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lunes, 17 de febrero de 2025

 

VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


En este domingo, las lecturas nos invitan a reconocer la dignidad de Hijos de Dios y por tanto dignos de ser amados tal como Dios los ama, a todas las personas, incluso a aquellas personas que nos insultan y persiguen y que consideramos despreciables por su forma de ser  o de actuar.

Estamos llamados a amar a todos los hijos de Dios. A ser misericordiosos, incluso con los que no lo son, porque Dios ama y es justo incluso con los que no lo aman.

La 1ª lectura del Primer libro de Samuel nos presenta el ejemplo de David.  David tenía la posibilidad de matar a su enemigo Saúl, en cambio, en lugar de matarlo, escoge perdonarlo.

La violencia se ha adueñado de nuestras vidas, de la historia de la humanidad.  En los últimos 100 años hemos conocido dos guerras mundiales y muchísimas pequeñas guerras por todas partes.  Como resultado, han muerto y siguen muriendo, muchos millones de seres humanos y el sufrimiento de muchas familias.  Existe también el miedo de una guerra nuclear y vemos diariamente en las noticias la violencia por todas partes y la violencia dentro de la propia familia.

La violencia no puede ser la solución para construir un mundo en paz, no puede ser la solución para solucionar los conflictos tanto personales como mundiales. No podemos aplicar la ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente.  Hay que aprender a perdonar, a amar. 

La vida humana es sagrada y no tenemos derecho a quitársela a nadie.  Por ello, en ningún caso se justifica ni podemos estar de acuerdo con la pena de muerte. 

Tenemos el derecho de exigir justicia cuando nos han causado algún daño y esto está bien, pero si sabemos perdonar al que nos ha causado ese daño, habremos actuado como auténticos cristianos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos sigue hablando, como el domingo pasado, de la resurrección de Cristo y de la nuestra.

Somos imagen del hombre terreno, pero estamos llamados a ser imagen del hombre celestial.  Por eso no hemos nacido para quedarnos aquí en la tierra sino para ir un día al cielo.  El hombre ha soñado siempre con ser un superhombre, pero el despertar de este sueño ha sido siempre trágico.  Los nazis quisieron crear un superhombre y para ello mataron a 6 millones de judíos.

Sin embargo, Cristo, que es el último Adán, nos garantiza este sueño no de ser superhombres, sino algo mejor: hombres celestiales.  Con la resurrección, Dios nos garantiza que vamos a ser transformados y vamos a vivir una nueva vida no como hombres terrenales sino como hombres celestiales.

En el Evangelio de san Lucas, vemos como Jesús, nos invita hoy a amar a nuestros enemigos, a poner la otra mejilla, a perdonar siempre y a devolver con bien el mal que nos hagan. 

¿Por qué tanta gente vive descontenta? ¿Por qué tantos hombres y mujeres encuentran la vida monótona, superficial, indiferente? ¿Por qué se enojan en medio de su bienestar? ¿Qué les falta para encontrar de nuevo la alegría de vivir?

Quizás la existencia de muchos cambiaría y adquiriría otro color y otra vida, sencillamente si aprendieran a amar gratis a alguien.  El hombre está llamado a amar desinteresadamente. Y si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar.

Hoy escuchamos a Jesús que dice: “Haced el bien… sin esperar nada”. Esto puede  ser el secreto de la vida. Lo que puede devolvernos la alegría de vivir.

Es fácil terminar sin amar a nadie en la vida.  Hay muchas personas que dicen: no hago daño a nadie. No me meto en los problemas de los demás. Respeto los derechos de los otros. Vivo mi vida.

Pero eso, ¿es vida? Despreocupado de todos, reducido a mi trabajo, mi profesión o mi oficio, ajeno a los problemas de los demás, ajeno a los sufrimientos de la gente, me encierro en mí mismo, me aíslo de todo. ¿Para qué? ¿Para encontrar mi felicidad?

Vivimos en una sociedad en donde es difícil aprender a amar gratuitamente. En casi todo nos preguntamos: ¿Para qué sirve? ¿Es útil? ¿Qué gano con esto? Todo lo calculamos y lo medimos.

Nos hemos hecho a la idea de que todo se obtiene “pagando”: alimentos, vestido, vivienda, transporte, diversión. Y así corremos el riesgo de convertir todas nuestras relaciones en un puro intercambio de servicios.

Pero, el amor, la amistad, la acogida, la solidaridad, la cercanía, la intimidad, la lucha por el débil, la esperanza, la alegría interior… no se obtienen con dinero. Son algo gratuito, que se ofrece sin esperar nada a cambio.

Hoy, también nos dice Jesús que hemos de amar a nuestros enemigos.  El amor a los enemigos es una característica esencial del mensaje de Jesús. Es la meta que Él nos señala. Es una realidad humanamente inalcanzable. ¡Cuántas personas manifiestan un rechazo total al perdón de los enemigos! Y es ésta la meta que nos pone Jesús. Esta es la meta: amar a los enemigos.

Es evidente que solamente con nuestro esfuerzo humano no lo podremos conseguir. Por ello es necesario pedir la gracia de Dios que nos puede ayudar a hacer realidad lo que decimos en el Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden… “.

Jesús nos dice: ama como yo amo, ama como yo te amo. Ama a tu enemigo. Yo te ayudaré, si quieres obtener este don. Con tu fuerza no podrás dar este paso, pero yo te extiendo la mano y te acompaño. Es éste mi camino y el tuyo. Conmigo traspasarás los límites que tú sólo no puedes traspasar. Y el perdón a los demás ensanchará tu corazón y te sentirás liberado. Y tu paz será plena. Entonces sabrás qué quiere decir amar, entonces sabrás qué es el amor.

lunes, 13 de febrero de 2023

 

VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Hoy, la Palabra de Dios nos habla a los cristianos de cosas muy importantes: de las condiciones para ser discípulos de Jesús, de ser templos del Espíritu, de la bondad de Dios para con todos y de nuestro comportamiento con los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Levítico nos decía: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”

Cuando oímos hablar de “santidad”, pensamos en lugares lejanos y en personas con estilos de vida bien extraños.  Pensamos que la santidad es para las monjitas, para los sacerdotes y religiosos; pero no para mí, que soy un cristiano normal, que me esfuerzo apenas por vivir como tal.  Además, nos preguntamos ¿cómo se hace uno “santo”?

Vosotros los laicos, como los sacerdotes y religiosos estamos llamados a la santidad, es decir “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.  Buscar la santidad es la tarea esencial de un cristiano.  La santidad es indispensable para transformar las familias, la parroquia y la sociedad.  Y para ello el cristiano ha de trabajar por la paz, la solidaridad, frecuentar los sacramentos, hacer oración y vivir la devoción a la Virgen María.

Hay que esforzarse por buscar la santidad de vida para poder anunciar al mundo el Evangelio y así dar testimonio de vida cristiana.  Es en el mundo y desde el mundo donde el cristiano tiene que buscar la santidad.  Es en el mundo donde tiene que vivir su fe.  Si queremos que este mundo sea santo, tenemos que empezar por ser santos nosotros.

La santidad requiere esfuerzo.  No hay un atajo mágico en el camino hacia el cielo, pero es algo que todos podemos alcanzar.

La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios nos recordaba que somos Templos del Espíritu Santo y que Dios habita en nosotros.

Ante las dificultades de la vida, los cristianos confiamos en el amor.  Queremos sentirnos amados y ayudados por un Dios que se ha comprometido con nosotros.  Y el mejor agradecimiento que podemos mostrarle a Dios es el vivir unidos, en comunidad, en la Iglesia, siendo todos, una gran familia.  Por eso nos decía san Pablo: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” Es lo que san Pablo les dice a los recién bautizados de la comunidad de Corinto.

Todos los bautizados formamos un solo cuerpo, somos parte de la misma comunidad, de la misma parroquia, y estamos llamados a ser un signo de unidad para las personas que conviven con nosotros. “Mirad como se aman”, era la expresión de la gente cuando veían el estilo de vida de los primeros cristianos.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús diciendo: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”.

Hoy, como en otros tiempos, asistimos a un increíble crecimiento de la violencia. Cuando se responde a la violencia con violencia, se alimenta el odio, que se trasmite de generación en generación.

Hay que reconocer que las palabras de Jesús de amar al enemigo y de hacer el bien a los que nos aborrecen resultan difíciles; y para los que no viven en serio la fe, incomprensible.  Es difícil amar al que te odia, al que te hace la vida imposible, al que no te deja vivir en paz, al que ha manchado tu imagen. Resulta muy difícil tender la mano a quien te puso la zancadilla, como es difícil amar y ayudar al que te cae antipático, al interesado y egoísta.

Sin embargo, Jesús nos dice hoy que Él rechaza la ley del Talión, del “ojo por ojo, diente por diente”. Por esta ley, si a mí alguien me quitara un ojo, yo le podría quitar a él otro; es decir, yo le podría hacer el mal que él me hiciera a mí. Esta ley tenía de bueno que no nos pasáramos, porque la tentación que tenemos es de quitarle los dos. Jesús, en cambio, nos trae la ley del amor.

Jesús tiene la convicción profunda de que al mal no se le puede vencer con la  fuerza, el odio y la violencia. Al mal solo se le vence con el bien. La violencia es una espiral que destruye todo lo que engendra. En vez de disminuir el mal, lo aumenta.

Si se perdona es para cortar la espiral del odio y del mal, y para ayudar al delincuente a rehabilitarse y a actuar de manera diferente en el futuro.

Nadie puede decir que es fácil perdonar. Perdonar es difícil. El cristiano perdona porque se sabe perdonado por Dios.  Perdona de corazón quien, reconociéndose pecador, se encuentra con el perdón de Dios, que olvida nuestro pecado y nos acoge como hijos.

Hemos de tener presente que perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas, pero no hemos de odiar a nadie.  Jesús no llama a una aceptación pasiva del mal, del odio, de la violencia, llama a ser artífices de la paz con todas nuestras fuerzas. Lo que Jesús ha dicho con claridad es que no se lucha contra el mal cuando se destruye a las personas.

Defendamos nuestros derechos pero perdonemos a los que nos ofenden para que podamos rezar aquellas palabras del padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

lunes, 14 de febrero de 2022

 

VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

Ser cristiano, ser discípulo de Cristo no es fácil.  Hay una asignatura que a todos se nos hace cuesta arriba.  Nos cuesta amar a todos, nos cuesta perdonar.  Sin embargo la liturgia de este domingo nos pide un amor total, un amor sin límites, incluso para con nuestros enemigos. Nos invita a dejar de lado la violencia y a sustituirla por el amor.

La 1ª lectura del Primer libro de Samuel nos presenta el ejemplo de David.  David tenía la posibilidad de matar a su enemigo Saúl, en cambio, en lugar de matarlo, escoge perdonarlo.

La violencia se ha adueñado de nuestras vidas, de la historia de la humanidad.  En los últimos 100 años hemos conocido dos guerras mundiales y muchísimas pequeñas guerras por todas partes.  Como resultado, han muerto y siguen muriendo, muchos millones de seres humanos y el sufrimiento de muchas familias.  Existe también el miedo de una guerra nuclear y vemos diariamente en las noticias la violencia por todas partes y la violencia dentro de la propia familia.

La violencia no puede ser la solución para construir un mundo en paz, no puede ser la solución para solucionar los conflictos tanto personales como mundiales. No podemos aplicar la ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente.  Hay que aprender a perdonar, a amar. 

La vida humana es sagrada y no tenemos derecho a quitársela a nadie.  Por ello, en ningún caso se justifica ni podemos estar de acuerdo con la pena de muerte. 

Tenemos el derecho de exigir justicia cuando nos han causado algún daño y esto está bien, pero si sabemos perdonar al que nos ha causado ese daño, habremos actuado como auténticos cristianos.

La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos sigue hablando, como el domingo pasado, de la resurrección de Cristo y de la nuestra.

Somos imagen del hombre terreno, pero estamos llamados a ser imagen del hombre celestial.  Por eso no hemos nacido para quedarnos aquí en la tierra sino para ir un día al cielo.  El hombre ha soñado siempre con ser un superhombre, pero el despertar de este sueño ha sido siempre trágico.  Los nazis quisieron crear un superhombre y para ello mataron a 6 millones de judíos.

Sin embargo, Cristo, que es el último Adán, nos garantiza este sueño no de ser superhombres, sino algo mejor: hombres celestiales.  Con la resurrección, Dios nos garantiza que vamos a ser transformados y vamos a vivir una nueva vida no como hombres terrenales sino como hombres celestiales.

El Evangelio de san Lucas nos habla de amar a los enemigos, de perdonar, de hacer el bien.

En el mundo en el que vivimos, es un signo de debilidad y de cobardía no responder a una agresión o no pagar con la misma moneda a quien nos hace mal; y es un signo de valor y de fuerza pagar el mal con mal, si es posible, con un mal todavía mayor.

Estos principios generan, inevitablemente, guerras entre los pueblos, separaciones y divisiones entre los miembros de una misma familia, enemistades y conflictos entre los compañeros de trabajo, relaciones difíciles y poco fraternas entre los miembros de la misma comunidad cristiana o religiosa.

Pareciera no haber otro camino para resolver los problemas que el recurso a la violencia. La violencia genera siempre más violencia.  Jesús tiene la convicción profunda de que al mal no se le puede vencer con la fuerza, el odio y la violencia.  Al mal solo se le vence con el bien.  Sólo el amor desarma la agresividad y transforma los corazones de los malos y de los violentos.

Nadie puede decir que es fácil perdonar.  Perdonar es difícil.  El perdón nace de un corazón cristiano.  El cristiano perdona porque se sabe perdonado por Dios.  Perdonar no significa que nos quedemos de brazos cruzados ante las injusticias.  Perdonar significa que no debemos odiar a quien nos hace el mal.

Amar a los enemigos no quiere decir que esa persona forme parte del círculo de mis amigos, sino que tengo que tener una actitud positiva hacia ellos, tengo que tener respeto por su dignidad humana, tengo que preocuparme por su bien y no excluirlo.

Perdonar y amar a nuestros enemigos no significa renunciar a que se nos haga justicia, pero hay que curarse del daño que nos han hecho y no odiar.  Perdonar exige también tiempo.

El que perdona se siente mejor.  Es capaz de desear el bien a todos incluso a quienes lo habían herido.  Amar a los enemigos es romper el mal, pero no a base de más violencia sino a fuerza de bien.

Hoy Jesús nos llama a renunciar al odio y a la violencia hacia cualquier persona para resolver las injusticias y nuestros conflictos.

martes, 18 de febrero de 2020


VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 
Hoy, la Palabra de Dios nos habla a los cristianos de cosas muy importantes: de las condiciones para ser discípulos de Jesús, de ser templos del Espíritu, de la bondad de Dios para con todos y de nuestro comportamiento con los hermanos.

 
La 1ª lectura del libro del Levítico nos decía: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”

 
Cuando oímos hablar de “santidad”, pensamos en lugares lejanos y en personas con estilos de vida bien extraños.  Pensamos que la santidad es para las monjitas, para los sacerdotes y religiosos; pero no para mí, que soy un cristiano normal, que me esfuerzo apenas por vivir como tal.  Además, nos preguntamos ¿cómo se hace uno “santo”?

 
Vosotros los laicos, como los sacerdotes y religiosos estamos llamados a la santidad, es decir “a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.  Buscar la santidad es la tarea esencial de un cristiano.  La santidad es indispensable para transformar las familias, la parroquia y la sociedad.  Y para ello el cristiano ha de trabajar por la paz, la solidaridad, frecuentar los sacramentos, hacer oración y vivir la devoción a la Virgen María.

 
Hay que esforzarse por buscar la santidad de vida para poder anunciar al mundo el Evangelio y así dar testimonio de vida cristiana.  Es en el mundo y desde el mundo donde el cristiano tiene que buscar la santidad.  Es en el mundo donde tiene que vivir su fe.  Si queremos que este mundo sea santo, tenemos que empezar por ser santos nosotros.

 
La santidad requiere esfuerzo.  No hay un atajo mágico en el camino hacia el cielo, pero es algo que todos podemos alcanzar.

 
La 2ª lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios nos recordaba que somos Templos del Espíritu Santo y que Dios habita en nosotros.

 
Ante las dificultades de la vida, los cristianos confiamos en el amor.  Queremos sentirnos amados y ayudados por un Dios que se ha comprometido con nosotros.  Y el mejor agradecimiento que podemos mostrarle a Dios es el vivir unidos, en comunidad, en la Iglesia, siendo todos, una gran familia.  Por eso nos decía san Pablo: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” Es lo que san Pablo les dice a los recién bautizados de la comunidad de Corinto.

 
Todos los bautizados formamos un solo cuerpo, somos parte de la misma comunidad, de la misma parroquia, y estamos llamados a ser un signo de unidad para las personas que conviven con nosotros. “Mirad como se aman”, era la expresión de la gente cuando veían el estilo de vida de los primeros cristianos.

 
El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús diciendo: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia”.

 
La Ley del Talión decía: “ojo por ojo, diente por diente”.  Esta ley ha quedado totalmente abolida por Jesús.  Sin embargo, y por desgracia, la ley del Talión sigue existiendo en muchas culturas, aunque oficialmente haya desaparecido de nuestro mundo actual, la violencia legalizada sigue estando muy vigente.  Aún existen países donde está en vigor la pena de muerte, donde hay guerras, donde innumerables poblaciones mueren de hambre, donde hay niños condenados a morir en su infancia.  Son las violencias de las desigualdades sociales, las violencias personales, las violencias de género, y tantas y tantas violencias que avergüenzan a nuestro mundo civilizado.

 
Jesús nos dice que amemos a todos, también a nuestros enemigos, sea cual sea su posición política o ideológica.  Nuestros enemigos no pueden seguir siéndolo para siempre, porque ellos también son seres humanos, seres que sufren, que buscan y esperan, como nosotros.  Sí, ya sé que en la mente de muchos de nosotros, al hablar de enemigos, no sólo estarán esas personas molestas y fastidiosas que nos cuesta mucho tratar diariamente con cariño, sino también estaremos pensando en los grandes asesinos, en los narcotraficantes y en los corruptos.  ¿Cómo amar o aceptar a tales personas?

 
Los cristianos tenemos que saber que amar al delincuente injusto y violento no significa dar por buena su actuación injusta y violenta; condenar la injusticia y la violencia no significa que tengamos que odiar a esas personas.  La violencia nunca se solucionará con violencia.

 
El mal, a pesar de las apariencias, siempre será débil.  El odio brota del miedo; la ofensa tiene necesidad de venganza.  En cambio el amor es la única fuerza capaz de cortar de raíz la violencia.  Es urgente un “¡ya basta!” a la violencia y aceptar la propuesta de la no violencia que Cristo nos ofrece.

 
El cristiano es vencedor no cuando consigue quitarle las armas a su enemigo, sino cuando dejando sus propias armas, convierte al enemigo en amigo.  La fuerza del amor es la única fuerza capaz de acabar con el mal y con los enemigos.

 

martes, 19 de febrero de 2019

VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Ser cristiano, ser discípulo de Cristo no es fácil.  Hay una asignatura que a todos se nos hace cuesta arriba.  Nos cuesta amar a todos, nos cuesta perdonar.  Sin embargo la liturgia de este domingo nos pide un amor total, un amor sin límites, incluso para con nuestros enemigos. Nos invita a dejar de lado la violencia y a sustituirla por el amor. 
 

La 1ª lectura del Primer libro de Samuel nos presenta el ejemplo de David.  David tenía la posibilidad de matar a su enemigo Saúl, en cambio, en lugar de matarlo, escoge perdonarlo.
 
La violencia se ha adueñado de nuestras vidas, de la historia de la humanidad.  En los últimos 100 años hemos conocido dos guerras mundiales y muchísimas pequeñas guerras por todas partes.  Como resultado, han muerto y siguen muriendo, muchos millones de seres humanos y el sufrimiento de muchas familias.  Existe también el miedo de una guerra nuclear y vemos diariamente en las noticias la violencia por todas partes y la violencia dentro de la propia familia.
 
La violencia no puede ser la solución para construir un mundo en paz, no puede ser la solución para solucionar los conflictos tanto personales como mundiales. No podemos aplicar la ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente.  Hay que aprender a perdonar, a amar. 
 
La vida humana es sagrada y no tenemos derecho a quitársela a nadie.  Por ello, en ningún caso se justifica ni podemos estar de acuerdo con la pena de muerte. 
 
Tenemos el derecho de exigir justicia cuando nos han causado algún daño y esto está bien, pero si sabemos perdonar al que nos ha causado ese daño, habremos actuado como auténticos cristianos.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos sigue hablando, como el domingo pasado, de la resurrección de Cristo y de la nuestra.
 
Somos imagen del hombre terreno, pero estamos llamados a ser imagen del hombre celestial.  Por eso no hemos nacido para quedarnos aquí en la tierra sino para ir un día al cielo.  El hombre ha soñado siempre con ser un superhombre, pero el despertar de este sueño ha sido siempre trágico.  Los nazis quisieron crear un superhombre y para ello mataron a 6 millones de judíos.
 
Sin embargo, Cristo, que es el último Adán, nos garantiza este sueño no de ser superhombres, sino algo mejor: hombres celestiales.  Con la resurrección, Dios nos garantiza que vamos a ser transformados y vamos a vivir una nueva vida no como hombres terrenales sino como hombres celestiales.
 
El Evangelio de san Lucas nos habla de amar a los enemigos, de perdonar, de hacer el bien.
 
En el mundo en el que vivimos, es un signo de debilidad y de cobardía no responder a una agresión o no pagar con la misma moneda a quien nos hace mal; y es un signo de valor y de fuerza pagar el mal con mal, si es posible, con un mal todavía mayor.
 
Estos principios generan, inevitablemente, guerras entre los pueblos, separaciones y divisiones entre los miembros de una misma familia, enemistades y conflictos entre los compañeros de trabajo, relaciones difíciles y poco fraternas entre los miembros de la misma comunidad cristiana o religiosa.
 
Pareciera no haber otro camino para resolver los problemas que el recurso a la violencia. La violencia genera siempre más violencia.  Jesús tiene la convicción profunda de que al mal no se le puede vencer con la fuerza, el odio y la violencia.  Al mal solo se le vence con el bien.  Sólo el amor desarma la agresividad y transforma los corazones de los malos y de los violentos.
 
Nadie puede decir que es fácil perdonar.  Perdonar es difícil.  El perdón nace de un corazón cristiano.  El cristiano perdona porque se sabe perdonado por Dios.  Perdonar no significa que nos quedemos de brazos cruzados ante las injusticias.  Perdonar significa que no debemos odiar a quien nos hace el mal.
 
Amar a los enemigos no quiere decir que esa persona forme parte del círculo de mis amigos, sino que tengo que tener una actitud positiva hacia ellos, tengo que tener respeto por su dignidad humana, tengo que preocuparme por su bien y no excluirlo.
 
Perdonar y amar a nuestros enemigos no significa renunciar a que se nos haga justicia, pero hay que curarse del daño que nos han hecho y no odiar.  Perdonar exige también tiempo.
 
El que perdona se siente mejor.  Es capaz de desear el bien a todos incluso a quienes lo habían herido.  Amar a los enemigos es romper el mal, pero no a base de más violencia sino a fuerza de bien.
 
Hoy Jesús nos llama a renunciar al odio y a la violencia hacia cualquier persona para resolver las injusticias y nuestros conflictos.