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lunes, 4 de mayo de 2026

 



En este domingo de pascua  la Iglesia nos invita  a prepararnos para recibir el gran don y regalo de Pascua: el Espíritu Santo. Jesús no nos deja huérfanos, sino que con el Padre nos enviarán el Espíritu Santo.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta al diácono Felipe predicando a los samaritanos. Esta lectura de hoy nos hacer ver la necesidad y la urgencia que tenemos de evangelizar y de ser coherentes con el sacramento de la Confirmación.

No podemos quedarnos sin hacer nada.  No digamos que no tenemos tiempo.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar algo de tiempo a los demás.  La mejor inversión de nuestro tiempo es dedicar horas a la familia, a los enfermos, a los amigos, a la Parroquia.  ¡Nunca es tiempo perdido!  Es preocupante que se atente contra los derechos de la familia en la educación de los hijos y nos quedemos de brazos cruzados e indiferentes.

Que importantes es, pues, que todos evangelicemos.  Nos decía la primera lectura que la predicación de Felipe produjo que “la ciudad se llenara de alegría”.  Ese es el resultado que produce la predicación del Evangelio en las personas que lo acogen: sus corazones se llenan de alegría.  Cristo se convierte en el sentido de su vida, la fe nos da esperanza.  La predicación libera a los que viven sometidos al yugo del mal, de la enfermedad, de la muerte.  Cuando Dios está en nuestros corazones, ni siquiera la enfermedad nos puede entristecer o inquietar: acaso nos haga sufrir, pero no arrancará de nosotros la paz.

Evidentemente la alegría del evangelio no es la misma que la alegría del mundo,  la alegría del evangelio no tiene que ver con el tener mucho dinero, con el vivir cómodamente, con el tener buena salud.   La alegría del evangelio es la alegría que Dios da a los que lo acogen.   Es la alegría del que ha descubierto que su vida, su destino, está en manos de Dios.  

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro exhorta a los creyentes a glorificar a Cristo Jesús. Es algo que sólo se puede hacer desde la alegría y el gozo, desde el agradecimiento que supone el saberse salvados, rescatados por el Señor.

En un ambiente de consumismo, de indiferencia religiosa, los cristianos tenemos una tarea muy importante que realizar en este mundo.  Esa tarea es la que hoy nos decía san Pedro: dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza”. La fe no tiene miedo a la razón.  Fomentemos el diálogo que es el camino que la Iglesia ha escogido para seguir evangelizando.

La Iglesia necesita laicos cristianos bien formados para que den razón de su fe y de su esperanza a quienes se la pidan en el ámbito de la cultura, de la política, de la vida, del trabajo. La cultura ha de ser evangelizada desde dentro, desde sus raíces más hondas y profundas. Necesitamos cada día más una cultura liberadora del hombre  y que dé y promueva la esperanza en todos. Desterremos para siempre la violencia, la guerra, la exclusión,  el hambre, la muerte, dando razón de nuestra fe.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado las palabras de despedida de Jesús a sus apóstoles y la promesa de enviar al Espíritu Santo y de estar siempre con nosotros.

Jesús nos decía hoy: yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad.  El amor es la gran verdad de Dios, Dios es amor y la relación nuestra con Él y también con los hermanos ha de ser una relación de amor. Pero para amar es necesario vivir en la verdad. Trabajar por la verdad, hacer la verdad, decir la verdad es una de las grandes pruebas de generosidad, de amor.

Para poder realizar una vida auténticamente humana es fundamental el comprender la grandeza de vivir en la verdad, comprender que la búsqueda de la verdad nos acerca a las personas y conduce al diálogo. El respeto a la verdad aproxima a los grupos, fortalece la justicia y nos encamina hacia la verdadera paz, en definitiva a vivir como  hermanos. Especialmente, los que tienen responsabilidades en la sociedad, necesitan creer en la eficacia de la verdad y empeñarse en la búsqueda de la sinceridad social.

Por experiencia sabemos lo difícil y duro que es en ocasiones decir la verdad, vivir en la verdad. Por eso Jesús nos promete y envía su Espíritu que necesitamos, que nos ayude, nos defienda.  Nosotros si queremos ser seguidores del Señor, hemos de aceptar responsablemente el espíritu de verdad, hemos de ser dóciles al Espíritu de la Verdad.

Necesitamos recordar la verdad de Jesús. Si la olvidamos, no sabremos quiénes somos ni qué estamos llamados a ser. Nos desviaremos del evangelio una y otra vez.  Lo que configura la vida de un verdadero creyente no es la lucha por el éxito ni siquiera la obediencia estricta a una ley, sino la búsqueda gozosa de la verdad de Dios en la vida diaria bajo el impulso del Espíritu.

La Iglesia, hoy, necesita de auténticos cristianos, que sean capaces de dar razones de su fe, desde la auténtica verdad que es Cristo.  Recordemos que la verdad es lo que nos hará auténticas personas libres.

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