nos propone a diario. El Papa Francisco, con su lenguaje llano y claro, nos decía que “todos somos pecadores todos sentimos la tentación, la tentación es el pan nuestro de cada día. Si alguno de nosotros dijese: ‘Yo no tengo tentaciones’, o eres un querubín o eres un poco tonto”

Las tres tentaciones que nos presenta el Evangelio siguen estando vigentes hoy y se van metiendo muy fácilmente en el corazón del hombre. El demonio se disfraza y nos seduce trastocando los valores, encubriendo el engaño, presentando lo malo como bueno. Nos las presenta como dulces tentaciones.

¿Qué malo tendría que Jesús transformara las piedras en panes?  Es cierto que lo primero que una persona necesita es comer, pero no se puede manipular al pueblo con el hambre ni quitarle su dignidad. ¡Cuántos crímenes se comenten abusando de las necesidades básicas de la humanidad! ¡Cómo se compran y venden conciencias con tal de tener lleno el estómago! En el fondo de muchas injusticias está esta manipulación del hombre en sus necesidades básicas: comer, vivir, tener un hogar donde vivir. Hoy también caemos en esa tentación: dar más importancia al placer que a la dignidad, comprar y vender conciencias aprovechándonos de las necesidades.

La segunda tentación consiste en querer manipular a Dios y ponerlo a nuestro servicio.  No podemos “comprar a Dios” con nuestros actos, ni construir una religión para nuestra satisfacción.  La fuerte tentación será querer utilizar a Dios para los propios proyectos, convertir a Dios en esclavo nuestro.  Y de esta manera se convierte el hombre en veleta, sin principios: hoy es de una religión, de un partido, de una tendencia; mañana, ha cambiado y se adapta a lo que mejor le conviene con tal de estar a tono con las nuevas tendencias. Y llegamos a una religión comodina y fácil, que dé gusto a todos y que no respete ni a Dios ni a los demás.

La tercera tentación es igualmente actual y seductora: convertirse en amo y dueño, quitar a Dios de la vida, asumir las riendas de la historia y de la humanidad al propio gusto y capricho.   Buscar el poder y el triunfo a cualquier precio, aun destruyendo a los hermanos y postrándose ante cualquier ídolo.

Las tentaciones de Jesús son las tentaciones de todo hombre y de todos los hombres: el placer, la fama, la riqueza y el poder. Todos estamos siendo tentados. No es cuestión de asustarnos con el demonio, pero tampoco es hora de olvidar su astucia. Se necesita creer más en Dios que en el demonio. La gracia es infinitamente más fuerte que el mal, pero sería peligroso olvidarse de la propia fragilidad.

lunes, 28 de febrero de 2022

 

MIERCOLES DE CENIZA Y I DOMINGO DE CUARESMA

MIÉRCOLES DE CENIZA (CICLO C)

Con la celebración de hoy, iniciamos el tiempo de Cuaresma. Para un cristiano, es un tiempo que merece la pena comenzar con ánimo, con optimismo, con fuerza.

Las Lecturas de este día nos llaman a la conversión, al arrepentimiento y a la humildad… cosas que hay que tener en cuenta en este tiempo especial que llamamos Cuaresma, durante el cual debemos prepararnos para la conmemoración de la Pasión y Muerte del Señor y la celebración de su Resurrección el Domingo de Pascua.

Conversión, arrepentimiento y humildad van entrelazadas entre sí para darnos un verdadero espíritu cuaresmal. Por eso comenzamos hoy la Cuaresma en penitencia: hoy es día de ayuno y abstinencia. Hoy es día de la Imposición de la Ceniza, rito por el que -en humildad- reconocemos lo que somos: nada ante Dios y lo que debemos hacer: arrepentirnos y regresar a Dios o acercarnos más a Él.

La Ceniza no es un rito mágico, ni de protección especial -como muchos piensan-. La ceniza simboliza a la vez el pecado y la fragilidad del hombre.

Las palabras de una de las fórmulas de imposición de la ceniza nos recuerdan lo que somos: “Polvo eres y al polvo volverás”. Es decir, nada somos ante Dios.

Somos tan poca cosa como ese poquito de ceniza, ese polvito, que se vuela con un soplido de aire, o que desaparece con tan sólo tocarlo. Eso somos ante Dios: muy poca cosa.

Y los hombres y mujeres de hoy necesitamos ¡tanto! darnos cuenta de nuestra realidad. Nos creemos tan grandes y somos ¡tan pequeños! Nos creemos capaces de cualquier cosa y somos ¡tan insuficientes! Nos creemos capaces de valernos sin Dios o a espaldas de Él  y somos ¡tan dependientes de Él!

El fruto más importante del Miércoles de Ceniza es la conversión.  La Imposición de la Ceniza tiene como meta llevarnos a la conversión.

Y ¿qué es convertirse? Nos lo explica el Profeta Joel: “convertíos a mí de todo corazón, con ayunos, llantos y lamentos… convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor”. Convertirse es volverse a Dios: regresar a Dios o acercarse más a Él.  Y la conversión debe ser verdadera, no aparente. Por eso nos dice Joel: “rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos”. Es decir: el cambio debe ser interior, en el corazón.

Conversión, arrepentimiento y humildad, son el verdadero espíritu de la Cuaresma ¿Cómo llegar a este espíritu cuaresmal? Jesucristo nos indica en el Evangelio los medios: oración, ayuno y  limosna.  Las tres constituyen un buen programa de vida para esta Cuaresma.

Cada uno de nosotros, deberíamos salir de esta Eucaristía, con alguna aplicación concreta de este ejercicio cuaresmal. ¿Cómo y cuándo haré un rato de oración en estos 40 días? ¿De qué cosas me privaré este año? ¿Qué gesto de amor tendré con los más necesitados?

Nuestra oración, nuestro ayuno, nuestra limosna, han de ser expresión del cambio sincero que queremos dar a nuestra vida, pero, hemos de pedir que Dios lo realice; deben de ser, también, expresión de nuestro agradecimiento al amor que Dios nos tiene, por todas las maravillas que Él realiza en nosotros.

La oración, la penitencia y las obras de caridad son los medios para regresar a Dios y para acercarnos más a Él. De eso se trata la Imposición de la Ceniza, de eso se trata la Cuaresma que hoy iniciamos.

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)

Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma, y las lecturas nos invitan a reflexionar sobre las tentaciones a las que nos enfrentamos día a día y que ponen a prueba la confianza que debemos tener en el Señor y nos hacen olvidar el camino del bien.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio es una manifestación de fe.  El pueblo tiene que recordar su historia para no olvidarse de todo lo que Dios ha hecho por ellos.

Una persona o un pueblo que desconoce su historia es como un árbol sin raíces o un edificio sin bases. Está abocado a repetir los mismos errores del pasado. Una de las características del hombre actual, es precisamente su poco interés por la historia y por todo aquello que implique esfuerzo y sacrificio. El hombre de hoy prefiere las cosas prácticas, fáciles y rápidas.

Algunas personas pobres que lograron por algún medio cierta capacidad económica, son quienes más desprecian y explotan a sus hermanos.  Algunos padres de familia que pasaron una niñez difícil, y tuvieron que trabajar fuerte para progresar, hacen hasta lo imposible para ofrecerles a sus hijos todo lo necesario y hasta más, con el fin de evitarles las fatigas y sufrimientos que a ellos les tocó vivir. Muchos de estos niños y jóvenes crecen como en una caja de cristal, totalmente protegidos y dependientes. Se convierten en personas duras de corazón, miedosas e incapaces de hacer compromisos serios por su vida y por los demás. Se avergüenzan del pasado de sus padres y hasta preferirían tener otro apellido de más tradición.

Esta primera lectura pretende mantener viva la memoria histórica en el pueblo. Para que el pueblo valore y agradezca la entrega de sus antepasados y la acción de Dios en él. Para que no desprecie a los más pobres, pues él mismo fue pobre y esclavo. Para que acoja a los forasteros, pues él fue forastero en otros países. Para que comparta solidariamente con los hambrientos, pues él también pasó hambre. Para que no se convierta en explotador, pues él también fue explotado. Para que en tiempo de crisis luche por estar mejor, pues la voluntad salvífica de Dios es la plena libertad y la felicidad para sus hijos.

Vale la pena que como personas, como familia y como pueblo, mantengamos viva nuestra memoria histórica.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que nuestros labios pueden pronunciar la mejor oración dirigida a Dios si las palabras son una auténtica confesión de que Jesús es nuestro único Señor. Nada ni nadie debe ocupar nuestra mente ni nuestro corazón por encima de Él. Ningún otro señor de esta tierra puede satisfacer nuestras ansias de plenitud. Más bien, nos dejan más sedientos e insatisfechos. Dios desea liberarnos, sacarnos de la muerte. Dejemos a Dios que actúe en nuestra vida.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado las tentaciones de Jesús en el desierto.  Las tentaciones son símbolo del mal y de todo lo que nos aleja de Dios. Nosotros también somos tentados.

Primera tentación: “No sólo de pan vive el hombre”.  Cuántas personas viven pensando que la felicidad depende de las cosas que tienen, de los bienes, de las cualidades, de las capacidades.  Valoramos a las personas por lo que tienen.  Llegamos incluso a querer ser dueños de las personas.  Nos sentimos autosuficientes, sin necesitar de Dios ni de los demás.  Nos encerramos en nosotros mismos y negamos la acción de la gracia de Dios en nuestra vida.  Jesús comprendió muy bien que la comida era importante, pero que no sólo de pan vivía el hombre.

Segunda tentación: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él sólo servirás”.  Hay muchas personas que esperan la solución y la salvación de este mundo a través del poder político sea cual sea su sistema, democrático, dictatorial o totalitario. Todo sistema político en el fondo pretende una adhesión más o menos incondicional de los miembros de la comunidad social para poder funcionar. Para ello suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Son pocos los políticos que se atreven a decir que hay problemas humanos que no se pueden resolver políticamente sino que necesitan otro tipo de soluciones.

No sólo los totalitarismos sino también las democracias pretenden ofrecer la
salvación a los pueblos. En nombre de los valores democráticos se hace la
guerra para imponer la democracia en otros países. El sistema del poder se convierte en una especie de Dios que pide reconocimiento absoluto.  Jesús nos recuerda que el hombre debe adorar solamente a Dios, que es el único Señor que nos constituye en personas libres.

La tercera tentación: “No tentarás al Señor, tu Dios”.  Es querer tener un Dios para nuestros caprichos.  Querer que Dios sea como yo soy.  Desconfiamos de Dios cuando las cosas no salen como yo quiero sino como Dios quiere.

Hoy es un momento propicio para tomar conciencia de cuáles son nuestras tentaciones, las mayores dificultades que experimentamos para  ser cristianos.  Hoy hemos de mirar al Señor, que también experimentó la tentación, y pedirle: no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

lunes, 15 de febrero de 2021

 

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

Un año más, iniciamos este tiempo de gracia que es la Cuaresma.  La Cuaresma es la gran invitación que Dios nos hace a dejarnos amar por Él.  Por eso debemos aprovechar este tiempo especial para dar frutos de conversión.  Esta Cuaresma debe ser para nosotros un tiempo de cambio.  A veces nos cuesta creer en la posibilidad de cambiar.  Parece difícil poder cambiar.  A veces nos parece imposible.  Quizás alguna vez lo hemos intentado.  Pero lo más importante para cambiar es fiarse de Dios.  Para Dios nada hay imposible.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos ha hablado del diluvio universal.  Sólo Noé y su familia se salvaron de este diluvio por su fidelidad a Dios.

Dios tiene que intervenir en el mundo porque la humanidad se había alejado de Dios y vivía en pecado.  Dios tiene que intervenir para corregir a la humanidad, porque el pecado es incompatible con Dios.  El pecado destruye la vida y asesina la felicidad del hombre; por eso, tiene que ser eliminado de nuestra existencia.

Después del diluvio comienza una nueva etapa para la humanidad, una etapa en la que se hace presente la bendición de Dios y el compromiso de fidelidad manifestado por Noé.

La Cuaresma es tiempo propicio que debemos aprovechar para: el reconocimiento de nuestros pecados y el ruego de perdón a Dios mediante el Sacramento de la confesión, la acogida de la Palabra de Dios, del Evangelio de Jesús, como Buena Noticia, frente a las desconsoladoras noticias de cada día, intensificar la oración y la recepción de los Sacramentos que, en estos días, serán como el “Arca de Noé” que nos llevará a vivir una vida nueva más cerca de Dios nuestro Padre.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro nos recuerda que con la muerte y la resurrección de Jesús, Dios hace un nuevo y definitivo pacto con los hombres, pacto que queda sellado con el sacramento del Bautismo. 

El agua del diluvio fue el elemento purificador del mundo, y el arca fue el instrumento por medio del cual Noé y su familia salvaron la vida.  Nosotros, por el agua del bautismo somos purificado del pecado y formamos parte de la vida de Dios; una vida nueva que podemos disfrutar gracias a la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Si el arca de Noé tuvo que realizar una travesía por medio de las aguas del diluvio, nosotros hemos hecho también una travesía desde la orilla del pecado hasta la cercanía con Dios, por medio de Jesús.  Este camino no es fácil, por eso san Pedro nos invita a mirar el ejemplo de Jesús que sufrió siendo inocente para salvar a los culpables.

Ahora, en esta Cuaresma, se nos ofrece la posibilidad de caminar durante 40 días hasta la alegría de la Pascua, símbolo de nuestra llegada a puerto. Y será travesía de tranquilidad si la realizamos de la mano del Señor por medio de la oración, los Sacramentos, y el compromiso cristiano de fidelidad a Dios.

El Evangelio de san Marcos nos ha narrado las tentaciones de Jesús en el desierto y la llamada a la conversión.

El hombre moderno ha ido perdiendo el “sentido de Dios” pero esta pérdida de fe religiosa no le ha hecho ser más humano. Para el hombre no tendrá sentido el Evangelio como Buena Noticia, mientras no llegue a aceptar la invitación de Jesús: “Convertíos y creed en el Evangelio”.  La Cuaresma nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos y, al reconocernos pecadores, a dar un salto hacia adelante para alcanzar el perdón de Dios por medio de una sincera conversión.

¿Y cómo podemos arrepentirnos, sino escuchamos a Dios?  ¿Y cómo podemos escuchar, si no hacemos silencio en nuestro corazón? Es necesario hacer callar muchas voces y mucho ruido cotidiano, para oír mejor la llamada de Jesús, a cambiar, a renovarnos, a revisar la gracia de nuestro bautismo, a morir al pecado y resucitar a Cristo.

Tengamos confianza en Dios.  Arrepintámonos de todo nuestro mal, de todo lo que impide que seamos auténticos hijos de Dios.  Y si hacemos esto, Cristo vencerá el mal que hay en nosotros y nos ayudará a que nos convirtamos. En esta Cuaresma debemos ver todo lo que hay de desorden en nuestras vidas y ordenar nuestras vidas según los criterios del Evangelio.

Mirando a nuestro alrededor vemos que los hombres están insatisfechos, pero no se sienten pecadores. Por eso la Cuaresma y la invitación al arrepentimiento y conversión resultan incomprensibles e inaceptables para muchos.

No ha de ser así entre nosotros. Para disfrutar la alegría del perdón y el gozo de nuestra liberación, tenemos que reconocer nuestra condición de pecadores. Daremos un paso adelante en el camino de la conversión si hacemos de la Cuaresma un verdadero camino en el que facilitemos un mayor encuentro con Dios por la oración, los Sacramentos y la vida austera.

La Cuaresma es para preguntarnos ¿quiero hacer caso a Cristo?  ¿Quiero escuchar su predicación, acoger su reino y creer de verdad? 

Dejemos que hoy Cristo nos hable.  No nos hagamos los sordos.  Ojalá que hoy lo escuchemos y le hagamos caso.

miércoles, 26 de febrero de 2020


I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


 

El tiempo de Cuaresma que iniciamos es una invitación a revisar cómo va nuestra vida cristiana.  Es una invitación de Dios que nos dice que aún tenemos posibilidad de avanzar más y mejor por nuestro camino de cada día, para vivir más abiertos a Dios Padre, más cercano a Jesús, más confiados al Espíritu Santo.

 
La 1ª lectura del Génesis, nos dice que Dios creó al hombre para ser feliz y para vivir eternamente.  El destino del hombre no es el dolor, el pecado o la muerte.  El hombre fue creado para el Paraíso.  Y el Paraíso es el encuentro feliz del hombre consigo mismo, con el mundo y con Dios.

 
Ahora bien, siempre que prescindimos de Dios y nos encerramos en nosotros mismos, creamos situaciones de egoísmo, de orgullo y de prepotencia y construimos caminos de sufrimiento y de muerte.
 

Dios nos ha creado para la felicidad y Dios tiene un proyecto tanto para el mundo como para nosotros para que seamos felices.  Pero Dios no impone nada y respeta siempre, de forma absoluta, nuestra libertad; sin embargo, nos muestra diariamente el camino hacia esa felicidad que soñó para nosotros.

 
Dios nos ha creado por amor, el fin de nuestra existencia no es el fracaso, la disolución en la nada, sino la felicidad sin fin, la comunión plena con Dios.  Sin embargo constatamos que hay mal en el mundo, pero ese mal es el resultado de nuestras decisiones equivocadas, de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo y autosuficiencia.  Cuando el hombre escoge vivir orgullosamente sólo, ignorando las propuestas de Dios y prescindiendo del amor, construye situaciones de egoísmo, de injusticia, de prepotencia, de sufrimiento, de pecado.  ¿Cuáles son los caminos que yo elijo? El camino de Dios es de felicidad, pero cuando elijo mi camino prescindiendo de Dios esa felicidad no se hace realidad en mi vida.

 
La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos propone dos ejemplos: Adán y Jesús.  Adán representa al hombre que ignora las propuestas de Dios y toma decisiones sin contar con Dios; Jesús es el hombre que vive obedeciendo a Dios.  La forma de actuar de Adán genera egoísmo, sufrimiento y muerte; la manera de actuar Jesús crea vida plena y definitiva.

 
Algunos acontecimientos que marcan la historia de nuestro tiempo confirman que una historia construida al margen de Dios es una historia marcada por el egoísmo, por la injusticia, por la prepotencia y, por tanto, es una historia de sufrimiento y de muerte. Cuando el hombre deja de escuchar a Dios, da fácilmente oídos al lucro fácil, destruye la naturaleza, explota a los otros hombres, se vuelve injusto y prepotente, sacrifica en provecho propio la vida de sus hermanos.  Todo aquello que hagamos basado en el pecado y el mal no puede traernos, a la larga, nada bueno a nuestra vida.
 

El evangelio de San Mateo, nos presentaba las tentaciones de Jesús.

 
Jesús fue probado con tres tentaciones: la primera que convirtiera las piedras en pan.   Se le propone a Jesús que ponga sus poderes de hijo de Dios al servicio de su egoísmo, que se olvide del hambre de muchas personas y que se olvide de que el hambre se acabará cuando el pan se comparta, cuando los hombres vivan la solidaridad.

 
La segunda tentación es que se tire de lo más alto del Templo para que los ángeles lo recojan.  Es la tentación de querer manejar a Dios poniéndolo a prueba, jugando con Él, sometiéndolo a nuestros caprichos para que haga milagritos espectaculares como si se tratara de un mago.

 
La tercera tentación es ofrecerle al Señor riqueza, poder dominio sobre la gente y los pueblo para que abandone su misión. Se le propone a Jesús que escoja el triunfo sobre la muerte; el dominio sobre la fraternidad; la riqueza sobre la solidaridad, la soberbia sobre el amor.

 
Jesús no sólo fue tentado en el desierto, también durante su vida fue tentado por amigos y enemigos, por los escribas y fariseos que intentaban apartarlo de su misión.
 

Nosotros también somos tentados diariamente.  Cuando tenemos que tomar una decisión importante en nuestra vida, casi siempre se nos ofrecen varias opciones: cumplir nuestro deber aunque sea difícil de hacerlo, o buscar nuestro interés personal.
 

No podemos buscar soluciones fáciles a los problemas, no podemos buscar que Dios nos lo resuelva todo con un milagro, no podemos utilizar a Dios para nuestros caprichos, no podemos utilizar a Dios para servirnos de Él.

 
Hoy también tenemos la gran tentación de considerar como bueno lo que hace o dice la mayoría sin tomar en cuenta lo que dice Dios.

 
La Cuaresma es tiempo para descubrir cuáles son nuestras tentaciones para superarlas.  Dejarlas de lado.  A eso se le llama conversión.  Si no hacemos esto, no tiene sentido la Cuaresma, que debe ser un tiempo para liberarnos de nuestros errores.

 
Las tentaciones es optar por el camino equivocado en nuestra vida. Hoy Jesús nos dice que podemos vencer cualquier tentación que se nos presente, con la ayuda de Dios, para optar por cumplir la misión para la que Dios nos ha dado esta vida y no apartarnos nunca de Él.