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lunes, 12 de enero de 2026

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Con la liturgia de este domingo comenzamos lo que se llama el tiempo ordinario.  En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, vamos a ir conociendo su Palabra y sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta al Siervo de Dios, a quien Dios eligió desde el seno materno para que fuese un signo en el mundo y mostrarse a toda la tierra la Buena Nueva del proyecto liberador de Dios.

Estamos en un mundo masificado.  Vemos a nuestros jóvenes que se visten igual, sin el menor asomo de personalidad, sin ningún destalle personal.  Estos jóvenes que visten igual, porque así lo dice la moda, rechazan el uniforme escolar pero no rechazan el uniforme que les impone la moda.  Pero también los adultos nos gustan la misma marca de televisión, los mismos discos, el mismo estilo de coche.  La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformados en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

Sin embargo, hoy, el profeta Isaías nos dice que Dios llama personalmente a los suyos, a cada uno nos llama Dios desde el vientre materno.  Nada de masas, ni de hombres sin nombre ni rostro.  El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre, nos ha elaborado una misión particular para que le respondamos personalmente a su llamado.

Hoy, nos encontramos frente a frente con una llamada personal, directa, con un camino que sólo cada uno de nosotros debe recorrer, con un Dios que espera una respuesta que sólo cada uno de nosotros puede dar. Hoy nos encontramos con un reto personal que tenemos que resolver individualmente y que nadie puede resolver por nosotros.

La llamada de Dios lleva consigo elegir la luz como símbolo de la existencia: «te hago luz de las naciones» dice hoy el Señor por boca del Profeta.

Quizá el gran pecado de nuestra vida cristiana sea un pecado de omisión. Hemos sido llamados para ser luz del mundo y no hacemos casi nada, o en algunas ocasiones, nada. Y, sin embargo, es urgente que seamos capaces de acoger ese reto de ser luz para este mundo que vive en tinieblas y pecado.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos desea a todos, la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  Este es el mejor saludo que nos pueden dar.

San Pablo comienza sus cartas deseando la Paz y la Gracia de Dios.  Esto es porque las comunidades cristianas primeras necesitaban paz, como también la necesitamos nosotros.  Lo que más falta en nuestras comunidades cristianas es paz.  Hay demasiada guerra, demasiados conflictos.  Y por eso, hay tan poca Gracia y nos hace tan poca gracia los carismas de los demás.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista que da testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios, que viene a quitar el pecado del mundo.

¿Pero qué es el pecado?  Pecado es el mal que podemos hacer, pero también el bien que dejamos de hacer; es hacernos daños a nosotros mismos y a los demás, es lo que destruye la felicidad de nuestra vida y ofende a Dios.

Nosotros pecamos cuando nos servimos de nuestro pequeño o gran poder económico, físico, intelectual, sexual, político, para oprimir, dominar y lograr nuestra felicidad a costa de otros.

Pecar no es sólo no robar, es también no pagar nuestros impuestos, no pagar nuestras deudas; es quedarme con un dinero que no lo he ganado con mi trabajo.  Pecar es subir los precios injustamente.  Pecar es darle un puesto de trabajo a un familiar por encima del que lo ha ganado justamente.  Pecar es atentar contra la vida, solucionar los problemas con violencia, olvidarme del pobre, del que sufre.  Pecar es discriminar a la mujer, practicar la violencia familiar, romper la paz social.

Pecar es mentir, quitarles la verdad a otros y poner mi mentira para conservar mi poder.  Pecar es fomentar la intolerancia para acabar con la paz social y así cometer todo tipo de injusticias y sembrar odios en la familia, en el trabajo, en la política, en la Iglesia.

Pecar es vivir en la oscuridad, alejándonos de los demás y al alejarnos de los hombres nos alejamos también de Dios.  Pero el pecado no sólo existen en las personas, existen también en las instituciones, porque las instituciones están formadas por personas.

Cristo viene a traernos el perdón de Dios, cuando nos reconocemos pecadores y pedimos su ayuda.  Cristo viene a quitar el pecado del mundo, es decir, a liberar a la sociedad de las cadenas de la injusticia, de la violencia, de los atentados contra la vida.

Como cristianos hemos de estar dispuestos a perdonar y también a promover la paz, el entendimiento entre todos, el progreso social.  Cristo viene a ayudarnos en esta difícil tarea.

No lo olvidemos, merece la pena quitar el pecado de nosotros y del mundo y vivir en paz con los hermanos, vivir en paz con Dios.

lunes, 13 de enero de 2025

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Comenzamos el tiempo ordinario. Comenzamos así a recorrer la Vida Pública de Jesús, sus milagros y sus enseñanzas, y lo hacemos con uno de sus primeros signos: el milagro de las bodas de Caná, en el que transforma el agua en vino a petición de la Virgen María.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta el amor de Dios como un amor inquebrantable y eterno.  El amor de Dios por nosotros es un amor que nada ni nadie lo puede romper.

¿Por qué Dios nos quiere tanto?  ¿Tan importantes somos?  ¿Tanto valemos?

Hay muchas personas que no se quieren a ellas mismas, no se valoran y se desprecian y además nos alejamos de Dios con los pecados.  Hay que preguntarse: ¿Qué ve en mi persona Dios que yo no soy capaz de ver?  Y el profeta Isaías nos dice lo que Dios ve en nosotros y lo mucho que nos ama, que hasta olvida y perdona todos nuestros pecados, todas nuestras traiciones, todas nuestras infidelidades.

Nosotros que vamos tantas veces mendigando amor y que experimentamos tantos fracasos: la novia que se siente abandonada de su novio ¡Cuántas traiciones y cuantos dolores entre novios!  El marido o la esposa que se encuentran burlados y humillados en sus personas por la infidelidad del otro.  Los padres, dolidos por el abandono y el alejamiento de los hijos.  Los falsos amigos que dejan herido nuestro corazón.  Nosotros que vamos mendigando amor y sin embargo no nos damos cuenta de cuanto nos ama Dios.

Es importante hoy que nos demos cuenta que Dios nos da su amor fiel, sincero y verdadero y para siempre, aunque no lo merezcamos.  Dios, a pesar de nuestras infidelidades, pecados y traiciones, siempre nos ama.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de los dones, de los carismas: aquellos dones y cualidades que una persona ha recibido, no para beneficio propio, sino para la edificación de la comunidad.  Todos tenemos la responsabilidad de aportar nuestro don al bien común en esta comunidad que llamamos Iglesia.

El hombre de hoy se ha olvidado del bien común y también de otras cosas importantes como son: Dios, la oración, la contemplación, la atención.  Habiendo el hombre olvidado a Dios, el hombre ha terminado por olvidarse incluso de sí mismo, ha perdido la propia identidad.  Ha perdido el “sentido” de su vida.  Ya no sabe a dónde va ni para qué.

“Ese hombre de hoy tiene todo y nada más”.  Armado de derechos, alimentado, puede disponer de placeres y comodidades que se le ofrecen abundantemente mediante la técnica, puede permitirse todas las libertades, puede romper con todos los tabúes.  Pero le falta algo.  Al hombre de hoy que tiene todo, le falta lo esencial, le falta vivir el amor de Dios, le falta acercarse a Dios, para sentirse amado por Dios.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comenzando su vida pública y realizando su primer milagro en una boda, en Caná.

Hay una frase que se ha popularizado mucho y que va totalmente en contra de lo que hoy nos enseña el Evangelio.  Esa frase es: “Ése es tu  problema”. Forma parte del lenguaje de las nuevas generaciones y me temo que refleja una forma de enfocar la vida.

Hoy se usa mucho la frase en cuestión, quizá porque estamos acentuando el individualismo de forma alarmante y unas veces la decimos muy convencidos y otras con ironía.

En este mundo, tan civilizado, donde las reivindicaciones y el reclamo de derechos están a la orden del día, esta frase resume quizá como pocas, el gran vacío que existe en muchas personas.

“Este es su problema, yo vivo mi vida” Está bien que vivamos nuestra vida, pero también nos interesa la vida de los demás que, de alguna manera, condiciona la nuestra y la de nuestros hijos. No basta que tu hijo sea bueno, es preciso que el ambiente que frecuenta lo sea también. Por eso, no basta preocuparte de tu hijo, te deben preocupar también los demás.

Para un cristiano, estas frases: “Ese es tu problema” o “Yo vivo mi vida”, no deberían pronunciarse nunca. El Evangelio de hoy es una lección clara al respecto.

Que el vino se acabe, que la pareja de novios quede mejor o peor con sus invitados, eran, al parecer, problemas de los anfitriones, no de María, ni de Jesús, que estaban invitados y para nada habían intervenido en la organización del banquete. Sin embargo, Jesús asume el problema de los otros y lo resuelve. Así siempre. Toda la vida de Jesús será una lección repetida de esta misma historia y un esfuerzo para dejar claro a los hombres que quieran seguirlo, que, si hay algo absolutamente anticristiano, es la insolidaridad con los demás hombres.

lunes, 9 de enero de 2023

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Con este Domingo comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que es una serie de treinta y cuatro semanas, divididas en dos partes.   En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, por sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de la vocación.  Se nos invita a tomar conciencia de la vocación a la que se nos llama y de sus implicaciones. La vocación no es algo que únicamente corresponde y compromete a algunas personas especiales, sino que se trata de un desafío que Dios hace a cada uno de sus hijos, que a todos implica y que a todos compromete.

Estamos en un mundo en el que predomina la globalización.  La mayoría de los jóvenes visten igual; nuestras casas son decoradas muy parecidamente y de todo esto se encarga la televisión y los medios de comunicación de que todo esto sea así, y todavía más y lo que es peor, de que todos los hombres, en general, piensen igual, les gusten a misma música, las marcas de coches y el mismo standard de vida.

La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

Por eso resulta hoy sorprendente la lectura de Isaías en la que nos encontramos con un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, nada de hombres sin nombre ni rostro. El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder personalmente a esa llamada personal.

“Te hago luz de las naciones” dice hoy el Señor por boca del Profeta Isaías. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados; aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana de la misma manera que, si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.

San Pablo en su 1ª carta a los Corintios nos desea la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  La paz es el gran regalo que Dios nos puede conceder porque, parece que los hombres, no acertamos a encontrarla por nuestra propia cuenta.  Hay demasiadas guerras, demasiados conflictos. 

La paz es nuestra gran responsabilidad.  Debemos ser constructores de la paz. Lograremos construir la paz cuando conquistemos la meta a la que Dios nos llama a todos: la santidad.  Dios nos llama a todos los hombres a la santidad.  Es decir, a acoger a Dios en nuestra vida y vivir de acuerdo a los valores del Reino de Dios.

El evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista señalando a Jesús como “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”

Cuando en el evangelio de Juan se habla del mundo en sentido negativo no se está hablando ni del mundo físico ni de la humanidad en general; se está hablando del mundo de los hombres tal y como lo tenemos organizado: un mundo en el que unos pocos lo tienen todo y la mayoría no tiene casi nada; un mundo en el que la diversión y la comodidad de unos pocos se hace sobre el hambre de muchos; un mundo en el que la libertad, la igualdad, la justicia son sólo palabras que encu­bren una realidad de esclavitud, de injusticia, de opresión, un mundo en el que es más fácil odiar que amar, codiciar que compartir, herir que sanar, ordenar que dialogar; un mundo en el que, para la mayoría, es más frecuente la tristeza que la felicidad.

Y cuando se habla del pecado del mundo no se está ha­blando de los pecados que se cometen en el mundo, de los errores en que cae cada persona particular en su actuación o en su relación con los demás. No. Se está hablando de ese modo de entender la organización social, de ese modo de con­cebir las relaciones humanas que se ha impuesto a los pueblos a lo largo de la historia y que considera el crimen y la mentira como elementos útiles para el gobierno de las naciones, para organizar la convivencia entre los hombres, para regular las relaciones entre los pueblos.

En concreto: cada día que pasa los medios de comunica­ción ponen ante nosotros la situación de millones de personas que sufren las consecuencias del pecado del mundo: la tortura, la violación de los derechos humanos, la pena de muerte, todo eso son manifestaciones del pecado del mundo.

¿Quiénes son los culpables de ese pecado? Lo somos todos.  Somos todos culpables en tanto que aceptamos y nos apro­vechamos de la situación presente, en la medida en que asu­mimos los valores de este mundo y organizamos nuestra vida de acuerdo con ellos, en la medida en que nos cruzamos cómo­damente de brazos sin querer meternos en problemas.

La fuerza y la gracia de Jesús nos acompañan hoy y siempre en la lucha sincera contra la maldad personal y comunitaria.  No podemos quedarnos indiferentes ante el pecado.

lunes, 10 de enero de 2022

 

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Después del ciclo litúrgico de la Navidad comenzamos el Tiempo Ordinario, que se verá interrumpido para celebrar la Cuaresma.  Con el Tiempo Ordinario comenzamos a recorrer la vida pública de Jesús, sus milagros y sus enseñanzas.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta el amor de Dios como un amor inquebrantable y eterno.  El amor de Dios por nosotros es un amor que nada ni nadie lo puede romper.

¿Por qué Dios nos quiere tanto?  ¿Tan importantes somos?  ¿Tanto valemos?

Hay muchas personas que no se quieren a ellas mismas, no se valoran y se desprecian y además nos alejamos de Dios con los pecados.  Hay que preguntarse: ¿Qué ve en mi persona Dios que yo no soy capaz de ver?  Y el profeta Isaías nos dice lo que Dios ve en nosotros y lo mucho que nos ama, que hasta olvida y perdona todos nuestros pecados, todas nuestras traiciones, todas nuestras infidelidades.

Nosotros que vamos tantas veces mendigando amor y que experimentamos tantos fracasos: la novia que se siente abandonada de su novio ¡Cuántas traiciones y cuantos dolores entre novios!  El marido o la esposa que se encuentran burlados y humillados en sus personas por la infidelidad del otro.  Los padres, dolidos por el abandono y el alejamiento de los hijos.  Los falsos amigos que dejan herido nuestro corazón.  Nosotros que vamos mendigando amor y sin embargo no nos damos cuenta de cuanto nos ama Dios.

Es importante hoy que nos demos cuenta que Dios nos da su amor fiel, sincero y verdadero y para siempre, aunque no lo merezcamos.  Dios, a pesar de nuestras infidelidades, pecados y traiciones, siempre nos ama.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de los dones, de los carismas que Dios nos da a cada uno y a través de los cuales Dios manifiesta su amor por nosotros.

Esos dones y gracias que recibimos de Dios son para ponerlos al servicio del bien común, al servicio de todos.  Los dones que Dios nos da no son privados.  Dios nos los da para el servicio de la comunidad.

“Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo”, –nos decía San Pablo–  Cada persona tiene su propio modo de ser, sus propias cualidades y sus propios defectos.  Y todos hemos recibido esos dones de un solo Señor.  Si queremos que haya paz y armonía entre todos nosotros, debemos respetar y reconocer las cualidades que cada uno tiene.

Si lo bueno que hay en nosotros proviene de Dios, hemos de ser respetuosos con los demás.  Si queremos que nos respeten, es necesario que nosotros respetemos a los demás.  Por lo tanto evitemos cualquier desprecio o envidia por las cualidades de los demás.

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comenzando su vida pública y realizando su primer milagro en una boda, en Caná.

Como en la boda de Caná, ocurre que muchas veces, en nuestra vida nos puede faltar el vino.  Nuestra vida, en muchas ocasiones, se vuelve monótona, carente de ilusión, de sentido y de esperanza.  Muchas veces, o quizás demasiadas veces, nos falta la alegría, y nos vemos ante las dificultades como los novios de Caná.  Y aunque tengamos de todo, si nos falta el vino de la salvación que nos trae Jesús se nos acaba la fiesta.  Muchas veces nos falta también el deseo de compartir el amor y la amistad.

Hay también muchas familias que les falta el vino.  Han pasado los años y la rutina la hemos dejado entrar en el hogar.  Falta la fantasía, la imaginación, la atención, el regalo de aniversario, acordarse de las fechas importantes, atender los gustos.  Hay familias que les falta el vino porque ya no esperan nada nuevo, ni se hace nada nuevo. 

Y como en las bodas de Caná, María, la madre, siempre atenta a las necesidades de todos, presenta también nuestras necesidades ante su Hijo: “no tienen vino, no tienen ilusión, no tienen esperanza” y luego aquellas palabras suyas dirigidas también a todos nosotros “haced lo que Él os diga”. 

El Señor sigue presente en medio de nosotros, su Espíritu y su Palabra, pueden transformar esas situaciones de desesperanza por las que pasamos, si hacemos lo que Jesús nos pide.

No olvidemos que ninguno de nosotros estamos abandonado de Dios.  Dios nos ama y nos invita a la fiesta de su amor.  Y cuando, por cualquier motivo, se nos acabe el vino, si hacemos lo que Jesús nos dice, si ponemos a su disposición el agua pobre y sencilla de nuestra vida, el Señor la convertirá en el vino nuevo de la alegría salvadora.

lunes, 11 de enero de 2021

 

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este segundo domingo del tiempo ordinario nos invita a reflexionar sobre la vocación, y no sólo sobre la vocación sacerdotal o religiosa, sino sobre la llamada que Dios hace a cada persona que viene a este mundo.  Dios cuenta con todos para llevar a cabo su obra de salvación en el mundo.  

La 1ª lectura del primer libro de Samuel nos ha presentado a Samuel siendo llamado por Dios.  Samuel responde con prontitud cada vez que es llamado y deja su cama y su comodidad.  “Aquí estoy”, esta es la respuesta de Samuel.  

Cada uno de nosotros debemos estar disponibles para escuchar al Señor, debemos estar disponibles para reconocer al Señor.  Son tantas nuestras ocupaciones y preocupaciones que se nos hace difícil disponer de tiempo y de silencio para escuchar a Dios y para hablar con Él.  Si queremos relacionarnos con Dios necesitamos escucharlo.  Quizá estamos muy acostumbrados a hablarle a Dios, pero hay que acostumbrarse a escucharlo como Samuel que le dijo “habla que tu siervo escucha”.  

Esta es la respuesta del hombre que quiere ser fiel a Dios, que quiere hacer la voluntad de Dios, es la respuesta del hombre que no antepone sus caprichos, ni sus gustos o deseos a la llamada de Dios.  

Para escuchar a Dios es necesario la oración y la lectura de la Palabra de Dios.  Si queremos escuchar qué es lo que Dios quiere decirnos, lo tenemos que hacer conociendo su Palabra y haciendo oración.  Y hemos de escuchar a Dios para hacer su voluntad.  Debemos estar atentos para escuchar su llamada, para percibir su invitación entre tanto ruido del mundo, y para ser generosos en la respuesta.

¿Estamos dispuestos a servir a Dios en lo que Él desee, abandonando nuestras comodidades? 

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que “somos templos del Espíritu Santo”. San Pablo nos ilumina sobre una correcta valoración de la sexualidad y sobre la bondad del cuerpo humano.

La sexualidad es “encuentro”, “relación” “intercambio”, “entrega” personal mutua y no un simple acto egoísta. La sexualidad forma parte de nuestro ser; si la entregamos al comercio y al egoísmo, pierde todo el valor positivo que Dios ha puesto en ella y la reducimos a la animalidad.

Nuestro cuerpo no es para la inmoralidad.  Sin embargo, hoy, hablar de la inmoralidad sexual, es algo muy común en nuestra sociedad. Y muchos, incluso católicos han llegado a ver el pecado de la inmoralidad sexual como algo normal.  Ya no lo consideran pecado.

Dios espera que nuestra sexualidad no sea egoísta, esclavizante sino que la vivamos en un ambiente de amor verdadero, de entrega mutua, de compromiso, de respeto por el otro y por su dignidad.

El Evangelio de san Juan nos ha hablado de la vocación de los primeros discípulos de Jesús.  

Jesús le pregunta a estos dos discípulos: “¿Qué buscáis?”  Si hoy el Señor nos dijera: “¿tú qué buscas?” ¿Qué le responderíamos? 

No es fácil responder inmediatamente a esa pregunta. Con seguridad que nos hemos preguntado más de una vez qué es lo que andamos buscando en nuestra vida, con nuestros esfuerzos, en nuestros trabajos. ¿Qué buscamos en nuestra vida? ¿Que buscamos cuando trabajamos, o votamos en las elecciones, o escogemos una carrera, o un empleo? ¿Qué buscamos cuando escogemos y cultivamos nuestras amistades?  

La inmensa mayoría de las personas no parece que buscan nada especial. Aceptan la vida tal como se les presenta. Muchos viven sin plantearse el sentido de su vida. 

La mayoría de las personas buscan sencillamente cubrir sus necesidades diarias e ir logrando sus pequeñas metas. Pero una vez logradas ¿quedamos profundamente satisfechos? ¿Hemos logrado apagar nuestra sed de felicidad, de plenitud? 

Nosotros, ¿qué responderíamos a Jesús si nos preguntara cara a cara, “tú qué buscas”?   Hemos de buscar a Cristo, buscar a Dios.  Buscar a Dios es ciertamente buscar ante todo realizar lo que Él espera de nosotros. La búsqueda de Cristo no es una huida de este mundo con sus problemas, alegrías y desgracias, sino una llamada para vivir plenamente aquí.  

Si buscamos a Dios, si buscamos a Cristo lo encontraremos, Dios no se esconde de quien lo busca honradamente. Hay dos tipos de personas que no se van a encontrar con Cristo: el que no busca y el que cree que ya lo encontró. 

No nos hagamos sordos a ninguna llamada que Dios nos haga, no dejemos nunca de buscar a Dios.

martes, 14 de enero de 2020

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

 
Con este Domingo comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que es una serie de treinta y cuatro semanas, divididas en dos partes.   En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, por sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.
 

 
La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de la vocación.  Se nos invita a tomar conciencia de la vocación a la que se nos llama y de sus implicaciones. La vocación no es algo que únicamente corresponde y compromete a algunas personas especiales, sino que se trata de un desafío que Dios hace a cada uno de sus hijos, que a todos implica y que a todos compromete.
 

Estamos en un mundo en el que predomina la globalización.  La mayoría de los jóvenes visten igual; nuestras casas son decoradas muy parecidamente y de todo esto se encarga la televisión y los medios de comunicación de que todo esto sea así, y todavía más y lo que es peor, de que todos los hombres, en general, piensen igual, les gusten a misma música, las marcas de coches y el mismo standard de vida.


La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

 
Por eso resulta hoy sorprendente la lectura de Isaías en la que nos encontramos con un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, nada de hombres sin nombre ni rostro. El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder personalmente a esa llamada personal.
 

“Te hago luz de las naciones” dice hoy el Señor por boca del Profeta Isaías. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados; aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana de la misma manera que, si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.
 

San Pablo en su 1ª carta a los Corintios nos desea la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  La paz es el gran regalo que Dios nos puede conceder porque, parece que los hombres, no acertamos a encontrarla por nuestra propia cuenta.  Hay demasiadas guerras, demasiados conflictos. 
 

La paz es nuestra gran responsabilidad.  Debemos ser constructores de la paz. Lograremos construir la paz cuando conquistemos la meta a la que Dios nos llama a todos: la santidad.  Dios nos llama a todos los hombres a la santidad.  Es decir, a acoger a Dios en nuestra vida y vivir de acuerdo a los valores del Reino de Dios.

El evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista señalando a Jesús como “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”

Tenemos que vivir y experimentar a Jesús como “cordero de Dios”, tenemos que sentir a Jesús como el gran liberador, que no está de acuerdo con las injusticias; tenemos que mirar a Jesús como quien construye la unidad contra el individualismo y el egoísmo; tenemos que saber que Jesús nos purifica y nos perdona, aun viviendo en este ambiente de corrupción y de pecado en el que nos encontramos.

Jesús es el “Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.  Con frecuencia los mismos cristianos hemos olvidado el significado de pecado. Lo hemos reducido a una especie de mancha o de impureza en el “alma”, pero el pecado es algo mucho más profundo que rompe la relación del hombre con sus hermanos y termina destruyendo la comunidad. Si no vivimos felices, si no vivimos en plenitud, si hay injusticias, egoísmos, mentiras y ambición es porque el pecado se ha apoderado de nuestras vidas. 

Hay quien no quiere llamar pecado a las cosas, pero el pecado es una realidad tanto en nuestra vida, como en la sociedad.  El pecado es toda esa maldad que nos impide ser felices. Por eso cuando Juan nos presenta a Jesús nos está anunciando que Dios está de nuestra parte en esta lucha contra todo mal e injusticia.

Jesús nos ofrece todo su amor, su apoyo y fortaleza, para librarnos del mal y poder vivir en armonía, felicidad y plenitud.  Pero nosotros no podemos quedarnos sin hacer nada.  Cristo quita el pecado y es el único que lo puede hacer, pero nosotros tenemos también que luchar sincera, honesta y tenazmente contra el mal.

Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero nosotros somos sus discípulos y también debemos emprender una lucha sin cuartel contra todo lo que sea pecado, el pecado que mata y divide, el que provoca hambre y desigualdades, el que engaña, el que denigra y humilla. 

Hoy nosotros no podemos ser cómplices silenciosos de tanta injusticia. Callar es un pecado cuando se está destruyendo la naturaleza, la fraternidad y la convivencia.

La fuerza y la gracia de Jesús nos acompañan hoy y siempre en la lucha sincera contra la maldad personal y comunitaria.  No podemos quedarnos indiferentes ante el pecado.

 

martes, 15 de enero de 2019

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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II DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Después del ciclo litúrgico de la Navidad comenzamos el Tiempo Ordinario, que se verá interrumpido para celebrar la Cuaresma.  Con el Tiempo Ordinario comenzamos a recorrer la vida pública de Jesús, sus milagros y sus enseñanzas. 
 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta el amor de Dios como un amor inquebrantable y eterno.  El amor de Dios por nosotros es un amor que nada ni nadie lo puede romper.
 
¿Por qué Dios nos quiere tanto?  ¿Tan importantes somos?  ¿Tanto valemos?
 
Hay muchas personas que no se quieren a ellas mismas, no se valoran y se desprecian y además nos alejamos de Dios con los pecados.  Hay que preguntarse: ¿Qué ve en mi persona Dios que yo no soy capaz de ver?  Y el profeta Isaías nos dice lo que Dios ve en nosotros y lo mucho que nos ama, que hasta olvida y perdona todos nuestros pecados, todas nuestras traiciones, todas nuestras infidelidades.
 
Nosotros que vamos tantas veces mendigando amor y que experimentamos tantos fracasos: la novia que se siente abandonada de su novio ¡Cuántas traiciones y cuantos dolores entre novios!  El marido o la esposa que se encuentran burlados y humillados en sus personas por la infidelidad del otro.  Los padres, dolidos por el abandono y el alejamiento de los hijos.  Los falsos amigos que dejan herido nuestro corazón.  Nosotros que vamos mendigando amor y sin embargo no nos damos cuenta de cuanto nos ama Dios.
 
Es importante hoy que nos demos cuenta que Dios nos da su amor fiel, sincero y verdadero y para siempre, aunque no lo merezcamos.  Dios, a pesar de nuestras infidelidades, pecados y traiciones, siempre nos ama.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de los dones, de los carismas que Dios nos da a cada uno y a través de los cuales Dios manifiesta su amor por nosotros.
 
Esos dones y gracias que recibimos de Dios son para ponerlos al servicio del bien común, al servicio de todos.  Los dones que Dios nos da no son privados.  Dios nos los da para el servicio de la comunidad.
 
“Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo”, –nos decía San Pablo–  Cada persona tiene su propio modo de ser, sus propias cualidades y sus propios defectos.  Y todos hemos recibido esos dones de un solo Señor.  Si queremos que haya paz y armonía entre todos nosotros, debemos respetar y reconocer las cualidades que cada uno tiene.
 
Si lo bueno que hay en nosotros proviene de Dios, hemos de ser respetuosos con los demás.  Si queremos que nos respeten, es necesario que nosotros respetemos a los demás.  Por lo tanto evitemos cualquier desprecio o envidia por las cualidades de los demás.
 
El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comenzando su vida pública y realizando su primer milagro en una boda, en Caná.
 
Como en la boda de Caná, ocurre que muchas veces, en nuestra vida nos puede faltar el vino.  Nuestra vida, en muchas ocasiones, se vuelve monótona, carente de ilusión, de sentido y de esperanza.  Muchas veces, o quizás demasiadas veces, nos falta la alegría, y nos vemos ante las dificultades como los novios de Caná.  Y aunque tengamos de todo, si nos falta el vino de la salvación que nos trae Jesús se nos acaba la fiesta.  Muchas veces nos falta también el deseo de compartir el amor y la amistad.
 
Hay también muchas familias que les falta el vino.  Han pasado los años y la rutina la hemos dejado entrar en el hogar.  Falta la fantasía, la imaginación, la atención, el regalo de aniversario, acordarse de las fechas importantes, atender los gustos.  Hay familias que les falta el vino porque ya no esperan nada nuevo, ni se hace nada nuevo. 
 
Y como en las bodas de Caná, María, la madre, siempre atenta a las necesidades de todos, presenta también nuestras necesidades ante su Hijo: “no tienen vino, no tienen ilusión, no tienen esperanza” y luego aquellas palabras suyas dirigidas también a todos nosotros “haced lo que Él os diga”. 
 
El Señor sigue presente en medio de nosotros, su Espíritu y su Palabra, pueden transformar esas situaciones de desesperanza por las que pasamos, si hacemos lo que Jesús nos pide.
 
No olvidemos que ninguno de nosotros estamos abandonado de Dios.  Dios nos ama y nos invita a la fiesta de su amor.  Y cuando, por cualquier motivo, se nos acabe el vino, si hacemos lo que Jesús nos dice, si ponemos a su disposición el agua pobre y sencilla de nuestra vida, el Señor la convertirá en el vino nuevo de la alegría salvadora.