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martes, 28 de enero de 2020


LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (CICLO A)

 

La fiesta que hoy celebramos, cuyo sentido amplísimo y muy profundo está expresado en las lecturas que acabamos de escuchar y en las oraciones, nos debe llevar a un mejor conocimiento vital y encarnado del misterio del Señor, Hijo de Dios, su Palabra eterna, pero también hermano nuestro, carne y sangre nuestra, luz que nos ilumina.  Nos debe llevar también a salir al encuentro de este Señor que se nos presenta; condición indispensable para que actúe en nosotros su obra de salvación.

No podemos escuchar la narración de san Lucas, simplemente como la narración de un hecho histórico o una anécdota, sino como la presentación del misterio de la Salvación en toda su majestuosa amplitud, pero expresado en un cuadro de pequeñas dimensiones para que la grandeza de su contenido no nos ahuyente, para que se nos facilite su comprensión.

Tratemos de profundizar en su significado.  Pensemos en lo que para los judíos expresaba el Templo de Jerusalén, morada de Dios, lugar único de su culto, expresión gráfica, simbólica, de su grandeza y majestad únicas.  Allí Dios era adorado y venerado por su pueblo; allá tenían que ir los israelitas a expresar su pertenencia al pueblo de la Alianza.

La larga serie de acontecimientos difíciles y situaciones humildes de la historia de Israel hacían que continuamente la voz de los profetas, de parte de Dios, renovara la esperanza de una manifestación gloriosa, restauradora y reivindicadora del Señor, que estaría gloriosamente en su casa.

Había sueños de grandeza, de poder y de dominio material.

Pero la realización de esta esperanza y de las promesas de Dios se lleva a cabo de una forma no sospechada: un niño pequeñito es llevado al Templo en brazos de sus padres, gente sencilla y humilde, para cumplir la Ley del Señor.

Externamente nadie se dio cuenta de lo que allí pasaba.  Sin embargo, ese niño era el Rey de la gloria, revestido de nuestra carne mortal; era la Luz del mundo que alumbraría a las naciones, la Gloria de Israel, el Pontífice en todo idéntico a sus hermanos, compasivo y fiel, sometiéndose a la Ley antigua.

La ofrenda del Sumo y Eterno sacerdote, iniciada en el momento mismo de su concepción: "Vengo para hacer tu voluntad" (Heb 10,7), y que un día se realizará plenamente en el Calvario, hoy encuentra una expresión muy especial, al ser ofrendado por manos de María en el lugar central del culto antiguo.  Un día ese Niño, con su sacrificio único y pleno, hará obsoletos los múltiples sacrificios del Templo.

Toda esta grandeza que los ojos humanos no podían captar, Dios la quiere revelar por medio de dos ancianos piadosos.  El evangelio dice de Simeón: En él moraba el Espíritu Santo"; el mismo Espíritu le había dado la seguridad de no morir sin ver al tan largamente esperado Mesías; el Espíritu le inspira ir al encuentro del Salvador.

Tal vez lo que él vio lo desconcertó: ¿El Mesías, Señor, Jefe, Dominador, Salvador, es este pequeñito, pobre y necesitado de todo?  La mirada de Dios superó la mirada humana, y Simeón prorrumpió en el canto de alabanza que hace un momento escuchamos.

Los dos ancianos, Simeón y Ana, pueden ser testigos, porque han recibido el testimonio mismo de Dios: "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1Cor 2, 11).

Para reconocer a Cristo, en la Iglesia, en sus sacramentos, en los hermanos, sobre todo en los pobres y disminuidos, necesitamos absolutamente este Espíritu Santo de Dios.

Para salir al encuentro de Cristo, Luz que ilumina a todas las naciones, necesitamos limpiar nuestros ojos de perspectivas meramente humanas y carnales.

María, la Madre de Cristo, la primera cristiana, la más fiel seguidora del Señor, es nuestro modelo hoy, ofreciendo al Padre lo que ella más ama; preludia la entrega materna total del Calvario.  Allí va a ser  designada Madre nuestra, pero hoy ya ejerce su maternidad.

Que nuestra Eucaristía de hoy, bajo el impulso del Espíritu, sea un encuentro nuevo y más profundo con Jesús, una aceptación nueva de Jesús como luz y guía, y una ofrenda cada vez más plena y perfecta, total, de lo que somos y tenemos junto con Cristo, la ofrenda perfecta al Padre.

 

martes, 21 de mayo de 2019

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo de Pascua nos presenta la promesa de Jesús de acompañar permanentemente a su comunidad.  No estamos solos en la vida, Jesús resucitado va siempre con nosotros.
 
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta un problema muy serio que vivieron las primeras comunidades cristianas y que provocó fuertes enfrentamientos dentro de ellas.
 
Algunos de los primeros cristianos no se habían desprendido de todas las leyes judías y defendían que había que cumplir ciertas leyes judías.  Con esto, cerraban la puerta a muchos que querían hacerse cristianos pero no eran judíos. 
 
Los apóstoles, reunidos en asamblea y bajo la luz del Espíritu Santo decidieron que para ser cristiano era suficiente seguir la doctrina y el Evangelio de Cristo.  No era necesario hacerse judío para ser cristiano.
 
Nos decía la lectura: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”  Nuestro mundo de hoy está marcado por el individualismo, fruto de ideologías y de nuestra misma cultura que nos hace que nos aislemos de los demás.  Por nuestra forma de pensar y nuestra manera de vivir confundimos, a veces, la verdad, con nuestra verdad, y creemos que siendo la nuestra la única verdad, los que no piensan como nosotros, los que no están de acuerdo con nosotros, están equivocados.  Por eso surgen las confrontaciones y las divisiones.  Para evitar esta dificultad y llegar a un consenso, nada mejor que encontrarse en diálogo sincero, nada mejor que dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de tomar una decisión importante en nuestra vida.
 
La Iglesia de hoy, al igual que las Comunidades cristianas primeras, están constituidas por hombres y no por ángeles y, por consiguiente, no podemos desprendernos de nuestra condición humana en nuestros aciertos y en nuestros errores. Pero la Iglesia, a pesar de estar integrada por hombres, es la Iglesia de Cristo Jesús, y está iluminada y orientada por el Espíritu de Dios.
 
Los errores e incertidumbres se resuelven, por consiguiente, bajo la iluminación del Espíritu Santo y la presencia del mismo Jesús "hasta el final de los tiempos".
 
La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia celestial.
 
Todos estamos llamados a formar parte de esa Iglesia celestial.  Para ello debemos, ya desde ahora, ir asemejándonos cada vez más a Cristo.  Por eso, sabiéndonos pecadores, no debemos dejarnos llenar más de tinieblas en nuestra vida, tinieblas que nacen de la maldad del corazón, sino que hemos de estar en una continua conversión, para manifestar al mundo nuestra fe en el Señor.
 
Seamos, conforme al mandato del Señor, luz que ilumine a todas las naciones, pues la Iglesia es el regalo que Dios ha dado al mundo, para que por medio de la Iglesia y unidos al Señor encontremos la salvación y el camino que nos conduce a Dios.
 
El Evangelio de san Juan nos decía: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.
 
Dios, la Trinidad, con toda su grandeza, poder y eternidad vive en el interior de cada uno de nosotros.  ¡Cuánta ternura y amor de Dios por cada uno de nosotros!  ¿Habéis pensado esto en serio, alguna vez en vuestra vida?  Dios vive dentro de mí. Si escuchamos su palabra y la guardamos, Dios habitará en nosotros.
 
Vivir en la presencia de Dios, significa no estar ya nunca solos porque tenemos unos brazos donde descansar, sentirnos hermanos y amigos de Jesús, sentir la paz y la alegría perfectas que sólo Él puede darnos, dejarnos guiar por el Espíritu Santo en la seguridad y con la confianza de que a donde Él nos lleve es a donde mejo podemos ir.
 
Ésta es la vida santa a la que todos deberíamos aspirar, porque no hay mayor felicidad para el hombre que vivir con Dios, por Dios y para los hermanos.  Sólo Dios puede llenar nuestro corazón tan necesitado de cariño y comprensión, sólo Dios puede dar respuestas a todas nuestras preguntas.
 
Por eso deberíamos en todos los momentos de nuestra vida, pedir lo único que necesitamos, lo único que realmente nos puede dar la felicidad perfecta: que el Espíritu de Dios habite en nosotros.  Ésa debería ser nuestra única petición, porque todo lo demás, los problemas, las enfermedades, la misma muerte, son superados con la ayuda del Espíritu de Dios.
 
Dios es alguien que está Vivo, que vive dentro de nosotros, que nos ha hecho sus hijos y que nos llama a vivir junto a Él  y con Él. 
 
Que podamos sentir en nuestro corazón la presencia de Dios y que nos demos cuenta, de verdad, que Dios vive en nuestro interior.

martes, 15 de enero de 2019

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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II DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Después del ciclo litúrgico de la Navidad comenzamos el Tiempo Ordinario, que se verá interrumpido para celebrar la Cuaresma.  Con el Tiempo Ordinario comenzamos a recorrer la vida pública de Jesús, sus milagros y sus enseñanzas. 
 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta el amor de Dios como un amor inquebrantable y eterno.  El amor de Dios por nosotros es un amor que nada ni nadie lo puede romper.
 
¿Por qué Dios nos quiere tanto?  ¿Tan importantes somos?  ¿Tanto valemos?
 
Hay muchas personas que no se quieren a ellas mismas, no se valoran y se desprecian y además nos alejamos de Dios con los pecados.  Hay que preguntarse: ¿Qué ve en mi persona Dios que yo no soy capaz de ver?  Y el profeta Isaías nos dice lo que Dios ve en nosotros y lo mucho que nos ama, que hasta olvida y perdona todos nuestros pecados, todas nuestras traiciones, todas nuestras infidelidades.
 
Nosotros que vamos tantas veces mendigando amor y que experimentamos tantos fracasos: la novia que se siente abandonada de su novio ¡Cuántas traiciones y cuantos dolores entre novios!  El marido o la esposa que se encuentran burlados y humillados en sus personas por la infidelidad del otro.  Los padres, dolidos por el abandono y el alejamiento de los hijos.  Los falsos amigos que dejan herido nuestro corazón.  Nosotros que vamos mendigando amor y sin embargo no nos damos cuenta de cuanto nos ama Dios.
 
Es importante hoy que nos demos cuenta que Dios nos da su amor fiel, sincero y verdadero y para siempre, aunque no lo merezcamos.  Dios, a pesar de nuestras infidelidades, pecados y traiciones, siempre nos ama.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de los dones, de los carismas que Dios nos da a cada uno y a través de los cuales Dios manifiesta su amor por nosotros.
 
Esos dones y gracias que recibimos de Dios son para ponerlos al servicio del bien común, al servicio de todos.  Los dones que Dios nos da no son privados.  Dios nos los da para el servicio de la comunidad.
 
“Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo”, –nos decía San Pablo–  Cada persona tiene su propio modo de ser, sus propias cualidades y sus propios defectos.  Y todos hemos recibido esos dones de un solo Señor.  Si queremos que haya paz y armonía entre todos nosotros, debemos respetar y reconocer las cualidades que cada uno tiene.
 
Si lo bueno que hay en nosotros proviene de Dios, hemos de ser respetuosos con los demás.  Si queremos que nos respeten, es necesario que nosotros respetemos a los demás.  Por lo tanto evitemos cualquier desprecio o envidia por las cualidades de los demás.
 
El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comenzando su vida pública y realizando su primer milagro en una boda, en Caná.
 
Como en la boda de Caná, ocurre que muchas veces, en nuestra vida nos puede faltar el vino.  Nuestra vida, en muchas ocasiones, se vuelve monótona, carente de ilusión, de sentido y de esperanza.  Muchas veces, o quizás demasiadas veces, nos falta la alegría, y nos vemos ante las dificultades como los novios de Caná.  Y aunque tengamos de todo, si nos falta el vino de la salvación que nos trae Jesús se nos acaba la fiesta.  Muchas veces nos falta también el deseo de compartir el amor y la amistad.
 
Hay también muchas familias que les falta el vino.  Han pasado los años y la rutina la hemos dejado entrar en el hogar.  Falta la fantasía, la imaginación, la atención, el regalo de aniversario, acordarse de las fechas importantes, atender los gustos.  Hay familias que les falta el vino porque ya no esperan nada nuevo, ni se hace nada nuevo. 
 
Y como en las bodas de Caná, María, la madre, siempre atenta a las necesidades de todos, presenta también nuestras necesidades ante su Hijo: “no tienen vino, no tienen ilusión, no tienen esperanza” y luego aquellas palabras suyas dirigidas también a todos nosotros “haced lo que Él os diga”. 
 
El Señor sigue presente en medio de nosotros, su Espíritu y su Palabra, pueden transformar esas situaciones de desesperanza por las que pasamos, si hacemos lo que Jesús nos pide.
 
No olvidemos que ninguno de nosotros estamos abandonado de Dios.  Dios nos ama y nos invita a la fiesta de su amor.  Y cuando, por cualquier motivo, se nos acabe el vino, si hacemos lo que Jesús nos dice, si ponemos a su disposición el agua pobre y sencilla de nuestra vida, el Señor la convertirá en el vino nuevo de la alegría salvadora.
 
 

 
 

martes, 4 de septiembre de 2018


XXIII DOMINGO ORDINARIO 

El mensaje que nos transmite las lecturas de este domingo es un mensaje profundamente social: hay que liberar a todo aquel que tiene algo que lo limita, lo esclaviza, le dificulta su realización personal.  Todo lo que ayuda a liberar a las personas contribuye al Reino de Dios. 
 
La 1ª lectura del profeta Isaías, hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo. 
 
Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.  
 
Hay también muchas personas que viven agobiados por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones. 
 
Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos. 
 
La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie. 
 
¿Tratamos igual al rico que al pobre? ¿Al que tiene un título universitario y al analfabeto? 
 
En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son. 
 
Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas, porque en cuestión de fe el corazón de un pobre puede ser más rico que el del presidente de la nación. 
 
El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordo y tartamudo. 
 
El sordomudo representa a todos esos que no quieren escuchar a Dios, que construyen su vida sin contar con Dios.  Representa también a todos aquellos que no saben comunicarse, que no saben dialogar, que no son tolerantes. 
 
Una vida de “sordera”, es una vida vacía, estéril, triste, egoísta, cerrada, sin amor. 
 
Nosotros también, muchas veces, somos sordos.  Somos sordos de conveniencia, cuando escuchamos nada más que lo que nos conviene, lo que está de acuerdo con nuestras ideas. 
 
Vivimos en la era de la comunicación: radio, televisión, e-mail, internet, mensajes por los móviles, pero a la vez, cada día más aumenta la incomunicación y la soledad en la sociedad. En la familia hay muchas sorderas a causa de la incomunicación entre padres e hijos.  Lo que hoy nos sobra es información pero nos falta comunicación en nuestras relaciones personales. 
 
La falta de comunicación puede deberse a muchas cosas.  Pero una de las razones es el temor a confiar en los demás, el irse distanciando poco a poco de los demás para encerrarnos dentro de nosotros mismos. 
 
Somos sordomudos porque nos vamos aislado cada vez más, porque dejamos de hablar con los demás, porque pensamos que ¿qué nos pueden decir los demás que yo ya no sepa? O ¿qué puedo decir yo a los demás si cada cual va a los suyo, buscando sus propios intereses? 
 
Por ello hoy el Señor nos tiene que decir también a nosotros: “Effetá! ¡Abrete!   
 
Effetá: que nuestros oídos escuchen y nuestra lengua se suelte en la intercomunicación familiar, entre esposos, padres e hijos, sin olvidar a los mayores. 
 
Pidamos al Señor en esta Eucaristía que se abran nuestros oídos, para que sepamos escucharnos unos a otros y también a Dios que nos habla constantemente.  Y que también aprendamos a hablarnos unos a otros, de persona a persona, con amor, de corazón a corazón.
 

martes, 28 de agosto de 2018

XXII DOMINGO ORDINARIO
La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos. 
La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella. 
Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes. 
Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.
Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad. 
“No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada”, nos decía la primera lectura.  No podemos nosotros adulterar las leyes de Dios, por intereses personales, no podemos adaptar las leyes de Dios según nuestros intereses personales, no podemos hacerle decir a Dios cosas que no dice.  Cumplamos las leyes de Dios sin quitarle ni ponerle nada de lo que dicen. 
La 2ª lectura de la carta del apóstol Santiago nos decía: “Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla”.   
Ser cristiano no es saberse de memoria los Mandamientos, no es saberse de memoria la Biblia.  Ser cristiano es vivir el amor en compromisos concretos que se vean en la forma en que tratamos a los necesitados y que se vean en cómo nos mantenemos viviendo entre los corruptos, sin mancharnos nosotros con toda esa corrupción que nos rodea. 
La Palabra de Dios que escuchamos cada domingo, debemos acogerla en nuestro corazón y nos tiene que llevar a la acción. 
La Palabra de Dios que escuchamos tiene que llevarnos al compromiso, a la lucha por la justicia, por la paz, por la dignidad de nuestros hermanos, por los derechos de los pobres, por un mundo más fraterno y más cristiano. 
La religión que agrada a Dios no es la de la observancia de normas externas y vacías, sino la de la vivencia de la justicia, la de la atención a los necesitados, la de la honradez y la honestidad. 
En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía. 
Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón.  No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que hay que limpiar. 
A muchas personas se les ve también muy preocupadas por la ropa limpia y bonita y por tener una buena apariencia externa.  Pero, ¿y nuestra alma, nuestro corazón?, ¿tratamos de mantenerlos limpios? Lo mismo que hacemos con la ropa para agradar a la gente, debemos hacerlo con nuestra alma y nuestro corazón para agradar a Dios. 
Hay que limpiarnos por dentro, porque es del interior de nosotros de donde salen los bueno o malos sentimientos, los buenos o malos deseos, los bueno o malos pensamientos.  Es de nuestro interior de donde salen las impurezas, las discordias, la violencia, los rencores y tantas y tantas cosas malas.  No hay que echarle la culpa a nadie ni a nada.  Lo que hacemos mal lo hacemos porque queremos y porque sale de nuestro interior. 
Todo lo malo que hacemos sale de un corazón corrupto.  Por lo tanto está en nuestras manos el emplear el dinero en descubrir y crear las medicinas que hagan desaparecer las enfermedades que nos destruyen, pero preferimos usar el presupuesto de nuestros países en fabricar armas para matar, en vez de usarlo para curar. 
El Señor hoy denuncia el vivir una fe sin relación con la vida.  A lo mejor cumplimos muy bien sus leyes pero hay que preguntarse qué es lo que se da en mi vida: ¿cumplimiento de las cosas de Dios o cumplo y miento?
La vida de un cristiano tiene que estar de acuerdo entre lo que dice y lo que hace, entre lo que reza y lo que practica.  Por eso hoy el Señor denuncia la hipocresía: rezar con los labios y ofrecer un culto vacío; y una doble conducta moral: contentándonos con ritos, pero olvidándonos del verdadero mandamiento, que es el amor a Dios y al prójimo. 
¿Cómo es nuestra religiosidad? Que el culto que tributamos a Dios sea en espíritu y verdad, manifestado en el amor a Él y a nuestros hermanos.

martes, 21 de agosto de 2018


XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo nos habla de que como personas estamos obligados a tomar decisiones en nuestra vida.  Vivir es tener que decidir.  Podemos decidir bien, pero también podemos decidir mal.  Hemos de aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida. 
 
La 1ª lectura nos muestra a Josué invitando a las tribus de Israel, que estaban reunidas en Siquem, a escoger entre “servir al Señor” o a los falsos dioses o ídolos. 
 
Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: bachillerato o formación profesional, seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.
 
Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; entre comprar un coche o una moto.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”. 
 
Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién queréis servir?”  Hay que escoger entre servir a Dios o servir al dinero, al éxito, a la fama, al poder, a la moda. 
 
Como creyentes sabemos que no podemos prescindir de Dios en nuestra vida, que tenemos que confiar plenamente en Él, porque es en Dios en quien vamos a encontrar nuestra realización plena como personas.  Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos? 
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio. 
 
Al escoger esposo o esposa, la mujer y el hombre tienen que renunciar a todos los demás candidatos y todas las demás candidatas posibles y a todas las personas que por más maravillosas que pudieran ser se encuentre uno en el futuro.   
 
El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado. 
 
San Pablo utiliza en la lectura de hoy, una palabra que no podemos absolutizar: “sumisión”.  Esta palabra hay que entenderla y situarla en la época en que fue escrita esta carta.  En aquella época el marido era considerado el dueño y señor de la familia.  Hoy, no podemos seguir manteniendo este tipo de relación de la esposa con el marido.  No podemos discriminar a la mujer, no podemos exigir sumisión de la mujer al marido, ya que hombre y mujer tienen la misma dignidad. 
 
Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia. 
 
En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos y nos pregunta también hoy a nosotros: “¿También vosotros queréis marcharos?”. 
 
Jesús hoy nos cuestiona con toda claridad y nos pregunta si estamos dispuestos a seguirlo con todas sus consecuencias y cada uno de nosotros hemos de responder. 
 
No podemos vivir una fe ligth, no podemos servir a Dios y al diablo, no podemos vivir una fe sin exigencias.  No debemos preocuparnos tanto del número de personas que llenan la Iglesia sino de la manera cómo vivimos y damos testimonio de nuestra fe ante el mundo. 
 
Muchos se dicen cristianos pero se quedan en un cristianismo de ritos y tradiciones.  Les parece bonito el bautismo, les parece bonito ver a un niño con la ropa de primera comunión, les parece bonito entrar la novia por el pasillo central de la Iglesia, pero nada más, no hay compromiso. 
 
La fe, cada vez más, va a depender de una decisión personal y no de que me bautizaron cuando era niño.  Será cristiano quien tome la decisión consciente de aceptar y seguir a Jesucristo.  Tenemos que pasar de un cristianismo por nacimiento a un cristianismo por elección. 
 
Hay muchas personas que abandonan su fe porque piensan que les va a ir mejor.  Y tú, ¿también quieres dejar a Jesús? 
 
Si caminamos con Jesús podremos descubrir que son ciertas las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!”