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martes, 19 de junio de 2018


NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA (CICLO B)

Juan el Bautista tiene un lugar especial dentro de la liturgia de la Iglesia.  Juan el Bautista es el único santo de quien celebramos su nacimiento.  Normalmente de los demás santos recordamos el día de su muerte o nacimiento para el cielo.
 
San Juan Bautista es el precursor del Señor y es el mayor de los nacidos de mujer.  Juan es el hombre del desierto, el buscador de los planes de Dios, el que grita la conversión y la urgencia de un cambio de vida porque se acerca el Salvador de los hombres.
 
Juan Bautista se presenta como el elegido por Dios para mostrar a los hombres a Cristo, que es el que quita el pecado del mundo.  Juan el Bautista pone a Dios en el centro de su vida, y para no crear confusión o crear falsas esperanzas en sus seguidores, afirma con firmeza desde el primer momento de su predicación que él no es el importante, sino un simple instrumento en las manos de Dios.  Por eso Juan el Bautista dirá que él no se considera digno ni de desatar la correa de sus sandalias.
 
El Evangelio de hoy nos decía que la gente se preguntaba: “¿Qué va a ser de este niño?”  El mismo Juan el Bautista da respuesta a esta pregunta: “Yo no soy quien pensáis vosotros” En más de una ocasión hemos oído esta misma respuesta, en algunas personas, pero dicha en sentido contrario, cargada de prepotencia como diciendo: ¿no sabéis quién soy yo?  ¿No sabéis con quien estáis hablando?
 
San Juan pronuncia esta frase aclarando que él no es importante.  Él sólo es un precursor.  Uno que prepara el camino para otro.  Uno que llega antes que el otro.
 
Cada quien tiene una misión en la vida y nadie es más importante que otro.  Los papás lo son no para ellos mismos, sino para vuestros hijos; los maestros, no son maestros para ellos sino para los alumnos; los sacerdotes, no lo somos para nosotros mismos, sino para los feligreses; los políticos, los alcaldes, los diputados, no son elegidos para ellos, sino para el bien del pueblo.  Cuando queremos pasar en nuestra vida de precursores a protagonistas nuestra misión suele convertirse en fracaso, porque hemos equivocado nuestra misión.
 
La figura de Juan Bautista es, según como se mire, contradictoria.  Por una parte, es grande y extraordinaria, pero al mismo tiempo, se presenta humilde y totalmente subordinado a Jesús.
 
Al igual que Juan el Bautista, cada uno de nosotros, ha sido llamado por Dios, y hemos de tomar conciencia de la grandeza de nuestra vocación.  Cada uno de nosotros también ha sido amado, llamado y elegido desde el seno materno para vivir como hijo de Dios y para proclamar las maravillas de Dios a favor de la humanidad hasta los últimos confines de la tierra.
 
Como seguidores de Jesús, tenemos que tomar conciencia de que hemos sido llamados por Dios y así no cesaremos nunca de dar gracias a Dios por el don de ser sus hijos, ni caeremos en el orgullo de pensar que el fruto de nuestro apostolado, o el fruto de lo que hacemos depende de nuestras obras, sino que depende de Dios.  Al sabernos llamados por Dios, no dejaremos que el desánimo se apodere de nosotros cuando lo que estemos haciendo no dé el fruto que esperábamos o el resultado previsto.  Lo importante es vivir en Dios, permanecer en su amor y dejar que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón y nuestra mente según los criterios del Señor.
 
El hombre de hoy vive falto de sentido en su vida, vive adormecido por la cultura del consumo y del bienestar material.  Hay tantos seres humanos insatisfechos porque necesitan a Dios y no lo encuentran donde lo buscan.  Hay tanto que aún no han tomado conciencia de que son hijos de Dios.  Por ello, los que tenemos la suerte y la dicha de conocer al Señor, tenemos el compromiso de ofrecer a todo hombre el amor de Dios y la luz que hemos recibido de Dios para que sea conocido en todas partes.
 
Pero esta misión no podremos hacerla si no somos testigos auténticos, como lo fue Juan el Bautista.  Lo que decimos con la palabra, lo tenemos que hacer vida.  No podemos pedir a los demás que se amen, si nosotros no nos amamos; no podemos invitar a otros a que sirvan, si nosotros no servimos al prójimo y a nuestra Iglesia; no podemos pedir a otros que escuchen al Señor, si nosotros no escuchamos la voz del Señor, o estamos siempre tan ocupados en tantas cosas que no encontramos tiempo para meditar la Palabra de Dios.
 
Pidamos que la celebración de la memoria de san Juan Bautista nos ayude a seguir, algo más, su ejemplo y aprendamos a ser humildes y cumplidores fieles de nuestra misión en el mundo.

MONICIONES PARA SAN JUAN BAUTISTA

Monición de entrada

Queridos hermanos, bienvenidos a participar y celebrar juntos esta santa Eucaristía, en la Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista.

Después de Jesús y la Santísima Virgen María, Juan Bautista es el único Santo al que la Iglesia le celebra su nacimiento. De Jesús celebramos su nacimiento y su muerte; de María celebramos su nacimiento y su Asunción a los cielos; de Juan Bautista celebramos su nacimiento y también su martirio.

Pedimos la intercesión de San Juan Bautista, para que en nuestros tiempos también sigan surgiendo profetas valientes que anuncien el evangelio, pero también capaces de denunciar el pecado que afecta a nuestra sociedad.

Primera lectura (Isaías 49, 1-6) 

En la primera lectura escucharemos el segundo poema del Siervo de Yahvé, con el que el profeta Isaías nos habla sobre la misión universal de salvación confiada a su servidor.

Salmo responsorial (Salmo 138)

Dios, que nos ha creado, nos conoce profundamente y predestina a sus servidores para una misión. Con el salmo cantamos y damos gracias a Dios por el llamado que dirige a cada uno de nosotros. Lo haremos diciendo: 

Segunda lectura (Hechos de los apóstoles 13, 22-26)

En su primer discurso en Antioquía, San Pablo nos recuerda el papel fundamental que desempeñó Juan el Bautista, preparando el camino del Señor.

Evangelio (Lucas 1, 57-66. 80)

Del evangelio de San Lucas, escucharemos hoy un relato que resume la vida de San Juan desde su nacimiento hasta que se presentó a Israel, preparando el camino del Señor. De pie por favor, cantamos el aleluya para escuchar esta gran noticia de hoy.

Oración de los fieles

1.    Pidamos al Señor por el papa, obispos y sacerdotes, para que se conviertan en esos profetas que alcen su voz para anunciar el Evangelio con la valentía de San Juan Bautista. Oremos.

2.    Para que los gobiernos del mundo escuchen la voz de los profetas que hablan a través de la Iglesia, denunciando las injusticias. Oremos.

3.    Por los más necesitados, especialmente aquellos que viven en el anonimato en nuestra sociedad, para que sean reconocidos y encuentren un espacio entre nosotros. Oremos.

4.    Por todos nosotros, para que escuchemos la voz de Dios y atendamos su llamado a cumplir una misión importante en la construcción de su Reino. Oremos.

martes, 12 de junio de 2018


XI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

 
Las lecturas de este domingo nos invitan a tener confianza en Dios, a poner en sus manos nuestra vida diaria y cotidiana.

En la 1ª lectura del profeta Ezequiel, se nos recordaba cómo Dios se vale de las cosas pequeñas para actuar en el mundo.

Muchas veces, las personas ponen su confianza en la gente poderosa.  Sin embargo, los poderosos de este mundo son personas como nosotros y por lo tanto pueden defraudarnos y no solamente eso, sino que pueden volverse en contra nuestra para destruirnos.

Hoy el Señor nos dice que quien pone en Él su confianza jamás se verá defraudado, ni oprimido, ni destruido, sino que encontrará la paz y la seguridad que sólo procede de Dios, de ese Dios que nos ama fiel y eternamente.

Los cristianos, los que pertenecemos a la Iglesia no podemos estar de acuerdo con la violencia ni podemos cometer injusticias, ni explotar o aprovecharnos de nadie para lograr nuestros intereses personales, ni podemos creernos que somos más que los demás.  No pongamos, pues, nuestras esperanzas en los poderosos de este mundo, porque Dios ha escogido a los humildes, a los que aparentemente no valen, para salvar a este mundo.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos invitaba a tener confianza en Dios.  Por eso, debemos esforzarnos en agradar al Señor no sólo con nuestras palabras, sino con nuestras obras y con nuestra misma vida.

Nuestra fe se tiene que traducir en obras de amor y de esta manera estaremos manifestando que ya desde ahora poseemos la Vida eterna, porque estaremos con Dios y Dios en nosotros.

En el Evangelio de san Marcos, vemos a Jesús que usa dos pequeñas parábolas para explicarnos a qué se parece el Reino de los Cielos.

El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la más pequeña de las semillas, pero después brota y se hace grande, tan grande que los pájaros pueden anidar en ella.

El Señor eligió a unos pocos hombres para instaurar su reinado en el mundo.  La mayoría de ellos eran humildes pescadores, con escasa cultura, llenos de defectos y sin medios materiales.  Sin embargo, estos hombres llegaron a difundir la doctrina de Cristo por toda la tierra, a pesar de todas las contrariedades que se les presentaron.

Somos nosotros también ese grano de mostaza en relación a la tarea que nos encomienda el Señor en medio del mundo. 

Un cristiano no puede quedarse de brazos cruzados ante tanta necesidad de pregonar el Evangelio.  Muchas personas han dejado a Dios y su única meta es llenar sus vidas de cosas mundanas.  A pesar de desear tanto las cosas materiales tienen mucha necesidad de escuchar la Palabra de Dios. 
 
Jesús nos pide hoy a las comunidades Cristianas que sanemos al mundo actual de sus enfermedades espirituales y morales promoviendo la unión, la reconciliación, la justicia y la paz.  Y para que esto se realice hay que trabajar como buenos obreros para que la cosecha sea abundante. 

El Señor cuenta con nosotros para transformar nuestro mundo.  No dejemos de llevar a cabo aquello que está en nuestras manos, aunque nos parezca poca cosa -tan poca cosa como un insignificante grano de mostaza-, porque el Señor mismo hará crecer nuestro empeño, y la oración y el sacrificio que hayamos puesto darán sus frutos.

 

MONICIONES PARA EL XI DOMINGO ORDINARIO

 
MONICION DE ENTRADA:

Creyendo en el llamado del Señor que nos ha convocado, dispongámonos a celebrar nuestra fe reunidos como Iglesia, convencidos de que el Señor está con nosotros.

MONICION A LA PRIMERA LECTURA:

Usando la imagen del trasplante de un brote nuevo, Ezequiel anuncia la acción de Dios con su pueblo.  Aunque éste haya sido castigado, Dios lo restablecerá en su tierra para señalar que El, y no las potencias mundiales, es quien eleva y humilla.

MONICION A LA SEGUNDA LECTURA:

San Pablo compara la vida humana como un exilio, y la muerte como retorno a la gloria de Dios.  Con todo, lo importante no es ni el exilio corporal ni el retorno a la gloria sino el agrado que causamos a Dios con nuestra conducta.

ANTES DEL ALELUYA:

Jesús compara la presencia de Dios en la vida de los creyentes con la siembra de una semilla.  El crecimiento de ésta no depende del hombre sino de su fuerza propia y del Señor que sostiene su crecimiento.

Oración universal: Presentemos al Padre nuestras plegarias.  Oremos para que su Reino se abra paso en la vida de los hombres y crezca como un árbol capaz de dar mucho fruto.

Responderán diciendo: Escúchanos, Padre.

-Por todos los bautizados en el Señor, para que El mismo haga crecer, día a día, la fe que sembró en el Bautismo.  Oremos.

-Por todos los hombres y mujeres del mundo que no se profesan cristianos, para que Dios les haga crecer las semillas de vida y de amor que llevan en el corazón, y así el Reino también crezca a través de ellos.  Oremos.

-Por todos los niños y jóvenes, para que encuentren en los adultos de su entorno el ambiente y el apoyo para poder desarrollar su vida y dar mucho fruto.  Oremos.

-Por los más pobres y los marginados, para que sean valorados como personas y reciban la ayuda que necesitan.  Oremos.

-Por todos los necesitados espiritualmente, para que en este año encuentren a Jesucristo y El satisfaga todas sus necesidades.  Oremos.

-Por todos nosotros, para que la semilla sembrada hoy, en esta celebración, dé frutos de fraternidad esta semana.  Oremos.

Padre, míranos bondadosamente, y concédenos lo que con fe te hemos pedido.  Por Jesucristo, nuestro Señor.

MONICION DE DESPEDIDA:

Papas, maestros, trabajadores, ciudadanos. Algún día, sin que sepamos cómo y cuándo – como dice el Evangelio de hoy- la semilla germinará y crecerá y producirá su fruto. Así es el Reino de Dios.

martes, 5 de junio de 2018


X DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan de la existencia del pecado desde el origen de la humanidad y la urgencia que tenemos de luchar contra el mal, con la confianza de que Cristo es más fuerte que el mal y ya lo ha vencido.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presentaba al pueblo de Israel preguntándose cómo había comenzado el mal en nuestro mundo.

El mal y el pecado existen en nuestra vida y en nuestra sociedad.  La tentación y el pecado es una experiencia que todos tenemos: niños y mayores, religiosos y laicos.  El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.  A veces, le echamos la culpa a los demás o al ambiente, sin embargos somos nosotros los que hacemos una opción libre por el mal.  Somos débiles, y ante el programa que Jesús nos ofrece, preferimos otros programas que las “serpientes” en turno nos van ofreciendo con sutiles argumentos.

En nuestra sociedad y en nuestro mundo existe el pecado a pesar de todos los avances tecnológicos. Esta situación de pecado es una experiencia que tenemos todos: niños y mayores. El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.

Ante el mal no podemos quedarnos indi­ferentes o desanimados. Somos invitados a resistir, a trabajar para que el mal no triunfe en este mundo ni en nosotros mismos.

La 2ª lectura de la 2ª carta de san Pablo a los Corintios nos narraba cómo es la vida de un apóstol y de una comunidad.

En la vida de un cristiano hay momentos de dificultades que a veces nos desaniman.  Ante estas dificultades, de las que san Pablo tiene amplia experiencia, hay una respuesta: los esfuerzos que se hagan para superar esas dificultades tienen sentido, “todo es para nuestro bien”.  A veces, vale la pena sufrir un poco porque ese sufrimiento puede ser fecundo: “Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso”, nos decía san Pablo.

Pero hay también otro “enemigo” que amenaza nuestra fidelidad: nuestra caducidad y el pensamiento de la muerte.  Hay personas que piensan que como ya les queda poco tiempo de vida ya no vale la pena seguir trabajando.  San Pablo nos recuerda que siempre debemos trabajar por el Reino de Dios porque así en nuestra vida y en nuestra muerte nos unimos a Cristo: “sabiendo que quien resucitó a Jesús también nos resucitará a nosotros”

El Evangelio de san Marcos nos hablaba del único pecado que no se puede perdonar: “a los hombres se les perdonaran todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón”.  Ese “pecado contra el Espíritu” es no querer ver la luz y la llamada de Cristo, es ignorar a Dios.

También Jesús nos ha hablado hoy de quién es su verdadera familia. 

No basta dar la vida, tener los lazos de la carne y de la sangre, o como dicen los israelitas, “ser de los mismos huesos”, se necesita mucho más para ser familia: “El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Para ser familia no basta estar juntos y tener la misma sangre, se requiere cumplir con la misión para la que hemos sido creados: diálogo, encuentro en relación, disposición para asumir que sólo con el otro estamos completos; ser imagen del mismo Dios.

Cuando no tenemos tiempo para la relación, cuando rehusamos mirarnos a los ojos, cuando negamos nuestra mano al hermano, no bastan los lazos de la carne para ser hermanos. Por el contrario, cuando asumimos nuestra relación como hijos del verdadero Dios y miramos a Cristo como nuestro hermano que nos amplía los horizontes, descubrimos que la fraternidad no se cierra entre cuatro paredes, sino que se abre para recibir a todos los hombres y mujeres que cumplen la voluntad del Padre.

En lugar de negar a la familia, le está dando Jesús mayor fortaleza, mayor seguridad y bases más seguras.

Es pues muy importante que descubramos la fraternidad en nuestras familias, y formar nuevas familias siempre abiertas a recibir otros miembros, más allá de la sangre, que la enriquezcan y la lleven a construir el Reino, sueño de Jesús para todos los hermanos. Las relaciones en casa deben superar nuestros egoísmos y educarnos para una vida en fraternidad en todos los ámbitos. Miremos nuestras familias, miremos nuestra sociedad y preguntémonos si estamos siendo fieles a la misión o si nos hemos extraviado por los caminos. ¿Cómo es la vida en familia y cómo construimos relaciones de amistad, comprensión y amor dentro de ella?

MONICIONES PARA EL X DOMINGO ORDINARIO

MONICION DE ENTRADA:

Cada domingo nos reúne el mismo hecho: el Señor, que está vivo entre nosotros y nos convoca para escuchar su Palabra y alimentarnos con su Pan.

Y nosotros, con fe y confianza, con toda la Iglesia, acudimos a esta convocatoria dominical, para que nuestra vida cristiana progrese acompañada por el Señor y por los hermanos.
 

MONICION A LA PRIMERA LECTURA:

La caída de Adán y Eva muestra que en la culpa, los culpables no sólo rompen con los justos sino también entre sí.  Adán culpa a Dios y a Eva y ésta, a la serpiente.  Pero Dios no busca culpables sino resolver la culpa, prometiendo redención.

MONICION A LA SEGUNDA LECTURA:

La vida del hombre sobre la tierra está llena de
transitoriedad y limitación.  Con todo, su esperanza y fe le permiten esperar e intuir los bienes definitivos.  Pablo consuela a los cristianos: aunque la limitación apriete... la esperanza no defrauda.

ANTES DEL ALELUYA:

A Jesús podrá aceptársele o no, pero nunca achacársele el mal.  Pero aunque muchos afirman que lo conocen y son de su familia, Jesús reclama que no es la parentela de sangre la que acerca a El, sino la confianza en su palabra.

Oración universal: Unidos a todos los hombres, que luchan por vencer los males de nuestro mundo, oremos al Señor pidiéndole su ayuda.

Responderán diciendo: Escúchanos, Señor.

 

-Señor, ayuda a los que dirigen tu Iglesia para que cumplan siempre tu voluntad.  Oremos.

-Señor, ilumina a los que gobiernan los pueblos para que lo hagan con justicia y buen tino.  Oremos.

-Señor, acrecienta la esperanza de todos los hombres que trabajan para conseguir un mundo mejor.  Oremos.

-Señor, consuela por medio de nuestro amor eficaz, a los que están necesitados.  Oremos.

-Señor, concede tu paz a todos los que han dejado este mundo.  Oremos.

-Señor, que este año profundicemos más en nuestra fe.  Oremos.

-Señor, haz que esta Eucaristía que celebramos aumente nuestro amor.  Oremos.

Acoge, Señor, estas plegarias que te dirigimos confiadamente en tu gran misericordia, y concédenos lo que en ellas te pedimos.  Por Jesucristo, nuestro Señor.

martes, 29 de mayo de 2018


CORPUS CHRISTI (CICLO B)

Celebramos la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor.  Cristo está realmente presente en el pan y en el vino de la Eucaristía. Son su Cuerpo entregado y su Sangre derramada.

La 1ª lectura del libro del Éxodo, nos ha descrito la Alianza entre Dios y su pueblo.  Por medio de Moisés, Dios comunica “todos su mandatos”.  Y el pueblo se compromete a cumplir “todo lo que el Señor dice”.

Esta Alianza entre Dios y el pueblo se realiza con un rito sagrado: el sacrificio de animales.  Con la sangre de animales sacrificados se sellaba la Alianza de Dios con su pueblo.  La mitad de la sangre se derramaba sobre el altar, para Dios, y la otra mitad se utilizaba para rociar al pueblo.

Jesús derramó hasta la última gota de su Sangre en la cruz el viernes Santo, para el perdón de nuestros pecados.  Esto es lo que hace Jesús en cada Eucaristía: “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”.  Por eso en cada misa comulgamos su Cuerpo y su Sangre.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, no muestra a Cristo como el Mediador entre Dios y los hombres y para ello Cristo sacrifica su vida por toda la humanidad.  Por medio de este sacrificio de Jesús, hemos alcanzado el perdón de nuestros pecados, hemos entrado en relación directa con Dios nuestro Padre.  Este sacrificio de Cristo lo renovamos continuamente en la Misa y hoy, día del Corpus, lo recordamos y lo celebramos con especial gozo y alegría.

El Evangelio de san Marcos, nos narraba la institución de la Cena del Señor, la celebración de la primera misa de la humanidad.

“Dichosos los llamados a la cena del Señor”. Así dice el sacerdote mientras muestra a todo el pueblo el pan eucarístico antes de comenzar su distribución. ¿Qué eco tienen hoy estas palabras en quienes las escuchan?

Son muchos, sin duda, los que se sienten dichosos de poder acercarse a comulgar para encontrarse con Cristo y alimentar en Él su vida y su fe. Algunos pocos se levantan automáticamente para realizar una vez más un gesto rutinario y vacío de vida. Un número importante de personas no se sienten llamadas a participar y tampoco experimentan por ello insatisfacción ni pena alguna. Y, sin embargo, comulgar es para el cristiano el gesto más importante y central de toda la semana.

La preparación comienza con el canto o recitación del Padre nuestro. No nos preparamos cada uno por su cuenta para comulgar individualmente. Comulgamos formando todos una familia que, por encima de tensiones y diferencias, quiere vivir fraternalmente invocando al mismo Padre y encontrándonos todo en el mismo Cristo.

El gesto del sacerdote con las manos abiertas y levantadas es una invitación a adoptar una actitud confiada de invocación a Dios.

La preparación continúa con el gesto de paz, gesto sugestivo y lleno de fuerza que nos invita a romper los aislamientos, las distancias y la insolidaridad egoísta. El rito, precedido por una doble oración en que se pide la paz, no es simplemente un gesto de amistad. Expresa el compromiso de vivir contagiando “la paz del Señor”, cerrando heridas, eliminando odios, reavivando el sentido de fraternidad, despertando la solidaridad.

La invocación “Señor, no soy digno”, dicha con fe humilde y con el deseo de vivir de manera más sana es el último gesto antes de acercarse a recibir al Señor.

El silencio agradecido y confiado que nos hace conscientes de la cercanía de Cristo y de su presencia viva en nosotros, la oración de toda la comunidad cristiana y la última bendición ponen fin a la comunión.

Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de “comer”, es realmente un encuentro entre dos personas, es un dejarse penetrar por la vida de quien es el Señor, de quien es mi Creador y Redentor. El objetivo de la comunión es la asimilación de mi vida con la de Cristo, mi transformación y configuración con quien es Amor vivo. Por ello, esta comunión implica la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo para siempre.

Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestro pueblo. Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida cotidiana, a su bondad. ¡Que nuestras calles sean calles de Jesús! ¡Que nuestras casas sean casas para Él y con Él!

Que en nuestra vida de cada día penetre su presencia. Con este gesto, ponemos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y de los ancianos, las tentaciones, los miedos, toda nuestra vida. La procesión quiere ser una bendición grande y pública para nuestro pueblo: Cristo es, en persona, la bendición divina para el mundo. ¡Que el rayo de su bendición se extienda sobre todos nosotros!