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lunes, 2 de marzo de 2026

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)



Todos hemos experimentado, a lo largo de nuestra vida, diferentes tipos de necesidades.  Tenemos la necesidad de ser amados, de amar, de tener cosas, la necesidad de descansar.  La Palabra de Dios, en este tercer domingo de Cuaresma, nos va a iluminar sobre cuáles de estas necesidades son fundamentales para nuestra vida.

En la 1ª lectura del libro del Éxodo hemos escuchado cómo el pueblo de Israel, en medio del desierto, camino hacia la libertad, duda de la presencia de Dios en medio de ellos.  Pero Dios no abandona a su pueblo, a pesar de las murmuraciones.

Nosotros, creemos en Dios, pero muchas veces la vida se nos complica.  Y cuando las cosas no salen como nosotros queremos se nos puede derrumbar la fe y podemos, como el pueblo de Israel darle la espalda a Dios y dudar de Él creyendo que nuestra sed de felicidad la podemos saciar al margen de Dios e incluso podemos llegar a renegar de Dios y reclamarle a Dios diciéndole que se ha olvidado de nosotros.

Estamos equivocados si pensamos que Dios nos ha abandonado en algún momento de nuestra vida.  A pesar de nuestras infidelidades, el Señor permanece siempre fiel y nos busca para manifestarnos su amor incondicional.  Dios no nos ha abandonado nunca. 

Como cristianos debemos ser un signo de esperanza para ayudar a todos los hombres a que caminen por el bien y no pierdan la fe, aun cuando a veces la vida se nos vuelva difícil y complicada.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos recuerda que es la muerte de Cristo la que nos salva.  Cristo murió por nosotros, el justo por los injustos.  La muerte y la resurrección de Cristo son la prueba del amor que Dios nos tiene desde siempre y para siempre.

Hay personas que viven con indiferencia respecto a Dios, a su amor y sus propuestas.  Muchas personas se preocupan más de los resultados del futbol, de los resultados de quien quedó en tal o cual concurso de baile o de canto, de cuál es la canción de moda o de dónde va a ser la próxima fiesta, que de Dios y de su amor. 

Estamos en Cuaresma, este es un tiempo ideal para que redescubramos a Dios que nos ama tanto, y que quiere darnos la felicidad verdadera y plena.  Este es un tiempo especial para que aceptemos y vivamos el camino que nos conduce hacia Dios.  Unámonos a Cristo como una rama está unida al tronco y vivamos ya desde ahora de la felicidad plena que Dios nos ofrece.

El Evangelio de San Juan nos ha presentado el episodio de la samaritana. 

Dos personas aparecen hoy en el Evangelio: Jesús y la samaritana que se encuentran en un pozo.  Jesús que se acerca a una mujer.  En aquella época la mujer estaba marginada.  Era un escándalo que Jesús se acercara a una mujer que no contaba para nada y además samaritana, una pecadora. 

Jesús se pone a hablar con ella, y con cariño, con sabiduría lleva a esta mujer a descubrir la fuente y el agua donde puede realmente satisfacer todos sus deseos de felicidad.  Porque Jesús es el Mesías, Él es la verdadera fuente de vida y felicidad que nos puede saciar nuestros deseos de felicidad.

Dios continúa acercándose cada día a nosotros.  Porque a Dios le interesa todos lo que somos y hacemos.  Dios anda sediento de nuestro amor.  Hemos sido hechos por Él y para Él.  Y nunca encontraremos descanso ni felicidad fuera de Dios.

Preguntémonos hoy: ¿de qué tenemos sed?  Posiblemente estamos sedientos de alegría, de justicia, de verdad.

La Cuaresma es el tiempo para descubrir nuestra sed, esa sed profunda de vivir, de amar y ser amados, de crecer, de ser feliz, sed de verdad, de felicidad, de amor de vida.  ¿Dónde saciamos nuestra sed?  Jesús nos ofrece una fuente de agua viva que sacia definitivamente nuestra sed.  Jesús es la fuente inagotable de amor, de verdad, de libertad, de vida.

Aprovechemos esta Cuaresma para encontrarnos con Dios. No lo dudemos, Jesús nos espera a cada uno, si quisiéramos aceptar su Palabra, nuestra vida seguramente sería distinta, nuestra vida se vería saciada de esa sed de felicidad y de amor que todos andamos buscando. 

No lo olvidemos, Cristo es el único que puede saciar nuestra vida.  No busquemos en fuentes equivocadas.

lunes, 17 de marzo de 2025

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)


En este III domingo de Cuaresma, las lecturas de la misa de hoy nos hablan de la necesidad de convertirse, de volverse a Dios.  Para animarnos a esta conversión las lecturas destacan también la misericordia y la paciencia de Dios.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos recuerda cómo Dios elige a Moisés para ser el líder que libere a su pueblo de la esclavitud.

La humanidad exige hoy una liberación política, cultura y económica: los pueblos luchan por su libertad, no queremos hoy dictaduras, aunque sean disfrazadas de democracias; los pobres luchan para liberarse de la miseria, de la ignorancia, de la enfermedad; los obreros luchan por el derecho a un trabajo digno; las mujeres luchan por la defensa de su dignidad; los estudiantes luchan por un sistema educativo que los prepare bien para desempeñar un papel útil en la sociedad.

Tenemos que ser conscientes que donde haya una persona que trabaje por un mundo más justo y más humano, allí está Dios, ese Dios que no está de brazos cruzados ante las injusticias.

Dios actúa en nuestra vida y en nuestra historia a través de hombres y mujeres de buena voluntad que aceptan, como Moisés, ser instrumentos de Dios para mejorar este mundo.

Ante los sufrimientos e injusticias hay que preguntarse: ¿qué estoy haciendo?  ¿Vivimos con la pasividad de quien cree que ya ha hecho lo suficiente y que ahora les toca a los demás? O ¿Somos como Moisés que colaboramos con Dios en la construcción de un mundo más justo y más humano?

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos advierte que cumplir ritos externos y vacíos no es lo importante; lo importante es estar en comunión con Dios, hacer la voluntad de Dios y vivir de acuerdo a los planes de Dios.

San Pablo nos dice que en el éxodo, todos cruzaron el mar rojo y todos se alimentaron de la misma comida y bebida, pero no todos llegaron a la tierra prometida.  El que todos los cristianos hayan recibido el mismo bautismo y participen de la misma Eucaristía, puede que tampoco sea suficiente para alcanzar la salvación. 

Los sacramentos no son ritos mágicos que produzcan su efecto mecánicamente; exigen nuestra colaboración de fe y de vida.  El pertenecer a la Iglesia “no es un seguro de vida”.  Lo importante es como dice Jesús: “escuchar y practicar la Palabra de Dios”.

Hay que dejar de aparentar ser cristiano y optar por ser cristiano de verdad.

El Evangelio de San Lucas nos ha relatado unos hechos trágicos que ocurrieron en tiempos de Jesús. 

La vida moderna ha traído consigo un aumento notable del número de muertes repentinas. Hombres jóvenes destruidos por el infarto o la crisis cerebral. Vidas destrozadas en cualquier carretera. Accidentes laborales y tragedias de todo tipo.

Todos sabemos que nuestra vida es limitada y que siempre está amenazada por la enfermedad, el accidente o la desgracia. Es una equivocación considerar la muerte como algo irrelevante y cerrar los ojos a una realidad que pertenece a la misma vida: la existencia de cada persona puede quedar truncada en cualquier momento.  La posibilidad de que de nuestra vida acabe en cualquier momento nos ha de hacer pensar qué estamos haciendo con ella.

Ante la posibilidad de que nuestra vida se acabe en cualquier momento, es urgente la necesidad de convertirnos porque no sabemos ni el día ni la hora, porque si no nos convertimos ahora, no hay esperanza para después de la muerte.

Jesús nos invita a tomarnos la vida con responsabilidad. Hay personas que todavía piensan que siempre hay tiempo para cambiar, quizás el año que viene, quizás unos momentos antes de morir me arrepentiré, pediré perdón y todo arreglado. No podemos jugar con Dios y mucho menos con la vida. Dios nos llama a través de las desgracias propias y ajenas, a través de los acontecimientos de cada día, en el sufrimiento de los demás, en la injusticia y en las tareas por hacer un mundo mejor, Dios nos llama a que nos mojemos, a que nos impliquemos, a que nos convirtamos.

Nosotros somos esa higuera del Evangelio y hemos de dar frutos.  Es triste que en nuestros ambientes llamados cristianos, se den los graves pecados sociales y personales que destruyen la armonía y ofenden la dignidad de las personas.

Hoy, muchos llamados cristianos siguen viviendo su fe muy lejos de los frutos de amor y justicia que nos pide Jesús. Hoy es tiempo especial para mirar seriamente nuestras vidas y examinar los frutos que estamos dando.

lunes, 26 de febrero de 2024

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)


La liturgia del tercer domingo de Cuaresma nos hace reflexionar sobre nuestra escala de valores.  Las lecturas nos han hablado de los diez mandamientos, del templo con sus sacrificios y el nuevo Templo de Cristo resucitado.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha presentado los diez mandamientos. 

Los primeros mandamientos, regulan las relaciones del pueblo con Dios: Él será el único Dios; ninguna imagen podrá sustituirlo; su nombre será respetado; se le consagrará un día de descanso semanalmente.

Estos tres primeros mandamientos subrayan la centralidad que Dios debe tener en el corazón y en la vida de su Pueblo. En la vida de todos los días somos, con frecuencia, seducidos por otros “dioses”, el dinero, el poder, los afectos humanos, la realización profesional, el reconocimiento social, los intereses egoístas, las ideologías, los valores de moda, que se convierten en el objetivo supremo, en el valor último que condiciona nuestros comportamientos, nuestras actitudes y nuestras opciones. Con frecuencia, prescindimos de Dios y ponemos a Dios y a sus propuestas fuera de nuestra vida. La Palabra de Dios nos asegura: ese no es el camino que nos conduce en dirección a la vida definitiva y a la libertad plena.

Los 7 siguientes mandamientos se refieren a nuestra relación con los hermanos, nos invitan a despojarnos de los comportamientos que generan violencia, egoísmo, agresividad, codicia, intolerancia, esclavitud, indiferencia ante las necesidades de los otros. Todo aquello que atenta contra la vida, la dignidad, los derechos de nuestros hermanos, es algo que genera muerte, sufrimiento, esclavitud, para nosotros y para todos los que nos rodean y es algo que contribuye a trastornar los proyectos de vida y de felicidad que Dios tiene para nosotros y para el mundo.

Los mandamientos no limitan nuestra libertad.  Son “señales” con las cuales Dios, en su amor y en su preocupación por nuestra realización plena, nos ayuda a recorrer los caminos de la libertad y de la vida verdadera.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Corintios, nos invita a descubrir que la salvación, la felicidad no se encuentra en el poder, en la riqueza o ser importantes ante el mundo, sino en la aceptación de la cruz, es decir, en amar, en poner nuestra vida al servicio de los sencillos y humildes.

Los seres humanos buscamos, muchas veces, seguir a líderes vencedores, que se imponen a la fuerza y que muestran su poder y su sabiduría, a veces incluso con prepotencia; sin embargo, Dios se nos muestra en la figura de Jesús, abandonado por sus amigos, condenado por las autoridades y muerto en la cruz.  Dios nos ofrece un proyecto de vida y de salvación que pasa por la muerte de la cruz.  La fuerza y la “sabiduría de Dios” se manifiestan en la fragilidad, en la pequeñez, en la pobreza, en la humildad.  Si Dios se manifiesta así, no busquemos nosotros ser importantes, ni tener autoridad, ni ser protagonistas; busquemos el escándalo de la cruz para obtener la felicidad y la vida en plenitud.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús expulsando a los vendedores del templo.

Con Dios no se comercia.  Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén, no encuentra gentes que buscan a Dios sino comercio religioso.

No se puede ir al templo y después continuar robando, explotando, levantando falsos contra el prójimo.  No se puede ser sincero con Dios cuando se engaña a los semejantes.  Dios no acepta que estemos hincados de rodillas en la iglesia, si después pisoteamos la justicia.  No se va a la Iglesia para huir de esta vida, sino para tomar conciencia de nuestras responsabilidades. No se enderezan las cosas mal hechas, rezando un padrenuestro.  Las cosas mal hechas sólo se enderezan mejorándolas. 

Y qué decir de esas cadenas que aparecen por internet: “reza nueve Avemarías durante nueve días, pide tres deseos, uno de negocios y dos imposibles, al noveno día publica esta cadena.  Se cumplirán tus deseos aunque no lo creas”.  ¿No es esto comerciar con Dios?

Hay muchas personas que comercian con Dios.  A veces nuestra relación con Dios se basa en “te doy para que me des”.  Queremos comprar a Dios cuando le hacemos diversas promesas para obtener algo y nos sentimos decepcionados cuando no nos concede lo que le hemos pedido.

¿Nuestras Iglesias son un lugar de encuentro con Dios y con los hermanos? Tendríamos que reflexionar mucho si en ocasiones no hemos intentado manipular a Dios y ponerlo a nuestro servicio, en lugar de nosotros buscar servir a Dios.

Necesitamos recuperar el sentido de nuestros templos para que sean la casa del Padre donde se viva y se celebre la justicia, la verdad y la fraternidad. Evitar a toda costa convertirlo en un mercado y rechazar todo negocio con lo sagrado, con las personas y con los sentimientos.

Jesús quiere desenmascarar la hipocresía de muchas actitudes religiosas.  Jesús quiere que modifiquemos nuestra conducta, que le demos a Dios un culto verdadero.  Nosotros no somos perfectos, pero Jesús nos pide que seamos sinceros en nuestra relación con Dios.

lunes, 6 de marzo de 2023

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)


A partir de este 3er. domingo de Cuaresma y hasta el final de la Cuaresma, la liturgia nos presenta unas catequesis bautismales dirigidas a los catecúmenos que se preparaban para celebrar su bautismo en la gran fiesta de Pascua.

En la 1ª lectura del libro del Éxodo hemos escuchado cómo el pueblo de Israel, en medio del desierto, camino hacia la libertad, duda de la presencia de Dios en medio de ellos.  Pero Dios no abandona a su pueblo, a pesar de las murmuraciones.

Nosotros, creemos en Dios, pero muchas veces la vida se nos complica.  Y cuando las cosas no salen como nosotros queremos se nos puede derrumbar la fe y podemos, como el pueblo de Israel darle la espalda a Dios y dudar de Él creyendo que nuestra sed de felicidad la podemos saciar al margen de Dios e incluso podemos llegar a blasfemar de Dios y reclamarle a Dios diciéndole que se ha olvidado de nosotros.

Estamos equivocados si pensamos que Dios nos ha abandonado en algún momento de nuestra vida.  A pesar de nuestras infidelidades, el Señor permanece siempre fiel y nos busca para manifestarnos su amor incondicional.  Dios no nos ha abandonado nunca. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos dice también que Dios siempre nos acompaña a pesar de nuestros pecados y de nuestras infidelidades. 

Hay personas que viven con indiferencia respecto a Dios, a su amor y sus propuestas.  Muchas personas se preocupan más de los resultados del futbol, de los resultados de quien quedó en tal o cual concurso de baile o de canto, de cuál es la canción de moda o dónde va a ser el próximo baile que de Dios y de su amor. 

Estamos en Cuaresma, este es un tiempo ideal para que redescubramos a Dios que nos ama tanto, y que quiere darnos la felicidad verdadera y plena.  Este es un tiempo especial para que aceptemos y vivamos el camino que nos conduce hacia Dios.  Unámonos a Cristo como una rama está unida al tronco y vivamos ya desde ahora de la felicidad plena que Dios nos ofrece.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la primera catequesis bautismal con el episodio de la samaritana.

En los tiempos modernos hay muchos adelantos en medicina, en libertades políticas y en tantas cosas. El nivel de vida ha mejorado.  Sin embargo, no somos felices a pesar de tanto adelanto, a pesar del consumismo y a pesar de que, al parecer, todo nos está permitido. La felicidad es el agua viva de la que nos habla el Evangelio de hoy.

Todos los seres vivientes tenemos sed de felicidad.  No es que seamos infelices, no; pero es relativamente fácil encontrarse con personas que buscan más, que quieren más, que sienten una insatisfacción no del todo precisada, pero ahí está.

Los pozos y las fuentes eran, cuando no había agua corriente, lugar de encuentro. “Ir al pozo”, era el lugar más común de hacer amistades. Allí todos llegaban con la misma necesidad, con la misma búsqueda.

Los pozos y las fuentes de hoy quizá son otros. El agua la tenemos en casa. Damos al grifo  y ya está ahí. No tenemos que ir a buscarla. Pero seguimos saliendo de casa en busca de algo o de alguienporque el hogar no lo da todo, sobre todo cuando estamos vacíos. Hay hogares que no lo dan todo, ni siquiera dan lo esencial. Te dan pan, pero desprovisto de gestos de ternura. Por eso, algunos van al bar, al café, a las tiendas o simplemente “a dar la vuelta para ver gente”

El pozo del corazón humano es muy profundo y no podemos llenarlo con las pequeñas felicidades que encontramos en la vida.  Si tenemos una casita queremos tener un palacio.  La samaritana del Evangelio, había tenido cinco maridos. Y fueron cinco sueños o, mejor dicho, cinco fracasos. El que ahora tenía no era su marido. Sin embargo, ella, una y otra vez, intentaba ser feliz. Y todos, una y otra vez, intentamos ser felices y nunca estamos satisfechos. Y aunque tuviéramos todo lo que deseáramos, lo cual es imposible, todo lo podríamos perder en unos segundos.

La samaritana es una mujer en busca de felicidad. Nada se le pone por delante para ser feliz. Pero tiene que descubrir, ayudada por Jesús, que el lugar de la felicidad no está donde ella creía que estaba. Hay que desplazarse hacia el manantial de agua que viene de Dios.

Los creyentes sabemos que la felicidad depende de “arrimarnos” a Jesús, fuente de verdadera felicidad.

Hagamos hoy nosotros como la samaritana, acerquémonos a Jesús y digámosle: “Señor, dame de esa agua que nos da la felicidad en plenitud”

lunes, 14 de marzo de 2022

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)

Las lecturas que acabamos de proclamar en este tercer domingo de Cuaresma son una invitación a corregir nuestra mentalidad.  No se trata de hacer más cosas sino de hacerlas con el espíritu de Dios.  Hay que dejar que Dios nos libere para que nos transformemos en hombres nuevos, libres de la esclavitud del egoísmo y del pecado, para que en nosotros se manifieste la vida en plenitud, la vida de Dios.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos recuerda cómo Dios elige a Moisés para ser el líder que libere a su pueblo de la esclavitud.

La humanidad exige hoy una liberación política, cultura y económica: los pueblos luchan por su libertad, no queremos hoy dictaduras, aunque sean disfrazadas de democracias; los pobres luchan para liberarse de la miseria, de la ignorancia, de la enfermedad; los obreros luchan por el derecho a un trabajo digno; las mujeres luchan por la defensa de su dignidad; los estudiantes luchan por un sistema educativo que los prepare bien para desempeñar un papel útil en la sociedad.

Tenemos que ser conscientes que donde haya una persona que trabaje por un mundo más justo y más humano, allí está Dios, ese Dios que no está de brazos cruzados ante las injusticias.

Dios actúa en nuestra vida y en nuestra historia a través de hombres y mujeres de buena voluntad que aceptan, como Moisés, ser instrumentos de Dios para mejorar este mundo.

Ante los sufrimientos e injusticias hay que preguntarse: ¿qué estoy haciendo?  ¿Vivimos con la pasividad de quien cree que ya ha hecho lo suficiente y que ahora les toca a los demás? O ¿Somos como Moisés que colaboramos con Dios en la construcción de un mundo más justo y más humano?

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos advierte que cumplir ritos externos y vacíos no es lo importante; lo importante es estar en comunión con Dios, hacer la voluntad de Dios y vivir de acuerdo a los planes de Dios.

San Pablo nos dice que en el éxodo, todos cruzaron el mar rojo y todos se alimentaron de la misma comida y bebida, pero no todos llegaron a la tierra prometida.  El que todos los cristianos hayan recibido el mismo bautismo y participen de la misma Eucaristía, puede que tampoco sea suficiente para alcanzar la salvación. 

Los sacramentos no son ritos mágicos que produzcan su efecto mecánicamente; exigen nuestra colaboración de fe y de vida.  El pertenecer a la Iglesia “no es un seguro de vida”.  Lo importante es como dice Jesús: “escuchar y practicar la Palabra de Dios”.

Hay que dejar de aparentar ser cristiano y optar por ser cristiano de verdad.

El Evangelio de San Lucas es una llamada a la conversión y una invitación a examinar nuestra vida para ver el paralelismo entre estos acontecimientos: la muerte de unos galileos y los 18 que murieron aplastados, y las situaciones que vivimos nosotros: problemas políticos, malestar social y económico, enfrentamientos personales, accidentes de tráfico y de trabajo… ¿Cómo intervenimos en ellos: con despreocupación, positiva o negativamente?…

Los acontecimientos de la historia no pueden dejamos indiferentes, puesto que Dios nos ha colocado como protagonistas de ella.

Debemos cambiar todo lo que no sea según la palabra de Dios, todo lo que no busque la igualdad entre todos los hombres. Lo sucedido en ambos casos es un aviso y un llamamiento para todos a la conversión, a vivir verdaderamente; nos invitan a avanzar por el camino de la justicia que Jesús anuncia y promueve, o todos acabaremos mal. Porque Dios y la injusticia humana son incompatibles. Y lo que es opuesto a Dios es desastre absoluto y definitivo.

Todas las catástrofes que se producen nos anuncian la necesidad que tenemos todos de volvernos a Dios. En definitiva, estos acontecimientos nos vienen a decir: ¿Cómo te gustaría haber empleado el tiempo de tu vida cuando te llegue el momento de dejarla? La respuesta a esta pregunta y el ser consecuente con esa respuesta es lo más importante para la vida de cada ser humano.

El otro signo de llamada a la conversión es el relato de la higuera estéril.  No podemos vivir cruzados de brazos.  Con la parábola de la higuera, Jesús quiere enseñarnos la necesidad que tenemos los hombres de dar una respuesta, unos frutos en la vida. Frutos de justicia, de amor, de libertad, de paz… No podemos vivir con los brazos cruzados, sin hacer nada, sin ningún esfuerzo. Debemos colaborar con nuestro trabajo a la obra de Dios, debemos realizarnos plenamente como personas haciendo el bien que Dios espera de nosotros.

Para Jesús todos somos como aquella higuera plantada en la viña, que con frecuencia no damos el fruto que cabría esperar. Pero, al mismo tiempo, se nos ofrece la posibilidad de darlo en adelante. No tenemos excusa para no dar frutos.  ¿Estamos dando los frutos que Dios espera de cada uno de nosotros? Es triste que una persona que recibe de Dios la vida, el regalo más lleno de posibilidades, vaya pasando los días malgastándola inútilmente.

Ojalá que esta Cuaresma, todos, demos frutos y el mayor fruto sea nuestra conversión.

lunes, 1 de marzo de 2021

 

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

La Cuaresma es un tiempo de conversión y renovación.  Dios siempre está preocupado por conducirnos a una vida nueva, por eso las lecturas de hoy nos hablan de lo que tenemos que hacer para alcanzar la vida nueva que Dios nos ha prometido.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos trae la formulación de los diez mandamientos. Los 10 Mandamientos nos manifiestan la preocupación de Dios por orientar la conducta de su pueblo por el buen camino.

Cuando se piensa hoy en día en “ley”, en “mandamientos”, inmediatamente se nos ocurre pensar en restricciones a la libertad que ¡tanto! apreciamos y defendemos. Y no es así. Como nos dice el Salmo de hoy: “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma…  y alegran el corazón… y da luz a los ojos”. 

Los 10 mandamientos son “¡leyes de vida y de libertad! Si el pueblo observa la Ley de Dios, conocerá la libertad para siempre”.  Si revisamos bien los Diez Mandamientos, éstos son, como dice el Salmo, una guía invalorable para andar en el camino. Son una síntesis del amor a Dios y del amor al prójimo, y contienen exigencias mínimas para que la sociedad funcione debidamente. 

Los 10 Mandamientos: “salvan al ser humano de la fuerza destructiva del egoísmo, del odio y del engaño. Nos libran de la codicia de poder y de placer que altera el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad y la de nuestro prójimo”.

Los primeros mandamientos, regulan las relaciones del pueblo con Dios: Él será el único Dios; ninguna imagen podrá sustituirlo; su nombre será respetado; se le consagrará un día de descanso semanalmente. Los restantes mandamientos regulan la convivencia entre los miembros del pueblo: el respeto a los padres, a la vida, a la relación hombre-mujer, a los bienes y a la fama. Todo ello basado, no solamente en unas “medidas de buena convivencia social”, sino en la fe en un Dios único que pone las bases a un código moral de respeto mutuo y de salvación.

Dios nos hizo libres: para escoger el bien en cada situación, no para elegir el mal. Y los Mandamientos de Dios son esa guía hacia el bien. Y siguen vigentes hoy y siempre, porque la Ley de Dios, como nos dice el Salmo, “es santa y para siempre estable”.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Corintios, nos invita a descubrir que la salvación, la felicidad no se encuentra en el poder, en la riqueza o ser importantes ante el mundo, sino en la aceptación de la cruz, es decir, en amar, en poner nuestra vida al servicio de los sencillos y humildes.

Los seres humanos buscamos, muchas veces, seguir a líderes vencedores, que se imponen a la fuerza y que muestran su poder y su sabiduría, a veces incluso con prepotencia; sin embargo, Dios se nos muestra en la figura de Jesús, abandonado por sus amigos, condenado por las autoridades y muerto en la cruz.  Si Dios se manifiesta así, no busquemos nosotros ser importantes, ni tener autoridad, ni ser protagonistas; busquemos el escándalo de la cruz para obtener la felicidad y la vida en plenitud.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús expulsando a los vendedores del templo.  Este evangelio de hoy es para criticar cierto tipo de religiosidad.  No se viene a la Iglesia para obtener una especie de impunidad, para comprar un buen puesto de seguridad.  Hay que convertirse.

Con Dios no se comercia.  No se enderezan las cosas equivocadas, rezando un padrenuestro.  Las cosas incorrectas sólo se enderezan mejorándolas.  

En el mercantilismo religioso caemos todos. Qué son si no esas promesas que hacemos de dar una limosna, de comulgar todos los días una temporada, de dejar de beber, Si… nos sale bien un examen, un negocio, un asunto cualquiera. Y a que vienen nuestros enfados con Dios cuando no nos concede lo que le pedimos. Enfados que mostramos en esas frases tan repetidas: “con lo que se lo he pedido al Señor y no me oye”. Y esos enfados nos separan del Señor.

No está mal pedir, “pedid y recibiréis”, dice el Señor, pero no podemos convertir a Dios en una gran tienda en la que en cada sección encontramos lo que buscamos. Si fuéramos a visitar a nuestros padres sólo cuando vamos a pedirles dinero, seríamos unos aprovechados y poco amor verdadero habría allí.

No se puede venir a la Iglesia y después continuar robando, explotando, levantando falsos contra el prójimo.  No se puede ser sincero con Dios cuando se engaña a los semejantes.  Dios no acepta que estemos hincados de rodillas en la iglesia, si después pisoteamos la justicia.  No se va a la Iglesia para huir de esta vida, sino para tomar conciencia de nuestras responsabilidades.

Un culto a Dios que no esté basado en la justicia, la honradez y la caridad hacia el prójimo, es un culto falso y mentiroso.

Jesús quiere desenmascarar la hipocresía de muchas actitudes religiosas.  Jesús quiere que modifiquemos nuestra conducta, que le demos a Dios un culto verdadero.  Nosotros no somos perfectos, pero Jesús nos pide que seamos sinceros en nuestra relación con Dios.

martes, 10 de marzo de 2020

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO A)

Todos hemos experimentado, a lo largo de nuestra vida, diferentes tipos de necesidades.  Tenemos la necesidad de ser amados, de amar, de tener cosas, la necesidad de descansar.  La Palabra de Dios, en este tercer domingo de Cuaresma, nos va a iluminar sobre cuáles de estas necesidades son fundamentales para nuestra vida.

La 1ª lectura, del libro del Éxodo, terminaba diciendo: “¿Está el Señor entre nosotros o no?”.  Quizás alguna vez nos hemos hecho esta pregunta.  Quizá nos la hemos hecho ante un momento de desengaño, o de soledad, o ante una desgracia.  La respuesta es sí: Dios está con nosotros, está a favor nuestro, nunca nos deja.

Todos nosotros, todos los días tenemos la experiencia de un Dios que nos libera y nos salva, que está presente a nuestro lado, que nos tiende la mano.  Sin embargo en nuestra vida, hay momentos que nos hacen dudar de la bondad de Dios, de su amor, de su proyecto para salvarnos.  Sin embargo la Palabra de Dios nos dice que Dios nunca abandona a nadie.  Él está a nuestro lado, en cada paso que damos, para ofrecernos gratuitamente y con amor el agua que calma nuestra sed de vida y de felicidad.

La 1ª lectura nos muestra que habían sido los israelitas los que habían abandonado a Dios, desesperados porque no tenían agua.  Nosotros también muchas veces somos egoístas, cómodos, que nos pasamos la vida lamentándonos y acusando a Dios y a los otros de las dificultades que la vida nos trae.  Y las dificultades no son un castigo; son, muchas veces, parte de la pedagogía de Dios para fortalecernos, para renovarnos, para madurarnos, para que seamos menos orgullosos y autosuficientes.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos, nos dice que Dios siempre nos acompaña a pesar de nuestros pecados y de nuestras infidelidades.  Dios siempre nos ofrece de forma gratuita e incondicional su salvación.

No podemos permanecer indiferentes ante Dios y su amor.  Hoy hay personas que se preocupan más de los resultados de la liga de futbol y de las votaciones de los diferentes concursos que hay en televisión que de Dios y de su amor.  Por ello, ya es tiempo de que nos preocupemos de descubrir al Dios que nos ama, al Dios que quiere nuestra felicidad plena y de que aceptemos el camino que Él nos propone para alcanzar el cielo.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado el episodio de la samaritana.

La mayoría de las personas le temen y huyen a la soledad, a la tristeza, a una vida vacía, al sufrimiento y al dolor.  Todos deseamos ser felices.  Diariamente, incluso sin ser conscientes de ello, buscamos la felicidad y la buscamos dónde sea y como sea.  Probamos lo que sea con tal de apagar nuestra sed de felicidad.

La samaritana que va al pozo a buscar agua, representa lo que nosotros diariamente hacemos en nuestra vida: buscamos continuamente un agua que apague una sed profunda, nuestra sed de felicidad.

Pero una cosa es saciar esa sed definitivamente y otra calmar nuestra sed momentáneamente.  Muchos creen que van a resolver su sed de felicidad como la samaritana: “llenando” su vida, su vacío interior, su deseo de ser felices, con la compañía de un hombre o de una mujer, o buscando seguridad en la vida, o buscando afecto en ciertas relaciones personales.  Hay tantas personas que si no encuentran agua en un “pozo” y fracasan, buscan saciar su sed en otro “pozo”.  Así andan de pozo en pozo, sin saber cómo resolver verdaderamente esa sed de felicidad.

Estas personas que buscan la felicidad por caminos equivocados lo único que hacen es vivir llenando vacíos y “tapando huecos” de día en día, buscando llenar ese vacío de felicidad con experiencias que lejos de apagar la sed lo que hacen es aumentar cada día más su falta de felicidad.

¿Cómo podemos saciar definitivamente nuestra sed de felicidad?  Cristo, en el evangelio de hoy, nos invita a acudir a Él.  El Señor no sólo tiene la respuesta: ¡Él es la Respuesta! Jesús nos dice: “el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás”

La sed de felicidad que todo ser humano experimenta, es en realidad una sed de Dios y por lo tanto, no podrá ser saciada sino solamente en Dios.

Que Cristo sea la fuente de nuestra felicidad no significa que renunciemos a las fuentes de alegría que Dios lícitamente ha querido que disfrutemos en nuestra vida.  Pero tampoco se trata de quedarnos en ellas, o de agarrarnos a ellas cuando Dios nos pide dar un paso más. 

Hoy Jesús nos invita a volver a Dios.  Él es la fuente de donde nos vienen tantas alegrías, por eso debemos darle gracias y buscar en Él esa agua viva que apague definitivamente, por toda la eternidad, nuestra sed de felicidad.

martes, 19 de marzo de 2019

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)

 
Las lecturas que acabamos de proclamar en este tercer domingo de Cuaresma son una invitación a corregir nuestra mentalidad.  No se trata de hacer más cosas sino de hacerlas con el espíritu de Dios.  Hay que dejar que Dios nos libere para que nos transformemos en hombres nuevos, libres de la esclavitud del egoísmo y del pecado, para que en nosotros se manifieste la vida en plenitud, la vida de Dios.
 
La 1ª lectura del libro del Éxodo nos recuerda cómo Dios elige a Moisés para ser el líder que libere a su pueblo de la esclavitud.
 
La humanidad exige hoy una liberación política, cultura y económica: los pueblos luchan por su libertad, no queremos hoy dictaduras, aunque sean disfrazadas de democracias; los pobres luchan para liberarse de la miseria, de la ignorancia, de la enfermedad; los obreros luchan por el derecho a un trabajo digno; las mujeres luchan por la defensa de su dignidad; los estudiantes luchan por un sistema educativo que los prepare bien para desempeñar un papel útil en la sociedad.
 
Tenemos que ser conscientes que donde haya una persona que trabaje por un mundo más justo y más humano, allí está Dios, ese Dios que no está de brazos cruzados ante las injusticias.
 
Dios actúa en nuestra vida y en nuestra historia a través de hombres y mujeres de buena voluntad que aceptan, como Moisés, ser instrumentos de Dios para mejorar este mundo.
 
Ante los sufrimientos e injusticias hay que preguntarse: ¿qué estoy haciendo?  ¿Vivimos con la pasividad de quien cree que ya ha hecho lo suficiente y que ahora les toca a los demás? O ¿Somos como Moisés que colaboramos con Dios en la construcción de un mundo más justo y más humano?
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos advierte que cumplir ritos externos y vacíos no es lo importante; lo importante es estar en comunión con Dios, hacer la voluntad de Dios y vivir de acuerdo a los planes de Dios.
 
San Pablo nos dice que en el éxodo, todos cruzaron el mar rojo y todos se alimentaron de la misma comida y bebida, pero no todos llegaron a la tierra prometida.  El que todos los cristianos hayan recibido el mismo bautismo y participen de la misma Eucaristía, puede que tampoco sea suficiente para alcanzar la salvación. 
 
Los sacramentos no son ritos mágicos que produzcan su efecto mecánicamente; exigen nuestra colaboración de fe y de vida.  El pertenecer a la Iglesia “no es un seguro de vida”.  Lo importante es como dice Jesús: “escuchar y practicar la Palabra de Dios”.
 
Hay que dejar de aparentar ser cristiano y optar por ser cristiano de verdad.
 
El Evangelio de San Lucas nos ha relatado unos hechos trágicos que ocurrieron en tiempos de Jesús.  También entonces, como ahora, ocurrían tragedias y catástrofes que impresionaban a la gente.
 
La tragedia de los galileos y de los que mueren aplastados por la torre no es un castigo de Dios.  Las tragedias forman parte de la vida, de la limitación y debilidad del hombre.
 
Jesús lo que hace es sacar una enseñanza práctica para la vida de cada día.  Y la enseñanza es la necesidad urgente de convertirnos porque no sabemos ni el día ni la hora, porque si no nos convertimos no hay esperanza para después de la muerte.
 
Jesús quiere que no desaprovechemos este momento de gracia que se nos concede.  Jesús nos invita a tomarnos la vida con responsabilidad.  Hay personas que piensan que siempre hay tiempo para cambiar, quizás el año que viene, quizás unos momentos antes de morir me arrepentiré, pediré perdón y todo arreglado.  Pero el tiempo se nos acaba y no se da ese cambio.
 
El tiempo pasa y en cualquier momento, nuestra vida llega a su final por un accidente, una enfermedad mortal, una caída, un ataque al corazón, etc., y es mejor tener frutos listos para presentarlos al Señor que ser arrojados al fuego eterno.
 
Dios nos llama a través de las desgracias, de los sufrimientos para que cambiemos y hagamos un mundo mejor.  Dios nos llama a que nos convirtamos, a que demos frutos.
 
Hay que escuchar el grito de alerta de Jesús: “si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”
 
No esperemos a que los desastres y desgracias toquen a nuestra puerta para convertirnos porque podría ser demasiado tarde.
 
Pidamos al Señor en esta Eucaristía que renueve en nuestros corazones el deseo de convertirnos, que nos dé fuerzas y ganas para conseguirlo.