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lunes, 18 de mayo de 2026

 



El tiempo litúrgico  de Pascua concluye con el domingo de Pentecostés, en el que los cristianos celebramos la venida del Espíritu Santo a los Apóstoles, los orígenes de la Iglesia y el comienzo de la misión a todos los pueblos y naciones.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los apóstoles.

Hoy celebramos el nacimiento de la Iglesia.  Los apóstoles habían visto vivo al Señor, pero seguían teniendo miedo a los judíos, miedo de ser asesinados.  No sabían qué hacer, ni qué predicar, ni a donde ir.  Por eso se habían juntado a rezar, junto a la Virgen María, para pedir el Espíritu que Jesús les había prometido.

De pronto, sin saber cómo, se llenaron del Espíritu Santo y se les quitó el miedo y con valentía salieron a la calle a anunciar a Jesucristo, y muchas personas los escuchaban y los entendían.

Pentecostés es todo lo contrario al episodio de la Torre de Babel, en Babel Dios confundió la lengua y no se entendían las personas.  En Pentecostés, hablando diferentes idiomas todos entienden a los apóstoles.

Sin embargo, hoy, sigue habiendo Torres de Babel.  Cuando el hombre, cree que puede ser dios, lo único que consigue es convertirse en un peligro para sus semejantes.

Todavía hoy sigue habiendo muchas personas que se endiosan a sí mismos y se comportan como amos, como señores de sus semejantes, violando sus derechos, limitando su libertad, esclavizando sus conciencias, pisoteando sus dignidad y exigiendo obediencia y sometimiento como el que debemos tener sólo a Dios.

Hoy hay verdaderas babeles, es decir, hoy hay muchos obstáculos para que los seres humanos nos podamos entender: esclavitud sexual, represión, desaparecidos, limpiezas étnicas, guerras, bloques militares, la carrera armamentista, tortura, hambre, el neoliberalismo, justicia que no es imparcial, imposición de la democracia por la fuerza de la violencia, etc.

Todas estas situaciones, fruto del egoísmo humano, hacen que los hombres no nos entendamos y no podamos vivir en fraternidad.

Sin embargo, Jesús nos ha enviado al Espíritu Santo para que nos dejemos guiar por Él y así construyamos un mundo donde todos los seres humanos nos podamos entender en el único idioma que todos hablamos y entendemos: el idioma del amor, y así construyamos un mundo más humano y fraterno.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que hemos recibido el Espíritu Santo para que vivamos unidos y a cada uno nos ha dado un don especial para ponerlo al servicio de la Iglesia, al servicio del bien común.

Los dones que hemos recibido son para construir la unidad; por eso los dones que el Espíritu Santo nos da no son para ser utilizados en beneficio propio, sino que deben ser puestos al servicio de todos.

En el Evangelio de san Juan vemos que Jesús se presenta en medio de sus discípulos, como lo había prometido: “me voy y volveré a vosotros”.  Atraviesa las puertas de la casa y las puertas internas del miedo de sus discípulos y les comunica a sus discípulos cuatro dones fundamentales: la paz, el gozo, la misión y el Espíritu Santo.

¿Qué significa para nosotros la venida el Espíritu Santo?

El Espíritu de Jesús está hoy en cada uno de nosotros, está en nuestras comunidades cristianas, está en nuestra iglesia.  Está en nuestro corazón y en nuestra vida, está entre nosotros.  ¿Cómo es posible entonces esa apatía religiosa de muchas personas que ha recibido al Espíritu Santo pero que no viven ni practican su fe?

Si vivimos conscientemente la presencia del Espíritu Santo dentro de nosotros, podremos sentir una vida nueva, una fuerza dentro de nosotros que nos hace tener seguridad y confianza en nosotros mismos; sentiremos la alegría de saber que Dios está con nosotros, sentiremos su fuerza para poder comunicarnos con Dios y con los demás y para ser sus testigos en medio de nuestro mundo.

El Espíritu Santo iluminará nuestra inteligencia para llevar a cabo nuestros mejores proyectos, nuestras mejores metas; para ser solidarios, para construir un mejor futuro tanto para nosotros como para los demás.

El Espíritu Santo nos hace vivir con esperanza ante el futuro, teniendo más capacidad para amar y también para dejarnos amar, teniendo fuerza para iniciar cada día con nuevo ánimo, porque Dios está con nosotros.

Por eso, celebremos este día, fiesta de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, con la firme determinación de dejar que el Espíritu de Dios actúe en nosotros para que su Reino de amor, justicia, hermandad vayan siendo realidad en nosotros y en nuestro mundo.

Digamos hoy con fuerte voz: “¡Ven, Espíritu Santo!”

lunes, 2 de junio de 2025

 

PENTECOSTÉS (CICLO C)


Con la fiesta de Pentecostés que estamos celebrando hoy, terminamos el tiempo litúrgico de la Pascua de Resurrección.  Celebrar Pentecostés, es celebrar el nacimiento de la Iglesia.

Las lecturas que hemos escuchado nos han presentado la venida del Espíritu Santo a la primera comunidad cristiana presidida por María la madre de Jesús.

Jesús al despedirse de sus amigos, quiso dejarles un regalo: “Os dejo mi Espíritu”, mi amor.  El Espíritu Santo es el regalo que nos deja Jesús.  Nos dice que el Espíritu Santo es su amor, el amor del Padre y del Hijo, lo que une al Hijo con el Padre.

A los hombres se les reconoce y  se les califica por el espíritu que los anima.  El espíritu del poder anima al político, y sin ese espíritu se quedaría posiblemente en su casa.  El espíritu de la competición anima al deportista y por ese espíritu se entrena y se esfuerza.  Subir al pódium de los ganadores es su gran meta y su recompensa.  El espíritu del dinero y de la influencia anima al ejecutivo, al hombre de negocios que vive día a día y momento a momento la tensión de ganar dinero.  El espíritu de la vanidad es el que anima a una “estrella”  para estar siempre de actualidad y en primera fila y no le importa los sacrificios que tiene que hacer para conseguir la popularidad.

Pero también hay hombres y mujeres a los que calificamos diciendo: “no tienen espíritu”.   Son los apáticos, los indiferentes, aquellos a los que resulta difícil saber cuál es el espíritu que los anima, porque más bien parecen que no tienen vida.

Sin embargo, los cristianos hemos recibido el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios.  Esto significa que en nuestra vida hemos recibido la fuerza de Dios, que el aliento de Dios, la vida de Dios, está con nosotros para llenarnos de su plenitud y para trabajar por un mundo que viva según la voluntad de Dios.

No podemos esperar de Dios un mejor regalo y tampoco un compromiso más valioso que continuar la misión de Jesús. El Espíritu que nos comunica la misma vida de Dios nos hace capaces de perdonar, de cerrar las profundas heridas que provocamos, superar los odios, de construir una sociedad más humana, de responder al clamor universal de mayor justicia.

Todos creemos que el Espíritu hizo maravillas en aquel grupo de pescadores que eran los apóstoles; nadie duda de que los transformó de apagados en valerosos. Pero la fe viva no consiste en eso solamente, sino en creer que aquellos milagros son modelos de los que el Espíritu puede y quiere realizar en los creyentes de todos los tiempos. Por ejemplo, Jesús nos pregunta como al paralítico: “¿Crees que puedo curarte, recrearte, hacerte nacer de nuevo mediante la acción del Espíritu? Tener fe es responder: “Sí, Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”.

La verdadera fe en el Espíritu no consiste sólo en saber que existe, que procede del Padre y del Hijo y que fue derramado sobre el grupo apostólico, sino en creer que habita dentro de nosotros, en la familia, en la comunidad y en la parroquia, como fuente de energía, con la cual podemos ser hombres y mujeres nuevos, revestidos de valor para dar testimonio en el mundo, como aquellos sencillos hombres y mujeres que convivieron con Jesús. Pero, para ello, se necesita una fe fuerte, porque no podemos olvidar que somos Templos del Espíritu Santo.

¿Qué es lo que hace el Espíritu?

En un primer momento, congregar, unir; es Espíritu de comunión. Así nos lo presentan los escritos del Nuevo Testamento. La comunidad de Jerusalén es fruto de la acción del Espíritu que congrega en fraternidad por encima de diferencias de raza, cultura y nación. Es el Espíritu el que hace que tengan “un solo corazón y una sola alma”.

Reunidos en comunidad, el Espíritu nos hace nacer de nuevo, como dice Jesús a Nicodemo, nos transforma en hombres y mujeres nuevos: generosos, alegres, libres, fuertes.

El Espíritu nos fortalece y enriquece con carismas para que, como los primeros discípulos, seamos testigos de Jesús en el mundo: “Recibiréis la fuerza del Espíritu para que seáis mis testigos”. Recibimos los dones del Espíritu no sólo para nosotros, sino para cumplir nuestra misión de ser sal, fermento y luz en el mundo, para que sembremos con generosidad las semillas del bien, para que construyamos el Reino.

Hoy celebramos que se ha cumplido ya lo que Jesús nos ha dicho, que con el Espíritu se nos da a conocer que somos amados por Dios como hijos, que podemos amar a Dios como a un Padre, que todos podemos vivir como hermanos, como hijos de Dios.

Pidamos: ¡Ven Espíritu Santo y transfórmanos, como transformaste a tus discípulos!

lunes, 13 de mayo de 2024

 

PENTECOSTÉS (CICLO B)


Hoy, al cumplirse las siete semanas de la Pascua celebramos la fiesta de Pentecostés, con la cual terminamos el tiempo litúrgico pascual. Al celebrar hoy el día de Pentecostés, estamos celebrando el día de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la Iglesia.  El Espíritu es el mayor regalo que el Padre ha hecho a los hombres por medio de Cristo. Esto nos compromete a vivir nuestra fe, a mantener la esperanza, a ser fuertes en la dificultad.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta el cambio radical que se dio en los Apóstoles cuando bajó sobre ellos el Espíritu Santo.

Al recibir el Espíritu Santo en forma de lenguas, los apóstoles comenzaron a hablar una lengua que todos entendían.  Pentecostés es lo contrario de Babel.  Sólo con el don del Espíritu Santo los hombres podemos hablar una sola lengua, la lengua del amor.  La lengua de Pentecostés es la oposición a la lengua del orgullo y de la soberbia que es la lengua de Babel.

La otra imagen por la cual se hace visible el Espíritu Santo en Pentecostés es el fuego.  Jesús ya lo había anunciado diciendo: “He venido a traer fuego a la tierra, y cuanto deseo que ya esté ardiendo”.  Ese fuego es el amor, el amor del corazón de Cristo, ese fuego es el que tenían los primero cristianos, por eso cuando la gente los veía exclamaban: “Mirad como se aman”.  Si queremos que el Reino de Dios se haga presente, si queremos neutralizar el egoísmo tanto individual como colectivo, si queremos que cese la violencia, debemos dejarnos invadir por el Espíritu Santo para poder amar con dichos y hechos.

La tercera forma de manifestarse el Espíritu Santo en Pentecostés fue el viento.  El aire puede ser suave como brisa que acaricia y fuerte como un huracán violento.  Así es el amor, es suave viento que acaricia y vendaval que arrastra.  Hay que dejar de vivir encerrado en uno mismo para dejar que actúe el lenguaje del Espíritu Santo que es el lenguaje del amor.

La 2ª lectura de la 1ª  carta de san Pablo a los Corintios nos hablaba de la diversidad de servicios dentro de la Iglesia, pero todos son para el bien común.

Los dones que tenemos son un regalo gratuito de Dios.  Los hemos recibido no para que los guardemos, sino para ponerlos al servicio de la comunidad.

Todos somos miembros del cuerpo de Cristo, pero al igual que ocurre en el cuerpo humano, cada miembro desempeña una función.  Sin la colaboración de todos los miembros un cuerpo no puede funcionar. Si un miembro se echa para atrás o se resiente, todos sufren. Así es la Iglesia. En ella todos somos importantes, por ello es urgente que los laicos, que son la mayoría de los cristianos, encuentren su lugar y su carisma dentro de la Iglesia.  Pero para ello el laico tiene que abandonar su pasividad y participar plenamente en la vida de su comunidad.

En el Evangelio de san Juan vemos a Jesús soplando sobre los apóstoles y diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo” “Se llenaron todos del Espíritu Santo”.

El Espíritu Santo es luz y quiere entrar en nuestras almas, busca hacerse huésped dentro de nuestro corazón para llenarnos de su amor y de su fuerza. Es fuente de vida y del mayor consuelo, es tregua, es brisa, es gozo que enjuga nuestras lágrimas y nos reconforta en nuestros duelos.

Hoy también es Pentecostés para nosotros, pues viene a nuestro interior el Espíritu. Debemos dejar a un lado nuestras sospechas y recelos, quitar los temores y las suspicacias y abrir las puertas y ventanas de nuestro ser.

El Espíritu es para nuestra alma como el sol y el agua para la tierra, si nos falta quedamos estériles, nos deshacemos por dentro. Sin el Espíritu, la sociedad se convierte en cuartel de guerra y en lucha de poderes, en una batalla en la que ganan los más fuertes, los que mejor mienten, los que abusan de sus recursos.

Una sociedad donde falta el Espíritu será una sociedad desigual y radicalmente injusta, en la que no tendrán cabida ni los más débiles, ni los más pobres, ni los menos afortunados, ni los más sencillos.

El Espíritu nos pone en movimiento para crear vida y formar nuevas comunidades llenas de unidad y armonía. Jesús sabe que la misión es difícil porque no luchamos contra enemigos de carne y hueso, sino contra estructuras de opresión e injusticia. Por eso nos regala su Espíritu para que quedemos llenos de su presencia, seamos capaces de enfrentar la dominación, de derribar la mentira y de quitar la oscuridad.

Si nuestro corazón está vacío, dejémonos llenar del Espíritu Santo y digámosle: Ven, Espíritu Santo, inúndame con tu poder y concédeme construir un mundo de paz y armonía.

lunes, 22 de mayo de 2023

 

PENTECOSTÉS (CICLO A)


Hoy celebramos el domingo de Pentecostés.  Con este domingo se cierran los 50 días de Pascua, dedicados por entero a celebrar el gozo y la resurrección de Cristo, y también celebrar la novedad de los bautizados y el comienzo de la Iglesia, animada por el Espíritu Santo.

El día de Pentecostés está marcado por la conmemoración de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles.  Es un día en el que la Iglesia dirige su atención de una manera especial a honrar a la tercera persona de la Trinidad.

La función del Espíritu Santo no es suceder a Cristo, ni suplantarlo.  Es “llevar a plenitud la obra de Cristo en el mundo”.  Corresponde al Espíritu asegurar la presencia invisible y perenne de Cristo y de su obra.  Por eso los apóstoles reciben el Espíritu Santo.  Ellos que estaban encerrados por miedo a los judíos, a través de la fuerza del Espíritu Santo son capaces de vencer ese miedo y salir al mundo a predicar el Evangelio, a predicar la novedad de Jesucristo.

El domingo de Pentecostés es “fiesta de la Iglesia”.  El acontecimiento que hoy celebramos marca el nacimiento de la Iglesia.

En la 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado como todos los que se encontraban en Jerusalén en esos días: medos, partos, elamitas, judíos, egipcios, libios, etc., todas esas personas, que hablaban idiomas diferentes, sin embargo eran capaces de entender a los apóstoles, porque los apóstoles hablaban un idioma internacional que es el amor, y el amor debe hablar de Dios, si no lo hace así, es que no es un amor verdadero.

El Espíritu que reciben los apóstoles es: luz, don, fuente de consuelo, huésped, descanso, tregua, brisa, gozo, aliento.

En la 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, San Pablo nos ha hablado también de los dones que reparte el Espíritu Santo.  Cada uno de nosotros tiene un oficio concreto que hacer dentro de la Iglesia, ninguno es más importante que otro, aunque son diferentes las funciones de cada uno, sin embargo, todos tienen la misma dignidad.

Cuando una comunidad se deja penetrar por el Espíritu Santo, en esta comunidad crece la unidad, esta unidad tan necesaria hoy día, para que podamos predicar el evangelio de Cristo a todas las personas.

En el Evangelio de san Juan vemos que Jesús se presenta en medio de sus discípulos, como lo había prometido: “me voy y volveré a vosotros”.  Atraviesa las puertas de la casa y las puertas internas del miedo de sus discípulos y les comunica a sus discípulos cuatro dones fundamentales: la paz, el gozo, la misión y el Espíritu Santo.

A los hombres se les reconoce y se les califica por el espíritu que les anima: El espíritu del poder anima al político, y sin él, posiblemente se quedaría tranquilamente en su casa. El espíritu de la competición anima al deportista y por él se entrena y se esfuerza. El espíritu del dinero y de la influencia anima al hombre de negocios.  El espíritu de la vanidad anima a una “estrella” a estar siempre de actualidad. E incluso, hay hombres y mujeres a los que calificamos diciendo: “no tienen espíritu”. Son los apáticos, los indiferentes, aquellos a los que resulta difícil saber cuál es el impulso que los anima, porque más bien parecen “inanimados”.

A los cristianos también se nos reconoce por el espíritu que tenemos.  Si un hombre o una mujer: eligen siempre el último lugar pudiendo estar en el primero por derecho propio, lo anima el Espíritu Santo. Si es amigo de la verdad y procura ser siempre sincero, tiene al Espíritu Santo con él. Si no hace distinción de personas y trata a todos por igual, está lleno del Espíritu Santo. Si cumple en su trabajo con responsabilidad y se alegra de que otros colaboren y no se siente molesto, el Espíritu Santo habita en él. Si colabora, buscando el bien de todos y no está pendiente de aplausos y felicitaciones, lo anima el Espíritu Santo. Si no duda en dar generosamente su tiempo y su dinero a los demás, para que sean un poco más felices, tiene al Espíritu Santo con él. Si ama al prójimo como a sí mismo, el Espíritu Santo habita en él.

Y si todo esto lo hace por Dios: estamos ante un cristiano al que anima el Espíritu Santo.

Pero, sinceramente: ¿cuántos cristianos hay así? Quizá no muchos. 

Podría decirse que estamos en una etapa semejante a la de los apóstoles en Pentecostés: miedosos, indiferentes, sin captar la gran misión para la que Cristo nos  ha elegido y nos ha llamado.

Por eso, la frase de Cristo: “Recibid el Espíritu Santo”, debe ser, una urgencia en  el camino de nuestro cristianismo. Nos hace falta la confirmación de nuestra fe. Nos hace falta vivir según Espíritu Santo.

lunes, 17 de mayo de 2021

 

PENTECOSTÉS (CICLO B)

Hoy, al cumplirse las siete semanas de la Pascua, estamos celebrando con gozo la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre la Iglesia.  Celebramos pues, la fiesta de Pentecostés y con esta fiesta, celebramos el nacimiento de la Iglesia.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y como éstos pasan del miedo a la valentía para dar testimonio de Jesús.

El Espíritu Santo transformó a los acobardado, discípulos que estaban encerrados por miedo a los judíos, en personas capaces de expresarse en diferentes idiomas y hacerse entender por todos.

El día de Pentecostés fue enviado el Espíritu Santo, en nombre de Dios Padre, para hacer posible el entendimiento entre las personas, a hacer realidad la fraternidad.  El orgullo, la soberbia, crean división entre las personas; el Espíritu crea comunión, cercanía, diálogo, fraternidad.  

El lenguaje por el cual se hicieron entender los apóstoles fue el lenguaje del amor, lenguaje que todos entienden y que todos deberíamos de practicar y hablar.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios nos dice que en cada uno de nosotros se manifiesta el Espíritu para el bien común; esa es la finalidad primera del Espíritu, el Bien Común; por eso dice que hay diversidad de dones, de servicios, de funciones, pero un mismo Espíritu.

Los cristianos formamos el Cuerpo de Cristo; en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común: todos somos necesarios para la comunión. Cuando entre nosotros no hay fraternidad, cuando entre nosotros hay división es señal de que no estamos dejando actuar al Espíritu, es señal de que estamos actuando por nuestra cuenta sin tener presente a Dios.

Por eso, no debemos de olvidarnos que “todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”.

El Evangelio de San Juan nos decía: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”.  Es la descripción de una comunidad que no ha experimentado el Espíritu de Jesús resucitado.  Por eso cuando lo experimentan y creen en Jesús resucitado “se llenaron de alegría”.  Alegría, gozo, paz, son dones del Espíritu Santo.  

Hoy nosotros podríamos preguntarnos por nuestros miedos.  Miedo, porque quizá somos pocos; miedo, porque parece que en nuestra sociedad vamos perdiendo influencia; miedo porque no vemos el camino claro; miedo porque tenemos pocas vocaciones.  ¡Cómo si no tuviéramos la fuerza del Espíritu!

“Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos”.  Este es el fuego del Espíritu, la llama del amor viviente.  Fuego que significa amor, amor fiel y exclusivo.  Fuego que es indomable e incontrolable.  El Espíritu Santo es “fuego que procede del fuego”.  El Espíritu Santo es el “Amor que procede del Amor”.

Pero pensemos: ¿Quién es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es nada menos que el Espíritu de Dios; es decir, el Espíritu de Jesús y el Espíritu del Padre. Él es la presencia de Dios en medio de nosotros los hombres. Es el regalo que recibimos de Jesús para hacernos partícipes de su vida.  Nosotros sabemos que el mejor regalo que podemos dar y recibir es el amor, el afecto.

¿Y dónde está el Espíritu Santo? 

Allí donde hay un corazón inocente, incapaz de engaño o maldad, allí está el Espíritu Santo.  Allí donde nace un amor sincero, sin trampa, limpio y alegre, allí está el Espíritu Santo. Allí donde la venganza se convierte en brisa suave y en perdón, allí está el Espíritu Santo.  Allí donde la indiferencia egoísta hacia el hermano se transforma en cálida acogida, allí está el Espíritu Santo.

Allí donde se toma una decisión heroica en la honda paz del corazón, allí está el Espíritu Santo. Allí donde una frase de la Escritura cien veces oída de repente adquiere un nuevo sentido, allí está el Espíritu Santo. Allí donde ni razas ni lenguas crean fronteras entre los hombres, allí está el Espíritu Santo.

¿Cuándo recibimos el Espíritu Santo?

Recibimos el Espíritu Santo en los sacramentos y también en otros muchos momentos en los que Cristo se hace presente en nuestra vida: en un rato de oración, en momentos alegres, momentos de enfermedad, de sufrimiento.

Esta fiesta de Pentecostés de hoy es una llamada a vivir más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros. Todos necesitamos el Espíritu. Sin el Espíritu, Cristo queda lejos, como un personaje de la historia, del pasado; sin el Espíritu el evangelio puede ser un libro maravilloso de literatura, pero letra muerta y nuestra misión evangelizadora queda reducida a simple propaganda, a palabras vacías, a organización sin vida. 

Necesitamos el Espíritu de Dios que nos enseñe a dialogar como hermanos. Que nos enseñe a entender el lenguaje del adversario. Necesitamos el Espíritu que nos ayude a saber que nadie puede dar un paso hacia la paz si no comprendemos que nuestro adversario es nuestro hermano.

lunes, 25 de mayo de 2020


PENTECOSTÉS (CICLO A)

Hoy termina el tiempo de Pascua.  Hemos dedicado 50 días a celebrar el gozo y la resurrección de Cristo.  Y culminamos este tiempo pascual con una gran fiesta: Pentecostés, la plenitud de la Pascua: la venida del Espíritu Santo a la Virgen y a los Apóstoles.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos recuerda lo que significó la venida del Espíritu Santo en la primera iglesia y lo que debe significar el Espíritu en la Iglesia de hoy.

El Espíritu Santo cuando vino sobre los apóstoles, se manifestó con el don de la “glosolalia”; es decir, que les dio la posibilidad a los apóstoles de hablar en distintos idiomas y de hacerse entender por todos.  Esto que sucedió el día de Pentecostés es lo contrario a lo que sucedió con la torre de Babel: Los hombres quisieron construir una torre tan alta que llegara al cielo para hacerle la competencia a Dios; pero Dios confundió sus lenguas, de modo que no podían entenderse.

El egoísmo, la envidia, la soberbia, no sólo alejan de Dios sino que nos separa a los hombres entre nosotros; se crea división entre las personas; nuestro lenguaje se hace incomprensible para los demás.

El día de Pentecostés, el Espíritu Santo viene a hacer posible el entendimiento entre las personas, a hacer realidad la fraternidad.  El lenguaje del Espíritu es el amor y el lenguaje del amor lo entiende todo el mundo.  El Espíritu hace que nos entendamos las personas, la división dificulta la presencia del Espíritu en nuestras vidas.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos dice que hemos recibido el Espíritu Santo para que vivamos unidos y a cada uno nos ha dado un don especial para ponerlo al servicio de la Iglesia, al servicio del bien común.

Cada uno de nosotros tiene un oficio concreto que hacer dentro de la Iglesia, ninguno es más importante que otro, aunque son diferentes las funciones de cada uno, sin embargo, todos tienen la misma dignidad.

Los dones que hemos recibido son para construir la unidad; por eso los dones que el Espíritu Santo nos da no son para ser utilizados en beneficio propio, sino que deben ser puestos al servicio de todos.

Cuando entre nosotros no hay fraternidad, cuando entre nosotros hay división es señal de que no estamos dejando actuar al Espíritu, es señal de que estamos actuando por nuestra cuenta sin tener presente a Dios.

El Evangelio de San Juan nos presenta a la comunidad cristiana reunida alrededor de Jesús resucitado. Esta comunidad pasa a ser una comunidad viva, sin miedo, a partir del momento que reciben al Espíritu Santo.

Hemos de cultivar nuestra amistad y relación con el Espíritu Santo.  Como bautizados, hemos de descubrir que tenemos, si vivimos en gracia, un “dulce huésped” en nuestro corazón que es el Espíritu Santo y somos templos vivos del Espíritu Santo.

Hoy deberíamos decir: “¡Ven, Espíritu Santo, fuerza y energía!” porque hay muchos cristianos que se encuentran cansados y no quieren recorrer el camino de Jesús.  Hay muchos cristianos que han perdido la esperanza y necesitan nuevas ilusiones para superar todos sus miedos.  Ven, Espíritu Santo para que seamos una Iglesia viva y atenta a los lamentos de nuestro pueblo.

“¡Ven, Espíritu Santo, bálsamo y consuelo!” porque hay muchos hombres y mujeres que viven tristes, que vive con dolor porque han perdido la alegría.  Ven, Espíritu Santo para que enciendas el fuego de nuestro entusiasmo y que todos gocemos la alegría de vivir.  Que nuestro pesimismo se transforme en una búsqueda sincera de soluciones a los problemas que hoy oprimen al hombre.  Ven, Espíritu Santo para que veamos las luces para descubrir el camino que nos lleva a la luz plena.

“¡Ven, Espíritu Santo, lenguaje y palabra!”, porque las fronteras, las discriminaciones y las diferencias han dividido a los pueblos. Los hombres ya no se llaman hermanos y se miran como rivales y enemigos. Reúnenos en un solo pueblo donde se superen las divisiones y donde la Palabra y el Amor de Dios Padre nos unan. Que sea posible amarnos a pesar de nuestras diferencias, caprichos y egoísmos. Que sea posible respetarnos descubriendo, más allá de los rostros y los vestidos, a personas con derechos, con oportunidades, con dignidad. Que sea posible encontrar reconciliación, paz y armonía.

“¡Ven, Espíritu Santo, Padre de los pobres!” porque los desheredados se sienten huérfanos y perdidos, porque por un trozo de pan quieren comprar sus conciencias, porque tienen que vender cuerpo y alma para poder subsistir, porque se sienten engañados y olvidados. Renueva sus ilusiones y alienta sus deseos, muéstrales que es posible construir el Reino que inspiraste a Jesús y que hoy tenemos que hacer realidad. 

Pentecostés debe ser un grito suplicando la venida del Espíritu Santo para que dejemos nuestra comodidad y nos involucremos en un verdadero compromiso con Dios y con nuestros hermanos.

Que realmente abramos nuestro corazón a la presencia y acción del Espíritu en nuestro corazón, en nuestra familia y en nuestra Iglesia. También para nosotros son las palabras de Jesús: “Recibid al Espíritu Santo”.