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lunes, 22 de agosto de 2022

 

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas de este domingo son una invitación a vivir desde la humildad y la generosidad.

La 1ª lectura, del libro del Eclesiástico, nos decía: “hazte tanto más pequeño cuánto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor”. 

Cuando un niño está dando los primeros pasos, necesita la ayuda de una persona mayor para no caerse cada dos por tres.  Así sucede en nuestra vida cristiana. Aunque seamos personas adultas, estamos dando primeros pasos hacia Dios: ¡estamos caminando hacia el Reino!  Por eso necesitamos de una mano amiga que nos ayude para no caer cada dos por tres en nuestro inseguro caminar. Y esa mano amiga es Dios. 

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, nos recordaba precisamente que Dios es esa mano amiga que necesitamos  ya que Dios, nuestro Padre, no es un Dios distante, lejano, despreocupado de nosotros. Dios se ha hecho: cercano, próximo, fraterno, por medio de Jesús.Está al lado nuestro para darnos esa mano que necesitamos; y ofrecernos la ayuda indispensable para llegar al final del camino: ¡al Reino de Dios!

El evangelio de san Lucas, nos hablaba de la virtud de la humildad.  Esta virtud de la humildad es una de las más olvidadas por nosotros.  A las personas les gusta despertar la admiración de la gente y que las señalen como personas importantes, famosas, poderosas, influyentes.  Sin embargo, la Palabra de Dios nos insiste que la humildad es querida por Dios.

La persona que desea estar llena de grandezas humanas, poco lugar le deja a Dios en su vida.  Sin embargo, la persona que es humilde, sencilla, y que no es vanidosa, tiene mucho lugar para Dios en su vida.  Y Dios vive en esa persona.  El orgulloso, el vanidoso, el creído, se enfrenta a Dios y le cierra la puerta de su vida. El humilde se abre a Él y Dios vive en él.

Hay dos maneras de perder el cariño y el respeto de los demás, incluso de hacerse rechazar hasta el punto de quedarse sin amigos ni personas que nos valoren: una es el creerse uno más de lo que uno es, valorarse más de lo debido, compararse con los demás y pensar que somos más inteligentes, más fuertes, más atractivos que los demás.  Querer buscar los primeros puestos, exigir un trato preferencial, querer tener siempre la última palabra en todo; hablar siempre de uno mismo, proclamar los propios éxitos; querer ser el centro del grupo y, a veces, humillar a los que sobresalen, para que no nos hagan sobra

La otra actitud que nos puede hacer perder relación y amistad sería la falsa humildad de quitarse importancia, simulando desconocer nuestras virtudes, y al mismo tiempo exagerar nuestros defectos.

Lo que nos puede hacer que no perdamos la amistad de los demás y la de Dios es la verdadera humildad.  Como nos decía la 1ª lectura: “En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso”

La humildad verdadera es cuando reconocemos nuestros defectos y limitaciones asumiéndolos sin angustias, y cuando somos consciente de las propias cualidades, dando gracias a Dios por ellas y poniéndolas a disposición de los demás, entonces es fuente de amistad y de buenas relaciones.

Lo contrario de la humildad verdadera es la soberbia y el orgullo, es decir, el querer ser más que los demás, querer sobresalir, tener los primeros puestos y vivir en la mentira sobre uno mismo: creerse autosuficiente, sin necesidad de Dios y de los demás.

La soberbia impide ejercitar el perdón de las ofensas y son frecuentes los enfrentamientos entre familiares que llevan incluso a la destrucción de las familias.

En la segunda parábola que hemos escuchado hoy en el evangelio nos dice Jesús, que cuando invitemos a alguien a una fiesta no lo hagamos por intereses.

Nosotros consideramos normal amar al que nos ama, hacer favores a quien nos los hace, ser amable con quien lo es con nosotros. Pero Cristo nos dice que quien quiera ser discípulo suyo ha de amar con otra generosidad: hemos de amar y hacer favores incluso cuando sepamos que no vamos a recibir nada de aquellos a quienes ayudamos o estamos favoreciendo.

Por eso esta palabra que hoy escuchamos nos invita a preguntarnos con sinceridad: ¿buscamos dar o buscamos recibir?

Que el Señor nos ayude a conocernos interiormente, para que podamos proceder en nuestra vida con una verdadera humildad y generosidad.

lunes, 1 de agosto de 2022

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas  de este domingo nos llaman a estar vigilantes en todo momento. Nuestra fe nos enseña a descubrir al Señor en los signos de los tiempos. Necesitamos crecer en la fe; en la búsqueda de las cosas del Señor.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos recuerda la celebración de la pascua entre los judíos, que significaba el centro de la vida religiosa y cultual del pueblo de Israel.  El pueblo celebra su liberación de los egipcios, gracias a la intervención de Dios.

Hay personas que no le encuentran sentido andar por el camino del bien, de la verdad, del amor, de la entrega de la vida.  Creen que la felicidad se encuentra en lo fácil, en la moda, en los antivalores, más que en los valores del Evangelio y el proyecto de vida que nos propone el Señor.

Todos los días somos presionados, sea por la opinión pública, o por la moda a vivir una vida fácil, alejados de Dios.  Por eso tenemos que estar vigilantes para no abandonar a Dios.  Sólo Dios es el que nos puede liberar, es el que se hace presente todos los días en nuestra vida indicándonos por dónde ir para encontrar la vida plena y la felicidad.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos ofrece testimonios de personas que vivieron profundamente la fe en Dios y la esperanza en sus promesas Y por ello alcanzaron la plenitud de su vida porque no quedaron defraudados.

Cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia.   Para ello se requiere una luz especial que llamamos fe.

La fe es la luz que alumbra nuestro caminar, ya que la fe “no es creer lo que no vemos, sino tener la certeza y seguridad de lo que esperamos”.

Cuando nuestra fe no es fuerte y nuestra confianza en Dios es débil, no podremos sentir la presencia de Dios en nuestras vidas.  Sin embargo,  cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia porque la fe es tener la seguridad de lo que esperamos y la certeza de que lo alcanzaremos.

El Evangelio de san Lucas nos invita a la vigilancia, a estar preparados.

Hemos llegado a una situación de miedo ante el futuro, a causa de la violencia y de la inseguridad y esto  hace que las personas se encierren en sí mismas.  Por eso el Señor nos dice hoy: “No temas, pequeño rebaño”

Cristo nos dice que no tengamos miedo, pero también advierte dónde puede crecer el mal y cuál es el más grave peligro. El corazón se enferma cuando no vive el amor.  El corazón pierde su sentido cuando se le pegan  las cosas y faltan los sentimientos.  La acumulación de bienes es con frecuencia un comportamiento casi instintivo que surge del miedo a la miseria y al futuro. Pero no es raro que se transforme en egoísmo, en lujo en  opulencia y en avaricia. A veces se quiere acallar la conciencia dando una limosna o donando lo que ya no sirve, pero el corazón se queda atrapado en los bienes materiales.

Los bienes no son nuestros, son de Dios y son para toda la humanidad. San Basilio decía: “El pan que guardas para ti, es del que tiene hambre; el manto que escondes en el ropero, es del desnudo; los zapatos que se quedan olvidados en un rincón, son del descalzo; el dinero que escondes, es del que tiene necesidad…”.

Los tres ejemplos que nos ofrece hoy Jesús nos cuestionan sobre la forma de vivir nuestra vida, de utilizar los bienes y de esperar la venida del Señor.  Uno de los riesgos de nuestra vida es vivir una vida superficial, mecánica y rutinaria.  Con el pasar de los años terminamos viviendo una vida sin sentido y empobreciéndonos espiritualmente.  Estar vigilantes es despertar cada día con ganas de vivir más y mejor y encontrar felicidad sirviendo a nuestros hermanos. Tiempo de vigilancia y de espera significa tiempo de gozo, tiempo de trabajo, tiempo de construcción, responsabilidad, fidelidad y tiempo de amar.

Necesitamos darnos cuenta de cuáles son los ladrones que están robando nuestra paz, por dónde están entrando o si nosotros mismos los hemos invitado a casa. Es triste que, disfrazados de bienestar y comodidad, muchas veces metemos enemigos que nos roban la paz y la armonía del hogar.

Necesitamos estar alertas, pero también necesitamos hacer un examen muy minucioso del corazón, si no está lleno de egoísmo; si no se han obstruido sus arterias por tanta grasa de los bienes materiales; si no se ha endurecido por la envidia, el rencor o la venganza. Hay que mirar los enemigos de fuera que pueden destruirnos, pero hay que estar muy atentos a los enemigos de dentro que pueden contaminar el corazón.  Ante todos estos peligros, escuchemos con mucha atención la invitación de Jesús  a estar alertas, pero con la seguridad y la esperanza que nos dan sus palabras: “No temas, pequeño rebaño”.