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lunes, 4 de agosto de 2025

 


Las lecturas  de este domingo nos llaman a estar vigilantes en todo momento. Nuestra fe nos enseña a descubrir al Señor en los signos de los tiempos. Necesitamos crecer en la fe; en la búsqueda de las cosas del Señor.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos recuerda la celebración de la pascua entre los judíos, que significaba el centro de la vida religiosa y cultual del pueblo de Israel.  El pueblo celebra su liberación de los egipcios, gracias a la intervención de Dios.

Hay personas que no le encuentran sentido andar por el camino del bien, de la verdad, del amor, de la entrega de la vida.  Creen que la felicidad se encuentra en lo fácil, en la moda, en los antivalores, más que en los valores del Evangelio y el proyecto de vida que nos propone el Señor.

Todos los días somos presionados, sea por la opinión pública, o por la moda a vivir una vida fácil, alejados de Dios.  Por eso tenemos que estar vigilantes para no abandonar a Dios.  Sólo Dios es el que nos puede liberar, es el que se hace presente todos los días en nuestra vida indicándonos por dónde ir para encontrar la vida plena y la felicidad.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos ofrece testimonios de personas que vivieron profundamente la fe en Dios y la esperanza en sus promesas Y por ello alcanzaron la plenitud de su vida porque no quedaron defraudados.

Cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia.   Para ello se requiere una luz especial que llamamos fe.

La fe es la luz que alumbra nuestro caminar, ya que la fe “no es creer lo que no vemos, sino tener la certeza y seguridad de lo que esperamos”.

Cuando nuestra fe no es fuerte y nuestra confianza en Dios es débil, no podremos sentir la presencia de Dios en nuestras vidas.  Sin embargo,  cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia porque la fe es tener la seguridad de lo que esperamos y la certeza de que lo alcanzaremos.

El Evangelio de san Lucas nos invita a la vigilancia, a estar preparados.

Hemos llegado a una situación de miedo ante el futuro, a causa de la violencia y de la inseguridad y esto  hace que las personas se encierren en sí mismas.  Por eso el Señor nos dice hoy: “No temas, pequeño rebaño”

Cristo nos dice que no tengamos miedo, pero también advierte dónde puede crecer el mal y cuál es el más grave peligro. El corazón se enferma cuando no vive el amor.  El corazón pierde su sentido cuando se le pegan  las cosas y faltan los sentimientos.  La acumulación de bienes es con frecuencia un comportamiento casi instintivo que surge del miedo a la miseria y al futuro. Pero no es raro que se transforme en egoísmo, en lujo en  opulencia y en avaricia. A veces se quiere acallar la conciencia dando una limosna o donando lo que ya no sirve, pero el corazón se queda atrapado en los bienes materiales.

Los bienes no son nuestros, son de Dios y son para toda la humanidad. San Basilio decía: “El pan que guardas para ti, es del que tiene hambre; el manto que escondes en el ropero, es del desnudo; los zapatos que se quedan olvidados en un rincón, son del descalzo; el dinero que escondes, es del que tiene necesidad…”.

Los tres ejemplos que nos ofrece hoy Jesús nos cuestionan sobre la forma de vivir nuestra vida, de utilizar los bienes y de esperar la venida del Señor.  Uno de los riesgos de nuestra vida es vivir una vida superficial, mecánica y rutinaria.  Con el pasar de los años terminamos viviendo una vida sin sentido y empobreciéndonos espiritualmente.  Estar vigilantes es despertar cada día con ganas de vivir más y mejor y encontrar felicidad sirviendo a nuestros hermanos. Tiempo de vigilancia y de espera significa tiempo de gozo, tiempo de trabajo, tiempo de construcción, responsabilidad, fidelidad y tiempo de amar.

Necesitamos darnos cuenta de cuáles son los ladrones que están robando nuestra paz, por dónde están entrando o si nosotros mismos los hemos invitado a casa. Es triste que, disfrazados de bienestar y comodidad, muchas veces metemos enemigos que nos roban la paz y la armonía del hogar.

Necesitamos estar alertas, pero también necesitamos hacer un examen muy minucioso del corazón, si no está lleno de egoísmo; si no se han obstruido sus arterias por tanta grasa de los bienes materiales; si no se ha endurecido por la envidia, el rencor o la venganza. Hay que mirar los enemigos de fuera que pueden destruirnos, pero hay que estar muy atentos a los enemigos de dentro que pueden contaminar el corazón.  Ante todos estos peligros, escuchemos con mucha atención la invitación de Jesús  a estar alertas, pero con la seguridad y la esperanza que nos dan sus palabras: “No temas, pequeño rebaño”.

lunes, 5 de agosto de 2024

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Todos nosotros hemos sentido momentos de tristeza, e incluso de desesperanza. ¿Quién no ha sentido la tentación de dejarlo todo ante las dificultades de la vida o ante las exigencias de la fe? La Palabra de Dios de este domingo nos ofrece un mensaje de confianza y esperanza.

La 1ª lectura, del primer libro de los Reyes, nos muestra al profeta Elías que ya no puede más; se siente cansado, agotado, decepcionado y desanimado porque no ha podido cambiar el corazón de su pueblo y por ello ha desistido seguir luchando e incluso prefiere morir que continuar con su misión.

También nosotros podemos estar cansados y en crisis. Quizás en algunos momentos de nuestra vida podemos sentirnos con ganas de “tirar la toalla”, de dimitir de lo que estamos haciendo e incluso desearnos la muerte.

Cuando nos sentimos así, la solución no es bajar los brazos y abandonar la lucha.  Cuando parece que nuestra misión es superior a nuestras fuerzas, cuando parece que todo es un fracaso en nuestra vida, es en Dios en quien tenemos que confiar y es en Él en quien tenemos que poner nuestra esperanza.

A veces, le pedimos a Dios que resuelva milagrosamente nuestros problemas y nosotros queremos quedarnos de brazos cruzados.  Dios no fomenta la pereza, sino que Él está a nuestro lado siempre que lo necesitamos para darnos fuerza para vencer las dificultades e indicarnos el camino a seguir.

Las dificultades y las desilusiones sólo se pueden superar desde Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos dice que ser cristiano y seguir a Cristo implica dejar de lado la ira, la violencia, la envidia, el orgullo, la maldad. Ya sufrimos bastantes guerras, enfrentamientos, odios y violencia en este mundo, para que nuestras relaciones con los demás estén basadas en estos vicios y pecados.  Todas estas cosas tienen que ser eliminadas de nuestra vida.  Todas estas cosas son comportamientos del hombre que no tiene fe.

Dios no se complace en las rivalidades y los enfrentamientos, sino en la paciencia, la comprensión y el amor mutuos, para que exista entre nosotros una vida de convivencia armónica y fraternal, más justa y pacífica.

El amor de Cristo tiene que ser ejemplo y modelo para todo cristiano, de modo que se pueda expresar en actitudes de bondad, comprensión y perdón de unos para con otros. Así, haciendo como Cristo, podremos complacer al Espíritu de Dios.

En el Evangelio de san Juan, nos decía Jesús: “El que cree en mí, tiene vida eterna”.

En esta vida, dentro de la gran diversidad y de las diferencias entre nosotros, hay, sin embargo, una cosa en la que coincidimos todos, absolutamente todos: mujeres y hombres, jóvenes y adultos, pobres y ricos.  No hay una sola persona en el mundo que no esté de acuerdo con ello. Todos queremos, buscamos y nos interesamos por la felicidad y, a ser posible, por una felicidad duradera, para siempre.

Este deseo de ser felices, de vivir felices: este deseo de felicidad es el que mueve toda nuestra vida.

Podremos dividirnos luego a la hora de pensar qué clase de felicidad buscamos cada uno; qué entendemos cada uno por felicidad y, sobre todo, el medio y la forma de conseguirla. Para unos será el dinero, la comodidad, el bienestar, la salud, el poder y la fuerza sobre los demás…y según eso usaremos muy distintos métodos y formas de vida.

Pero de lo que no hay duda alguna es de que todos, absolutamente todos, buscamos y queremos ser felices eternamente.

Hoy Cristo nos ofrece en este evangelio que hemos escuchado, no solo la felicidad, sino también el camino y el modo de conseguirla.

La felicidad, nos dice, no está en tener cosas. No está ni en el dinero, ni en la comodidad, ni en otras mil cosas que nosotros buscamos. La felicidad está en el interior de cada uno, no en el exterior. Está en ser personas, en el amor. En una palabra, seremos felices en la medida en que amemos y nos dejemos amar; en la medida en que amemos como Dios nos ama a nosotros.

Como el pájaro es feliz al aire libre, como el pez es feliz en el agua, porque para ello han nacido; nosotros hemos nacido para amar y ser amados y solo así seremos felices.

Además Jesús mismo se nos presenta y se nos ofrece como el pan del cielo; Él se nos ofrece como alimento y camino para lograr esa felicidad en el amor.

Todo lo demás, todo eso que nosotros creemos como felicidad, no son sino substitutos y falsas felicidades, que duran muy poco y nada valen para la vida eterna a la que todos estamos llamados.

Si creemos que Cristo fue feliz en su vida porque amó hasta la muerte y pasó la vida haciendo el bien, debemos también creer en lo que nos dice, porque nos ama de verdad.

lunes, 7 de agosto de 2023

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a descubrir la manera de librarnos de todos los temores y miedos  en los que a veces se ve envuelta nuestra vida. 

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos relata el encuentro de Elías con Dios.

Dios aparece donde menos se le espera, y en el momento que menos nos imaginábamos. Elías vive esa experiencia. Donde él espera verlo (viento, terremoto y fuego), Dios no aparece.

Sin embargo, en la tranquilidad, en la paz, en las cosas pequeñas, en el amor de cada día, en el crecer de la hierba, en la salida del sol y en el ocaso, debemos aprender a descubrir el paso del Señor por nuestras vidas. Dios nos habla cada día, con voz suave e insinuante, valiéndose de situaciones y acontecimientos cotidianos y habituales. Debemos tener siempre bien abiertos los ojos y los oídos del alma para descubrir cada día el paso del Señor por nuestras vidas.

Cuando estemos angustiados, cuando pasemos por momentos de sufrimientos, en nuestras dudas, no nos cansemos nunca de buscar a Dios, pero busquemos a Dios con sencillez, con humildad y Él se hará presente en nuestra vida, no de una manera espectacular sino de una manera sencilla como lo hizo con el profeta Elías.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos manifestaba la gran pena que san Pablo sentía por su pueblo.  Le vence el sentimiento y llega a decir, en un momento de tristeza inmensa, que por el bien de sus hermanos, los de su raza y sangre, quisiera incluso ser un olvidado lejos de Cristo.

Es de corazones buenos amar a los más cercanos, a los de nuestra raza y sangre, pero también es propio de los corazones generosos dedicar todas las fuerzas de la vida a salvar a los que nos parece que están más lejos, a los que no son ni de nuestra raza, ni de nuestras creencias, ni de nuestras mismas ideas, hasta a nuestros enemigos. Porque así lo hizo Jesús, así lo hizo también san Pablo.

En el Evangelio de san Mateo Jesús le dice a sus discípulos: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”.

El ser humano es un ser con muchos miedos.  Tenemos miedo de muchas cosas: a la muerte, al sufrimiento y al dolor, a la incomprensión, a la soledad, a perder lo que tenemos, al futuro, a las personas que no conocemos.  El miedo nos paraliza, nos hace vivir a la defensiva.

¿Qué podemos hacer con nuestros miedos?  ¿Olvidarnos de ellos?  ¿No hacerles caso? ¿Huir de ellos?  Huir del miedo es lo que hace la mayoría de las personas.  Otros huyen del miedo teniendo muchas cosas, viajando, siempre de prisa de un lugar a otro, buscando diversiones a cualquier precio.

Pero ¿realmente podemos vencer el miedo con diversiones y evasiones?  No es tan fácil librarse de los miedos en nuestra vida.  Normalmente cuando vencemos un miedo, viene otro a ocupar su lugar.  Además huir de los miedos no significa superarlos.  Y por eso cuando parece que huyendo de nuestros miedos los hemos superado, aparecen de nuevo.

Jesús cuando se encuentra con Pedro asustado por la tempestad no le dice que huya, que salga corriendo.  Le dice que confíe en Él.  Confiar en Jesús es lo mismo que tener fe.

La fe es necesaria para vencer nuestros miedos y superar las dificultades de la vida.  Por ello, el problema no es no tener miedo, ya que los miedos son algo propio del ser humano, el problema es no confiar en Dios.

Jesús nos dice: “Ven”,  nos llama a seguirlo, a vencer con Él las dificultades, los miedos, la falta de fe.

Jesús le dice a Pedro: “hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”  Jesús nos invita a enfrentar con valentía las tempestades de esta vida y que lo hagamos con fe. 

La fe consiste en saber que Dios se encuentra siempre a mi lado, para ayudarme a superar los miedos.  Dios, siempre nos toma de su mano y nos conduce por caminos seguros. La fe me permite caminar en la oscuridad, en medio de las dificultades; la fe da sentido a nuestras vidas.  Cuando tenemos fe, esa barca que es la Iglesia no se hunde. 

En el mundo hay muchas cosas negativas que nos causan temor y miedo, pero si tenemos fe, si confiamos en Dios, podremos vencer todos esos miedos.  Cuando tenemos poca fe, tenemos que gritar: “¡Señor sálvame!” y entonces Jesús nos da su mano y nos dice ven. Con la ayuda de Dios podemos superar el miedo que nos paraliza a trabajar por un mundo mejor.  Con la ayuda de Dios podemos superar nuestros miedos y caminar alegres por la vida.

lunes, 1 de agosto de 2022

 

XIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas  de este domingo nos llaman a estar vigilantes en todo momento. Nuestra fe nos enseña a descubrir al Señor en los signos de los tiempos. Necesitamos crecer en la fe; en la búsqueda de las cosas del Señor.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos recuerda la celebración de la pascua entre los judíos, que significaba el centro de la vida religiosa y cultual del pueblo de Israel.  El pueblo celebra su liberación de los egipcios, gracias a la intervención de Dios.

Hay personas que no le encuentran sentido andar por el camino del bien, de la verdad, del amor, de la entrega de la vida.  Creen que la felicidad se encuentra en lo fácil, en la moda, en los antivalores, más que en los valores del Evangelio y el proyecto de vida que nos propone el Señor.

Todos los días somos presionados, sea por la opinión pública, o por la moda a vivir una vida fácil, alejados de Dios.  Por eso tenemos que estar vigilantes para no abandonar a Dios.  Sólo Dios es el que nos puede liberar, es el que se hace presente todos los días en nuestra vida indicándonos por dónde ir para encontrar la vida plena y la felicidad.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos ofrece testimonios de personas que vivieron profundamente la fe en Dios y la esperanza en sus promesas Y por ello alcanzaron la plenitud de su vida porque no quedaron defraudados.

Cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia.   Para ello se requiere una luz especial que llamamos fe.

La fe es la luz que alumbra nuestro caminar, ya que la fe “no es creer lo que no vemos, sino tener la certeza y seguridad de lo que esperamos”.

Cuando nuestra fe no es fuerte y nuestra confianza en Dios es débil, no podremos sentir la presencia de Dios en nuestras vidas.  Sin embargo,  cuanto más confiadamente nos abandonemos en las manos de Dios, más fuertemente gozaremos de su presencia porque la fe es tener la seguridad de lo que esperamos y la certeza de que lo alcanzaremos.

El Evangelio de san Lucas nos invita a la vigilancia, a estar preparados.

Hemos llegado a una situación de miedo ante el futuro, a causa de la violencia y de la inseguridad y esto  hace que las personas se encierren en sí mismas.  Por eso el Señor nos dice hoy: “No temas, pequeño rebaño”

Cristo nos dice que no tengamos miedo, pero también advierte dónde puede crecer el mal y cuál es el más grave peligro. El corazón se enferma cuando no vive el amor.  El corazón pierde su sentido cuando se le pegan  las cosas y faltan los sentimientos.  La acumulación de bienes es con frecuencia un comportamiento casi instintivo que surge del miedo a la miseria y al futuro. Pero no es raro que se transforme en egoísmo, en lujo en  opulencia y en avaricia. A veces se quiere acallar la conciencia dando una limosna o donando lo que ya no sirve, pero el corazón se queda atrapado en los bienes materiales.

Los bienes no son nuestros, son de Dios y son para toda la humanidad. San Basilio decía: “El pan que guardas para ti, es del que tiene hambre; el manto que escondes en el ropero, es del desnudo; los zapatos que se quedan olvidados en un rincón, son del descalzo; el dinero que escondes, es del que tiene necesidad…”.

Los tres ejemplos que nos ofrece hoy Jesús nos cuestionan sobre la forma de vivir nuestra vida, de utilizar los bienes y de esperar la venida del Señor.  Uno de los riesgos de nuestra vida es vivir una vida superficial, mecánica y rutinaria.  Con el pasar de los años terminamos viviendo una vida sin sentido y empobreciéndonos espiritualmente.  Estar vigilantes es despertar cada día con ganas de vivir más y mejor y encontrar felicidad sirviendo a nuestros hermanos. Tiempo de vigilancia y de espera significa tiempo de gozo, tiempo de trabajo, tiempo de construcción, responsabilidad, fidelidad y tiempo de amar.

Necesitamos darnos cuenta de cuáles son los ladrones que están robando nuestra paz, por dónde están entrando o si nosotros mismos los hemos invitado a casa. Es triste que, disfrazados de bienestar y comodidad, muchas veces metemos enemigos que nos roban la paz y la armonía del hogar.

Necesitamos estar alertas, pero también necesitamos hacer un examen muy minucioso del corazón, si no está lleno de egoísmo; si no se han obstruido sus arterias por tanta grasa de los bienes materiales; si no se ha endurecido por la envidia, el rencor o la venganza. Hay que mirar los enemigos de fuera que pueden destruirnos, pero hay que estar muy atentos a los enemigos de dentro que pueden contaminar el corazón.  Ante todos estos peligros, escuchemos con mucha atención la invitación de Jesús  a estar alertas, pero con la seguridad y la esperanza que nos dan sus palabras: “No temas, pequeño rebaño”.

lunes, 3 de agosto de 2020

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos hablan de un Dios que se revela cercano al hombre, de un Dios que nos quita nuestros temores y nuestros miedos.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos relata el encuentro de Elías con Dios.

En nuestro mundo actual hay demasiado ruido; demasiados gritos; las armas no están calladas.  Intentar encontrarse con Dios en medio de este estilo de vida que vivimos es a veces muy difícil. Todos los seres humanos queremos buscar a Dios y encontrarnos con Él, pero a Dios no lo vamos a encontrar en la violencia, el ruido, en la guerra, en la prisa con la que vamos siempre viviendo nuestra vida.

Si queremos encontrarnos con Dios, es necesario hacer silencio en nuestra vida para reflexionar y orar.  Es en la serenidad y tranquilidad donde vamos a sentir el suave murmullo de Dios, donde vamos a sentir la caricia de Dios y donde vamos a encontrar paz.

Cuando estemos angustiados, cuando pasemos por momentos de sufrimientos, en nuestras dudas, no nos cansemos nunca de buscar a Dios, pero busquemos a Dios con sencillez, con humildad y Él se hará presente en nuestra vida, no de una manera espectacular sino de una manera sencilla como lo hizo con el profeta Elías.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos manifestaba la gran pena que san Pablo sentía por su pueblo, ya que, habiendo sido elegido el pueblo judío como el nuevo pueblo de Dios, no aceptaron a Jesús como su Mesías y Salvador.

Esta lectura es una gran advertencia para nosotros.  A nosotros se nos ha ofrecido el conocimiento de Dios, se nos ha ofrecido la fe, la Buena Noticia de la Salvación.  ¿Cuál es nuestra aptitud? ¿Aceptamos a Cristo en nuestra vida o dudamos de Él y su mensaje o nos es indiferente? 

Como dice san Pablo, si nosotros, que somos cristianos de toda la vida y se nos ha ofrecido el mensaje de salvación de Dios, no lo aceptamos y no vivimos coherentemente con nuestra fe, la salvación será ofrecida a otros que quizás aún no conocen a Dios pero que sí quieren recibir los beneficios de esa salvación que Dios nos ofrece.

Si hemos sigo elegidos por Dios, hagamos vida nuestra fe.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús le dice a sus apóstoles: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”.  Los discípulos tienen miedo.  El miedo forma parte de la vida del hombre, porque toda la vida humana está llena de incertidumbres, inseguridades, riesgos, etc. 

El miedo es un mal compañero de viaje, que impide ver las cosas claras y no deja hacer nada o incluso hace ver fantasmas por todas partes.

Jesús nos anima para que no tengamos miedo, para que sigamos unidos en la barca, y para que no nos sintamos nunca derrotados. El que tiene miedo, el que se siente derrotado, no hace nada y además ve cómo los problemas se agigantan. El miedo no deja ver la realidad y mucho menos hacer algo.

Por lo tanto, el “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”, pertenece al mensaje esencial de Jesús.  Es la perenne promesa que fue realidad aquella noche para los discípulos en la barca, y quiere ser realidad para nosotros, nos hallemos en la situación que sea.

Tanto la Iglesia, como nosotros, andamos seguros cuando fijamos la mirada en Jesús; pero cuando nos fijamos, sólo, en nosotros mismos, a la más ligera ventisca, temblamos de miedo.

Jesús nos dice: “Ven”, nos llama a seguirlo, a vencer con Él las dificultades, los miedos, la falta de fe.

Jesús le dice a Pedro: “hombre de poca fe, ¿Por qué has dudado?”  Jesús nos invita a enfrentar con valentía las tempestades de esta vida y que lo hagamos con fe. 

La fe no es seguridad para el cristiano; no es una garantía para los riesgos; no nos abre un camino de facilidad; no nos dispensa del duro oficio de ser hombre; no me facilita el camino; no es una escapatoria de las dificultades de la vida.

La fe me permite caminar en la oscuridad, en medio de las dificultades; la fe da sentido a nuestras vidas.  Cuando tenemos fe, esa barca que es la Iglesia no se hunde.  Cuando tenemos poca fe, tenemos que gritar: “¡Señor sálvame!” y entonces Jesús nos da su mano y nos dice ven.