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lunes, 4 de mayo de 2026

 



En este domingo de pascua  la Iglesia nos invita  a prepararnos para recibir el gran don y regalo de Pascua: el Espíritu Santo. Jesús no nos deja huérfanos, sino que con el Padre nos enviarán el Espíritu Santo.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta al diácono Felipe predicando a los samaritanos. Esta lectura de hoy nos hacer ver la necesidad y la urgencia que tenemos de evangelizar y de ser coherentes con el sacramento de la Confirmación.

No podemos quedarnos sin hacer nada.  No digamos que no tenemos tiempo.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar algo de tiempo a los demás.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar horas a la familia, a los enfermos, a los amigos, a la Parroquia.  ¡Nunca es tiempo perdido!  Es preocupante que se atente contra los derechos de la familia en la educación de los hijos y nos quedemos de brazos cruzados e indiferentes.

Que importantes es, pues, que todos evangelicemos.  Nos decía la primera lectura que la predicación de Felipe produjo que “la ciudad se llenara de alegría”.  Ese es el resultado que produce la predicación del Evangelio en las personas que lo acogen: sus corazones se llenan de alegría.  Cristo se convierte en el sentido de su vida, la fe nos da esperanza.  La predicación libera a los que viven sometidos al yugo del mal, de la enfermedad, de la muerte.  Cuando Dios está en nuestros corazones, ni siquiera la enfermedad nos puede entristecer o inquietar: acaso nos haga sufrir, pero no arrancará de nosotros la paz.

Evidentemente la alegría del evangelio no es la misma que la alegría del mundo,  la alegría del evangelio no tiene que ver con el tener mucho dinero, con el vivir cómodamente, con el tener buena salud.   La alegría del evangelio es la alegría que Dios da a los que lo acogen.   Es la alegría del que ha descubierto que su vida, su destino, está en manos de Dios.  

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro exhorta a los creyentes a glorificar a Cristo Jesús. Es algo que sólo se puede hacer desde la alegría y el gozo, desde el agradecimiento que supone el saberse salvados, rescatados por el Señor.

En un ambiente de consumismo, de indiferencia religiosa, los cristianos tenemos una tarea muy importante que realizar en este mundo.  Esa tarea es la que hoy nos decía san Pedro: dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza”. La fe no tiene miedo a la razón.  Fomentemos el diálogo que es el camino que la Iglesia ha escogido para seguir evangelizando.

La Iglesia necesita laicos cristianos bien formados para que den razón de su fe y de su esperanza a quienes se la pidan en el ámbito de la cultura, de la política, de la vida, del trabajo. La cultura ha de ser evangelizada desde dentro, desde sus raíces más hondas y profundas. Necesitamos cada día más una cultura liberadora del hombre  y que dé y promueva la esperanza en todos. Desterremos para siempre la violencia, la guerra, la exclusión,  el hambre, la muerte, dando razón de nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado las palabras de despedida de Jesús a sus apóstoles y la promesa de enviar al Espíritu Santo y de estar siempre con nosotros.

Jesús nos decía hoy: yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad.  El amor es la gran verdad de Dios, Dios es amor y la relación nuestra con Él y también con los hermanos ha de ser una relación de amor. Pero para amar es necesario vivir en la verdad. Trabajar por la verdad, hacer la verdad, decir la verdad es una de las grandes pruebas de generosidad, de amor.

Para poder realizar una vida auténticamente humana es fundamental el comprender la grandeza de vivir en la verdad, comprender que la búsqueda de la verdad nos acerca a las personas y conduce al diálogo. El respeto a la verdad aproxima a los grupos, fortalece la justicia y nos encamina hacia la verdadera paz, en definitiva a vivir como  hermanos. Especialmente, los que tienen responsabilidades en la sociedad, necesitan creer en la eficacia de la verdad y empeñarse en la búsqueda de la sinceridad social.

Por experiencia sabemos lo difícil y duro que es en ocasiones decir la verdad, vivir en la verdad. Por eso Jesús nos promete y envía su Espíritu que necesitamos, que nos ayude, nos defienda.  Nosotros si queremos ser seguidores del Señor, hemos de aceptar responsablemente el espíritu de verdad, hemos de ser dóciles al Espíritu de la Verdad.

Necesitamos recordar la verdad de Jesús. Si la olvidamos, no sabremos quiénes somos ni qué estamos llamados a ser. Nos desviaremos del evangelio una y otra vez.  Lo que configura la vida de un verdadero creyente no es la lucha por el éxito ni siquiera la obediencia estricta a una ley, sino la búsqueda gozosa de la verdad de Dios en la vida diaria bajo el impulso del Espíritu.

La Iglesia, hoy, necesita de auténticos cristianos, que sean capaces de dar razones de su fe, desde la auténtica verdad que es Cristo.  Recordemos que la verdad es lo que nos hará auténticas personas libres.

lunes, 19 de mayo de 2025

 

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


La liturgia de este domingo de Pascua nos presenta la promesa de Jesús de enviar su Espíritu para fortalecer nuestra fe, y la Paz que concede a quienes viven en su presencia.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta un problema muy serio que vivieron las primeras comunidades cristianas y que provocó fuertes enfrentamientos dentro de ellas.

Algunos de los primeros cristianos no se habían desprendido de todas las leyes judías y defendían que había que cumplir ciertas leyes judías.  Con esto, cerraban la puerta a muchos que querían hacerse cristianos pero no eran judíos. 

Los apóstoles, reunidos en asamblea y bajo la luz del Espíritu Santo decidieron que para ser cristiano era suficiente seguir la doctrina y el Evangelio de Cristo.  No era necesario hacerse judío para ser cristiano.

Nos decía la lectura: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”  Nuestro mundo de hoy está marcado por el individualismo, fruto de ideologías y de nuestra misma cultura que nos hace que nos aislemos de los demás.  Por nuestra forma de pensar y nuestra manera de vivir confundimos, a veces, la verdad, con nuestra verdad, y creemos que siendo la nuestra la única verdad, los que no piensan como nosotros, los que no están de acuerdo con nosotros, están equivocados.  Por eso surgen las confrontaciones y las divisiones.  Para evitar esta dificultad y llegar a un consenso, nada mejor que encontrarse en diálogo sincero, nada mejor que dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de tomar una decisión importante en nuestra vida.

La Iglesia de hoy, al igual que las Comunidades cristianas primeras, están constituidas por hombres y no por ángeles. Pero la Iglesia, a pesar de estar integrada por hombres, es la Iglesia de Cristo Jesús, y está iluminada y orientada por el Espíritu de Dios.

Los errores e incertidumbres se resuelven, por consiguiente, bajo la iluminación del Espíritu Santo y la presencia del mismo Jesús “hasta el final de los tiempos”.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia celestial.

La construcción de los cielos nuevos y la tierra nueva debe empezar desde el interior de cada persona. Ese mundo nuevo no se construye con la violencia de las armas, ni por deseos de poder. 

Ese mundo sólo es posible construirlo con la fuerza del Amor. Pero no con cualquier amor, porque en la humanidad todos hablamos del amor, pero cada uno lo entiende a su manera. 

Amor al estilo de Jesús. El amor al estilo de Jesús es el único que puede hacer cambiarnos y cambiar este mundo.

En el Evangelio de san Juan, Jesús nos decía: “el que me ama cumplirá mi palabra”.

Jesús nos habla de amor, pero un amor traducido en obras, un amor que cumple, un amor que es realidad.  Quizás algunos piensen que amar es cumplir las leyes y con eso ya es suficiente.  Pero es todo lo contrario, no se trata simplemente de cumplir leyes, sino de amar y de amar de verdad.

Nos decía también hoy Jesús: “y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”  Ser cristiano no es cuestión de leyes y de ritos, sino fundamentalmente es vivir la presencia de Dios, experimentar su amor y ser expresión de su amor. 

Jesús nos hace hoy también una recomendación: “no perdáis la paz”.   En este nuestro mundo donde la violencia se ha adueñado de todos los ámbitos, donde se justifican las guerras más crueles y ya pasan desapercibidas las muertes de tantos hermanos nuestros, donde corremos el riesgo de perder la paz, de acobardarnos, Cristo nos invita a que fortalezcamos nuestro corazón.

¿Cómo no tener miedo a los horrores del narcotráfico cuando se han metido a todos nuestros pueblos y a todas las comunidades? ¿Nos quedaremos cruzados de brazos viendo cómo nuestros jóvenes se corrompen y se contagian de la ambición del poder y del dinero? Escuchemos la palabra de Jesús y miremos las verdaderas causas y ataquemos, no con las ametralladoras que no sirven de nada, sino yendo al fondo de los problemas.

Si logramos dar valores y fortaleza de corazón a los niños y a los jóvenes, no caerán en la garras del vicio. Pero si descuidamos su educación y nosotros mismos no somos ejemplo de coherencia y de perseverancia ¡qué fácil caerán los ingenuos jóvenes!

En esta tarea no estamos solos. Nunca el cristiano debería sentirse huérfano. Lo que configura la vida del verdadero creyente no es el ansia del placer, ni la lucha por el éxito, ni la obediencia a una ley. El verdadero creyente no cae ni en el legalismo ni en la anarquía, sino que busca con el corazón limpio la verdad.

lunes, 29 de abril de 2024

 

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


El tema central de las lecturas de hoy es el amor como programa principal para la vida de un cristiano.  El amor es el “mandamiento” principal que tenemos que vivir los cristianos.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos dice claramente que la salvación que Dios ofrece a la humanidad es para todos los seres humanos.  Para Dios lo importante no es pertenecer a una raza, a un partido político, a un grupo social, sino la disponibilidad para acoger la oferta de salvación que Él nos quiere dar.

Las únicas personas que no se salvan son aquellas que se cierran por orgullo o por autosuficiencia a los planes de Dios.

El Dios que ama a todos los hombres, nos invita a acoger a todos los hermanos, también a los diferentes, los que nos resultan incómodos, los que son del partido diferente a que yo milito, los que no piensan igual que yo.  A todo ser humano hay que acogerlo con bondad, comprensión, amor.  No nos toca a nosotros decidir quién es bueno y quien es malo, quien es santo y quien es un diablo.  Dios nos invita a que acojamos a todos, a que a todos los invitemos a formar parte de nuestra comunidad cristiana, sea cual sea su situación personal o social.  Estamos llamados a no excluir, a no marginar a nadie, a no ser intolerantes con nadie, a no tener prejuicios contra nadie.

Es fácil hablar de respeto, pero es más fácil matarlo con nuestros rencores, enemistades, egoísmos e injusticias.  Muchas veces amamos por interés. Dios ama a todos, el amor de Dios es universal.  La fe es universal y el mensaje de Jesús es universal.  Seamos nosotros un reflejo de ese amor de Dios.

La 2ª lectura de la primera carta de san Juan nos decía: “todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.

Amar quiere decir tener el corazón y el alma dispuestos siempre a darse a todo aquel que necesite de nosotros, aunque no nos caiga bien o aunque pensemos que no tenemos la culpa de sus problemas.

Amar quiere decir ser capaz de conmoverse ante los dolores y las debilidades, y sentirlos como propios, sentirse responsable de ellos. Amar quiere decir estar en contra de la guerra y de los que hacen negocios a costa de ella. Amar quiere decir querer un mundo diferente, en el que todos los hombres vivan con dignidad, la dignidad de amados de Dios.

Amar quiere decir crear relaciones de confianza con los demás, no murmurar, ayudar, entender lo que les pasa a los demás en lugar de criticarlos. 

Nuestra vida, tanto en la familia como en la sociedad, nos ofrece muchas ocasiones para ejercitar el mandato del amor.  “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.

En el Evangelio de san Juan, Jesús nos dejaba el mandamiento del amor: “que os améis unos a otros como yo os he amado”,  

Todo amor que esclaviza no es verdadero amor. No es amor el sometimiento y la despersonalización que algunos de los esposos hace contra la esposa. No es amor la manipulación de los amigos para los propios intereses, los fines comerciales o políticos.  No es amor las relaciones sexuales que tienen como único fin la satisfacción personal y luego se deja abandona a la persona utilizada. No es amor ninguna expresión que esclavice, que domine, que torne en servidumbre a las personas.

Por eso Jesús nos decía hoy también: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”.

La amistad y el amor se basan en la confianza, en el diálogo, en el conocimiento y respeto mutuo. La amistad significa cercanía. El amigo es alguien con quien se trata de tú a tú. ¿Qué pruebas de amistad nos da Jesús? El amigo no tiene secretos con el amigo. Tampoco Jesús los tiene para nosotros: “He abierto mi corazón para comunicaros todo lo que sé; no tengo secretos para vosotros, os he dado a conocer todo lo que le oído a mi Padre”.

El verdadero amor produce alegría y cada discípulo de Jesús al saberse amado rezumará por todos sus poros una gran alegría. La alegría es la sonrisa de Dios en nuestras vidas y no se entenderán los “amados de Dios” con actitudes negativas y sentimientos pesimistas.

Si Dios me ama, ¿por qué voy a estar triste? Ciertamente no es fácil la alegría verdadera, estamos acostumbrados a la carcajada fácil y a la alegría superficial. Lo que Jesús nos propone es esa felicidad que se encuentra en lo profundo de nosotros porque nos reconocemos amados por Dios y porque queremos hacer participar a todos nuestros hermanos de esa misma felicidad. Todo lo contrario de lo que el mundo nos ofrece: una alegría que nace del dolor del otro y de la seguridad de que los demás no pueden tener lo que nosotros. El amor de Jesús es contagioso y por eso sólo es feliz quien hace un mundo más feliz, sólo conoce la alegría quien sabe regalarla; sólo tiene verdadera vida, quien es capaz de dar vida, y sólo se siente amigo, no esclavo, quien ama.

lunes, 8 de mayo de 2023

 

VI DOMINO DE PASCUA (CICLO A)


La liturgia de este 6° Domingo de Pascua nos invita a descubrir la presencia de Dios en su Iglesia por eso nos decía el Señor “no os dejaré desamparados”.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta al diácono Felipe predicando a los samaritanos. Esta lectura de hoy nos hacer ver la necesidad y la urgencia que tenemos de evangelizar y de ser coherentes con el sacramento de la Confirmación.

No podemos quedarnos sin hacer nada.  No digamos que no tenemos tiempo.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar algo de tiempo a los demás.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar horas a la familia, a los enfermos, a los amigos, a la Parroquia.  ¡Nunca es tiempo perdido!  Es preocupante que se atente contra los derechos de la familia en la educación de los hijos y nos quedemos de brazos cruzados e indiferentes.

Que importantes es, pues, que todos evangelicemos.  Nos decía la primera lectura que la predicación de Felipe produjo que “la ciudad se llenara de alegría”.  Ese es el resultado que produce la predicación del Evangelio en las personas que lo acogen: sus corazones se llenan de alegría.  Cristo se convierte en el sentido de su vida, la fe nos da esperanza.  La predicación libera a los que viven sometidos al yugo del mal, de la enfermedad, de la muerte.  Cuando Dios está en nuestros corazones, ni siquiera la enfermedad nos puede entristecer o inquietar: acaso nos haga sufrir, pero no arrancará de nosotros la paz.

Evidentemente la alegría del evangelio no es la misma que la alegría del mundo,  la alegría del evangelio no tiene que ver con el tener mucho dinero, con el vivir cómodamente, con el tener buena salud.   La alegría del evangelio es la alegría que Dios da a los que lo acogen.   Es la alegría del que ha descubierto que su vida, su destino, está en manos de Dios.  

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro exhorta a los creyentes a glorificar a Cristo Jesús. Es algo que sólo se puede hacer desde la alegría y el gozo, desde el agradecimiento que supone el saberse salvados, rescatados por el Señor.

En un ambiente de consumismo, de indiferencia religiosa, los cristianos tenemos una tarea muy importante que realizar en este mundo.  Esa tarea es la que hoy nos decía san Pedro: “dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza”. La fe no tiene miedo a la razón.  Fomentemos el diálogo que es el camino que la Iglesia ha escogido para seguir evangelizando.

La Iglesia necesita laicos cristianos bien formados para que den razón de su fe y de su esperanza a quienes se la pidan en el ámbito de la cultura, de la política, de la vida, del trabajo. La cultura ha de ser evangelizada desde dentro, desde sus raíces más hondas y profundas. Necesitamos cada día más una cultura liberadora del hombre  y que dé y promueva la esperanza en todos. Desterremos para siempre la violencia, la guerra, la exclusión,  el hambre, la muerte, dando razón de nuestra fe.

En el Evangelio de san Juan nos decía Jesús: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”

Nosotros manifestamos el amor que le tenemos a Cristo cuando cumplimos fielmente sus mandamientos.  No por el castigo que nos pueda venir, sino porque lo amamos a Él. Si nosotros realmente amamos a Cristo nos vamos a esforzar por hacer vida lo que Él nos dice.

Quizá, una de las razones por las que nosotros no vivimos en serio nuestra vida cristiana es porque la vemos solamente bajo el aspecto de obligaciones y de leyes y no hemos llegado a comprender todavía que solamente podremos seguir a Cristo viviendo en el amor. 

Muchas veces se nos hace pesada la oración y por eso, la dejamos con mucha facilidad. Sin embargo, en el fondo no se trata de que estemos cansados o de que la oración sea algo aburrido. Se trata de que no amamos a Dios hasta el punto de sentir necesidad de estar con Él, de abrirle nuestro corazón y de escuchar su voz. 

Debemos amar a Dios tanto que sin Él no podemos vivir.  Debemos desear a Dios como necesitamos el aire para respirar.

Esto es lo que Jesús quiere enseñarnos cuando nos dice: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Ese amor a Dios debe impulsarnos a hacer todo lo que Cristo nos pide. No importa que sea algo que nos cueste.  

Para vivir como verdaderos hijos de Dios necesitamos amar a Dios con todo nuestro corazón y con ese mismo amor amar a nuestro prójimo.  Solamente podremos vivir como Dios nos enseña en la medida en que el amor esté presente en nuestra vida.

A veces decimos que nos cuesta perdonar, o que no aceptamos a tal o cual persona, o que nos cae mal esta o aquella actividad que tenemos que hacer, o que la misa nos aburre… Para cambiar nuestras actitudes lo que necesitamos es amar con todo nuestro corazón. 

Pidamos al Señor que el amor sea el fundamento de nuestra vida.

lunes, 16 de mayo de 2022

 

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)

Homilia – Página 13 – Noticias

La liturgia de este domingo de Pascua nos presenta la promesa de Jesús de acompañar permanentemente a su comunidad.  No estamos solos en la vida, Jesús resucitado va siempre con nosotros.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta un problema muy serio que vivieron las primeras comunidades cristianas y que provocó fuertes enfrentamientos dentro de ellas.

Algunos de los primeros cristianos no se habían desprendido de todas las leyes judías y defendían que había que cumplir ciertas leyes judías.  Con esto, cerraban la puerta a muchos que querían hacerse cristianos pero no eran judíos.  

Los apóstoles, reunidos en asamblea y bajo la luz del Espíritu Santo decidieron que para ser cristiano era suficiente seguir la doctrina y el Evangelio de Cristo.  No era necesario hacerse judío para ser cristiano.

Nos decía la lectura: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”  Nuestro mundo de hoy está marcado por el individualismo, fruto de ideologías y de nuestra misma cultura que nos hace que nos aislemos de los demás.  Por nuestra forma de pensar y nuestra manera de vivir confundimos, a veces, la verdad, con nuestra verdad, y creemos que siendo la nuestra la única verdad, los que no piensan como nosotros, los que no están de acuerdo con nosotros, están equivocados.  Por eso surgen las confrontaciones y las divisiones.  Para evitar esta dificultad y llegar a un consenso, nada mejor que encontrarse en diálogo sincero, nada mejor que dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de tomar una decisión importante en nuestra vida.

La Iglesia de hoy, al igual que las Comunidades cristianas primeras, están constituidas por hombres y no por ángeles. Pero la Iglesia, a pesar de estar integrada por hombres, es la Iglesia de Cristo Jesús, y está iluminada y orientada por el Espíritu de Dios.

Los errores e incertidumbres se resuelven, por consiguiente, bajo la iluminación del Espíritu Santo y la presencia del mismo Jesús “hasta el final de los tiempos”.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia celestial.

Todos estamos llamados a formar parte de esa Iglesia celestial.  Para ello debemos, ya desde ahora, ir asemejándonos cada vez más a Cristo.  Por eso, sabiéndonos pecadores, no debemos dejarnos llenar más de tinieblas en nuestra vida, tinieblas que nacen de la maldad del corazón, sino que hemos de estar en una continua conversión, para manifestar al mundo nuestra fe en el Señor.

Seamos, conforme al mandato del Señor, luz que ilumine a todas las naciones, pues la Iglesia es el regalo que Dios ha dado al mundo, para que por medio de la Iglesia y unidos al Señor encontremos la salvación y el camino que nos conduce a Dios.

En el Evangelio de san Juan, Jesús habla de amarlo a Él.  Ama a Jesús quien cumple sus palabras; no lo ama quien no las cumple.  ¿Amamos  a Jesús?  

A veces, expresamos muy poco nuestro amor a Jesús. Hay muchas personas que pueden pasar días y días, pueden incluso ir a misa… sin tener unos momentos de conversación con Él, sin dirigirle unas palabras que salgan del corazón.  No es un amor sólo verbal, teórico. “El que me ama, dice, cumplirá mi palabra”.  No siempre tenemos en cuenta las palabras de Jesús cuando llega el momento de aplicarlas a nuestra vida de cada día.  Y entonces pasamos a formar parte de los que no hacen caso de sus palabras y, por lo tanto, de los que no lo aman o no lo aman lo suficiente.

Pero el evangelio de este domingo también nos habla de paz.  Pero con la paz ocurre como con otras muchas palabras como amor, solidaridad, que a fuerza de repetirlas pierden la fuerza del sentido original.

A la hora de hablar de paz muchas veces lo que realmente sucede es que los cañones y los rifles han callado, aunque sigan manteniéndose situaciones de injusticia y opresión. Lo mismo ocurre a nivel familiar, de vecinos o de parroquia. Y así, por ejemplo, cuando hay un enfrentamiento o una discusión fuerte solemos decir, “haya paz” para calmar los ánimos; y eso está bien. El problema es que todo se quede en eso, en que se calmen los ánimos, pero no se produzca entendimiento, ni comprensión del otro, ni reconciliación. Y puede haber paz pero, continúan los rencores y los odios.

Para resolver los conflictos hemos de hacer una opción: o escogemos la vía del diálogo y del mutuo entendimiento, o seguimos los caminos de la violencia y del enfrentamiento destructor.

Frente a esta “cultura de la violencia” que tanto se ha cultivado entre nosotros, necesitamos promover hoy una “cultura de la paz”.  Esta “cultura de la paz” exige buscar la eliminación de las injusticias sin introducir otras nuevas y sin aumentar más las divisiones. Una “cultura de paz” exige además crear un clima de diálogo social promoviendo actitudes de respeto y escucha mutuos. La “cultura de paz” se basa siempre en la verdad. Deformarla o manipularla al servicio de intereses partidistas o de estrategias oscuras no conduce a la verdadera paz. La mentira y el engaño al pueblo engendran siempre violencia.

La “cultura de paz” sólo se asienta en una sociedad cuando las personas están dispuestas al perdón sincero, rechazando sentimientos de venganza y revancha. El perdón ayuda a construir el futuro para todos.

lunes, 3 de mayo de 2021

 

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)

Las lecturas de hoy nos revelan el rostro de Dios y su identidad más profunda: Dios es Amor. No se dice: Dios es Poder, Dios es Misterio, Dios es Grandeza, sino Dios es Amor.

En la 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Cornelio.  La comunidad primera, por medio de Pedro, primero, y luego de todos, aceptan en la fe a una familia pagana, romana por más señas, la familia del centurión Cornelio. Iluminados por el Espíritu, se dan cuenta de que Dios no hace “distinción de personas”, que no distingue entre naciones y lenguas y procedencias.

Dios ha venido para todas las personas, no para unos pocos. El amor de Dios no es “nacionalista”, “exclusivista”, sino que es católico, universal. Dios es Señor de todos. Dios acepta a todo el que lo acoge, sea de la nación que fuere. Y su amor no conoce ninguna frontera: ni de naciones, ni las del color, ni de la situación social, ni tantas otras fronteras que establecemos los hombres entre nosotros. La fe es universal y el mensaje evangélico del amor está dirigido a todos los hombres de buena voluntad. La Iglesia no puede convertirse en monopolio de nadie: ni de partidos, ni de ideologías, ni de territorios o pueblos. 

Nosotros, a veces, nos encerramos, en mi grupo, mi familia, mi partido, mi parroquia, porque creemos ser los mejores. En nuestra religión hay una llamada importante a amar a todos, a estar abiertos a todos. Pertenecer a algún grupo no puede ser excluyente de los demás. 

Dios quiere a todos, Cristo se entregó por todos, por tanto nosotros debemos amar también con corazón universal. 

La 2ª lectura de la primera carta de san Juan nos decía: “amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.  

Amar quiere decir tener el corazón y el alma dispuestos siempre a darse a todo aquel que necesite de nosotros, aunque no nos caiga bien o aunque pensemos que no tenemos la culpa de sus problemas.

Amar quiere decir ser capaz de conmoverse ante los dolores y las debilidades, y sentirlos como propios, sentirse responsable de ellos.  Amar quiere decir estar en contra de la guerra y de los que hacen negocios a costa de ella.

Amar quiere decir querer un mundo diferente, en el que todos los hombres vivan con dignidad, la dignidad de amados de Dios.  Amar quiere decir crear relaciones de confianza con los demás, no murmurar, ayudar, entender lo que les pasa a los demás en lugar de criticarlos.

Nuestra vida, tanto en la familia como en la sociedad, nos ofrece muchas ocasiones para ejercitar el mandato del amor.  “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.

En el Evangelio de san Juan, Jesús nos dejaba el mandamiento del amor: “que os améis unos a otros como yo os he amado”.

El verdadero amor es valoración de la persona amada, interés por el bien de ella, disposición para ayudarla, respeto por su manera de ser, donación personal al otro, atención a sus necesidades y voluntad inquebrantable de hacerla feliz. Cuando uno ama verdaderamente, el otro es el importante.

Hoy en día nos encontramos con muchas situaciones que se resolverían con mucha más tranquilidad si comprendiéramos y creyéramos en las palabras de Cristo. 

Es triste contemplar como un matrimonio se ve destrozado porque uno de los dos, o los dos no han comprendido que por encima del dinero, la fama o el placer está el amor, y que ese amor no se podrá vivir si no se reconoce su fuente: Dios.  A todos esos matrimonios que hoy tienen tantas dificultades hoy Jesús les dice: “que os améis unos a otros como yo os he amado”.  Pero, ¿cómo han de cumplir ese mandato si permanecen al margen de Dios? 

A todos los jóvenes que no encuentran su felicidad y que buscan evasiones en la música, la moda, el alcohol, la droga, el dinero o el poder; hoy Jesús les reclama su amistad y les dice: “Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos”, “no sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”. 

¡No tengamos miedo a dejarnos llamar y amar por Jesús! Él es la fuente de nuestra felicidad, Él es quien ha dado la vida por nosotros; todos aquellos que nos quieren llevar por el camino de la evasión y el placer nunca han estado dispuestos a dar la vida por nosotros. 

Acerquémonos a Jesús, vivamos amados por Él, cumpliendo sus mandamientos, llenos de alegría porque nos sabemos infinitamente amados por aquel que quiso dar la vida por nosotros.

lunes, 11 de mayo de 2020

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

La liturgia de este 6° Domingo de Pascua nos invita a descubrir la presencia de Dios en su Iglesia y a prepararnos para recibir el gran don y regalo de Pascua: el Espíritu Santo. 

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta al diácono Felipe predicando a los samaritanos. Esta lectura de hoy nos hacer ver la necesidad y la urgencia que tenemos de evangelizar.

Cuando un pueblo, una ciudad recibe a Jesús, nos decía la 1ª lectura, esa ciudad “se va llenando de alegría”.  Ese es el resultado que produce la predicación del Evangelio en las personas que acogen al Señor: sus corazones se llenan de alegría.  Cristo se convierte en el sentido de su vida, la fe nos da esperanza.  La predicación libera a los que viven sometidos al yugo del mal, de la enfermedad, de la muerte.  

Quizás en nuestra vida nos falta alegría y nos sobran problemas, preocupaciones, angustias y dudas y esto es muchas veces debido a que nos falta alegría y paz y la causa de ello es “la ausencia de Dios en nuestras vidas”. 

Cuando Dios está en nuestros corazones, ni siquiera la enfermedad nos puede entristecer o inquietar: acaso nos haga sufrir, pero no arrancará de nosotros la paz.

La 2ª lectura de la 1ª carta de san Pedro nos exhortaba a dar razón de nuestra esperanza a quien nos lo pida.

No podemos vivir auténticamente nuestra fe, si ignoramos, si no conocemos la esencia de nuestra fe.  A veces, decimos que tenemos fe, pero, ¿esa fe está fundamentada en la verdad, en la Palabra de Dios, en la Tradición de la Iglesia? ¿O por el contrario, nuestra fe está basada en creencias populares o tradiciones familiares, o en supersticiones?

La Iglesia necesita laicos cristianos bien formados para que den razón de su fe y de su esperanza a quienes se la pidan en el ámbito de la cultura, de la política, de la vida, del trabajo. La cultura ha de ser evangelizada desde dentro, desde sus raíces más hondas y profundas. Necesitamos cada día más una cultura liberadora del hombre y que dé y promueva la esperanza en todos. Desterremos para siempre la violencia, la guerra, la exclusión, el hambre, la muerte, dando razón de nuestra fe.

Hay que vivir con más empeño nuestra fe, con más conocimiento de causa. De lo contrario, la vida se nos hace rutinaria y sin sentido.  Frecuentamos los sacramentos, sin saber lo que son. Rezamos o hablamos de nuestra fe, cuando en realidad no conocemos qué es lo que decimos creer o esperar.

En el Evangelio de San Juan nos decía el Señor: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo... en vosotros”.

Algunas personas ven a Jesús como un gran personaje histórico, como un hombre importante, pero se olvidan de ver a Jesús como Dios. A veces, vemos a Cristo de una manera mundana.  Nos acercamos a Cristo fijándonos en aquél que nos puede solucionar problemas y no sabemos ver la voluntad de Dios.  Cristo es mucho más que alguien que soluciona los problemas de la vida.

Cristo está presente y actuante en el mundo y nos pide solo una cosa: amarlo, y amarlo significa cumplir sus mandamientos.

“El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”.  El amor a Jesús es la condición para cumplir sus mandamientos en libertad, lo mismo que cumplirlos será la prueba del amor que le tengamos a Él. Quien no ama a Jesús no puede amar a los demás; quien no ama a los demás no es posible que ame a Jesús.  El que ama lo manifestará en todo lo que haga, ya que el amor posee a la persona. No podemos actuar con amor unas veces y otras no.

Amar, ciertamente es difícil.  Y todavía más ser fiel en el amor.  Obedecer unos mandamientos sólo se puede hacer desde el amor.  Por eso nos dice Jesús que guardaremos sus mandamientos si lo amamos, porque obras son amores y no buenas razones.

Pero Jesús se apresura a decir que intercederá por nosotros para que el Padre nos dé su Espíritu.  Cristo conoce nuestra fragilidad.  Sabe el poco aguante que tenemos.  Sabe que necesitamos vitaminas para poder avanzar en su camino, camino de amor.  Por eso nos envía al Espíritu Santo.  Un Espíritu que crea comunidad, Iglesia, como veíamos en la primera lectura.  Un Espíritu que hemos recibido en el bautismo y la Confirmación y que a veces no reconocemos.  

Jesús nos dice que “habita entre vosotros y estará en vosotros.”.  Pero hay que abrir el corazón para dejarlo actuar.  Hay que abrir las barreras que lo tienen atado.  Esas barreras que son nuestra flojera en servir, nuestro comodismo, nuestro egoísmo.  Dejemos actuar al Espíritu en nosotros y manifestemos nuestro amor a Dios cumpliendo sus mandamientos.


martes, 21 de mayo de 2019

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo de Pascua nos presenta la promesa de Jesús de acompañar permanentemente a su comunidad.  No estamos solos en la vida, Jesús resucitado va siempre con nosotros.
 
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta un problema muy serio que vivieron las primeras comunidades cristianas y que provocó fuertes enfrentamientos dentro de ellas.
 
Algunos de los primeros cristianos no se habían desprendido de todas las leyes judías y defendían que había que cumplir ciertas leyes judías.  Con esto, cerraban la puerta a muchos que querían hacerse cristianos pero no eran judíos. 
 
Los apóstoles, reunidos en asamblea y bajo la luz del Espíritu Santo decidieron que para ser cristiano era suficiente seguir la doctrina y el Evangelio de Cristo.  No era necesario hacerse judío para ser cristiano.
 
Nos decía la lectura: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”  Nuestro mundo de hoy está marcado por el individualismo, fruto de ideologías y de nuestra misma cultura que nos hace que nos aislemos de los demás.  Por nuestra forma de pensar y nuestra manera de vivir confundimos, a veces, la verdad, con nuestra verdad, y creemos que siendo la nuestra la única verdad, los que no piensan como nosotros, los que no están de acuerdo con nosotros, están equivocados.  Por eso surgen las confrontaciones y las divisiones.  Para evitar esta dificultad y llegar a un consenso, nada mejor que encontrarse en diálogo sincero, nada mejor que dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de tomar una decisión importante en nuestra vida.
 
La Iglesia de hoy, al igual que las Comunidades cristianas primeras, están constituidas por hombres y no por ángeles y, por consiguiente, no podemos desprendernos de nuestra condición humana en nuestros aciertos y en nuestros errores. Pero la Iglesia, a pesar de estar integrada por hombres, es la Iglesia de Cristo Jesús, y está iluminada y orientada por el Espíritu de Dios.
 
Los errores e incertidumbres se resuelven, por consiguiente, bajo la iluminación del Espíritu Santo y la presencia del mismo Jesús "hasta el final de los tiempos".
 
La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia celestial.
 
Todos estamos llamados a formar parte de esa Iglesia celestial.  Para ello debemos, ya desde ahora, ir asemejándonos cada vez más a Cristo.  Por eso, sabiéndonos pecadores, no debemos dejarnos llenar más de tinieblas en nuestra vida, tinieblas que nacen de la maldad del corazón, sino que hemos de estar en una continua conversión, para manifestar al mundo nuestra fe en el Señor.
 
Seamos, conforme al mandato del Señor, luz que ilumine a todas las naciones, pues la Iglesia es el regalo que Dios ha dado al mundo, para que por medio de la Iglesia y unidos al Señor encontremos la salvación y el camino que nos conduce a Dios.
 
El Evangelio de san Juan nos decía: El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.
 
Dios, la Trinidad, con toda su grandeza, poder y eternidad vive en el interior de cada uno de nosotros.  ¡Cuánta ternura y amor de Dios por cada uno de nosotros!  ¿Habéis pensado esto en serio, alguna vez en vuestra vida?  Dios vive dentro de mí. Si escuchamos su palabra y la guardamos, Dios habitará en nosotros.
 
Vivir en la presencia de Dios, significa no estar ya nunca solos porque tenemos unos brazos donde descansar, sentirnos hermanos y amigos de Jesús, sentir la paz y la alegría perfectas que sólo Él puede darnos, dejarnos guiar por el Espíritu Santo en la seguridad y con la confianza de que a donde Él nos lleve es a donde mejo podemos ir.
 
Ésta es la vida santa a la que todos deberíamos aspirar, porque no hay mayor felicidad para el hombre que vivir con Dios, por Dios y para los hermanos.  Sólo Dios puede llenar nuestro corazón tan necesitado de cariño y comprensión, sólo Dios puede dar respuestas a todas nuestras preguntas.
 
Por eso deberíamos en todos los momentos de nuestra vida, pedir lo único que necesitamos, lo único que realmente nos puede dar la felicidad perfecta: que el Espíritu de Dios habite en nosotros.  Ésa debería ser nuestra única petición, porque todo lo demás, los problemas, las enfermedades, la misma muerte, son superados con la ayuda del Espíritu de Dios.
 
Dios es alguien que está Vivo, que vive dentro de nosotros, que nos ha hecho sus hijos y que nos llama a vivir junto a Él  y con Él. 
 
Que podamos sentir en nuestro corazón la presencia de Dios y que nos demos cuenta, de verdad, que Dios vive en nuestro interior.