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lunes, 15 de junio de 2026



Miedo y confianza son palabras que aparecen hoy en la Palabra de Dios que hemos proclamado.  Por encima de nuestros miedos hemos de tener confianza en Dios porque sabemos que Dios nos cuida.

En la 1ª lectura vemos como Jeremías es perseguido por el mensaje que anuncia y todo lo que denuncia, sin embargo no deja de confiar en Dios y de anunciar fielmente las propuestas de Dios para los hombres.

Ser profeta no es fácil.  A la gente no le gusta que pongan en duda o que cuestionen su forma incorrecta de vivir, sus injusticias o sus antivalores.  Por eso la vida del profeta es una vida de incomprensión, soledad, lucha y riesgo.  Y sin embargo es un camino que Dios nos llama a recorrer con fidelidad a su Palabra.

El profeta, como el verdadero cristiano es aquel que es capaz de decir con valentía verdades que duelen y que provocan críticas y conflictos y en algunas circunstancias, incluso, con peligro de su vida.  Sabemos bien, que todo aquel que ha querido hacer el bien, siempre encuentra dificultades.  Por eso el profeta Jeremías nos decía que “oía la acusación de la gente”.

Criticar al que quiere hacer bien las cosas es el deporte nacional.  Es lo que toda la vida sabe muy bien hacer la gente. En la actualidad hacer las cosas bien no es aplaudido.  Incluso, en ocasiones, es perseguido.  Hoy, parece que lo que es más popular, lo que le gusta a mucha gente es ir contra el sistema, ir contra lo que está bien, e incluso ir contra Dios y sus valores.

Por eso, si somos auténticos cristianos, estemos seguros de una cosa: siempre vamos a ser criticados y calumniados.  Sin embargo, Dios nunca abandona a aquel que le es fiel. 

Por eso es importante que, delante del Señor pensemos y nos preguntemos: ¿estoy dispuesto a ser distinto, a ser auténtico, a ser fiel a Dios?  Porque, cuando intentamos vivir como buenos cristianos se tiene que notar lo que somos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos habla de la entrada del pecado en el mundo.  El pecado es una vieja realidad en el mundo.  Tan vieja como el hombre ya que el hombre, y sólo el hombre, es el responsable de la condición pecadora de la humanidad.

No podemos cerrar nuestros ojos ante la realidad de pecado que existe en nuestro mundo.  Es verdad que el mal destaca escandalosamente en el mundo.  Algunos acontecimientos que marcan nuestro tiempo confirman que una historia construida sobre el pecado y al margen de Dios es una historia llena de egoísmo y de injusticias.

Pero si el pecado es una vieja realidad, también lo es el perdón y la gracia de Dios y aunque aparezca más calladamente, tienen más fuerza y más valor que el pecado.

El Evangelio de san Mateo nos dice hoy que la Palabra liberadora de Jesús no puede ser silenciada, escondida sino que tiene que ser proclamada “sin miedo”.

Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos hoy, es la falta de credibilidad de las instituciones y de las personas.  Hoy, ni los políticos, ni los empresarios, ni los sindicatos nos inspiran confianza.  Y lo que es peor, muchas veces tampoco nos inspira confianza el vecino, incluso desconfiamos también de los familiares.

Parece que ya nadie confía en nadie.  Es verdad que son muchísimos los problemas con que nos enfrentamos hoy en día: la corrupción, la falta de trabajo, el terrorismo, la incertidumbre económica, la falta de moral social y política, las guerras, el hambre, la pobreza cada día mayor. Todo esto nos lleva a vivir con miedo, atemorizados, encerrados en nosotros mismos, despreocupados de los demás.

Si perdemos la confianza en nosotros mismos y en la bondad del mundo, estamos perdidos.  Contra el mal y la pérdida de confianza, el evangelio nos invita a confiar en Dios.  Dios, nuestro Padre que cuida de la naturaleza, de los animales, ¡cuánto más no cuidará del hombre, hecho a su imagen y semejanza!

Hay que tener confianza en que el mundo, a pesar de todo, se encamina al encuentro con Dios.  Confianza en que nuestros trabajos y aportaciones en la construcción de un mundo mejor, por muy pequeños que sean, son importantes.  Confianza en las personas.

Jesucristo nos repetía hoy: “¡No tengáis miedo!” porque nada malo puede sucedernos si ponemos en Dios nuestra confianza.

lunes, 17 de junio de 2024

 

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo, nos asegura que, a lo largo de nuestra vida, el hombre no se encuentra perdido, solo, abandonado a su suerte; sino que Dios camina a nuestro lado cuidando de nosotros con amor de Padre y ofreciéndonos en todo momento la vida y la salvación.

La 1ª lectura del libro de Job, nos habla de un Dios majestuoso y omnipotente, que domina la naturaleza y que tiene un plan perfecto para el mundo.  Nosotros, a veces, no entendemos los planes de Dios, pero aun así, debemos siempre ponernos en las manos de Dios.

En nuestra vida diaria hay “luces y sombras”.  Normalmente las “sombras” nos preocupan y nos inquietan: terrorismo, violencia, nuevas enfermedades, catástrofes naturales, injusticias, etc., nos causan inseguridad, miedo y preocupación.

A veces, criticamos a Dios por las tragedias del mundo; otras veces, sentimos la tentación de mostrarle, de forma clara y lógica, cómo debería actuar Él para que el mundo fuese mejor. La lectura del Libro de Job nos invita, sobre todo, a no creernos nosotros mejores que Dios y a no exigir a Dios que actúe según nuestra manera de pensar.

Dios se ha manifestado muchísimas veces en la historia con amor y con bondad y Él no ignora los problemas de los hombres.  Dios tiene un proyecto para el mundo y para la humanidad.  El problema es que no vivimos ni hacemos realidad ese proyecto de Dios y por ello nos puede parecer que el mal está ganando terreno, pero no es así.  No olvidemos que Dios es más poderoso que el mal. 

El verdadero creyente es aquel que, aunque sin entender totalmente los proyectos de Dios, aprende a fiarse de Él, a obedecerle incondicionalmente, a verlo como la razón última de su vida y de su esperanza.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos exhorta a no valorar a nadie por criterios humanos.  En nuestra sociedad valoramos a las personas por lo que tienen, o por sus ideas políticas, o por su religión.  Toda persona tiene el mismo valor, un valor sagrado, el máximo. No es que unas personas valgan menos que otras o que unas vidas tengan más valor que otras. No, para Dios todos somos sus hijos igualmente queridos y amados.

Esto habría que explicárselo bien a los que organizan las guerras, a los que desprecian a otros porque son extranjeros o porque no son de su misma tierra, o de su misma raza o religión, o de ideas políticas diferentes, a los que abusan de los demás porque se creen superiores. Esas actitudes son intolerables en un cristiano y Dios nos pedirá responsabilidades de cómo hemos valorado y tratado a sus hijos, nuestros hermanos.

El Evangelio de San Marcos, nos asegura que nunca estamos solos en las tempestades de nuestra vida.  Nada debemos temer, porque Cristo está con nosotros, ayudándonos a vencer todos los obstáculos.

En nuestra vida, tanto personal como religiosa, muchas veces experimentamos dificultades, situaciones personales difíciles: enfermedades, dolor, falta de trabajo o de dinero, problemas con los hijos o con los padres, calumnias, injusticias, rechazos, marginación, odio, etc.

¿Cuál es nuestra reacción? ¿Miedo, angustia, temor, excesiva preocupación?  Sabes ¿por qué? porque no contamos con el Señor, porque no tenemos suficiente fe y nos apoyamos solamente en nosotros mismos, en nuestras fuerzas humanas y casi siempre el problema es mucho más grande que nosotros.

Nos olvidamos de algo muy importante: Dios está siempre con nosotros, Él todo lo puede en todo momento. Él es nuestro auxilio y seguridad. En momentos difíciles, Dios nunca se olvida de nosotros. 

A nosotros nos corresponde confiar, confiar una y otra vez.  Y dejar el miedo y lanzarnos sin temor a trabajar por un mundo mejor, porque Él está siempre con nosotros.  Y cuando nos parezca que nos hundimos, llamar al Señor, invocarlo con confianza, sabiendo que en Él nos movemos y existimos, que todo, por muy malo que sea redunda en bien para el que sabe confiar en el Señor.

Que el Señor aumente nuestra fe y nos permita renovar siempre la confianza en Él.

lunes, 19 de junio de 2023

 

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos presentan un tema, algo difícil de entender: si queremos vivir como auténtico cristianos, dando testimonio de Jesús, podemos llegar a sufrir dificultades o persecuciones por ser fiel a Dios.

En la 1ª lectura de Jeremías vemos como Jeremías es perseguido por el mensaje que anuncia y todo lo que denuncia, sin embargo no deja de confiar en Dios y de anunciar fielmente las propuestas de Dios para los hombres.

Ser profeta no es fácil.  El profeta, como el verdadero cristiano es aquel que es capaz de decir con valentía verdades que duelen y que provocan críticas y conflictos y en algunas circunstancias, incluso, con peligro de su vida.  Sabemos bien, que todo aquel que ha querido hacer el bien, siempre encuentra dificultades.  Por eso el profeta Jeremías nos decía que “Oía la acusación de la gente”.

Criticar al que quiere hacer bien las cosas es el deporte nacional.  Es lo que toda la vida sabe muy bien hacer la gente. En la actualidad hacer las cosas bien no es aplaudido.  Incluso, en ocasiones, es perseguido.  Hoy, parece que lo que es más popular, lo que le gusta a mucha gente es ir contra el sistema, ir contra lo que está bien, e incluso ir contra Dios y sus valores.

Por eso, si somos auténticos cristianos, estemos seguros de una cosa: siempre vamos a ser criticados y calumniados.  Sin embargo, Dios nunca abandona a aquel que le es fiel. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos, nos recordaba que el pecado y la muerte son dos realidades inseparables.

El primer pecado originó la muerte, y desde entonces todo hombre, por el solo hecho de serlo, desde que nace está en pecado, condenado a morir. Es un misterio difícil de comprender, pero al mismo tiempo un fenómeno fácil de comprobar. El niño apenas entra en los primeros balbuceos, ya está dando muestras de las malas inclinaciones que lleva dentro. Apenas se aprenden las primeras palabras y ya es posible el engaño y la mentira. Y con el pecado, la muerte se va sembrando cada día más en nuestra vida.  A más pecados en nuestra vida, más muerte y más dolor.

Pero si el pecado es una vieja realidad, también lo es el perdón y la gracia de Dios y aunque aparezca más calladamente, tienen más fuerza y más valor que el pecado.

En el evangelio de San Mateo, Jesús nos decía: “No tengáis miedo”.  ¿Quién puede afirmar que no ha tenido miedos en su vida?

Existen miedos muy diversos, miedos personales, miedos sociales. Los miedos personales: la caducidad de nuestra existencia corporal, el miedo a perder el prestigio, la seguridad, la comodidad o el bienestar, miedos al querer tomar decisiones. El miedo a no ser acogidos, el quedarse solos en la vida, sin amistad, sin amor y tener que enfrentarse a la dureza de la vida diaria sin la compañía cercana y amistosa de alguien. El miedo a la misma vida, para muchos el vivir resulta difícil, incierto, complejo; el mañana problemático, el futuro de los hijos, miedo a la enfermedad, a envejecer, a perder los ahorros. Miedo a la muerte. Tantos miedos.

Existen también los miedos sociales.  Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos es la falta de credibilidad de las instituciones y de las personas, o dicho de otra manera, ni los políticos, ni los empresarios, ni los sindicatos nos inspiran confianza. Y lo que es peor, muchas veces tampoco nos inspira confianza el vecino, incluso desconfiamos también de los familiares.   Parece que ya nadie cree ni confía en nadie. Es verdad que las instituciones políticas, sociales y también la Iglesia han cometido errores.   Todo esto nos lleva a vivir con miedo, atemorizados, y acabamos viviendo encerrados en nosotros mismos, despreocupados de los demás.

Pero si perdemos la confianza en nosotros mismos y en la bondad del mundo, estamos perdidos.   Porque todo se oscurece, y uno llega a plantearse si merece la pena vivir.   Contra el mal y la pérdida de confianza, el evangelio nos invita hoy a encontrarla en Dios.   Dios nuestro padre que cuida de la naturaleza, de los animales, ¡cuánto más cuidará del hombre, hecho a su imagen y semejanza!   Nuestro padre Dios nos ama tanto que nos ha dado a su único Hijo.   Esta es la Roca en la que podemos afianzar firmemente nuestra confianza.  Confianza en que somos queridos uno a uno por Dios, queridos con nuestras virtudes y defectos.  Confianza en que el mundo, a pesar de todo, se encamina irremediablemente al encuentro con Dios.  Confianza en que nuestros trabajos y aportaciones en la construcción de un mundo mejor, por muy pequeños que sean, son importantes.   Confianza finalmente en las personas, confianza que tiene que estar unida al respeto y a la paciencia con las limitaciones y debilidades de los demás.   

Jesucristo nos repetía hoy por tres veces, “¡no tengáis miedo!” porque nada malo puede sucedernos si ponemos en Dios nuestra confianza.    Que esta eucaristía nos anime a todos a vivir en la verdad y en la confianza, porque hemos descubierto que Dios está de nuestra parte.

lunes, 14 de junio de 2021

 

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de las diferentes “tempestades” por las que podemos pasar a lo largo de nuestra vida y cuál debe de ser nuestra actitud cristiana ante esas situaciones.

La 1ª lectura del libro de Job es la respuesta de Dios a los reclamos, lamentos y preguntas que Job le hacía, motivado por sus desgracias, sus sufrimientos y las pérdidas que había sufrido en su familia, su salud, sus bienes.  Dios da a entender a Job, y a todos nosotros, que no podemos luchar, discutir con Dios, ni reclamarle.

Muchas veces a lo largo de la historia los creyentes han tenido la impresión de que el mundo se le ha escapado de las manos a Dios y ha caído bajo el poder del mal. Job, en su discusión contra Dios, expresaba ya esa visión pesimista del mundo.

Dios le abre los ojos a Job para mostrarle y mostrarnos como Él está continuamente luchando contra el mal.  El mal a pesar de todo el daño que nos hace y que hace a este mundo tiene establecidos unos límites, no tiene la última palabra.

Los lamentos de tantos cristianos ante la situación del mundo y de la Iglesia son fruto de la falta de fe.  La fe significa apoyarse sobre el fundamento sólido de Dios.  Cuando no hay una fe sólida, somos capaces hasta de juzgar a Dios.  Lo que tenemos que hacer es confiar en Dios y así estaremos serenos en las tempestades, alegres en los sufrimientos y llenos en las carencias.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos exhorta a no valorar a nadie por criterios humanos.  En nuestra sociedad valoramos a las personas por lo que tienen, o por sus ideas políticas, o por su religión.  Toda persona tiene el mismo valor, un valor sagrado, el máximo. No es que unas personas valgan menos que otras o que unas vidas tengan más valor que otras. No, para Dios todos somos sus hijos igualmente queridos y amados. 

Esto habría que explicárselo bien a los que organizan las guerras, a los que desprecian a otros porque son extranjeros o porque no son de su misma tierra, o de su misma raza o religión, o de ideas políticas diferentes, a los que abusan de los demás porque se creen superiores. Esas actitudes son intolerables en un cristiano y Dios nos pedirá responsabilidades de cómo hemos valorado y tratado a sus hijos, nuestros hermanos.

En el Evangelio de san Marcos Jesús reprende a sus discípulos por su falta de fe al dejarse llevar por el miedo.

Jesús también nos reprende hoy a nosotros y nos invita a pensar en nuestros miedos y cobardías y en sus consecuencias por nuestra falta de fe. Nos invita el Señor a pensar en nuestras cobardías ante la presencia del mal tanto en nuestra vida como en la sociedad.

El enemigo principal de nuestra fe es el miedo.  El miedo paraliza la capacidad de pensar y de actuar.  El miedo nos quita la posibilidad de decir lo que pensamos; nos condena al silencio.  El miedo hace que nos hagamos fuertes con los débiles y débiles ante los fuertes.  Cuando actuamos así, no podemos decir que sea Jesús quien conduce nuestra vida, al contrario, nuestra vida se convierte en un juguete de múltiples intereses.

El miedo nos aparta de nuestro deber de hacer justicia, nos hace apropiarnos de lo que no nos pertenece, a callarnos ante las injusticias y ante los injustos, a no cumplir con nuestra obligaciones legales, a apoyar con nuestro voto a candidatos que sabemos que no van a trabajar por buscar soluciones de paz y justicia, sino que van a trabajar para ellos mismos.

El miedo nos impide cumplir lo que el Señor nos pide.  Jesús nos dice que no nos podemos dejar dominar por el miedo, que hemos de controlarlo.

Ante la realidad del mal, del dolor, de la injusticia, de la violencia, la respuesta humana ha de ser responder haciendo lo posible por suprimirlo o al menos disminuirlo.

Hemos de empezar por perder el miedo a decir “no sabemos, no entendemos, no lo tenemos claro”… porque sabemos que contamos con la ayuda del Señor.
Nuestra fuerza es la fe y la esperanza en el Dios que nos ama y nos sostiene. Solo así con amor y esperanza es posible seguir en la barca, luchando contra la tempestad, contra los males aunque no los comprendamos, sabiendo que Jesús está con nosotros.

lunes, 15 de junio de 2020

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Miedo y confianza son palabras que aparecen hoy en la Palabra de Dios que hemos proclamado.  Por encima de nuestros miedos hemos de tener confianza en Dios porque sabemos que Dios nos cuida.

En la 1ª lectura vemos como Jeremías es perseguido por el mensaje que anuncia y todo lo que denuncia, sin embargo no deja de confiar en Dios y de anunciar fielmente las propuestas de Dios para los hombres.

Ser profeta no es fácil.  A la gente no le gusta que pongan en duda o que cuestionen su forma incorrecta de vivir, sus injusticias o sus antivalores.  Por eso la vida del profeta es una vida de incomprensión, soledad, lucha y riesgo.  Y sin embargo es un camino que Dios nos llama a recorrer con fidelidad a su Palabra.

El profeta, como el verdadero cristiano es aquel que es capaz de decir con valentía verdades que duelen y que provocan críticas y conflictos y en algunas circunstancias, incluso, con peligro de su vida.  Sabemos bien, que todo aquel que ha querido hacer el bien, siempre encuentra dificultades.  Por eso el profeta Jeremías nos decía que “oía la acusación de la gente”. 

Criticar al que quiere hacer bien las cosas es el deporte nacional.  Es lo que toda la vida sabe muy bien hacer la gente. En la actualidad hacer las cosas bien no es aplaudido.  Incluso, en ocasiones, es perseguido.  Hoy, parece que lo que es más popular, lo que le gusta a mucha gente es ir contra el sistema, ir contra lo que está bien, e incluso ir contra Dios y sus valores.

Por eso, si somos auténticos cristianos, estemos seguros de una cosa: siempre vamos a ser criticados y calumniados.  Sin embargo, Dios nunca abandona a aquel que le es fiel.  

Por eso es importante que, delante del Señor pensemos y nos preguntemos: ¿estoy dispuesto a ser distinto, a ser auténtico, a ser fiel a Dios?  Porque, cuando intentamos vivir como buenos cristianos se tiene que notar lo que somos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos habla de la entrada del pecado en el mundo.  El pecado es una vieja realidad en el mundo.  Tan vieja como el hombre ya que el hombre, y sólo el hombre, es el responsable de la condición pecadora de la humanidad.

No podemos cerrar nuestros ojos ante la realidad de pecado que existe en nuestro mundo.  Es verdad que el mal destaca escandalosamente en el mundo.  Algunos acontecimientos que marcan nuestro tiempo confirman que una historia construida sobre el pecado y al margen de Dios es una historia llena de egoísmo y de injusticias.

Pero si el pecado es una vieja realidad, también lo es el perdón y la gracia de Dios y aunque aparezca más calladamente, tienen más fuerza y más valor que el pecado.

El Evangelio de san Mateo nos dice hoy que la Palabra liberadora de Jesús no puede ser silenciada, escondida sino que tiene que ser proclamada “sin miedo”.

Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos hoy, es la falta de credibilidad de las instituciones y de las personas.  Hoy, ni los políticos, ni los empresarios, ni los sindicatos nos inspiran confianza.  Y lo que es peor, muchas veces tampoco nos inspira confianza el vecino, incluso desconfiamos también de los familiares.

Parece que ya nadie confía en nadie.  Es verdad que son muchísimos los problemas con que nos enfrentamos hoy en día: la corrupción, la falta de trabajo, el terrorismo, la incertidumbre económica, la falta de moral social y política, las guerras, el hambre, la pobreza cada día mayor.  Todo esto nos lleva a vivir con miedo, atemorizados, encerrados en nosotros mismos, despreocupados de los demás.

Si perdemos la confianza en nosotros mismos y en la bondad del mundo, estamos perdidos.  Contra el mal y la pérdida de confianza, el evangelio nos invita a confiar en Dios.  Dios, nuestro Padre que cuida de la naturaleza, de los animales, ¡cuánto más no cuidará del hombre, hecho a su imagen y semejanza!

Hay que tener confianza en que el mundo, a pesar de todo, se encamina al encuentro con Dios.  Confianza en que nuestros trabajos y aportaciones en la construcción de un mundo mejor, por muy pequeños que sean, son importantes.  Confianza en las personas.

Jesucristo nos repetía hoy: “¡No tengáis miedo!” porque nada malo puede sucedernos si ponemos en Dios nuestra confianza.