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martes, 16 de octubre de 2018

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
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XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo, nos recuerda que la lógica de Dios es diferente a la lógica del mundo. Nos invita a prescindir de nuestros proyectos personales de poder y de grandeza y a hacer de nuestra vida un servicio a los hermanos. Hoy celebramos también la Jornada Mundial de las Misiones (Domund), bajo el Lema: Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos.
 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta la figura de un “Siervo de Dios”, insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios.
 
Los valores de Dios y los valores de los hombres son diferentes. En la lógica de los hombres, los vencedores son aquellos que toman el mundo al asalto con su poder, con su dinero, con su ansia de triunfo y de dominio, con su capacidad de imponer sus ideas o su visión del mundo; son aquellos que impresionan por la forma como visten, por su belleza, por su inteligencia, por sus brillantes cualidades humanas.
 
 
En la lógica de Dios, los vencedores son aquellos que, aun viviendo en el olvido, en la humildad, en la sencillez, saben hacer de la propia vida un don de amor a los hermanos; son aquellos que, con sus actitudes de servicio y de entrega, aportan al mundo un mayor valor de vida, de liberación y de esperanza. 
 
 
Presentándonos la figura del “Siervo” insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios, la primera lectura nos recuerda que Dios, siguiendo su lógica viene, tantas veces, a nuestro encuentro en la pobreza, en la pequeñez, en la sencillez, en la fragilidad, en la debilidad. 
 
No nos dejemos engañar: Dios no está en aquello que brilla, seductor, majestuoso, espectacular; Dios está en la sencillez del amor que se hace don, servicio entrega humilde a los hermanos. 
 
La carta a los Hebreos, nos habla de un Dios que ama al hombre con un amor sin límites y que, por eso, está dispuesto a asumir la fragilidad de los hombres, a descender a su nivel, a compartir su condición. Él no se esconde detrás de su poder y de su omnipotencia, sino que va al encuentro de los hombres para ofrecerles su amor.
 
Los seguidores de Cristo estamos invitados a asumir su ejemplo. Así como Cristo, por amor, se vistió con nuestra fragilidad y vino a nuestro encuentro, también nosotros debemos, despojándonos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad, de nuestra pereza, de nuestra indiferencia, ir al encuentro de nuestros hermanos, vestirnos con sus dolores y fragilidades, hacernos solidarios con ellos, compartir sus dramas, lágrimas, sufrimientos, alegrías y esperanzas.
 
 
En el Evangelio de san Marcos, Jesús invita a los discípulos a no dejarse manipular por los sueños personales de ambición, grandeza, poder y dominio, sino a hacer de la vida un don de amor y de servicio.
 
Hoy, con motivo de la petición de los dos discípulos de “sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda”, hemos leído unas palabras de Jesús sobre el poder.

El deseo de poder es una de las grandes pasiones del hombre.  Todos de alguna manera queremos ejercer alguna forma de poder.  Imponemos muchas veces nuestra manera de ver las cosas; queremos decir siempre la última palabra; incluso las simples conversaciones normales son con frecuencia más una lucha que un diálogo sereno y respetuoso.
 
Muchas veces, en las relaciones entre diferentes países se da una cierta tendencia de autoridad y de súbdito, de explotador y explotado.
El evangelio de hoy encontramos una descripción muy clara de los problemas del poder: “ya sabéis que los jefes de las naciones las gobierna como si fueran sus dueños y los poderosos os oprimen”. 
Jesús habla en contra del dominio, la explotación, la usurpación del poder.  San Lucas llega a hablar de una manera irónica diciendo: “y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores”.
 
Jesús nos propone un camino: “Pero no debe de ser así entre vosotros: el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos”.  Estas palabras son el programa cristiano ante el carácter, a veces injusto, del poder. Jesús sabe que habla en un mundo que piensa y vive al revés, que consideran primero a quien está en lo alto de la escala social.  El mensaje de Jesús es: hay que cambiar las categorías, hay que empezar a servir abandonando las ganas de dominar y ser servido.
 
“El Hijo del hombre no ha venido a que lo sirvan, sino a servir”.  Con su palabra y con su vida Jesús condena como inhumanos la opresión y el dominio de unos seres sobre otros.
 
El error más grande es querer mandar para ser el primero y que nos sirvan.  Hay que ser como el Hijo de Dios; Él es el verdadero hombre, Él es el que se coloca al lado de los demás hombres, de todos, en actitud de acogida y de servicio, sea quien sea.
 
Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos.
 
El Santo Padre invita a todos los cristianos, especialmente a los jóvenes, a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra, testimoniando el amor de Dios
 
“Lo que me impulsa a hablar a todos,… es la certeza de que la fe cristiana permanece siempre joven cuando se abre a la misión que Cristo nos confía” señala Papa.
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

martes, 9 de octubre de 2018

XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
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XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre las elecciones que hacemos; nos recuerda que no siempre lo que reluce es oro y que es necesario, a veces, renunciar a ciertos valores perecederos, a fin de adquirir los valores de la vida verdadera y eterna.
 
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos invita a buscar la verdadera sabiduría que es un don de Dios.
 
Los programas de estudio de los escolares y profesionales, son cada vez más duros, más exigentes. A los profesionales se les pide una mayor y mejor preparación para desempeñar debidamente su oficio.
 
La gente, por tanto, estudia más, está mejor preparada y sabe más. Pero hay una sabiduría que no se aprende en los libros, sino que viene de Dios; procede de un corazón recto y tiene su origen en la humildad del hombre y grandeza de Dios. De esta sabiduría nos habla la primera lectura de hoy.
 
Sabiduría es saborear la vida, es saber vivir en armonía con el mundo, con los demás seres humanos y con Dios. Ser sabio no equivale a ser un científico. La sabiduría es más un conocimiento de la vida, de Dios y de todo lo necesario para vivir bien y ser feliz. Sabiduría y felicidad van de la mano.
 
La sabiduría es lo máximo a lo que un ser humano puede aspirar. De nada vale todo el conocimiento científico, todas las riquezas del mundo, toda la fama y todo el poder, la salud y la belleza, si no se sabe vivir en armonía con Dios, con los demás seres humanos y con el mundo, si no se aprende a amar, a disfrutar y a ser felices.
 
Quien quiera ser “sabio de verdad”, ha de ponerse a hablar con Dios y recibir de Él la Sabiduría como regalo que de Él procede. Quien se deje guiar por la luz de esta sabiduría, está en el camino de Dios.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos invita a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.
 
La Palabra de Dios, es Dios mismo que nos habla, nos guía, nos alienta, nos anima y también nos juzga. 
 
La Palabra de Dios nos ayuda a discernir el bien y el mal y a realizar las opciones correctas. Cualquier persona que se acerque a la Palabra de Dios va a encontrar algo que le resulte interesante para su vida. Tenemos que descubrir la necesidad de confrontar nuestra vida con la Palabra de Dios, ella nos puede aclarar nuestra vida, discernir nuestras intenciones, ayudarnos a crecer.
 
El Evangelio de San Marcos, nos hace ver lo que nos lleva a Dios y lo que nos aparta de Él.
 
Cuantas personas se pueden ver reflejadas en el evangelio de hoy, y no porque seamos jóvenes o ricos, sino porque este evangelio nos habla de las condiciones para seguir a Jesús.
 
Hay personas, que como este joven rico, tienen todo resuelto en la vida, tienen todo y pareciera que son felices.  Sin embargo, a pesar de que podemos tenerlo todo, nos sentimos vacíos, porque vemos que la vida es algo más que dinero o tener cosas.
 
Tenemos de todo, y sin embargo en el fondo de nosotros mismos sentimos que nos falta lo fundamental.  A veces por las noches, cuando estamos solos, cuando nos enfrentamos con la verdad de lo que somos y de nuestra vida, nosotros también a menudo nos sentimos vacíos. Nos damos cuenta que nada ni nadie acaba de llenarnos.  Y nos preguntamos: ¿es así la vida?  ¿Para esto hemos nacido?  Preguntas parecidas debió hacerse aquel joven, hasta que un día oyó decir que Jesús de Nazareth iba a pasar por allí. Y la pregunta del joven: Maestro, ¿qué puedo hacer para dar sentido a mi vida?, ¿Cómo puedo encontrar respuestas a estas preguntas?, ¿Dónde encontraré esa felicidad que busco?  Y Jesús se le queda mirando con cariño y le dice: “sólo te falta una cosa, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y luego sígueme”    
 
El problema del joven rico fue que pensó más en lo que tenía que dejar que en lo que había encontrado.  Y lo que había encontrado era la amistad y el cariño de Jesús de Nazareth.  Pero aquel joven no supo verlo.
 
Como nosotros, muchas veces también Dios mismo, por medio de su Espíritu y de su Palabra, nos invita a eso, a vender lo que tenemos, a dárselo a los pobres y a seguirlo.   Pero nosotros inmediatamente nos echamos mano al bolsillo, nos entra un sudor frío, y acabamos aceptando que eso no va para con nosotros.  Y mientras tanto seguimos buscando y buscando, seguimos intentando llenar el vacío de nuestras vidas, sin decidirnos a entregarnos plenamente al Único que nos puede dar la vida verdadera y la felicidad eterna. 
 
Por eso hoy, ¿será verdad que la vida consiste en entregarla, en compartir lo que tengo?  ¿Por qué no voy yo a corresponder al amor que Dios me tiene?  ¿Seguiré confiando más en mi dinero y en mis cosas que en el Señor? ¿Y si es verdad que Jesús tiene razón? ¿Y si es verdad que yo también puedo encontrar la plenitud? 
 
Hermanos, dejemos que el Espíritu del Señor transforme nuestros corazones y nos haga gozar del Amor que Dios tiene por cada uno de nosotros.

martes, 2 de octubre de 2018

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
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XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
Las lecturas de este domingo nos presentan el proyecto que Dios tiene para el hombre y la mujer.  Dios quiere que el hombre y la mujer formen una comunidad de amor estable e indisoluble que les ayude mutuamente a realizarse y a ser felices.
 
La 1ª lectura del libro del Génesis nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que se complementen, para que se ayuden, para que se amen.
 
“No es bueno que el hombre esté sólo”.  Estas palabras, dichas por Dios, nos hacen ver que el hombre ha sido creado como un ser social y no como un solitario.  Si queremos realizarnos como personas no lo podemos hacer siendo seres solitarios sino relacionándonos con los demás.
 
La persona solitaria es aquella que tiene el corazón cerrado al amor y al compartir, que es profundamente infeliz y difícilmente conocerá la felicidad plena.
 
Hay personas que se preocupan sólo por hacer dinero, por realizarse en su trabajo, por el éxito y para ello renuncian al amor, a tener una familia, a no tener tiempo para los amigos.  Y un día, después de haber acumulado mucho dinero o haber llegado a ser administrador de una empresa o haber obtenido la fama, se dan cuentan que están solos y que su vida ha sido una vida estéril y vacía.
 
La vocación del ser humano es el amor, no la soledad.  Por ello Dios creó al hombre y a la mujer y los creó iguales en dignidad.  Hombre y mujer son iguales; se complementan uno al otro y se ayudan mutuamente.  Hombre y mujer son iguales por eso el hombre y la mujer tienen que respetarse mutuamente y se debe desterrar por completo cualquier actitud que signifique dominación, esclavitud, poder de uno sobre el otro.  La relación entre el hombre y mujer debe ser desde la igualdad.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda el amor tan grande que Dios tiene por nosotros.  Dios ama tanto a los hombres, que envió al mundo a su Hijo único para salvarnos.
 
Por eso, nosotros tenemos que vivir escuchando y obedeciendo a Dios, porque cuando prescindimos de Dios y queremos vivir según nuestros proyectos y nuestros caminos, nos convertimos en personas ambiciosas, orgullosas, injustas e inhumanas.
 
Sin embargo, cuando escuchamos a acogemos a Dios en nuestra vida, aprendemos a amar de verdad, a compartir, a perdonar y nos convertimos en fuente de bendición para todos aquellos con los que compartimos la vida.
 
El Evangelio de san Marcos, nos presenta el proyecto ideal de Dios para el hombre y para la mujer que se aman: el sacramento del matrimonio.
El amor de un hombre y una mujer que son bendecidos por el sacramento del matrimonio tiene que ser un amor eterno e indestructible, como reflejo del amor de Dios por nosotros.
 
El sacramento del matrimonio pide unidad, indisolubilidad y procreación.
 
Igual que el oxígeno y el hidrógeno forman el agua tan necesaria para la vida, el hombre y la mujer, unidos en matrimonio forman una unidad especial para la sociedad.  El matrimonio cristiano no es un contrato sino un sacramento.
 
El matrimonio cristiano es indisoluble, no se puede disolver: “lo que Dios ha unido no lo separa el hombre”. 
 
La Iglesia sólo admite la nulidad, es decir, que aunque pareciera que hubo sacramento, pero hubo engaño o falta de libertad y no se dio el sacramento.  La Iglesia admite también la separación, es decir, que cada una de las partes se vaya a vivir por separado para salvar las dificultades de la convivencia.
 
Fruto del amor son los hijos.  Desde la paternidad responsable, los esposos deben decidir en conciencia cuantos hijos deben tener, los que responsablemente puedan educar.
 
La Iglesia sigue diciendo hoy que para los matrimonios cristianos, el divorcio no debe ser un remedio sencillo y fácil para resolver los problemas de los matrimonios.
 
Ahora bien, cuando no hay otro camino, otra solución que el divorcio, también hemos de tener en cuenta que por ser divorciados no han sido expulsados de la Iglesia.  Los divorciados forman parte de la Iglesia, tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, a asistir a misa, a colaborar en la Iglesia y a recibir la ayuda que necesiten para vivir su fe, para educar cristianamente a sus hijos.
 
El divorcio es un mal y no está de acuerdo con el plan de Dios, pero las raíces que llegan a ese mal, están en un mal de fondo: la falta de amor verdadero a la hora de casarse y la falta de madurez humana para dar ese importante paso.
 
Pidamos al Señor que renueve en todos los que están casados el compromiso matrimonial que un día expresaron ante Dios y ante la Iglesia.
 

martes, 25 de septiembre de 2018


XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
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XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Seguir a Jesús no es un privilegio de nadie.  Nadie tiene el monopolio de Dios, pero nadie puede hacer con Dios y su Iglesia lo que él quiera.  Todo lo tenemos que hacer de acuerdo a los valores del Evangelio.

La 1ª lectura del libro de los Números nos cuenta cómo Moisés tiene colaboradores, los 70 ancianos, para llevar a cabo su misión; pero Dios elige a dos, Eldad y Medad, que no estaban en la reunión y Moisés no se siente celoso por eso.

Los celos representan un grave problema tanto en la convivencia familiar, como en las relaciones de trabajo, en las relaciones humanas.

Los celos nos vuelven egocéntricos y si una persona celosa es un peligro cuando se deja llevar por los celos, mucho más peligroso es un grupo social movido por los celos, con el agravante de que en esos grupos, todos se autoconvencen de tener y estar en la verdad absoluta.

Los celos de ciertos grupos, de ciertas personas, hacen que se generen persecuciones, que condenemos a lo demás, que nos dé tristeza todo aquello que los demás hacen bien; los celos nos hacen que no seamos generosos, que no reconozcamos las capacidades del otro.  Por desgracia hay celos en lo deportivo, en lo político, en lo religioso.
 
Por celos caemos en fanatismos, en intransigencias e intolerancia e impedimos que otras personas, que pueden ser muy valiosas, nos ayuden al bien de la comunidad.  Por celos no dejamos que los demás nos ayuden, no compartimos el peso de la responsabilidad porque creemos que sólo nosotros somos capaces de hacer las cosas bien y evitamos aceptar la ayuda de otros.
 
¡Cuánto bien podríamos hacer por el bien común, por el bien de nuestra propia vida personal si no actuáramos por celos sino por el bien de la comunidad, compartiendo responsabilidades y no actuando por celos!  ¡Cuántas cosas tendrá Dios que dejar de hacer porque por celos impedimos que se lleve a cabo la obra de Dios en el mundo!

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no poner nuestra esperanza y nuestra confianza en el dinero porque éste se acaba.
El apóstol Santiago, como Jesús, no desprecia los bienes materiales.  Son “bendición de Dios”.  Dios ha creado las riquezas para cubrir las necesidades de los hombres.  Lo que se denuncia en la lectura de hoy es el abuso de la riqueza y el poder e injusticia que lleva consigo.

Hacer dinero es el único objetivo en la vida para muchas personas y cuando lo tienen creen que ya son felices porque lo tienen todo.  El dinero, una buena cuenta en el banco, un buen coche, una buena casa, nos dan satisfacciones inmediatas, y quizás hace que los demás nos vean como gente importante, pero todo esto no sacia nuestra sed de felicidad, de vida eterna.

No podemos, pues, acumular riqueza a costa de la miseria y de la explotación a los seres humanos.  No es cristiano quien no paga el sueldo justo; no es cristiano quien se aprovecha de la ignorancia y de la miseria para realizar negocios “ilícitos” que lo enriquezca.
 
El dinero mal adquirido nos aleja de Dios.  El dinero bien adquirido con nuestro trabajo y entrega, Dios lo hace crecer y lo multiplica, por ello atesoremos para Dios y evitemos la ambición de las riquezas.
 
El Evangelio de San Marcos nos muestra una actitud intolerante de los discípulos a que alguien fuera del grupo pueda hacer el bien.
 
Vivimos cada vez más en un mundo plural donde debemos propiciar un valor fundamental como es la tolerancia.  La tolerancia es algo positivo porque en vez de restar energías, sumamos esfuerzos.
 
Hay que aprender a ser tolerantes y para ello es necesario, sobre todo, aceptar lo bueno y razonable que otros puedan tener.  Hemos de aceptar a esas personas, a esos grupos que son capaces, como Jesús dice hoy, de hacer el bien.  Hemos de colaborar con todas aquellas personas y grupos que trabajen por “expulsar demonios”, es decir, colaborar con todos aquellos que trabajan por liberar al hombre de la opresión, del hambre, de la injusticia, de la violencia.  Todos los que trabajan por humanizar este mundo, no están contra nosotros los cristianos, están con nosotros.
 
Los políticos que trabajan por una sociedad más justa, los periodistas que defiende la verdad y la libertad, los líderes sindicales que buscan mejoras para sus agremiados, los maestros que son verdaderos educadores, aunque no sean de los nuestros, pero si se esfuerzan por un mundo mejor, están a favor nuestro.
 
No despreciemos a nadie y sobre todo seamos tolerantes con todos aquellos, que junto con nosotros los cristianos, se esfuerzan por un mundo mejor.

 


 



 




 






 







 








 








 










 










 










 










 









 









 









 









 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

martes, 18 de septiembre de 2018


                                    XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


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XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
El afán de superación, el deseo de ser el primero, de triunfo y éxito en la vida, parecen, en principio, aspiraciones legítimas del ser humano; el problema está en los medios que utilizamos para alcanzar esas metas.  Por ello la Palabra de Dios hoy nos dicen que no busquemos la sabiduría del mundo, sino que nos esforcemos por buscar la sabiduría de Dios.
 
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, nos presenta la figura del justo que es despreciado porque su vida resulta como una denuncia para los que tienen un mal comportamiento.  Es la eterna lucha entre el bien y el mal.
 
Para muchas personas la vida es para gozarla, para pasarla bien y por lo tanto aquellas personas que tienen una visión diferente de vivir la vida, aquellas personas que no comparten esa actitud y conducta nos resultan incómodas.
 
Al hombre justo lo queremos eliminar o al menos callar porque nos estorba. Como nos cuestionan y estorban todas aquellas personas que han levantado su voz profética a lo largo de la historia denunciando injusticias o tiranías.
 
Las personas que viven y quieren vivir en una sociedad de derecho, de justicia, de paz, de solidaridad y respetuosa con las leyes y valores; las personas que quieren vivir fieles a Dios, no son muy bien valoradas, sin embargo, hoy, para muchos jóvenes, las personas a imitar son aquellos que no tienen respeto por nada, que se burlan de la ley, que pisotean los derechos y la moral; para muchos el único fin de la vida es el éxito, el poder, el dinero y no se detienen ante nada ni nadie para obtener estas cosas, aunque tengan que chantajear, traicionar, asesinar o robar.  Todo se vale si me hace feliz.
 
Por eso el hombre justo es, muchas veces, atacado, puesto a prueba en su fidelidad y ejemplaridad.  Pero el hombre justo sale victorioso de las pruebas que le ponen los malvados porque Dios está con él.
 
La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos enseña cómo hay muchas personas que hacen el mal, y son además presumidos que no soportan que nadie los corrija.
 
Vivimos en nuestra sociedad una cultura competitiva: competencia para tener más, queremos tener más que los demás; competencia en el saber, haber quien tiene más títulos; competencia en el poder; competencia en quien es más influyente, etc. A causa de esto, como nos dice Santiago, codiciamos lo que no podemos tener y acabamos asesinando.  Desgraciadamente, nos llegan noticias a diario sobre asesinatos por estas causas, y las luchas y demandas están al orden del día.
 
La ambición, la envidia, el orgullo, la competitividad, el egoísmo, crean divisiones y destruyen la comunidad y a las personas.
 
Los robos, los asesinatos y la mayoría de los males que ocurren en nuestra sociedad tienen su origen en querer tener mayor capacidad económica, ser más fuertes, ser más importantes, más respetados y no importa destruir todo lo que se interponga en nuestro camino para conseguir estas cosas.
 
¡Cuidado, pues, con dejarnos invadir en la vida por la ambición, la codicia, el prestigio o el poder!
 
El Evangelio de San Marcos, nos dice hoy que en la comunidad cristiana no hay señores, ni personas privilegiadas, ni persona más importantes que otras, ni distinciones basadas en el dinero, en la belleza o en la posición social.  En la comunidad cristiana hay hermanos iguales, a quienes se les encomienda diversos servicios pero todos en función del bien común.
 
Hoy el Señor nos decía: “el que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”.  Jesús no niega que haya personas que quieran buscar ser los primeros, pero el que quiera ser el primero, el más cercano al Señor, ha de ser el servidor de los demás.
 
Para algunas personas servir a los demás, servir al pueblo se utiliza con frecuencia como un trampolín para buscar ante todo dinero o poder.  Jesús no habla de este tipo de servicio sino de un servicio sin factura ni beneficios.
 
Hay profesiones que son más de servicio que otras, sobre todo aquellas profesiones que  son necesarias para la sociedad, puestos públicos, puestos sociales, políticos, puestos de enseñanza, pero hay que ser sinceros, cuando elegimos esos puestos, ¿los elegimos para servir? ¿O los elegimos por las ventajas económicas que obtenemos, la posición social que nos da, los sueldos que cobramos?  Y la pregunta es ¿dónde quedan las gentes que queremos ayudar, dónde queda la ayuda?
 
Desde cualquier puesto se puede servir.  Lo importante es que tengamos el deseo y la actitud sincera de servir, de ayudar.
 
Hay que servir pero sin pasar factura.  No olvidemos: “el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos”