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martes, 19 de agosto de 2025

 


Las lecturas de este domingo nos hablan del tema, siempre difícil, de la salvación.

La 1ª lectura del profeta Isaías, nos habla de cómo el pueblo de Israel no se encontraba en una situación ideal.  Dentro del pueblo existe una situación de fracaso, de desánimo y desesperanza.

El profeta trata de levantar el ánimo del pueblo.  Este pueblo una vez que ha superado sus sufrimientos, se ha olvidado de que Dios los ha salvado, como salvó y dio la libertad a sus padres.  Siempre ocurre la misma historia.  Cuando estamos en problemas invocamos a Dios, recurrimos a Dios, pero cuando nos llega la calma y el bienestar, muchas veces también nos llega el olvido de Dios y el vivir alejado de su doctrina y de los ideales cristianos. 

Dios nunca nos ha abandonado pero nosotros sí y esto es fruto de que no estamos unidos verdaderamente a Dios.  A pesar de todo esto Dios nos reúne, como lo hace en esto momentos para celebrar la Eucaristía, Él nos convoca para: compartir y proclamar en alto nuestra fe, escuchar y acoger la Palabra de Dios con generosidad, revisar nuestro compromiso cristiano y reafirmar nuestro propósito de fidelidad a Dios.Dios nunca nos abandona, que no lo hagamos nosotros cuando todo nos va bien.

La 2ª lectura de  la carta a los Hebreos nos alienta a que cuando recibamos una corrección debemos asumirla con paciencia, porque a pesar de que nos molestemos por la corrección, el final siempre es positivo.

A veces nos comportamos incorrectamente ante las correcciones de Dios. Cuando nos cae una desgracia o sufrimos un accidente o una enfermedad, enseguida pensamos “¿por qué a mi?”. Y creemos que Dios nos está castigando. En realidad lo que denominamos “castigos” de Dios es más bien llamadas suyas para seguirlo en medio de las circunstancias que Él tenga dispuestas para cada uno de nosotros.  Lo que llamamos “castigos” de Dios, son correcciones de un Padre que nos ama. Son advertencias que Él nos hace para que tomemos el camino correcto, para que nos volvamos hacia Él, para que busquemos nuestra salvación y no la condenación.

En el evangelio de san Lucas hemos escuchado que una persona se acerca a Jesús y le pregunta: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” 

En primer lugar, es necesario tomar conciencia de que el “Reino” no está condicionado a ninguna lógica de sangre, de etnia, de clase, de ideología política, de estatuto económico: es una realidad que Dios ofrece gratuitamente a todos; basta que se acoja esa oferta de salvación, se adhiera a Jesús y se acepte entrar por la “puerta estrecha”.

“Entrar por la puerta estrecha” significa, en la lógica de Jesús, hacerse pequeño, sencillo, humilde, servidor, capaz de amar a los otros hasta el extremo y hacer de la vida don, entrega. En otras palabras: significa seguir a Jesús en su ejemplo de amor y de entrega. Cuando Santiago y Juan pretendieron reivindicar lugares privilegiados en el “Reino”, Jesús se apresuró a decirles que era necesario primero compartir el destino de Jesús y hacer de la vida un don (“beber el cáliz”) y un servicio (“el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida”). Jesús es, por tanto, el modelo de todos los que quieren “entrar por la puerta estrecha”.

Todos constatamos que esta “puerta estrecha” no es, hoy, muy popular. Los hombres de hoy tienen perspectivas muy distintas de las de Jesús. La felicidad, la vida plena se encuentran, para muchos de nuestros contemporáneos, en el poder, en el éxito, en el escaparate social, en el dinero (el nuevo dios que mueve el mundo, que manipula las conciencias y que define quien tiene o no éxito, quién es o no es feliz).

Es necesario ser conscientes de que el acceso al “Reino” no es, nunca, una conquista definitiva, sino algo que Dios nos ofrece cada día y que, cada día, aceptamos o rechazamos. Nadie tiene automáticamente garantizado, por decreto, el acceso al “Reino”, de forma que pueda, a partir de un cierto momento, tener comportamientos no conformes con los valores del “Reino”. El acceso a la salvación es algo a lo que se responde, positiva o negativamente, todos los días.

Jesús decía que, en el banquete del “Reino”, muchos aparecerán y dirán: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”; pero recibirán como respuesta: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”. Este aviso toca de forma especial a aquellos que conocieron bien a Jesús, que se sentaron con Él a la mesa (de la eucaristía), que escucharon sus palabras, que formaron parte del consejo pastoral de la parroquia, que fueron fieles guardianes de las llaves de la iglesia; pero que nunca se preocuparon por entrar por la “puerta estrecha” del servicio, de la sencillez, del amor, de la entrega de la vida. Esos, Jesús es muy claro, no tendrán un lugar en el “Reino”.

lunes, 19 de agosto de 2024

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Vivir es tener que tomar decisiones.  Podemos decidir bien o mal.  La liturgia de este domingo nos enseña a aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida.

La 1ª lectura nos muestra a Josué preguntando al pueblo si querían servir a los falsos dioses o al Dios verdadero. 

Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: bachillerato o formación profesional; seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.

Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; entre comprar un coche descapotado o una furgoneta.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”.

Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién queréis servir?”  Hay que escoger entre servir a Dios o servir al dinero, al éxito, a la fama, al poder, a la moda.

Como creyentes sabemos que no podemos prescindir de Dios en nuestra vida, que tenemos que confiar plenamente en Él, porque es en Dios en quien vamos a encontrar nuestra realización plena como personas.  Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos?

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio.

El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado.

San Pablo utiliza en la lectura de hoy, una palabra que no podemos absolutizar: “sumisión”.  Esta palabra hay que entenderla y situarla en la época en que fue escrita esta carta.  En aquella época el marido era considerado el dueño y señor de la familia.  Hoy, no podemos seguir manteniendo este tipo de relación de la esposa con el marido.  No podemos discriminar a la mujer, no podemos exigir sumisión de la mujer al marido, ya que hombre y mujer tienen la misma dignidad.

Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia.

En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos?”

¿Cuál es la realidad hoy de muchos cristianos?  Hoy nos encontramos con muchos que han sido bautizados, sencillamente, porque los bautizaron, pero nunca han asumido el compromiso de su bautismo.  Han recibido el don de la fe, pero nunca han vivido su fe y hasta es posible que su fe haya quedado olvidada en cualquier rincón de sus vidas.

Hay bautizados que reciben los 3 primeros sacramentos, bautismo, primera comunión y confirmación, pero de ahí no pasan.  Mientras están en la catequesis pareciera que creen, pero terminan la catequesis y no regresan más a la Iglesia.

¿Cómo pueden decir estas personas que tienen fe cuando ni oran, ni van a Misa, ni participan en nada ni piensan desde la fe, ni miran la vida desde la fe?

Este tipo de personas ante cualquier exigencia de la Iglesia también llegan a decir: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”.

Por eso, hoy Jesús también nos pregunta a nosotros: ¿También vosotros queréis marcharos?”

Cuando nos cansamos de seguir haciendo el bien y buscar la verdad, de promover el amor y la justicia, cuando dejamos de ir a misa o nos resulta insoportable tal o cual persona, cuando nos pesa la fidelidad matrimonial o la familia, cuando confrontamos la enseñanza del evangelio con nuestra manera de pensar y descubrimos que tenemos miedo a comprometernos y a seguir a Cristo incondicionalmente, estamos dejando de lado al Señor.

Ojalá que nuestra respuesta a la pregunta de Jesús sea la misma que la de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Reafirmemos también hoy nuestro seguimiento a Cristo, con mucho amor, confiados en su ayuda llena de misericordia; y con plena libertad digámosle: mi libertad para Ti Señor.

lunes, 21 de agosto de 2023

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Hoy la liturgia nos transmite, fuerte, alto y claro la pregunta de qué es Jesús para nosotros, quien es Él, realmente, para nuestras vidas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al mayordomo Sobná que abusa del poder que tiene y por eso Dios lo destituye de su cargo por haber usado su cargo en beneficio propio, y no como un servicio en favor de los demás.

Esta primera lectura nos invita a reflexionar sobre el sentido del poder.  El poder es un servicio a la comunidad.  Quien ejerce el poder, debe hacerlo pensando siempre en los demás.  La autoridad no es cuestión de poder sino de servir a todos.  El que tiene el poder no puede usarlo para satisfacer sus intereses personales.

Sobná ejercía el poder, asociado a la corrupción, al aprovechamiento del servicio de la autoridad para fines egoístas e intereses personales. Y Dios nos dice que el ejercicio del poder sólo tiene sentido en cuanto está al servicio del bien común.  El ejercicio de un cargo público no es para buscar intereses personales sino para ejercerlo en beneficio del bien común.

Por desgracia los abusos de poder de algunos gobernantes no han cambiado desde entonces.  Muchos utilizan el poder para su propia ambición, o por delirios de grandeza, negocios sucios, éxito del partido o como tapadera de sus propios intereses.

Nosotros como creyentes tenemos que estar dispuestos a poner fin a estas situaciones, no viviendo de forma superficial sino viviendo desde el Evangelio, aunque ello a veces nos complique la vida.  Puede ser que eso no cambie mucho las cosas, pero al menos no nos sentiremos cómplices de la injusticia.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos en una invitación a contemplar la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios. 

El verdadero creyente no es aquel que “sabe” todo sobre Dios, que cree conocerlo perfectamente y dominarlo; sino que es aquel que con honestidad y verdad reconoce su pequeñez y se pone confiadamente en las manos de Dios y con asombro y admiración adora y alaba a Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a Jesús preguntado: “¿quién dice la gente que soy yo?” “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Si queremos vivir coherentemente nuestra fe, tenemos que tener muy claro en quién y qué creemos.  Porque a veces estamos confundidos y por eso llegamos a decir que nos da lo mismo creer en una cosa que creer en otra.

Hay personas que dicen: “no hay que creer ni dejar de creer”.  Piensan que son muy sabios diciendo esto.  Y lo que demuestran es que no tienen fe en nada y que hacen las cosas “por si acaso”.  Es una manera de aceptarlo todo sin comprometerse con nada. Esta es la postura de algunos cristianos. 

Por eso no crecen en la fe y son víctimas de supersticiones. Se dicen cristianos pero practican la brujería, acuden a los adivinos y van a que les echen las cartas.  Este tipo de personas pisotea el primer mandamiento: Amar a Dios sobre todas las cosas.

Tenemos que tener muy claro en quién creemos.  Por eso Jesús nos pregunta: ¿quién dices tú que soy yo para ti?

Para muchos Jesús es, como decían los judíos de sus tiempos, un gran profeta. Otros opinan que ha sido un gran pensador. Otros que ha sido un revolucionario social. Otros afirman que ha sido un hombre perfecto. Hay toda clase de opiniones. Pero todas ellas están viendo a Jesús desde afuera. Realmente no saben nada de Cristo. No lo conocen.

Ante cristianos que desconocen realmente a Jesús, no es de extrañar que la vida cristiana sea algo nulo, superficial y solamente como un ingrediente social.

¿Quién es Jesús para nosotros? No se trata de dar una respuesta que hayamos aprendido de memoria. Tenemos que descubrir lo que verdaderamente Cristo significa para cada uno de nosotros personalmente.

Esta respuesta la vamos a encontrar en lo concreto de nuestra vida. Nosotros mostramos lo que Cristo significa y vale para nosotros a través de nuestras obras. Nuestra manera de vivir y de actuar es, en realidad, la expresión de lo que nosotros creemos.

Podemos decir muchas cosas acerca de Cristo. Pero si esto no se convierte en vida, si no luchamos por expresarlo a través de nuestras obras, quiere decir que no creemos en Jesús.

Decir que Jesús es el Mesías es aceptarlo como el único que puede darle sentido a nuestra vida.

Es importante, pues, que en este domingo, con toda sinceridad dejemos que la pregunta de Jesús resuene profunda y fuertemente en nuestros corazones y que tratemos de responderla con toda sinceridad.

lunes, 22 de agosto de 2022

 

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas de este domingo son una invitación a vivir desde la humildad y la generosidad.

La 1ª lectura, del libro del Eclesiástico, nos decía: “hazte tanto más pequeño cuánto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor”. 

Cuando un niño está dando los primeros pasos, necesita la ayuda de una persona mayor para no caerse cada dos por tres.  Así sucede en nuestra vida cristiana. Aunque seamos personas adultas, estamos dando primeros pasos hacia Dios: ¡estamos caminando hacia el Reino!  Por eso necesitamos de una mano amiga que nos ayude para no caer cada dos por tres en nuestro inseguro caminar. Y esa mano amiga es Dios. 

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, nos recordaba precisamente que Dios es esa mano amiga que necesitamos  ya que Dios, nuestro Padre, no es un Dios distante, lejano, despreocupado de nosotros. Dios se ha hecho: cercano, próximo, fraterno, por medio de Jesús.Está al lado nuestro para darnos esa mano que necesitamos; y ofrecernos la ayuda indispensable para llegar al final del camino: ¡al Reino de Dios!

El evangelio de san Lucas, nos hablaba de la virtud de la humildad.  Esta virtud de la humildad es una de las más olvidadas por nosotros.  A las personas les gusta despertar la admiración de la gente y que las señalen como personas importantes, famosas, poderosas, influyentes.  Sin embargo, la Palabra de Dios nos insiste que la humildad es querida por Dios.

La persona que desea estar llena de grandezas humanas, poco lugar le deja a Dios en su vida.  Sin embargo, la persona que es humilde, sencilla, y que no es vanidosa, tiene mucho lugar para Dios en su vida.  Y Dios vive en esa persona.  El orgulloso, el vanidoso, el creído, se enfrenta a Dios y le cierra la puerta de su vida. El humilde se abre a Él y Dios vive en él.

Hay dos maneras de perder el cariño y el respeto de los demás, incluso de hacerse rechazar hasta el punto de quedarse sin amigos ni personas que nos valoren: una es el creerse uno más de lo que uno es, valorarse más de lo debido, compararse con los demás y pensar que somos más inteligentes, más fuertes, más atractivos que los demás.  Querer buscar los primeros puestos, exigir un trato preferencial, querer tener siempre la última palabra en todo; hablar siempre de uno mismo, proclamar los propios éxitos; querer ser el centro del grupo y, a veces, humillar a los que sobresalen, para que no nos hagan sobra

La otra actitud que nos puede hacer perder relación y amistad sería la falsa humildad de quitarse importancia, simulando desconocer nuestras virtudes, y al mismo tiempo exagerar nuestros defectos.

Lo que nos puede hacer que no perdamos la amistad de los demás y la de Dios es la verdadera humildad.  Como nos decía la 1ª lectura: “En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso”

La humildad verdadera es cuando reconocemos nuestros defectos y limitaciones asumiéndolos sin angustias, y cuando somos consciente de las propias cualidades, dando gracias a Dios por ellas y poniéndolas a disposición de los demás, entonces es fuente de amistad y de buenas relaciones.

Lo contrario de la humildad verdadera es la soberbia y el orgullo, es decir, el querer ser más que los demás, querer sobresalir, tener los primeros puestos y vivir en la mentira sobre uno mismo: creerse autosuficiente, sin necesidad de Dios y de los demás.

La soberbia impide ejercitar el perdón de las ofensas y son frecuentes los enfrentamientos entre familiares que llevan incluso a la destrucción de las familias.

En la segunda parábola que hemos escuchado hoy en el evangelio nos dice Jesús, que cuando invitemos a alguien a una fiesta no lo hagamos por intereses.

Nosotros consideramos normal amar al que nos ama, hacer favores a quien nos los hace, ser amable con quien lo es con nosotros. Pero Cristo nos dice que quien quiera ser discípulo suyo ha de amar con otra generosidad: hemos de amar y hacer favores incluso cuando sepamos que no vamos a recibir nada de aquellos a quienes ayudamos o estamos favoreciendo.

Por eso esta palabra que hoy escuchamos nos invita a preguntarnos con sinceridad: ¿buscamos dar o buscamos recibir?

Que el Señor nos ayude a conocernos interiormente, para que podamos proceder en nuestra vida con una verdadera humildad y generosidad.

lunes, 16 de agosto de 2021

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de que como personas estamos obligados a tomar decisiones en nuestra vida.  Vivir es tener que decidir.  Podemos decidir bien, pero también podemos decidir mal.  Hemos de aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida.

La 1ª lectura nos muestra a Josué invitando a las tribus de Israel, que estaban reunidas en Siquem, a escoger entre “servir al Señor” o a los falsos dioses o ídolos. 

Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.

Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; que tipo de coche comprar.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”.

Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién quieres servir?”  

Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos?

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio.

Al escoger esposo o esposa, la mujer y el hombre tienen que renunciar a todos los demás candidatos y todas las demás candidatas posibles y a todas las personas que por más maravillosas que pudieran ser se encuentre uno en el futuro.  

El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado.

Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia.

En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos y nos pregunta también hoy a nosotros: “¿También vosotros queréis marcharos?”

Jesús como hombre debió sentir una cierta angustia por el abandono de sus discípulos. 

Nosotros debemos seguir a Jesús, y seguirlo a Él significa optar por Él en cada circunstancia de nuestra vida. No basta elegirlo una sola vez y después irnos desviando poco a poco: nuestra elección tiene que ser renovada, constante y permanente. 

Por otro lado, separase de Jesús puede también ser en forma progresiva.  Dice el Evangelio: “Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.”. 

Todos nosotros que formamos su Iglesia de hoy, inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida: esa elección hay que renovarla constantemente, en especial ante ciertos conflictos.

En nuestra vida de creyentes, hay momentos en que nos encontramos ante una situación y pregunta semejantes a la que nos plantea el evangelio: ¿continuamos con Jesús?, ¿lo abandonamos?

Cuando nos cansamos de seguir haciendo el bien y buscando la verdad, de promover el amor y la justicia, cuando dejamos de ir a misa o nos resulta insoportable tal o cual persona, cuando nos pesa la fidelidad matrimonial o la familia, cuando confrontamos la enseñanza del evangelio con nuestra manera de pensar y descubrimos que tenemos miedo a comprometernos y a seguir a Cristo incondicionalmente, estamos dejando de lado al Señor.

Y Cristo podría preguntarnos también: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Y nuestra respuesta no puede ser otra que la de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

lunes, 17 de agosto de 2020

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de hoy son una invitación a confesar nuestra fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al mayordomo Sebná que abusa del poder que tiene y por eso Dios lo destituye de su cargo por haber usado su cargo en beneficio propio, y no como un servicio en favor de los demás.

Esta primera lectura nos invita a reflexionar sobre el sentido del poder.  El poder es un servicio a la comunidad.  Quien ejerce el poder, debe hacerlo con cuidado, con bondad, con compresión, con tolerancia, con misericordia y pensando siempre en los demás.  La autoridad no es cuestión de poder sino de servir a todos.  El que tiene el poder no puede usarlo para satisfacer sus intereses personales.

Sebná ejercía el poder, asociado a la corrupción, al aprovechamiento del servicio de la autoridad para fines egoístas e intereses personales. Y Dios nos dice que el ejercicio del poder sólo tiene sentido en cuanto está al servicio del bien común.  El ejercicio de un cargo público no es para buscar intereses personales sino para ejercerlo en beneficio del bien común.

Por desgracia los abusos de poder de algunos gobernantes no han cambiado desde entonces.  Muchos utilizan el poder para su propia ambición, o por delirios de grandeza, negocios sucios, éxito del partido o como tapadera de sus propios intereses.

Nosotros como creyentes tenemos que estar dispuestos a poner fin a estas situaciones, no viviendo de forma superficial sino viviendo desde el Evangelio, aunque ello a veces nos complique la vida.  Puede ser que eso no cambie mucho las cosas, pero al menos no nos sentiremos cómplices de la injusticia.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos en una invitación a contemplar la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios.  Nosotros, tenemos que reconocer nuestra incapacidad de entender los proyectos de Dios, porque Dios, en su infinita sabiduría, nos sobrepasa completamente.

El verdadero creyente no es aquel que “sabe” todo sobre Dios, que cree conocerlo perfectamente y dominarlo; sino que es aquel que con honestidad y verdad reconoce su pequeñez y se pone confiadamente en las manos de Dios y con asombro y admiración adora y alaba a Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a Jesús preguntado: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

En la vida de cada día decimos que hay preguntas y preguntas: Preguntas habituales: ¿qué día hace hoy? Preguntas maliciosas: ¿es verdad aquello que me dijeron de ti? Preguntas sin importancia: ¿te gusta el fútbol? Preguntas molestas… Y preguntas importantes: ¿Y después de la muerte? ¿De qué te sirve ganarlo todo si pierdes tu alma? ¿Para qué sirve la fe?

Las respuestas a ciertas preguntas se aprenden en la vida, la familia, en la escuela y hay respuestas que sólo Dios nos enseña.

Y hay respuestas que sólo yo puedo dar. No sirve yo opino como el otro, yo digo lo mismo que dice la Biblia,… dice el párroco,…dice la iglesia… Llega un momento en la vida en que nuestra respuesta tiene que ser personal, tiene que salir del corazón y brotar del amor.

Hoy, Jesús te pregunta a ti: ¿Y para ti, quién soy yo?

Nosotros podríamos responderle a Jesús diciendo: “tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el Señor, el Salvador, la vida, el camino, la verdad, etc.”  Hasta un loro amaestrado podría repetir esa letanía de títulos.

La respuesta a esta pregunta no es nada fácil porque la verdad de nuestra respuesta se verifica en la vida y no en las palabras.

Cada uno de nosotros vamos revistiendo a Jesús de lo que nosotros somos. Y proyectamos en Él nuestros deseos, aspiraciones, intereses y limitaciones. Y casi sin darnos cuenta, lo empequeñecemos y desfiguramos incluso cuando tratamos de exaltarlo.

Pero Jesús sigue vivo. Los cristianos no lo hemos podido disecar. No permite que lo disfracemos. No se deja etiquetar ni reducir a unos ritos, unas fórmulas, unas costumbres.

Jesús siempre desconcierta a quien se acerca a Él con una postura abierta y sincera. Siempre es distinto de lo que esperábamos. Siempre abre nuevas brechas en nuestra vida, rompe nuestros esquemas y nos empuja a una vida nueva.

Cuanto más se le conoce, más sabe uno que todavía está empezando a descubrirlo. Seguir a Jesús es avanzar siempre, no establecerse nunca, crear, construir, crecer.

A Jesús lo iremos conociendo en la medida en que nos entreguemos a Él. Sólo hay un camino para ahondar en su misterio: seguirlo.

martes, 20 de agosto de 2019

XXI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XXI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos hablan del tema, siempre difícil, de la salvación.
 
La 1ª lectura del profeta Isaías, nos habla de cómo el pueblo de Israel no se encontraba en una situación ideal.  Dentro del pueblo existe una situación de fracaso, de desánimo y desesperanza.
 
El profeta trata de levantar el ánimo del pueblo.  Este pueblo una vez que ha superado sus sufrimientos, se ha olvidado de que Dios los ha salvado, como salvó y dio la libertad a sus padres.  Siempre ocurre la misma historia.  Cuando estamos en problemas invocamos a Dios, recurrimos a Dios, pero cuando nos llega la calma y el bienestar, muchas veces también nos llega el olvido de Dios y el vivir alejado de su doctrina y de los ideales cristianos. 
 
Dios nunca nos ha abandonado pero nosotros sí y esto es fruto de que no estamos unidos verdaderamente a Dios.  A pesar de todo esto Dios nos reúne, como lo hace en esto momentos para celebrar la Eucaristía, Él nos convoca para: compartir y proclamar en alto nuestra fe, escuchar y acoger la Palabra de Dios con generosidad, revisar nuestro compromiso cristiano y reafirmar nuestro propósito de fidelidad a Dios. Dios nunca nos abandona, que no lo hagamos nosotros cuando todo nos va bien.
 
La 2ª lectura de  la carta a los Hebreos nos alienta a que cuando recibamos una corrección debemos asumirla con paciencia, porque a pesar de que nos molestemos por la corrección, el final siempre es positivo.
 
A veces nos comportamos incorrectamente ante las correcciones de Dios. Cuando nos cae una desgracia o sufrimos un accidente o una enfermedad, enseguida pensamos “¿por qué a mi?”. Y creemos que Dios nos está castigando. En realidad lo que denominamos “castigos” de Dios es más bien llamadas suyas para seguirlo en medio de las circunstancias que Él tenga dispuestas para cada uno de nosotros.  Lo que llamamos “castigos” de Dios, son correcciones de un Padre que nos ama. Son advertencias que Él nos hace para que tomemos el camino correcto, para que nos volvamos hacia Él, para que busquemos nuestra salvación y no la condenación.
 
El Evangelio de san Lucas nos hablaba hoy que para entrar al Cielo no hay entradas garantizadas ni entradas reservadas, hay que optar por entrar por la puerta estrecha.
 
Para entrar a una determinada escuela o a la universidad se exigen una serie de requisitos, no todos pueden entrar en la escuela que quieren porque no reúnen esos requisitos.
 
Y para entrar en el Reino de los Cielos ¿cuáles serán los requisitos y cómo debemos llenar nuestra solicitud? ¿Cómo debemos prepararnos y de qué nos examinarán? ¿Cuántos son los admitidos? Es la misma pregunta que alguien le hace a Jesús. 
 
Hay quien pensaría que para alcanzar la salvación bastaría con estar bautizado, tener muy bien guardada su certificado, aparecer dos o tres veces por la Iglesia con ocasión de alguna fiesta o ceremonias sociales, llevar alguna medallita y hacer alguna novena al santo de su devoción, pero para alcanzar la salvación, es decir para ser discípulo de Jesús, se requiere compartir su misión, sus ideales, su estilo de vida y su método de amar. La fe no se puede vivir superficialmente, se necesita un verdadero cambio interior. Para ser admitido en el Reino no se aceptan ni sobornos, ni valen parentescos o influencias. Es la rectitud de vida la que abre las puertas de la salvación.
 
No basta para salvarse el hecho de pertenecer a una determinada raza o pueblo, no se necesita un salvoconducto, ni siquiera es seguridad de salvación haber comido y bebido con el Señor. Se requiere entrar por la puerta estrecha, pero a nosotros nos gustan los caminos amplios de la comodidad, del llamar bien al mal, del conformismo y de la ambigüedad. Y para Jesús todo está muy claro: “Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”.  A la sociedad la podremos engañar aparentando hacer cosas buenas que ocultan nuestras ambiciones y defectos, pero a Jesús no lo podemos engañar.
 
Quien ha conocido a Dios forzosamente tendrá que cambiar su vida y optar por otros caminos. Jesús optó por la justicia y por la verdad, y cuando se habla con la verdad y se exige la justicia se cierran muchas puertas y se vuelven peligrosos muchos caminos. Por eso muchas veces nosotros optamos por las verdades a medias, por la justicia aparente, y por la conveniencia social.
 
Creer es una actitud seria y radical y no sólo se reduce a ciertos actos de devoción.  Al  Reino de Dios sólo serán admitidos los justos de la tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón.

martes, 21 de agosto de 2018


XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo nos habla de que como personas estamos obligados a tomar decisiones en nuestra vida.  Vivir es tener que decidir.  Podemos decidir bien, pero también podemos decidir mal.  Hemos de aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida. 
 
La 1ª lectura nos muestra a Josué invitando a las tribus de Israel, que estaban reunidas en Siquem, a escoger entre “servir al Señor” o a los falsos dioses o ídolos. 
 
Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: bachillerato o formación profesional, seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.
 
Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; entre comprar un coche o una moto.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”. 
 
Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién queréis servir?”  Hay que escoger entre servir a Dios o servir al dinero, al éxito, a la fama, al poder, a la moda. 
 
Como creyentes sabemos que no podemos prescindir de Dios en nuestra vida, que tenemos que confiar plenamente en Él, porque es en Dios en quien vamos a encontrar nuestra realización plena como personas.  Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos? 
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio. 
 
Al escoger esposo o esposa, la mujer y el hombre tienen que renunciar a todos los demás candidatos y todas las demás candidatas posibles y a todas las personas que por más maravillosas que pudieran ser se encuentre uno en el futuro.   
 
El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado. 
 
San Pablo utiliza en la lectura de hoy, una palabra que no podemos absolutizar: “sumisión”.  Esta palabra hay que entenderla y situarla en la época en que fue escrita esta carta.  En aquella época el marido era considerado el dueño y señor de la familia.  Hoy, no podemos seguir manteniendo este tipo de relación de la esposa con el marido.  No podemos discriminar a la mujer, no podemos exigir sumisión de la mujer al marido, ya que hombre y mujer tienen la misma dignidad. 
 
Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia. 
 
En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos y nos pregunta también hoy a nosotros: “¿También vosotros queréis marcharos?”. 
 
Jesús hoy nos cuestiona con toda claridad y nos pregunta si estamos dispuestos a seguirlo con todas sus consecuencias y cada uno de nosotros hemos de responder. 
 
No podemos vivir una fe ligth, no podemos servir a Dios y al diablo, no podemos vivir una fe sin exigencias.  No debemos preocuparnos tanto del número de personas que llenan la Iglesia sino de la manera cómo vivimos y damos testimonio de nuestra fe ante el mundo. 
 
Muchos se dicen cristianos pero se quedan en un cristianismo de ritos y tradiciones.  Les parece bonito el bautismo, les parece bonito ver a un niño con la ropa de primera comunión, les parece bonito entrar la novia por el pasillo central de la Iglesia, pero nada más, no hay compromiso. 
 
La fe, cada vez más, va a depender de una decisión personal y no de que me bautizaron cuando era niño.  Será cristiano quien tome la decisión consciente de aceptar y seguir a Jesucristo.  Tenemos que pasar de un cristianismo por nacimiento a un cristianismo por elección. 
 
Hay muchas personas que abandonan su fe porque piensan que les va a ir mejor.  Y tú, ¿también quieres dejar a Jesús? 
 
Si caminamos con Jesús podremos descubrir que son ciertas las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!”