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martes, 4 de septiembre de 2018


XXIII DOMINGO ORDINARIO 

El mensaje que nos transmite las lecturas de este domingo es un mensaje profundamente social: hay que liberar a todo aquel que tiene algo que lo limita, lo esclaviza, le dificulta su realización personal.  Todo lo que ayuda a liberar a las personas contribuye al Reino de Dios. 
 
La 1ª lectura del profeta Isaías, hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo. 
 
Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.  
 
Hay también muchas personas que viven agobiados por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones. 
 
Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos. 
 
La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie. 
 
¿Tratamos igual al rico que al pobre? ¿Al que tiene un título universitario y al analfabeto? 
 
En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son. 
 
Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas, porque en cuestión de fe el corazón de un pobre puede ser más rico que el del presidente de la nación. 
 
El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordo y tartamudo. 
 
El sordomudo representa a todos esos que no quieren escuchar a Dios, que construyen su vida sin contar con Dios.  Representa también a todos aquellos que no saben comunicarse, que no saben dialogar, que no son tolerantes. 
 
Una vida de “sordera”, es una vida vacía, estéril, triste, egoísta, cerrada, sin amor. 
 
Nosotros también, muchas veces, somos sordos.  Somos sordos de conveniencia, cuando escuchamos nada más que lo que nos conviene, lo que está de acuerdo con nuestras ideas. 
 
Vivimos en la era de la comunicación: radio, televisión, e-mail, internet, mensajes por los móviles, pero a la vez, cada día más aumenta la incomunicación y la soledad en la sociedad. En la familia hay muchas sorderas a causa de la incomunicación entre padres e hijos.  Lo que hoy nos sobra es información pero nos falta comunicación en nuestras relaciones personales. 
 
La falta de comunicación puede deberse a muchas cosas.  Pero una de las razones es el temor a confiar en los demás, el irse distanciando poco a poco de los demás para encerrarnos dentro de nosotros mismos. 
 
Somos sordomudos porque nos vamos aislado cada vez más, porque dejamos de hablar con los demás, porque pensamos que ¿qué nos pueden decir los demás que yo ya no sepa? O ¿qué puedo decir yo a los demás si cada cual va a los suyo, buscando sus propios intereses? 
 
Por ello hoy el Señor nos tiene que decir también a nosotros: “Effetá! ¡Abrete!   
 
Effetá: que nuestros oídos escuchen y nuestra lengua se suelte en la intercomunicación familiar, entre esposos, padres e hijos, sin olvidar a los mayores. 
 
Pidamos al Señor en esta Eucaristía que se abran nuestros oídos, para que sepamos escucharnos unos a otros y también a Dios que nos habla constantemente.  Y que también aprendamos a hablarnos unos a otros, de persona a persona, con amor, de corazón a corazón.
 

martes, 28 de agosto de 2018

XXII DOMINGO ORDINARIO
La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos. 
La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella. 
Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes. 
Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.
Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad. 
“No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada”, nos decía la primera lectura.  No podemos nosotros adulterar las leyes de Dios, por intereses personales, no podemos adaptar las leyes de Dios según nuestros intereses personales, no podemos hacerle decir a Dios cosas que no dice.  Cumplamos las leyes de Dios sin quitarle ni ponerle nada de lo que dicen. 
La 2ª lectura de la carta del apóstol Santiago nos decía: “Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla”.   
Ser cristiano no es saberse de memoria los Mandamientos, no es saberse de memoria la Biblia.  Ser cristiano es vivir el amor en compromisos concretos que se vean en la forma en que tratamos a los necesitados y que se vean en cómo nos mantenemos viviendo entre los corruptos, sin mancharnos nosotros con toda esa corrupción que nos rodea. 
La Palabra de Dios que escuchamos cada domingo, debemos acogerla en nuestro corazón y nos tiene que llevar a la acción. 
La Palabra de Dios que escuchamos tiene que llevarnos al compromiso, a la lucha por la justicia, por la paz, por la dignidad de nuestros hermanos, por los derechos de los pobres, por un mundo más fraterno y más cristiano. 
La religión que agrada a Dios no es la de la observancia de normas externas y vacías, sino la de la vivencia de la justicia, la de la atención a los necesitados, la de la honradez y la honestidad. 
En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía. 
Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón.  No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que hay que limpiar. 
A muchas personas se les ve también muy preocupadas por la ropa limpia y bonita y por tener una buena apariencia externa.  Pero, ¿y nuestra alma, nuestro corazón?, ¿tratamos de mantenerlos limpios? Lo mismo que hacemos con la ropa para agradar a la gente, debemos hacerlo con nuestra alma y nuestro corazón para agradar a Dios. 
Hay que limpiarnos por dentro, porque es del interior de nosotros de donde salen los bueno o malos sentimientos, los buenos o malos deseos, los bueno o malos pensamientos.  Es de nuestro interior de donde salen las impurezas, las discordias, la violencia, los rencores y tantas y tantas cosas malas.  No hay que echarle la culpa a nadie ni a nada.  Lo que hacemos mal lo hacemos porque queremos y porque sale de nuestro interior. 
Todo lo malo que hacemos sale de un corazón corrupto.  Por lo tanto está en nuestras manos el emplear el dinero en descubrir y crear las medicinas que hagan desaparecer las enfermedades que nos destruyen, pero preferimos usar el presupuesto de nuestros países en fabricar armas para matar, en vez de usarlo para curar. 
El Señor hoy denuncia el vivir una fe sin relación con la vida.  A lo mejor cumplimos muy bien sus leyes pero hay que preguntarse qué es lo que se da en mi vida: ¿cumplimiento de las cosas de Dios o cumplo y miento?
La vida de un cristiano tiene que estar de acuerdo entre lo que dice y lo que hace, entre lo que reza y lo que practica.  Por eso hoy el Señor denuncia la hipocresía: rezar con los labios y ofrecer un culto vacío; y una doble conducta moral: contentándonos con ritos, pero olvidándonos del verdadero mandamiento, que es el amor a Dios y al prójimo. 
¿Cómo es nuestra religiosidad? Que el culto que tributamos a Dios sea en espíritu y verdad, manifestado en el amor a Él y a nuestros hermanos.

martes, 21 de agosto de 2018


XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo nos habla de que como personas estamos obligados a tomar decisiones en nuestra vida.  Vivir es tener que decidir.  Podemos decidir bien, pero también podemos decidir mal.  Hemos de aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida. 
 
La 1ª lectura nos muestra a Josué invitando a las tribus de Israel, que estaban reunidas en Siquem, a escoger entre “servir al Señor” o a los falsos dioses o ídolos. 
 
Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: bachillerato o formación profesional, seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.
 
Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; entre comprar un coche o una moto.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”. 
 
Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién queréis servir?”  Hay que escoger entre servir a Dios o servir al dinero, al éxito, a la fama, al poder, a la moda. 
 
Como creyentes sabemos que no podemos prescindir de Dios en nuestra vida, que tenemos que confiar plenamente en Él, porque es en Dios en quien vamos a encontrar nuestra realización plena como personas.  Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos? 
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio. 
 
Al escoger esposo o esposa, la mujer y el hombre tienen que renunciar a todos los demás candidatos y todas las demás candidatas posibles y a todas las personas que por más maravillosas que pudieran ser se encuentre uno en el futuro.   
 
El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado. 
 
San Pablo utiliza en la lectura de hoy, una palabra que no podemos absolutizar: “sumisión”.  Esta palabra hay que entenderla y situarla en la época en que fue escrita esta carta.  En aquella época el marido era considerado el dueño y señor de la familia.  Hoy, no podemos seguir manteniendo este tipo de relación de la esposa con el marido.  No podemos discriminar a la mujer, no podemos exigir sumisión de la mujer al marido, ya que hombre y mujer tienen la misma dignidad. 
 
Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia. 
 
En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos y nos pregunta también hoy a nosotros: “¿También vosotros queréis marcharos?”. 
 
Jesús hoy nos cuestiona con toda claridad y nos pregunta si estamos dispuestos a seguirlo con todas sus consecuencias y cada uno de nosotros hemos de responder. 
 
No podemos vivir una fe ligth, no podemos servir a Dios y al diablo, no podemos vivir una fe sin exigencias.  No debemos preocuparnos tanto del número de personas que llenan la Iglesia sino de la manera cómo vivimos y damos testimonio de nuestra fe ante el mundo. 
 
Muchos se dicen cristianos pero se quedan en un cristianismo de ritos y tradiciones.  Les parece bonito el bautismo, les parece bonito ver a un niño con la ropa de primera comunión, les parece bonito entrar la novia por el pasillo central de la Iglesia, pero nada más, no hay compromiso. 
 
La fe, cada vez más, va a depender de una decisión personal y no de que me bautizaron cuando era niño.  Será cristiano quien tome la decisión consciente de aceptar y seguir a Jesucristo.  Tenemos que pasar de un cristianismo por nacimiento a un cristianismo por elección. 
 
Hay muchas personas que abandonan su fe porque piensan que les va a ir mejor.  Y tú, ¿también quieres dejar a Jesús? 
 
Si caminamos con Jesús podremos descubrir que son ciertas las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!” 

martes, 14 de agosto de 2018


XX DOMINGO ORDINARIO 

Las lecturas de hoy nos invitan a estar atentos y dispuestos a escuchar a Dios, para vivir el presente de manera positiva; es decir, que abandonemos la ignorancia y busquemos el camino del conocimiento y de la verdadera sabiduría de la vida. 

La 1ª lectura, del libro de los Proverbios, nos hace una invitación para que optemos por la “sabiduría”.  En la Biblia, la sabiduría es el arte de vivir y nos ayuda para orientarnos en este mundo y así vivir y actuar mejor.  Por lo tanto optar por la sabiduría significa acoger la vida, la felicidad, la realización como persona; optar por la ignorancia es escoger la muerte, la infelicidad, el fracaso.   

Hay que saber elegir: sabiduría o ignorancia.  Si queremos triunfar en la vida, si queremos realizarnos plenamente como personas y alcanzar la felicidad hay que escoger la sabiduría.  Sin embargo, muchas veces buscamos nuestra realización plena y nuestra felicidad al margen de Dios y sus valores, al margen de esa sabiduría de Dios y Dios no puede ser excluido de nuestra vida si queremos tener éxito y ser felices.  No podemos llegar a nuestra realización plena ignorando a Dios y a sus propuestas. 

La sabiduría que procede de Dios es fuente de experiencia, y la experiencia, a su vez, es fuente de prudencia. 

La sabiduría sale a nuestro encuentro, pero cada uno es libre de aceptarla o no.  Quien la acepte será un hombre prudente y vivirá una mejor vida, quien la desprecie seguirá por el camino de la imprudencia. 

La Sabiduría es saber vivir, es saborear la vida, es encontrarle gusto a lo que somos y hacemos, y disfrutar con las personas con quienes compartimos la existencia. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos invita a ser sensatos y actuar con sensatez.   

La insensatez es caer y seguir cayendo en los mismos errores.  Si caemos y no aprendemos, perdemos dos veces.  Si caemos y aprendemos de nuestros errores, ganamos.  El problema no es caer en los errores sino seguir cayendo en los mismos errores y por las mismas circunstancias. 

La insensatez nos lleva al libertinaje; la sensatez, en cambio, es estar cerca de Dios.  Sólo la persona insensata se aparta de Dios y de esa sabiduría que procede de Dios. 

Cuando nos alejamos de Dios nos comportamos como imprudentes e insensatos; cuando nos acercamos a Dios andamos por los caminos de la sabiduría y de la sensatez.

El alejamiento de Dios lleva a la insensatez. La vida cerca de Dios nos hace vivir una vida más en plenitud, más feliz. 

En el Evangelio de san Juan, nos invita Jesús a comer su carne y a beber su sangre. 

Se dice que nuestro cuerpo se compone de lo que uno come.  Pues algo parecido pasa con nuestra vida espiritual.  Si nosotros nos alimentamos de rencores, egoísmos, envidias, etc., no podremos vivir una vida de felicidad profunda ni plena. 

Jesús hoy se nos presenta como el verdadero alimento para esta vida y para la vida eterna.  Él mismo es ese alimento.  Comulgar o comer a Cristo significa no sólo alimentarnos de Él, sino también vivir comprometidos con nuestra felicidad y la de los otros; salir de nuestros egoísmos y mirar a ver a nuestro alrededor; dejar la indiferencia y tomar las riendas de nuestra vida; significar perdonar como Jesús perdonó; orar como Él oro, y amar como Él nos lo enseñó. 

La Eucaristía no puede ser solamente un rito más en nuestra vida al que asistimos por obligación, sino que es un encuentro con Cristo que viene a nosotros para ofrecernos la vida plena y definitiva. 

Celebrar la Eucaristía es identificarse con Jesús, es vivir en unión con Él, es tener los mismos sentimientos que Él.  No podemos celebrar la Eucaristía y sembrar divisiones, envidias, conflictos e indiferencias ante las necesidades de los hermanos.  Si hacemos esto, entonces, la Eucaristía que celebramos y participamos se convierte en una mentira.   

Comer la carne de Jesús y beber su sangre significa que tenemos que comprometernos con el mismo proyecto que Jesús llevó a cabo a lo largo de su vida. 

Nadie puede dar lo que no tiene; por eso alimentémonos de Jesús, verdadero alimento de vida eterna, para poder así nosotros junto con Él, y guiados por el Espíritu dar frutos que perduren, frutos de vida eterna.

martes, 7 de agosto de 2018


XIX DOMINGO ORDINARIO  

Todos nosotros hemos sentido momentos de tristeza, e incluso de desesperanza. ¿Quién no ha sentido la tentación de dejarlo todo ante las dificultades de la vida o ante las exigencias de la fe? La Palabra de Dios de este domingo nos ofrece un mensaje de confianza y esperanza. 

La 1ª lectura, del primer libro de los Reyes, nos muestra al profeta Elías que ya no puede más; se siente cansado, agotado, decepcionado y desanimado porque no ha podido cambiar el corazón de su pueblo y por ello ha desistido seguir luchando e incluso prefiere morir que continuar con su misión. 

También nosotros podemos estar cansados y en crisis.  No sólo se cansan de buscar sentido a su vida aquellos que abandonan su fe, sino que hay también muchas personas que se cansan de hacer el bien y sufren porque su voz no es oída y porque ven que se van perdiendo los valores cristianos en este mundo en el que vivimos.  Quizás en algunos momentos de nuestra vida podemos sentirnos con ganas de “tirar la toalla”, de dimitir de lo que estamos haciendo e incluso desearnos la muerte. 

Cuando nos sentimos así, la solución no es bajar los brazos y abandonar la lucha.  Cuando parece que nuestra misión es superior a nuestras fuerzas, cuando parece que todo es un fracaso en nuestra vida, es en Dios en quien tenemos que confiar y es en Él en quien tenemos que poner nuestra esperanza. 

A veces, le pedimos a Dios que resuelva milagrosamente nuestros problemas y nosotros queremos quedarnos de brazos cruzados.  Dios no fomenta la flojera, sino que Él está a nuestro lado siempre que lo necesitamos para darnos fuerza para vencer las dificultades e indicarnos el camino a seguir. 

Las dificultades y las desilusiones sólo se pueden superar desde Dios. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos dice que ser cristiano y seguir a Cristo implica dejar de lado la ira, la violencia, la envidia, el orgullo, la maldad. Ya sufrimos bastantes guerras, enfrentamientos, odios y violencia en este mundo, para que nuestras relaciones con los demás estén basadas en estos vicios y pecados.  Todas estas cosas tienen que ser eliminadas de nuestra vida.  Todas estas cosas son comportamientos del hombre que no tiene fe. 

Dios no se complace en las rivalidades y los enfrentamientos, sino en la paciencia, la comprensión y el amor mutuos, para que exista entre nosotros una vida de convivencia armónica y fraternal, más justa y pacífica. 

El amor de Cristo tiene que ser ejemplo y modelo para todo cristiano, de modo que se pueda expresar en actitudes de bondad, comprensión y perdón de unos para con otros. Así, haciendo como Cristo, podremos complacer al Espíritu de Dios. 

En el Evangelio de san Juan, nos decía Jesús: “El que cree en mi, tiene vida eterna”. 

¿Qué es lo que puede hacer que la vida de una persona no sea una vida plena?  Algunos dirán que la falta de dinero, de salud o de amor.  Sin embargo Jesús nos dice que lo que hace que una vida no sea plena es la falta de fe, la falta de sentido de la vida, la falta de valores. 

Quien no cree, dice san Juan, ya está condenado.  Hay mucha gente que no cree en nada, que no tienen un sentido religioso.  Para que la vida sea plena, el ser humano tiene que estar abierto a Dios. 

Cuando una persona renunciar a comer, es decir, es anoréxica, no lo vemos normal porque atenta contra su vida; si uno renuncia a hablar (autismo) no lo vemos normal, atenta contra la relación personal.  Si uno renuncia a la fe, a su sentido religioso, a su formación como creyente, está limitando su plenitud de vida.  La vida sin Dios no puede ser una vida plena, no puede ser una vida con sentido. 

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida y que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que nos vamos organizando nuestra vida de espaldas a Dios. 

Cristo es el pan de la vida. Ha venido para que tengamos vida eterna. Podemos saber si estamos participando de esa vida en la medida que vivamos y practiquemos nuestra fe, en la medida que nuestra vida tenga sentido. ¡Que Cristo sea nuestra vida!

martes, 31 de octubre de 2017


XXXI DOMINGO ORDINARIO  (CICLO A)

En este domingo, la Iglesia nos invita a una reflexión responsable sobre la seriedad, la verdad y la coherencia de nuestro compromiso con Dios y con el Reino.
 
La 1ª Lectura del Profeta Malaquías  es una dura advertencia a los Sacerdotes de esa época por su mal comportamiento y por la predicación de falsas doctrinas.  Los sacerdotes de la Antigua Alianza habían olvidado sus obligaciones como hombres de Dios.  Rompieron el pacto hecho con Dios y en lugar de guiar al pueblo por buenos caminos, lo descarriaban por senderos torcidos que no conducían hasta Dios.
El Señor, les dijo a sus apóstoles que los enviaba como ovejas en medio de lobos.  Esta es una difícil tarea para los sacerdotes.  Por eso no debemos extrañarnos que a veces fallemos como sacerdotes.  Por ello este es un buen momento para que pensemos que todos los fieles deben de echar siempre una mano a los sacerdotes y que hay que rezar por ellos.  Para que seamos fieles a la misión que Dios nos ha encomendado y seamos un estímulo para que todos hagamos el bien y nunca el mal.
Hay que esforzarse por comprender a los sacerdotes, por perdonarlos, por ayudarlos, por animarlos a seguir con la ilusión del primer día por el difícil camino del sacerdocio.
Para que esta Comunidad pueda alcanzar su meta y llevar a cabo la misión del Señor, necesita de la colaboración de todos sus miembros: sacerdotes y laicos.  Unos y otros tenemos una importante misión que realizar en la Iglesia de Dios.
San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Tesalonicenses, manifiesta su alegría por la acogida que los Tesalonicenses dieron a su mensaje.  Debido a ello les habla con gran ternura y delicadeza. Pero también les manifiesta que ha trabajado y luchado fuertemente para que la palabra de Dios realizara su fruto en aquella comunidad.
 
El amor a la comunidad  lleva al sacerdote, a ofrecer lo más valioso que tiene: Cristo, el Señor.  El amor a los fieles es lo que hace que el sacerdote no haga distinciones de ninguna clase; que siempre predique la verdad, aunque, a veces, nos incomode; que corrija a sus fieles cuando sea necesario; que cuando vea algo indigno a los ojos de Dios, sepa ser exigente, ejerciendo su autoridad como ministro de la Iglesia; que pida a sus fieles que se dejen guiar en su vida por el Evangelio.
 
El Evangelio de san Mateo nos habla de la hipocresía. Todos hemos de evitar caer en hipocresías, egoísmo y luchas de poder, pues todas estas actitudes dañan fuertemente a las comunidades.
El Evangelio de hoy no sólo está dirigido solamente a nosotros, los que tenemos responsabilidades en la comunidad.  Se dirige a todos, a todos los que llevamos el nombre de cristianos.
Porque de hecho, todos los que llevamos el nombre de cristianos, todos los que ahora estamos participando de esta Eucaristía, somos anunciadores del Evangelio, y por lo tanto tenemos el deber de cumplir en nuestras vida lo que anunciamos.
Llamarse cristiano significa afirmar que creemos en Jesús, en lo que nos ha dicho, en lo que nos ha enseñado; y significa que tenemos que vivir y actuar como cristianos con palabras y con hechos.  Si nos decimos cristianos pero vivimos como si no lo fuéramos, estamos actuando como esos fariseos que Jesús criticaba hoy en el Evangelio.  No podemos ser cristianos en determinados momentos y en otros no. 
Las palabras de Jesús van dirigidas a cada uno de los cristianos, pero muy especialmente a los que tienen cualquier tipo de responsabilidad en la fe de los demás.  Por ejemplo a esos papás que se dicen cristianos y que un día bautizaron a sus hijos y se comprometieron a educar en la fe a sus hijos y llegado el momento se ha olvidado de esta educación porque mintieron ante la comunidad y ahora les dicen a sus hijos que si quieren que vayan a la Iglesia y que si no quieren ir que no vayan.  ¿Qué seria si esto mismo lo aplicásemos a la escuela?  Decirles: “si quieres ir a la escuela ve y si no, no vayas”.
A los sacerdotes nos corresponde ofrecer una catequesis, preparar los programas, animar a los miembros de la comunidad a ejercer un apostolado, un servicio a Dios y a su Iglesia, pero a los papás cristianos les corresponde la responsabilidad de mandar a sus hijos a la catequesis y de interesarse por la formación cristiana de sus hijos, y también le corresponde a los papás preocuparse por la asistencia a misa de sus hijos.
Ahora bien, muchos padres, ¿cómo van a enviar a sus hijos a la catequesis o a misa si ellos no vienen nunca?
Hoy, estas palabras duras de Jesús, deberían hacer reflexionar a muchos padres y madres cristianas que han olvidado su cristianismo y su compromiso como educadores cristianos de sus hijos.
Pidamos, al Señor, que todos seamos capaces de vivir de acuerdo a nuestra fe.  Todos: los que tenemos responsabilidades en la Iglesia y en las familias.

martes, 24 de octubre de 2017


XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos dice que el amor es lo que Dios pide, o incluso, el amor es lo que Dios exige a cada creyente.  Que nuestro corazón se sumerja en el amor.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha relatado cómo el pueblo de Israel, una vez que se estableció como pueblo y se organizaron socialmente se olvidaron que una vez fueron pobres y cerraron su corazón a los necesitados y muchas veces se convirtieron en opresores, aprovechándose de los inmigrantes pobres, viudas y huérfanos. 

Si le echamos una mirada a nuestro mundo, vamos a descubrir que esta situación que se denuncia en esta lectura sigue estando presente entre nosotros.  Hay muchísimos pobres que sólo cuentan con sus manos para trabajar, que no tienen tierra, ni dinero, ni conocimientos, ni influencias y por lo tanto son mano de obra barata. 

Cuantas personas hoy son explotadas, utilizadas, maltratadas, condenadas a una vida solitaria.  Me refiero a esas personas que tienen sida, y son expulsados de sus hogares, condenados a vivir una vida de sombras, lejos, muchas veces, de sus hogares; cuántos enfermos incurables son abandonados, condenados a la soledad, y a veces los escondemos y evitamos que los vean.  Necesitamos aprender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los más débiles, los más necesitados, los más abandonados, deben ser respetados, protegidos y amados.

Dios no acepta un mundo construido de esta forma y por lo tanto, nosotros como creyentes, no podemos tolerar estas situaciones en las que se violan los derechos y la dignidad de los pobres.  ¿Podemos ser cristianos y a la vez se explotadores de los más necesitados? 

Hoy Dios nos dice que Él está a favor de los débiles, de los necesitados.

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos pone el ejemplo de unos cristianos: los tesalonicenses.  Ellos son el prototipo, son ejemplo de una comunidad cristiana, de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al Evangelio de Jesús.

Estas personas habían experimentado que los ídolos no salvaban a nadie.  Y aceptaron el mensaje evangélico.  Por eso san Pablo da gracias a Dios. 

El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla que ofrece muy grandes cosechas calladamente.  La fe cristiana es como una semilla que germina en buenas obras.  Por eso es necesario sembrar el mensaje de Dios, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.  No lo podemos callar.  Es pues, con nuestro ejemplo como tenemos que evangelizar a este mundo que quiere prescindir de Dios.

Por ello, quien conoce a Dios, debe abandonar los ídolos, quien conoce el bien tiene que alejarse del mal, quien conoce la verdad tiene que dejar atrás el engaño.  Seamos ejemplo de vida cristiana para todos los que nos conozcan.

El Evangelio de san Mateo nos recuerda lo esencial, lo verdaderamente importante, el único mandamiento que realmente hay que cumplir, porque cumpliendo éste se cumple con todo lo demás.
 
El amor, sí el amor, esa palabra que tanto significa y que tan mal utilizamos, a veces.  El amor, esa asignatura que reprobamos demasiadas veces.  El amor, eso que tanto necesitamos y que tan pocas veces saboreamos.
 
Amar a Dios, amar al prójimo y amarse a uno mismo.  Esto es lo que nos pedía Jesús.  Quizás el problema de tanto desamor en el mundo es que no hemos aprendido a amarnos a nosotros mismos.  Hemos querido amar a Dios y al prójimo y nos faltaba algo fundamental: el amor hacia nuestra propia persona, eso que los psicólogos llama autoestima, tan necesaria para vivir con plenitud.  Un amor hacia nosotros mismos que nada tiene que ver con el egoísmo y el orgullo.

Y ¿cómo podemos edificar nuestra autoestima?  Primero necesitamos humildad, mucha humildad para aceptarnos con nuestros defectos y cualidades; humildad para aceptar nuestra historia con todo lo bueno y malo que hay en ella; humildad para reconocernos poca cosa, y a la vez como lo más importante del mundo, porque cada uno de nosotros es únicos y queridos por Dios.

Nuestro mundo cree que la felicidad, está en tener muchas cosas, en ser más que nadie, en aparentar.  Pero Dios nos propone otro camino, el camino de ser hijos suyos y hermanos todos.  Hay que empezar por reconocernos como hijos de Dios y hermanos.  Hay que descubrir que nuestra dignidad no depende de las cosas que tengo, ni de mis cualidades, ni de lo que hago, sino del amor que Dios me tiene.

Es triste que poco a poco, la falta de amor vaya haciendo de nosotros un ser solitario, un ser nunca satisfecho, que la falta de amor vaya deshumanizando nuestros esfuerzos y luchas por obtener unos determinados objetivos políticos y sociales.

Si nos falta amor nos falta todo. Hemos perdido nuestras raíces. Hemos abandonado la fuente más importante de vida y felicidad. Dios nos ha creado para amar.

TODOS LOS SANTOS  (CICLO A)

 Celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos.  Hoy celebramos a todas aquellas personas que viven con Dios.  A todos aquellos que viven ya en el cielo.  Uno son santos canonizados, es decir, están oficialmente en la lista de santos de la Iglesia y los celebramos a lo largo del año litúrgico.  Otros son santos no canonizado, pero no por eso menos santos.  Ellos gozan ya de la compañía de Dios, aunque no se les haya reconocido oficialmente la condición de santos.
 
Hoy le damos gracias a Dios por todos esos santos.  Por todas esas personas de nuestra raza, de nuestra familia, hijos de esta tierra.  Porque ellos son nuestra familia del cielo, con los que nos sentimos en comunión.  Por eso decimos en el Credo: “Creo en la comunión de los Santos”.
 
Todos estamos llamados a ser santos.  Ser santos no es ser gente extraordinaria.  Todos esos santos que hoy celebramos nos enseñan que seguir a Cristo es posible, y que eso es la santidad.  Creyeron en el Evangelio y lo cumplieron y lo vivieron.

Los santos son aquello que han comprendido, y vivido, que la felicidad se encontraba en el camino de Jesús, que es el camino de las bienaventuranzas.  Las bienaventuranzas son el camino para alcanzar la felicidad en este mundo y alcanzar la santidad para el cielo. 

Quizás nos preguntemos: ¿y yo, cómo puedo llegar a ser santo? ¿Cómo puedo llegar a ser feliz?

La palabra de Dios que hemos escuchado nos ha ofrecido la respuesta a estas preguntas, nos ha dicho cómo vivir aquí y alcanzar la felicidad en la vida con Dios después de la muerte.
 
El primer sermón que pronunció Jesús, las primera palabras que nos comunica son: Felices, dichosos, santos son los que practican la justicia.  Si practicamos la justicia seremos pobres, porque no podremos enriquecernos a costa de otras personas, ni adorar al ídolo del dinero o del poder; lloraremos, amaremos a los que sufren, seremos perseguidos, porque practicar la justicia nos hará pensar en los injustamente tratados; nos quitarán nuestras seguridades y además nos perseguirán y tendremos que enfrentarnos a una sociedad que vive con otros valores.

Este es el camino de Jesús y éste es el camino que Él nos propone para ser santos: tener un corazón justo para poder ser pobre y misericordioso con todos.

Puede ser que a nosotros estas palabras del Señor nos resulten difíciles, nos den miedo porque pensamos que la felicidad está en gozar, en pasárselo bien, en ser más que los demás, en no preocuparnos por los que lo pasan mal o sufren necesidades. 

Nuestro problema consiste en que la sociedad actual nos programa para buscar la felicidad por caminos equivocados que al final nos llevan a vivir de manera desdichada.   Nuestra sociedad nos dice: “si no tienes éxito, no vales” 

Una persona que sólo busca el éxito difícilmente será feliz.  Necesitará tener éxito en todas sus pequeñas o grandes empresas.  Cuando fracase en algo, sufrirá muchísimo.  Será una persona agresiva contra la sociedad y contra la misma vida.  Esa persona no será capaz de descubrir que vale por si misma, por lo que es, no por sus éxitos o logros personales.

Nuestra sociedad nos dice también: “si quieres tener éxito, has de valer más que los demás”.  Hay que ser siempre más que los otros, sobresalir, dominar a los demás.  Una persona así está llamada a sufrir.  Vivirá siempre envidiando a los que han tenido éxito, a los que tienen un mejor nivel de vida, a los que tienen una mejor posición en la vida.  Una persona así no sabrá disfrutar lo que es y lo que tiene, y por supuesto no será feliz.

No podemos lograr la felicidad de cualquier manera.  Tampoco podemos comprar la felicidad.  Con dinero sólo podemos comprar apariencia de felicidad.

La fiesta de Todos los Santos nos recuerda que hay otro camino de felicidad.  Ser cristiano es buscar la verdadera felicidad como lo hicieron esos santos “nuestros” cercanos a nuestra vida.  Ellos nos demuestran que es posible vivir esa felicidad que nos dice Jesús hoy.  Una felicidad que comienza aquí, y alcanza su plenitud en el encuentro final con Dios en el cielo. 

En esta fiesta de Todos los Santos, el Señor nos invita a que seamos auténticos hijos de Dios, cada quien desde su propia vocación, desde sus propios carismas, tenemos que buscar la santidad.  Tenemos que vivir como hijos del mismo Padre, como hermanos de quienes nos rodean, especialmente de los más necesitados, sin esto no hay santidad. 

No olvidemos que cada uno de nosotros somos llamado a alcanzar el camino de la felicidad y de la santidad porque a esto es a lo que nos llama y nos invita el Señor al celebrar esta fiesta de Todos los Santos.