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sábado, 16 de diciembre de 2017


MONICIONES PARA EL III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

MONICIÓN DE ENTRADA 

Sean bienvenidos hermanos a la celebración de este III Domingo de Adviento, llamado también “domingo de gaudete”, o de la alegría, por la primera palabra del introito de la Misa: Gaudete, es decir, regocíjense. Isaías y San Pablo son testigos hoy de ese gozo en las lecturas que escucharemos.

El motivo de esta alegría es muy profundo: Dios está cerca, Dios viene a nuestra vida a cumplir sus promesas de salvación, Así que con ese gozo desbordante, comencemos esta celebración.

 Moniciones para las lecturas

Primera lectura (Isaías 61, 1-2a. 10-11)

Después del retorno de Babilonia, y cuando las promesas de Dios no parecían cumplirse, un mensaje de gozo y esperanza es dirigido por un enviado al pueblo de Israel. Escuchemos 

Salmo responsorial (Interleccional: Lucas 1, 46-48. 49-50. 53-54)

Esta vez el salmo responsorial no está tomado del AT, sino del evangelio. Es el Magníficat de la Virgen María, que hace eco al anuncio del profeta: "se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador".

Segunda lectura (1 Tesalonicenses 5, 16-24)


En el contexto de la "Alegría" de este domingo, para San Pablo esta alegría es profunda, porque quiere a sus cristianos constantes en la oración y en la acción de gracias, y con una actitud positiva en la vida. Es el mensaje que escucharemos a continuación.

Evangelio (Juan 1, 6-8. 19-28)


 De nuevo aparece Juan, el Precursor, como protagonista del evangelio de hoy, presentándose como el testigo de la luz e invitando a la conversión. Preparémonos para la escucha de esta Palabra.

ORACIÓN DE LOS FIELES

1.    Para que la Iglesia siga llevando la alegría de la salvación a todos los rincones del planeta. Oremos

2.    Para que el mundo y sus gobernantes luchen por el progreso de los pueblos, generando bienestar para todos. Oremos.

3.    Para que los más necesitados, especialmente los que no tienen techo, este domingo se llenen de alegría y encuentren refugio. Oremos.

4.    Para que nosotros compartamos la alegría del evangelio con aquellos que en el mundo viven sin esperanza. Oremos.



martes, 12 de diciembre de 2017


III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

 
El tercer domingo de Adviento es el domingo Gaudete, el domingo de la alegría.  La Iglesia nos invita hoy a alegrarnos porque ya estamos cerca del acontecimiento del nacimiento del Señor.

La 1ª lectura, del libro del profeta Isaías, nos presenta a Dios, a un Dios que se preocupa de los que sufren, de los desheredados de la tierra, de los excluidos, de los marginados.

Dios cumple sus promesas y esta es la señal: los pobres reciben la Buena Noticia.  Esto quiere decir que Dios cura los corazones rotos: ¡hay tanto desamor en nuestro mundo!; proclama el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros: ¡cuántas esclavitudes nos domina!  Dios viene a dignificar a todos los seres humanos: ¡no basta con ayudar al pobre, sino que debemos hacer de él un hombre digno!

Dios pregona el año de gracia del Señor: ¡Sólo es posible que la gracia llegue a todos si eliminamos la pobreza y sus causas injustas!  Es decir tenemos que trabajar por un nuevo orden internacional donde el hombre deje de ser explotado por el propio hombre.

Hoy seguimos, como en épocas pasadas, excluyendo a una parte importante de la población mundial del derecho a una vida digna.  La falta de justicia se manifiesta como una constante a lo largo de la historia y hoy se justifica esa falta de justicia mediante una sutil manipulación de las fuentes de información.  La exclusión, la pobreza, no sólo no disminuyen sino que van adoptado nuevas formas y se propagan con mayor velocidad. 

Todos participamos de esta marginación, como marginados o marginadores, porque quien no practica la justicia está directa o indirectamente apoyando la pobreza y la marginación.

Por ello, Dios nos quiere liberar del mal que existe en nosotros, de nuestros pecados, del daño que causamos a los demás y del daño que nos causamos a nosotros mismos.  Hay que vivir en amistad con Dios para vernos libres de todas las esclavitudes y liberar también a este mundo.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Tesalonicenses, nos invitaba a preparar la llegada del Señor, y a vivir con alegría este acontecimiento.

No parece fácil vivir con alegría en estos tiempos nuestros marcados por el desencanto, el desengaño y el pesimismo.  A pesar de las fiestas que vamos a celebrar, estamos rodeados de muchas personas que tienen su corazón desgarrado, personas que viven sometidas a mil y una esclavitud, bien sea personal, familiar o social; hay muchas personas que sufren hambre, que no tienen trabajo, violencia, droga, etc.

Pero la alegría cristiana, y a la que se nos invita en estos días, es una alegría basada en la fe y que se manifiesta mediante la oración, la celebración de la Eucaristía y la acción de gracias a Dios.  Por tanto la preparación y la celebración de la Navidad hemos de realizarla bajo tres cosas importantes: alegría, por sentirnos llamados a vivir y a formar parte de una comunidad de fe, esperanza y amor; oración, que es la manera permanente de mantener nuestro diálogo con Dios y acción de gracias porque Dios no nos olvida y siempre nos tiene en su pensamiento y en su amor.

El Evangelio de san Juan, nos presenta la figura de Juan el Bautista.  Él es un testigo de la luz.  Denuncia las mentiras de esta vida; las mentiras de los poderosos se acabarán un día y triunfará la verdad; denuncia el odio, la violencia, la guerra, ya que estas cosas no son parte del mundo que Dios quiere; denuncia que el explotar a la mayoría de los hombres para que una minoría vivan bien nunca fue este el proyecto de Dios.

Podemos ser hombres nuevos, hombres que en vez de generar muerte e injusticias, generemos un mundo de paz, de fraternidad, luz, alegría y amor.

Juan es la voz que grita en el desierto, donde nadie oye su voz porque los que deberían escucharla no la escuchan y por eso les dice Juan “en medio de ustedes hay uno que no conocen”

Hay personas que dicen conocer a Dios y sin embargo esclavizan a los débiles y explotan a los necesitados.  Por ello tendríamos que preguntarnos nosotros también si conocemos a Dios, si Dios no es un desconocido para nosotros.  Podemos tener fe, pero si la fe no baja al corazón, Dios seguirá siendo un auténtico desconocido para nosotros.

Alegrémonos en este domingo en el Señor, porque Él está en medio de nosotros y nos invita a ser más humanos, más fraternos, más solidarios, para así poder celebrar una Navidad más cristiana.

 

lunes, 4 de diciembre de 2017


II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

 

Durante el tiempo de Adviento hay una invitación constante, una llamada a la conversión, al encuentro del hombre con Dios.  Dios está siempre dispuesto a ofrecer al hombre un mundo nuevo de libertad, de justicia y de paz; pero esto será posible cuando los hombres abramos nuestro corazón a los valores de Dios.

La 1ª lectura, del profeta Isaías, nos hacía una llamada a la conversión; una llamada a preparar el camino al Señor y a quitar los obstáculos que dificultan o retrasan la venida del Señor.

Para ello se nos pide que abandonemos nuestros hábitos de comodidad, de egoísmo y de autosuficiencia y que aceptemos los retos que Dios nos presenta.

La primera lectura contiene un mensaje de consolación para todas aquellas personas que viven amargadas o desilusionadas.  Dios no nos ha abandonado ni nos ha olvidado.  Hoy podemos sentirnos hundidos y fracasados porque la violencia y el terrorismo llenan de sangre y sufrimiento la vida de tantas personas o porque los pobres y lo débiles son olvidados y no son tenidos en cuenta, o porque la sociedad global se construye con egoísmo, con indiferencia.  Sin embargo Dios es fiel a los compromisos con nosotros sus hijos, Dios no está al margen de lo que nos ocurre.  Dios viene a nuestro encuentro y nos ofrece llevarnos con amor y solicitud al encuentro de la verdadera vida y de la verdadera libertad.

El Señor trae paz y justicia, pero espera nuestra colaboración.  Nuestra tarea es preparar el camino a nuestro Dios, y para ello hemos de rebajar el monte de nuestro orgullo.  El gran pecado del hombre actual es prescindir de Dios y creerse él mismo el todopoderoso. El Adviento es el tiempo favorable para que limpiemos los caminos de nuestra vida, de forma que Dios pueda nacer en nosotros y, a través de nosotros, liberar al mundo.

La 2ª lectura, de la carta de San Pedro,  nos invitaba a la vigilancia.  La segunda venida del Señor, no es cuestión de fechas, sino de cómo esperar y preparar ese momento.  Hay que estar vigilantes para ese momento, esto no significa quedarnos mirando hacia el cielo esperando al Señor sin hacer nada y despreciando las cosas de este mundo y los problemas de los hombres; sino que significa vivir el día a día, de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, comprometiéndonos con la transformación del mundo y trabajando en la construcción del Reino de Dios.

Esperar a Dios pasivamente, esperar a Dios de brazos cruzados no es una espera cristiana.

El evangelio de San Marcos, nos presenta a Juan el Bautista invitándonos a la conversión para recibir a Jesús en nuestra vida.

Qué diferencia entre Juan Bautista y nosotros, con respecto a la comunicación con Dios.  Nosotros no paramos de hablar y de recibir información a través de internet, celulares, etc. 

Juan nos decía: “preparen el camino del Señor”.  Hablamos mucho, pero muy poco con Dios.  Hay muchos que afirman creer en Dios, pero se comunican tan poco con Dios.

El Adviento nos recuerda las ganas que tiene Dios de platicar con nosotros, de venir, de llegar a nuestra vida y hacerla más feliz.

Qué poco sensibles somos al Señor y esto es debido a que estamos tan llenos de autosuficiencia, de cosas, que ya Dios no cabe en nuestra vida.  Acudimos poco a Dios y esto es porque creemos que no necesitamos ser salvados.  Por ello necesitamos fijarnos en Juan el Bautista que va vestido de piel de camello, con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.  Nada que ver con nuestros preparativos que hacemos para la Navidad.

Juan el Bautista es un hombre que no depende de las cosas para vivir.  Es un hombre libre.  En nuestro proyecto de Adviento debemos vaciarnos de muchas cosas que nos dominan, principalmente el consumismo en estas celebraciones navideñas.

No hay tiempo que perder.  Dios viene.  Y esto exige de nosotros conversión.

Dios no quiere odios ni violencia, ni guerras ni pobreza, ni mentiras, ni corrupción.  Dios quiere que seamos sus hijos, que vivamos como hermanos entre nosotros.  Que hagamos el bien.  Dios nos ha hecho capaces para amar y para dominar el mundo. ¿Estará conforme Dios de cómo lo estamos haciendo?

Dios nos invita a la conversión ¿estamos dispuestos a convertirnos para que el Señor que viene esta Navidad pueda encontrar un corazón limpio y dispuesto para que Él nazca en nuestra vida?

 
 
 
HOMILIAS PARA ADVIENTO Y NAVIDAD.
 
 


martes, 28 de noviembre de 2017


I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

 

Con el primer domingo de Adviento, comenzamos un nuevo año cristiano.  El Adviento es un tiempo especial en la Iglesia, un tiempo en el que miramos al pasado en el que ocurrió el acontecimiento del nacimiento de Cristo y también miramos al futuro hacia esa segunda venida del Señor que nos prometió.  El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza. 

El profeta Isaías, en la 1ª lectura, le pedía a Dios que ¡ojalá rasgaras los cielos y bajaras!  La situación religiosa que vivía el pueblo de Israel después del exilio, y que nos transmite Isaías, podría asemejarse a la que vive nuestra sociedad actual: abandono de Dios, una vida centrada en los bienes de este mundo (materialismo), flojera espiritual. Hoy ese grito del profeta sigue siendo necesario.

Hay muchas personas que prescinden de Dios en su vida, que no viven los mandamientos.  Nosotros hoy hemos de preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida?  ¿qué importancia le doy a vivir los mandamientos de Dios?

Como cristianos hemos de reconocer que sólo Dios es fuente de salvación y de redención.  Nosotros, por nosotros mismos, somos incapaces de superar la indiferencia, el egoísmo, la violencia, la mentira, la injusticia que tantas veces están presentes en nuestra vida.

Cuando uno contempla los males del mundo: hambre, guerra, violencia, injusticia, terrorismo, etc., y comprobamos la impotencia de la humanidad para salir de esta situación, nos damos cuenta que esto ocurre porque nos olvidamos de Dios, el mundo se olvida de Dios y hemos de tomar conciencia de que Dios es nuestro Padre y nuestro Salvador y Él está siempre dispuesto a ofrecernos, gratuita e incondicionalmente, la salvación.  ¿Estamos dispuestos en este Adviento que estamos comenzando a acoger a Dios en nuestra vida?

La 2ª lectura, de San Pablo a los Corintios, nos recuerda la paciencia y la misericordia que Dios tiene con nosotros. A través de los dones que Dios nos da, Dios viene a nuestro encuentro y nos manifiesta su amor.  Sin embargo, a pesar de haber recibido inmensos dones, hay cristianos que, este Adviento pasará para ellos inadvertido y no se prepararán para mantenerse firmes para esa segunda venida de Cristo.

Nosotros, como creyentes, debemos vivir permanentemente escuchando y acogiendo los dones que Dios nos da.  Los dones que Dios nos da son para que seamos fieles a Dios y seamos felices; no son para fines egoístas, como puede ser buscar mi promoción personal o mi satisfacción personal.  Por ello hemos de estar vigilantes y preparados para acoger a Dios que viene a nuestro encuentro y nos muestra su amor a través de sus dones que nos da y hay que estar vigilantes para que esos dones no sean utilizados para fines egoístas.

El evangelio de San Marcos, nos sitúa ante una certeza fundamental: “El Señor viene”.

Hay esperanza.  El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza.  Hoy los seres humanos necesitamos recuperar la esperanza.  Porque vivimos en un mundo en el que se han perdido los grandes ideales; donde los proyectos se ven más desde el dinero que uno se puede robar que desde el bien que puede hacer a la humanidad.

Desencanto, apatía, indiferencia, son palabras que expresan nuestra manera de vivir.  El único objetivo de la vida es pasarlo lo mejor posible, que no nos falte de nada y vivir lo más cómodamente posible. Sentimos indiferencia ante la formación humana y el compromiso social.

Por eso al comenzar este Adviento, este nuevo año cristiano, hemos de recuperar al menos nosotros los cristianos la esperanza.  Una esperanza que nos dice que el mundo, a pesar de todo, se dirige hacia el encuentro con Dios.  Una esperanza que nos dice que todavía es tiempo para mejorar las condiciones de vida humanas, de luchar para que se reconozcan la dignidad humana por encima de los intereses económicos, de partido o de grupos.

Una esperanza que nos dice que aunque sea poco, cada uno de nosotros puede aportar algo al proyecto del Reino de Dios.  Por eso la mejor actitud que podemos tener para recuperar la esperanza es la vigilancia: ¡Velen porque nos sabemos ni el día ni la hora!

Vigilar porque estamos malgastado nuestra vida, nuestra realización como personas.  Hay que despertar de nuestra indiferencia e involucrarnos en la promoción del ser humano.

Miremos a nuestro alrededor para descubrir la presencia amorosa de Dios que denuncia nuestras injusticias y nos impulsa a salir de nuestra apatía.

Vigilemos lo que pensamos, lo que vemos, lo que decimos, lo que hacemos para que nuestro corazón no se corrompa con el virus de la indiferencia.

Pidamos a Dios, que la celebración de este Adviento nos permita recuperar la esperanza y despertar en nosotros la ilusión por un mundo, un pueblo y una familia mejores.

 

martes, 21 de noviembre de 2017


JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Terminamos hoy el año litúrgico con la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo.  Las lecturas nos hablan del Reino de Dios.  El Reino de Dios es presentado como una realidad que Jesús sembró, que los discípulos estamos llamados a construir en la historia y que se realizará definitivamente en el mundo que ha de venir.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel utiliza la figura del Buen Pastor para hablarnos de Dios y de su relación con su pueblo.

En el Antiguo Testamento al rey se le representaba muchas veces bajo la figura del pastor que debía hacer justicia de acuerdo a las necesidades de cada uno de las personas de su pueblo.  Sin embargo, esto no había sido así.  Por eso, el profeta Ezequiel señala al rey como el culpable de todos los males del pueblo.  Es por ello que Dios mismo se tiene que declarar como el único Rey del pueblo de Israel.

Dios no puede dar por bueno lo que no es bueno.  Dios no puede mirar a otro lado cuando unos pocos abusan de los débiles, indefensos y abandonados.  Dios es el que asegura que habrá justicia y que la última palabra la pronunciará Él.  Por eso habrá un juicio de Dios, y ese deseo de justicia que todos tenemos se hará realidad en el juicio final.

Mientras llega ese juicio final trabajemos todos por una sociedad más justa que es lo que todos anhelamos y es la meta que todos deseamos para vivir en un mundo más feliz.  Esto es lo que esperamos y deseamos de todas las autoridades: que hagan justicia igual para todos y que construyan un mundo más justo.  Y esto sólo será posible si todos: autoridades y pueblo vivimos la caridad cristiana, sólo así podremos crear un mundo justo.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios nos dice que la meta final del hombre es el Reino de Dios.

Contrariamente a lo que suelen prometer las autoridades y gobernantes de este mundo, Cristo promete a sus discípulos, a quienes quieran pertenecer a su Reino: sufrimientos, persecuciones, duros trabajos, etc.  Parece que este no es un programa demasiado atractivo comparado con lo que ofrecen los gobernantes: triunfo, éxitos, puestos importantes, seguridad, comodidades, etc.  Pero hay algo especial que ofrece el mensaje de Jesús y que no pueden ofrecernos los demás.  Es lo que nos decía hoy san Pablo: “Cristo venció a la muerte”… “en Cristo todos volverán a la vida”

Con la destrucción de la muerte, Cristo ha destruido también todo poder y dominación del maligno en este mundo y así un día, cuando llegue la total purificación y destrucción de todo mal en el mundo, podremos reinar también nosotros con Cristo en el cielo para siempre.  Ese es nuestro destino, esa es nuestra meta: el Cielo.

El Evangelio de San Mateo nos habla hoy del encuentro de toda la humanidad con Jesús en su segunda venida, en el día del juicio final.

En el Reino de Jesús todos cabemos, todos estamos llamados a pertenecer a su Reino.  La única condición que nos pone Jesús es “amar a Dios con toda el alma y al prójimo como a nosotros mismos”.  Cuando Jesús venga al final de los tiempos, en su segunda venida Él nos va a juzgar en el amor ante los necesitados o en la indiferencia por los necesitados.  Seremos examinados en el amor.

Ese día, Dios nos preguntará: ¿Cuántos hemos amado en esta vida?, ¿Cuántas ofensas hemos perdonado? ¿Cuántas veces nos hemos puestos en los zapatos de nuestros hermanos, en sus preocupaciones, en su hambre humana y espiritual, en su enfermedad? porque como nos decía hoy el Señor “todo lo que hagamos por los necesitados, lo estamos haciendo por Él”

Vivimos en un mundo global, en el que todos los días somos testigos a través de los medios de comunicación de las grandes miserias que viven muchos seres humanos: imágenes de niños enfermos y hambrientos, el problema de los inmigrantes que van buscando mejores condiciones de vida, falta de trabajo, etc.  Si somos auténticamente solidarios, si somos auténticos cristianos ese panorama mundial tiene que hacernos daño, tiene que ser una llamada de atención a nuestras conciencias, no podemos vivir indiferentes ante tantos males que amenazan nuestro mundo.

Por ello, el Señor hoy también nos decía que son malditos todos aquellos que son los causantes de la pobreza de este mundo; son malditos los que ahora ríen y se lo pasan bien a costa de las lágrimas de otras personas.

Jesús fue “el hombre para los demás”.  Por eso, el Reino predicado por Jesús no es como los reinos de este mundo en el que vemos a tantos gobernantes que llenan sus bocas diciendo que están para servir a todos pero que a la hora de la verdad no cumplen sus promesas.

Tenemos que empezar, como cristianos, a ir construyendo el Reino de Dios en este mundo para vivirlo en plenitud en el Cielo y el Reino de Dios se construye con entrega y generosidad; en una palabra con el amor en las cosas grandes y en las cosas sencilla de nuestra vida, siendo solidarios de la misma pobreza de Cristo manifestada en la pobreza de nuestros hermanos los hombres.  Confesando y afirmando con nuestra fe que Jesús el centro de la historia, de la humanidad y del mundo entero.  Confesando que Jesucristo es nuestro Rey.

 

lunes, 13 de noviembre de 2017


XXXIII DOMINGO ORDINARIO 

 
La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios confía en nosotros más de lo que quizás nosotros confiamos en nosotros mismos.  Por eso cada cristiano tiene que tomar conciencia de la responsabilidad de ser un cristiano activo y comprometido con el proyecto salvador de Dios.
 
La 1ª lectura del libro de los Proverbios hace un elogio de la mujer  ideal dentro de la familia. 
 
La igualdad entre el hombre y la mujer no es algo que ya vivamos.  En parte porque, en muchos sectores de la vida la mujer sigue ocupando un puesto secundario.  Tenemos que admitir que hombre y mujer somos iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades, porque ambos somos seres humanos.
 
No podemos ignorar la marginación y la sumisión en que la mayoría de los países ha tenido y sigue teniendo a la mujer.  Es una pena que muchos hombres que se llaman cristianos han explotado a las mujeres a través de los siglos.  En la casa han mirado a las mujeres como objetos de deseo.  En el trabajo han pagado a las mujeres menos que a los hombres y a menudo han exigido más horas de trabajo que a los hombres,
 
Por eso podemos hablar de los pecados contra las mujeres que hemos cometido a lo largo de los siglos.  Hoy, se insiste en la igualdad del hombre y de la mujer, y esto es así, porque Dios ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.  Ahora bien esta igualdad no ha de hacer que la mujer olvide el sentido de la maternidad que no está reñido con su desarrollo ni con un trabajo profesional.  La mujer debe tener en alta estima el ser madre, en ser transmisora de la vida.
 
Como cristianos debemos esforzarnos cada día para que la mujer crezca cada día más como personas, que sea cada día más ser humano y no sólo objeto de placer, que la mujer sea cada día más mujer.
 
La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses nos hace saber que lo importante no es conocer cuándo vendrá el Señor por segunda vez sino estar vigilantes y preparados.
 
A nosotros no nos debe importar la fecha de la segunda venida del Señor, sino cómo esperar y preparar ese momento.  San Pablo nos dice que hay que estar vigilantes.  “Estar vigilantes” no significa mirar hacia el cielo, sin hacer nada, y olvidarnos de las cosas del mundo y de los problemas de los hombres, sino que significa vivir, día a día, de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, esforzándonos por la transformación del mundo y la construcción del Reino de Dios.
 
Los creyentes, tenemos que ser hombres y mujeres de esperanza, abiertos al futuro, un futuro que tenemos que conquistar con fe y amor, pero sobre todo un con esperanza de que podremos estar con Dios para siempre.
 
El Evangelio de san Mateo nos dice que hay que poner a trabajar los talentos, los dones que Dios nos ha dado.
 
Ante la parábola de hoy tenemos dos importantes preguntas que hemos de hacernos: ¿cuáles son las tareas, los asuntos que Dios nos encomienda hacer? y ¿cual de los tres empleados soy yo?
 
El gran error, el gran pecado, es no arriesgarnos en hacer el bien.  Queremos contentarnos con “guardarnos el talento” que Dios nos ha dado y vivir sin trabajar.
 
Hoy existen muchas necesidades sociales y familiares.  Hay personas que de modo generoso ponen su creatividad, su tiempo, su dinero, sus bienes, toda su vida en organizaciones para buscar soluciones a los problemas existentes.  La realidad es que mientras tenemos vida, podemos hacer algo por este mundo, por nuestra familia, por nuestra iglesia.  ¿Estamos colaborando y apoyando a instituciones y organizaciones sociales y a la Iglesia con los talentos que Dios nos ha dado? 
 
Los cristianos hemos sido llamados por Jesús para ser constructores con Él en la edificación de su Reino.  Hemos sido llamados, no para ser piezas de museo, sino para ser personas activas en la construcción del mundo y de la Iglesia.  Si nos presentamos ante el Señor con las manos vacías, ya sabemos cómo nos irá como nos ha dicho la parábola de hoy.
 
Cuántas personas, cuántos profesionistas, cuántos estudiantes están capacitados para trabajar, para aconsejar, para organizar y pasan las horas sin hacer nada de provecho, pudiendo promover, apoyar, realizar cosas valiosísimas en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia.
 
Algunas personas podrían decir: “no estoy preparado”  y si no lo estás, ¿por qué no te preparas?
 
La apatía es el gran pecado de nuestro mundo.  Ante Dios cada uno tenemos un quehacer al que no podemos renunciar. Una tarea en la que nadie nos puede sustituir.