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lunes, 27 de abril de 2026

 



La liturgia de este quinto domingo de Pascua nos invita a reflexionar sobre la Iglesia y la necesidad de que como comunidad cristiana estemos organizados, tomando parte activa en los diferentes ministerios de la Iglesia para seguir a Cristo Camino, Verdad y Vida.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha relatado la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia. Hemos leído cómo los Apóstoles decidieron delegar en“siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, para que los ayudaran en el servicio a las comunidades cristianas que se iban formando, de manera que ellos pudieran dedicarse mejor“a la oración y al servicio de la palabra”.

En la Iglesia, no sólo los sacerdotes, religiosos y religiosas tienen funciones de servicio en la Iglesia, sino que también vosotros, los laicos, podéis y debéis realizar funciones de servicio en la Iglesia.  Y este derecho os viene por el simple hecho de estar bautizados.  Por el Bautismo formáis parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y por la Confirmación sois fortalecidos por el Espíritu Santo y enviados por el Señor a evangelizar, así como a ejercer funciones de servicio dentro de la misma Iglesia.

Es un derecho y un deber que vosotros los laicos, como bautizados, ejerzáis un apostolado y un servicio a la Iglesia.

Pero la Iglesia, aun cuando debe dedicarse en primer lugar a la oración y al anuncio de la Palabra de Dios, no puede descuidar su preocupación por el bienestar de los que sufren las consecuencias de la pobreza, de la injusticia social, de la enfermedad.  La Iglesia tiene que cuidar y asistir, desde un auténtico amor cristiano y en nombre de Cristo, a quienes necesitan de nuestra ayuda, viendo en el necesitado el Rostro del mismo Cristo a quien hemos de amar sirviéndolo.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pedro nos dice que en la Iglesia, cada cristiano es una piedra viva y Cristo es la piedra angular.  La piedra angular es la piedra central en un arco, sin la cual el arco no se sostiene; es la piedra más importante.  Por lo tanto, si Cristo es la piedra angular, quiere decir que Él es la clave de nuestra vida, de la vida de la Iglesia.

Pero, no podemos olvidar, que nosotros somos piedras vivas; es decir, miembros activos en la edificación de la Iglesia.  La Iglesia tiene que ser una comunidad viva de cristianos, en la que cada uno desempeña una función o ministerio.

Hemos de preguntarnos: ¿Cristo, es la piedra angular de mi vida?, es decir, para nosotros los cristianos, Cristo ¿es la referencia fundamental de mi vida?  ¿Te sientes parte viva de la Iglesia? 

Si Cristo es la piedra angular de nuestra vida, la referencia fundamental, entonces ¿Por qué estamos colaborando con nuestro silencio y nuestra apatía a construir una sociedad, un mundo, tan alejado de los valores del Evangelio?  ¿Estamos siendo, verdaderamente piedras vivas?

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús como el único camino para llegar a Dios Padre.  Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Van pasando los años y nos damos cuenta que permanecemos fieles a muy pocas cosas.  Venimos a la cita con el Señor, cada domingo, a pesar de que amigos o vecinos hayan abandonado la fe, porque nos damos cuenta que somos débiles, necesitados de la ayuda de Dios, necesitados de esperanza, y creemos que sólo en Dios podemos encontrar la felicidad y la esperanza.

Vivimos tiempos en los que necesitamos alimentar la esperanza.  Las crisis económicas, la subida de precios, las dificultades en el trabajo, la preocupación por la educación de los hijos, la violencia, etc.  Son tantos los problemas sociales y personales que a menudo nos podemos sentir agobiados, desconcertados, desesperanzados.  Y venimos a la Iglesia para encontrar luz y consuelo y escuchar esas palabras reconfortantes de Jesús que nos dice: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí”.  Sabemos que con Jesús nada malo nos puede ocurrir, aunque caminemos por caminos oscuros, aunque no veamos salida, el Señor siempre está a nuestro lado, su vara y su cayado nos dan seguridad, sus palabras nos reconfortan y nos animan a seguir tras sus pasos.

El Señor nos anima a nos desesperar, a tomar la cruz de cada día, esa cruz hecha de contrariedades, de inconvenientes, de problemas y a seguir adelante, tras Él, porque Él es el Camino que nos lleva a la plenitud, Él es la Verdad que nos revela quienes somos y quién es Dios, y Él la Vida que tanto deseamos.

Este domingo, el Señor nos invita a que no vayamos por la vida siguiendo caminos falsos que hacen que nos perdamos; que busquemos la verdad, porque todos necesitamos la verdad para poder vivir, que no nos dejemos engañar por ese ambiente de falsedad en el que vivimos, donde todo es relativo y engañoso, que trabajemos y defendamos la vida desde su comienzo hasta su final.

No vayamos por la vida desorientados y desnortados.

lunes, 12 de mayo de 2025

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy del amor.  El amor es lo que identifica a los seguidores de Jesús.  Para poder amar, como Jesús nos lo pide hoy, hay que cambiar muchas cosas en nuestra vida y a muchos no les gustan los cambios porque es más cómodo vivir de la manera a la que estamos acostumbrados.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha narrado como Pablo y Bernabé recorren centenares de kilómetros para evangelizar.  Ellos habían experimentado el nuevo sentido de sus vidas y no podían guardárselo para ellos.

Pablo y Bernabé pedían a los nuevos cristianos fidelidad y perseverancia en las tribulaciones.  “Hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”, nos decía san Pablo.

Hay que hacer una opción por el Reino de Dios y esto no es fácil.  El camino del Reino está sembrado de dificultades y la “puerta es estrecha”, aunque nunca está cerrada.

Hemos de perseverar en nuestra fe, saber qué quiere Dios de nosotros, estar dispuestos a involucrarnos en las cosas de Dios, renunciar a esas cosas que nos apartan de Dios. Dios ha hecho muchas cosas por nosotros, ¿qué estamos haciendo nosotros por Dios?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva”.

Es cierto que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y que la puerta es estrecha, pero si alcanzamos ese cielo nuevo, entramos a un mundo transformado, prometedor y alegre; entramos a un mundo nuevo “donde no habrá llanto, ni duelo, ni sufrimiento”.  El mundo del sufrimiento y de la lucha diaria dejará lugar al mundo de la felicidad, del descanso y de la paz.

Pero ya desde ahora, estamos llamados a construir esa “tierra nueva”, a superar todas aquellas cosas que impiden al ser humano vivir en plena libertad, a superar un mundo de oscuridad que nos sumerge en la cultura de la muerte y de la infelicidad.  Estamos llamados a superar el egoísmo, la codicia, los rencores, la vanidad, los miedos, las inseguridades.  Estamos llamados a construir un mundo nuevo que no esté dominado por la injusticia, la dominación de unos sobre otros, la muerte, la violencia y tantas cosas negativas como tiene hoy nuestro mundo.

Dios nos llama y nos invita a formar otro mundo, un mundo que se abra a la gracia de Dios.  Un mundo donde el mal y todas sus consecuencias ya no existan. 

El Señor, con su vida, con su palabra y su obra, hizo nuevas todas las cosas y empezó a hacer realidad un mundo nuevo sostenido con otros valores, valores diferentes a los que viven hoy la mayoría de las personas.  Es tarea nuestra ir construyendo ese “cielo nuevo y esa tierra nueva” a la que Dios nos invita.

En el Evangelio de san Juan el Señor, antes de despedirse de sus discípulos les entrega como testamento espiritual su sueño y su mandato: el gran Mandamiento del Amor.

El mundo podrá identificarnos de qué comunidad somos si cumplimos este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama, demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley.

En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, los  cristianos estamos llamados a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor. Allí están las bases sobre las que se puede construir una nueva sociedad. Mientras no vivamos el amor, no es cierto que la ley pueda cambiar la sociedad. 

Cuando nuestros políticos, sobre todo en campañas, hacen propuestas que parecen novedosas, se quedan cortos, porque siempre buscan cosas superficiales y sus sueños no tocan la base de la persona. Se fijan en los bienes materiales y no está en la base el amor y el respeto mutuo.

Pero Jesús se refiere al verdadero amor. No es el amor romántico y dulzón de los novios adolescentes. El amor del que nos habla Jesús es amar hasta dar la vida.  Es el amor de pareja que sabe superar las naturales diferencias; es el amor de padres que no crían hijos con la ilusión de después pasarles la factura en cuidados de ancianidad; es el amor al prójimo donde se tiene en cuenta a todos y cada uno, y no se miran las propias conveniencias. Así sí se podrá construir una ciudad nueva.

Hay que amar, sin mirar a quién; amar, sin contar las horas; amar, con corazón y desde el corazón; amar, buscando el bien del contrario.  Ese es el sueño de Jesús y debería ser el sueño de sus seguidores.

Desgraciadamente, los cristianos nos quedamos cortos.  Con mucha frecuencia, nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios.

Lo que hace grande a una comunidad es su capacidad de amar a los diferentes, de integrar y superar el conflicto. 

¿Cómo vivimos el gran sueño de Jesús entre nosotros? ¿Cómo damos testimonio de este amor en la familia, en el trabajo, en la construcción de la sociedad? ¿Cómo estamos construyendo esa “nueva ciudad”, esa nueva sociedad?

lunes, 22 de abril de 2024

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


La liturgia de este quinto domingo de Pascua nos invita a reflexionar sobre nuestra unión con Cristo y nos dice que sólo unidos a Cristo podremos alcanzar la vida verdadera que Dios nos ha prometido.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos habla de San Pablo. 

Para la comunidad cristiana no era fácil admitir a Pablo en la Iglesia de entonces, no era fácil confiar en el que había sido un gran enemigo y un perseguidor de los cristianos.  Sin embargo, la fuerza del Evangelio de perdonar y de amar se impone para aceptar a Pablo como un nuevo cristiano y poder unirse a la comunidad cristiana.

Nuestra vocación como cristianos no es seguir a Cristo aisladamente, sino formando parte de una familia de hermanos que compartimos la misma fe y que hacemos juntos el mismo camino del amor.

El cristiano no es un ser aislado, sino una persona que es miembro de un cuerpo, el Cuerpo de Cristo, formando parte de una comunidad, de la Iglesia.  No se es cristiano por libre, sino injertado en una comunidad.

Es en diálogo y compartiendo con los demás hermanos de la comunidad como nuestra fe nace, crece y madura y es en la comunidad, unidos por los lazos del amor y de la fraternidad, como nos realizamos plenamente como cristianos.

En una comunidad cristiana pueden surgir conflictos, tensiones porque podemos tener diferencias entre unos y otros miembros de la comunidad, pero las diferencias no nos pueden servir de pretexto para abandonar la comunidad y creer que podemos ir por la vida como cristianos en solitario.

La Iglesia es una comunidad formada por hombres y mujeres, con debilidades y fragilidades, pero es, sobre todo una comunidad asistida, conducida y guiada por el Espíritu Santo.

La 2ª lectura de la 1ª  carta de san Juan nos invita a no “amar de palabra y de boca”, sino de verdad y con obras.

Somos expertos en decir muchas palabras, muchas ideas. Pero una cosa es hablar y otra actuar. Palabras sin obras son ruidos, son simples sonidos. Cuántas palabras decimos que no son verdad. Cuantas palabras decimos porque buscamos el aplauso, o el reconocimiento o la posición política, pero esas palabras no son verdad.

Amar como Jesús nos amó, significa “amar primero”, no esperar a que los otros den el primer paso. Cumplir el mandamiento del amor es el resultado de acoger a Dios en nuestra vida. Abrirse al Amor auténtico es renunciar a la mentira, a las palabras falsas, a las conductas hipócritas. Amar en la verdad es lo que Jesús nos pide. Amar con las obras y no con el halago o por interés social. Amar es permanecer en Jesús, asumir su estilo, vivir su vida.

En el Evangelio de san Juan nos decía hoy Jesús: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”.

Hay un verbo que aparece repetidamente en el Evangelio de hoy: “Permanecer”.  Hay que permanecer unidos al Señor para poder dar frutos de vida cristiana.  Separarse de Jesús es como ir a la ruina.  Cuando andamos separados del Señor, cuando queremos vivir supuestamente nuestra fe por nuestra cuenta, lo que hacemos es buscar nuestros caprichos y nos acabamos sin dar ningún tipo de fruto.

Cuantas veces nos quejamos de trabajar mucho y tener pocos frutos.  A veces le echamos la culpa de nuestro fracaso a otras personas al ambiente.  El verdadero problema de no dar frutos es que no estamos trabajando para Dios sino para nosotros mismos.  Cuando andamos separados del Señor, por nuestra cuenta y riesgo, somos como los sarmientos secos que no producen fruto. 

Todos hemos visto salir adelante cosas y proyectos imposibles, verdaderos milagros, en gente, a veces, sin preparación o sin recursos, pero estaban bien unidos al Señor y sacaron adelante cosas que parecían imposibles.  Otras personas, quizás más preparadas y con todos los medios a su alcance, sólo construyeron castillos en el aire.  Hay que recordar que los milagros los hace Dios, no nosotros.  Por eso no debemos vanagloriarnos de nuestros éxitos ya que “todo es gracia de Dios”, sin Dios no podemos hacer nada.

En el cultivo de la vid un trabajo necesario es la poda.  Si no se cortan las ramas secas, las uvas serán pocas y de muy mala calidad.  Hay que podar en nuestra vida entretenimientos, diversiones que nos quitan tiempo y energías para dar frutos; hay que renunciar a caprichos y egoísmos que nos van secando en nuestra vida cristiana.  Si no aprendemos a saber renunciar a ciertas cosas, no podemos estar bien unidos al Señor, no podemos ser cristianos de buena calidad.

Quizás deseamos formarnos como personas y como cristianos; quizás nos gustaría prepararnos bien para formar un matrimonio y una familia bien unida; quizás nos gustaría colaborar, ayudar, hacer muchas cosas, pues para eso, tenemos que podar muchas distracciones, tiempo libre, cosas a las que le dedicamos mucho tiempo y no son necesarias.

Si no queremos que nos echen al fuego como al sarmiento seco, si no queremos que nuestra fe se seque y se convierta en palabras vacías, hay que estar bien unidos al Señor y así y sólo así daremos frutos en abundancia.

lunes, 1 de mayo de 2023

 

V DOMINO DE PASCUA (CICLO A)


La liturgia de este quinto domingo de Pascua nos invita a reflexionar sobre la Iglesia y la necesidad de que como comunidad cristiana estemos organizados, tomando parte activa en los diferentes ministerios de la Iglesia para seguir a Cristo Camino, Verdad y Vida.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha relatado la institución de los primeros Ministerios en la Iglesia.

En la Iglesia, no sólo los sacerdotes, religiosos y religiosas tienen funciones de servicio en la Iglesia, sino que también vosotros, los laicos, podéis y debéis realizar funciones de servicio en la Iglesia.  Y este derecho os viene por el simple hecho de estar bautizados. 

Es un derecho y un deber que vosotros los laicos, como bautizados, ejerzáis un apostolado y un servicio a la Iglesia.

Pero la Iglesia, aun cuando debe dedicarse en primer lugar a la oración y al anuncio de la Palabra de Dios, no puede descuidar su preocupación por el bienestar de los que sufren las consecuencias de la pobreza, de la injusticia social, de la enfermedad.  La Iglesia tiene que cuidar y asistir a quienes necesitan de nuestra ayuda, viendo en el necesitado el Rostro del mismo Cristo a quien hemos de amar sirviéndolo.

La 2ª lectura de San Pedro, nos hablaba también de la Iglesia, la llama “templo espiritual”, del que Cristo es la “piedra angular” y los cristianos son “piedras vivas”

Esta lectura nos habla del sacerdocio común que debe ejercer todo fiel bautizado.  Todo cristiano debe ser una piedra viva de la Iglesia. 

Hemos de preguntarnos ¿cuál es la presencia del cristiano en nuestro mundo?  Porque somos una civilización cristiana, pero no hemos impedido el recurso a las armas, a los genocidios, a los actos salvajes del terrorismo, a las guerras religiosas, al capitalismo salvaje. Los criterios que presiden la construcción del mundo están, demasiadas veces, lejos de los valores del Evangelio.

Esto sucede porque Cristo no es muchas veces la referencia fundamental para el cristiano.  Pero no podemos olvidarnos que cada cristiano es una piedra viva de la Iglesia que debe trabajar para construir una auténtica sociedad basada en los principios del evangelio.

En el Evangelio de San Juan, Jesús decía hoy: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.  Nadie va al Padre si no es por Mí”.

El problema de muchas personas es que viven una vida sin camino.  Pueden viajar mucho, ir siempre de prisa, pero en realidad no van a ninguna parte.  Su vida es sólo monotonía.

No conocen la alegría de renovarse y crecer.  Van añadiendo años a su vida, pero no saben dar vida a sus años.  Su vida transcurre sin dirección ni horizonte.

Todos queremos vivir.  Vivir más.  Vivir mejor.  A veces pensamos que vivir es algo que ya sabemos y que lo único importante es que a uno lo dejen vivir en paz.  Pero no podemos convertirnos en “simples vividores de la vida”. Tenemos que descubrir cuál es la manera más acertada, más humana y más plena de vivir la vida con profundidad.

A través de la historia, al hombre se le han ofrecido incontables caminos, para ser feliz, para conseguir la plenitud.

Se nos ha ofrecido: El camino del dinero, de la riqueza: que da felicidad durante algún tiempo, pero al final esclaviza y degenera. El camino del éxito, de la fama: que suele acabar en orgullo y soberbia. El camino del placer: que también da felicidad durante un tiempo, pero acaba oxidando la mente y degradando. El camino del poder: que normalmente acaba en abuso y en tiranía. El camino de la violencia, de la fuerza: que acaba destruyendo.

Si queremos vivir la vida en plenitud, hemos de descubrir que Cristo el Camino para vivir una vida plena.  Cristo es el único camino acertado para vivir intensamente, para buscar nuestra verdad, para acoger la vida hasta su última plenitud.

¿Cuál es el camino de Cristo? ¿Cuál es el camino que Cristo nos invita a seguir?

El camino del amor, de la amistad, de la comprensión. El camino de la fraternidad, de la solidaridad. El camino de la paz, de la no violencia. El camino del perdón. El camino de la sencillez, de la humildad.

Y Cristo es nuestro camino, porque todo lo que nos enseñó, Él fue el primero en vivirlo. Cristo amó, fue comprensivo, fue humilde y sencillo; perdonó, fue pacífico, solidario…

Y solamente quien es así puede decir: Yo soy el camino, la verdad y la vida.

lunes, 9 de mayo de 2022

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy del amor.  El amor es lo que identifica a los seguidores de Jesús.  Para poder amar, como Jesús nos lo pide hoy, hay que cambiar muchas cosas en nuestra vida y a muchos no les gustan los cambios porque es más cómodo vivir de la manera a la que estamos acostumbrados.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha narrado el trabajo concreto de Pablo y Bernabé de ir llevando el Evangelio a todas partes.  Vemos también, como la Iglesia, al ir aumentado el número de creyentes y de comunidades cristianas, necesitaba organizarse.

Igual que todo grupo humano necesita líderes, las comunidades cristianas también los necesitan.  Por ello, Pablo y Bernabé, animados con la oración y la fuerza del Espíritu Santo, nombraron obispos y presbíteros en las comunidades que se iban formando.

Pero Pablo y Bernabé también les recuerda a los cristianos que “hay que perseverar en la fe y que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”.

El Señor ya había anunciado muchas veces y Él lo experimentó personalmente, que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y la “puerta es estrecha”, aunque nunca está cerrada.

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva”.

Es cierto que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y que la puerta es estrecha, pero si alcanzamos ese cielo nuevo, entramos a un mundo transformado, prometedor y alegre; entramos a un mundo nuevo “donde no habrá llanto, ni duelo, ni sufrimiento”.  El mundo del sufrimiento y de la lucha diaria dejará lugar al mundo de la felicidad, del descanso y de la paz.

Pero ya desde ahora, estamos llamados a construir esa “tierra nueva”, a superar todas aquellas cosas que impiden al ser humano vivir en plena libertad, a superar un mundo de oscuridad que nos sumerge en la cultura de la muerte y de la infelicidad.  Estamos llamados a superar el egoísmo, la codicia, los rencores, la vanidad, los miedos, las inseguridades.  Estamos llamados a construir un mundo nuevo que no esté dominado por la injusticia, la dominación de unos sobre otros, la muerte, la violencia y tantas cosas negativas como tiene hoy nuestro mundo.

Dios nos llama y nos invita a formar otro mundo, un mundo que se abra a la gracia de Dios.  Un mundo donde el mal y todas sus consecuencias ya no existan.  

El Señor, con su vida, con su palabra y su obra, hizo nuevas todas las cosas y empezó a hacer realidad un mundo nuevo sostenido con otros valores, valores diferentes a los que viven hoy la mayoría de las personas.  Es tarea nuestra ir construyendo ese “cielo nuevo y esa tierra nueva” a la que Dios nos invita.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado mandamiento nuevo del amor: que nos amemos como Cristo nos ha amado a cada uno de nosotros.

Pocas veces se habrá hablado tanto del amor y se habrá falseado al mismo tiempo tanto su contenido más hondo y humano, como en nuestros días.

Hay revistas de amor, canciones de amor, películas de amor, citas de amor, cartas de amor, técnicas para “hacer el amor”… Pero, ¿qué es el amor? ¿Cómo se vive y se alimenta el amor?

Hay tantas cosas a las que se llama hoy “amor” y en realidad son formas de desintegrar el verdadero amor. Hay quienes llaman amor al contacto breve y superficial de dos personas que se “disfrutan” mutuamente vacías de ternura, afecto y mutua entrega.

Para otros, amor es someter a otros a sus intereses egoístas. Otros creen vivir el amor cuando sólo buscan en realidad un refugio y un remedio para la soledad que, de otro modo, les resultaría insoportable.

En esta sociedad donde los creyentes hemos de escuchar la actualidad de las palabras de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”.

Los cristianos estamos llamados a distinguirnos no por nuestra sabiduría, o por una doctrina ni por la observancia de unos ritos o unas leyes. Nuestra verdadera identidad y distintivo se basa en nuestro modo de amar. Se nos tiene que conocer por nuestro estilo de amar que tiene como criterio y punto de referencia el modo de amar de Jesús.

Un amor, por tanto, desinteresado, que sabe acoger y ponerse al servicio del otro, sin límites ni discriminaciones. Un amor que sabe afirmar la vida, el crecimiento, la libertad y la felicidad de los demás.

Esta es la tarea del creyente en esta sociedad donde se falsifica tanto el amor. Desarrollar nuestra capacidad de amar siguiendo el estilo de Jesús.

Sólo el verdadero amor hace posible experimentar la gran alegría de vivir.

lunes, 26 de abril de 2021

 

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)

Las lecturas de hoy nos invitan por una parte, a mantenernos unidos a Cristo y, por otra, a construir comunidad. Si lo hacemos así, vale la pena la Pascua de resurrección que estamos celebrando. 

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos habla de San Pablo.  San Pablo era un perseguidor de los cristianos, pero camino a Damasco se encuentra con Cristo resucitado.  Y este encuentro con el Señor cambia radicalmente su vida y de perseguidor de Jesús se convierte en un gran apóstol del Señor. Pablo se convierte en un nuevo cristiano y se une a la comunidad cristiana.

El cristiano no es un ser aislado, sino una persona que es miembro de un cuerpo, el Cuerpo de Cristo, formando parte de una comunidad, de la Iglesia.  No se es cristiano por libre, sino injertado en una comunidad.

Es en diálogo y compartiendo con los demás hermanos de la comunidad como nuestra fe nace, crece y madura y es en la comunidad, unidos por los lazos del amor y de la fraternidad, como nos realizamos plenamente como cristianos.

En una comunidad cristiana pueden surgir conflictos, tensiones porque podemos tener diferencias entre unos y otros miembros de la comunidad, pero porque existan esas diferencias, esto no nos puede servir de pretexto para abandonar la comunidad y creer que podemos ir por la vida como cristianos en solitario.

La Iglesia es una comunidad formada por hombres y mujeres, con debilidades y fragilidades, pero es, sobre todo una comunidad asistida, conducida y guiada por el Espíritu Santo.

La 2ª lectura de la primera carta de san Juan nos invita a no “amar de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”. Somos expertos en decir muchas palabras, muchas ideas. Pero una cosa es hablar y otra actuar. Palabras sin obras son ruidos, son meros sonidos. Cuántas palabras decimos que no son verdad.  Cuantas palabras decimos porque buscamos el aplauso, o el reconocimiento o la posición política, pero esas palabras no son verdad. 

Cuando un sistema opresor habla de libertad, una organización discriminadora habla de comunión, un grupo idolátrico habla de Dios… ahí la palabra es mentira, no porque la idea sea mentira, sino porque la vida la desmiente. Por eso, en este domingo se nos invita a las buenas obras, a la acción transformadora.

“Amor” es una palabra que tenemos demasiado en la boca. Pero tantas veces no es palabra de fuego, ni de compromiso, no es palabra eficaz. Amar como Jesús nos amó, significa “amar primero”, no esperar a que los otros den el primer paso. Cumplir el mandamiento del amor es el resultado de acoger a Dios en nuestra vida. Abrirse al Amor auténtico es renunciar a la mentira, a las palabras falsas, a las conductas hipócritas. Amar en la verdad es lo que Jesús nos pide. Amar con las obras y no con el halago o por interés social. Amar es permanecer en Jesús, asumir su estilo, vivir su vida. 

El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús comparándose con una vid y diciéndonos que nosotros somos los sarmientos.  

Si queremos tener vida y dar frutos tenemos que estar unidos a Cristo.  “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante”. Sin estar unidos a Cristo no podemos dar fruto, no podemos sobrevivir como cristianos.

Hay personas que creen que se puede ser cristiano por libre: uno tiene unas creencias, unos sentimientos religiosos y unas prácticas piadosas, promesas… pero no “cree” en la Iglesia, ni celebra los sacramentos; tan sólo ocasionalmente. Sin estar unidos a Cristo no podemos dar fruto en nuestra vida.

La unión con Cristo es una unión sacramental o no es tal unión. Estoy unido a Cristo por el sacramento del Bautismo, acogido por Dios en el sacramento de la Penitencia, comulgo su presencia real en comunidad en el sacramento de la Eucaristía, el Espíritu está en mí por el sacramento de la Confirmación… Si no acepto esta relación con Dios sacramental es como despreciar a Cristo y toda su obra y preferir la imagen que yo me he hecho de Dios. Esto es muy serio y hoy está muy extendido. Ser cristiano no es tener un sentimiento religioso y nada más.  Es estar unido a Cristo.

Hay personas que quizás se pregunten: “¿Para qué hace falta la Iglesia?”. ¿Para qué es necesario estar unidos a Cristo? Porque es necesario amar a los demás desde Dios, desde sus valores; seguimos pensando que es necesaria la gracia de Dios para no cansarse de amar desinteresadamente a los demás; seguimos pensando que es necesaria la fe para construir un mundo mejor, abierto a la otra vida.

Por eso, si el hombre quiere realizarse en plenitud, si quiere construir el Reino de Dios, si quiere ser verdadera y plenamente feliz, nada podrá hacer para conseguirlo si no permanece en Jesús. No hay hombre, que se diga cristiano que pueda ser feliz sin Cristo. No seamos insensatos, no pretendamos ser felices sólo con nuestro esfuerzo; Dios necesita de nuestro esfuerzo para hacernos felices, pero nosotros necesitamos de Dios para alcanzar la felicidad.

lunes, 4 de mayo de 2020

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO A)

La liturgia de este 5° domingo de Pascua nos plantea la pregunta: “¿A dónde vamos en la vida, o para qué vivimos?”  Y Jesús nos responde que Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta el comportamiento de las primeras comunidades cristianas frente a las necesidades de sus miembros y cómo se resolvían esos problemas bajo la luz del Evangelio.

Cuando la Iglesia va creciendo surgen problemas nuevos que hay que resolver.  Los apóstoles no pueden llevarlo todo ellos personalmente y esto origina que una parte de la comunidad quede desatendida.  Este es un problema de la limitación humana de los apóstoles.  Pero la comunidad acepta y afronta estas limitaciones.  Por eso eligen de entre ellos a “7 hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de Sabiduría” para ayudar a los apóstoles

En la Iglesia, no sólo los sacerdotes, religiosos y religiosas tienen funciones de servicio en la Iglesia, sino que también vosotros, los laicos, podéis y debéis realizar funciones de servicio en la Iglesia.  Y este derecho os viene por el simple hecho de estar bautizados.  

Es un derecho y un deber que vosotros los laicos, como bautizados, ejerzáis un apostolado y un servicio a la Iglesia.  En la Iglesia todos los miembros están llamados a ser miembros activos.

La 2ª lectura de San Pedro, nos hablaba también de la Iglesia, la llama “templo espiritual”, del que Cristo es la “piedra angular” y los cristianos son “piedras vivas” Todo cristiano debe ser una piedra viva de la Iglesia.  

Hemos de preguntarnos ¿cuál es la presencia del cristiano en nuestro mundo?  Porque somos una civilización cristiana, pero no hemos impedido el recurso a las armas, a los genocidios, a los actos salvajes del terrorismo, a las guerras religiosas, al capitalismo salvaje. Los criterios que presiden la construcción del mundo están, demasiadas veces, lejos de los valores del Evangelio. 

Esto sucede porque Cristo no es muchas veces la referencia fundamental para el cristiano.  Porque Cristo no es muchas veces la “piedra angular” sobre la cual construimos nuestra vida y nuestra historia. Pero no podemos olvidarnos que cada cristiano es una piedra viva de la Iglesia que debe trabajar para construir una auténtica sociedad basada en los principios del evangelio.

Si Cristo es la piedra angular de nuestra vida, la referencia fundamental, entonces ¿Por qué estamos colaborando con nuestro silencio y nuestra apatía a construir una sociedad, un mundo, tan alejado de los valores del Evangelio?  

El Evangelio de san Juan nos presenta a Cristo como el Camino, la Verdad y la Vida.

Nunca estamos solos. Jesús está con nosotros. Ser cristiano es, antes que nada, creer en Cristo. Tener la suerte de habernos encontrado con Él. Por eso no dice hoy el Señor: “No se turbe vuestro corazón”. Cristo está con nosotros.

Cristo es el camino.  A veces andamos desorientados. Con frecuencia vamos muy apenados. A veces nos preguntamos si el camino que llevamos nos lleva a alguna parte. Quizá estamos en un callejón sin salida… Y caminos se nos ofrecen muchos, pero ¿adónde nos conducen? ¿Nos dan plenitud? 

Yo soy el Camino dice el Señor. No sólo nos enseña el camino, sino que Él mismo “es el camino” porque ha resucitado.  Jesús es el camino porque es en quien tenemos que creer. Y creer en Jesús es confiar en Él, aceptar su palabra, seguir sus pasos.

Cristo es la verdad.  Andamos desorientados, confusos. Se dicen tantas cosas. ¿Quién tiene la verdad? Todo es relativo hoy en día.

Yo soy la verdad dice el Señor. Jesucristo es la verdad del hombre, que está hecho a su imagen. Jesucristo es el hombre ideal que todos debemos imitar.  Cuanto más nos acercamos a Cristo más nos humanizamos; cuanto más nos alejamos de Cristo más nos deshumanizamos.  Cristo, el hombre perfecto, el hombre verdadero. Él es la Verdad.

Cristo es la vida.  ¡Cuánta gente está en un sin-vivir! Vegetando, sin ilusión ni esperanza. 

Yo soy la vida, dice el Señor. Vino a nosotros para rescatarnos de la muerte, para que tuviéramos vida y en abundancia. Pero no es que nos da vida, como el médico nos da una receta. Él es a la vez médico y medicina. Él es la Vida; el encuentro con Él nos hace vivir esta vida con sentido y nos abre a la vida en plenitud. 

Jesús es “camino, verdad y vida”. Encontrarse con Él y creer en Él es el mejor modo de caminar por la vida. 


martes, 14 de mayo de 2019

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy del amor.  El amor es lo que identifica a los seguidores de Jesús.  Para poder amar, como Jesús nos lo pide hoy, hay que cambiar muchas cosas en nuestra vida y a muchos no les gustan los cambios porque es más cómodo vivir de la manera a la que estamos acostumbrados.
 
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha narrado el trabajo concreto de Pablo y Bernabé de ir llevando el Evangelio a todas partes.  Vemos también, como la Iglesia, al ir aumentado el número de creyentes y de comunidades cristianas, necesitaba organizarse.
 
Igual que todo grupo humano necesita líderes, las comunidades cristianas también los necesitan.  Por ello, Pablo y Bernabé, animados con la oración y la fuerza del Espíritu Santo, nombraron obispos y presbíteros en las comunidades que se iban formando.
 
Pero Pablo y Bernabé también les recuerda a los cristianos que “hay que perseverar en la fe y que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”.
 
El Señor ya había anunciado muchas veces y Él lo experimentó personalmente, que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y la “puerta es estrecha”, aunque nunca está cerrada.
 
La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva”.
 
Es cierto que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y que la puerta es estrecha, pero si alcanzamos ese cielo nuevo, entramos a un mundo transformado, prometedor y alegre; entramos a un mundo nuevo “donde no habrá llanto, ni duelo, ni sufrimiento”.  El mundo del sufrimiento y de la lucha diaria dejará lugar al mundo de la felicidad, del descanso y de la paz.
 
Pero ya desde ahora, estamos llamados a construir esa “tierra nueva”, a superar todas aquellas cosas que impiden al ser humano vivir en plena libertad, a superar un mundo de oscuridad que nos sumerge en la cultura de la muerte y de la infelicidad.  Estamos llamados a superar el egoísmo, la codicia, los rencores, la vanidad, los miedos, las inseguridades.  Estamos llamados a construir un mundo nuevo que no esté dominado por la injusticia, la dominación de unos sobre otros, la muerte, la violencia y tantas cosas negativas como tiene hoy nuestro mundo.
 
Dios nos llama y nos invita a formar otro mundo, un mundo que se abra a la gracia de Dios.  Un mundo donde el mal y todas sus consecuencias ya no existan. 
 
El Señor, con su vida, con su palabra y su obra, hizo nuevas todas las cosas y empezó a hacer realidad un mundo nuevo sostenido con otros valores, valores diferentes a los que viven hoy la mayoría de las personas.  Es tarea nuestra ir construyendo ese “cielo nuevo y esa tierra nueva” a la que Dios nos invita.
 
En el Evangelio de san Juan, Jesús nos deja su testamento: “que os améis unos a otros; como yo os he amado”.
 
Este mundo nuevo al que estamos llamados a construir, no lo vamos a hacer con la violencia de las armas, ni por el poder, ni por el afán de lucro, porque todo esto nos llevará al fracaso.
 
Este mundo nuevo sólo es posible construirlo con la fuerza del amor.  Pero no con cualquier amor, porque en la humanidad todos hablamos del amor, pero cada uno lo entiende a su manera.  La palabra “amor” es, tantas veces utilizada para definir comportamientos egoístas, interesados, que utilizan al otro, que hacen mal, que roban la libertad.  No cualquier cosa es amor.  Muchas veces disfrazamos el egoísmo y la avaricia con ropaje que aparenta ser amor. 
 
El amor con el que tenemos que construir ese mundo nuevo es el amor al estilo de Jesús.  Un amor sincero, servicial, cercano, entregado; un amor que respeta la dignidad y la libertad del otro, que no discrimina, ni margina, sino que siempre busca el bien del otro.
 
Como seguidores de Jesús, tenemos que afirmar que el amor es lo único que puede salvar al hombre, porque el amor es lo único que nos diferencia de los animales.  Es el amor incluso al enemigo, la única arma que puede vencer y convertir al enemigo.
 
No nos dejemos llevar por el odio, y la violencia, no dejemos que la venganza anide en nuestro corazón, porque si lo hacemos acabaremos por convertirnos en el mismo tipo de persona que ahora rechazamos.
 
Es tiempo de amar, de amar al estilo de Jesús.  Amar defendiendo la vida, todas las vidas, toda la vida que está amenazada. 
 
Amar al estilo de Jesús es lo único que puede hacer que construyamos aquí en la tierra ese “cielo nuevo y esa tierra nueva”.  Hagamos realidad ese mandato del Señor: “amaos los unos a los otros, como yo os he amado”.