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lunes, 19 de marzo de 2018


VIERNES SANTO (CICLO B)
 

“Jesús, inclinando la cabeza, entregó su espíritu”.  Así nos comunicaba la lectura de la Pasión el final de la existencia humana de Jesús.  Ha muerto el Justo.  Lo han asesinado de un modo cruento.
 

En esta tarde de Viernes Santo lo central es la Cruz de Cristo. El color litúrgico es rojo: color de sangre, color de amor y entrega.  Cristo ha querido cargar sobre sí mismo nuestros pecados.  Y desde esa Cruz se ha sellado de una vez para siempre la Nueva Alianza del hombre con Dios.
 

En este día, el mundo queda en ausencia de Jesús, en ausencia de Dios.  Sin embargo, es el día del amor, del amor entregado, del amor sin límite, del amor perfecto.  Es el día que queda demostrado que el amor que se da es más fuerte que el egoísmo, que el bien de todos, vale más que el bien de uno solo, que la muerte es semilla de eternidad y de gloria.  En una palabra que es posible el amor.
 

Ese “Siervo” del que nos hablaba el profeta Isaías, y que se refiere a Jesús, ha cargado con los pecados de la humanidad y nos ha obtenido la salvación.  Él ha pagado por todos nosotros la deuda que la humanidad tenía con Dios Padre, deuda que habíamos contraído por el pecado.
 

La Cruz se ha vuelto para nosotros en símbolo de nuestra salvación, lugar de entrega y de amor.  La Cruz es el signo del amor más grande: el que da la vida por el amigo.
 

Jesús muere en la Cruz por causa de la violencia y de la injusticia de los hombres. Son los hombres quienes descargan todo su odio sobre Jesús por su forma de predicar y por su manera de actuar; por su crítica hacia las autoridades civiles y religiosas.  Jesús podía haber evadido la muerte, pero no lo hace, podía haberse defendido pero tampoco lo hace, sino que acepta que hagan con Él lo que quieren: llevarlo a la cruz y a la muerte.  En Él no hay odio ni rencor, ni una sola palabra de condena hacia sus verdugos.
 

Hoy seguimos crucificando a Cristo y lo hacemos en tantas personas que llevan una cruz injusta, una cruz que otros las han impuesto a la fuerza con violencia e injusticia.
 

Hoy llevan la Cruz de Cristo todos aquellos a los que no les reconocemos su dignidad de persona, provocando dolor y muerte.  Y Cristo sigue hoy muriendo en todas estas personas.
 

El desamor de nuestra sociedad ocupa cada día las primeras páginas de los periódicos y las portadas de las noticias en radio y televisión. Son hombres y mujeres torturados, muertos, asesinados, ultrajados, maltratados. Los vergonzantes abusos a personas en las cárceles, la anulación de los derechos humanos, la violación de la libertad y de la dignidad humana, las persecuciones religiosas en tantos países de África y Asia, el terrorismo, los atentados de los grupos radicales islamistas, los asesinatos selectivos en Oriente Próximo, la violencia doméstica y el maltrato a mujeres, la prostitución infantil y el turismo sexual, los abusos sexuales a niños, las redes de tráfico con seres humanos, los que mueren víctimas de sus atracadores, los muertos de las guerras.  El llanto y el dolor de cualquier hombre o mujer que es herido, abandonado, maltratado, olvidado, reducido, abusado por otro ser humano.  En todos ellos sigue hoy sufriendo y muriendo Jesucristo.
 

Y Dios espera que todos estos seres humanos que causan dolor y muerte se arrepientan y se conviertan.  Si queremos transformar este mundo hay que empezar por transformar el corazón del hombre.
 

Que el ejemplo de la entrega generosa de Jesús lleve a todas las personas a hacer una opción por la vida, una opción por el hombre, una opción por el amor. Entonces la cruz de Cristo habrá sido causa de salvación. Entonces habrá, en verdad, un mundo mejor.

VIGILIA PASCUAL (CICLO B)
 

La Iglesia nos invita en esta noche solemne a alegrarnos y a hacer gran fiesta.  ¡Cristo ha resucitado!  Hoy es noche de gozo y de alegría porque Jesucristo ha roto las cadenas de la muerte.  Ya no tenemos que tener miedo porque el Señor es nuestra luz y nuestro salvador y podemos confiar plenamente en Él.
 

En esta noche hemos cantado el Gloria, hemos cantado el Aleluya, la oscuridad se ha convertido en luz, las campanas han anunciado con su sonar la fiesta más solemne.  Es la Pascua, el paso del Señor por nuestras vidas, el paso del Señor de la muerte a la vida.
 

Con la bendición del fuego, hemos pasado de fuera de la Iglesia adentro de la Iglesia, el Cirio Pascual ha entrado procesionalmente con solemnidad a la Iglesia para indicarnos el paso de la oscuridad a la luz, hemos cantado el Pregón Pascual y las lecturas nos han recordado la Historia de la Salvación, el paso del Señor por nuestras vidas, por nuestra historia.
 

En esta gran noche, al igual que el ángel le dijo a las mujeres: “No teman”, a nosotros también se nos dice: “No teman... buscan a Jesús el Crucificado... no está aquí: ha resucitado”.  Esta es la noticia que da sentido a nuestra vida.  La convicción de que Cristo Jesús, aunque no lo veamos, está vivo y que nos acompaña en nuestro camino.  Nosotros como cristianos no seguimos una doctrina, ni a un muerto que existió y fundó un movimiento.  Nosotros creemos y seguimos a una persona que vive.
 

Tenemos esperanza: vivir para siempre y esto no es una utopía, no es un sueño, sino que nuestra esperanza de vivir para siempre se fundamenta en esta noche de Pascua, en la resurrección de Jesús y sus promesas de vida eterna.  Por ello esta noche es la noche gozosa, noche santa, noche iluminada, noche para la vida.  Todos los símbolos de esta noche nos conducen y nos hablan de vida: el fuego, el cirio, el agua, las flores, el incienso, etc.  Todo tiene relación con el misterio de esta noche.  Y el misterio es la Pascua, el paso de Dios entre nosotros para conducirnos a la vida.
 

Cristo es nuestra Pascua.  Cristo es el Dios que ha pasado entre nosotros para salvarnos, es el Dios que ha luchado a favor nuestro, que nos ha liberado de nuestros enemigos, y muriendo, ha vencido a la muerte y nos ha devuelto la inmortalidad.  ¡Cristo es nuestra vida!
 

Cristo ha resucitado para convertirse en el agua que sacia la sed de vida que todos tenemos ante un mundo que nos da tantas y tantas experiencias de muerte.  Cristo ha resucitado para ser también nuestra luz porque gracias a Él podemos ver muchos más allá de lo que ven nuestros ojos. 
 

Hoy, esta noche, Jesús, también, como el fuego, como la luz, y como el agua, a través del signo visible de su resurrección, nos dice que Él es nuestra resurrección y nuestra vida.
 

Que la resurrección de Jesucristo llene de alegría sus corazones, el de sus familias, el de nuestro pueblo, el de nuestros amigos y el de todas las personas de buena voluntad.
 

Hermanos, Cristo ha resucitado y su alegría llena la tierra. Que Él les conceda una alegría duradera en esta vida para que puedan entrar en la Pascua definitiva, en la felicidad que no tiene fin, en la resurrección que Jesús nos ha obtenido a todos los que creemos en Él. Feliz Pascua de Resurrección para todos.
 
DOMINGO DE RESURRECCION (CICLO B)
 
Hoy se nos invita a alegrarnos con la Iglesia del mundo entero, para celebrar la más importante de todas las fiestas.  La fiesta de hoy es la base para nuestra fe, y es la razón de nuestra vida y el motivo de nuestra esperanza: ¡Jesús ha resucitado y está vivo!  La muerte no ha vencido a Jesús, sino que Él ha salido victorioso del sepulcro y ahora es el Señor de todos.
 
En este día culmina la misión para la que Cristo había venido al mundo. En este día llega a la culminación su entrega y su sacrificio. En este día, Jesús es revestido de gloria resucitando de entre los muertos.  Con Cristo, la muerte ha sido vencida. Ha sido necesario someterse a ella para poderla vencer. Así, aunque la muerte ha hablado, la última palabra la ha dicho el Padre resucitando a Jesús. La entrega generosa de su vida, la ofrenda de toda su vida hecha al Padre por nosotros, ha sido la semilla necesaria para la gloria, para la resurrección.
 
San Pablo, nos decía: “Han muerto; y su vida está escondida con Cristo en Dios.”   Ese morir es la superación del pecado. Ese morir es dejar atrás lo que veníamos pensando o haciendo al margen de Dios. Esa superación ha hecho de nosotros unas personas mejores, unos hombres y mujeres más acordes con la voluntad de Dios; ha supuesto un renunciar algo más a nosotros mismos para dejar que Dios habite en nuestros corazones. Eso nos ha renovado y ha hecho que, en ese aspecto concreto, hayamos podido unirnos a Cristo en su resurrección, en una vida nueva.
 
Creer en el Resucitado es creer que Jesús está vivo, que vive hoy junto a nosotros.
 
Nosotros nos preguntamos, ¿qué es la resurrección? Para Jesús, la resurrección, significa que su muerte en la cruz no fue lo último, sino que Él sigue vivo en la propia vida de Dios; y aunque de un modo distinto, continúa presente en la comunidad cristiana y en la historia humana.
 
Para nosotros significa, que el destino de Jesús ilumina el nuestro. En su resurrección el Dios de Jesús se declara como “el Dios de vivos”, que así como resucitó a Jesús, resucita también a todos los muertos. Con la resurrección de Jesús se abre un nuevo camino de vida más allá de nuestra muerte: la vida con Dios, que no puede ser rota ni por el dolor, ni por las desgracias de esta vida, ni por la muerte. La resurrección de Jesús pide y hace posible para nosotros una vida que es ya “vida eterna”.
 
La fiesta de hoy nos invita a vivir con esperanza nuestra fe en Jesús resucitado, porque con la resurrección de Jesús se nos abre una puerta de esperanza de participar un día con Él de su nueva vida, de la vida de resucitado.
 
Con la resurrección de Cristo, se abre una puerta para nosotros que nadie la puede cerrar.  Hoy podemos sentir que ningún poder de este mundo, nada ni nadie podrá cerrar esa puerta abierta para encontrarnos con Dios el día que termine nuestra vida, el día que dejemos nuestra condición mortal, las miserias en las que vivimos, para entrar en el mundo de paz y de amor de Dios.
 
Nuestra fe en Jesús resucitado es creer que Jesús vive, que camina con nosotros, es creer en Jesús lleno de fuerza y creatividad, que impulsa la vida de la humanidad hacia su último destino, hacia la configuración del Reino de Dios. Es creer que Jesús presente entre nosotros nos escucha “cuando hay dos o tres reunidos en mi nombre”, y que nuestra oración no es un monólogo sino un diálogo con alguien, que junto a nosotros nos comprende y nos quiere.
 
Creer en Jesús resucitado es encontrarnos con Jesús vivo, cercano a nuestras vidas, que nos enseña a ver la vida de otra manera, que nos da su espíritu capaz de cambiar nuestras vidas, de resucitar todo lo bueno que hay en nosotros e irnos liberando de todo lo que mata nuestra libertad.
 
Creer en Jesús resucitado es tener la experiencia personal de que hoy todavía aunque siguen en nuestro mundo la tortura, la extorsión, la crueldad y la injusticia, la última palabra la tiene el Resucitado, Señor de la vida y de la muerte, que vela por todos y nos exige justicia, paz, hermandad.
 
Jesús resucitado es nuestra esperanza, y es también quien pide nuestro compromiso, el poner nuestra persona, nuestra vida por los ideales que Él vivió, como Él puso la suya. Él es quien da verdadero sentido a nuestra vida. Tenemos un mismo destino con Él.
 
Hermanos, feliz pascua de Resurrección a todos, feliz, sí, felicidad para todos, porque hoy sí tiene sentido hablar de felicidad y de alegría. Sobre todo alegría, que la alegría del Señor Resucitado y de todos sus amigos que han sido, son y serán, inunde nuestro corazón.
 
 


martes, 13 de marzo de 2018


V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

 

Estamos ya en el último domingo de Cuaresma y nos preparamos para vivir intensamente la Semana Santa, por ello hoy las lecturas nos hablan de todo lo que le va a suceder a Jesús en los próximos días: su entrega al proyecto de Dios, su Pasión, muerte y resurrección.

La 1ª lectura, del profeta Jeremías, es una llamada a la responsabilidad personal para poner de manifiesto que aunque cambien las cosas, Dios no cambia y mantiene su promesa de salvación.

Hemos de ser fieles a Dios y buscar siempre el bien común, hemos de estar siempre atentos a descubrir la voz de Dios; hemos de estar siempre con la mente y el corazón abiertos para encontrarnos con Dios tanto en la prosperidad como en la adversidad, en compañía o en soledad.

Para poder encontrarnos con Dios no es esencial obedecer leyes, no deberíamos de amar a Dios porque hay una ley, un mandamiento que nos lo manda, sino que hemos de amar a Dios por convicción no por imposición.

Hay personas que creen que el hombre va a ser mejor con nuevas y mejores leyes, con más estudios, con mayores ingresos económicos, con mayor libertad, etc., y nos olvidamos que “hecha la ley, hecha la trampa”.  Se le ha hecho de todo al ser humano: torturarlo, perseguirlo, amarlo, llenarlo de cosas, de placeres, y al final descubrimos que hay una hierba mala que resiste todos los climas y culturas.  Necesitamos algo distinto y eso es lo que hoy nos dice la primera lectura: hay que ir a la raíz, directo al corazón.

El corazón es la sede de los pensamientos, decisiones y afectos más profundos y ahí es donde debemos permitir que entre Dios si de veras queremos acabar con el problema de mal. 

Sólo con un corazón transformado el hombre será capaz de acoger las propuestas de Dios y de conducir su vida de acuerdo con esos valores que le aseguran la armonía, la paz, la verdadera felicidad.  No es cumpliendo leyes como vamos a mejorar, a ser más felices, sino metiendo a Dios en nuestro corazón.

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, nos describe con palabras conmovedoras y llenas de realismo la oración y la angustia de Jesús.

Jesús s solidario con todos los hombres, es solidario con todos los instantes de nuestra vida.  No estamos solos frente a los problemas, frente a nuestra fragilidad o debilidad; Cristo nos entiende, camina a nuestro lado, nos anima cuando no podemos caminar y nos muestra el camino que nosotros debemos recorrer para vivir esa vida plena que Dios nos quiere ofrecer.

Jesús nos enseña que el único criterio de nuestra vida debe ser el amor, esa fue la única arma que Él utilizó, aunque el amor enfrentado al mundo muchas veces nos lleve a la muerte, por ello el Señor también nos recomienda la oración.  Por la oración el Señor encontró fuerzas para obedecer, para decir “sí” y hacer los planes de Dios, incluso en los momentos más difíciles de su vida terrena.  Amor y oración es el camino que nos enseña Jesús para nuestra vida.

El evangelio de san Juan, nos describe el temor y la angustia de Jesús ante esa hora inevitable de su muerte.

Jesús es consciente de que el mundo rechaza a Dios, rechaza a un Dios Padre que quiere la igualdad y la hermandad de todos sus hijos.  El mundo prefiere muchas veces el poder, el dinero, la explotación de unos hacia otros y por eso Jesús tiene que aceptar la muerte que le espera pero confiando en Dios Padre.

El dolor, el sufrimiento y la muerte aparecen ante Jesús y también aparecen ante nosotros.  Todos los seres humanos nos enfrentamos tarde o temprano ante estas realidades.  Nadie puede escapar ni huir del sufrimiento y de la muerte.  Por ello necesitamos que el Señor nos ilumine para comprender y enfrentar con serenidad el sufrimiento y la muerte.

La cruz de Cristo nos dice que Dios quiere que luchemos contra todo aquello que genera sufrimiento inútil y muerte.  Luchar para que nadie sufra por ser o pensar diferente; luchar para que nadie muera de hambre o de sed; luchar para que las enfermedades sean vencidas.

Ciertamente que hay sufrimientos y dolores que no podemos evitar y tampoco podemos evitar la muerte, es entonces cuando hay que confiar en el amor de Dios, confiar en que la vida y el amor de Dios es más fuerte que la muerte.  Por ello hemos de ver la muerte como una transformación, como un paso de hacia la vida eterna: “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”.

La muerte de Jesús ilumina nuestra vida, nos enseña dónde está lo importante, nos impulsa a tomarnos en serio nuestra vida, nos invita a confiar y a abrirnos a los demás y especialmente a Dios.

MONICIONES PARA EL V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)

 
MONICION DE ENTRADA:

Estamos ya muy cerca de los días de la muerte y la resurrección del Señor.

Hoy nuestro encuentro dominical nos invita especialmente a poner nuestros ojos en Jesús, que por amor acepta hundirse en la oscuridad de la muerte, y que así nos da la vida, transforma nuestros corazones, nos hace capaces de seguirlo.

Que esta celebración sea un acto de fe en el camino de Jesús.  Y que sea también un compromiso de cambiar nuestra forma de pensar y de vivir, para pensar y vivir como Jesús.

MONICION A LA PRIMERA LECTURA:

El profeta Jeremías anuncia el amor de Dios en toda su plenitud: establecerá nueva alianza con los hombres, la escribirá en sus corazones y les otorgará su perdón.  Aún más, los hará su pueblo y será su Dios por siempre.

MONICION A LA SEGUNDA LECTURA:

El autor de la carta a los hebreos sintetiza la vida de Cristo en su pasión: aprendió a obedecer, es decir, a aceptar la voluntad de Dios en su persona.  Sólo de ese modo, se convirtió en el modelo y salvador de sus hermanos.

ANTES DE LA ACLAMACION:

Con ocasión de la visita de unos griegos a Jesús, Juan anota el mensaje de Cristo al respecto: verlo no es suficiente.  Para conocerlo, hace falta descubrir la voluntad de Dios y aprender a morir para vivir como la semilla de trigo.

Oración universal: Presentemos a Jesús nuestra oración.  Él es nuestra resurrección y nuestra vida.

Responderán diciendo: Kyrie, eleison.

-Para que el dolor, el mal y la dureza de corazón sean vencidos por la fuerza del amor.  Oremos.

-Para que los que viven en la desesperanza encuentren luz en Jesucristo y manos dispuestas a ayudarlos.  Oremos.

-Para que cada vez haya en la Iglesia más jóvenes dispuestos a seguir a Jesucristo en el sacerdocio.  Oremos.

-Para que seamos capaces de transformar nuestro modo de pensar y de vivir, para pensar y vivir como Jesús.  Oremos.

-Para que Cristo que vino a traer la paz, destruya todos esos muros que separan esposos, padres, hijos, hermanos... para que llegue al mundo la amistad y el amor que todos deseamos.

Escúchanos, Señor, Jesús, y transforma nuestro corazón para hacerlo semejante al tuyo.  Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

martes, 6 de marzo de 2018


IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO B)
 

El cuarto domingo de Cuaresma es el domingo llamado “laetare”, es decir, de la alegría.  Las lecturas de este domingo nos presentan el motivo principal de esta alegría: El amor de Dios por nosotros.
 

La 1ª lectura, del segundo libro de las Crónicas, nos presenta a Dios como aquel que quiere ser nuestro amigo, pero Dios se queja porque muchas veces nos olvidamos de Él y lo traicionamos.  Lo peor que podemos hacer es olvidarnos de Dios, no acordarnos que Dios está detrás de nuestros éxitos; confiar sólo en nuestras propias fuerzas, darle la espalda al amor de Dios.
 

Si en nuestro mundo existe el mal es porque abandonamos a Dios; si existe corrupción e injusticias es porque abandonamos a Dios, nuestras infidelidades y nuestros pecados están llevando a este mundo a la ruina.
 

Todo el mal, la corrupción de tantas personas, tanto mal que hay en el mundo se puede evitar si dejamos de pecar.  Cuando nos olvidamos de Dios y le volteamos la espalda nos podemos convertir en verdaderos monstruos.  Entonces la vida se nos complica y se nos hace difícil porque pagamos las consecuencias de olvidarnos de Dios. 
 

Si estamos unidos a Dios, todo lo podemos en Él. Y lo que es más importante: vivimos y nos mantenemos en el amor.  Dios sigue preocupándose siempre por nosotros, aunque nosotros nos olvidemos de Él. Dios confía en nuestra fidelidad a Él, Dios confía en nosotros, Dios espera mucho de cada uno de nosotros.  Mantengámonos siempre fieles a Dios.
 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Efesios, nos dice que el amor y la misericordia de Dios son muy grandes.
 

Dios es inmensamente rico en misericordia.  Esa es la gran riqueza de Dios, su infinito amor.  Nosotros, los hombres, medimos las riquezas con otra medida.  Normalmente ponemos por encima de todo al dinero.  Y decimos: “tanto tienes, tanto vales”.  Otras veces lo único que nos preocupa en esta vida es el prestigio ante los demás, el buen nombre, el aplauso, la fama.  Y hacemos lo que sea para conseguir estas cosas.  Pero Dios tiene una medida diferente.  Dios mide según el amor.  El verdadero amor nunca pasa de moda ni se acaba.  Por eso Dios nunca pasa de moda, es eterno, porque Dios es amor.  Y todo el que vive y muere por amor, participa de Dios y es verdaderamente rico, realmente feliz. 
 

En esta Cuaresma hemos de hacernos ricos, pero ricos en amar como Dios y dejarnos amar como Él nos ama.
 

El Evangelio de san Juan, nos presenta una plática de Jesús con Nicodemo y le dice: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea no perezca, son que tenga vida eterna”.
 

Esta es la Buena Nueva: Dios nos ama. A todos y a cada uno. Dios te quiere; no importa quien seas, ni cómo seas. Dios te quiere, aunque no lo merezcas. No lo merece nadie. Aunque nadie te quiera, aunque nadie perdone tu indignidad, tu carácter, tus fallas…. Dios te quiere, porque Él no nos quiere por nuestros méritos, sino por su entrañable misericordia. Y esta es la Buena Noticia, la mejor noticia: Dios te quiere hasta entregar a su hijo por ti. Mira a la Cruz verás hasta donde llega el amor de Dios por ti.
 

Dios te quiere. Estés soltero, casado, viudo, divorciado o lo que sea… Dios te quiere. Seas guapo, feo, desfigurado, discapacitado…; tanto si la vida te ha ido bien como si has tenido y tienes todos los problemas y fracasos del  mundo; si estás satisfecho de tu historia como si tienes la impresión de que todo lo tuyo ha sido un fracaso que ya no podrás cambiar, porque lo tuyo es causa perdida, Dios te quiere. Tanto si eres una persona respetable como si no lo eres. Dios te quiere. Tanto si estas seguro de tu fe como si estás lleno de dudas. Seas quien seas y como seas Dios te ama tanto que entregó a su propio Hijo para que, si crees en Él, tengas vida, y vida eterna.
 

Nosotros podríamos preguntarnos, pero, ¿así, sin más me ama Dios?  Sí, así nos ama Dios, nosotros lo que tenemos que hacer es con  toda humildad, abrirle la puerta de nuestra vida, para acoger su amor gratuito y acercarnos a Él para que su luz nos ilumine.
 

Nuestro mundo está lleno de luces, de estrellas que pretenden iluminarnos: las estrellas de cine, de la televisión, de la política, del deporte, etc.  Pero esas estrellas más que iluminar lo que hacen es deslumbrarnos y dejarnos a oscuras.
 

La luz de nuestra vida nos tiene que venir de Jesucristo y Él no va a ser elevado al estrellato de la fama, sino elevado en la cruz.  Lo que nos va a salvar es el amor de Dios, pero el amor de Dios se manifestó en su Hijo crucificado.  En Él está nuestra salvación.
 

El Crucificado es el lugar donde Dios nos ha revelado todo su amor. Míralo. Déjate iluminar por su luz. Acoge el amor que en ella se nos entrega para que tengamos vida eterna.

MONICIONES PARA EL IV DOMINGO DE CUARESMA
 

MONICION DE ENTRADA:

Hemos pasado ya la mitad de la Cuaresma.  La Pascua está cerca.  A lo largo de estas semanas, con buena voluntad, nos hemos esforzado por renovar nuestra vida, acercándonos más al Evangelio y uniéndonos más a Jesús.  Y lo seguiremos haciendo, convencidos de que merece la pena llenarnos del amor, de la luz, de la vida que Él nos ofrece.
 

MONICION A LA PRIMERA LECTURA:

El exilio de Israel a Babilonia puede verse como castigo o camino para que el Señor muestre su misericordia.  Crónicas lo interpreta así: cuando todo está perdido, Dios se deja ver aun en la política y diplomacia internacionales.
 

MONICION A LA SEGUNDA LECTURA:

Pablo hace saber a los cristianos de Efeso que no hay destino o determinismo en la vida del hombre, sino voluntad de Dios.  Nadie debe sentirse bueno por lo que hace o es, sino agradecido por ser escogido para serlo y hacerlo.
 

ANTES DE LA ACLAMACION:

Dios ama tanto al mundo que ha enviado a su Hijo para salvarlo.  Acepta esto quien cree.  Pero cree sólo quien es capaz de vivir e iluminar a otros con palabras y obras.  Por ello, el cristiano no vive para juzgar sino para iluminar.

 
Oración universal: Oremos en este tiempo de conversión y de renovación de nuestra fe y nuestra esperanza.

Responderán diciendo: Kyrie, eleison.

 
-Por el Papa y los obispos, por los sacerdotes y los diáconos, por los que trabajan en los consejos pastorales, por los catequistas, por los responsables de movimientos evangelizadores, por todos los que realizan alguna tarea en la Iglesia.  Oremos.

-Por los hombres y mujeres que trabajan en la política, en los sindicatos, en obras sociales, en tareas de promoción humana.  Oremos.

-Por los hombres y mujeres que en todo el mundo se preparan para recibir el bautismo en la Vigilia Pascual.  Oremos.

-Por los jóvenes que se preparan para ejercer el ministerio sacerdotal, por todos los que se sienten especialmente llamados al servicio en la Iglesia.  Oremos.

-Por nosotros, que durante esta Cuaresma queremos renovar nuestra fe y nuestra vida cristiana.  Oremos.

-Por las almas de aquellos que han muerto a causa de las guerras, acógelas Señor en tu Reino de Paz y Justicia.  Oremos

Escúchanos, Señor Jesús, y ten piedad de nosotros y del mundo entero.  Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
 

EXHORTACIÓN DE DESPEDIDA

Salgamos de la Iglesia con la gran esperanza de que la Redención está a punto de cumplirse. El Señor Jesús se ofrece para que nos salvemos. Y junto a la dificultad de la Cruz esta la gloria de la Resurrección. Será la Luz que nos salvará a todos. Es pues motivo de alegría. Nunca la Cuaresma ha de ser tiempo de tristeza.