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lunes, 22 de junio de 2026

 



Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la vida y las condiciones necesarias para seguir a Jesús.

La 1ª lectura, del 2° libro de los Reyes,  nos muestra cómo todos podemos colaborar en la realización del proyecto salvador de Dios.  Unos pueden colaborar de forma directa como el profeta Eliseo; otros indirectamente como la mujer de Sunem.  Todos tenemos un papel que desempeñar en la Iglesia, todos tenemos que colaborar para que Dios se haga presente en el mundo.

La mujer de Sunem acoge al profeta como si del mismo Dios se tratara.  Es una acogida extraordinaria.  La recompensa también es extraordinaria: para una mujer hebrea la mayor desgracia era no darle ningún hijo a su marido.  El Señor da este premio a la sunamita:El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”. 

Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente todo lo que se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que redime y salva.

Hoy podemos preguntarnos: ¿premia Dios en esta vida nuestros esfuerzos y sacrificios por los demás? La respuesta es sí.  Dios es un Dios de vivos y por tanto es Señor de la vida cotidiana.  No hay que esperar al tiempo futuro para esperar su premio.  La alegría, la limpieza de corazón, el amor a los demás, ya son regalos de Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Romanos, nos habla del bautismo.  Por medio del bautismo la vida de divina está en nuestro interior. Esa vida divina tiene que ir creciendo en nosotros hasta hacerse expresión en nuestros pensamientos y en nuestras obras, así se manifestará la resurrección y daremos muerte en nosotros al pecado.

¿Para qué nos bautizamos?  Para ser cristianos y ser cristianos es vivir una vida nueva y renunciar al pecado.  Pecar significa cerrarse en uno mismo y rechazar a Dios y a los demás.  “Pecar” es rechazar la comunión con Dios e ignorar, conscientemente, sus propuestas.

No podemos ignorar que el pecado existe, existe porque el pecado es el egoísmo que genera injusticia y explotación; es el orgullo que genera conflicto y división; es la venganza que genera violencia y muerte.

Lo que se le pide al cristiano es que renuncie a esta realidad y oriente su vida de acuerdo con los criterios  y los valores de Jesús.

En el evangelio de hoy de san Mateo, ¡Jesús no nos lo pone fácil!  El evangelio de hoy empieza con unas frases muy fuertes: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”.

¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella?

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él quiere, lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, por encima de todo.

¿Qué querría decir, por ejemplo, amar al padre o a la madre más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo de aquel hijo que ve que podría dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar en un grupo cristiano, y no lo hace porque sus padres lo quieren todo el día a su lado. Los padres no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de Jesús.

¿Y que querría decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades.

O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que “esto es perder el tiempo en tonterías”.

Estos son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia.  Hay algo que está por encima de la familia: el reino de Dios y su justicia.

lunes, 24 de junio de 2024

 

XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Es evidente que en nuestro mundo, en nuestras familias, existen problemas y sufrimientos, unas veces debidos a la pobreza, otras a la enfermedad y a la muerte. De estas tres cosas nos va a hablar hoy la Palabra de Dios para ofrecernos un rayo de luz, de esperanza y de consuelo.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, nos dice que Dios no hizo la muerte, ni la quiere, sino que la muerte entró en el mundo por envidia del diablo.

A menudo, quizá decimos  -pensando que hablamos muy cristianamente-  cosas como estas: “Dios le ha enviado una enfermedad”, “esta enfermedad es una prueba de Dios”.  O, hablando de la muerte, quizá decimos: “Dios lo ha llamado”, “Dios lo ha querido con Él”.  Pensamos que hablamos de un modo muy cristiano, muy piadoso, pero nos equivocamos.  Porque como nos decía la 1a. lectura de hoy: “DIOS no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera”.  Más aún, la 1a. lectura también decía: “as criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte”.

Según el lenguaje popular del Antiguo Testamento, fue el diablo el que introdujo este veneno de muerte en la creación.  Dios es el autor de la vida y quiere la vida para todos los hombres y mujeres.  Dios no dijo: “Hágase la muerte” “Hágase la enfermedad”.  Según el Antiguo Testamento es el diablo el causante.

La muerte o la enfermedad no la envía Dios; lo que hace Dios, nuestro Padre que ama la vida, es ayudarnos a sobrellevar estos males que Él no quiere.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios, es una invitación a ser solidarios con quienes tienen necesidad.

San Pablo organiza una colecta en favor de los cristianos de Jerusalén que se encontraban pasando escasez debido a las malas cosechas en el año anterior, “año sabático”, en que los judíos no sembraban, pues debían dejar descansar la tierra.

San Pablo recuerda a los que tienen más que su abundancia remediará las carencias de los que tienen menos. Y que los que no tienen en algún momento ayudarán a los que ahora tienen. Sin duda esto puede ser interpretado como aquel dicho popular: “hoy por ti, mañana por mí”. Pero también se trata de que el compartir con los que poco tienen en bienes materiales, enriquece con gracias espirituales a los que sí tienen bienes materiales. Es así como el ejercicio de la solidaridad enriquece espiritualmente al que da, porque de esa manera “guarda tesoros para el cielo”.

Y para estimular a los Corintios y a nosotros a ser generosos, San Pablo nos recuerda cómo Cristo, “siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza”.

El Evangelio de san Marcos nos presenta a Jesús curando una mujer y a una niña.

Jesús no discrimina a nadie, no hace distinciones, atiende a todos por igual. Todos los seres humanos tenemos la misma dignidad, todos somos hijos del mismo Dios.

Es cierto que cada día se va despertando más la conciencia sobre el derecho de las mujeres a llevar una vida con dignidad, pero aún existen muchas injusticias, violencia, agresiones hacia la mujer, y sobre todo la violencia de género sigue siendo una de las vergüenzas de nuestra sociedad.

Somos aún poco conscientes de todo el sufrimiento y tantas tragedias como sufre la mujer.  Que poco valoramos a todas esas mujeres que se dedican a las tareas del hogar.  Ante un mismo trabajo, la mujer percibe, normalmente, un salario menor que el hombre.

Qué decir de la publicidad sexista, verdadera ofensa a la mujer, de la que aún parece que no se ha tomado conciencia en nuestra sociedad y particularmente en los medios de comunicación social.

Los gobiernos fundamentalistas someten a la mujer a muchísimas vejaciones: matrimonios forzados, lapidaciones, etc., muchas llegan a ancianas tras una vida de mucho dolor.  En los países latinoamericanos se explota a las mujeres mediante la prostitución, la trata de blancas y trabajos inhumanos.

En el mundo de hoy, las grandes conquistas que han conseguido las mujeres han sido porque ellas las han exigido, las han conquistado a veces con riesgos hasta de su vida.

Jesús, alaba el valor de esta mujer que se acerca a Él pidiendo su curación, y la de este padre preocupado por la salud de su hija. No podemos dudar que mirará también con buenos ojos todos los esfuerzos de las mujeres por restablecer la justicia, por conseguir la dignidad a la que tienen derecho, y también cuanto hagamos todos por restablecerles en su dignidad de personas y por ayudar a vivir a todos los que tienen derecho a ello.

lunes, 26 de junio de 2023

 

XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la vida y las condiciones necesarias para seguir a Jesús.

La 1ª lectura, del 2° libro de los Reyes, nos muestra cómo todos podemos colaborar en la realización del proyecto salvador de Dios.  Unos pueden colaborar de forma directa como el profeta Eliseo; otros indirectamente como la mujer de Sunem.  Todos tenemos un papel que desempeñar en la Iglesia, todos tenemos que colaborar para que Dios se haga presente en el mundo.

La mujer de Sunem acoge al profeta como si del mismo Dios se tratara.  Es una acogida extraordinaria.  La recompensa también es extraordinaria: para una mujer hebrea la mayor desgracia era no darle ningún hijo a su marido.  El Señor da este premio a la sunamita: “El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”. 

Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente todo lo que se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que redime y salva.

Hoy podemos preguntarnos: ¿premia Dios en esta vida nuestros esfuerzos y sacrificios por los demás? La respuesta es sí.  Dios es un Dios de vivos y por tanto es Señor de la vida cotidiana.  No hay que esperar al tiempo futuro para esperar su premio.  La alegría, la limpieza de corazón, el amor a los demás, ya son regalos de Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Romanos, nos habla del bautismo.  Por medio del bautismo la vida de divina está en nuestro interior. Esa vida divina tiene que ir creciendo en nosotros hasta hacerse expresión en nuestros pensamientos y en nuestras obras, así se manifestará la resurrección y daremos muerte en nosotros al pecado.

¿Para qué nos bautizamos?  Para ser cristianos y ser cristianos es vivir una vida nueva y renunciar al pecado.  Pecar significa cerrarse en uno mismo y rechazar a Dios y a los demás.  “Pecar” es rechazar la comunión con Dios e ignorar, conscientemente, sus propuestas.

No podemos ignorar que el pecado existe, existe porque el pecado es el egoísmo que genera injusticia y explotación; es el orgullo que genera conflicto y división; es la venganza que genera violencia y muerte.

Lo que se le pide al cristiano es que renuncie a esta realidad y oriente su vida de acuerdo con los criterios y los valores de Jesús.

En el evangelio de hoy de san Mateo, ¡Jesús no nos lo pone fácil!  El evangelio de hoy empieza con unas frases muy fuertes: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”.

¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella?

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él quiere, lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, por encima de todo.

¿Qué querría decir, por ejemplo, amar al padre o a la madre más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo de aquel hijo que ve que podría dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar en un grupo cristiano, y no lo hace porque sus padres lo quieren todo el día a su lado. Los padres no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de Jesús.

¿Y que querría decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades.

O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que “esto es perder el tiempo en tonterías”.

Estos son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia.  Hay algo que está por encima de la familia: el reino de Dios y su justicia.

lunes, 20 de junio de 2022

 

XIII DOMINGO ORDINARIO(CICLO C)


La liturgia de hoy nos habla de elección, de libertad y de seguimiento.  Dios cuenta con nosotros para transformar y salvar al mundo, y nos invita a responder a esa llamada con una total disponibilidad.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos ha hablado de la elección de Eliseo por parte de Dios.

Dios no solamente llama a unos hombres privilegiados, Dios nos llama a cada uno de nosotros a ponernos a su disposición para cumplir con la misión que Él nos quiere confiar.

Lo primero que debe hacer un cristiano es ponerse al servicio de Dios.  Muchas veces los cristianos estamos acostumbrados a jugar con la palabra que damos a Dios, estamos habituados a que no haya seriedad en nuestras relaciones con Él.  Hoy le decimos con la boca que lo seguiremos, y mañana, en la primera ocasión, con nuestra vida, le decimos que no, como si la palabra que le damos a Dios no valiese.

Son las posturas ambiguas o las medias tintas de tantos cristianos.  Seguir a Dios es una cosa seria y radical

La 2ª lectura de San Pablo a los Gálatas nos habla hoy de la libertad cristiana.

Cristo nos ha liberado de la esclavitud y quiere que seamos libres.  Sin embargo, ¡cuánta esclavitud contemplamos hoy en tantos seres humanos!  ¿Qué hemos hecho con el bautismo que nos ha liberado de la esclavitud del pecado?

Hoy día, se habla mucho de libertad, tanto a nivel personal como a nivel de pueblos.  Pero no siempre entendemos correctamente la palabra libertad y mucho menos sabemos vivirla o practicarla.  Muchos confunden libertad con libertinaje, porque creen que la libertad es hacer todo lo que quiero sin respetar a nada ni a nadie, y esto no es libertad es libertinaje.  Usamos la libertad para nuestro egoísmo, sin importarnos los demás.

San Pablo, hoy, nos recuerda que somos totalmente libres cuando amamos, es el amor lo que nos hace libres.

La libertad es necesaria para realizarnos como personas; pero mal manejada puede llevarnos a ser esclavos.  Hay personas que le tienen miedo a la libertad.  Pero no podemos suprimir la libertad porque sería un atentado; tampoco podemos renunciar a la libertad, pero tampoco podemos abusar de la libertad.  No olvidemos lo que nos dice san Pablo: la verdadera libertad es para amar.  “Ama y haz lo que quieras”, decía san Agustín.

En el evangelio de San Lucas, vemos a Jesús que tomó la decisión de subir a Jerusalén.  Es un acto libre y muy pensado. Y este camino que emprende no tiene vuelta atrás. Su decisión es firme. Nada ni nadie le va a impedir alcanzar su objetivo.

Y en seguida empiezan las dificultades. Los samaritanos no le dan acogida porque se dirige a Jerusalén. Y los discípulos se enfadan. Es el rechazo de la hospitalidad. Y, furiosos, quieren que reciban un merecido castigo. Reclaman que caiga fuego del cielo sobre el pueblo que no los acoge.

Pero la misión de Jesús no es la venganza, y por eso los regaña. Y les dice que la venganza, tan presente en las personas, no es el camino del cristiano.

La violencia, el odio y el terrorismo a menudo hacen nacer en nuestro corazón el deseo de venganza. E incluso hemos dicho o hemos oído decir alguna vez: “¡Ojalá Dios los cas­tigue!”, cuando nos encontramos impotentes ante los males causados por ciertas personas. Si escuchamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, seguramente alguna vez, también escucharemos su regaño cuando algunos de nuestros sentimientos nos pueden conducir a tomar decisiones vengativas y muy contrarias al evangelio.

Pero el evangelio también nos hablaba de seguir al Señor. Él nos invita a seguir su camino y a ser constantes en la vocación.

Hoy nuevamente hemos escuchado en nuestro corazón su invitación dirigida a cada uno de nosotros: “Sígueme”. Su seguimiento comporta exigencias, pero, por otra parte, nos ofrece poder sentirnos acompañados por la calidez y la ternura de su amor.

Él quiere una decisión firme. Quiere una plena entrega y dedicación. Quiere que no miremos atrás. Quiere que no echemos de menos el pasado. 

¡Ojalá hoy, en esta Eucaristía, sintamos de nuevo la llamada de Dios y le digamos de todo corazón que Sí queremos seguirlo!

lunes, 21 de junio de 2021

 

XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son un canto a la vida y nos presentan a Dios apasionado por la vida y a Jesús como el Señor de la vida.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos explica el origen de la muerte.  Dios creó al hombre inmortal, la muerte es una consecuencia del pecado, y “de la envidia del diablo”, no de Dios.

Demasiadas veces oímos decir que hemos nacido para morir. Y no es verdad. Hemos nacido para vivir en plenitud. Dios ha hecho al hombre y la mujer para que vivan de verdad. Para que superen, incluso el mal trago de la muerte, como un episodio pasajero. 

Si vivimos con Dios y para Dios, la muerte física es sólo un paso más para la eternidad, para vivir para siempre en el infinito gozo y felicidad de la vida con Dios y en Dios.  Y esa felicidad será eterna: para siempre.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de solidaridad.

San Pablo organiza una colecta a favor de los cristianos de Jerusalén que se encontraban pasando escasez debido a las malas cosechas en el año anterior, “año sabático”, en que los judíos no sembraban, pues debían dejar descansar la tierra.

Los que tienen más medios económicos deben ayudar a los que menos tienen.  Y los que no tienen, algún día podrán ayudar a los que ahora si tienen.  Sin duda esto puede ser interpretado como aquel dicho popular: “hoy por ti, mañana por mí”.  Cuando compartimos con los que menos tienen, estamos enriqueciendo con gracias espirituales a los que sí tienen.  La solidaridad enriquece espiritualmente al que da, porque de esa manera “guarda un tesoro para el cielo”

Y para estimular a los Corintios y a nosotros a ser generosos, San Pablo nos recuerda cómo Cristo, “siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza”. 

El Evangelio de san Marcos nos presenta a Jesús curando a una niña y a una mujer.

En tiempo de Jesús, las mujeres eran uno de los grupos sociales más olvidados, más despreciados de la sociedad judía.  Jesús rompe con esos condicionamientos sociales y le devuelve la salud, la dignidad, el gozo de vivir a esta mujer y a esta niña.

Es cierto que en nuestra sociedad se va despertando una sensibilidad colectiva sobre el derecho de las mujeres a realizar su vida con plena dignidad, también somos más conscientes de las injusticias, la violencia, y las agresiones que la mujer padece. La violencia de género sigue siendo una de las vergüenzas de nuestra sociedad.

Somos aún poco conscientes del sufrimiento oculto y de la tragedia de tantas mujeres frustradas en su ser más íntimo. Mujeres perdidas, olvidadas en el anonimato de los hogares y de las labores caseras cuya dedicación y entrega apenas se valora.

A muchas mujeres se les paga un menor salario que a los hombres y padecen tantas injusticias que ni las leyes civiles contemplan esos atropellos contra la dignidad de la mujer.

No digamos la manipulación de la publicidad que utiliza a la mujer como mero objeto de placer y como un símbolo sexual y cómo fomentan los medios de comunicación este tipo de publicidad.

Cuantos países fundamentalistas someten a la mujer a duros maltratos con matrimonios forzados, y ropas que tapan por completo el rostro de la mujer.  Hay países donde a la mujer infiel se la lapida.

Aún hoy existen la explotación de la mujer mediante la prostitución y el turismo sexual.

En el mundo de hoy, las grandes conquistas que han conseguido las mujeres han sido porque ellas se han arriesgado, las han exigido, las han conquistado a veces con riesgos hasta de su vida, la historia lo atestigua. Es así nuestro mundo y es así el egoísmo de quienes se sienten protegidos por unas leyes que discriminan a la mujer.

Jesús alaba el coraje de esta mujer que se acerca a Él y pide su curación, y alaba a este padre preocupado por la salud de su hija.  Jesús alaba a toda persona que trabaje por la dignidad de todos los seres humanos, por la igualdad del hombre y de la mujer.

Nuestro deber es defender, ayudar a que todo ser humano tenga una vida digna.  Esto es lo que Jesús nos recuerda hoy con estas curaciones a estas dos mujeres.

lunes, 22 de junio de 2020

                 XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos ponen delante el tema de la vida y las condiciones necesarias para seguir a Jesús. 

La 1ª lectura, del 2° libro de los Reyes, nos muestra cómo todos podemos colaborar en la realización del proyecto salvador de Dios.  Unos pueden colaborar de forma directa como el profeta Eliseo; otros indirectamente como la mujer de Sunem.  Todos tenemos un papel que desempeñar en la Iglesia, todos tenemos que colaborar para que Dios se haga presente en el mundo. 

La mujer de Sunem acoge al profeta como si del mismo Dios se tratara.  Es una acogida extraordinaria.  La recompensa también es extraordinaria: para una mujer hebrea la mayor desgracia era no darle ningún hijo a su marido.  El Señor da este premio a la sunamita: “El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo”.   

Dios no se deja ganar en generosidad. Paga con creces todo lo que el hombre hace por su amor divino. Sobre todo premia abundantemente todo lo que se hace por sus enviados, por sus profetas, por sus sacerdotes, por todos los que se consagran a Dios y han recibido la misión de anunciar, incansablemente, el mensaje que redime y salva. 

Hoy podemos preguntarnos: ¿premia Dios en esta vida nuestros esfuerzos y sacrificios por los demás?  La respuesta es sí.  Dios es un Dios de vivos y por tanto es Señor de la vida cotidiana.  No hay que esperar al tiempo futuro para esperar su premio.  La alegría, la limpieza de corazón, el amor a los demás, ya son regalos de Dios. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Romanos, nos habla del bautismo.  Por medio del bautismo la vida de divina está en nuestro interior. Esa vida divina tiene que ir creciendo en nosotros hasta hacerse expresión en nuestros pensamientos y en nuestras obras, así se manifestará la resurrección y daremos muerte en nosotros al pecado. 

¿Para qué nos bautizamos?  Para ser cristianos y ser cristianos es vivir una vida nueva y renunciar al pecado.  Pecar significa cerrarse en uno mismo y rechazar a Dios y a los demás.  “Pecar” es rechazar la comunión con Dios e ignorar, conscientemente, sus propuestas.  

No podemos ignorar que el pecado existe, existe porque el pecado es el egoísmo que genera injusticia y explotación; es el orgullo que genera conflicto y división; es la venganza que genera violencia y muerte.  

Lo que se le pide al cristiano es que renuncie a esta realidad y oriente su vida de acuerdo con los criterios y los valores de Jesús.  

En el evangelio de hoy de san Mateo, ¡Jesús no nos lo pone fácil!  El evangelio de hoy empieza con unas frases muy fuertes: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”. 

¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella? 

Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Lo que Él quiere, lo que Él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a Él, a su Evangelio, por encima de todo. 

¿Qué querría decir, por ejemplo, amar al padre o a la madre más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo de aquel hijo que ve que podría dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar en un grupo cristiano, y no lo hace porque sus padres lo quieren todo el día a su lado. Los padres no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de Jesús. 

¿Y que querría decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a Jesús? Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades.  

O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que “esto es perder el tiempo en tonterías”. 

Estos son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia.  Hay algo que está por encima de la familia: el reino de Dios y su justicia.

 


martes, 25 de junio de 2019

XIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

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XIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
 
La liturgia de hoy nos habla de elección, de libertad y de seguimiento.  Dios cuenta con nosotros para transformar y salvar al mundo, y nos invita a responder a esa llamada con una total disponibilidad. 
La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos ha hablado de la elección de Eliseo por parte de Dios.
 
Dios no solamente llama a unos hombres privilegiados, Dios nos llama a cada uno de nosotros a ponernos a su disposición para cumplir con la misión que Él nos quiere confiar.
 
Lo primero que debe hacer un cristiano es ponerse al servicio de Dios.  Muchas veces los cristianos estamos acostumbrados a jugar con la palabra que damos a Dios, estamos habituados a que no haya seriedad en nuestras relaciones con Él.  Hoy le decimos con la boca que lo seguiremos, y mañana, en la primera ocasión, con nuestra vida, le decimos que no, como si la palabra que le damos a Dios no valiese.
 
Son las posturas ambiguas o las medias tintas de tantos cristianos.  Seguir a Dios es una cosa seria y radical.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Gálatas nos habla hoy de la libertad cristiana.

Cristo nos ha liberado de la esclavitud y quiere que seamos libres.  Sin embargo, ¡cuánta esclavitud contemplamos hoy en tantos seres humanos!  ¿Qué hemos hecho con el bautismo que nos ha liberado de la esclavitud del pecado?
 
Hoy día, se habla mucho de libertad, tanto a nivel personal como a nivel de pueblos.  Pero no siempre entendemos correctamente la palabra libertad y mucho menos sabemos vivirla o practicarla.  Muchos confunden libertad con libertinaje, porque creen que la libertad es hacer todo lo que quiero sin respetar a nada ni a nadie, y esto no es libertad es libertinaje.  Usamos la libertad para nuestro egoísmo, sin importarnos los demás.
 San Pablo, hoy, nos recuerda que somos totalmente libres cuando amamos, es el amor lo que nos hace libres.
 

La libertad es necesaria para realizarnos como personas; pero mal manejada puede llevarnos a ser esclavos.  Hay personas que le tienen miedo a la libertad.  Pero no podemos suprimir la libertad porque sería un atentado; tampoco podemos renunciar a la libertad, pero tampoco podemos abusar de la libertad.  No olvidemos lo que nos dice san Pablo: la verdadera libertad es para amar.  “Ama y haz lo que quieras”, decía san Agustín.
 
El Evangelio de san Lucas nos muestra a Jesús de viaje a Jerusalén.  Los samaritanos no lo quieren recibir porque negaban la hospitalidad a los judíos. La reacción de Santiago y Juan es: “Señor, ¿quieres que mandemos fuego del cielo y acabemos con ellos?” Jesús reprende con firmeza la violencia y los invita a irse a otra aldea.
 
Jesús siempre rechazó la violencia.  La vida del Señor siempre fue un llamado a resolver los problemas sin acudir a la violencia.  Hoy, nosotros, estamos tan acostumbrados a la violencia que no nos damos cuenta de la violencia que hay en nuestro interior.  No es suficiente con condenar la violencia del mundo hay que luchar contra nuestra violencia interior.
 
La violencia la tenemos todos muy dentro, nos puede parecer la respuesta normal a las agresiones de la vida.  La violencia nos puede parecer tan natural porque en nuestra sociedad somos educados en la violencia de la competencia por llegar a los puestos de privilegio, por la lucha de mercado; desde pequeños nos educan a conseguir los primeros lugares, en lugar de educarnos en la solidaridad, en trabajar en metas comunes.
 
La historia que se enseña es la historia de guerras.  Se nos hace creer que las armas son el único medio eficaz para conseguir y construir una sociedad en paz.  Es una equivocación creer que el mal se puede detener con el mal, la muerte con la muerte, la injusticia con la injusticia.

 

La violencia siempre tiende a destruir. Por ello, Jesús nos urge a terminar con la violencia, empezado con la violencia que llevamos dentro de nosotros.
 
Como cristianos hemos de comprometernos por la cultura de la no-violencia si queremos ser fieles a Jesús que rechazó la reacción violenta de los discípulos.