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martes, 5 de junio de 2018


X DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan de la existencia del pecado desde el origen de la humanidad y la urgencia que tenemos de luchar contra el mal, con la confianza de que Cristo es más fuerte que el mal y ya lo ha vencido.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presentaba al pueblo de Israel preguntándose cómo había comenzado el mal en nuestro mundo.

El mal y el pecado existen en nuestra vida y en nuestra sociedad.  La tentación y el pecado es una experiencia que todos tenemos: niños y mayores, religiosos y laicos.  El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.  A veces, le echamos la culpa a los demás o al ambiente, sin embargos somos nosotros los que hacemos una opción libre por el mal.  Somos débiles, y ante el programa que Jesús nos ofrece, preferimos otros programas que las “serpientes” en turno nos van ofreciendo con sutiles argumentos.

En nuestra sociedad y en nuestro mundo existe el pecado a pesar de todos los avances tecnológicos. Esta situación de pecado es una experiencia que tenemos todos: niños y mayores. El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.

Ante el mal no podemos quedarnos indi­ferentes o desanimados. Somos invitados a resistir, a trabajar para que el mal no triunfe en este mundo ni en nosotros mismos.

La 2ª lectura de la 2ª carta de san Pablo a los Corintios nos narraba cómo es la vida de un apóstol y de una comunidad.

En la vida de un cristiano hay momentos de dificultades que a veces nos desaniman.  Ante estas dificultades, de las que san Pablo tiene amplia experiencia, hay una respuesta: los esfuerzos que se hagan para superar esas dificultades tienen sentido, “todo es para nuestro bien”.  A veces, vale la pena sufrir un poco porque ese sufrimiento puede ser fecundo: “Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso”, nos decía san Pablo.

Pero hay también otro “enemigo” que amenaza nuestra fidelidad: nuestra caducidad y el pensamiento de la muerte.  Hay personas que piensan que como ya les queda poco tiempo de vida ya no vale la pena seguir trabajando.  San Pablo nos recuerda que siempre debemos trabajar por el Reino de Dios porque así en nuestra vida y en nuestra muerte nos unimos a Cristo: “sabiendo que quien resucitó a Jesús también nos resucitará a nosotros”

El Evangelio de san Marcos nos hablaba del único pecado que no se puede perdonar: “a los hombres se les perdonaran todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón”.  Ese “pecado contra el Espíritu” es no querer ver la luz y la llamada de Cristo, es ignorar a Dios.

También Jesús nos ha hablado hoy de quién es su verdadera familia. 

No basta dar la vida, tener los lazos de la carne y de la sangre, o como dicen los israelitas, “ser de los mismos huesos”, se necesita mucho más para ser familia: “El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Para ser familia no basta estar juntos y tener la misma sangre, se requiere cumplir con la misión para la que hemos sido creados: diálogo, encuentro en relación, disposición para asumir que sólo con el otro estamos completos; ser imagen del mismo Dios.

Cuando no tenemos tiempo para la relación, cuando rehusamos mirarnos a los ojos, cuando negamos nuestra mano al hermano, no bastan los lazos de la carne para ser hermanos. Por el contrario, cuando asumimos nuestra relación como hijos del verdadero Dios y miramos a Cristo como nuestro hermano que nos amplía los horizontes, descubrimos que la fraternidad no se cierra entre cuatro paredes, sino que se abre para recibir a todos los hombres y mujeres que cumplen la voluntad del Padre.

En lugar de negar a la familia, le está dando Jesús mayor fortaleza, mayor seguridad y bases más seguras.

Es pues muy importante que descubramos la fraternidad en nuestras familias, y formar nuevas familias siempre abiertas a recibir otros miembros, más allá de la sangre, que la enriquezcan y la lleven a construir el Reino, sueño de Jesús para todos los hermanos. Las relaciones en casa deben superar nuestros egoísmos y educarnos para una vida en fraternidad en todos los ámbitos. Miremos nuestras familias, miremos nuestra sociedad y preguntémonos si estamos siendo fieles a la misión o si nos hemos extraviado por los caminos. ¿Cómo es la vida en familia y cómo construimos relaciones de amistad, comprensión y amor dentro de ella?

MONICIONES PARA EL X DOMINGO ORDINARIO

MONICION DE ENTRADA:

Cada domingo nos reúne el mismo hecho: el Señor, que está vivo entre nosotros y nos convoca para escuchar su Palabra y alimentarnos con su Pan.

Y nosotros, con fe y confianza, con toda la Iglesia, acudimos a esta convocatoria dominical, para que nuestra vida cristiana progrese acompañada por el Señor y por los hermanos.
 

MONICION A LA PRIMERA LECTURA:

La caída de Adán y Eva muestra que en la culpa, los culpables no sólo rompen con los justos sino también entre sí.  Adán culpa a Dios y a Eva y ésta, a la serpiente.  Pero Dios no busca culpables sino resolver la culpa, prometiendo redención.

MONICION A LA SEGUNDA LECTURA:

La vida del hombre sobre la tierra está llena de
transitoriedad y limitación.  Con todo, su esperanza y fe le permiten esperar e intuir los bienes definitivos.  Pablo consuela a los cristianos: aunque la limitación apriete... la esperanza no defrauda.

ANTES DEL ALELUYA:

A Jesús podrá aceptársele o no, pero nunca achacársele el mal.  Pero aunque muchos afirman que lo conocen y son de su familia, Jesús reclama que no es la parentela de sangre la que acerca a El, sino la confianza en su palabra.

Oración universal: Unidos a todos los hombres, que luchan por vencer los males de nuestro mundo, oremos al Señor pidiéndole su ayuda.

Responderán diciendo: Escúchanos, Señor.

 

-Señor, ayuda a los que dirigen tu Iglesia para que cumplan siempre tu voluntad.  Oremos.

-Señor, ilumina a los que gobiernan los pueblos para que lo hagan con justicia y buen tino.  Oremos.

-Señor, acrecienta la esperanza de todos los hombres que trabajan para conseguir un mundo mejor.  Oremos.

-Señor, consuela por medio de nuestro amor eficaz, a los que están necesitados.  Oremos.

-Señor, concede tu paz a todos los que han dejado este mundo.  Oremos.

-Señor, que este año profundicemos más en nuestra fe.  Oremos.

-Señor, haz que esta Eucaristía que celebramos aumente nuestro amor.  Oremos.

Acoge, Señor, estas plegarias que te dirigimos confiadamente en tu gran misericordia, y concédenos lo que en ellas te pedimos.  Por Jesucristo, nuestro Señor.

martes, 29 de mayo de 2018


CORPUS CHRISTI (CICLO B)

Celebramos la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor.  Cristo está realmente presente en el pan y en el vino de la Eucaristía. Son su Cuerpo entregado y su Sangre derramada.

La 1ª lectura del libro del Éxodo, nos ha descrito la Alianza entre Dios y su pueblo.  Por medio de Moisés, Dios comunica “todos su mandatos”.  Y el pueblo se compromete a cumplir “todo lo que el Señor dice”.

Esta Alianza entre Dios y el pueblo se realiza con un rito sagrado: el sacrificio de animales.  Con la sangre de animales sacrificados se sellaba la Alianza de Dios con su pueblo.  La mitad de la sangre se derramaba sobre el altar, para Dios, y la otra mitad se utilizaba para rociar al pueblo.

Jesús derramó hasta la última gota de su Sangre en la cruz el viernes Santo, para el perdón de nuestros pecados.  Esto es lo que hace Jesús en cada Eucaristía: “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”.  Por eso en cada misa comulgamos su Cuerpo y su Sangre.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, no muestra a Cristo como el Mediador entre Dios y los hombres y para ello Cristo sacrifica su vida por toda la humanidad.  Por medio de este sacrificio de Jesús, hemos alcanzado el perdón de nuestros pecados, hemos entrado en relación directa con Dios nuestro Padre.  Este sacrificio de Cristo lo renovamos continuamente en la Misa y hoy, día del Corpus, lo recordamos y lo celebramos con especial gozo y alegría.

El Evangelio de san Marcos, nos narraba la institución de la Cena del Señor, la celebración de la primera misa de la humanidad.

“Dichosos los llamados a la cena del Señor”. Así dice el sacerdote mientras muestra a todo el pueblo el pan eucarístico antes de comenzar su distribución. ¿Qué eco tienen hoy estas palabras en quienes las escuchan?

Son muchos, sin duda, los que se sienten dichosos de poder acercarse a comulgar para encontrarse con Cristo y alimentar en Él su vida y su fe. Algunos pocos se levantan automáticamente para realizar una vez más un gesto rutinario y vacío de vida. Un número importante de personas no se sienten llamadas a participar y tampoco experimentan por ello insatisfacción ni pena alguna. Y, sin embargo, comulgar es para el cristiano el gesto más importante y central de toda la semana.

La preparación comienza con el canto o recitación del Padre nuestro. No nos preparamos cada uno por su cuenta para comulgar individualmente. Comulgamos formando todos una familia que, por encima de tensiones y diferencias, quiere vivir fraternalmente invocando al mismo Padre y encontrándonos todo en el mismo Cristo.

El gesto del sacerdote con las manos abiertas y levantadas es una invitación a adoptar una actitud confiada de invocación a Dios.

La preparación continúa con el gesto de paz, gesto sugestivo y lleno de fuerza que nos invita a romper los aislamientos, las distancias y la insolidaridad egoísta. El rito, precedido por una doble oración en que se pide la paz, no es simplemente un gesto de amistad. Expresa el compromiso de vivir contagiando “la paz del Señor”, cerrando heridas, eliminando odios, reavivando el sentido de fraternidad, despertando la solidaridad.

La invocación “Señor, no soy digno”, dicha con fe humilde y con el deseo de vivir de manera más sana es el último gesto antes de acercarse a recibir al Señor.

El silencio agradecido y confiado que nos hace conscientes de la cercanía de Cristo y de su presencia viva en nosotros, la oración de toda la comunidad cristiana y la última bendición ponen fin a la comunión.

Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de “comer”, es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es mi Creador y Redentor. El objetivo de la comunión es la asimilación de mi vida con la de Cristo, mi transformación y configuración con quien es Amor vivo. Por ello, esta comunión implica la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo para siempre.

Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestro pueblo. Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida cotidiana, a su bondad. ¡Que nuestras calles sean calles de Jesús! ¡Que nuestras casas sean casas para Él y con Él!

Que en nuestra vida de cada día penetre su presencia. Con este gesto, ponemos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y de los ancianos, las tentaciones, los miedos, toda nuestra vida. La procesión quiere ser una bendición grande y pública para nuestro pueblo: Cristo es, en persona, la bendición divina para el mundo. ¡Que el rayo de su bendición se extienda sobre todos nosotros!

MONICIONES PARA EL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

MONICION DE ENTRADA:

Celebramos hoy el Corpus, una fiesta que ha tenido un carácter muy popular en nuestras tierras.

Vale la pena que hagamos el esfuerzo de entrar en lo que esta fiesta significa también hoy para los cristianos.  Nos ayuda a darnos cuenta de este tesoro que tenemos en las manos y que es la Eucaristía.  Darnos cuenta de que Jesucristo está presente entre nosotros de una forma real y concreta, no sólo en la memoria.  Y de que la comunión con El es un compromiso de comunión con la Iglesia y un compromiso de amor a toda persona que pise esta tierra, por la cual el Señor entregó su Cuerpo y derramó su sangre.

MONICION A LA PRIMERA LECTURA:

Dios hace alianza con su pueblo y la mide con signos: la sangre y la obediencia.  Con todo, esta alianza no es rito, sino culmina uniendo la voluntad, la vida y destino de los pactantes: Dios pertenecerá a su pueblo y éste a su Dios.

MONICION A LA SEGUNDA LECTURA:

El sacrificio de Cristo, a diferencia de los antiguos sacrificios judíos, no sólo purifica a los hombres, sino los perdona de sus pecados y los une a Dios.  La carta a los hebreos resalta esa superioridad de Cristo y el valor de su muerte.

ANTES DEL ALELUYA:

La última cena de Jesús no es despedida sino alianza nueva.  Con ella, Jesús indica que los sacrificios ya no tienen sentido ante la realidad del suyo.  No más víctimas ni sangre, sino memorial de su sacrificio hasta el día del reinado de Dios.

Oración universal: Jesús da la vida “por todos los hombres”.  Por eso nuestra comunión con Él es comunión con todos.  Oremos por las necesidades de la humanidad entera.

Responderán diciendo: Te lo pedimos, Señor.
 
-Para que la Iglesia de Jesucristo, extendida por todo el mundo, crezca en la comunión con el Señor, pobre y humilde y que da la vida.  Oremos.

-Para que el amor que hoy celebramos lo podamos ver concretado en nuestro propio amor a los más pobres, a los que viven solos, a los enfermos, a los ancianos, a los marginados.  Oremos.

-Para que la entrega de Jesucristo por todos los hombres nos estimule a ser solidarios con los pueblos que sufren hambre, guerras y opresiones.  Oremos.

-Para que todos los niños que estos días reciben
por primera vez la Eucaristía, encuentren en nosotros unos testigos humildes y sinceros del compromiso que supone la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.  Oremos.

Acoge, Padre, nuestra oración.  Te pedimos que todos vivamos en comunión de vida y de amor contigo y con nuestros hermanos.  Como nos enseñó Jesucristo, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos.

MONICION DE DESPEDIDA:

Salgamos de templo con alegría. Hemos festejado con gozo la solemnidad que conmemora un milagro diario y portentoso: que Jesús se queda siempre con nosotros y que, gracias a ello, nosotros siempre estamos con Él. Salgamos fuera para contar este prodigio a quienes no lo saben o no lo creen.

martes, 22 de mayo de 2018


LA SANTISIMA TRINIDAD (CICLO B)

 

Celebramos hoy el domingo de la Santísima Trinidad. Un misterio central del cristianismo. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es Uno y, al mismo tiempo, Tres. Un misterio que quizá es difícil de entender y de explicar, pues no podemos concebir cómo se puede ser al mismo tiempo uno y tres. Hay una sola naturaleza divina y tres personas con esa naturaleza divina. Un solo Dios verdadero y tres personas.

En la 1ª lectura del libro del Deuteronomio, Dios se revela como el Dios que viene a nuestro encuentro, que nos habla, que nos indica el camino seguro para alcanzar la libertad y la vida; se revela como el Dios que está atento a nuestros problemas.

A veces, en nuestra vida, nos sentimos solos y sin saber qué hacer, tenemos dudas, miserias y problemas.  Ante todo esto tenemos que estar seguros que Dios es y será siempre para nosotros una luz de esperanza que ilumina nuestro camino y que nos permite afrontar nuestros problemas con paz y serenidad.

¿En quién y en qué ponemos nuestra esperanza? ¿En esos dioses que tantas veces nos atraen (el dinero, el poder, la fama, el reconocimiento social, la moda...), que tantas veces atraen nuestra atención y que no son, verdaderamente, garantía de vida y de felicidad? ¿Esos dioses nos traen libertad y esperanza o esclavitud?

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos, nos muestra una vez más que Dios no es un Dios distante e inaccesible.  Hay ocasiones en nuestra vida que buscamos a Dios y pareciera que no conseguimos descubrir su presencia, pues incluso en esos momentos, es preciso no olvidarnos que Dios nunca abandona a sus hijos que ninguno de nosotros le somos indiferente.

El evangelio de san Mateo, aparece la fórmula trinitaria de nuestro bautismo.  Fuimos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Pero ¿qué significa el misterio de la Santísima Trinidad?  El misterio de la Santísima Trinidad significa que Dios es un Padre que ama, Jesús lo llama Padre, que ama desde siempre y seguirá amando siempre, de Él sólo brota amor.

Dios es Hijo. Jesús se llama el Hijo de Dios, “El Padre y yo somos uno”, Él es el eternamente amado antes de la creación del mundo. Es el Hijo, el que acoge el amor del Padre, es la respuesta eterna a su amor. Jesús nos dice que Dios es amor compartido.

Dios es Espíritu Santo. ”Les enviaré mi Espíritu.” Es el Amor eterno entre el Padre y el Hijo amado. Dios es un misterio de comunión y de amor, un foco de amor insondable. El misterio de Dios es dar y recibir amor.

En esta festividad de la Santísima Trinidad hemos de preguntarnos si de veras creemos en este Dios que es amor, en este Dios que no es un ser solitario sino comunitario, porque a veces, pareciera que no todos creemos en el mismo Dios.
 
El ser humano tiene la tentación de hacerse siempre un dios a la medida de sus intereses y necesidades, y esto lo hemos conocido demasiado a menudo también los cristianos. Un dios que apoya al poder inhumano, un dios que justifica la riqueza de unos pocos, un dios que pide sacrificios, ese dios no es el Dios de Jesús, sino un ídolo.  

Celebrar el Misterio de la Santísima Trinidad es celebrar a un Dios que es cercano, un Dios misericordioso, un Dios que toma la iniciativa para amarnos.

En este Dios que nos describen las lecturas de hoy es en el que tenemos que creer y no en el dios que nosotros nos fabricamos.  Hemos de creer en un Dios amor que nos compromete a todos los que nos llamamos cristianos a que frente al egoísmo y la avaricia de riquezas, compartamos lo que tenemos; frente al orgullo y al odio, perdonemos y seamos constructores de paz; frente a los deseos de poder, seamos servidores.

La fiesta de hoy nos recuerda a todos que al igual que Dios no es un ser solitario, nosotros tenemos que hacer de este mundo una comunidad, una familia, a imagen de la familia de Dios. Ese fue el intento de Jesús. La Familia de Dios, el Reino de Dios.

La soledad, el aislamiento, la desunión, la separación, no están en el proyecto de Dios y se oponen al proyecto de nuestro Dios que es comunión que es familia que es amor.

MONICIONES SANTISIMA TRINIDAD (CICLO B)

MONICION DE ENTRADA:

Acabado ya el tiempo de Pascua, celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad.  Es como una llamada a la contemplación de nuestro Dios.  Ese Dios que es el origen y el término de nuestras vidas, ese Dios que se ha hecho hombre como nosotros y nos ha mostrado un amor fiel hasta la muerte, ese Dios que es Espíritu que penetra y transforma nuestro mismo espíritu.

Alabemos, hermanos, la grandeza de nuestro Dios y agradezcamos su amor inmenso para con nosotros.

MONICION A LA PRIMERA LECTURA:

Deuteronomio señala que se conoce a Dios al ser liberados del dolor.  Israel conoció a Dios al ser rescatados de la opresión.  Lo mismo pasará a quien salga de cuanto lo oprime y aprenda a vivir la voluntad de Dios expresada en mandamientos.

MONICION A LA SEGUNDA LECTURA:

Participar de Dios y de su misterio es anhelo al cual aspiran hombres y movimientos religiosos.  San Pablo aclara a los cristianos de Roma que, en su bautismo, se les ha concedido la filiación divina.  Ahora, podemos invocarlo como Padre.

ANTES DEL ALELUYA:

Mateo presenta el encuentro de Cristo con sus discípulos en un monte de Galilea.  Ahí los comisiona recorrer la tierra, llegar a todas las culturas y mostrar que Dios da su amor comunitario a cuantos quieran recibir el bautismo.

Oración universal: A Dios, el Padre de amor, presentemos con fe y confianza nuestras plegarias por nosotros y por todos los hombres.

Responderán diciendo: Padre, escúchanos.

 

-Por la Iglesia de nuestro país, y por todos los que la formamos.  Oremos.

-Por la unidad de todas las Iglesias cristianas.  Oremos.

-Por los monasterios de vida contemplativa, y por los monjes y monjas que viven en ellos dedicados a la oración y a la alabanza de Dios.  Oremos.

-Por los movimientos y grupos de jóvenes cristianos.  Oremos.

-Por la paz y la concordia entre todos los pueblos de la tierra.  Oremos.

-Por los gobernantes y toda nuestra comunidad.  Oremos.

-Por nosotros y por nuestras comunidades cristianas.  Oremos.

-Por los empresarios para que se esfuercen en mantener y crear puestos de trabajo para todos.  Oremos.

Escucha, Padre, nuestra oración y derrama tu bondad sobre el mundo entero.  Por Jesucristo nuestro Señor.

EXHORTACIÓN DESPEDIDA.

Somos un pueblo unido, no individuos solitarios e insolidarios. Ese ejemplo de unidad en el amor, de cercanía, de familia, nos lo da la Trinidad Santa, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Salgamos, también, unidos a proclamar por calles y plazas la esencia y la naturaleza de nuestro Dios.

martes, 15 de mayo de 2018


PENTECOSTES (CICLO B)

Hoy celebramos el día de Pentecostés, el día de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la Iglesia.  Con la venida del Espíritu Santo comienza la misión de la Iglesia; los apóstoles pasan del miedo a la valentía para dar testimonio de Jesús. 

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos decía cómo el Espíritu Santo cuando vino sobre los Apóstoles, se manifestó con el don de la “glosolalia”, es decir que les dio a los Apóstoles la posibilidad de hablar en distintos idiomas y de hacerse entender por todos.  El Espíritu Santo es enviado por Dios Padre para que todos los hombres, aunque seamos de diferentes razas y culturas, podamos entendernos y vivir en fraternidad. 

Pentecostés es el polo opuesto al episodio en el Antiguo Testamento de la Torre de Babel: los hombres quisieron construir una torre tan alta que llegara al cielo para hacerle la competencia a Dios; pero Dios confundió sus lenguas de modo que no podían entenderse.   

En nuestro mundo actual, vemos que hay una gran diversidad en todo: idiomas, costumbres, colores, paisajes, gobiernos, religiones.  Pareciera que el mundo ante tanta diversidad le cuesta trabajo encontrar caminos de entendimiento y de fraternidad. 

El día de Pentecostés fue enviado el Espíritu Santo, en nombre de Dios Padre, para hacer posible el entendimiento entre las personas, a hacer realidad la fraternidad.  El lenguaje del amor lo entiende todo el mundo.  El orgullo, la soberbia, crea división entre las personas; el Espíritu Santo crea comunión, cercanía, diálogo, fraternidad.  Cuando hay división se dificulta la acción del Espíritu Santo en nuestra vida.  Hay que dejar de vivir encerrado en uno mismo para dejar que actúe el lenguaje del Espíritu Santo que es el lenguaje del amor. 

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios, nos dice que en cada uno de nosotros se manifiesta el Espíritu Santo para el bien común.  Esa es la finalidad primera del Espíritu Santo, el bien común; por eso aunque existan diversidad de dones, de servicios, de funciones, pero hay un mismo Espíritu. 

Los dones que recibimos no pueden ser utilizados en beneficio propio, sino que deben ser puestos al servicio de todos.  Los dones que recibimos tampoco pueden ser para generar conflictos y divisiones, sino que deben servir para el bien común, el bien de la sociedad, el bien de la comunidad cristiana. 

En una sociedad, en una comunidad cristiana, todos somos necesarios.  Cuando hay división y no hay fraternidad entre nosotros, es señal de que no estamos dejando actuar al Espíritu Santo y estamos actuando por nuestra cuenta sin tener presente a Dios.

El evangelio de san Juan, nos decía que “al anochecer, encerrados y con miedo estaban los discípulos cuando se presentó Jesús en medio de ellos”. 

A veces, nosotros, estamos en una situación igual.  Nos sentimos “al anochecer” de nuestra ilusiones y esperanzas, llenos de tristeza, añorando el pasado, sumergidos en el pesimismo, en el desaliento, lamentándonos todo el día.  Y vivimos “con las puertas cerradas”, es decir, aislados, sin nada que decir, ni esperar y “con miedo” de hacer algo positivo por nuestra vida, miedo de proclamar la Palabra de Dios, miedo de actuar como cristianos. 

“Se presentó Jesús en medio de ellos”.  Cuando dejamos actuar al Espíritu Santo en nuestras vidas las puertas se abren, el miedo se acaba.   

Como aquéllos discípulos, ¿qué haremos hoy? ¿Encerrarnos en nuestras casas?, ¿en nosotros mismos?, ¿callar?, ¿aguantar la tristeza?, ¿seguir con nuestro miedo?  

Muchas cosas pedimos a Dios, que nos cure en la enfermedad, que nos de salud, que nos ayude a encontrar trabajo, que no nos falte el dinero, que no le pase nada malo a nuestra familia, etc. etc.,  tantas y tantas cosas, y sin embargo nos bastaría con pedirle una cosa: su Espíritu.  El Espíritu Santo y sus dones de amor, paz, alegría, servicialidad.   

Sólo el Espíritu nos puede permitir vivir y tener las mismas actitudes que Jesús.   Y de eso se trata para los cristianos, tener los mismos sentimientos y actitudes que el Hijo.  Para poder formar parte de la familia de Dios.  Ese debe ser nuestro único deseo.   Por eso hoy, con el Hijo y en el Espíritu nos atrevemos a llamar a Dios, Abba, Padre, y a pedirle con todo nuestro corazón: envíanos tu Espíritu, llena los corazones de tus fieles con el fuego de tu amor.
 

En este día de Pentecostés, y siempre, pidamos al Señor que venga su Espíritu Santo, para que fortalezca nuestra fe, para que nos haga testigos valientes de su amor en el mundo.